Ayer estuve ordenando mi biblioteca. Ordenar la biblioteca es como
ordenar el universo. Y las formas de hacerlo son tantas como estrellas hay en el
firmamento. Yo la tengo dividida en dos grandes bloques –la poesía y el ensayo
literario, en Sant Cugat; y el resto, incluyendo la hemeroteca y los libros de
arte, en Hoyos–, y cada uno de estos, dispuesto en orden
alfabético. A partir de un determinado número de volúmenes –pongamos varios
miles, como en mi caso–, nunca he logrado saber cómo encuentra alguien un libro
en su biblioteca, si no sigue ese orden. ¿Recuerda, en cada caso, en qué rincón
de las innumerables estanterías lo ha depositado? Si es así, se trata, sin
duda, de un émulo de Funes el memorioso, y hay que aplaudirlo con fervor
–aunque también, como hacía Borges, con conmiseración–. El orden alfabético, sin
mayor esfuerzo mnemónico, permite dar con lo que se busca casi al instante. Sin
embargo, no carece de problemas. Señalo dos: los libros con varios autores y
los escritos por autores orientales. En el primer supuesto, ¿a cuál de ellos condeno a
la invisibilidad? (El dilema podría solucionarse comprando dos ejemplares del
mismo volumen, pero aún no he llegado a persuadirme de que esa medida no cree
más problemas de los que resuelve. Y eso en el supuesto de que los autores sean
solo dos; si son más, la cosa se complica). El segundo no sé cómo solucionarlo:
¿Liu Zi va por la ele o por la zeta? ¿Y Sang Kim-Il Jong? ¿Y Mohammed Haziz
al-Idrisi Ibn Querat? (Las antologías y las obras anónimas van todas por la a: ahí no me complico). Aunque la
principal dificultad del orden alfabético no es de naturaleza sistemática, sino
física. Quien respeta otra disposición, tiene muy fácil seguir con el acopio:
se añaden los libros donde quepan, y santas pascuas. El que, como yo, solo
puede poner los libros en un sitio determinado, donde corresponden por su
inicial, tarde o temprano ha de desplazar toda la biblioteca para que ocupen
correctamente su lugar. Y esa es una tarea abrumadora. Ayer, como decía, lo
hice, tras muchos meses de resistirme a ello. Pero mis nuevas adquisiciones ya
se amontonaban, horizontalmente, encima de los volúmenes ordenados, y estaba a
punto de perderse la gran ventaja que ofrece la pauta alfabética: la inmediatez
con la que se encuentran libros y autores. Así que no me quedó más remedio: me
arremangué bien, me tomé un cacaolat con un chorrito de coñac, me calé las
gafas del cerca y me puse manos a la
obra. En realidad, la tarea no es tan terrible como parece. No se trata
solamente de mover libros como quien mueve ladrillos (con algunas excepciones),
sino de hojearlos, de acariciarlos, de quitarles el polvo como si le quitáramos la pelusa de la pechera a alguien a quien queremos, de repasarlos otra vez, de
recordar las circunstancias en que nos hicimos con ellos o los leímos, y las
sensaciones que nos proporcionó su lectura; en muchos casos, en rigor, de
descubrirlos. Porque eso es lo sucede con frecuencia. Tumbado en el suelo de la
biblioteca, reparo en los títulos que estoy recolocando, y me asombro de poseerlos:
me había olvidado por completo de que estaban allí, más aún, me había olvidado
de que los había leído. Yo subrayo los libros: a lápiz y con pulcritud, pero
los subrayo. No he compartido nunca el fetichismo del libro inmaculado: el
libro está para trabajarlo, para dialogar y hasta para pelearse con él. Mis
anotaciones me indican que los he leído y también el resultado de esa lectura:
cuantas más aspas y apuntes haya, más me han gustado; si tienen pocos, es que han pasado sin pena ni gloria; y los peores solo acumulan insultos y escolios indignados.
Pues bien: en la ordenación de mi biblioteca, pasan por mis manos libros que he
leído –mis comentarios así lo acreditan–, pero de los que no recuerdo nada.
Nada. Y me invade la melancolía al pensar que esa obra, comprada con mis buenos
dineros, y seguramente con ilusión, a la que he dedicado horas y hasta días
enteros de mi vida, no ha dejado ningún poso en mí, ni siquiera una vaga memoria
de haberla tenido ante mis ojos. Me ha sucedido, incluso, que he leído una
segunda edición de un libro, sin acordarme en absoluto de que ya había leído la primera: ambas están subrayadas. Así ha
sido con Diario de un don nadie, de
George y Weedon Grossmith (Edhasa, 2002, con traducción de Eduardo Iriarte; y Nórdica, 2012, con traducción de Íñigo Jáuregui), aunque en este caso me consuela que sea el diario de
un don nadie, alguien a quien, precisamente, le pasaban estas cosas: que nadie se
fijaba en él, ni le concedía ninguna importancia, aunque se lo cruzase varias
veces al día por la calle (o, lo que es mucho peor, por el comedor de casa). De
hecho, esta duplicidad inadvertida les habría encantado a los hermanos
Grossmith, porque demuestra, antes que mi desatención, la eficacia de su
relato. Es fascinante también husmear en el interior de los libros. Como
pequeños cofres del tesoro, guardan anotaciones olvidadas, billetes de autobús,
listas de la compra, facturas de electrodomésticos, puntos de libro,
dedicatorias entrañables de gente a la que apenas recordamos, postales
franqueadas y sin franquear, tarjetas de presentación, cartas comerciales,
cartas personales, recortes de periódico, flores secas –como mandan los
cánones– y hasta fotografías. Muchas de estas cosas son nuestras; otras las han
dejado ahí sus anteriores propietarios: cuando uno compra con frecuencia libros
de viejo, como yo, está comprando también pedazos de las vidas de quienes los
han poseído. Esos pecios del mundo son los que más me fascinan:
los nombres desconocidos que adornan las portadillas (escritos con pluma
estilográfica, y firmados en 1921, o en 1887, o en 1944); las dedicatorias
llenas de amor, o que acompañaban al regalo de navidad o de cumpleaños,
perdidas ya para siempre en el océano del olvido; y las estampadas por el
propio autor a alguien que creía su amigo, o que esperaba que lo fuese, y que,
como demuestra que se haya desprendido del libro, con la crueldad añadida de no
retirar la página autografiada, no ha respondido a las expectativas. Entre
estos jirones de vida que aparecen entre las páginas, descubro algunas
anotaciones de mi padre. Mi padre tenía la mala costumbre de escribir con
bolígrafo en los libros. Durante mucho tiempo, esa costumbre me enfurecía. Y
nunca pude corregírsela: así dejaba también parte de sí a la
posteridad. Hoy, cuando veo esos garabatos indelebles, en los que no faltan
las ingenuidades y las faltas de ortografía, me alegro: mi padre vuelve de
la muerte y me habla otra vez: se levanta de la nada en la
que yace, con su olor inconfundible, y su misma voz, y su misma fragilidad, y
se burla de mí, como solía, y me riñe, y me acompaña. Reordenar la biblioteca
no es, después de todo, tan pesado: se reencuentra uno con viejos amigos, con
antiguas novias; hasta se reencuentra uno con su padre.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
martes, 7 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
El rastro de Elías Moro
Marino
González Montero y Elías Moro han codirigido la colección «Luna de Poniente» de
poesía, publicada por De la Luna Libros, uno de los proyectos más singulares de
la poesía española reciente: 27 poemarios, cada uno identificado por una letra
del abecedario, y todos inéditos ―no se
admitían antologías ni reediciones―, de los
principales poetas extremeños del momento, entre los que figuran algunos tan
notables como Álvaro Valverde, Javier Pérez Walias, Álex Chico o José María
Cumbreño, y también algunos jóvenes que empiezan a descollar, como Francisco
Fuentes. Lo meritorio de esta colección es haber sido coherente y haberse
llevado a cabo. Muchas buenas ideas, en España, nunca pasan a ser realidades
por falta de iniciativa y de recursos; y muchos proyectos, si llegan a
acometerse, se diluyen por desidia, cuando no por incompetencia. «Luna de
Poniente» se concibió como un proyecto orgánico y cerrado, que da cuenta de la
vitalidad de la poesía en Extremadura: gracias al impulso de los codirectores y
al apoyo del Ayuntamiento de Almaraz ―para que
luego digan que la energía nuclear no trae nada bueno―, los 27
poemarios se perciben ahora como un todo compacto y un resultado feliz. Faltan
autores, desde luego ―Basilio Sánchez, Ada
Salas, Pureza Canelo, Diego Doncel, Antonio Méndez Rubio―, pero en
cualquier proyecto colectivo es muy difícil reunir a todos los que deberían
integrarlo: algunos son de producción lenta, y no contaban con obra inédita;
otros no se encontraban en las circunstancias personales idóneas para
colaborar. El volumen que cierra la colección es, precisamente, de Elías Moro,
un escritor, extremeño de adopción, de larga y versátil trayectoria: poeta,
cuentista, aforista, diarista y bloguero, pero, sobre todo, hombre grande ―y no me
refiero solo a su estatura, que roza los dos metros―, amante
incondicional de la literatura y compañero entregado de cuantos nos dedicamos a
ella. Hay un rastro es un poemario de intensa coloración social: «Hay un
rastro de sufrimiento en la nieve...», dice el primer verso. Moro denuncia la
violencia, pero la violencia más brutal: la del asesinato a sangre fría, la del
pelotón de fusilamiento, la del tiro en la nuca, la del campo de exterminio, la
de los enterrados en las cunetas. El libro participa de un sentimiento general
de indignación, que ha elegido para manifestarse, en esta ocasión, un asunto
definitivo: la muerte injusta, porque toda muerte de un ser indefenso lo es. Hay
un rastro ―el del sufrimiento
padecido y la conciencia vigilante, que denuncia la iniquidad y conjura el
dolor― presenta una estructura muy trabada: cada una de
sus seis partes se dedica a un motivo diferente, es decir, a una faceta
singular de ese gran tema que los abarca a todos, y ni un solo punto interrumpe
los poemas, que se hilvanan, así, en un discurso fluvial y unitario. La primera
parte, titulada como el libro, describe el lugar del asesinato y la presencia,
pasada o futura, de los asesinados. Tras esa fotografía tenebrosa, la sección
se resuelve con este dístico abrumador: «Pesan más sobre la tierra las huellas
/ de los que pronto van a morir». La segunda, «Interludio animal», da voz a los
animales que se benefician de la muerte: cuervos, moscardas y gusanos, y su
visión ajena, exterior, objetiviza el proceso: los cuervos «ejercen su
paciencia [y] entonan cantos de luto»; el zumbido macabro de las moscas rompe
apenas «el silencio más triste / [que] se ha posado sobre la muerte»; y los
gusanos, «en un agujero en la carne / que antes no estaba», anticipan el
festín: «de tener lengua», precisa Moro, «se relamerían». «Tiro de gracia», la
sección más extensa, junto con la última, «Los muertos hablan», es una larga
escenificación de la muerte planificada: de las ejecuciones en tiempos de
guerra o de paz, cuarteleras o policiales. Moro contrapone la burocracia de las
condenas y el horror de su verificación, y detalla el itinerario que conduce de
aquella a este, con ecos expresionistas y quevedianos («astillas ya tan solo /
del cuerpo / en donde ardían...»). Tras constatar, con lucidez, que «quien se
acostumbra al dolor / no sabe que ya está muerto», concluye con una pregunta
cuya respuesta marca la frontera que separa al fanático del decente: «¿Qué
épica, qué gloria hay / en matar a un hombre indefenso?». «Derrota y hambre» es
un canto a los vencidos, que no solo lo han sido en el campo de batalla, sino
que lo siguen siendo, y con más ensañamiento todavía, en los hogares rotos y en
las mesas vacías de la posguerra: «En el tiempo gris de las derrotas / el
hambre se siente como en casa // ahora sí satisfecha, / la muerte ya puede
eructar a gusto». La quinta parte, con el aliterativo título de «Trilogía de
los trenes tristes», y precedida por una cita de un autor que conviene
perfectamente a lo absurdo de tanta muerte innecesaria, Kafka, constituye un
recuerdo emocionado de aquellos trenes en los que huían los perseguidos por los
nazis, o bien que transportaban al ganado humano a los mataderos de Auschwitz o
Mauthausen, donde perecieron tantos republicanos españoles. Quien nos habla en
cada uno de los poemas es un escritor que ha viajado en uno u otro de esos
trenes: Bohumil Hrabal, Stefan Zweig y Primo Levi. «Exilio», por ejemplo,
dedicado a Zweig, acaba así: «un penacho de humo blanco / pespuntea los
rescoldos de la noche // con carbonilla en la mirada, / en una plena desolación
sin nombre, / me dirijo hacia la lluvia / para que no se vean mis lágrimas». Y
el inspirado por Levi se titula «Arbeit Macht Frei (antesala)», la ominosa
leyenda que daba una siniestra bienvenida a los deportados a Auschwitz. Por
fin, «Los muertos hablan» es una sección coral, en la que las voces de los
poemas son los de los enterrados: el proceso, fatalmente, se ha cumplido, y ya
solo queda el recuerdo de los ejecutados y su murmullo inaudible. Al modo de la
Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, Moro hace desfilar a
varios, a muchos, que nos informan de su abatimiento, pero también de su
esperanza: «Los muertos sabemos de la lluvia / cuando nos crecen flores entre
los huesos», reza, escuetamente, el penúltimo poema. Libros como Hay un rastro son,
precisamente, flores entre los huesos de la injusticia, esperanza en el páramo
de la devastación.
miércoles, 1 de abril de 2015
Los cerezos en flor
Esta
mañana, aprovechando que nos dirigimos a Hoyos, vamos a ver el Valle del Jerte,
cuyos cerezos, según me dice Javier, están en plena floración. Yo he visitado
varias veces el Valle, pero nunca en esta época del año. La floración, además,
es un periodo brevísimo, que no dura más de un par de semanas. Conforme dejamos
atrás Plasencia y nos acercamos a Casas del Castañar, el primer pueblo del
itinerario, empezamos a ver cerezos florecidos, pero aún solitarios, al lado de
la carretera, o en pequeñas huertas. Parecen las avanzadillas –los
escaramuceros– del gran ejército que vamos a encontrar a continuación. Por
hermosos que sean así, aislados, uno no se hace a la idea de la belleza que
tendrán todos juntos en las laderas de las montañas. En un punto determinado
del trayecto, Javier deja la carretera y sale por una pista que parece un
camino forestal. Él conoce muy bien esta zona –sus padres tenían aquí una casa,
en la que él pasaba todos los veranos, aquellos veranos interminables, tres
meses eternos, de los niños de nuestra generación– y me ha prometido un
recorrido singular, lejos de las aglomeraciones de turistas, que siempre se
producen por estas fechas. Y, en efecto, una vez en esta vía poco conocida, que
no conduce a ningún pueblo, sino a las propias fincas de cerezos, empezamos a
ver las fantásticas agrupaciones de árboles, recubiertos por el manto
algodonoso de las flores. La flor del cerezo es pequeña, inodora, blanca y
delicadísima: la lluvia la machaca y el viento se la lleva como al polvo. Por
eso el tiempo desapacible es perjudicial para su gestación y, sobre todo, para
su mantenimiento. Hoy, por suerte, hace un día tranquilo y soleado, y podemos
apreciarla en todo su esplendor. Las flores, arrimadas, forman unas bolas
espesas que a veces alcanzan el tamaño de pelotas de balonmano. No hay
continuidad entre ellas: por grandes que sean, la rama siempre asoma entre una
bola y la siguiente. El resultado es algo parecido al muñeco de Michelín, pero
dotado de una gracilidad inimaginada, de una imposible estilización. Me llama
mucho la atención que la flor del cerezo sea de una blancura inmaculada y, en
cambio, de lejos, las masas de árboles se vean grises. Cuando contemplamos el
paisaje del Valle que se abre ante nosotros en cualquier recodo del camino, vemos
los extensos cerezales, aterrazados en las laderas de las montañas, y son
grises: prolongadas láminas claroscuras, como alfombras de ceniza. El color apagado
de las arboledas no les resta belleza: se extienden, a lo largo del Valle, como
una sutil película de sombra, que revive en luz con la cercanía. Cuando
atravesamos las fincas cuajadas de flores, parece nevarnos en los ojos. La
blancura, percutiente, se abraza con el gris marengo de la madera que la
sostiene, y con el azul encendido del cielo; también con el verde de los pastos
y los huertos, y, ocasionalmente, con el amarillo de las retamas o el púrpura de
otras flores coterráneas, que rasgan la pantalla de los cerezos como una
cuchillada de fuego rasgaría una sábana. El único blanco no es, sin embargo, el
del millón largo de cerezos que hay en el Valle. Uno de los picos que lo
delimitan, el más alto, todavía conserva un casquete de nieve. Enfilamos un
tramo especialmente sinuoso de la carretera y, en una curva, vemos la cumbre
nevada, flanqueada por las nubes de cerezos e impresa en el platino azul del
cielo: en cualquier momento, pensamos, podría aparecer una geisha. De hecho, me
dice Javier, el turismo japonés en el Valle del Jerte aumenta cada año. Hoy,
sin embargo, no vemos a nadie de ojos rasgados por el camino: todos los
visitantes parecen nacionales, aunque toman fotos con el mismo empeño que los
hijos del Sol Naciente. En Valdastillas, Javier quiere enseñarme una chorrera, que es como aquí se llama a
las cascadas. La conoce desde su infancia, cuando, con otros críos, iba a
bañarse a la poza que ha formado la caída del agua. Damos algunas vueltas para
encontrarla: en uno de esos trampantojos de la memoria, Javier la recordaba a
la salida del pueblo, pero, en realidad, se encuentra a casi dos kilómetros de
las últimas casas. Es la cascada del Caozo, en la garganta Bonal. Toda esta
zona está llena de acuíferos, torrentes y arroyos tributarios del río Jerte.
Las fuentes se suceden, y el hombre represa el agua abundantísima en acequias,
albercas y charcas. No lejos de aquí está la Garganta de los
Infiernos, que, pese a su nombre, es lo más alejado del fuego que se pueda
imaginar: una sucesión de marmitas gigantes o pilones –esto es, cavidades
graníticas: enormes piscinas naturales formadas por la erosión de la roca– en
las que va cayendo el agua desde los riscos y neveros hasta la llanura fluvial.
Cuesta llegar –la caminata es ardua– y, sobre todo, cuesta volver –a la ida va
uno con la ilusión del baño; a la vuelta, con un calor mesopotámico, solo se
desea llegar–, pero pocos lugares valen más la pena que ese. El Caozo es mucho
menor que los Infiernos, pero tiene encanto –manantío, roca, espuma, frescor–,
a pesar del pasadizo metálico que han construido sobre el agua para que la
gente pueda fotografiarse con la cascada a sus espaldas: es feo, inestable,
incoherente y no tiene pasamanos, sino una sucesión de varas de hierro
verticales que amenazan con clavársele a uno en cualquier parte con un
trastabilleo o un tropezón. Dejamos por fin los intrincados caminos entre
Navaconcejo y Valdastillas, y, con ellos, las muchedumbres de cerezos, y
volvemos a la carretera principal: es la hora de la pitanza. Javier me lleva a
un restaurante a pie de asfalto, pero muy tranquilo, cuyo nombre tiene
resonancias evangélicas: Petro. Allí nos asestamos una caldereta de cabrito y
un flan casero, del tamaño de un adoquín, que me van a obligar a hacer la
digestión hasta el día siguiente. Pero no lo lamento. Los cerezos en flor me
han llenado de un sosiego exultante.
lunes, 30 de marzo de 2015
En Monfragüe
Javier, Teresa y yo nos escapamos la tarde del domingo al parque nacional de Monfragüe. Yo lo visité por primera vez hace muchos años, cuando a Extremadura aún venía de turismo, y no como oriundo. Recuerdo que Ángeles y yo, caminantes esforzados, subimos al castillo por una ruta de piedras y jaras, mientras el sol nos derretía la sesera. Pocas veces he pasado tanto calor. También recuerdo las aves, claro, aunque difuminadas en un cielo calcinado. Esta tarde, en cambio, las condiciones son óptimas. La temperatura es suave y el ambiente está despejado, sin aquel aire de fuego de nuestra primera vez, que emborronaba la piel y la mirada. Llegamos, en apenas cuarenta hora de conducción, al Salto del Gitano, el punto de observación más famoso del parque, que encuentro muy bien acondicionado: hasta los contrafuertes metálicos del quitamiedos que lo flanquea están pintados a imitación de la madera, para que no desentonen del conjunto. Desconocemos el origen del topónimo, pero no somos optimistas sobre el estado del gitano después de dar el salto: los riscos son aquí de una profundidad aterradora. Javier sí nos informa sobre la historia de otro punto del parque, que se encuentra un poco más adelante, y que hoy no veremos: el Puente del Cardenal. Ahí, nos dice, se hartaron a matar rojos en la Guerra Civil, aunque no sabe si metiéndoles una bala en el cuerpo o por el más ahorrativo procedimiento de despeñarlos por el viaducto. En cualquier caso, que aquella matanza colectiva se asocie con un "cardenal" es también muy significativo, y quizá el príncipe de la iglesia hasta la bendecía. Hoy nos quedamos, sin embargo, en el Salto del Gitano. El mirador está lleno de gente y el cielo está lleno de buitres. Entre los visitantes hay de todo: familias con niños gritones, autobuses con jubilados de Burgos, franceses en autocaravana, observadores de pájaros, e indígenas y semiindígenas como nosotros. Pero las aves solo son buitres. En Monfragüe hay también otras especies, muy raras, como cigüeñas negras y alimoches (lon alimoches son aquellos bichos blancos y enormes, de picos amarillos, a los que Félix Rodríguez de la Fuente filmó en los años 70 rompiendo con piedras los huevos de que se alimentaban). Pero esta tarde no las vemos. Estos buitres se llaman leonados -o leonardos, como me dijo una vez un amante del arte-, no por esa especie de melena de filoplumas en la base del cuello, como yo siempre había creído, sino por el color pardo del plumaje. Hoy enhebran el cielo con el hilo de su vuelo circular y majestuoso. A menudo se entrecruzan unos con otros, o vuelan en pequeñas formaciones, perfectamente sincrónicas, de dos o tres individuos. Una pareja se mueve tan compacta que creo que están copulando en el aire. Pero me equivoco: hay una breve película de aire entre los dos. A veces, se juntan tantas en una misma parcela de firmamento que se dirían una bandada. La mayoría no aletean: solo planean, empujados por las corrientes aéreas, o se ciernen, durante muchos minutos, inmóviles como helicópteros: así ahorran energía y observan desde una atalaya inmejorable, hecha de viento. A esa observación contribuyen los cuervos: los destellos del sol en su plumaje negro son faros de aviso para los buitres: allí donde estén las paseriformes, estará la carroña de que se alimentan. Pero los buitres también aceleran: acoplados de otra forma a esas mismas corrientes que los sustentan, pasan como bólidos mudos por delante de nosotros, a veces tan cerca que podemos apreciar la curvatura del pico, el amontonamiento de las rémiges, la irregularidad de las alas desplegadas como trampolines. El día ya declina y muchos se refugian en los roquedales del Salto, cuyos rectángulos basálticos, blancos de guano y verdes de líquenes, se disponen como piezas de tétrix. Uno distingue a los buitres cuando vuelan, pero, al acercarse a las rocas y posarse en ellas, las rapaces se confunden con la piedra y la vegetación hasta hacerse invisibles. Uno de los observadores que están en el Salto con nosotros es un birdwatcher profesional, y nos permite mirar por una especie de telescopio de campo que tiene orientado a la peña principal. Por él vemos a un buitre hembra dando de comer a dos polluelos; y eso es algo excepcional, nos dice, porque los buitres casi nunca tienen más de una cría. El hombre, que es de Barcelona y que ha acudido a Monfragüe con su mujer, enfoca también con una cámara cuyo objetivo parece un misil tierra-aire a los buitres que planean por encima de nosotros. Entre esa maraña de siluetas zigzagueantes se despierta ya una luna casi llena: primero, como una sombra blanca entre cirros azules; luego, como una esfera de platino sobre un mar que negrea. A nuestros pies, el Tajo se oscurece a la misma velocidad con la que asoma la luna. Enfilamos el camino de regreso. Nos tomamos un café en la hospedería del Parque y luego seguimos hasta Cáceres. El sol se ha puesto ya, con un cataclismo de rojos, amarillos y violetas en el horizonte. Pero aún vemos algún buitre solitario sobrevolar los campos.
domingo, 29 de marzo de 2015
Getafe y Trujillo
Presento en la Fundación de Poesía José Hierro, de Getafe, mi traducción de Hojas de hierba, de Walt Whitman. La Fundación es siempre un lugar agradable en el que estar, por la calidad de sus instalaciones y, sobre todo, por la calidad de su gente, tanto profesores como alumnos, entregados con pasión a la poesía. Me acompañan, entre el público, Tacha Romero, directora de la Fundación, que me ha presentado; Jordi Doce y Paula, su hija; Julieta Valero, coordinadora de las actividades culturales del centro; y Esther Ramón, poeta y profesora. No repuesto aún del todo de los vapores del tinto con el que regamos la cena posterior a la presentación, me levanto temprano al día siguiente para viajar a Trujillo, en Cáceres, en cuya Feria del Libro participo, por la tarde, en dos actos: la presentación de la antología Otrora, de Javier Pérez Walias, y, de nuevo, la de Hojas de hierba. A Trujillo no se puede llegar en tren, así que cojo el autobús. Coger el autobús es una experiencia deliciosamente proletaria, aunque, entre el público que sube al vehículo, distingo a un caballero con americana, chaleco, pañuelo al cuello y sombrero de fieltro, que habla con mucho porte y se mueve como un caballero de la Orden del Almirantazgo. Aunque las cosas han cambiado mucho en el transporte por carretera en España -ya no hay gente que lleve al brazo cestas con gallinas, ni se comparten los bocadillos con los que entretener las interminables horas en el asfalto, cuando hay asfalto: "¿Usted gusta...?"-, aún se sigue experimentando un intenso calor humano. A mí me toca, como vecina, Andrea, una dominicana de mediana edad que lleva viviendo en España 27 años, pero que está planeando volver a su país dentro de un par de años, como mucho. La crisis tuerce -o endereza, quién sabe- muchas vidas. Hablamos de las sociedades española, dominicana e inglesa durante un buen rato, mientras atravesamos paisajes cada vez más ralos, más amarillos. Luego, ella se duerme y yo leo Libro del desasosiego, de Pessoa, con la admirable traducción de Perfecto Cuadrado. Llego, por fin, a Trujillo, confirmo que en la estación de autobuses no hay consigna -"si quiere Ud. dejar el equipaje ahí", me dice el taquillero, con deje de funcionario del Ministerio de la Gobernación de 1947, "pero yo no me hago responsable..."-, y arrastro la mochila y el maletón hasta la plaza Mayor, remontando calles muy hermosas y empedrados muy nobles, pero que hoy me parecen un invento infernal. Allí he quedado para comer con Javier a eso de las tres, cuando él y Teresa lleguen de Cáceres. Veo la carpa en la que se desarrollan los actos de la Feria y, a su lado, los puestos de venta de libros de las editoriales e instituciones que participan en el encuentro. En la carpa alguien está hablando: una mujer de espléndida cabellera rubia. El problema es que está hablando al vacío: apenas la escuchan dos personas. Cuando me acerco, el hombre que está a su lado me hace gestos efusivos, lo que no deja de sorprenderme, porque no lo conozco. Pero pronto caigo en la cuenta: debe de ser José Cercas, el coordinador de la Feria, que me ha reconocido en efigie. Me siento junto a los dos oyentes: ahora ya somos tres; se mire como se mire, acabo de incrementar la asistencia a la lectura en un 50%. Cuando concluye, al cabo de poco, me libro del equipaje en el maletero del coche de Pepe, alabado sea el Hacedor, y recorro brevemente los puestos de libros. Sorprendentemente, en ninguno hay ejemplares de Hojas de hierba, aunque Galaxia Gutenberg me ha asegurado que se han enviado libros suficientes a las librerías. En realidad, no es de extrañar que no esté: en el programa mi presentación figura así: "Eduardo Moga, Hojas de hierba", y, si bien me enorgullece que se me considere autor del poemario, no lo soy, en rigor: el autor se llama Walt Whitman. Por eso mismo los distribuidores, requeridos por los libreros para que les suministraran ejemplares del poemario de Eduardo Moga Hojas de hierba, no han encontrado ninguno en sus almacenes: allí solo había ejemplares de Hojas de hierba de Walt Whitman. En la cervecina a la que me invita a continuación Pepe Cercas, me reúno con otros invitados a la Feria, entre los que figura el periodista José Oneto -u Oneti, como oigo que le llama alguien-, cuyo legendario flequillo glauco sigue atravesándole la cara. Compruebo entonces algunos de esos gestos que suelen darse en encuentros de esta naturaleza: varios de los asistentes pugnan por fotografiarse con Oneto y, después, por acompañarlo allí donde vaya, como séquito obsequioso -y orgulloso- de su augusta compañía, que es, ciertamente, muy augusta, casi hierática. Oneto habla poco o nada, pero da igual: lo importante es estar cerca del importante. Así lo ha comprendido la misma rubia que declamaba a la nada a mi llegada, cuya rubiez establece con la de Oneto una simetría deslumbradora. Cuando llegan Javier y Teresa, comemos en una de las terrazas de la plaza. La comida no impresiona, pero la plaza sí. La última vez que la vi no fue en las condiciones más favorables: hacía un calor sahariano, y, si estaba uno en la calle, apenas podía salir de la sombra. Recuerdo que Ángeles y yo nos empeñamos, insensatamente, en pasear por la ciudad, y la recorrimos entera y vacía: solo otra pareja de guiris tan temerarios como nosotros se había aventurado a lo mismo, y con ellos nos fuimos cruzando por las calles como parrillas: nos saludábamos como dos exploradores con saracot y a punto de morir por deshidratación lo hubiesen hecho en las dunas del Serenguetti. Hoy la temperatura es infinitamente más agradable, y la contemplación no es apresurada ni sedienta. La estatua de Pizarro preside la plaza. Siempre que veo la efigie de un conquistador, recuerdo a aquel escritor mexicano que había visitado España y que, al ver una ellas en algún sitio -quizá esta misma de Pizarro-, se había escandalizado de que se rindiera admiración pública a un genocida. No creo que Pizarro fuese un genocida; lo que sí era, era cuidador de cerdos, y también un gran militar: el único español que aparece en las selecciones internacionales de los mejores estrategas de la historia. La presentación de Otrora -de Javier Pérez Wailas, según informa Pepe Cercas por el micrófono- es rápida e indolora: acude una quincena de personas (Cercas me ha dicho que por la tarde la asistencia a los actos se incrementa); yo hago una somera exposición de los rasgos más destacados de la poesía de Javier, sobreponiéndome al merodear de una persona de la organización que, muy amablemente, me pone una botella de agua delante, y luego un vaso, y luego le pone una botella a Javier, y luego un vaso; y este lee un puñado de poemas que son bien acogidos por el público. En el coloquio, un brillante escritor extremeño rememora aquellos tiempos en los que él mismo y José Luis García Martín -al que él llama, con la confianza que da una vieja e íntima amistad, José Luis- echaban en falta la presencia de autores de la tierra en las letras españolas. Eso ha cambiado hoy, añade, gracias a la labor de poetas como Javier y tantos otros. La inquietud que ha despertado en mí la mención de José Luis desaparece cuando compruebo que el brillante crítico da por superada aquella carencia intolerable. Charlamos, tras el acontecimiento, con el concejal de cultura del ayuntamiento de Trujillo, que organiza y financia la Feria. Está muy satisfecho del evento, nos dice, en el que han querido reproducir la estructura de la Feria del Libro de Madrid. Yo le pregunto si no le parece que la asistencia está siendo escasa por las mañanas, y él me dice que sí, que por la mañana hay poco público, pero que, no obstante, están muy contentos. La presentación de Hojas de hierba se celebra a las ocho de la tarde, aunque empieza con retraso, porque el acto anterior -protagonizado por el brillante escritor amigo de José Luis, al que oigo hablar esta vez, por la megafonía de la plaza, de Nietzsche-, ha durado más de lo previsto. La asistencia ronda, otra vez, la quincena de personas, entre las que me alegra contar a Elías Moro, que ha tenido la generosidad de viajar desde Mérida para escuchar a Whitman; a Javier y Teresa, naturalmente; a Miguel Veyrat, al que recuerdo de sus tiempos de corresponsal de Televisión Española en París y de director de Documentos TV, pero que es también un meritorio poeta; y Carola Moreno, la editora de Barataria, cuyo catálogo es espléndido: le compro el último poemario de Veyrat y un título del raro Felisberto Hernández, publicado en una colección de autores hispanoamericanos que coordinó, durante bastante tiempo, una buena amiga chilena, Claudia Apablaza. Hablo, en fin, sobre Whitman y sobre su obra, y leo cuatro poemas del norteamericano. Pero el tiempo pasa deprisa, la noche ya se ha cerrado y empieza a hacer frío. Nos tomamos una cerveza con Elías, de nuevo, en una terraza de la plaza, y me despido de Trujillo cansado, pero no insatisfecho.
martes, 24 de marzo de 2015
Las interesantes declaraciones de Caballero Bonald y Jorge Herralde
La semana pasada se publicaron dos interesantes entrevistas en la sección de "Cultura" de El País: la primera, a José Manuel Caballero Bonald; la segunda, a Jorge Herralde. Ambas contienen declaraciones que merecen consideración. Me detengo en estas frases del autor de Entreguerras: "-¿Lee novedades? -Pocas, pero me alarma que se esté llevando a los altares a escritores que confunden la literatura con la crónica de sucesos. Nuestra literatura está plagada de mediocres encumbrados. Pasa como con los políticos. Hay mucho fantasmón en funciones de líder. También hay muchos equívocos a la hora de enjuiciar a escritores... -¿A quién? -A Gil de Biedma, por ejemplo, aunque en otro sentido. Gil de Biedma es un gran crítico de la cultura, pero un poeta menor, de alcance verbal muy limitado. Los grandes poetas de esa época son Valente y Barral. -¿Y Claudio Rodríguez? -También. Sobre todo, el primer Claudio Rodríguez. Y pare usted de contar". Para atender a los juicios de Caballero Bonald, hay que superar una primera contradicción: lee pocas novedades, pero se considera autorizado para juzgar lo que se escribe hoy. Para saber lo que de verdad está pasando, en la poesía como en cualquier otro ámbito literario, hay que leer muchas novedades y seguir releyendo a los clásicos. El conocimiento del medio exige que se tenga un pie en la actualidad y otro en la historia. Pero, suponiendo que lea las suficientes novedades como para que su juicio no sea una mera boutade, y dando por descontado que conoce bien a los poetas de los que está hablando —al fin y al cabo, son los de su generación—, vale la pena prestar oído a su peritaje. Que abunden, tanto en literatura como en política, los mediocres encumbrados no es extraño: es lo normal. Siempre ha sido así y sospecho que lo seguirá siendo. La mediocridad de los autores corresponde a la medianía de los ciudadanos. Para gustar a muchos, hay que corresponder a su perfil, y ese perfil, me temo, no es exquisito. La lista de preferencias de Caballero Bonald, como cualquier otra opción estética -como también la que voy a formular yo a continuación-, es subjetiva y discutible. Estoy de acuerdo en que José Ángel Valente y Claudio Rodríguez eran dos de los grandes poetas de la época, aunque no establezco, como hace Caballero, distinción alguna en la obra del segundo: para mí, todo Claudio es Claudio, y no solo Don de la ebriedad; el desarrollo coherente de su poesía es, en mi opinión, impecable. Creo, no obstante, que se queda corto —los autores de edad suelen ser parcos en elogios, quizá porque creen que elogiar demasiado a otros los disminuye a ellos— y que otros autores están, como mínimo, a la altura de los dos citados: Antonio Gamoneda, aunque más tardío en darse a conocer, es uno de ellos, y Manuel Álvarez Ortega, recientemente fallecido, con la oprobiosa ignorancia de muchos, es el otro: un gran, un enorme poeta, desdibujado por su rareza, su soberbia y su aversión a las estrategias publicitarias. Discrepo, en fin, de la estima de Caballero Bonald por Barral, un poeta pedantesco y liviano, como casi toda la denominada Escuela de Barcelona. Y aquí está, precisamente, lo más valioso, a mi parecer, de las manifestaciones del gaditano: su precisión de que Gil de Biedma es un valioso hombre de cultura, pero un poeta menor. No puedo estar más de acuerdo. Y no es frecuente que se diga algo así. Como poeta, Gil de Biedma ha sido uno de los referentes del neofigurativismo que ha arrasado la poesía española en las últimas décadas del siglo pasado y la primera del presente: el poeta que acumulaba todas las virtudes, con independencia de que fueran o no virtudes poéticas, y del que se cantaba una palinodia incesante. Hasta se han hecho películas sobre su vida. Gil, como señala Caballero Bonald, fue un estimable hombre de letras —buen traductor y fino prosista—, pero un poeta de escasa sustancia y nula energía verbal. Sin pretender atribuirme el mérito de la anticipación, esto escribí sobre su figura en la entrada "La heladería", de este mismo blog, publicada el 22 de julio de 2014: "En otra heladería, ya desaparecida, en la calle Aribau con Granvía, recuerdo haber leído por primera vez a Gil de Biedma. En un verano caluroso y solitario, cuando vivía en Muntaner, acudí a su terraza con una antología del poeta, publicada por Alianza. Si la obra completa de Gil de Biedma es brevísima, aquella antología era poco más que una plaquette. Llegué muy predispuesto —los amigos se habían hecho lenguas de sus versos—, y quizá por eso mi decepción fue mayor: el granizado que me estaba tomando tenía más sabor que su palabra. ¿Cómo es posible que esto atraiga a nadie?, recuerdo haber pensado. Luego he descubierto en Gil de Biedma a un prosista elegante y a un notable traductor, pero aquel chasco no se me olvida. Y he sido incapaz de superarlo, pese a que creo haber aprendido, con los años, a domar mi sensibilidad: Gil de Biedma me produce siempre un tedio inacabable y la misma sorpresa que entonces: ¿cómo puede ser que algo tan parco, tan endeble, tan insulso, haya encendido de entusiasmo a tantos?".
Las segundas declaraciones corresponden a Jorge Herralde. Dice el editor de Anagrama: "-Este país no lee. Solo hay que ver los índices de lectura comparados con otros países. -Ah, pero es que nosotros venimos de la Inquisición, del nacionalcatolicismo y del peso de la Iglesia. -¿Más de cinco siglos después aún le vamos a echar la culpa de todo a Torquemada? -Mire, la influencia clerical en España ha sido nefasta. Nadie ha sido capaz de cambiar eso. Zapatero intentó meter en cintura al Concordato, pero no pudo. -La Constitución dice que somos un país aconfesional. -Aconfesional ma non troppo, ¿eh? Y con este Gobierno y su apoyo a la educación católica, pues... Esto es un retroceso: volvemos a las cavernas". En efecto: el trogloditismo de los curas y los creyentes reaccionarios nos devuelve a todos al Paleolítico. El pernicioso influjo de la Iglesia en la sociedad española se ha consolidado a lo largo de los siglos, gracias a la cazurrería de nuestros gobernantes y a la resignación pasmosa, o más bien pasmada, de la población. Y no es fácil quitárselo de encima, ni se consigue de un día para otro. Herralde apunta dos medidas muy saludables para conseguirlo: la denuncia de los Acuerdos con la Santa Sede de 1976 y 1979, que prolongan, de hecho, el Concordato franquista de 1953 y consagran —nunca mejor dicho— la posición de privilegio de la Iglesia Católica en nuestro país; y el fin de la educación en sus manos. De las dos cuestiones esenciales en los últimos tiempos para la Iglesia, que defiende con la ferocidad de un apache, la oposición al aborto (y, en general, todo lo que tenga que ver con la moral sexual y, por lo tanto, con los límites de la vida: reproducción asistida, homosexualidad y matrimonio gay, eutanasia) y la defensa de la enseñanza religiosa, esta es, en realidad, la más importante. La Iglesia ha poseído la llave de la educación en España hasta hace muy poco, y sigue detentando un enorme poder en las aulas, tanto en las de los colegios privados —y concertados— que difunden su doctrina, como en las de las escuelas públicas, donde el gobierno del PP ha conseguido que se enseñe de nuevo, como asignatura evaluable, el catecismo. Y sabe muy bien que esta transmisión de los prejuicios, la mitología y, en fin, la logomaquia de su fe resulta imprescindible para su pervivencia: es vital que se verifique en los estadios más tempranos del desarrollo personal, cuando la inteligencia es aún niña y no ha desarrollado la distancia raciocinante y los cedazos críticos que le permitan someter a escrutinio lo que se le inculca. La Iglesia sabe bien que, si le metes en la cabeza a un niño la fábula de la fe, será muy difícil que consiga arrancársela nunca. Einstein decía que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Y también que la diferencia entre el universo y la estupidez humana es que el universo es finito. Se trata, pues, de reducir el uso espurio de la educación, y de devolverla a las manos en las que siempre debería estar: las de los ciudadanos, las de los maestros nacionales, las de los profesores laicos.
domingo, 22 de marzo de 2015
La Torre de Londres
Llevo un año y medio en Londres, pero aún no he visitado la Torre de Londres, una de sus principales atracciones turísticas. Y quizá no lo he hecho por eso: por ser una de sus principales atracciones turísticas. Las principales atracciones turísticas me agobian mucho, además de que me esquilman el bolsillo. En realidad, yo ya he estado en la Torre de Londres: la visité en 1979, cuando pasé mi primer verano en Inglaterra. Conservo muy escasos recuerdos de aquello: imágenes vagas de las joyas de la Corona, que brillaban, muy azules, en las vitrinas, y de la muchedumbre que recorría las salas. Hoy mi amigo Diego, que no la conoce en absoluto, y yo hemos decidido visitarla: es una forma como otra de pasar un sábado frío y desapacible en la ciudad. Y no empieza mal: apenas hay colas y entramos en un periquete. La Torre de Londres es un enorme complejo defensivo, en cuyo centro se alza la Torre Blanca, la fortaleza normanda. Guillermo el Conquistador, el nuevo señor de las islas, la mandó construir en 1078, a la entrada de la ciudad, en un antiguo emplazamiento romano, para demostrarles a los londinenses quién mandaba. Los edificios han ido creciendo en el interior del recinto, al amparo de sus tres anillos de murallas. En el patio central, alrededor de la Torre Blanca, se aprecia la diversidad arquitectónica que han legado casi mil años de avatares históricos: junto a baluartes medievales hay edificios de ladrillo victorianos, y al lado de naves góticas, construcciones renacentistas. No entendemos muy bien por qué hay, aquí y allá, estatuas de animales: un oso polar, un elefante, unos leones, una familia de monos. Poco después lo averiguaremos: la Torre de Londres, entre muchas otras cosas, también ha sido casa de fieras: por estos patios han deambulado animales traídos de todos los países del mundo por los navegantes británicos, los ejércitos imperiales o los mandatarios extranjeros deseosos de quedar bien con sus anfitriones. Debía de ser bonito este lugar en el siglo XVI: aquí igual se rebanaban cabezas que se cruzaba uno con un tigre hambriento o un mandril enfadado en el patio de armas (en 1753, uno de ellos había matado a un grumete del barco que lo traía de África a Londres por el expeditivo procedimiento de tirarle a la cabeza una bala de cañón de nueve libras). Tampoco le arrendamos la ganancia a los cuidadores de las bestias: el último de ellos, Alfred Cops, tuvo que ser rescatado, en 1826, de las fauces de una serpiente que, de pronto, sintió ganas de merendárselo. Diego y yo decidimos que nuestra primera visita será a las joyas de la Corona, que son la joya de la corona de la Torre de Londres. Aunque Diego no ha estado nunca en el monumento, lo conoce bien, seguramente mejor incluso que los responsables de seguridad. Durante mucho tiempo jugó a un videojuego cuyo objetivo era robar las joyas de la Corona, y tuvo que correr, deslizarse, escalar y descender, por pasillos, desagües y tejados, a todos los rincones del palacio. Mientras esperamos en la gigantesca cola -esta sí- que hay para ver las joyas, me cuenta las peripecias de su latrocinio digital, y yo le sugiero si no podríamos aprovechar su conocimiento del lugar para hacernos con algunas buenas piezas y sacarle algo de partido a nuestra visita. Pero ha pasado mucho tiempo, me dice, desde sus correrías virtuales, y ya no está seguro de dominar el terreno. Llegamos por fin a las salas con las joyas, y comprobamos que, para ver una larga fila central de coronas y cetros, un pasillo mecánico desplaza a los visitantes. No hay que caminar: el tesoro pasa ante nuestros ojos como los platillos de un restaurante japonés, solo que aquí no puedes coger lo que te parezca. Como las paredes son negras y todo está a oscuras, las alhajas refulgen como candiles. Vemos diamantes grandes como pelotas de playa y una sopera de oro en la que cabrían todos los comensales de la cena. Otras piezas, en cambio, me parecen menudas: la corona que la reina ostenta cada año en la ceremonia de apertura del Parlamento -y que se ve por televisión en todo el mundo, como si la ceremonia de apertura del Parlamento británico tuviera algún interés para el mundo- es poco más que la toca de una adolescente, aunque los brillantes, zafiros y esmeraldas con que está adornada brillan tanto que escuecen los ojos. Casi todas las piezas son relativamente modernas: apenas quedan dos anteriores a 1649, cuando, durante la Guerra Civil -porque aquí también han tenido una guerra civil, aunque trescientos años antes que nosotros-, el tesoro real, símbolo de la opresión monárquica, fue fundido o destruido a martillazos. Cumplido el rito de la contemplación de las joyas, nos dirigimos a la Torre Blanca, que alberga una de las armerías más completas de Europa. Un espacio cerrado al público es la armería española, a la que, por razones obvias, me asomo con curiosidad. Aquí se expusieron, durante muchos años, las armas capturadas a la Armada y los supuestos instrumentos de tortura que utilizaba la Inquisición y los españoles, en general, contra los enemigos de la fe y del país. Pero muy pocas armas y ningún instrumento de tortura eran españoles. La armería se utilizaba, en realidad, como mecanismo de propaganda contra España, el gran enemigo de Inglaterra durante varios siglos. Hoy hasta el cartel que informa sobre ese espacio reconoce que fue un capítulo más de la leyenda negra que los enemigos de los Austrias forjaron a lo largo del tiempo, con notorio éxito. En las muchas salas dedicadas a las utensilios bélicos, destacan algunas piezas modernas, enjoyadas: revólveres recubiertos de diamantes, pistolas de oro, subfusiles de platino y madreperla: unas pocholadas, con las que debía resultar suntuoso matar. Me gusta más, francamente, la capilla de San Juan, en estilo románico normando, de 1120: sobria, contundente y, a la vez, airosa. La Torre de Londres ha sido muchas cosas a lo largo de la historia: plaza fuerte, residencia real, archivo del Estado, casa de la moneda, arsenal, cárcel y, como he dicho, hasta zoológico. Sin embargo, es como presidio y lugar de ejecución que se ha labrado una sólida y sombría reputación. Aquí han estado encarcelados, entre muchos otros, William Wallace, el héroe escocés, antes de que lo descuartizaran en Smithfield; Tomás Moro, el autor de Utopía, que acabó decapitado; Samuel Pepys, el gran diarista de Londres, por malversación de caudales públicos; y hasta el nazi Rudolph Hess, en 1941, hasta que, condenado en Nüremberg, fue transferido a Spandau. Aquí también estuvo encerrada y fue decapitada Ana Bolena, la segunda esposa de Enrique VIII, cuyo fantasma se dice que aún camina alrededor de la Torre Blanca, con la cabeza debajo del brazo: otro fenómeno que contribuiría al entretenimiento en la Torre cuando había animales salvajes merodeando por los patios. Aunque la ejecución de la Bolena no ha sido el asesinato más legendario del lugar. Este dudoso honor corresponde a la muerte de los príncipes Eduardo y Ricardo, hijos de Eduardo IV, a los que su tío, el lord protector Ricardo, duque de Gloucester, confinó en la Torre en 1483 y, probablemente, hizo desaparecer, para ser él rey de Inglaterra, como así sucedió. Como puede verse, el viejo dicho, tan aplicable al mundo de la poesía y de los privilegios institucionales, de "quítate tú pa ponerme yo" ha tenido gloriosos precedentes en el mundo de la realeza. Ricardo III, en efecto, protegió a sus sobrinos radical y definitivamente: los apartó para siempre de los sinsabores de brega política y de las onerosas responsabilidades de la monarquía. Dos siglos después de la desaparición de los príncipes, durante unas obras en la Torre, se descubrió, enterrada, una caja de madera con el esqueleto de dos niños, aunque no se tiene la certeza de que correspondan a los pequeños Eduardo y Ricardo, porque estaban sepultados a la misma profundidad que algunos restos romanos encontrados en esa misma zona. De este pasado de venganzas y degollamientos se conservan algunos souvenirs en la Torre, como un hacha gigantesca y el tocón en el que los condenados apoyaban la que muy pronto iba a dejar de ser su cabeza. Sin embargo, en el recinto amurallado solo constan documentadas 22 ejecuciones -la última, de un espía alemán, en 1941-: el grueso de los ajusticiamientos se hacía en la vecina Tower Hill, de cuyo suelo puede decirse con propiedad que ha sido regado con la sangre de miles: traidores, delincuentes, inocentes, reyes, nobles, espías, amigos, enemigos y hasta alguno que pasaba por allí. Nuestra última visita en la Torre de Londres es al Museo de los Fusileros. Cuando nos dirigimos allí, vemos a dos de los famosos cuervos de la Torre, cuya desaparición, según la leyenda, implicará la desaparición del propio monumento. (A los británicos les encantan estas historias moderadamente apocalípticas: también Gibraltar depende de que siga habiendo monos. A lo mejor, para recuperar la soberanía española del Peñón lo que habría que hacer es enviar una misión secreta que los envenenara a todos). Son pájaros enormes, de una negrura diamantina, que nos miran como sabedores de su intangibilidad: les sirven cada día una ración de carne con la que una familia etíope sobreviviría un mes, un equipo de veterinarios se cerciora periódicamente de que estén rozagantes y lustrosos, y no hay quien les tosa. Carteles clavados en el césped avisan a los imprudentes turistas de que pueden picar. Y, en efecto, los cuervos son capaces de sacarte un ojo de un picotazo. Junto a ellos, abundan también los beefeaters, esos guardianes de la Torre, disfrazados de guardianes de la Torre, que han dado nombre a una marca de vodka; los soldados con gorro de piel de oso que cada rato se marcan un paseíto entre garitas con gran estruendo de taconazos y patadas al suelo (al fin y al cabo, este es un palacio real, y el ejército es responsable de velar por su contenido); y, en general, los funcionarios uniformados, ya sean vigilantes de las joyas de la Corona, guardias de cualquier otra sección de la Torre, cortadores de entradas o cualquier otro empleado con alguna responsabilidad administrativa. Esta es otra de las pasiones de los británicos: los uniformes, aunque Diego y yo no podemos dejar de admirar su respeto y su interés por la historia militar del país. En España, los museos militares avergüenzan, y casi nadie sabe nada de la historia de sus ejércitos. Tal ignorancia, considerando que España ha sido un imperio durante cuatro siglos y se ha visto envuelta en centenares de conflictos armados, que son siempre la traslación de la política al campo de batalla, revela la desidia cultural del país y nuestra escasa autoestima colectiva. El Museo de los Fusileros documenta la historia del Regimiento de Fusileros, hoy Fusileros Reales, creado en 1685 y participante en casi todas las guerras que ha librado el imperio británico a lo largo de la historia, entre ellas las peninsulares contra Napoleón o la de Crimea, en la que contemplaron la legendaria -e infausta- carga de la Brigada Ligera en Balaklava. Lamento, no obstante, que los ingleses sigan tratando tan mal la ortografía española: la batalla de la Albufera, por ejemplo, se ha convertido en la batalla de la Albuhera. Lo que más me impresiona del conjunto son sendos bustos de Hitler y Mussolini, capturados por los miembros del Regimiento en la Segunda Guerra Mundial: negros ambos, como los cuervos que hemos visto, glaciales, sobrecogedores; ridículos, en realidad, pero atrozmente ridículos. Cuando salimos de la Torre, cruzamos el adyacente Puente de la Torre, que, construido en 1894, solo tiene en común con esta el nombre. Hace frío, pero es un lugar hermoso, con una buena vista del conjunto que acabamos de visitar. Ahora nos iremos a tomar una cerveza al pub y concluiremos un día agradable, pese a haber sido tan turístico.
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