Ángeles siempre ha querido que me dedicara a la horticultura. Desengañada de mi actividad literaria, que ocupa muchas horas y rinde pocos, muy pocos beneficios, preferiría que invirtiese el tiempo en labores más provechosas, como criar lechugas o recolectar tomates, que, al menos, dan para una ensalada. Yo, no obstante, me he resistido siempre a las tareas campestres: prefiero doblar el espinazo ante un libro que ante una mata de berenjenas. Por eso, cuando hoy le he propuesto que visitáramos el Garden Museum, o museo del jardín, me ha mirado con una expresión en la que se mezclaban la perplejidad y la esperanza. Quizá esto signifique que se le han despertado las ganas de desmochar cebollinos, parecía estar pensando. Pero no: el motivo de mi interés era menos pedestre y más erudito: el Garden Museum de Londres alberga la principal colección del mundo de piezas relacionadas con la jardinería —más de 500—, y la jardinería es una de las principales actividades de los británicos, tan común como el cricket, el bridge o la ingesta de cerveza. Además, el museo no está lejos de casa: en el puente de Lambeth, al que podemos llegar en un santiamén con el 344. Así lo hacemos y, en efecto, al cabo de 25 minutos ya estamos ante la puerta. El Garden Museum se encuentra en la iglesia de Saint Mary-at-Lambeth, un hermoso templo fundado en 1062, aunque su torre data del s. XIV y el interior fue ampliamente remodelado en la época victoriana. A su lado se alza el imponente palacio de Lambeth, residencia del arzobispo de Canterbury en Londres, de 1490, con su fachada de ladrillo rojo y sus ventanas de mármol. La colección permanente del museo recoge las herramientas con las que se ha practicado el arte de la jardinería durante más de cuatro siglos. El origen de la actividad es alimenticio: el jardín no era, en un principio, sino un huerto pegado a las casas, que proporcionaba plantas comestibles, en una época en que las plantas comestibles garantizaban la supervivencia de una familia. Con el tiempo, aquel terruño cultivable se fue desprendiendo de sus funciones vitamínicas y acabó por convertirse en un reducto de esparcimiento y placer. Inglaterra, con un clima húmedo que facilita mantener la vegetación y con un amplio sentido de arraigo por parte de la gente, ha desarrollado una pasión singular por la jardinería, que se observa en cualquier casa, en cualquier parque, en cualquier rincón del país. La colección permanente del museo —también hay regularmente exposiciones temporales: la de hoy está dedicada a Russell Page, uno de los grandes diseñadores de jardines del s. XX, autor de los Festival Gardens que presiden el parque de Battersea, y que dijo algo con lo que simpatizo de inmediato, aunque parece mentira que lo haya dicho un inglés: rules are good servants, but not always good masters: "las normas son buenos criados, pero no siempre buenos amos"— incluye objetos curiosísimos: una regadera de barro de finales del s. XVI; una máquina contadora de semillas; un gato-espantapájaros; una cortadora de hierba de 1885; y un anuncio estupendo de la podadora Woolf, de finales de los 60 o principios de los 70, en el que se ve a una joven que ha salido a cortar el césped con minifalda y tacones, radiante de felicidad por disponer de una, mientras su vecino, un señor calvo y con corbata, se inclina, derrengado, sobre la suya, que no es Woolf y, por lo tanto, no funciona. No obstante, los objetos que más nos llaman la atención son los gnomos de jardín. En una vitrina se exhiben unos cuantos, alguno de 1910, otros tallados en hueso, pero todos cortados por el mismo patrón: ropas vistosas, gorrito puntiagudo, barriga simpática, barba blanca. Al parecer, su origen se encuentra en Alemania: allí nació, a principios del s. XIX, la costumbre de colocarlos en el jardín, como elemento decorativo y también para propiciar el favor de la naturaleza. Averiguar su estirpe germánica me decepciona un poco: yo creía que los enanos de jardín los había inventado Walt Disney. Pero no: en realidad, el amigo Walt se inspiró en las tradiciones teutonas para crear a sus enanos de Blancanieves, igual que hizo, por cierto, con el castillo de la Bella Durmiente, que no es otro que el castillo bávaro de Neuschwanstein: se conoce que los antepasados alemanes de su madre influyeron decisivamente en su imaginación. Pero el museo también explica que los enanos de jardín quizá sean una continuación moderna de la tradición romana que consistía en erigir en los huertos y jardines, y nunca mejor dicho, una estatua del dios Príapo, para invocar a la fertilidad de la naturaleza. Es una teoría plausible, aunque no confirmada. La verdad es que los gnomos que vemos en el museo, y los que habitualmente adornan —es un decir— los jardines españoles, tienen pocos rasgos priápicos, es decir, no tienen el rasgo priápico, pero todo puede ser. Nos preguntamos también si los gnomos aquí dispuestos no correrán el riesgo de sufrir algún atentado por parte del F.L.E.J., el Frente de Liberación de los Enanos de Jardín, que tan activo fue en España en décadas pasadas. De momento, no parecen estar protegidos por especiales medidas de seguridad, pero nunca se sabe. En Inglaterra los enanos no gozan hoy de excesiva consideración: no abundan en los jardines privados, alabado sea el Todopoderoso, y se han prohibido expresamente en la Chelsea Garden Show, la principal y más exclusiva feria de jardinería del país. Que en las composiciones vegetales que la reina pudiera admirar apareciese una de estas rechonchas —y disneyanas— figuras, como un zurullo en un prado verde, sería un atentado contra el buen gusto que las autoridades fitosanitarias han declarado interdicto, aunque a mí me cabe la duda de por qué no han decretado lo mismo con los sombreros de la soberana. Los atractivos del Garden Museum no acaban en el edificio de la iglesia. Fuera se encuentra el Knot Garden, un pequeño pero delicioso espacio de flores, plantas y recogimiento, diseñado por la presidenta del museo, la marquesa viuda de Salisbury, cuyo nombre acojona. Es un placer pasear por los arriates de flores, que atienden varios jardineros voluntarios, y sentir la policromía de los olores, el zumbido de los abejorros, la elegante displicencia de las campánulas, la erótica belleza de las orquídeas; también reconozco unos magníficos ejemplares de geranium versicolor y de geranium macrorrhizum. Sin embargo, el jardín no ha dejado de ser, como manda la tradición de las iglesias en Inglaterra, un breve camposanto. Y en este Knot Garden está enterrado nada menos que el vicealmirante William Bligh, el capitán de la Bounty, aquella fragata cuyo motín ha constituido el argumento de hasta cinco películas. En casi todas el capitán Bligh es el malo, pero tan malo no debía de ser cuando sobrevivió a un viaje infernal a Timor, de 6 700 km, sin apenas agua ni alimentos, en el bote en que los amotinados lo habían dejado, a él y a sus leales, a la deriva. Al parecer, su tripulación no compartía su obsesión ni sus esfuerzos por hacerse con el árbol del pan, sino que prefería gozar de las arenas doradas y las nativas más doradas todavía de Tahití. Es comprensible. La tumba de Bligh es una enorme urna de piedra, coronada por un artocarpus altilis. Allí consta que fue "el celebrado navegante que llevó por primera vez el árbol del pan de Otaheite [Tahití] a las Indias Orientales. Luchó con valentía en las batallas de su país, y murió amado, respetado y llorado el 7 de diciembre de 1817, a los 64 años de edad". No estoy seguro de que fuera beloved, respected and lamented por todos, como dice la inscripción, pero queda muy bien. Además, ¿quién lo es?
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 15 de junio de 2015
sábado, 13 de junio de 2015
La creación del sentido
Basilio Sánchez es uno de los mejores poetas de la Generación de la Democracia —su primer libro, A este lado del alba, que fue accésit del entonces prestigioso premio Adonáis, data de 1984—, cuyo carácter, cuyo sentido pudoroso de la literatura y cuyas otras ocupaciones —Basilio es médico en un hospital de Cáceres— le han mantenido, quizá, en un relativo apartamiento, en cierta penumbra, en el mundo de la poesía, aunque su ritmo de publicación haya sido, desde principios de los 90, bastante alto, y todos sus libros hayan visto la luz en colecciones y sellos relevantes: su poesía completa, por ejemplo, Los bosques de la mirada, Poesía reunida 1984-2009, apareció en Calambur en 2009. Da a conocer ahora, en Pre-Textos, este volumen misceláneo, que recoge tanto textos inéditos como algunos otros ya publicados en entregas anteriores. Lo misceláneo está de moda: la mezcla, la hibridación, el fragmento, responden adecuadamente al sentido alineal que han adquirido las cosas en la posmodernidad, que reproduce, si no estoy equivocado, el propio zigzaguear del pensamiento y, a la vez, el reblandecimiento de las certidumbres, la relatividad de los discursos. Pero el desafío de lo misceláneo radica en que no lo parezca, es decir, en que sostenga otra suerte de coherencia, en que se revele como otra forma de lo sólido. Y eso Basilio lo hace a la perfección. En La creación del sentido reúne poemas en prosa, apuntes metaliterarios, entradas de un diario personal, breves ensayos sobre estética, trazos de una poética, fragmentos de unas memorias y pinceladas autobiográficas, entre otros textos de, felizmente, difícil clasificación. Sin embargo, esta multiplicidad de aproximaciones al lenguaje y a la vida —si es que son dos cosas distintas— no se dispersa en una nebulosidad variable, sino que se mantiene firmemente anclada a la realidad de la experiencia (y no me refiero, Dios nos asista, a la escuela poética así llamada, sino a la experiencia vital y a la de la literatura). Tres son las anillas de esta fijeza: la poesía, la reflexión sobre la poesía y la memoria, las tres enhebradas, a su vez, por una prosa firme, educada, elegante. Basilio analiza el hecho de la creación literaria desde su propia experiencia como lector y luego como escritor (así debería ser siempre: leer primero y después escribir, y no al revés, como muchos parecen hacer, o, aún peor, escribir sin leer, ni antes ni después): el arte y la biografía se juntan, pues, para explicar el poeta que Basilio es hoy. En ocasiones lo hace con espíritu introspectivo y, no es de extrañar, hasta científico, y, en otras, con palabras que hablan de la poesía siendo poesía, una poesía que, en su caso, siempre es silenciosa y susurrante, límpida y penumbrosa, despojada pero repleta. Me ha interesado mucho su análisis de la evolución que ha experimentado, desde sus primeras lecturas —las que lo lanzaron a la arena de la poesía— de Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Walt Whitman y Claudio Rodríguez, entre otros autores de voz briosa y proliferante, hasta su descubrimiento de Antonio Machado, que le allanó el camino a un discurso y un tono propios. Escribe Basilio en "El galápago viejo", una de las piezas más interesantes del conjunto: "Desde el principio he querido escribir como si murmurase a alguien al oído, con la cercanía de las confidencias insoslayables y la mayor naturalidad posible, sin destemplanzas ni estridencias. 'Nunca se debería escribir ni una sola frase que no se pudiera susurrar al oído de un moribundo', decía Henri Pichette". La defensa de la mesura y la claridad que hace Basilio no es incompatible con el ejercicio de la complejidad y, sobre todo, con la aceptación de la oscuro —que no deja de ser otra forma de claridad, y aun la más radical— como un elemento más de la psique y las pasiones del alma, como otra dimensión, ineludible y enriquecedora, de la realidad. Su obra reivindica lo diáfano, lo preciso, lo equilibrado, pero sin futilidad, sin desgana lingüística, sin humildad artificiosa, sin ingeniosidades vacuas, sin tópicos. En el enumerativo "Imágenes en un espejo roto", Basilio escribe así: "La ortiga religiosa, la zarzamora mística, el espino sagrado. (...) Las cartas que se pierden en las hospederías, el anillo que se tira a los peces, la loza triturada y la madera reducida a ceniza de los represaliados. La varilla de iridio de los justos, la medida de lo bueno y lo malo. La invención de la lluvia en las cornisas, la capilla del bosque en la que viven hacinados los ángeles, la luz del horizonte reducida a un fulgor, a una piedra que late hasta extinguirse sobre las casas de los hombres...". La creación del sentido es también una reivindicación de la memoria: Basilio Sánchez vuelve una y otra vez a los paisajes de su infancia: a la zapatería que regentaba su padre en la calle Pintores, al pozo de su casa en la que una leyenda decía que se escondía una vasija llena de monedas de oro, a las calles, los parques y los rincones de la Cáceres del último franquismo, a los padres, abuelos y bisabuelos de la familia. Y todo revive con una naturalidad, pero a la vez con una intensidad evocativa, condigna de su pensamiento. Su melancolía, dorada pero domada, nos despierta la nuestra, porque esa es una de las virtudes de la mejor literatura: lo más íntimo de quien nos habla acaba constituyendo nuestra propia intimidad. "Como a la pintura o a la música —escribe Basilio en uno de los esclarecedores apuntes de 'Semillas para pájaros (I)'—, es posible que accedamos mejor a la poesía con los sentidos que con la inteligencia. Y sin embargo, aun de naturaleza esencialmente intuitiva, el poema es siempre un acto de reflexión moral". Es verdad: hasta el poema más irracional es un arrebatado ejercicio de la razón. Basilio Sánchez ha escrito en La creación del sentido un gran libro de poesía y un gran libro sobre la poesía.
jueves, 11 de junio de 2015
50 escritores
Así se titula esta magnífica edición de papeles mínimos, la editorial madrileña, y pocas veces un título describe con tanta fidelidad el contenido de un libro: 50 escritores se han reunido para hablar de otros 50 escritores. La selección, a cargo de la editorial, que dirige Imanol Bértolo, es consciente, y así lo hace constar en una nota introductoria, de que podía haberse decantado por otros autores o ampliado la nómina: 50 es un número tan arbitrario como cualquier otro. Sin embargo, todos los homenajeados —ya fallecidos— forman parte del canon de la literatura occidental: todos representan lo mejor de la literatura contemporánea universal: desde Rulfo a Pasolini; desde Chéjov a Cunqueiro; desde Austen a Woolf; y se agradece, precisamente, que haya muchas más mujeres entre las elegidas de lo que es habitual: Chacel, Dinesen, Ginzburg, Laforet, Martín Gaite, McCullers, O'Connor. También otros habrían podido ser los comentaristas, claro está. Pero me alegro de que sean los que son, diversos en edades, gustos, estilos y sexos. Y celebro, asimismo, encontrar a no pocos amigos: José Luis Cancho, que sorprende con un texto crítico con su escritor, Gabriel García Márquez, cuyas novelas reconoce no haber podido terminar nunca: "demasiada prosa-selva", dice; Sergio Gaspar, que recuerda a Carmen Laforet, nacida en una casa de la calle Aribau, de Barcelona, pero que hizo decir a Andrea, la protagonista de Nada: "De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada (...) la calle de Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí"; Tomás Sánchez Santiago, que aporta una reflexión honda, casi filosófica, sobre el portugués Miguel Torga (del que ayer leía cosas también dichas sobre él por otro excelente escritor, Basilio Sánchez, médico y poeta como Torga); Mercedes Cebrián, que sitúa a Virginia Woolf, ucrónicamente, en el Londres del s. XXI: "¿Virginia, que declaró en uno de sus escritos autobiográficos no saber situar Guatemala en el mapa, cenando en un mexicano de Brixton? ¿Virginia en el mercadillo dominical de Brick Lane, hurgando entre prendas con estampados de los sesenta, ella, que detestaba comprar atuendos y que, por no hacerse con un par de ligas, renunció a tomar el té con Paul Valéry en casa de Sibyl Colefax?"; Carlos Jiménez Arribas, que describe con pictórico vigor el Lübeck de Thomas Mann; José María Cumbreño, que contribuye con un poema sobre el contradictorio Pessoa, aquel autor que "jamás salió de Lisboa. Aunque varias veces llegó al fin del mundo. Y regresó"; Miguel Casado, que evoca sus sensaciones al visitar la casa de Lu Xun en Pekín y leer los textos del antiguo letrado, "saturados de malestar, de una ansiedad casi beckettiana, un mundo donde no se puede vivir. El ahogo es la gente..."; y otros más —Juan Andrés García Román, Kirmen Uribe, José Luis Morante, Juan Marqués, Óscar Esquivias, Angélica Tanarro, Carlos Pardo, Ignacio Escuín...—, que se suman a una relación muy representativa asimismo de la pluralidad de la literatura española actual. Todos los textos son breves: textículos, en realidad, que no superan la página de extensión. Y todos acompañan a —o van acompañados por— los dibujos de César Fernández Arias, de una sencillez llena de ingenio y significado. 50 escritores es una antología radicalmente subjetiva de la literatura mundial. Pero es que no hay, no puede haber, antologías objetivas. El mérito de esta selección es, precisamente, su subjetividad —y su radicalidad—. Lo que yo quiero en un compendio, como en la gente, es saborear la personalidad que lo define, aunque sea tan plural como la de este; lo que me gusta es que tenga un color singular, un aroma especial, incluso unas rarezas y unos errores propios. Las antologías solo tienen sentido —solo enriquecen el panorama— si se dotan de un sesgo particular, si incluyen a gente que nosotros no incluiríamos jamás, si hacen descubrimientos inverosímiles o cometen errores asimismo inverosímiles. 50 escritores es respetuoso con la tradición, pero su aproximación a los autores es intensamente antiacadémica, propia de escritores que bregan cada día con la creación y con la crítica. Los textos están vivos, y eso hace que aquellos de quienes hablan también lo estén. Un ángulo de visión, una escena, un detalle, una idea: eso basta para engrandecer lo mirado. Estos textículos son pequeñas lupas de muchos aumentos y, en no pocos casos, de muchos quilates.
Este es el que yo he aportado, sobre Marcel Proust:
Marcel Proust solo hizo dos cosas en la vida: recorrer los salones de París y escribir En busca del tiempo perdido. Su libro se compone de siete volúmenes y miles de páginas. Acaba cuando el narrador, tras referirnos el laberinto de sus afectos, llega a la conclusión de que, si dispusiera de tiempo, nos referiría el laberinto de sus afectos; de que, si pudiese realizar su obra, nos contaría el discurrir de tantos años, entre los que se dispondrían los hombres como seres monstruosos, como gigantes sumergidos, limítrofes simultáneamente con épocas distantes. Proust, asmático, insomne, murió en el dormitorio de su casa en el número 44 de la rue de l’Amiral-Hamelin, del que ya no salía, envuelto en abrigos y mantas, entre sahumerios que aliviaban la escocedura letal de sus pulmones. Las cortinas estaban siempre corridas y las paredes, forradas con planchas de corcho, para insonorizar el cuarto y que Marcel pudiera descansar. Lo atendía Céleste, la criada, que le servía infusiones y le proporcionaba el recado de escribir que no dejaba de reclamar. Proust escribía, con caligrafía microscópica, en resmas que pegaba unas a otras, en ampliaciones constantes, telescópicas, desesperadas, porque sabía que su muerte era inminente, y no quería que ninguna palabra se quedara por decir, aunque todas las palabras se queden siempre por decir. Proust se murió escribiendo para no morir; se murió escribiendo contra la muerte.
martes, 9 de junio de 2015
Algunos incidentes en la poesía inglesa (o en todas partes cuecen habas)
Recientemente he tenido noticia de algunos casos curiosos ocurridos en el duro, en el áspero mundo de la poesía inglesa actual. Bajo esta capa de hielo que los ingleses despliegan en sus relaciones sociales y literarias, se esconde un mundo tan volcánico como el de cualquier otro lugar, atravesado por las mismas pasiones, debilidades, odios y anhelos —anhelos que se reducen, como los mandamientos del Señor, a uno solo: figurar—. Yo ya lo sospechaba, desde luego, pero ha sido reconfortante descubrirlo con pruebas fehacientes. El primer sucedido es un clásico: el plagio. La poesía inglesa cuenta desde hace algunos años con un sabueso implacable, el Dr. Ira Lightman, cuyo nombre y apellido se corresponden pasmosamente con la función que desempeña, que ha desvelado numerosos casos de apropiación de obras literarias por parte de autores que no las habían escrito. Uno de los más sonados ha sido el de Christian Ward, un joven poeta inglés cuyo poema "The Deer at Exmor" ("El ciervo de Exmor"), con el que había ganado un importante certamen poético, era una reproducción casi literal de "The Deer" ("El ciervo"), de su colega Helen Mort. Si uno compara ambos textos, comprobará que, en efecto, las diferencias se reducen al título, una palabra en el primer verso (un cambio transgénico: donde Mort escribe "madre", Ward pone "padre") y los dos versos finales del segundo cuarteto, en el que se modifican los lugares referidos (River Edge y Bossington Beach en lugar de Ullapool y Rannoch Moor) y el pájaro del que se habla, un halcón peregrino en el de Ward y un martín pescador en el de Mort. No hay más alteraciones en los 18 versos de que se compone la pieza. Llama la atención la desvergüenza de la copia: el poema de mentira está prácticamente calcado del de verdad. Ward no se ha preocupado por introducir las mínimos cambios que le permitieran, en caso de necesidad —como así ha ocurrido—, alegar cercanía, comunidad espiritual o incluso error, y descartar la acusación de plagio. Quizá es que se le acababa el plazo para presentar algo al concurso y no tuvo tiempo de reelaborar el original. Aún sorprende más que la gente se atreva a lanzar desfachateces como esta a un mundo globalizado y digital, donde cualquiera con algo de cultura poética y las armas que proporciona Internet puede descubrir fácilmente la trampa. Para defenderse, Ward alegó lo de siempre: que la copia no había sido intencionada, sino un desliz: estaba utilizando el poema de Mort como base para el suyo propio, pero, por una equivocación en la manipulación de los textos, acabó enviando aquel en lugar de este al concurso. Si la inverosimilitud de la excusa y el reconocimiento de su propia imbecilidad (¿quién, además de Ana Rosa Quintana y Christian Ward, no se da cuenta de que la obra que manda a una competición no ha salido de su mano?) eran ya insuficientes para absolverlo, el engaño se ha hecho más evidente todavía cuando, excitados por este primer hallazgo, lectores e investigadores han destapado una verdadera retahíla de plagios. Al parecer, Ward es un virtuoso de la copia, un plagiador congénito y perseverante. Desde ese fatídico año de 2013, The Yale Journal for Humanities in Medicine, Magma Poetry, Monongahela Review, The Bridport Prize, Readheaded Stepchild y Sixth Finch han retirado poemas de Ward, por ser copias directas, con leves alteraciones textuales, de poemas de otros autores. Ward es, por otra parte, un autor muy presente en revistas, y con varios premios en su haber, pero sin obra conocida. No es extraño que se haya suspendido la aparición del libro que se anunciaba como pendiente de publicación, The Moth House. Es estupendo que la palabra moth, "polilla", aparezca en el título: la polilla se alimenta de la ropa o los enseres almacenados de la gente.
El segundo caso que quiero referir es el de un poema, "Gatwick", publicado hace algunos días por Craig Raine en la prestigiosa London Review of Books. El poema se limita a contar que el protagonista se encuentra, en el control de pasaportes del aeropuerto de Gatwick, a una agente de inmigración que ha estudiado su obra en la universidad, y que después, en el autobús que lo lleva desde el aeropuerto a Oxford, disfruta con la contemplación de una joven sueca de pecho abundante, que viaja con su madre, a la que sospecha que acabará pareciéndose con los años. El poema es malo de solemnidad, propio del peor poeta de la experiencia español. Pero la tormenta que ha desatado en las redes sociales no se ha debido a su calidad, inexistente, sino a la naturaleza de lo expresado: que un hombre mayor —Raine tiene 69 años— explicite su agrado por las mujeres jóvenes, y especialmente por el pecho de las mujeres jóvenes, le ha valido una catarata de insultos, en el que "viejo verde" ha sido lo más suave que ha tenido que leer. La ferocidad de los comentarios —habitual en ese patio de vecinos anónimos que es twitter— oculta una tendencia muy preocupante en las sociedades occidentales, que se agrava, a mi juicio, cada día que pasa: la imposición de censuras ideológicas en la expresión artística, que quizá sea paralela a la que se da también en el ámbito político-cultural. Que un hombre elogie las tetas de una mujer es una grosería inaceptable, que ofende a muchas personas y que, en consecuencia, no se puede permitir que se diga, al igual que afirmar que Mahoma era un caudillo cruel y un misógino contumaz, cuya pugnacidad inspira hoy la de sus sangrientos herederos, hiere a millones de creyentes, y, por lo tanto, ha de ser prohibido. Yo no concibo la literatura sino como el lugar de la libertad absoluta. En la literatura, y en cualquiera de las artes, y también en la confrontación de las ideas, en el debate diario sobre cómo queremos que sean nuestras sociedades, la libertad no debe tener límites: para escribir malos poemas, como el de Raine; para decir lo que se cree, lo que se siente, aunque sea ofensivo o blasfemo para otros (e incluso para uno mismo); para elevarnos, pero también bucear en lo más oscuro del ser, en lo más fangoso de cuanto nos constituye. La vida está llena de restricciones, y está bien que sea así: sin ellas no podríamos convivir. Por eso el arte, el espacio singular del arte, ha de darnos la posibilidad de romperlas todas: de gritar, y confesar, y escupir, y llorar. Lo cual significa, entre otras cosas, que también hemos de estar dispuestos a que nos griten a nosotros, a que nos escupan a nosotros, a que nos salpiquen de barro, a que blasfemen contra lo que nosotros tenemos por sagrado. Nuestra salvación depende de que aceptemos la salvación de los demás, aunque nos repela. Como he dicho, el poema de Raine es lamentable. Pero no lo es que reconozca la pasión carnal que todavía lo mueve, ni la belleza de un pecho femenino, ni el futuro más bien sombrío —para la joven y para él mismo— que le hace imaginar. Si a alguien no le gusta lo que ha dicho, lo que debe hacer es escribir una poesía distinta o un ensayo en el que lo critique o razone su disgusto. Y si una poeta mayor elogia en un poema el culo o el paquete de un joven, lo leeré con mucho interés.
Por último, un caso personal. Una poeta inglesa, y ya examiga, se ha molestado mucho con una entrada que le he dedicado en este blog, y recogido en la selección recientemente publicada en forma de libro, Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España). El hecho de que le haya regalado un ejemplar, cariñosamente dedicado, no le ha hecho pensar que mis intenciones al escribirla no podían ser malas, salvo que yo fuese un hipócrita redomado. En el correo con el que ha cortado relaciones conmigo expresaba su malestar porque yo no hubiera mostrado el debido respeto por un I have to say, generally considered rather distinguished literary track record ("currículo de publicaciones literarias que se considera, en general, he de decir, más bien distinguido"). Obsérvese el understatement, formulado con la mejor sintaxis oxoniense, que esconde, en realidad —y a eso iba—, un overstatement: el de su obra insuperable, el de su calidad impar. El incidente en sí no tiene ninguna importancia: un episodio más de las eternas peleas entre poetas, que se diluirá —que se ha diluido ya, en lo que a mí concierne— en la nada de la intrahistoria literaria, pero sí es revelador de algo que nos aqueja a todos los que nos dedicamos —porque no podemos hacer otra cosa: porque estamos enfermos— a esta tarea agotadora de escribir: una desesperada necesidad de reconocimiento, una vanidad aplastante.
El segundo caso que quiero referir es el de un poema, "Gatwick", publicado hace algunos días por Craig Raine en la prestigiosa London Review of Books. El poema se limita a contar que el protagonista se encuentra, en el control de pasaportes del aeropuerto de Gatwick, a una agente de inmigración que ha estudiado su obra en la universidad, y que después, en el autobús que lo lleva desde el aeropuerto a Oxford, disfruta con la contemplación de una joven sueca de pecho abundante, que viaja con su madre, a la que sospecha que acabará pareciéndose con los años. El poema es malo de solemnidad, propio del peor poeta de la experiencia español. Pero la tormenta que ha desatado en las redes sociales no se ha debido a su calidad, inexistente, sino a la naturaleza de lo expresado: que un hombre mayor —Raine tiene 69 años— explicite su agrado por las mujeres jóvenes, y especialmente por el pecho de las mujeres jóvenes, le ha valido una catarata de insultos, en el que "viejo verde" ha sido lo más suave que ha tenido que leer. La ferocidad de los comentarios —habitual en ese patio de vecinos anónimos que es twitter— oculta una tendencia muy preocupante en las sociedades occidentales, que se agrava, a mi juicio, cada día que pasa: la imposición de censuras ideológicas en la expresión artística, que quizá sea paralela a la que se da también en el ámbito político-cultural. Que un hombre elogie las tetas de una mujer es una grosería inaceptable, que ofende a muchas personas y que, en consecuencia, no se puede permitir que se diga, al igual que afirmar que Mahoma era un caudillo cruel y un misógino contumaz, cuya pugnacidad inspira hoy la de sus sangrientos herederos, hiere a millones de creyentes, y, por lo tanto, ha de ser prohibido. Yo no concibo la literatura sino como el lugar de la libertad absoluta. En la literatura, y en cualquiera de las artes, y también en la confrontación de las ideas, en el debate diario sobre cómo queremos que sean nuestras sociedades, la libertad no debe tener límites: para escribir malos poemas, como el de Raine; para decir lo que se cree, lo que se siente, aunque sea ofensivo o blasfemo para otros (e incluso para uno mismo); para elevarnos, pero también bucear en lo más oscuro del ser, en lo más fangoso de cuanto nos constituye. La vida está llena de restricciones, y está bien que sea así: sin ellas no podríamos convivir. Por eso el arte, el espacio singular del arte, ha de darnos la posibilidad de romperlas todas: de gritar, y confesar, y escupir, y llorar. Lo cual significa, entre otras cosas, que también hemos de estar dispuestos a que nos griten a nosotros, a que nos escupan a nosotros, a que nos salpiquen de barro, a que blasfemen contra lo que nosotros tenemos por sagrado. Nuestra salvación depende de que aceptemos la salvación de los demás, aunque nos repela. Como he dicho, el poema de Raine es lamentable. Pero no lo es que reconozca la pasión carnal que todavía lo mueve, ni la belleza de un pecho femenino, ni el futuro más bien sombrío —para la joven y para él mismo— que le hace imaginar. Si a alguien no le gusta lo que ha dicho, lo que debe hacer es escribir una poesía distinta o un ensayo en el que lo critique o razone su disgusto. Y si una poeta mayor elogia en un poema el culo o el paquete de un joven, lo leeré con mucho interés.
Por último, un caso personal. Una poeta inglesa, y ya examiga, se ha molestado mucho con una entrada que le he dedicado en este blog, y recogido en la selección recientemente publicada en forma de libro, Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España). El hecho de que le haya regalado un ejemplar, cariñosamente dedicado, no le ha hecho pensar que mis intenciones al escribirla no podían ser malas, salvo que yo fuese un hipócrita redomado. En el correo con el que ha cortado relaciones conmigo expresaba su malestar porque yo no hubiera mostrado el debido respeto por un I have to say, generally considered rather distinguished literary track record ("currículo de publicaciones literarias que se considera, en general, he de decir, más bien distinguido"). Obsérvese el understatement, formulado con la mejor sintaxis oxoniense, que esconde, en realidad —y a eso iba—, un overstatement: el de su obra insuperable, el de su calidad impar. El incidente en sí no tiene ninguna importancia: un episodio más de las eternas peleas entre poetas, que se diluirá —que se ha diluido ya, en lo que a mí concierne— en la nada de la intrahistoria literaria, pero sí es revelador de algo que nos aqueja a todos los que nos dedicamos —porque no podemos hacer otra cosa: porque estamos enfermos— a esta tarea agotadora de escribir: una desesperada necesidad de reconocimiento, una vanidad aplastante.
domingo, 7 de junio de 2015
Barça, 3 - Juventus, 1
Ayer, cuando salí a comprar el periódico, me crucé con dos chicos en el parque de Battersea que peloteaban en la hierba, vestidos con la camiseta del Barça. Esto es normal en Londres y, por lo que parece, en cualquier parte del mundo. Las zamarras del Barça son, para los jóvenes del mundo, como las del Ajax —y las de Holanda— lo eran para los de mi generación: un signo de aristocracia, una forma de elevación. También se ven de otros equipos, pero pocas: el Real Madrid, pese a su Champions del año pasado, ha descendido en estimación pública, lastrado por la vulgaridad de su juego, la antipatía que inspiran sus héroes —el insufrible Ronaldo, el mordoriano Mou— y la evidencia de que su proyecto no es futbolístico, sino empresarial: el inefable Flo —el constructor, no el cómico, aunque a veces se confundan— ha hecho de la otrora noble casa blanca un rascacielos sin alma. Cuando vi ayer a aquel par de niños jugando al fútbol en el parque con la camiseta del Barcelona, pensé en mis propias camisetas, de tela, sin brillo, llenas de agujeros, pero dotadas de un aura sobrenatural, que yo llevaba, a su edad, en los partidillos del colegio y las pachangas callejeras. (Eso fue, claro, antes de descubrir lo malo que era con el balón en los pies: por eso me hice —o, mejor, me hicieron— portero). Eran los años de hierro del FC Barcelona: los setenta, en los que el club estaba ya lejos de los éxitos europeos, protagonizados por Kubala y sus húngaros magníficos —Kocsis, Czibor—, y apenas sobrevivía en la competición española a base de Copas del Generalísimo (y aquella Liga del 1974, tras el legendario 0-5 del Bernabéu). Mucha gente no ha llegado a conocer o se ha olvidado de aquellas temporadas grises, amenizadas por algún fichaje pintoresco —un oriundo padre de doce hijos en tres continentes distintos, o un mirlo blanco que prefería volar de noche, por las boîtes (así se llamaban entonces las discotecas) de Castelldefels, que sobre la hierba del Camp Nou—, por algún arbitraje perverso (ah, Guruceta, cuánto te añoramos), y salvadas, en último término, por un triunfo contra el Real Madrid, o por haber aplastado al Español —aunque eso no tenía demasiado mérito: al Español se le aplastaba casi siempre—, o por la conquista de alguna competición veraniega. Hoy los éxitos se dan por descontados, gracias a Cruyff, que transformó, como jugador y después como entrenador, el estilo y la arquitectura del club; a Guardiola, que prosiguió su obra y cuajó un proyecto coherente; y al Mesías Messi, a cuyo alrededor se disponen los doce discípulos: los otros diez jugadores, el entrenador y el utillero. Pero durante muchos años, el Barça fue solo un equipo resistente, que contemplaba, desde lejos, y con indecible pesar, las victorias nacionales y europeas del Madrid. Los aficionados se consolaban pensando que esos triunfos se debían, en gran parte, si no completamente, a la ayuda que el Régimen prestaba al club, con latrocinios de diversa índole —el de Di Stefano y el de Guruceta— u oportunísimas recalificaciones —que, por cierto, también los gobiernos democráticos del PP han aprobado cuando el club blanco necesitaba un empujoncito económico—, y todo eso conectaba con una historia de discriminación del Barcelona, cuyo momento álgido había sido el asesinato del presidente Josep Suñol i Garriga por las tropas franquistas en 1936. Fuese como fuese, el Barcelona era, en mi niñez, un equipo descosido y melancólico, cuyos mejores jugadores se desgastaban en una brega casi siempre infructuosa. Recuerdo, por ejemplo, a Rexac, cuya estampa arácnida no le impedía regalar el balón a los pies del compañero, a treinta metros de distancia, o dejar sentado, con un recorte inverosímil, a un fornido defensor. Rexac es el único jugador del Barça que he conocido —con la excepción, quizá, del argentino Riquelme, otro cansino maravilloso— capaz de despertarse de una siesta y meter un gol olímpico. A Rexac, sin embargo, se le reprochaba su falta de combatividad. Y era cierto: no le gustaba pegarse, ni, sobre todo, que le pegaran. Yo lo entiendo: la vida es demasiado corta para cansarse corriendo o para que te partan los tobillos. Recuerdo un partido contra el Real Madrid en el que Rexac recibió la pelota a la salida de un córner y vio cómo Benito —aquel central que impetraba el favor de la Virgen de los Desamparados (los Desamparados eran los otros) antes de salir al campo, que salía a él como un victorino, y que se pasaba después los noventa minutos rebanando piernas como quien trincha solomillos— empezaba a correr hacia él. Charly no lo dudó: le pasó el balón. Pero Reixac también fue uno de los héroes de Basilea, en 1979, cuando el Barça ganó la Recopa de Europa, el primer triunfo continental del equipo muchos años después de las celebradas Copas de Ferias. No he olvidado el trepidante partido, que acabó 4 a 3, ni el desfile de autocares con culés enfervorizados que volvían de Suiza y que llegaban al Camp Nou por la Travessera de las Corts, donde estaba mi colegio: los saludábamos con el puño en alto, como si hubiéramos conquistado la Luna. Luego, en los Estados Unidos, donde viví al año siguiente, me sorprendió volver a ver el partido retransmitido por televisión: había sido un éxito rotundo, del que hasta los países poco dados al fútbol se hacían eco. Las cosas han cambiado mucho, para bien. Aunque debo admitir que ya no siento las victorias del equipo con la misma pasión. Y no solo porque me haya acostumbrado a ellas (nadie, no obstante, se acostumbra nunca a las victorias, como nadie se se acostumbra jamás al calor: siempre queremos más éxitos y menos temperatura), sino porque mi gusto por el fútbol se ha moderado, y no descarto que llegue a desaparecer. Es, supongo, una consecuencia de la edad: conforme uno cumple años, se siente más desligado de cuanto lo vincula a la existencia de la comunidad. El fútbol es un nexo privilegiado con la tribu: te inserta en ella, te otorga su protección, comparte contigo sus inquinas y sus éxtasis. Y también una potentísima máquina de inmortalidad: ser de un club te garantiza que seguirás existiendo mientras exista ese club (como vio con claridad aquel fan del Sevilla que se hizo incinerar y depositar en una urna, para que su hijo pudiera llevarlo a ver los partidos desde un asiento cuyo abono no dejó de pagar). La madurez y luego, ¡ay!, la vejez te revelan el engaño de este discurso, un trampantojo de la sociedad para mantener anestesiados a sus miembros. La realidad se impone entonces con desmitificadora crudeza: el fútbol es solo un ejercicio simbólico de la violencia, una catarsis colectiva, y también un negocio astronómico del que los aficionados son mantenedores y solo remotísimos e inmateriales beneficiarios. Ayer, cuando Xavi levantaba la Copa, rodeado por todo el equipo, y lanzaba un aullido de júbilo, yo pensé en los neandertales que levantaban las cabezas cortadas de sus enemigos, o del ciervo que hubieran cazado, en señal de triunfo y, sobre todo, de supervivencia. (Aunque también debo confesar que me parece mucho más neolítico el rostro de Sergio Ramos en esas mismas circunstancias, a quien, además, se le habría caído la copa de las manos). Mi relación con el fútbol se ha enfriado, desde luego. Sin embargo, la huella indeleble de la infancia —de mi padre, predicándome las maravillas de un equipo que era, como definiría memorablemente Manuel Vázquez Montalbán, el ejército desarmado de Cataluña— sigue ahí: ayer vi el partido, di saltos con los goles azulgranas, maldije el de Morata (madridista tenía que ser...), superé el dolor de cabeza que me había levantado la tensión del encuentro, y me acosté, reconfortado por la victoria, como después de un orgasmo. Ya en la cama, pensé: "Eres imbécil". Lo había sido, ciertamente; lo soy. ¿Pero quién es capaz de liberarse de esa losa? ¿Quién puede despojarse para siempre de aquella camiseta de tela, sin brillo, llena de agujeros, que nos enfundábamos, aunque fuésemos regordetes y acentuara nuestras lorzas, para creernos, por un rato, Cruyff, Rexac o Neeskens? ¿Quién supera alguna vez los sueños de su niñez?
viernes, 5 de junio de 2015
The UK is not OK
Eso me dijo una compañera de trabajo de Ángeles, una científica extranjera educada en las mejores universidades que lleva veinte años dedicada a la investigación del cáncer. Ha pasado todo ese tiempo en Londres, pero ahora está a punto de marcharse. Los recortes del gobierno conservador de David Cameron —que, como todos los gobiernos conservadores del mundo, pretende reducir el tamaño del Estado para que resplandezca la iniciativa individual, aun cuando muchas personas no estén en condiciones de tener iniciativa; recortes que, pese a ello, deben de haber complacido a sus compatriotas, porque no solo han revalidado su mandato, sino que lo han premiado con la mayoría absoluta— han vuelto imposible mantener su puesto de trabajo, y la mujer ha decidido abandonar el Reino Unido y volver a su país, para proseguir sus investigaciones y reemprender su vida. Algo parecido nos ha dicho otra compañera, también extranjera, del hospital. Lleva muchos años haciendo aportaciones a su seguro privado (que aquí es fundamental para garantizarse un retiro suficiente), y ha reunido el máximo capital que podría alcanzar, es decir, aunque siga contribuyendo, no mejorará ya su pensión. No le compensa, pues, seguir trabajando. Con lo que lleva ya acumulado, la mejor opción, salvo que uno sea workcoholic o masoquista, es dejar el hospital y disfrutar de una jubilación dorada. Pero la mujer tiene poco más de 50 años, y aún se siente útil. Leer el periódico hasta las necrológicas mientras desayuna y pasarse luego toda la mañana dando de comer a las palomas no es todavía a lo que quiere dedicarse hasta que ella misma sea la protagonista de una necrológica. En consecuencia, también esta compañera está pensando en dejar los bártulos y regresar a su país. Aunque podría pensarse que son dos desgraciadas con mucha suerte, ambas situaciones revelan la confluencia de dos elementos muy importantes en la configuración social del país: la retracción de los servicios públicos y, en general, del papel del Estado como garante del bienestar de sus ciudadanos, y la simultánea prevalencia de los mecanismos privados para asegurar ese mismo bienestar (y, a su vez, el paradójico efecto desincentivador de muchos de ellos: una vez asegurado el beneficio individual, ¿para qué seguir aportando al país?). Lo cual supone que, en amplias capas de la población que no se pueden permitir esos recursos individuales, la gente solo goza de una cobertura mínima y, con el gobierno conservador, irremediablemente menguante. Gran Bretaña ha pasado por una grave crisis económica, como casi todos los países de la Unión Europea, pero está saliendo de ella mucho mejor que nosotros. Lo ha conseguido gracias a que su tejido productivo era mucho más sólido —y plural— que el nuestro, al poder financiero de la City, y a que la corrupción, aunque existente, no estaba tan extendida ni resultaba tan corrosiva como la española, que bate casi todos los récords de putrefacción en Europa. Hoy basta con darse un paseo por las calles de Londres para ver, en muchísimos escaparates, anuncios que reclaman personal. Son puestos de trabajo que apenas requieren cualificación profesional: vendedores, camareros, conductores, repartidores de publicidad, cosas así, pero suficientes para proporcionar unos ingresos básicos a mucha gente. El caso de Álvaro ha sido revelador: se apuntó hace cuatro días, por internet, en la bolsa de trabajo de una empresa que proporciona recepcionistas y camareros para eventos y celebraciones; esa misma tarde ya tenía una llamada de la empresa para convocarlo a una entrevista; al día siguiente ya estaba recibiendo la preparación mínima que necesitaba para desempeñar su labor; y al otro, ya estaba trabajando: en un cóctel con el que se conmemoraba el centenario del nacimiento de Tapio Wirkkala, el gran diseñador finlandés. El sueldo es miserable, pero es un sueldo, y también una experiencia. A los estudiantes como él, y también a muchos que ya no lo son, estas oportunidades, sencillamente, les permiten sobrevivir. No obstante, este dinamismo en los estratos más bajos de la pirámide económica no resuelve el gran problema de la sociedad británica: la desigualdad. Un informe de Oxfam, de 2014, revela un dato estremecedor: cinco familias son más ricas que doce millones y medio de británicos, una quinta parte de la población del país. Además, el crecimiento de los ingresos respectivos desde 1993 ha sido mucho mayor en el caso de los primeros que en el de los segundos, es decir, la brecha entre ambos no solo no ha disminuido, sino que lleva décadas aumentando. Las brutales diferencias de renta —y, por lo tanto, también de formación, de salud y de expectativas laborales y, en general, vitales— pueden apreciarse en Londres mismo, donde al esplendor de Westminster y los barrios acaudalados —Chelsea y Kensington, Mayfair, Belgravia— se opone la tristeza de Peckham, Whitechapel o Finsbury Park, entre muchos otros lugares insalubres. Cuando vivimos en Littleborough, cerca de Mánchester, recuerdo las localidades que rodeaban a la gran capital del norte, y que constituían un cinturón de inmigración, pobreza y, en muchos casos, desesperanza, como Oldham o Bury: lugares tristes, grises, difícilmente habitables. De hecho, no he sentido nunca tanta tristeza como paseando por algunos de estos arrabales, cuyo proletariado —es decir, casi toda su población— constituye una masa anónima y vociferante —no hay contradicción en los términos— de gente sin recursos y sin educación, que se da en muchos casos a la bebida —una necesidad que las docenas de miles de pubs de la nación atienden con admirable diligencia— y a la depresión. Aunque la tasa de paro, que no superaba el 6% en febrero de este año, es bajísima comparada con la española, que todavía ronda el 24%, en el Reino Unido hay más de seis millones de parados o subempleados. Y también siete millones de personas que, o son alcohólicos, o acostumbran a beber más de la cuenta, como puede apreciarse en las infatigables hordas de británicos que riegan de cerveza, sangría, vómitos y semen las calles de las ciudades costeras españolas. Las diferencias de clase siguen siendo abrumadoras: los ingleses no han sabido desprenderse de esta visión clasista de la existencia, es más, la han acentuado como forma de singularización y mecanismo de edificación social. Y todo se agrava por este clima gélidamente infernal, en el que hemos llegado a junio sin atisbo alguno, todavía, de tibieza.
martes, 2 de junio de 2015
Los indígenas australianos
La exposición del Museo Británico que visitamos hoy se titula Indigenous Australia. Enduring Civilization, y ya desde su título pone el acento en la resistencia de las culturas nativas australianas. ¿Resistencia a qué? A la hostilidad de la naturaleza y, sobre todo, a la hostilidad de los colonizadores. Esa civilización duradera representa la pervivencia tenaz de un conjunto de pueblos que llevan habitando el continente australiano desde hace, probablemente, 60.000 años, y cuya situación actual no puede entenderse sin las relaciones contradictorias —de cooperación e intercambio, pero también de enfrentamiento— establecidas con los colonizadores británicos. Con la naturaleza —buena parte de la isla es un desierto— los pueblos de Australia también han mantenido relaciones difíciles, pero han sabido hacerlas simbióticas. En la exposición, llaman la atención las pinturas en las cortezas de los árboles —un arte efímero: las más antiguas que se conservan datan de principios del s. XIX—, las joyas de nácar y los instrumentos musicales hechos de maderas autóctonas, como el didjeridoo, sencillamente llamado, en lengua indígena, ngarrriralkpwina. El arte aborigen presenta similitudes con el africano: esquemático y de colores arcillosos, abunda en la representación de serpientes, y no es extraño que lo haga: son comunes en el territorio australiano, y entre ellas se cuenta la taipán, la más venenosa del mundo: su mordedura acaba con un hombre de noventa kilos en cuatro minutos. Es un arte esencialista y absolutamente moderno, en el que la radical simbolización de la realidad alumbra dibujos de una simplicidad fastuosa, policromías hipnóticas. Las muestras de bumeranes revelan también la privilegiada adaptación de los indígenas australianos a sus duras condiciones de vida. Yo siempre había pensado que el bumerán era un artilugio único, y solo un poco más antiguo que el frisbi, pero hoy descubro que tiene 20 000 años de antigüedad, y que hay de muchas clases: los warumungu, una etnia del norte, utilizan uno con forma de hacha, que no tiran contra un animal solo, sino contra muchos —bandadas de loros o patos, por ejemplo—, con la esperanza, o más bien con la seguridad, de abatir a unos cuantos. Las tribus del sudeste, en cambio, emplean el más famoso, el que vuelve al lanzador, pero no como proyectil, sino para imitar el vuelo del halcón: sus presas se asustan y echan a volar hacia unas redes previamente dispuestas; ahí quedan atrapadas y de ahí van a la cazuela. Los yidinji, en fin, recurren a un bumerán cruzado, como un equis, para matar —y comer— murciélagos. La pericia de los indígenas con el bumerán llevó a los colonizadores británicos, a mediados del s. XIX, a constituir solo con ellos un equipo de cricket, que compitió con gran éxito en la Gran Bretaña. Los ingleses son así: cogen una práctica ancestral, la transforman en deporte y cobran entrada para verlo. Los indígenas, como en algunas partes de África, practican también la roza, la quema controlada de los campos, para cazar y regenerar la tierra. Que arda la vegetación no les supone ningún problema: su ecologismo es de verdad; se basa en el aprovechamiento natural de los recursos, y el fuego es uno de los más enérgicos que proporciona la naturaleza. Todos estos mecanismos de supervivencia, toda esta prodigiosa adecuación al entorno, experimentaron un choque devastador con la llegada de los europeos, cuyas consecuencias se sufren aún hoy. La exposición menciona a los navegantes holandeses que pisaron tierra australiana en la primera mitad del s. XVII, aunque la consideraron demasiado inhóspita para establecerse en ella. Sin embargo, omite el avistamiento de esas mismas costas por navegantes portugueses y españoles en fechas tan tempranas como 1522, cuando el portugués Cristóbal de Mendoza llegó a Botany Bay y dejó constancia de ello en un mapa costero parcial pero exacto, escrito en portugués, que todavía se conserva. Por su parte, Luis Váez de Torres, marino gallego o portugués al servicio de la corona española, navegó por el estrecho que hoy lleva su nombre, entre Nueva Guinea y la Península del Cabo York, en octubre de 1606, y debió de avistar también la costa septentrional australiana. Pese a ello, la historia de Australia empieza oficialmente con la arribada de James Cook y su Endeavour, en 1770, precisamente a Botany Bay y la isla Posesión, en el estrecho de Torres, donde reclama la tierra descubierta para la corona de Inglaterra. (Algo parecido sucede en la historia de los Estados Unidos, cuyo origen se sitúa en el asentamiento de peregrinos ingleses en Jamestown, Virginia, en 1607, sin atender al hecho de que el español Juan Ponce de León había desembarcado y explorado la Florida casi un siglo antes, en 1513, ni de que dos terceras partes del actual territorio del país estuvo bajo soberanía española durante tres siglos; y todo ello sin tener en cuenta el pequeño detalle de que las tribus amerindias ya habían descubierto aquella tierra, como los aborígenes de Oceanía la suya, hacía milenios). La primera colonia inglesa en sus nuevas posesiones australes no se estableció hasta 1788, cuando 1 500 personas, entre convictos, colonos y marinos, y casi 800 vacas, se asentaron en Port Jackson, la actual Sidney. Sus contactos con los indígenas no fueron fáciles, sobre todo para los indígenas. La actitud de estos se resume bien en este diálogo entre el teniente Dawes, uno de los oficiales de Cook, y la india Pateyegarang: "¿Por qué los kamarigals [indígenas] tenéis miedo?", pregunta el marino; "por las armas", responde Pateyegarang. Pero no eran solo los cañones y los rifles lo que los atemorizaba: también las enfermedades que viajaban con los ingleses, como la viruela, que causó estragos entre los indígenas. La expansión de la colonización les privó de tierras y supuso un descenso demográfico y, en muchos casos, un arrasamiento cultural. La colonización de algunos territorios, como la isla de Tasmania, constituyó un verdadero genocidio, aunque Indigenous Australia. Enduring Civilization pase de puntillas por él. En Tasmania no solo ha desaparecido el tigre de Tasmania, sino también el nativo de Tasmania, aunque, gracias al National Geographic, y para nuestra vergüenza, seamos mucho más conscientes de lo primero que de lo segundo. Tras muchos años de explotación y enfrentamientos, entre 1828 y 1832, los británicos impusieron la ley marcial en la isla y exterminaron a la población aborigen. Un libro excelente, escrito por un inglés —otro rasgo nacional: son los ingleses los que denuncian las atrocidades cometidas por los ingleses—, The Last Man. A British Genocide in Tasmania, de Tom Lawson (London, I. B. Tauris, 2014), documenta con escalofriante minuciosidad el terrible hecho. Algunos se opusieron con valentía a estos desmanes, como Jandamarra, un líder tribal que combatió tres años a los ingleses en la intrincada región australiana de Kimberley. Pero en 1897 dieron con él, lo mataron, lo decapitaron y enviaron su cabeza a Inglaterra, donde fue exhibida en una fábrica de armas, para demostrar la superioridad de las occidentales sobre las indígenas. Constituido ya el país en 1901, la sección 127 de la Constitución de ese año establecía que, para determinar la población del país, no había que contar a los aborígenes, una disposición que estuvo en vigor hasta 1967. La discriminación de los nativos australianos ha perdurado hasta épocas muy recientes, por medios más sutiles, pero no menos criminales, como el robo de niños, que eran enviados a instituciones como Carrolup, un campo donde se les reeducaba para que se asimilaran a la "sociedad blanca". Extrañamente, tanto este campo como otros que se abrieron en territorio australiano con este siniestro fin, eran administrados por el Protector de los Aborígenes de Australia Occidental: hay que pensar que los protegía de sí mismos, pobres, negros y tontos como eran. La sociedad australiana actual ha avanzado mucho en la protección y el reconocimiento de los derechos de los aborígenes, pero sigue debatiendo estas cuestiones e intentando encontrar una reparación suficiente para tantas injusticias. Exposiciones como esta contribuyen, sin duda, a dar a conocer su cultura y su causa, pero no estoy seguro de que a ellos les gusten: aquí se reúnen objetos arrebatados, elementos desgajados de su cultura, imágenes de antepasados asesinados. También esto, supongo, tendrá que matizarse, o desaparecer, en el futuro.
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