Ayer participé en un acto singular, en el marco de unas actividades
más singulares todavía. Fue la inauguración de la exposición de fotografía
«Paisajes interiores. Imagen & Palabra», del placentino José Antonio
Marcos, cuyas fotos iban acompañadas por extractos de algunos poemas de El desierto verde, publicado por la
Editora Regional de Extremadura en 2012. Es una muestra breve –de ocho piezas–
de un conjunto mayor al que José Antonio querría dar forma de libro. Tanto sus
imágenes como mis poemas se inspiran en el paisaje de la Sierra de Gata, donde
está enclavado Hoyos, el pueblo en el que vive él y paso yo temporadas cada vez
más largas; un espacio agreste y contradictorio, en el que se conjugan la
sequedad y la lluvia, la exuberancia y el vacío. Y todos son, en efecto,
«paisajes interiores»: proyecciones del paisaje de la conciencia en el paisaje
del mundo. Sus fotografías reflejan muy bien esa transformación contemporánea
de la representación, que ya no persigue la mímesis aristotélica, la reproducción
fiel de la naturaleza, sino la expresión del yo que la contempla, del ser que
la vive. También mis poemas utilizan el pretexto de la naturaleza para
bosquejar sus propios perfiles, para articular sus luces y sus sombras. José Antonio ha
dibujado, con el pincel de la lente, un mundo en blanco y negro, cuya ausencia
de color esencializa las imágenes: las reduce a sus más puros y significativos
huesos. Su paleta fotográfica exhibe también luces y sombras, limítrofes pero
difusas, individuales pero entrelazadas: la plata tenebrosa de los bosques, la
penumbra pálida de los cerros, la claridad ennegrecida de los ríos, pueblan
rectángulos tan reveladores como inquietantes. También los espejos abundan en
sus composiciones. Espejos naturales, claro: siluetas de árboles que se
reflejan en cursos de agua, o líneas del horizonte a las que se superponen
otras, y más allá de estas, otras, y más allá, otras, todas enhebradas por la
niebla. Lo especular sugiere en estos «Paisajes interiores» el desdoblamiento
–o la dislocación– de la conciencia moderna: un asunto tan peliagudo para la
psique como fecundo para el arte. La inauguración tuvo lugar en el Instituto de
Educación Secundaria Obligatoria «Valles de Gata», de Hoyos, dentro del programa
«Extremarte. Proyecto para la musealización del IESO de Hoyos», gracias a la
iniciativa de uno de sus profesores, Manuel Pascual, y a la colaboración de
muchos otros del mismo centro. «Extremarte», que va ya por la sexta edición, lo
que acredita la solidez del proyecto y el empuje de sus promotores, acoge cada
año, coincidiendo con el curso escolar, exposiciones de pintura, artes
plásticas, fotografía y literatura, y lo hace con un criterio rector, la
diversidad, que se explicita, en los folletos informativos, con una frase de
Bakunin: «La uniformidad es la muerte; la diversidad es la vida». La afirmación
resulta algo taxativa, pero se me hace simpático que uno de los príncipes de la
acracia figure en la publicidad que circula por un instituto de enseñanza
media. En la actual edición, han pasado por «Extremarte» artistas y poetas como
María Jesús Manzanares, Raquel Román, Pedro Geraldes, Soledad Vidal, Bomonk,
Ángel Álvarez de Sotomayor y, hoy, José Antonio Marcos y yo mismo. Las
inauguraciones no solo instalan las obras en el Instituto, con el
enriquecimiento que ello supone para sus alumnos, sino también, y no es menos
importante, una ocasión para que la gente de Hoyos, y de toda la Sierra,
comparta los estímulos y los placeres de la cultura, y se relacione en un
contexto especial, no limitado a las grisuras de las cotidianidad. Ayer me
sorprendió el mucho público presente en el acto: casi una cincuentena de
vecinos, un éxito rotundo si lo comparamos con las doce o quince personas que
suelen asistir, en el mejor de los casos, a actos de estas características en
ciudades como Madrid o Barcelona. Disfrutaron, me parece, con las fotos (y
espero que también con los versos), y escucharon con atención nuestras breves
presentaciones. Luego charlamos todos con todos. Las conversaciones se
complementaban opíparamente con las croquetas que Toña, la mujer de José
Antonio, había preparado para la ocasión, aunque yo, ay, no probé ni una, como
tampoco su marido, aunque él sí alcanzó a devorar dos aceitunas: estábamos
demasiados ocupados atendiendo a la gente; y así suele sucede siempre: a los
protagonistas de la velada pocas veces se acuerda nadie de acercarles una copa
de cava o, mejor aún, un pincho de tortilla. Me sorprendió gratamente que
hubiera varias personas interesadas por El
desierto verde. Una, Susana, madrileña establecida en la Sierra, mujer
amabilísima y traductora técnica durante muchos años, lo había adquirido por
Amazon, porque no había encontrado modo de comprarlo en librerías y ni siquiera
de conseguirlo de la propia Editora Regional de Extremadura; y allí lo tenía,
listo para que se lo firmara. Otra, Eva, asimismo encantadora, profesora de
lengua y literatura en el Instituto, responsable de su biblioteca y crítica
literaria, mostraba igual inquietud por la falta de acceso al libro. Ante su
interés, me comprometí a enviarle un ejemplar: creo que todavía me queda alguno
en Sant Cugat. La distribución sigue siendo el eslabón débil de toda la cadena
editorial, en particular de los sellos institucionales, por interesante que sea
su catálogo, como en el caso de la ERE. Los libros publicados por
ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas difícilmente entran en el
mercado. Por el contrario, muestran una deplorable tendencia a no salir de sus
almacenes. No obstante, resulta doloroso que la ERE no disponga de un sistema
de distribución eficaz en la propia comunidad, esto es, que los libros no
lleguen, como mínimo, a las principales librerías de Cáceres, Badajoz, Mérida y
Plasencia (y de Madrid, y de Barcelona, y de Sevilla), ni a la amplia red de entidades
culturales públicas y privadas: universidades, colegios e institutos,
bibliotecas, museos, casas de cultura, aulas de letras, clubs de lectura. No
costaría mucho hacerlo, me parece, como tampoco establecer, incluso, algún
sistema de venta directa a través de la página de la propia ERE. Además de con
lectores, o más bien lectoras interesadas, estuve charlando también con Sara
Fontán y su marido Luis, que tuvieron la amabilidad de viajar desde Cáceres
para asistir al acto. Sara es la directora de un medio de comunicación
imprescindible, Sierra de Gata Digital,
atento siempre a cuanto sucede en la comarca, y redactado con entusiasmo y
profesionalidad; con Luis, profesor de la Universidad de Extremadura,
proseguimos una antigua conversación, iniciada cuando presenté El desierto verde en Cáceres, sobre la
plausibilidad de la metaliteratura. A él no le convence como asunto de la
poesía; yo, en cambio, creo que no hay, ni puede haber ya, arte contemporáneo
que no hable, en alguna medida, de sí mismo. Estoy seguro de que continuaremos
discutiendo de ello en futuros encuentros.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
viernes, 10 de abril de 2015
jueves, 9 de abril de 2015
Cosas que pasan en los pueblos
La gente coge agua de la fuente. Un señor y su señora alinean garrafas
de plástico blanco en el suelo y las colocan, una tras otra, debajo del caño del abrevadero. El
chorro que cae es grueso como una maroma. Pero es una maroma transparente.
Los pájaros cantan. Cantan a todas horas, cantan muchos, cantan por
todas partes. En el patio de casa los trinos se enmarañan como bolas de sonido
que rebotaran por el aire. Debe de haber algún nido en el tejado, o en el patio
vecino. Están en celo, me dice una amiga. Es un celo frenético, hermosamente
inhumano.
Un joven, acodado en la barra del bar, da conversación a otros
paisanos. Cetrino de piel, camiseta proletaria, colilla en los labios. Por lo
que cuenta, es albañil. Narra con detalle un problema que tuvieron con los
ladrillos en la última obra en la que ha trabajado. Los demás atienden con
escaso interés; más bien desatienden. Pero él sigue hablando, y pasa de las
peripecias de la construcción a las de su familia, y de estas, a las de gente
del pueblo, y de estas a las del último partido del Madrid. Por su abandono
relajado, por su familiaridad con los objetos y las caras, por la comodidad con
la que se toma el coñac y el café, se diría que vive aquí. En los Estados
Unidos sería un barfly. Aquí es un barfly del Jerte. Cuenta un chascarrillo que hace que él mismo y
sus oyentes se tronchen de risa. Pero yo nunca me he reído con el humor de los
pueblos.
Por la calle, alguien grita: «¡Me cago en Dios!». El juramento rebota
en la pared de la iglesia. Un contertulio sonríe; otros no mueven ni una ceja.
El blasfemo, oscuro, rectangular, fuma.
Pasan caballos por las calles empedradas. No los veo: desde mi
buhardilla, solo los oigo. El toc toc de los cascos en los adoquines me
recuerda el repicar hueco de las mitades de coco con las que, de niños, los
profesores nos hacían imitar el paso de los caballos por las calles empedradas.
Una señora muy mayor lleva sendas bolsas del supermercado en las manos
y otra en la cabeza. Antes, en la cabeza debía de llevar una alcuza, una jarra
de agua que habría llenado en la fuente, o un fardo; hoy es una bolsa del
supermercado. Se para un momento y deja las bolsas, las tres, en el
suelo. Respira. Tiene el pelo blanco. Luego vuelve a ponerse una en la cabeza,
que se sostiene con la airosidad de una garza, y a coger las otras dos con las
manos, y sigue su camino.
En todas las casas del pueblo han puesto ramas y hojas de palma. Es
Domingo de Ramos. Al salir a la calle, me encuentro una ramita muy breve en la
manija de la puerta y otras más grandes en las dos ventanas. Me da rabia que la
ramita de la entrada sea ridícula en comparación con la del vecino, a quien le
han puesto media palmera. De niño, mis padres me endomingaban de marinerito y
me llevaban con una palma a saludar por las calles la llegada del Señor.
Recuerdo el color marfil de aquellas palmas y su olor liso, repeinado. También,
que la base quedaba chafada, de tanto golpear con ella las aceras y el asfalto.
Alguien me saluda efusivamente por la calle. «¡Hombre! ¿Ya por aquí?»,
me pregunta con perspicacia. «Pues sí, ya ves», respondo yo, con no menor
agudeza. «¿Y qué tal la familia?». «Bien, muchas gracias. ¿Y la vuestra?».
«Estupenda. El mayor ya está en Bachillerato, y Margarita ha aprobado las que
le habían quedado. Y este verano se van a ir a Inglaterra, a aprender inglés».
«Ah, cuánto me alegro». «Pues nada, a ver si nos vemos estos días. ¿Os vais a
quedar mucho?». «Un par de semanas». «Hala, un abrazo
a todos». «Sí, lo mismo digo». No tengo ni idea de quién es.
Las cigüeñas crotoran en el campanario de la iglesia. Es un
entrechocar córneo y acelerado: clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac.
Extremadura es la comunidad de España, y una de las regiones de Europa, con
mayor densidad de cigüeñas. Están en las espadañas de las iglesias y las
ermitas, en los tejados de las casas, en las torres de la electricidad, en los
pináculos de los puentes y los palacios. Los nidos de las cigüeñas, que ellas
acrecen incansablemente para proteger a la nidada, pesan lo suyo, y pueden
hundir un techo. Pero son intocables: los ecologistas prefieren una casa
perjudicada que una cigüeña ahuyentada. Las cigüeñas solo forman una pareja a
lo largo de su vida: son monógamas, como los católicos. Quizá por eso les
gustan tanto las iglesias. Y crotoran: clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac. A veces, el ruido de sus picos se mezcla
con el caminar de los caballos por el pueblo.
Las campanas tocan a
muerto: es un redoble lento, espaciado, que conviene a un día como hoy, inglés:
golpea mansamente las nubes y nos llega amortiguado por su algodón plomizo.
Recuerdo las campanas de niño, en Azanuy: el sobresalto del repicar de incendio
(«¡Fuego! ¡Fuego!», gritaban los hombres que corrían por la calle hacia no sabía
dónde), la urgencia creciente de los toques de misa («¡El segundo toque!»,
apremiaba mi abuela, acabándonos de peinar y anegar de colonia; al tercero
debíamos estar entrando por la puerta de la iglesia) y el doblar dolorido por
los muertos. Yo nunca sabía quién había fallecido –como tampoco lo sé hoy, en
Hoyos–: averiguarlo suponía una espera estemecida. Aunque luego aprendí, con
John Donne, que las campanas no doblan por los muertos, sean quienes sean:
doblan por todos, doblan por nosotros, doblan por mí.
martes, 7 de abril de 2015
Ordenando la biblioteca
Ayer estuve ordenando mi biblioteca. Ordenar la biblioteca es como
ordenar el universo. Y las formas de hacerlo son tantas como estrellas hay en el
firmamento. Yo la tengo dividida en dos grandes bloques –la poesía y el ensayo
literario, en Sant Cugat; y el resto, incluyendo la hemeroteca y los libros de
arte, en Hoyos–, y cada uno de estos, dispuesto en orden
alfabético. A partir de un determinado número de volúmenes –pongamos varios
miles, como en mi caso–, nunca he logrado saber cómo encuentra alguien un libro
en su biblioteca, si no sigue ese orden. ¿Recuerda, en cada caso, en qué rincón
de las innumerables estanterías lo ha depositado? Si es así, se trata, sin
duda, de un émulo de Funes el memorioso, y hay que aplaudirlo con fervor
–aunque también, como hacía Borges, con conmiseración–. El orden alfabético, sin
mayor esfuerzo mnemónico, permite dar con lo que se busca casi al instante. Sin
embargo, no carece de problemas. Señalo dos: los libros con varios autores y
los escritos por autores orientales. En el primer supuesto, ¿a cuál de ellos condeno a
la invisibilidad? (El dilema podría solucionarse comprando dos ejemplares del
mismo volumen, pero aún no he llegado a persuadirme de que esa medida no cree
más problemas de los que resuelve. Y eso en el supuesto de que los autores sean
solo dos; si son más, la cosa se complica). El segundo no sé cómo solucionarlo:
¿Liu Zi va por la ele o por la zeta? ¿Y Sang Kim-Il Jong? ¿Y Mohammed Haziz
al-Idrisi Ibn Querat? (Las antologías y las obras anónimas van todas por la a: ahí no me complico). Aunque la
principal dificultad del orden alfabético no es de naturaleza sistemática, sino
física. Quien respeta otra disposición, tiene muy fácil seguir con el acopio:
se añaden los libros donde quepan, y santas pascuas. El que, como yo, solo
puede poner los libros en un sitio determinado, donde corresponden por su
inicial, tarde o temprano ha de desplazar toda la biblioteca para que ocupen
correctamente su lugar. Y esa es una tarea abrumadora. Ayer, como decía, lo
hice, tras muchos meses de resistirme a ello. Pero mis nuevas adquisiciones ya
se amontonaban, horizontalmente, encima de los volúmenes ordenados, y estaba a
punto de perderse la gran ventaja que ofrece la pauta alfabética: la inmediatez
con la que se encuentran libros y autores. Así que no me quedó más remedio: me
arremangué bien, me tomé un cacaolat con un chorrito de coñac, me calé las
gafas del cerca y me puse manos a la
obra. En realidad, la tarea no es tan terrible como parece. No se trata
solamente de mover libros como quien mueve ladrillos (con algunas excepciones),
sino de hojearlos, de acariciarlos, de quitarles el polvo como si le quitáramos la pelusa de la pechera a alguien a quien queremos, de repasarlos otra vez, de
recordar las circunstancias en que nos hicimos con ellos o los leímos, y las
sensaciones que nos proporcionó su lectura; en muchos casos, en rigor, de
descubrirlos. Porque eso es lo sucede con frecuencia. Tumbado en el suelo de la
biblioteca, reparo en los títulos que estoy recolocando, y me asombro de poseerlos:
me había olvidado por completo de que estaban allí, más aún, me había olvidado
de que los había leído. Yo subrayo los libros: a lápiz y con pulcritud, pero
los subrayo. No he compartido nunca el fetichismo del libro inmaculado: el
libro está para trabajarlo, para dialogar y hasta para pelearse con él. Mis
anotaciones me indican que los he leído y también el resultado de esa lectura:
cuantas más aspas y apuntes haya, más me han gustado; si tienen pocos, es que han pasado sin pena ni gloria; y los peores solo acumulan insultos y escolios indignados.
Pues bien: en la ordenación de mi biblioteca, pasan por mis manos libros que he
leído –mis comentarios así lo acreditan–, pero de los que no recuerdo nada.
Nada. Y me invade la melancolía al pensar que esa obra, comprada con mis buenos
dineros, y seguramente con ilusión, a la que he dedicado horas y hasta días
enteros de mi vida, no ha dejado ningún poso en mí, ni siquiera una vaga memoria
de haberla tenido ante mis ojos. Me ha sucedido, incluso, que he leído una
segunda edición de un libro, sin acordarme en absoluto de que ya había leído la primera: ambas están subrayadas. Así ha
sido con Diario de un don nadie, de
George y Weedon Grossmith (Edhasa, 2002, con traducción de Eduardo Iriarte; y Nórdica, 2012, con traducción de Íñigo Jáuregui), aunque en este caso me consuela que sea el diario de
un don nadie, alguien a quien, precisamente, le pasaban estas cosas: que nadie se
fijaba en él, ni le concedía ninguna importancia, aunque se lo cruzase varias
veces al día por la calle (o, lo que es mucho peor, por el comedor de casa). De
hecho, esta duplicidad inadvertida les habría encantado a los hermanos
Grossmith, porque demuestra, antes que mi desatención, la eficacia de su
relato. Es fascinante también husmear en el interior de los libros. Como
pequeños cofres del tesoro, guardan anotaciones olvidadas, billetes de autobús,
listas de la compra, facturas de electrodomésticos, puntos de libro,
dedicatorias entrañables de gente a la que apenas recordamos, postales
franqueadas y sin franquear, tarjetas de presentación, cartas comerciales,
cartas personales, recortes de periódico, flores secas –como mandan los
cánones– y hasta fotografías. Muchas de estas cosas son nuestras; otras las han
dejado ahí sus anteriores propietarios: cuando uno compra con frecuencia libros
de viejo, como yo, está comprando también pedazos de las vidas de quienes los
han poseído. Esos pecios del mundo son los que más me fascinan:
los nombres desconocidos que adornan las portadillas (escritos con pluma
estilográfica, y firmados en 1921, o en 1887, o en 1944); las dedicatorias
llenas de amor, o que acompañaban al regalo de navidad o de cumpleaños,
perdidas ya para siempre en el océano del olvido; y las estampadas por el
propio autor a alguien que creía su amigo, o que esperaba que lo fuese, y que,
como demuestra que se haya desprendido del libro, con la crueldad añadida de no
retirar la página autografiada, no ha respondido a las expectativas. Entre
estos jirones de vida que aparecen entre las páginas, descubro algunas
anotaciones de mi padre. Mi padre tenía la mala costumbre de escribir con
bolígrafo en los libros. Durante mucho tiempo, esa costumbre me enfurecía. Y
nunca pude corregírsela: así dejaba también parte de sí a la
posteridad. Hoy, cuando veo esos garabatos indelebles, en los que no faltan
las ingenuidades y las faltas de ortografía, me alegro: mi padre vuelve de
la muerte y me habla otra vez: se levanta de la nada en la
que yace, con su olor inconfundible, y su misma voz, y su misma fragilidad, y
se burla de mí, como solía, y me riñe, y me acompaña. Reordenar la biblioteca
no es, después de todo, tan pesado: se reencuentra uno con viejos amigos, con
antiguas novias; hasta se reencuentra uno con su padre.
domingo, 5 de abril de 2015
El rastro de Elías Moro
Marino
González Montero y Elías Moro han codirigido la colección «Luna de Poniente» de
poesía, publicada por De la Luna Libros, uno de los proyectos más singulares de
la poesía española reciente: 27 poemarios, cada uno identificado por una letra
del abecedario, y todos inéditos ―no se
admitían antologías ni reediciones―, de los
principales poetas extremeños del momento, entre los que figuran algunos tan
notables como Álvaro Valverde, Javier Pérez Walias, Álex Chico o José María
Cumbreño, y también algunos jóvenes que empiezan a descollar, como Francisco
Fuentes. Lo meritorio de esta colección es haber sido coherente y haberse
llevado a cabo. Muchas buenas ideas, en España, nunca pasan a ser realidades
por falta de iniciativa y de recursos; y muchos proyectos, si llegan a
acometerse, se diluyen por desidia, cuando no por incompetencia. «Luna de
Poniente» se concibió como un proyecto orgánico y cerrado, que da cuenta de la
vitalidad de la poesía en Extremadura: gracias al impulso de los codirectores y
al apoyo del Ayuntamiento de Almaraz ―para que
luego digan que la energía nuclear no trae nada bueno―, los 27
poemarios se perciben ahora como un todo compacto y un resultado feliz. Faltan
autores, desde luego ―Basilio Sánchez, Ada
Salas, Pureza Canelo, Diego Doncel, Antonio Méndez Rubio―, pero en
cualquier proyecto colectivo es muy difícil reunir a todos los que deberían
integrarlo: algunos son de producción lenta, y no contaban con obra inédita;
otros no se encontraban en las circunstancias personales idóneas para
colaborar. El volumen que cierra la colección es, precisamente, de Elías Moro,
un escritor, extremeño de adopción, de larga y versátil trayectoria: poeta,
cuentista, aforista, diarista y bloguero, pero, sobre todo, hombre grande ―y no me
refiero solo a su estatura, que roza los dos metros―, amante
incondicional de la literatura y compañero entregado de cuantos nos dedicamos a
ella. Hay un rastro es un poemario de intensa coloración social: «Hay un
rastro de sufrimiento en la nieve...», dice el primer verso. Moro denuncia la
violencia, pero la violencia más brutal: la del asesinato a sangre fría, la del
pelotón de fusilamiento, la del tiro en la nuca, la del campo de exterminio, la
de los enterrados en las cunetas. El libro participa de un sentimiento general
de indignación, que ha elegido para manifestarse, en esta ocasión, un asunto
definitivo: la muerte injusta, porque toda muerte de un ser indefenso lo es. Hay
un rastro ―el del sufrimiento
padecido y la conciencia vigilante, que denuncia la iniquidad y conjura el
dolor― presenta una estructura muy trabada: cada una de
sus seis partes se dedica a un motivo diferente, es decir, a una faceta
singular de ese gran tema que los abarca a todos, y ni un solo punto interrumpe
los poemas, que se hilvanan, así, en un discurso fluvial y unitario. La primera
parte, titulada como el libro, describe el lugar del asesinato y la presencia,
pasada o futura, de los asesinados. Tras esa fotografía tenebrosa, la sección
se resuelve con este dístico abrumador: «Pesan más sobre la tierra las huellas
/ de los que pronto van a morir». La segunda, «Interludio animal», da voz a los
animales que se benefician de la muerte: cuervos, moscardas y gusanos, y su
visión ajena, exterior, objetiviza el proceso: los cuervos «ejercen su
paciencia [y] entonan cantos de luto»; el zumbido macabro de las moscas rompe
apenas «el silencio más triste / [que] se ha posado sobre la muerte»; y los
gusanos, «en un agujero en la carne / que antes no estaba», anticipan el
festín: «de tener lengua», precisa Moro, «se relamerían». «Tiro de gracia», la
sección más extensa, junto con la última, «Los muertos hablan», es una larga
escenificación de la muerte planificada: de las ejecuciones en tiempos de
guerra o de paz, cuarteleras o policiales. Moro contrapone la burocracia de las
condenas y el horror de su verificación, y detalla el itinerario que conduce de
aquella a este, con ecos expresionistas y quevedianos («astillas ya tan solo /
del cuerpo / en donde ardían...»). Tras constatar, con lucidez, que «quien se
acostumbra al dolor / no sabe que ya está muerto», concluye con una pregunta
cuya respuesta marca la frontera que separa al fanático del decente: «¿Qué
épica, qué gloria hay / en matar a un hombre indefenso?». «Derrota y hambre» es
un canto a los vencidos, que no solo lo han sido en el campo de batalla, sino
que lo siguen siendo, y con más ensañamiento todavía, en los hogares rotos y en
las mesas vacías de la posguerra: «En el tiempo gris de las derrotas / el
hambre se siente como en casa // ahora sí satisfecha, / la muerte ya puede
eructar a gusto». La quinta parte, con el aliterativo título de «Trilogía de
los trenes tristes», y precedida por una cita de un autor que conviene
perfectamente a lo absurdo de tanta muerte innecesaria, Kafka, constituye un
recuerdo emocionado de aquellos trenes en los que huían los perseguidos por los
nazis, o bien que transportaban al ganado humano a los mataderos de Auschwitz o
Mauthausen, donde perecieron tantos republicanos españoles. Quien nos habla en
cada uno de los poemas es un escritor que ha viajado en uno u otro de esos
trenes: Bohumil Hrabal, Stefan Zweig y Primo Levi. «Exilio», por ejemplo,
dedicado a Zweig, acaba así: «un penacho de humo blanco / pespuntea los
rescoldos de la noche // con carbonilla en la mirada, / en una plena desolación
sin nombre, / me dirijo hacia la lluvia / para que no se vean mis lágrimas». Y
el inspirado por Levi se titula «Arbeit Macht Frei (antesala)», la ominosa
leyenda que daba una siniestra bienvenida a los deportados a Auschwitz. Por
fin, «Los muertos hablan» es una sección coral, en la que las voces de los
poemas son los de los enterrados: el proceso, fatalmente, se ha cumplido, y ya
solo queda el recuerdo de los ejecutados y su murmullo inaudible. Al modo de la
Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, Moro hace desfilar a
varios, a muchos, que nos informan de su abatimiento, pero también de su
esperanza: «Los muertos sabemos de la lluvia / cuando nos crecen flores entre
los huesos», reza, escuetamente, el penúltimo poema. Libros como Hay un rastro son,
precisamente, flores entre los huesos de la injusticia, esperanza en el páramo
de la devastación.
miércoles, 1 de abril de 2015
Los cerezos en flor
Esta
mañana, aprovechando que nos dirigimos a Hoyos, vamos a ver el Valle del Jerte,
cuyos cerezos, según me dice Javier, están en plena floración. Yo he visitado
varias veces el Valle, pero nunca en esta época del año. La floración, además,
es un periodo brevísimo, que no dura más de un par de semanas. Conforme dejamos
atrás Plasencia y nos acercamos a Casas del Castañar, el primer pueblo del
itinerario, empezamos a ver cerezos florecidos, pero aún solitarios, al lado de
la carretera, o en pequeñas huertas. Parecen las avanzadillas –los
escaramuceros– del gran ejército que vamos a encontrar a continuación. Por
hermosos que sean así, aislados, uno no se hace a la idea de la belleza que
tendrán todos juntos en las laderas de las montañas. En un punto determinado
del trayecto, Javier deja la carretera y sale por una pista que parece un
camino forestal. Él conoce muy bien esta zona –sus padres tenían aquí una casa,
en la que él pasaba todos los veranos, aquellos veranos interminables, tres
meses eternos, de los niños de nuestra generación– y me ha prometido un
recorrido singular, lejos de las aglomeraciones de turistas, que siempre se
producen por estas fechas. Y, en efecto, una vez en esta vía poco conocida, que
no conduce a ningún pueblo, sino a las propias fincas de cerezos, empezamos a
ver las fantásticas agrupaciones de árboles, recubiertos por el manto
algodonoso de las flores. La flor del cerezo es pequeña, inodora, blanca y
delicadísima: la lluvia la machaca y el viento se la lleva como al polvo. Por
eso el tiempo desapacible es perjudicial para su gestación y, sobre todo, para
su mantenimiento. Hoy, por suerte, hace un día tranquilo y soleado, y podemos
apreciarla en todo su esplendor. Las flores, arrimadas, forman unas bolas
espesas que a veces alcanzan el tamaño de pelotas de balonmano. No hay
continuidad entre ellas: por grandes que sean, la rama siempre asoma entre una
bola y la siguiente. El resultado es algo parecido al muñeco de Michelín, pero
dotado de una gracilidad inimaginada, de una imposible estilización. Me llama
mucho la atención que la flor del cerezo sea de una blancura inmaculada y, en
cambio, de lejos, las masas de árboles se vean grises. Cuando contemplamos el
paisaje del Valle que se abre ante nosotros en cualquier recodo del camino, vemos
los extensos cerezales, aterrazados en las laderas de las montañas, y son
grises: prolongadas láminas claroscuras, como alfombras de ceniza. El color apagado
de las arboledas no les resta belleza: se extienden, a lo largo del Valle, como
una sutil película de sombra, que revive en luz con la cercanía. Cuando
atravesamos las fincas cuajadas de flores, parece nevarnos en los ojos. La
blancura, percutiente, se abraza con el gris marengo de la madera que la
sostiene, y con el azul encendido del cielo; también con el verde de los pastos
y los huertos, y, ocasionalmente, con el amarillo de las retamas o el púrpura de
otras flores coterráneas, que rasgan la pantalla de los cerezos como una
cuchillada de fuego rasgaría una sábana. El único blanco no es, sin embargo, el
del millón largo de cerezos que hay en el Valle. Uno de los picos que lo
delimitan, el más alto, todavía conserva un casquete de nieve. Enfilamos un
tramo especialmente sinuoso de la carretera y, en una curva, vemos la cumbre
nevada, flanqueada por las nubes de cerezos e impresa en el platino azul del
cielo: en cualquier momento, pensamos, podría aparecer una geisha. De hecho, me
dice Javier, el turismo japonés en el Valle del Jerte aumenta cada año. Hoy,
sin embargo, no vemos a nadie de ojos rasgados por el camino: todos los
visitantes parecen nacionales, aunque toman fotos con el mismo empeño que los
hijos del Sol Naciente. En Valdastillas, Javier quiere enseñarme una chorrera, que es como aquí se llama a
las cascadas. La conoce desde su infancia, cuando, con otros críos, iba a
bañarse a la poza que ha formado la caída del agua. Damos algunas vueltas para
encontrarla: en uno de esos trampantojos de la memoria, Javier la recordaba a
la salida del pueblo, pero, en realidad, se encuentra a casi dos kilómetros de
las últimas casas. Es la cascada del Caozo, en la garganta Bonal. Toda esta
zona está llena de acuíferos, torrentes y arroyos tributarios del río Jerte.
Las fuentes se suceden, y el hombre represa el agua abundantísima en acequias,
albercas y charcas. No lejos de aquí está la Garganta de los
Infiernos, que, pese a su nombre, es lo más alejado del fuego que se pueda
imaginar: una sucesión de marmitas gigantes o pilones –esto es, cavidades
graníticas: enormes piscinas naturales formadas por la erosión de la roca– en
las que va cayendo el agua desde los riscos y neveros hasta la llanura fluvial.
Cuesta llegar –la caminata es ardua– y, sobre todo, cuesta volver –a la ida va
uno con la ilusión del baño; a la vuelta, con un calor mesopotámico, solo se
desea llegar–, pero pocos lugares valen más la pena que ese. El Caozo es mucho
menor que los Infiernos, pero tiene encanto –manantío, roca, espuma, frescor–,
a pesar del pasadizo metálico que han construido sobre el agua para que la
gente pueda fotografiarse con la cascada a sus espaldas: es feo, inestable,
incoherente y no tiene pasamanos, sino una sucesión de varas de hierro
verticales que amenazan con clavársele a uno en cualquier parte con un
trastabilleo o un tropezón. Dejamos por fin los intrincados caminos entre
Navaconcejo y Valdastillas, y, con ellos, las muchedumbres de cerezos, y
volvemos a la carretera principal: es la hora de la pitanza. Javier me lleva a
un restaurante a pie de asfalto, pero muy tranquilo, cuyo nombre tiene
resonancias evangélicas: Petro. Allí nos asestamos una caldereta de cabrito y
un flan casero, del tamaño de un adoquín, que me van a obligar a hacer la
digestión hasta el día siguiente. Pero no lo lamento. Los cerezos en flor me
han llenado de un sosiego exultante.
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