La exposición del Museo Británico que visitamos hoy se titula Indigenous Australia. Enduring Civilization, y ya desde su título pone el acento en la resistencia de las culturas nativas australianas. ¿Resistencia a qué? A la hostilidad de la naturaleza y, sobre todo, a la hostilidad de los colonizadores. Esa civilización duradera representa la pervivencia tenaz de un conjunto de pueblos que llevan habitando el continente australiano desde hace, probablemente, 60.000 años, y cuya situación actual no puede entenderse sin las relaciones contradictorias —de cooperación e intercambio, pero también de enfrentamiento— establecidas con los colonizadores británicos. Con la naturaleza —buena parte de la isla es un desierto— los pueblos de Australia también han mantenido relaciones difíciles, pero han sabido hacerlas simbióticas. En la exposición, llaman la atención las pinturas en las cortezas de los árboles —un arte efímero: las más antiguas que se conservan datan de principios del s. XIX—, las joyas de nácar y los instrumentos musicales hechos de maderas autóctonas, como el didjeridoo, sencillamente llamado, en lengua indígena, ngarrriralkpwina. El arte aborigen presenta similitudes con el africano: esquemático y de colores arcillosos, abunda en la representación de serpientes, y no es extraño que lo haga: son comunes en el territorio australiano, y entre ellas se cuenta la taipán, la más venenosa del mundo: su mordedura acaba con un hombre de noventa kilos en cuatro minutos. Es un arte esencialista y absolutamente moderno, en el que la radical simbolización de la realidad alumbra dibujos de una simplicidad fastuosa, policromías hipnóticas. Las muestras de bumeranes revelan también la privilegiada adaptación de los indígenas australianos a sus duras condiciones de vida. Yo siempre había pensado que el bumerán era un artilugio único, y solo un poco más antiguo que el frisbi, pero hoy descubro que tiene 20 000 años de antigüedad, y que hay de muchas clases: los warumungu, una etnia del norte, utilizan uno con forma de hacha, que no tiran contra un animal solo, sino contra muchos —bandadas de loros o patos, por ejemplo—, con la esperanza, o más bien con la seguridad, de abatir a unos cuantos. Las tribus del sudeste, en cambio, emplean el más famoso, el que vuelve al lanzador, pero no como proyectil, sino para imitar el vuelo del halcón: sus presas se asustan y echan a volar hacia unas redes previamente dispuestas; ahí quedan atrapadas y de ahí van a la cazuela. Los yidinji, en fin, recurren a un bumerán cruzado, como un equis, para matar —y comer— murciélagos. La pericia de los indígenas con el bumerán llevó a los colonizadores británicos, a mediados del s. XIX, a constituir solo con ellos un equipo de cricket, que compitió con gran éxito en la Gran Bretaña. Los ingleses son así: cogen una práctica ancestral, la transforman en deporte y cobran entrada para verlo. Los indígenas, como en algunas partes de África, practican también la roza, la quema controlada de los campos, para cazar y regenerar la tierra. Que arda la vegetación no les supone ningún problema: su ecologismo es de verdad; se basa en el aprovechamiento natural de los recursos, y el fuego es uno de los más enérgicos que proporciona la naturaleza. Todos estos mecanismos de supervivencia, toda esta prodigiosa adecuación al entorno, experimentaron un choque devastador con la llegada de los europeos, cuyas consecuencias se sufren aún hoy. La exposición menciona a los navegantes holandeses que pisaron tierra australiana en la primera mitad del s. XVII, aunque la consideraron demasiado inhóspita para establecerse en ella. Sin embargo, omite el avistamiento de esas mismas costas por navegantes portugueses y españoles en fechas tan tempranas como 1522, cuando el portugués Cristóbal de Mendoza llegó a Botany Bay y dejó constancia de ello en un mapa costero parcial pero exacto, escrito en portugués, que todavía se conserva. Por su parte, Luis Váez de Torres, marino gallego o portugués al servicio de la corona española, navegó por el estrecho que hoy lleva su nombre, entre Nueva Guinea y la Península del Cabo York, en octubre de 1606, y debió de avistar también la costa septentrional australiana. Pese a ello, la historia de Australia empieza oficialmente con la arribada de James Cook y su Endeavour, en 1770, precisamente a Botany Bay y la isla Posesión, en el estrecho de Torres, donde reclama la tierra descubierta para la corona de Inglaterra. (Algo parecido sucede en la historia de los Estados Unidos, cuyo origen se sitúa en el asentamiento de peregrinos ingleses en Jamestown, Virginia, en 1607, sin atender al hecho de que el español Juan Ponce de León había desembarcado y explorado la Florida casi un siglo antes, en 1513, ni de que dos terceras partes del actual territorio del país estuvo bajo soberanía española durante tres siglos; y todo ello sin tener en cuenta el pequeño detalle de que las tribus amerindias ya habían descubierto aquella tierra, como los aborígenes de Oceanía la suya, hacía milenios). La primera colonia inglesa en sus nuevas posesiones australes no se estableció hasta 1788, cuando 1 500 personas, entre convictos, colonos y marinos, y casi 800 vacas, se asentaron en Port Jackson, la actual Sidney. Sus contactos con los indígenas no fueron fáciles, sobre todo para los indígenas. La actitud de estos se resume bien en este diálogo entre el teniente Dawes, uno de los oficiales de Cook, y la india Pateyegarang: "¿Por qué los kamarigals [indígenas] tenéis miedo?", pregunta el marino; "por las armas", responde Pateyegarang. Pero no eran solo los cañones y los rifles lo que los atemorizaba: también las enfermedades que viajaban con los ingleses, como la viruela, que causó estragos entre los indígenas. La expansión de la colonización les privó de tierras y supuso un descenso demográfico y, en muchos casos, un arrasamiento cultural. La colonización de algunos territorios, como la isla de Tasmania, constituyó un verdadero genocidio, aunque Indigenous Australia. Enduring Civilization pase de puntillas por él. En Tasmania no solo ha desaparecido el tigre de Tasmania, sino también el nativo de Tasmania, aunque, gracias al National Geographic, y para nuestra vergüenza, seamos mucho más conscientes de lo primero que de lo segundo. Tras muchos años de explotación y enfrentamientos, entre 1828 y 1832, los británicos impusieron la ley marcial en la isla y exterminaron a la población aborigen. Un libro excelente, escrito por un inglés —otro rasgo nacional: son los ingleses los que denuncian las atrocidades cometidas por los ingleses—, The Last Man. A British Genocide in Tasmania, de Tom Lawson (London, I. B. Tauris, 2014), documenta con escalofriante minuciosidad el terrible hecho. Algunos se opusieron con valentía a estos desmanes, como Jandamarra, un líder tribal que combatió tres años a los ingleses en la intrincada región australiana de Kimberley. Pero en 1897 dieron con él, lo mataron, lo decapitaron y enviaron su cabeza a Inglaterra, donde fue exhibida en una fábrica de armas, para demostrar la superioridad de las occidentales sobre las indígenas. Constituido ya el país en 1901, la sección 127 de la Constitución de ese año establecía que, para determinar la población del país, no había que contar a los aborígenes, una disposición que estuvo en vigor hasta 1967. La discriminación de los nativos australianos ha perdurado hasta épocas muy recientes, por medios más sutiles, pero no menos criminales, como el robo de niños, que eran enviados a instituciones como Carrolup, un campo donde se les reeducaba para que se asimilaran a la "sociedad blanca". Extrañamente, tanto este campo como otros que se abrieron en territorio australiano con este siniestro fin, eran administrados por el Protector de los Aborígenes de Australia Occidental: hay que pensar que los protegía de sí mismos, pobres, negros y tontos como eran. La sociedad australiana actual ha avanzado mucho en la protección y el reconocimiento de los derechos de los aborígenes, pero sigue debatiendo estas cuestiones e intentando encontrar una reparación suficiente para tantas injusticias. Exposiciones como esta contribuyen, sin duda, a dar a conocer su cultura y su causa, pero no estoy seguro de que a ellos les gusten: aquí se reúnen objetos arrebatados, elementos desgajados de su cultura, imágenes de antepasados asesinados. También esto, supongo, tendrá que matizarse, o desaparecer, en el futuro.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
martes, 2 de junio de 2015
domingo, 31 de mayo de 2015
El Rolls-Royce
En Londres puedes cruzarte con un Rolls-Royce en cualquier esquina. Ayer, volviendo de mi paseo vespertino para comprar el periódico, pasé junto a dos, aparcados: uno, un phantom actual, con su característico aspecto de tanque, y el otro, un modelo de los años 70, mucho más fino, pero igualmente indestructible. Ninguno lucía su legendaria estatuilla, el espíritu del éxtasis, porque los Rolls disponen de un mecanismo que permite ocultarla, para evitar que los envidiosos las arranquen y las exhiban en el comedor de su casa como un trofeo de caza, pero eran perfectamente reconocibles, y no solo por la doble R estampada en el capó y el eje de las ruedas, sino por su airosa robustez, por su mamotrética elegancia. (Uno puede pensar que el éxtasis al que alude la figurita es el que se siente al conducirlo, pero quizá se refiera a otro tipo de excitación: la imagen está inspirada en una mujer de ascendencia española, Eleanor Thornton Velasco, con quien mantuvo un tórrido idilio Lord John Walter Edward Scott-Montagu de Beaulieu, editor de la primera revista especializada en coches de la Gran Bretaña, llamada, con poca imaginación, The Car, y muy amigo de Charles Rolls). Otras veces, son ellos los que pasan a tu lado: asoma primero el morro elefantiásico, como anunciando el acontecimiento de su presencia, y luego, durante unos inacabables segundos, el resto del corpachón, que pasa con la misma fluidez con que una orca se desplaza por el océano. Dentro suele haber un señor muy satisfecho, de cuyo cuerpo, que parece integrado en el habitáculo del coche como un engranaje más, solo emerge una cabeza generalmente calva o con turbante. Y, como los Rolls no se averían, es posible aún cruzarse con modelos de principios del siglo pasado, o de la Segunda Guerra Mundial, que arrastran toda la pompa antañona de su diseño. La marca Rolls-Royce se fundó en 1904 por la alianza de Charles Rolls, un vendedor de coches, y Henry Royce, propietario de un negocio de mecánica y electricidad del automóvil. Ese mismo año lanzaron el primer modelo Rolls-Royce, aunque no fue hasta 1906, con la aparición del mítico Silver Ghost, que desarrollaba una potencia descomunal para aquella época, entre 40 y 50 caballos, cuando la empresa afianzó su prestigio. (Rolls-Royce dejó muy pronto de informar sobre el caballaje de sus vehículos: su potencia, dice, es "suficiente", y deja que sean los demás los que discutan quién tiene la potencia más larga). Charles Rolls, por desgracia, no vivió lo suficiente como para disfrutar de su éxito. Aviador intrépido —fue el primero que cruzó el Canal de la Mancha en viaje de ida y vuelta—, se mató en una demostración aérea en 1910, pero no mientras volaba, sino, irónicamente, en un accidente de coche. Desde el principio, Rolls-Royce se ha labrado la reputación de fabricar coches perfectos, más aún, coches que proporcionan una sensación inigualable al volante, y no solo por la extraordinaria suavidad de su conducción —sus motores nacieron con el propósito de no asustar a los caballos, y aun hoy, a más de cien kilómetros por hora, lo único que oyen sus ocupantes es el tic tac del reloj—, sino por garantizar a quien lo maneje el placer de saberse miembro de una cofradía exclusiva: la de poseedores de un Rolls. Encabezan esta hermandad los monarcas de todo el mundo, empezando, como es natural, por la reina de Inglaterra, que inauguró la tradición en 1950, y cuya imagen a bordo de uno de ellos, saludando al vulgo con la simpatía que la caracteriza, es inseparable ya de la corona. Abundan también los sátrapas árabes, a quienes fascina el lujo. En la lista de compradores encontramos también a nuestro querido general Franco, que se hizo con tres unidades en 1952, cuando en España sobraba el dinero, y al que muchos recordamos todavía recorriendo la Castellana montado en el descapotable y escoltado por la Guardia Mora (¿por qué la Guardia había de ser Mora? ¿No podía ser Andorrana, o Jiennense, o, si quería algo internacional, por aquello de luchar contra el aislamiento, Suiza, que habría podido pedirle prestada al papa de turno, y que habría lucido mucho con esa pocholada de uniforme que gasta?). Como es lógico, el peaje que hay que pagar para formar parte de este club tan exclusivo es muy alto, altísimo. El modelo básico de la marca, el phantom, cuesta, al salir de fábrica, 200.000 libras, unos 270.000 euros, más que una casa en muchas partes de España. Su equipamiento excede al de los cohetes de la NASA —e incluye siempre un paraguas, hasta en los que se venden en Oriente Medio—, pero la mayoría de compradores prefiere añadir accesorios a su gusto, que suman una media de 50.000 libras a la factura. No contenta con eso, la marca diseña también modelos especiales para conmemorar algún acontecimiento digno de recordación, como el Phantom Celestial, en 2013, que celebra el décimo aniversario del lanzamiento de los phantom. Este cochecito, el más caro que ha fabricado nunca Rolls-Royce, lleva diamantes en su interior: con ellos y con cientos de piezas del cristal más exquisito se reproduce exactamente el firmamento observado la noche del 1 de enero de 2013, cuando salió la primera unidad de la cadena de montaje. También cuenta con otros complementos, como una cesta de pícnic —algo tan inglés como el paraguas— que reitera los motivos celestes en el cristal y la porcelana de la vajilla, especialmente diseñada para la ocasión, y que apenas cuesta 20.000 libras esterlinas. Este lujo, no asiático, sino muy británico, me resulta profundamente perturbador: necesitar este derroche —y no solo una vez: hay muchos propietarios que los coleccionan— para sentirse feliz solo revela una personalidad desequilibrada. Pero, sin duda, hay muchos zumbados en el mundo: Rolls-Royce produce 3.500 coches al año y los vende todos: el 90%, por cierto, fuera del Reino Unido. La marca se beneficia de una leyenda inmarcesible, por mucho que cambie la situación de la empresa, y aun del mundo. Un aspecto esencial de esa leyenda es que sea un producto arquetípicamente inglés, como las chaquetas de tweed o la mermelada de naranja amarga. Pero sucede que Rolls-Royce es alemana desde 1998. En efecto, ese año la marca rozaba la bancarrota, y BMW, una despreciable empresa del archienemigo, epítome de la vulgaridad teutona, se hizo con ella, tras un largo litigio con otra casa de medio pelo, Volkswagen. No obstante, los alemanes han entendido la importancia de mantener las asociaciones que la marca despierta, y, singularmente, su britanicidad. Por eso su director ejecutivo, alemán, envía una carta personal a cada comprador de un Rolls en el mundo, escrita en el mejor inglés de Oxford, para agradecerle su confianza y poner la empresa a su disposición. También a los compradores alemanes.
miércoles, 27 de mayo de 2015
Los errores de comunicación
Mariano Rajoy, ese hombre que lucha con denuedo por sacarnos de la crisis en la que nos metió la desregulación promovida por José María Aznar y sus colegas ideológicos, Ronald Reagan y George W. Bush, ha explicado el batacazo del PP en las últimas elecciones municipales y autonómicas —que venía fraguándose desde las pasadas elecciones europeas y que culminará con la derrota en las próximas elecciones generales, para la que él y su gobierno trabajan asimismo con ahínco— por la mala comunicación de sus políticas. Para Rajoy, el PP se explica mal y eso priva a los españoles de conocer, y valorar en su justa medida, sus brillantes iniciativas y sus muchos logros. Pero yo, en esto como en tantos otros aspectos de su gestión, no estoy de acuerdo: el PP comunica espléndidamente. Veamos algunos ejemplos. Cuando la diputada del PP Andrea Fabra —hija del expresidente de la Diputación Provincial de Castellon, Carlos Fabra, famoso por haber construido un aeropuerto en el que no ha aterrizado nunca un avión y por haberle tocado siete veces la lotería— grita "¡que se jodan!" en una sesión del Congreso en la que se debate la dramática situación de los parados, comunica muy bien, a los parados y a todos los españoles: a) que los parados le importan una mierda; y b) que tiene la educación de un capo de stalag. Cuando Rajoy, hace apenas unos días, dice que hoy del paro ya no habla nadie, comunica a la perfección: a) que el PP sigue teniendo tanta consideración por los parados como la expresada por Andrea Fabra; b) que el presidente del gobierno no se lee las estadísticas del paro, porque, en abril de 2015, según la EPA, había en España 5.444.000 desempleados (una tasa de casi el 24%, una de las más altas del mundo), 160.000 más que cuando el PP llegó al gobierno; y c) que el presidente del gobierno no conoce la realidad del país, porque esos parados y sus familias (y muchas otras personas que sí trabajan, pero que son decentes y solidarias) no hablan de otra cosa. Cuando Alfonso Rus, otro levantino insigne, presidente del PP de la Diputación Provincial de Valencia y alcalde de Xàtiva, es grabado contando billetes dentro de un coche, hasta redondear la bonita cantidad de "dos millones de pelas", y celebrarlo con un grito de júbilo, comunica con claridad meridiana que es un chorizo. Cuando Xavier García Albiol, alcalde popular de Badalona, aparece sonriendo en los carteles electorales de su partido junto a la frase "Limpiando Badalona", comunica estupendamente que es un racista. Cuando Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, esa cazatalentos especializada en cazar a los mayores talentos de la corrupción para gobernar los ayuntamientos y la comunidad autónoma de Madrid, acusa a Manuela Carmena, su rival de Ahora Madrid para la alcaldía de la capital, de haber puesto en libertad a un etarra, comunica sin asomo de duda que concibe la aplicación de la ley y la independencia judicial como principios que hay que supeditar a la lucha contra el enemigo. Cuando Antonio Sanz, presidente del PP en Cádiz y delegado del gobierno en Andalucía, dice en un mitin que a él no le gusta que "en Andalucía se mande desde Cataluña" y que no quiere "que en Andalucía mande un partido que se llama Ciutadans, que tiene un presidente que se llama Albert", o cuando Carlos Floriano, ese político tan afortunado, como indica su apellido, vicesecretario de organización y electoral del PP, llama a Ciudadanos siudatans y siutatans, entre otras denominaciones simiescas —para calificarlo, por cierto, de anticatólico y abominable—, ambos comunican a las mil maravillas que el PP tiene tanta estima por los catalanes como por las tarántulas y que su comprensión de la riqueza lingüística y cultural del país no va más allá del Guadalquivir, en un caso, y de Navalmoral de la Mata, en el otro. Cuando María Dolores de Cospedal, presidenta de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y secretaria general del PP, explica por televisión el "finiquito en diferido" a Luis Bárcenas, tesorero y senador del PP, comunica magníficamente: a) que el PP ha gestionado sus cuentas, durante décadas, como Vito Corleone sus negocios; y b) que ella no es Einstein ni Demóstenes. Cuando todo esto, en fin, sucede, y muchos otros cargos y responsables del PP inundan, día sí y día también, las ondas y los periódicos con manifestaciones que revelan su mediocridad, su inelegancia y su estupidez, uno piensa que la comunicación no es el problema, sino la mediocridad, la inelegancia y la estupidez. Y también el contenido de sus políticas, que la gente no es tan estúpida como para no entender.
lunes, 25 de mayo de 2015
Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España)
Hoy voy a hacer una excepción, y esta entrada contendrá una imagen: la de la cubierta de mi último libro, que acaba de aparecer en La Isla de Siltolá. Desde que inicié este blog, no he ilustrado ningún post con fotos ni imágenes, porque quería que fuera una bitácora exclusivamente literaria y que nada distrajera de la lectura de los textos. Ello me ha valido la crítica, bienintencionada, de algunos amigos, que opinaban que debía añadir algún grafismo o elemento visual, porque enriquecería lo escrito, aunque yo siempre he sospechado que bajo esa observación se escondía en realidad la idea de que lo aliviaría. Sea como fuere, hoy, por primera vez, les hago caso. La razón no es otra que la singularidad que supone que un blog se materialice en libro y, digámoslo también, la ilusión que me hace que se haya publicado. Quién lo habría imaginado: he dado a la imprenta una treintena de libros, entre poemarios, antologías, traducciones, recopilaciones de artículos y libros de viaje —demasiados, sin duda—, y aún me alegra que lo que escribo adquiera esa envoltura centenaria y frágil, esa forma que sigue representando para mí la cima de la inteligencia, la poca o mucha que nos haya regalado a cada uno la naturaleza. Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España) recoge una amplia selección de las entradas publicadas en este blog en mi primer año de estancia en Inglaterra, cuando su frecuencia de aparición era diaria. Cuenta con un lúcido prólogo de mi buen amigo, el también poeta José Ángel Cilleruelo, que no ha escrito la habitual retahíla de elogios, sino un muy ponderado análisis del nacimiento y evolución de mi prosa desde la práctica de la poesía. Corónicas de Ingalaterra... ve ahora la luz gracias, una vez más, a la generosidad de Javier Sánchez Menéndez, que ya publicó mi anterior libro en prosa, La pasión de escribil. (Relato de tres viajes a Hispanoamérica), en esta misma colección, la, en mi opinión, muy elegante "Levante". Confieso que no confiaba en que Javier aprobara la selección que había hecho. Pese a haber sido draconiano en el escrutinio, las entradas elegidas no eran pocas —siempre es doloroso descartar lo que uno ha escrito— y, como casi todas eran también extensas, el resultado era un volumen probablemente excesivo. Javier, no obstante, benditas sean su liberalidad y su discreción, se limitó a decirme: "Pues sí sale un volumen grueso, sí", y siguió adelante con la publicación. He corregido muy poco el contenido de las entradas, pero en las modificaciones que he introducido ha sido vital la revisión que ha hecho del manuscrito original otra gran amiga, Marta Agudo, a cuyo ojo experto y paciencia lectora no se resisten erratas, cacofonías ni extravíos sintácticos, aunque le haya hecho menos caso del que ella habría deseado en la corrección de la puntuación, que juzga excesiva. Corónicas de Ingalaterra... se cierra con un epílogo mío, en el que doy cuenta del propósito del blog y de las razones de su transformación en libro. El volumen se puede adquirir ya en forma de ebook (otra novedad para mí: hasta ahora, ninguno de mis libros había tenido forma electrónica), por ejemplo aquí: http://www.casadellibro.com/ebook-coronicas-de-ingalaterra-un-ano-en-londres-con-algunas-estancias-en-espana-ebook/9788416210909/2555240. En papel, supongo que estará dentro de pocos días en las librerías. Ojalá los lectores consideren, como yo, que lo dicho en un libro es un poco más que lo dicho en el ciberespacio, aunque sean lo mismo. Y ojalá sientan el mismo placer que yo al constatar las palabras impresas en papel, con su tacto y su olor, y no solo en el evanescente silicio digital.
jueves, 21 de mayo de 2015
Wimbledon
Wimbledon es, antes que un torneo de tenis, un barrio del suroeste de Londres. Durante siglos, fue un municipio independiente, hasta que el crecimiento imparable de la capital lo absorbió, como a tantas otras localidades del cinturón urbano. Hoy lo visitamos porque Jan Lucas, un médico holandés, compañero de Ángeles en el hospital, nos ha invitado a comer en su casa. Wimbledon es, en su mayor parte, una zona residencial, es decir, burguesa y tranquila. Conserva cierto porte distinguido —que se manifiesta en los modales y tradiciones del campeonato de tenis, el único en el mundo en el que aún es obligatorio que los jugadores vistan de blanco—, y eso, junto a su apacibilidad, ha atraído a muchos personajes notables a lo largo de la historia. Aquí han vivido, por ejemplo, los escritores Ford Madox Ford, Robert Graves y Arnold Toynbee, gente del cine, como el actor Oliver Reed y el director Ridley Scott, y también héroes nacionales, como el almirante Horacio Nelson. No obstante, el personaje más significado que ha residido aquí ha sido el emperador de Etiopía Haile Selassie I, descendiente del rey Salomón y Dios reencarnado para los rastafaris, a quien mi padre llamaba El Chufa. Jan y su familia viven en una casa luminosa, de tres plantas, con jardín. De hecho, cuando llegamos, Jan está cumpliendo con el muy británico rito de cortar el césped. Cortar el césped es una obligación ineludible en Inglaterra. Recuerdo que, cuando vivíamos en Littleborough, cerca de Mánchester, el césped era lo último que nos preocupaba. Había ganado una altura que lo acercaba a las espesuras del Amazonas, pero a nosotros aquella frondosidad nos era indiferente. Sin embargo, pronto empezamos a sentir la hostilidad de los vecinos, que consideraban inaceptable aquella incuria vegetal. Su animadversión se manifestaba en silencios aún más impenetrables que de costumbre, en miradas aviesas y gestos esquinados. Cuando los que teníamos a los lados cortaban el suyo, lo hacían entre vistazos desafiantes, como diciéndonos: "¿Veis, extranjeros irresponsables? Así se hace". El correo desapareció de nuestro buzón; el lechero dejó de traernos la leche a la puerta de casa; todos los perros del barrio decidieron defecar en nuestros arriates. Una ola de animosidad nos cercaba. Yo me resistía indeciblemente: cortar el césped era una humillante renuncia a mi acrisolado desinterés, cultivado durante décadas y en varios continentes, por los deberes domésticos o comunitarios que juzgaba superficiales, pero la oposición de los vecinos se hizo insoportable. Un sábado por la mañana me tragué el orgullo, cogí el cortacésped —después de confundirlo con el secador de pelo— y me lancé a la poda del jardín. Ángeles me miraba desde la ventana de la cocina como quien despide a un conscripto que se va a la guerra o a un reo que camina a su ejecución. Yo tracé algunas eses en la espesura, con gran estruendo y aparato, pero la máquina apenas avanzaba: la maleza era demasiada para las enmohecidas cuchillas. A punto estuve de rebanarme un pie, lo que acaso habría regocijado a alguno de los vecinos más recalcitrantes, pero supe conjurar el peligro alejando el cuerpo del diabólico artilugio, y, si bien la distancia prevenía accidentes sangrientos, no me dejaba en una posición airosa: parecía que el carro me arrastrara a mí, y no yo al carro. Por fin, cuando había conseguido transformar aquella maleza homogénea en un intrincado laberinto de sendas que no conducían a ninguna parte, un vecino salió de su casa y, sobreponiéndose al horror que siente todo inglés por tener que hablar con alguien, se ofreció a cortar el cesped él. Antes de que hubiera acabado la frase, yo ya había aceptado. Primero agradecí su bondad, pero luego pensé que, probablemente, no era la generosidad lo que le movía, sino la vergüenza que sentía por aquel desaguisado: vivir al lado de semejante destrozo, que rompía la inmaculada regularidad de los jardines del vecindario, era una afrenta que no estaba dispuesto a soportar. Dejé, pues, el cortacésped en sus expertas manos y corrí a refugiarme en la lectura de un libro. Media hora después, nuestro jardín estaba, en efecto, liso como la cabeza de un bebé; y muy verde: verdísimo. Desde entonces, además, tuvimos jardinero gratis. En esa misma operación, decía, se encuentra Jan cuando llegamos a su casa y, por lo que puedo ver, aunque es medio inglés, por parte de madre, la realiza con la misma pericia que yo. Nuestra aparición le da la excusa perfecta para abandonar la horticultura, y enseguida nos presenta a su mujer, Pauline, y a sus hijas, Josephine y Elionor. Nos enseña también la casa, que luce un muy mediterráneo desorden, con libros y ropa por el suelo: eso me gusta de los holandeses: su carácter laxo, suavemente latino, frente a la rigidez general de los nórdicos y anglosajones. Se nota que el Duque de Alba anduvo bastante tiempo por sus predios, aunque a ellos no les guste recordarlo. Jan incluso habla algo de español: trabajó varios veranos en un restaurante holandés de Torrevieja, Alicante, esa localidad famosa en el mundo entero porque en ella se encontraban los codiciados apartamentos que regalaba el Un, dos, tres, responda otra vez, y por haber otorgado el premio de poesía con mayor dotación económica de la historia de la literatura contemporánea en España, aunque ambas recompensas hayan desaparecido ya y solo quede una villa costera, llena de chiringuitos e ingleses. Ángeles y yo debemos moderar, pues, lo que decimos entre nosotros: no podemos confiar en que nuestro anfitrión no nos entienda. Dedico algún tiempo a Josephine, que está leyendo con mucha afición un Mortadelo y Filemón. El tebeo está en castellano, pero a ella no parece molestarle ese detalle. Se fija con especial deleite en los disfraces de Mortadelo. Confunde una rana con un conejo, pero yo la saco de su error. También corrijo a Jan, que afirma que Mortadelo y Filemón es un cómic belga. Ángeles, cuyo patriotismo es inmarcesible, se suma enérgicamente a mi protesta y subraya la españolidad de los dibujos de Ibáñez. Durante la comida, hablamos de muchas cosas, la mayoría relacionadas con el establecimiento de nuestras familias en Gran Bretaña. Ellos vienen de Rotterdam, y su marcha tiene mucho que ver con el giro reaccionario del gobierno —y de la sociedad— holandeses. Jan y Pauline nos dan algunos datos que nos sorprenden. En primer lugar, en Holanda, un país avanzado socialmente y de tradición liberal, no existe un sistema nacional de salud: todo funciona a base de seguros privados, como en el infernal paraíso de Bush o de José María Aznar. Por otra parte, el trato que están dando a los inmigrantes dista mucho del liberalismo que se les supone a los oranges. Un trato que consiste, básicamente, en expulsarlos, aun a costa de separar a padres e hijos, como se ha intentado hacer recientemente con una madre angoleña. La extrema derecha, además, ha crecido en el país: Geert Wilders, ese diputado que no se sabe si tiene en la cabeza una mata de pelo o un haz de paja, capitanea un movimiento xenófobo que entronca con el populismo retrógrado del asesinado Pym Fortuyn y que agita el miedo a perder, a manos de los extranjeros, la prosperidad nacional, cuando la prosperidad nacional se debe, en buena medida, al trabajo de los extranjeros. El racismo, ay, es igual en todas partes, y en todas se acoge a los mismos argumentos falsos, que, en realidad, solo son una excusa para el tribalismo y la insolidaridad. La tarde y la conversación se prolongan con cafés, tés y dulces. Nos sentimos a gusto con gente que comparte nuestras inquietudes y nuestros problemas, y que no tiene miedo a resultar desorganizada o sincera. Y eso que Jan es medio inglés. Por parte de madre.
martes, 19 de mayo de 2015
Celan en Cáceres
La frase es extraña: Celan en Cáceres. Pero sí: Celan ha estado, muy presente, muy vivo, dos días en Cáceres. Allí nos hemos reunido, el 14 y el 15 de mayo, un gran grupo de estudiosos y/o admiradores (ambas condiciones no tienen por qué coincidir) del poeta rumano, para hablar de su obra y de su recepción en España, uno de los países en que, inverosímilmente, el autor de Amapola y memoria ha tenido una mayor influencia, gracias, en buena parte, al magisterio de José Ángel Valente, cuyas lecturas y traducciones (aunque fueran dobles: del inglés o del francés; Valente no sabía alemán) lo erigieron en referente obligado de casi toda la poesía no figurativa del país. Celan constituye un paradigma del drama vivido en la Europa del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento del comunismo. Judío nacido en Cernauti, una pequeña ciudad de la Bucovina, en Rumanía, convive desde niño con el antisemitismo y lo sufre horriblemente cuando los rusos, primero, y los nazis, después, ocupan la región y persiguen la eliminación de la comunidad hebrea. Encerrado en el gueto, Celan acopia los libros rusos que le ordenan los nazis, para ser quemados, pero traduce a escondidas los sonetos de Shakespeare, mal vertidos hasta entonces al alemán, y no deja de escribir poesía. En 1942 mueren sus padres, que han sido deportados a un campo de trabajo: el padre, de tifus, y la madre, de un tiro en la nuca. Celan sobrevive a la guerra en otro campo, rumano, y, al finalizar el conflicto, inicia un peregrinaje que le lleva a Cernauti, Bucarest, Viena y, finalmente, París, donde residirá hasta su muerte. Su vida en Francia tampoco será fácil: aislado de su comunidad hablante, pobre, desconocido y solo, penará la culpa de haber sobrevivido a sus padres y de escribir en la lengua de sus asesinos, sufrirá hasta el desquiciamiento las malignas acusaciones de plagio que hace Claire Goll, la viuda de Yvan Goll, un poeta que Celan había tratado y traducido al poco de establecerse en Francia, y entrará, en los 60, en una espiral de depresiones y desvaríos psiquiátricos, en la que intentará matarse a sí mismo y matar también a su mujer —con un cuchillo de cocina— e ingresará en varias clínicas mentales, donde se le aplica una terapia de electrochoques. Incapaz de sobreponerse a sus padecimientos, Celan se suicida la noche del 19 al 20 de abril de 1970 —macabramente, el 20 de abril es el aniversario de Adolf Hitler— arrojándose al Sena desde el puente Mirabeau. Encontraron su cuerpo, enredado en un meandro del río, diez días más tarde. En la mesa de trabajo del piso donde vivía, había una biografía de Hölderlin abierta por un pasaje subrayado: “A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón”. Otra poeta suicida, Alejandra Pizarnik, también había vaticinado su fin, escribiendo estos versos en el pizarrón del cuarto donde la hallaron muerta: “No quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. Mi ponencia, "Paul Celan: la soledad del suicida", trata de los rasgos y motivos de su poesía que prefiguran su suicidio. El origen de mi tesis se sitúa, precisamente, en el final de su vida: ¿A qué se enfrenta, qué ve ese Celan resuelto a acabar con sus días, siendo imposible saber, y ni siquiera conjeturar, qué piensa o qué siente? Ve la oscuridad —de la noche y del agua— y anticipa la caída que lo llevará a las profundidades, pero, a la vez, lo elevará hasta la redención. La muerte se plasma en ese eje de negrura y hundimiento, un eje que recorre estructuralmente su poesía, y que se acentúa, se engrosa, en su último tramo, cuando sus problemas psicológicos se agravan, y, especialmente, en los últimos años de esa década, desde La rosa de nadie, de 1963, hasta el póstumo Parte de nieve, de 1971. No es fácil, ni carente de riesgos, establecer una correspondencia, o siquiera una afinidad, entre el contenido de una obra y la resolución de una vida. Pero, en el caso de Celan, las coincidencias —o, digamos más bien, los ecos premonitorios— son, a mi juicio, sustanciales y numerosos. Ello no autoriza a sostener que, cuando Celan escribía sus poemas, con alusiones constantes a elementos que cabe reconocer, años después, en el hecho trágico de su suicidio, estuviera urdiéndolo o anunciándolo: su actividad era exclusivamente poética, y a esa condición lírica hay que atenerse. Sin embargo, esa malla de confluencias sí nos permite creer que las mismas pulsiones anímicas que lo condujeron a la autodestrucción alimentaban su creación y que, de una forma inconsciente, disponían trazos que se manifestarían en su muerte futura. Reconozco en su poesía la presencia constante y ominosa de la muerte, que se identifica a menudo con la noche y con el agua estancada, que es, según Gaston Bachelard, una de sus metáforas universales. La noción de caída es asimismo fundamental en la obra de Celan, aunque en esa caída subyazga siempre una elevación, o una lucha por elevarse: un eje vertical, un arriba y un abajo, por el que el ánimo del poeta no deja de desplazarse con angustia y esperanza, atraviesa toda su poesía. Pero el hundimiento en las profundidades está siempre presente en sus versos, y algunos tópicos objetivizan esa inclinación por lo hondo y oscuro, como el pozo y el abismo. También el muro —el muro sólido y el muro de las aguas— representa la infranqueabilidad del mundo y, a la vez, la esperanza de que haya otro lado, de que lo existente no visible nos redima del tormento que experimentamos. Por fin, el puente, que sobrevuela las aguas funerales y que permite asimismo el tránsito, ahora horizontal, para acceder a esa otra orilla de la realidad donde nos aguarda la liberación; un puente como el Mirabeau, desde el que Celan se mató, y que había llevado a un poema en el que recordaba el suicidio de su admirada Marina Tsvetáeva: “Del sillar / del puente, del que él rebotó / hacia la vida, en vuelo / de heridas —del / puente Mirabeau. / Donde el Oka no fluye. Et quels / amours!”. Para mi desgracia (y para la de quienes me escuchan), he de exponer todo cuanto antecede a las dos y media pasadas de la tarde, con casi dos horas de retraso con respecto al horario previsto, y con un público lógicamente exhausto y con ganas de comer. La razón del retraso es el desbarajuste horario con el que se está desarrollando el encuentro, al que contribuyen la facundia de ponentes y conferenciantes —que incumplen, casi sin salvedad, el plazo de exposición de que disponen: a alguno parece que no le permiten hablar en casa, porque aquí no deja de hacerlo, así se ponga el sol o cierren, literalmente, la universidad— y la excesiva moderación de los moderadores. Echo en falta un control anglosajón —o, mejor, prusiano, dado que hablamos de Celan— de la ronda de intervenciones: a quien supere los 20 o 45 minutos asignados, se le retira la palabra. Y también sería conveniente moderar los turnos de preguntas del público, que no pueden ser una divagación interminable ni un oligopolio de voces. Entre los participantes en el congreso hay de todo: gente sabia, gente modesta (esto sí suele ir unido: los verdaderamente sabios son siempre modestos), gárrulos, idiotas y friquis. De hecho, en todos los congresos hay friquis: los congresos son un imán para los friquis. En este encuentro a un catedrático omnipresente, especializado en convertir toda intervención en un autoelogio; a otro catedrático que ora como Castelar, entre tribunicio e inacallable, infinitamente consciente de su ciencia; a varios que saben poco de Celan, pero sí mucho de otros autores, o de otras materias, y a ellos dedican su intervención; a alguno que, en cambio, es experto en Celan y no duda en recordárnoslo a cada instante, y también en el desayuno, y la cena, y cuando coincidimos en los urinarios; a otros que lo que no saben es exponer en público, y se limitan a leer el texto que han preparado, sin despegar los ojos del papel, con monocordia eucarística; y a algunos más que, de toda tu conferencia, solo resaltan una palabra, para criticarla: "redención", por ejemplo, que juzgan excesiva para alguien que ha intentado asesinar a su mujer, o "traducción canónica", que no consideran pertinente, porque entienden que algo es canónico solo cuando así se ha elegido entre varias opciones, pero que en el caso de Celan no es adecuada, porque solo hay una traducción (cuando yo opino que el canon existe inevitablemente, y que, si solo hay una traducción, y mientras la comunidad cultural no decida aportar otras, esa es la canónica). Yo he salido cansado de este encuentro. Al estrés que sufre nuestra vanidad por la comparación constante con los otros, se han sumado algunas compañías estragantes y no pocos arañazos emocionales. Los congresos literarios son versiones intelectuales y jíbaras, por lo reducidas, pero también por lo canibalescas, de Gran Hermano. No son sanos: si duraran más, todos acabaríamos como en el nido del cuco. No puedo decir que no haya aprendido cosas, o que no haya sido agradable verme con los amigos, o que no haya intercambiado información profesional con otros escritores -acaso lo más importante de estas reuniones-, pero el saldo ha sido agridulce. Y, además, he perdido una camisa nueva en el hotel.
domingo, 17 de mayo de 2015
Viajar en tren
Viajar en tren ya no es lo que era. Desde hace muchos años, en España los trenes son rápidos, puntuales, modernos; hasta de diseño. Puede que sean incluso demasiado modernos: algunas voces políticas se han levantado contra la proliferación de AVES y su cortejo de inversiones multimillonarias, disparates medioambientales y políticos corrompidos. En realidad, esta banda(da) de AVES que recorre la geografía patria es una respuesta al tradicional atraso ferroviario español: compensamos siglos de incuria con una modernidad hinchada como un zepelín, con la segunda red de alta velocidad más extensa del planeta, después de China. Ah, qué tiempos aquellos en que subirse a cualquier convoy de la RENFE era experimentar una catábasis horizontal: un descenso a los infiernos de lo incómodo y lo interminable. Sin embargo, paradójicamente, aquel Hades sobre raíles traía, adherida al sufrimiento de los viajeros, una muy humana necesidad de comunicación y consuelo. Encerrados en los compartimentos de los vagones, la gente se acomodaba con buena voluntad, hablaba, compartía la comida (porque la comida era esencial para sobrevivir a las jornadas sin fin de los borregueros): compartía, en fin, el viaje. Hoy todo resulta aséptico y eficaz: el desplazamiento es más agradable, pero la convivencia se resiente. Y hoy, justamente, me toca viajar en un AVE a Cáceres, donde participo en un congreso sobre el poeta Paul Celan, organizado por la Universidad de Extremadura. Tengo claro que pasaré toda la jornada en las vías: el prólogo del viaje lo constituyen el trayecto en los Ferrocarriles de la Generalitat, desde Sant Cugat a Barcelona, y en el metro, desde la estación de Plaza Cataluña hasta la Estación de Sants (que en catalán se identifica, anglófilamente, como Sants Estació, porque parece, imagino, más estación que si solo se llamara Estació de Sants, como reclaman la sintaxis y el sentido común). En el metro me fijo en una joven bizca y guapísima, que viaja con un amigo. Recuerdo el poema de Quevedo: "Si a una parte miraran solamente / vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran? / Y si a diversas partes no miraran, / se helaran el ocaso o el Oriente". Algunos defectos no emborronan, sino que acentúan la belleza. Pienso en Claire Forlani, la actriz estadounidense cuyas orejas parecen alas: "Tus orejas divergentes / no divergen en finura: / con escueta desmesura, / los cartílagos ingentes / trazan las altas tangentes / de las criaturas aladas. / Si con ellas separadas / eres bella, qué belleza / luciría tu cabeza / si las tuvieras pegadas", he escrito en una décima, siguiendo a don Francisco. En la estación en la que se bajan la bizca hermosa y su afortunado acompañante, se sube un acordeonista tuerto. Los ojos parecen hoy tan protagonistas del día como los trenes. El hombre ataca con brío admirable, aunque con moderada pericia, la Danza Húngara núm. 5 de Johannes Brahms, cuyos sones me distraen, por un momento, del cerramiento atroz de su ojo derecho. No pierde en ningún momento una polifémica sonrisa, aunque la cosecha de monedas sea magra, y, en cuanto el convoy llega a la siguiente parada, brinca al vagón más próximo para continuar la serenata. Ya instalado en el AVE, reconozco, ay, otro personaje clásico de los trenes modernos: el ejecutivo que aprovecha al viaje para hablar por el móvil y poner en orden los asuntos de la oficina. Se conoce que la oficina no puede sobrevivir sin su guía y su sapiencia. El que he tenido la mala suerte de que me cayera cerca es gallego y trabaja en el mundo del turismo. Con sus largas conversaciones sobre tarifas, descuentos y proveedores -el fascinante mundo del comercio-, consigue impartir un curso acelerado de minorismo de viajes a todos los ocupantes del vagón. Pero nadie le muestra agradecimiento: todos nos refugiamos en nuestro búnker individual, ya sea un libro, un juego de ordenador, un sueño quebrantado o un silencio hosco. De hecho, nuestro agradecimiento se reserva para los servicios de telefonía -quién lo iba a decir- cuando el tren atraviesa una zona sin cobertura y la conversación se interrumpe de repente. El ejecutivo, tras llamar varias veces, con angustia creciente y sin resultado, a su amputado interlocutor, se sume en un silencio sobresaltado, hasta que, con alegría rayana en el júbilo -y la correspondiente decepción de todos los demás- retoma la comunicación y continúa salvando a su empresa por el vociferante procedimiento de impartir instrucciones a sus subordinados. Hace tiempo leí que en algún sitio se había inventado un dispositivo portátil que cortaba las comunicaciones telefónicas circundantes, pero que enseguida había sido prohibido. A qué gran instrumento había renunciado la humanidad: qué maravilla apretar un botón en el bolsillo y que el aullador financiero, o la maruja sin nada más que hacer, o el joven gárrulo, se quedaran con la palabra en la boca y no pudieran expulsarla de ahí; y ojalá se atragantaran con ella como con un hueso de pollo. Durante el viaje alterno la lectura de Huellas, la poesía completa de Juan Malpartida, El libro del desasosiego, de Pessoa, y El País. En este leo que José María Aznar mitinea en Zaragoza por las inminentes elecciones municipales y autonómicas en España. Y, según recoge el periódico, pide a quienes no vayan a votar al PP que no confíen en populismos mentirosos, que vuelvan a casa y que le otorguen al partido otra vez su confianza. Aznar ejerce sobre mí un poder singularísimo, que ningún otro político de la derecha, por más que discrepe de él, o incluso que me irrite, puede atribuirse: me inspira un deseo casi irresistible de degollarlo. Ese deseo viene precedido por una serie de síntomas físicos: el desarreglo estomacal, la palpitación desbocada, el prurito incontrolable. Y no solo eso: Aznar me alucina, literalmente. Por ejemplo, aún veo su bigote, cuando sé, cuando me consta, que ya no lleva bigote. Su bigote sigue abultando a mis ojos como un espectro maléfico, como una protuberancia del averno, trasunto de su vacío mental y su vileza personal. En poco más de tres horas, llegamos a Atocha. La entrada en la estación es un bosque de catenarias y postes eléctricos. En el andén, nos recibe un calor tórrido. Un italiano que baja conmigo le grita a otro: "¡Santa Madonna!", y luego especifica: "¡Treinta y cinco grados!". Como en Castellón hace una semana, no me importa: ansío calor; quiero sudar, y ducharme, y volver a sudar. Espero llevarme a Inglaterra, bien metida en el cuerpo, una buena provisión de altas temperaturas. El tren que me llevará a Cáceres sale dentro de una hora y cuarto. Aprovecho el trasbordo para comer algo en Foodíssimo, un tugurio de lugares de paso -por más que gaste colores brillantes, muebles de Ikea y nombres como el que se ha dado, sigue siendo un tugurio-, donde me atiende una dominicana, como rodeado de otros dominicanos y un español entra repartiendo "¡Dios te ama! ¡Bendito seas!" a todos los presentes. No se lo deseo, pero pienso que quizá en ese mismo momento en que dice "¡Dios te ama!" un tumor canceroso le esté creciendo en algún rincón del cuerpo, lo cual sería una prueba palpable de cuánto nos quiere Dios. Pero nada puede modificar las creencias de alguien capaz de pasarse la hora del almuerzo -y cualquier otra hora, me imagino- haciendo lo que hace este paisano, con una sonrisa beatífica en la cara y una Biblia en la mano. Sin embargo, la imbecilidad humana no acaba aquí. Veo, colgados en los pasillos de la estación de Atocha, los inevitables carteles electorales de los diferentes partidos. Uno, del PP, dice: "Trabajar. Hacer. Crecer. Solo con tu voto es posible". Debajo, la sonrisa despejada, la expresión luminosa de Esperanza Aguirre. Yo creía que esta mujer se había retirado -la recuerdo leyendo, entre lágrimas, hace varios años, su despedida pública de la política-, pero no: ha vuelto, como Aznar. Cuánta falta nos hacían los dos. Y qué importante es que Espe nos recuerde que hay que "trabajar, hacer, crecer", y que, para que eso sea posible en un país democrático, es necesario votar. La cara y las manifestaciones de Aznar en el periódico, la ensalada del Foodíssimo y la inteligencia desplegada en la publicidad electoral por Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, condesa consorte de Bornos, Grande de España y Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico, me han revuelto el estómago. Acudo a los servicios de la estación, que ahora son de pago. Hay que aflojar 0,60 euros -¡veinte duros!- por aflojar las tripas. El cubículo en el que me instalo es pequeño, pero dispone de todo lo necesario. Hasta huele bien, un logro formidable en estas circunstancias. En las paredes se despliega una fotografía panorámica de la Casa Blanca, aunque no sé qué pensará un americano que utilice el retrete de esta asociación entre la evacuación y Barack Obama, o quien le suceda. Además, suena una musiquilla que pretende facilitar el tránsito intestinal, o, como decía un amigo mío de la adolescencia, amenizar la cagada. No habrá sido el único suceso escatológico del día. En el AVE he querido entrar en un baño, pero, aunque ya estaba ocupado, la mujer que lo utilizaba no había cerrado bien la puerta. La he abierto, pues, y, durante unos angustiosos segundos, la señora, sentada en la taza, a la vista de todo el vagón, ha reclamado, a gritos, que la cerrara. Pero, por más que apretaba yo el botón, no lo conseguía. Yo no miraba: solo veía su mano -y el extremo de un fular rojo- agitándose con desesperación en el aire, sin que ella, por razones evidentes, pudiera abandonar su forzada inmovilidad. Por fin, la puerta ha consentido en cerrarse y he podido respirar, avergonzado, aunque no culpable. En el trayecto en el segundo tren a Cáceres -que tarda la friolera de tres horas y media en cubrir 250 kilómetros-, coincido con Jaime Siles y con Francisco Jarauta, que también actúan en el congreso, aunque al segundo no lo conozco. Ambos se sientan juntos y se pasan el viaje en animada charla. El asiento de mi lado lo ocupa otro participante en el evento, Arnau Pons. Tampoco lo conozco, pero deduzco que es él: atiende en catalán una llamada telefónica, y en el programa del encuentro solo hay dos catalanoparlantes: él y yo. No le hablo: él tampoco me habla a mí. Se encierra en la lectura de Le démon de la théorie, de Antoine Compagnon, y repasa la ponencia que impartirá. Un hombre simpático, pienso. Es posible que él también piense lo mismo de mí. O, más probablemente, que no piense nada en absoluto. Atravesamos un paisaje que me resulta muy familiar, es más, que considero mío. Distingo, entre dehesas y jarales, el parador de Oropesa de Toledo, donde Ángeles y yo siempre hacemos un alto para comer cuando vamos a Hoyos. La tarde declina y el tren cada vez está más cerca del oeste, del lejano oeste.
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