viernes, 10 de abril de 2015

Extremarte y los paisajes interiores de José Antonio Marcos


Ayer participé en un acto singular, en el marco de unas actividades más singulares todavía. Fue la inauguración de la exposición de fotografía «Paisajes interiores. Imagen & Palabra», del placentino José Antonio Marcos, cuyas fotos iban acompañadas por extractos de algunos poemas de El desierto verde, publicado por la Editora Regional de Extremadura en 2012. Es una muestra breve –de ocho piezas– de un conjunto mayor al que José Antonio querría dar forma de libro. Tanto sus imágenes como mis poemas se inspiran en el paisaje de la Sierra de Gata, donde está enclavado Hoyos, el pueblo en el que vive él y paso yo temporadas cada vez más largas; un espacio agreste y contradictorio, en el que se conjugan la sequedad y la lluvia, la exuberancia y el vacío. Y todos son, en efecto, «paisajes interiores»: proyecciones del paisaje de la conciencia en el paisaje del mundo. Sus fotografías reflejan muy bien esa transformación contemporánea de la representación, que ya no persigue la mímesis aristotélica, la reproducción fiel de la naturaleza, sino la expresión del yo que la contempla, del ser que la vive. También mis poemas utilizan el pretexto de la naturaleza para bosquejar sus propios perfiles, para articular sus luces y sus sombras. José Antonio ha dibujado, con el pincel de la lente, un mundo en blanco y negro, cuya ausencia de color esencializa las imágenes: las reduce a sus más puros y significativos huesos. Su paleta fotográfica exhibe también luces y sombras, limítrofes pero difusas, individuales pero entrelazadas: la plata tenebrosa de los bosques, la penumbra pálida de los cerros, la claridad ennegrecida de los ríos, pueblan rectángulos tan reveladores como inquietantes. También los espejos abundan en sus composiciones. Espejos naturales, claro: siluetas de árboles que se reflejan en cursos de agua, o líneas del horizonte a las que se superponen otras, y más allá de estas, otras, y más allá, otras, todas enhebradas por la niebla. Lo especular sugiere en estos «Paisajes interiores» el desdoblamiento –o la dislocación– de la conciencia moderna: un asunto tan peliagudo para la psique como fecundo para el arte. La inauguración tuvo lugar en el Instituto de Educación Secundaria Obligatoria «Valles de Gata», de Hoyos, dentro del programa «Extremarte. Proyecto para la musealización del IESO de Hoyos», gracias a la iniciativa de uno de sus profesores, Manuel Pascual, y a la colaboración de muchos otros del mismo centro. «Extremarte», que va ya por la sexta edición, lo que acredita la solidez del proyecto y el empuje de sus promotores, acoge cada año, coincidiendo con el curso escolar, exposiciones de pintura, artes plásticas, fotografía y literatura, y lo hace con un criterio rector, la diversidad, que se explicita, en los folletos informativos, con una frase de Bakunin: «La uniformidad es la muerte; la diversidad es la vida». La afirmación resulta algo taxativa, pero se me hace simpático que uno de los príncipes de la acracia figure en la publicidad que circula por un instituto de enseñanza media. En la actual edición, han pasado por «Extremarte» artistas y poetas como María Jesús Manzanares, Raquel Román, Pedro Geraldes, Soledad Vidal, Bomonk, Ángel Álvarez de Sotomayor y, hoy, José Antonio Marcos y yo mismo. Las inauguraciones no solo instalan las obras en el Instituto, con el enriquecimiento que ello supone para sus alumnos, sino también, y no es menos importante, una ocasión para que la gente de Hoyos, y de toda la Sierra, comparta los estímulos y los placeres de la cultura, y se relacione en un contexto especial, no limitado a las grisuras de las cotidianidad. Ayer me sorprendió el mucho público presente en el acto: casi una cincuentena de vecinos, un éxito rotundo si lo comparamos con las doce o quince personas que suelen asistir, en el mejor de los casos, a actos de estas características en ciudades como Madrid o Barcelona. Disfrutaron, me parece, con las fotos (y espero que también con los versos), y escucharon con atención nuestras breves presentaciones. Luego charlamos todos con todos. Las conversaciones se complementaban opíparamente con las croquetas que Toña, la mujer de José Antonio, había preparado para la ocasión, aunque yo, ay, no probé ni una, como tampoco su marido, aunque él sí alcanzó a devorar dos aceitunas: estábamos demasiados ocupados atendiendo a la gente; y así suele sucede siempre: a los protagonistas de la velada pocas veces se acuerda nadie de acercarles una copa de cava o, mejor aún, un pincho de tortilla. Me sorprendió gratamente que hubiera varias personas interesadas por El desierto verde. Una, Susana, madrileña establecida en la Sierra, mujer amabilísima y traductora técnica durante muchos años, lo había adquirido por Amazon, porque no había encontrado modo de comprarlo en librerías y ni siquiera de conseguirlo de la propia Editora Regional de Extremadura; y allí lo tenía, listo para que se lo firmara. Otra, Eva, asimismo encantadora, profesora de lengua y literatura en el Instituto, responsable de su biblioteca y crítica literaria, mostraba igual inquietud por la falta de acceso al libro. Ante su interés, me comprometí a enviarle un ejemplar: creo que todavía me queda alguno en Sant Cugat. La distribución sigue siendo el eslabón débil de toda la cadena editorial, en particular de los sellos institucionales, por interesante que sea su catálogo, como en el caso de la ERE. Los libros publicados por ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas difícilmente entran en el mercado. Por el contrario, muestran una deplorable tendencia a no salir de sus almacenes. No obstante, resulta doloroso que la ERE no disponga de un sistema de distribución eficaz en la propia comunidad, esto es, que los libros no lleguen, como mínimo, a las principales librerías de Cáceres, Badajoz, Mérida y Plasencia (y de Madrid, y de Barcelona, y de Sevilla), ni a la amplia red de entidades culturales públicas y privadas: universidades, colegios e institutos, bibliotecas, museos, casas de cultura, aulas de letras, clubs de lectura. No costaría mucho hacerlo, me parece, como tampoco establecer, incluso, algún sistema de venta directa a través de la página de la propia ERE. Además de con lectores, o más bien lectoras interesadas, estuve charlando también con Sara Fontán y su marido Luis, que tuvieron la amabilidad de viajar desde Cáceres para asistir al acto. Sara es la directora de un medio de comunicación imprescindible, Sierra de Gata Digital, atento siempre a cuanto sucede en la comarca, y redactado con entusiasmo y profesionalidad; con Luis, profesor de la Universidad de Extremadura, proseguimos una antigua conversación, iniciada cuando presenté El desierto verde en Cáceres, sobre la plausibilidad de la metaliteratura. A él no le convence como asunto de la poesía; yo, en cambio, creo que no hay, ni puede haber ya, arte contemporáneo que no hable, en alguna medida, de sí mismo. Estoy seguro de que continuaremos discutiendo de ello en futuros encuentros.

jueves, 9 de abril de 2015

Cosas que pasan en los pueblos

La gente coge agua de la fuente. Un señor y su señora alinean garrafas de plástico blanco en el suelo y las colocan, una tras otra, debajo del caño del abrevadero. El chorro que cae es grueso como una maroma. Pero es una maroma transparente.

Los pájaros cantan. Cantan a todas horas, cantan muchos, cantan por todas partes. En el patio de casa los trinos se enmarañan como bolas de sonido que rebotaran por el aire. Debe de haber algún nido en el tejado, o en el patio vecino. Están en celo, me dice una amiga. Es un celo frenético, hermosamente inhumano.

Un joven, acodado en la barra del bar, da conversación a otros paisanos. Cetrino de piel, camiseta proletaria, colilla en los labios. Por lo que cuenta, es albañil. Narra con detalle un problema que tuvieron con los ladrillos en la última obra en la que ha trabajado. Los demás atienden con escaso interés; más bien desatienden. Pero él sigue hablando, y pasa de las peripecias de la construcción a las de su familia, y de estas, a las de gente del pueblo, y de estas a las del último partido del Madrid. Por su abandono relajado, por su familiaridad con los objetos y las caras, por la comodidad con la que se toma el coñac y el café, se diría que vive aquí. En los Estados Unidos sería un barfly. Aquí es un barfly del Jerte. Cuenta un chascarrillo que hace que él mismo y sus oyentes se tronchen de risa. Pero yo nunca me he reído con el humor de los pueblos.

Por la calle, alguien grita: «¡Me cago en Dios!». El juramento rebota en la pared de la iglesia. Un contertulio sonríe; otros no mueven ni una ceja. El blasfemo, oscuro, rectangular, fuma.

Pasan caballos por las calles empedradas. No los veo: desde mi buhardilla, solo los oigo. El toc toc de los cascos en los adoquines me recuerda el repicar hueco de las mitades de coco con las que, de niños, los profesores nos hacían imitar el paso de los caballos por las calles empedradas.

Una señora muy mayor lleva sendas bolsas del supermercado en las manos y otra en la cabeza. Antes, en la cabeza debía de llevar una alcuza, una jarra de agua que habría llenado en la fuente, o un fardo; hoy es una bolsa del supermercado. Se para un momento y deja las bolsas, las tres, en el suelo. Respira. Tiene el pelo blanco. Luego vuelve a ponerse una en la cabeza, que se sostiene con la airosidad de una garza, y a coger las otras dos con las manos, y sigue su camino.

En todas las casas del pueblo han puesto ramas y hojas de palma. Es Domingo de Ramos. Al salir a la calle, me encuentro una ramita muy breve en la manija de la puerta y otras más grandes en las dos ventanas. Me da rabia que la ramita de la entrada sea ridícula en comparación con la del vecino, a quien le han puesto media palmera. De niño, mis padres me endomingaban de marinerito y me llevaban con una palma a saludar por las calles la llegada del Señor. Recuerdo el color marfil de aquellas palmas y su olor liso, repeinado. También, que la base quedaba chafada, de tanto golpear con ella las aceras y el asfalto.

Alguien me saluda efusivamente por la calle. «¡Hombre! ¿Ya por aquí?», me pregunta con perspicacia. «Pues sí, ya ves», respondo yo, con no menor agudeza. «¿Y qué tal la familia?». «Bien, muchas gracias. ¿Y la vuestra?». «Estupenda. El mayor ya está en Bachillerato, y Margarita ha aprobado las que le habían quedado. Y este verano se van a ir a Inglaterra, a aprender inglés». «Ah, cuánto me alegro». «Pues nada, a ver si nos vemos estos días. ¿Os vais a quedar mucho?». «Un par de semanas». «Hala, un abrazo a todos». «Sí, lo mismo digo». No tengo ni idea de quién es.

Las cigüeñas crotoran en el campanario de la iglesia. Es un entrechocar córneo y acelerado: clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac. Extremadura es la comunidad de España, y una de las regiones de Europa, con mayor densidad de cigüeñas. Están en las espadañas de las iglesias y las ermitas, en los tejados de las casas, en las torres de la electricidad, en los pináculos de los puentes y los palacios. Los nidos de las cigüeñas, que ellas acrecen incansablemente para proteger a la nidada, pesan lo suyo, y pueden hundir un techo. Pero son intocables: los ecologistas prefieren una casa perjudicada que una cigüeña ahuyentada. Las cigüeñas solo forman una pareja a lo largo de su vida: son monógamas, como los católicos. Quizá por eso les gustan tanto las iglesias. Y crotoran: clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac. A veces, el ruido de sus picos se mezcla con el caminar de los caballos por el pueblo.

Las campanas tocan a muerto: es un redoble lento, espaciado, que conviene a un día como hoy, inglés: golpea mansamente las nubes y nos llega amortiguado por su algodón plomizo. Recuerdo las campanas de niño, en Azanuy: el sobresalto del repicar de incendio («¡Fuego! ¡Fuego!», gritaban los hombres que corrían por la calle hacia no sabía dónde), la urgencia creciente de los toques de misa («¡El segundo toque!», apremiaba mi abuela, acabándonos de peinar y anegar de colonia; al tercero debíamos estar entrando por la puerta de la iglesia) y el doblar dolorido por los muertos. Yo nunca sabía quién había fallecido –como tampoco lo sé hoy, en Hoyos–: averiguarlo suponía una espera estemecida. Aunque luego aprendí, con John Donne, que las campanas no doblan por los muertos, sean quienes sean: doblan por todos, doblan por nosotros, doblan por mí.

martes, 7 de abril de 2015

Ordenando la biblioteca

Ayer estuve ordenando mi biblioteca. Ordenar la biblioteca es como ordenar el universo. Y las formas de hacerlo son tantas como estrellas hay en el firmamento. Yo la tengo dividida en dos grandes bloques –la poesía y el ensayo literario, en Sant Cugat; y el resto, incluyendo la hemeroteca y los libros de arte, en Hoyos–, y cada uno de estos, dispuesto en orden alfabético. A partir de un determinado número de volúmenes –pongamos varios miles, como en mi caso–, nunca he logrado saber cómo encuentra alguien un libro en su biblioteca, si no sigue ese orden. ¿Recuerda, en cada caso, en qué rincón de las innumerables estanterías lo ha depositado? Si es así, se trata, sin duda, de un émulo de Funes el memorioso, y hay que aplaudirlo con fervor –aunque también, como hacía Borges, con conmiseración–. El orden alfabético, sin mayor esfuerzo mnemónico, permite dar con lo que se busca casi al instante. Sin embargo, no carece de problemas. Señalo dos: los libros con varios autores y los escritos por autores orientales. En el primer supuesto, ¿a cuál de ellos condeno a la invisibilidad? (El dilema podría solucionarse comprando dos ejemplares del mismo volumen, pero aún no he llegado a persuadirme de que esa medida no cree más problemas de los que resuelve. Y eso en el supuesto de que los autores sean solo dos; si son más, la cosa se complica). El segundo no sé cómo solucionarlo: ¿Liu Zi va por la ele o por la zeta? ¿Y Sang Kim-Il Jong? ¿Y Mohammed Haziz al-Idrisi Ibn Querat? (Las antologías y las obras anónimas van todas por la a: ahí no me complico). Aunque la principal dificultad del orden alfabético no es de naturaleza sistemática, sino física. Quien respeta otra disposición, tiene muy fácil seguir con el acopio: se añaden los libros donde quepan, y santas pascuas. El que, como yo, solo puede poner los libros en un sitio determinado, donde corresponden por su inicial, tarde o temprano ha de desplazar toda la biblioteca para que ocupen correctamente su lugar. Y esa es una tarea abrumadora. Ayer, como decía, lo hice, tras muchos meses de resistirme a ello. Pero mis nuevas adquisiciones ya se amontonaban, horizontalmente, encima de los volúmenes ordenados, y estaba a punto de perderse la gran ventaja que ofrece la pauta alfabética: la inmediatez con la que se encuentran libros y autores. Así que no me quedó más remedio: me arremangué bien, me tomé un cacaolat con un chorrito de coñac, me calé las gafas del cerca y me puse manos a la obra. En realidad, la tarea no es tan terrible como parece. No se trata solamente de mover libros como quien mueve ladrillos (con algunas excepciones), sino de hojearlos, de acariciarlos, de quitarles el polvo como si le quitáramos la pelusa de la pechera a alguien a quien queremos, de repasarlos otra vez, de recordar las circunstancias en que nos hicimos con ellos o los leímos, y las sensaciones que nos proporcionó su lectura; en muchos casos, en rigor, de descubrirlos. Porque eso es lo sucede con frecuencia. Tumbado en el suelo de la biblioteca, reparo en los títulos que estoy recolocando, y me asombro de poseerlos: me había olvidado por completo de que estaban allí, más aún, me había olvidado de que los había leído. Yo subrayo los libros: a lápiz y con pulcritud, pero los subrayo. No he compartido nunca el fetichismo del libro inmaculado: el libro está para trabajarlo, para dialogar y hasta para pelearse con él. Mis anotaciones me indican que los he leído y también el resultado de esa lectura: cuantas más aspas y apuntes haya, más me han gustado; si tienen pocos, es que han pasado sin pena ni gloria; y los peores solo acumulan insultos y escolios indignados. Pues bien: en la ordenación de mi biblioteca, pasan por mis manos libros que he leído –mis comentarios así lo acreditan–, pero de los que no recuerdo nada. Nada. Y me invade la melancolía al pensar que esa obra, comprada con mis buenos dineros, y seguramente con ilusión, a la que he dedicado horas y hasta días enteros de mi vida, no ha dejado ningún poso en mí, ni siquiera una vaga memoria de haberla tenido ante mis ojos. Me ha sucedido, incluso, que he leído una segunda edición de un libro, sin acordarme en absoluto de que ya había leído la primera: ambas están subrayadas. Así ha sido con Diario de un don nadie, de George y Weedon Grossmith (Edhasa, 2002, con traducción de Eduardo Iriarte; y Nórdica, 2012, con traducción de Íñigo Jáuregui), aunque en este caso me consuela que sea el diario de un don nadie, alguien a quien, precisamente, le pasaban estas cosas: que nadie se fijaba en él, ni le concedía ninguna importancia, aunque se lo cruzase varias veces al día por la calle (o, lo que es mucho peor, por el comedor de casa). De hecho, esta duplicidad inadvertida les habría encantado a los hermanos Grossmith, porque demuestra, antes que mi desatención, la eficacia de su relato. Es fascinante también husmear en el interior de los libros. Como pequeños cofres del tesoro, guardan anotaciones olvidadas, billetes de autobús, listas de la compra, facturas de electrodomésticos, puntos de libro, dedicatorias entrañables de gente a la que apenas recordamos, postales franqueadas y sin franquear, tarjetas de presentación, cartas comerciales, cartas personales, recortes de periódico, flores secas –como mandan los cánones– y hasta fotografías. Muchas de estas cosas son nuestras; otras las han dejado ahí sus anteriores propietarios: cuando uno compra con frecuencia libros de viejo, como yo, está comprando también pedazos de las vidas de quienes los han poseído. Esos pecios del mundo son los que más me fascinan: los nombres desconocidos que adornan las portadillas (escritos con pluma estilográfica, y firmados en 1921, o en 1887, o en 1944); las dedicatorias llenas de amor, o que acompañaban al regalo de navidad o de cumpleaños, perdidas ya para siempre en el océano del olvido; y las estampadas por el propio autor a alguien que creía su amigo, o que esperaba que lo fuese, y que, como demuestra que se haya desprendido del libro, con la crueldad añadida de no retirar la página autografiada, no ha respondido a las expectativas. Entre estos jirones de vida que aparecen entre las páginas, descubro algunas anotaciones de mi padre. Mi padre tenía la mala costumbre de escribir con bolígrafo en los libros. Durante mucho tiempo, esa costumbre me enfurecía. Y nunca pude corregírsela: así dejaba también parte de sí a la posteridad. Hoy, cuando veo esos garabatos indelebles, en los que no faltan las ingenuidades y las faltas de ortografía, me alegro: mi padre vuelve de la muerte y me habla otra vez: se levanta de la nada en la que yace, con su olor inconfundible, y su misma voz, y su misma fragilidad, y se burla de mí, como solía, y me riñe, y me acompaña. Reordenar la biblioteca no es, después de todo, tan pesado: se reencuentra uno con viejos amigos, con antiguas novias; hasta se reencuentra uno con su padre.

domingo, 5 de abril de 2015

El rastro de Elías Moro


Marino González Montero y Elías Moro han codirigido la colección «Luna de Poniente» de poesía, publicada por De la Luna Libros, uno de los proyectos más singulares de la poesía española reciente: 27 poemarios, cada uno identificado por una letra del abecedario, y todos inéditos no se admitían antologías ni reediciones, de los principales poetas extremeños del momento, entre los que figuran algunos tan notables como Álvaro Valverde, Javier Pérez Walias, Álex Chico o José María Cumbreño, y también algunos jóvenes que empiezan a descollar, como Francisco Fuentes. Lo meritorio de esta colección es haber sido coherente y haberse llevado a cabo. Muchas buenas ideas, en España, nunca pasan a ser realidades por falta de iniciativa y de recursos; y muchos proyectos, si llegan a acometerse, se diluyen por desidia, cuando no por incompetencia. «Luna de Poniente» se concibió como un proyecto orgánico y cerrado, que da cuenta de la vitalidad de la poesía en Extremadura: gracias al impulso de los codirectores y al apoyo del Ayuntamiento de Almaraz para que luego digan que la energía nuclear no trae nada bueno, los 27 poemarios se perciben ahora como un todo compacto y un resultado feliz. Faltan autores, desde luego Basilio Sánchez, Ada Salas, Pureza Canelo, Diego Doncel, Antonio Méndez Rubio, pero en cualquier proyecto colectivo es muy difícil reunir a todos los que deberían integrarlo: algunos son de producción lenta, y no contaban con obra inédita; otros no se encontraban en las circunstancias personales idóneas para colaborar. El volumen que cierra la colección es, precisamente, de Elías Moro, un escritor, extremeño de adopción, de larga y versátil trayectoria: poeta, cuentista, aforista, diarista y bloguero, pero, sobre todo, hombre grande y no me refiero solo a su estatura, que roza los dos metros, amante incondicional de la literatura y compañero entregado de cuantos nos dedicamos a ella. Hay un rastro es un poemario de intensa coloración social: «Hay un rastro de sufrimiento en la nieve...», dice el primer verso. Moro denuncia la violencia, pero la violencia más brutal: la del asesinato a sangre fría, la del pelotón de fusilamiento, la del tiro en la nuca, la del campo de exterminio, la de los enterrados en las cunetas. El libro participa de un sentimiento general de indignación, que ha elegido para manifestarse, en esta ocasión, un asunto definitivo: la muerte injusta, porque toda muerte de un ser indefenso lo es. Hay un rastro el del sufrimiento padecido y la conciencia vigilante, que denuncia la iniquidad y conjura el dolor presenta una estructura muy trabada: cada una de sus seis partes se dedica a un motivo diferente, es decir, a una faceta singular de ese gran tema que los abarca a todos, y ni un solo punto interrumpe los poemas, que se hilvanan, así, en un discurso fluvial y unitario. La primera parte, titulada como el libro, describe el lugar del asesinato y la presencia, pasada o futura, de los asesinados. Tras esa fotografía tenebrosa, la sección se resuelve con este dístico abrumador: «Pesan más sobre la tierra las huellas / de los que pronto van a morir». La segunda, «Interludio animal», da voz a los animales que se benefician de la muerte: cuervos, moscardas y gusanos, y su visión ajena, exterior, objetiviza el proceso: los cuervos «ejercen su paciencia [y] entonan cantos de luto»; el zumbido macabro de las moscas rompe apenas «el silencio más triste / [que] se ha posado sobre la muerte»; y los gusanos, «en un agujero en la carne / que antes no estaba», anticipan el festín: «de tener lengua», precisa Moro, «se relamerían». «Tiro de gracia», la sección más extensa, junto con la última, «Los muertos hablan», es una larga escenificación de la muerte planificada: de las ejecuciones en tiempos de guerra o de paz, cuarteleras o policiales. Moro contrapone la burocracia de las condenas y el horror de su verificación, y detalla el itinerario que conduce de aquella a este, con ecos expresionistas y quevedianos («astillas ya tan solo / del cuerpo / en donde ardían...»). Tras constatar, con lucidez, que «quien se acostumbra al dolor / no sabe que ya está muerto», concluye con una pregunta cuya respuesta marca la frontera que separa al fanático del decente: «¿Qué épica, qué gloria hay / en matar a un hombre indefenso?». «Derrota y hambre» es un canto a los vencidos, que no solo lo han sido en el campo de batalla, sino que lo siguen siendo, y con más ensañamiento todavía, en los hogares rotos y en las mesas vacías de la posguerra: «En el tiempo gris de las derrotas / el hambre se siente como en casa // ahora sí satisfecha, / la muerte ya puede eructar a gusto». La quinta parte, con el aliterativo título de «Trilogía de los trenes tristes», y precedida por una cita de un autor que conviene perfectamente a lo absurdo de tanta muerte innecesaria, Kafka, constituye un recuerdo emocionado de aquellos trenes en los que huían los perseguidos por los nazis, o bien que transportaban al ganado humano a los mataderos de Auschwitz o Mauthausen, donde perecieron tantos republicanos españoles. Quien nos habla en cada uno de los poemas es un escritor que ha viajado en uno u otro de esos trenes: Bohumil Hrabal, Stefan Zweig y Primo Levi. «Exilio», por ejemplo, dedicado a Zweig, acaba así: «un penacho de humo blanco / pespuntea los rescoldos de la noche // con carbonilla en la mirada, / en una plena desolación sin nombre, / me dirijo hacia la lluvia / para que no se vean mis lágrimas». Y el inspirado por Levi se titula «Arbeit Macht Frei (antesala)», la ominosa leyenda que daba una siniestra bienvenida a los deportados a Auschwitz. Por fin, «Los muertos hablan» es una sección coral, en la que las voces de los poemas son los de los enterrados: el proceso, fatalmente, se ha cumplido, y ya solo queda el recuerdo de los ejecutados y su murmullo inaudible. Al modo de la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, Moro hace desfilar a varios, a muchos, que nos informan de su abatimiento, pero también de su esperanza: «Los muertos sabemos de la lluvia / cuando nos crecen flores entre los huesos», reza, escuetamente, el penúltimo poema. Libros como Hay un rastro son, precisamente, flores entre los huesos de la injusticia, esperanza en el páramo de la devastación.

miércoles, 1 de abril de 2015

Los cerezos en flor


Esta mañana, aprovechando que nos dirigimos a Hoyos, vamos a ver el Valle del Jerte, cuyos cerezos, según me dice Javier, están en plena floración. Yo he visitado varias veces el Valle, pero nunca en esta época del año. La floración, además, es un periodo brevísimo, que no dura más de un par de semanas. Conforme dejamos atrás Plasencia y nos acercamos a Casas del Castañar, el primer pueblo del itinerario, empezamos a ver cerezos florecidos, pero aún solitarios, al lado de la carretera, o en pequeñas huertas. Parecen las avanzadillas –los escaramuceros– del gran ejército que vamos a encontrar a continuación. Por hermosos que sean así, aislados, uno no se hace a la idea de la belleza que tendrán todos juntos en las laderas de las montañas. En un punto determinado del trayecto, Javier deja la carretera y sale por una pista que parece un camino forestal. Él conoce muy bien esta zona –sus padres tenían aquí una casa, en la que él pasaba todos los veranos, aquellos veranos interminables, tres meses eternos, de los niños de nuestra generación– y me ha prometido un recorrido singular, lejos de las aglomeraciones de turistas, que siempre se producen por estas fechas. Y, en efecto, una vez en esta vía poco conocida, que no conduce a ningún pueblo, sino a las propias fincas de cerezos, empezamos a ver las fantásticas agrupaciones de árboles, recubiertos por el manto algodonoso de las flores. La flor del cerezo es pequeña, inodora, blanca y delicadísima: la lluvia la machaca y el viento se la lleva como al polvo. Por eso el tiempo desapacible es perjudicial para su gestación y, sobre todo, para su mantenimiento. Hoy, por suerte, hace un día tranquilo y soleado, y podemos apreciarla en todo su esplendor. Las flores, arrimadas, forman unas bolas espesas que a veces alcanzan el tamaño de pelotas de balonmano. No hay continuidad entre ellas: por grandes que sean, la rama siempre asoma entre una bola y la siguiente. El resultado es algo parecido al muñeco de Michelín, pero dotado de una gracilidad inimaginada, de una imposible estilización. Me llama mucho la atención que la flor del cerezo sea de una blancura inmaculada y, en cambio, de lejos, las masas de árboles se vean grises. Cuando contemplamos el paisaje del Valle que se abre ante nosotros en cualquier recodo del camino, vemos los extensos cerezales, aterrazados en las laderas de las montañas, y son grises: prolongadas láminas claroscuras, como alfombras de ceniza. El color apagado de las arboledas no les resta belleza: se extienden, a lo largo del Valle, como una sutil película de sombra, que revive en luz con la cercanía. Cuando atravesamos las fincas cuajadas de flores, parece nevarnos en los ojos. La blancura, percutiente, se abraza con el gris marengo de la madera que la sostiene, y con el azul encendido del cielo; también con el verde de los pastos y los huertos, y, ocasionalmente, con el amarillo de las retamas o el púrpura de otras flores coterráneas, que rasgan la pantalla de los cerezos como una cuchillada de fuego rasgaría una sábana. El único blanco no es, sin embargo, el del millón largo de cerezos que hay en el Valle. Uno de los picos que lo delimitan, el más alto, todavía conserva un casquete de nieve. Enfilamos un tramo especialmente sinuoso de la carretera y, en una curva, vemos la cumbre nevada, flanqueada por las nubes de cerezos e impresa en el platino azul del cielo: en cualquier momento, pensamos, podría aparecer una geisha. De hecho, me dice Javier, el turismo japonés en el Valle del Jerte aumenta cada año. Hoy, sin embargo, no vemos a nadie de ojos rasgados por el camino: todos los visitantes parecen nacionales, aunque toman fotos con el mismo empeño que los hijos del Sol Naciente. En Valdastillas, Javier quiere enseñarme una chorrera, que es como aquí se llama a las cascadas. La conoce desde su infancia, cuando, con otros críos, iba a bañarse a la poza que ha formado la caída del agua. Damos algunas vueltas para encontrarla: en uno de esos trampantojos de la memoria, Javier la recordaba a la salida del pueblo, pero, en realidad, se encuentra a casi dos kilómetros de las últimas casas. Es la cascada del Caozo, en la garganta Bonal. Toda esta zona está llena de acuíferos, torrentes y arroyos tributarios del río Jerte. Las fuentes se suceden, y el hombre represa el agua abundantísima en acequias, albercas y charcas. No lejos de aquí está la Garganta de los Infiernos, que, pese a su nombre, es lo más alejado del fuego que se pueda imaginar: una sucesión de marmitas gigantes o pilones –esto es, cavidades graníticas: enormes piscinas naturales formadas por la erosión de la roca– en las que va cayendo el agua desde los riscos y neveros hasta la llanura fluvial. Cuesta llegar –la caminata es ardua– y, sobre todo, cuesta volver –a la ida va uno con la ilusión del baño; a la vuelta, con un calor mesopotámico, solo se desea llegar–, pero pocos lugares valen más la pena que ese. El Caozo es mucho menor que los Infiernos, pero tiene encanto –manantío, roca, espuma, frescor–, a pesar del pasadizo metálico que han construido sobre el agua para que la gente pueda fotografiarse con la cascada a sus espaldas: es feo, inestable, incoherente y no tiene pasamanos, sino una sucesión de varas de hierro verticales que amenazan con clavársele a uno en cualquier parte con un trastabilleo o un tropezón. Dejamos por fin los intrincados caminos entre Navaconcejo y Valdastillas, y, con ellos, las muchedumbres de cerezos, y volvemos a la carretera principal: es la hora de la pitanza. Javier me lleva a un restaurante a pie de asfalto, pero muy tranquilo, cuyo nombre tiene resonancias evangélicas: Petro. Allí nos asestamos una caldereta de cabrito y un flan casero, del tamaño de un adoquín, que me van a obligar a hacer la digestión hasta el día siguiente. Pero no lo lamento. Los cerezos en flor me han llenado de un sosiego exultante.