jueves, 16 de julio de 2015

Mis queridos animales


Tenemos un murciélago en el patio. Todos los días lo vemos dormir en un rincón del techo, cabeza abajo. Parece tan cómodo en esa posición como nosotros cuando echamos una siesta. El bicho desmiente toda prevención draculiana: es pequeño y aterciopelado, y Ángeles lo encuentra hasta mono: nos enternece. Claro que no lo vemos con las alas desplegadas ni con las fauces abiertas. Por la noche desaparece. Nuestra noche es su día. No necesita la luz para orientarse: le basta el radar que lleva incorporado. Suponemos que entonces se harta de mosquitos, y nosotros aplaudimos su gula, es más, deseamos que todavía sea mayor. Los mosquitos son siempre una pesadilla, sobre todo para aquellos, como yo, por los que demuestran una cruel e injustificada preferencia: Ángeles está intacta; yo parezco tener sarampión. Este verano hay más mosquitos que nunca, y también muchísimas avispas. Uno no puede regar un seto sin que salgan muchas disparadas, y todo abrevadero, estanque, charca o fangal está siempre sobrevolado por los maléficos himenópteros. Sorprendentemente, no han anidado en nuestras claraboyas. Todos los años nos encontrábamos en ellas varios enjambres, de esa materia como de papel con la que construyen sus casas. Como los insectos son una de las dos especies con las cuales Ángeles ha delegado toda relación en mí (la otra son los empleados de banca), no tenía más remedio que ser yo quien las eliminase. La primera vez que me enfrenté a ellas, lo hice a cuerpo gentil, con varonil apostura. Cuando comprendí, con harto dolor, que un cuerpo gentil era un blanco fácil —y apetitoso— para las avispas irritadas, y que la varonil apostura no las disuadía en absoluto de ensañarse con él, decidí vestirme de astronauta. Me abrochaba una camisa de manga larga hasta el último botón, me ponía un pañuelo al cuello, me calzaba unos guantes de cocina, me protegía los ojos con unas gafas de natación, me cubría con una gorra y, empuñando un bote de bloom del tamaño de un lanzallamas, me dirigía al reducto de los insectos, que se me representaba como una pedanía de Mordor. Veía a las avispas trajinar en sus celdillas, sin sospechar lo que se les venía encima, pero no podía evitar sentirme inquieto, como el comando que, en plena noche, se acerca al búnker del enemigo con sendas granadas en las manos; es más: si no hubiera sabido que Ángeles me esperaba en el comedor, ansiosa por abrazar al héroe que había acabado con aquellos intrusos que amenazaban la paz del hogar, me habría abandonado al pánico y corrido en dirección contraria. Pero había de continuar con la misión: abría la claraboya muy despacio, para que un movimiento brusco no alertara a las avispas, introducía el pitorro del bloom por la abertura y descargaba un larguísimo chorro de veneno en la colmena asesina. Reconozco que aquel era un momento de gran placer, igual que el que debe de experimentar el soldado audaz que ve explotar la bomba de mano en la casamata de los boches. Algunas avispas caían fulminadas; otras, la mayoría, salían pitando, pero heridas de muerte. Yo cerraba de inmediato la claraboya y me regocijaba con su agonía. Luego, cuando se habían apagado las cenizas del incendio químico, volvía al lugar de la batalla y, sin quitarme los guantes de cocina, arrancaba las colmenas llenas de cadáveres y las tiraba al váter. Solo entonces sentía que la misión estaba cumplida. No sé si los murciélagos comen avispas: ojalá. Curiosamente, otros animales que también se alimentan de mosquitos no despiertan en Ángeles la simpatía que los murciélagos: son las arañas. En nuestra casa, llena de maderas y recovecos, se crían muchas, y no es extraño que aparezca una en el lavabo cuando nos vamos a asear por la mañana. Ángeles hasta mira dentro de los zapatos antes de calzarse, no sea que se le haya metido alguna, como si estuviera en el Amazonas. Pero eso no la libra de sorpresas espeluznantes. Ayer, al acostarnos, le cayó una encima. Brincó de la cama como si le hubieran apagado un cigarrillo en un pezón y bailó en el dormitorio como una comanche hasta que se desprendió del animal. Yo esbocé una sonrisa displicente: aquello no podía ser tan horrible. Pero, cuando vi la araña, se me heló la sonrisa en la cara: tenía el tamaño de una mandarina. Hay que reconocer que las arañas de Hoyos pueden ser muy grandes. Quizá por algún extraño vínculo filogenético estén emparentadas con las tarántulas. Y resaltan pavorosamente en la loza sanitaria (y en la piel de las mujeres). A mí me duele matarlas, porque son mis aliadas en la lucha inacabable contra los enemigos comunes, el mosquito y la avispa. He intentado convencer a Ángeles de sus bondades cinegéticas, de los intereses que ambas especies compartimos, de la necesidad ecuménica de combatir a los chupasangres, pero se muestra inflexible. Primero intenté que aceptase que las sacáramos de casa: yo envolvía a la araña en un trozo de papel higiénico y, con mucho cuidado, la tiraba por la ventana. Pero Ángeles no tardó en decirme que la araña había vuelto. Cuando le preguntaba cómo podía estar segura de que era la misma araña, me respondía con la autoridad de un presbítero: «Lo sé: es ella. Tiene sus mismos ojos. Y ocho patas». Ahora, cuando descubre una, no me da ninguna opción: va a buscar el bloom —o, si le queda más a mano, una zapatilla—, me lo entrega en silencio, como el maestro armero rinde el hacha al verdugo, y se sitúa detrás de mí, para comprobar, a resguardo del peligro, que cumplo con mi obligación. La araña muere, en efecto, y yo lo lamento mucho. A menudo, el bicho ya ha perecido, pero sigue pataleando, y eso aún me conmueve más. Luego me queda la penosa tarea de recoger el cadáver y deshacerme de él. No tengo tiempo ni de pronunciar un breve responso: Ángeles me apremia a que lo tire enseguida a la basura o al váter. Sepulto, pues, a la araña en el agua del inodoro como los marineros entierran a sus compañeros en alta mar: echando el cuerpo a las olas, bajo el azul infinito del cielo, con el corazón encogido y la certeza de haber perdido a un compañero inestimable en la eterna lucha contra el mal.

domingo, 12 de julio de 2015

Sócrates y Mérida


Viajamos hoy a Mérida para asistir a la representación de Sócrates en el teatro romano. Nos gustó la experiencia hace dos años, con El asno de oro, de Apuleyo, protagonizado por Rafael Álvarez, el Brujo, y hemos decidido repetir. Esta vez, sin embargo, no la veremos en el gallinero (o como quiera que se dijera «gallinero» en los teatros romanos), sino en la platea, más aún, en la «orquesta», la parte inmediata al escenario. Lo único malo de nuestra visita hace dos años fueron las gradas de piedra, todo lo hispanorromanas que se quieran, pero criminales para las posaderas, que se quedan planchadas, y la espalda, que se dobla como un acordeón. En la orquesta hay sillas, sillas con su respaldo, su asiento y sus cuatro patas, y, recordando nuestra experiencia con Apuleyo, nunca un mueble tan vulgar me ha resultado tan acogedor. Además, el ordenador nos la ha asignado en la fila 1, con lo que no tendremos a nadie delante: un privilegio más. La tarde empieza con algunos contratiempos: cuando llegamos al hotel, el Blue City, ya no está: ahora nos encontramos con el Mérida Palace. Nos preguntamos si nos hemos equivocado de reserva, de hotel o de ciudad. Pero no: solo ha cambiado de nombre. Curiosamente, muy pocos en Mérida lo conocen por el Mérida Palace, ni lo conocían por el Blue City: por uno de esos hábitos onomásticos resistentes a las mudanzas, las catástrofes y hasta las revoluciones, este hotel siempre ha sido el Hotel Emperatriz. Luego, en la habitación, reviso el blog y me horrorizo al encontrar una errata garrafal en la última entrada que he colgado: “hinfladas” por “infladas”. Me apresuro a buscar excusas para semejante pifia –trabajo estos días con ordenadores que no son el mío; “inflar” e “hinchar” están semánticamente muy cerca, y eso ha favorecido el error…–, pero concluyo que es imperdonable, y que soy un idiota: la ortografía ha de respetarse como el código de circulación; una ortografía equivocada hace que lo que se dice parezca también equivocado. Mi exasperación aumenta al comprobar que no puedo (o no sé) corregirla en el móvil en el que estoy trasteando; y en el hotel no tienen ordenador para el público. Habré de buscar un locutorio donde limpiar la terrible mancha. Me esfuerzo por olvidarme de ello a la hora del almuerzo, que resolvemos en el hotel. En el patio, a nuestro lado, vemos a Josep Maria Pou (que en los carteles ha castellanizado el nombre: José María Pou; o quizá se lo han castellanizado) tomarse algo y a Carles Canut leer El Mundo Deportivo. Ver a Critón leer El Mundo Deportivo (y, lo que es peor, seguramente las noticias referidas al Español) me decepciona algo –yo esperaba una actitud más filosófica–, pero no deja de ser curioso. Luego se les unen otro miembro de la compañía y Mario Gas, el director y autor de la obra, que llega envuelto en sombreros de ala ancha y fulares multicolores: muy teatral, como corresponde. Hasta la hora de la representación, hacemos tiempo visitando lugares que desconocemos de Mérida, como el Museo Visigodo, un anexo del Museo Romano, que está justo detrás del hotel, en una iglesia de 1602, hoy desacralizada. Nos atrae aprender algo de los visigodos, ese paréntesis histórico, tan ignorado, entre la larga dominación romana y la no menos prolongada España musulmana. Lo único que sé de los visigodos es que los moros los derrotaron en la batalla del Guadalete en el 711. Qué triste que lo único que perdure de ellos en la memoria de la gente sea una derrota. Yo ni siquiera conozco la lista de los reyes godos, como mi suegra. En el Museo Visigodo no hay nadie, y eso que es gratis: una aburrida funcionaria combate el calor namibio tecleando en una tableta. Las paredes de la iglesia necesitan una mano de pintura. Y ni siquiera los responsables del museo parecen demasiado satisfechos con lo que vemos. En la placa que informa sobre los fondos reunidos, leemos que la colección está «expuesta dignamente, pero sin criterio museográfico alguno», y que las piezas «están descontextualizadas». No se les puede reprochar insinceridad, aunque sí algún descuido ortográfico, un asunto que hoy me mortifica más que nunca: «vio» y «dio» no se acentúan. No obstante, es la colección de arte visigodo más importante de España. A Mérida llegaron los alanos en 409; treinta años más tarde, los suevos; y, por fin, los visigodos, que se asentaron en la ciudad. De la presencia de los pueblos germanos en estas tierras han quedado no pocos restos arquitectónicos: laudas sepulcrales, epígrafes funerarios, representaciones del cordero místico, canceles, cimacios y crismones, y hasta un sumidero hexapétalo, cuyo dibujo es igual al que puede encontrarse, dibujado o xerigrafiado, en las fachadas de las casas de la Sierra de Gata. También contemplamos muchas columnas y pilastras, adornadas con motivos geométricos –cruciformes– y vegetales, entre los que destacan los haces de trigo y, sobre todo, los racimos de uva: aquí se ha producido vino desde el Neolítico y los bárbaros no renunciaron a esa admirable tradición; más bien la cultivaron con ahínco. Frente al preconizado salvajismo de los invasores centroeuropeos, los orfebres visigodos demostraron una gran delicadeza: sus trabajos en mármol son de una finura casi femenina, y ninguna tosquedad se advierte tampoco en la joyería y los ajuares personales conservados. Cuando salimos del Museo, nos encaminamos a la basílica de Santa Eulalia, otro lugar que desconocemos de la ciudad, por la calle homónima. Hace un calor insufrible, que solo algunos friquis o turistas temerarios como nosotros se atreven a desafiar. Lo combatimos refugiándonos en todas las sombras y bebiendo mucho: yo, un granizado de lima; Ángeles, de limón. El ayuntamiento colabora a rebajar el ambiente sahariano rociando agua por las calles del centro. Algunos se sitúan debajo de los minúsculos aspersores porfiando por recibir el polvo líquido redentor. Vemos por la calle algunas pintadas imaginativas: Abaixo o capitalismo. Galiza ceibe!, reza una en un idioma que no parece de la zona; policía + poesía, proclama otra. Yo estoy de acuerdo con las dos. Reparamos en otras manifestaciones del plurilingüismo emeritense: en la fachada cerámica de un antiguo negocio, sabemos de los chocolates Amatller y los jabones Miró. Las jóvenes que pasan semidesnudas por la calle –chanclas, lacónicas camisetas, pantaloncitos minúsculos– me despiertan fugazmente del aplatanamiento que produce el calor. Pienso en Torrente Ballester, cuando, con más de 90 años, vio a una hermosa joven pasar a su lado: «Ah, esto no se acaba nunca», dijo. Le entiendo muy bien. Por desgracia, no podemos visitar la basílica de Santa Eulalia. O sí podríamos, pero no nos parece bien: para hacerlo, hay que comprar una entrada conjunta para todos los monumentos de la ciudad; no se venden entradas para cada uno de ellos. Es, objetivamente, una medida absurda: el ayuntamiento está perdiendo el dinero que los turistas que no puedan o quieran visitar todos los monumentos sí pagarían por visitar alguno o algunos de ellos. A la vuelta al hotel, husmeamos un rato en la librería Martín: yo me compro las memorias de Felicidad Blanc, uno de los personajes más fascinantes de la legendaria El desencanto, y una antología de frases famosas de películas; Ángeles opta, elocuentemente, por un cómic titulado 50 cosas que odio de mi marido. Cuando estamos pagando, musita: «No entiendo por qué se ha limitado a 50…». Ya reingresados al Mérida Palace, pasamos el resto de la tarde en la piscina de infusión, una de esas bañeras en las que uno se mete como una bolsita de té en una taza. No se puede nadar, desde luego –casi no se puede uno ni mover–, pero es agradable estar en remojo y ver, bajo el azul incendiado del cielo, las copas de las palmeras y los tejados de los edificios decimonónicos de la plaza de España, como el ayuntamiento, blanco y amarillo, de 1883, en el que campea una cigüeña, que resiste el calor con el estoicismo de un pararrayos. Ya en el teatro, nos maravilla la magnificencia de las ruinas. La temperatura se ha moderado, y hasta corre una brisa que no abrasa. Desde la fila 1, advertimos el detalle del vestuario y de la interpretación de los actores: con un poco de suerte, su sudor nos caerá en el regazo. Carles Canut sale a escena sin El Mundo Deportivo, y Josep Maria Pou se desenvuelve con la naturalidad y, a la vez, con la majestuosidad de los grandes. Porque lo mejor de este Sócrates son los actores. El texto, centrado en el juicio y la condena del filósofo, no aporta nada que no se supiera ya, e incluso detecto en él algunos errores formales. Añoro aquellos tiempos en que el lenguaje teatral era impecable, un modelo de pulcritud, expresividad y justeza. Un personaje, por ejemplo, habla de «influenciar», un verbo ilegítimo, que ha postergado al más limpio y castellano «influir»; otro «advierte que», cuando no quiere decir que se da cuenta de algo, sino que avisa o previene de algo: debería ser, pues, «advierte de que»; y Sócrates, en fin, afirma que «mi nombre es…», con ese anglicismo estúpido, por innecesario, que está acabando con el más sintético y genuino «me llamo...». Al día siguiente, tras una noche bien dormida, me reúno por la mañana con María José Hernández, de la Editora Regional de Extremadura, a la que llevo mucho tiempo queriendo conocer. María José fue fundamental para que se publicara en la editorial El desierto verde, y me está acompañando asimismo decisivamente en la publicación de La disección de la rosa, la recopilación de reseñas y artículos literarios que está ya en pruebas y que verá la luz en la colección «Perspectivas», si nada se tuerce, el próximo otoño. Charlamos de muchas cosas, casi todas relacionadas con el mundo de la literatura, que a ambos nos apasiona, y luego yo prosigo la charla literaria –y también personal– con otro buen amigo, Elías Moro, con el que hemos quedado para comer. Lo hacemos en el restaurante Yu-Yu (me preocupa el nombre, pero Elías insiste en que no da miedo comer allí, en que allí se come bien), junto al pantano de Proserpina, un embalse también romano, que aún conserva parte de los diques de piedra construidos hace dos mil años. Antes hemos pasado por la otra librería literaria de Mérida, cuya dueña, María, es amiga de Elías, y donde me hago con más libros: él me regala una antología de Aníbal Núñez, y yo me quedo con un poemario de Jerome Rothenberg publicado, hace más de una década, por la añorada colección Germanías. Me gusta visitar estas librerías pequeñas de ciudades pequeñas, porque en ellas suelen encontrarse libros descatalogados, como pecios de un naufragio de papel, o colecciones locales que no llegan a las capitales, o ejemplares de editoriales muertas, que aquí sobreviven como aquellos soldados japoneses de la Segunda Guerra Mundial en las islas del Pacífico, años después de que el conflicto hubiera acabado. En el Yu-Yu damos cuenta de unos bacalos con alioli (nosotros) y de un filete de brontosaurio (Elías, que acaba de volver de Portugal y está ganoso de carne), frente a las aguas plateadas del embalse, que a veces rompe un pez saltarín. Luego cogemos el coche y, con un cansancio taraceado de satisfacciones, volvemos a Hoyos, donde nos esperan nuevas aventuras.

jueves, 9 de julio de 2015

En la piscina natural


En la Sierra de Gata abundan las piscinas naturales. Casi cada pueblo tiene una, o más de una. Los muchos ríos de la zona, alimentados por las lluvias frecuentes y los deshielos primaverales, se represan a su paso por las localidades y se acondicionan para el baño. Ofrecen lo mejor de las corrientes naturales –la limpieza de su origen, la temperatura viva, el paisaje genuino y agreste– y de las piscinas urbanas: el acceso fácil y los servicios adecuados. Algunos pueblos han preferido potenciar el primer aspecto al segundo. Robledillo, por ejemplo, una aldea colgada en la montaña, de magnífica arquitectura popular y no menos espectaculares vinazos serranos, tiene la suya en lo alto del pueblo, donde las casas ya se acaban. Es un aljibe de piedra, de honduras negras, a las que llegan las aguas más frías del mundo. Uno se mete allí y no sabe cómo saldrá; ni siquiera si saldrá. Cada vez que me baño en Robledillo, me siento como uno de esos rusos que se sumergen en enero en un lago siberiano. Yo lo hago en julio, pero no creo que aquellas aguas estén más heladas. Por supuesto, no hay aseos ni vestuarios, así que uno tiene que cambiarse a la buena de Dios, confiando en que ninguna abuela de las que pasan cerca se sienta ofendida por la momentánea exhibición de perendengues (aunque dudo de que lleguen a verlos, porque la gelidez del agua los reduce a la triste condición de cacahuetes). La piscina tampoco tiene bar, pero esta imperdonable omisión se ve compensada por la cercanía de varias tabernas donde puede uno caldearse las entrañas con un lingotazo de pitarra y una ración de excelsa morcilla calabacera. En otros lugares, las piscinas naturales son algo más civilizadas, aunque no menos atractivas. En Acebo, por ejemplo, hay tres, a cuál más apetitosa. A mí me gusta, sobre todo, la más elevada, en la que vierte, puro, intacto, el río Jálama. Tras un tramo recto, en el que se puede nadar holgadamente, la piscina se enreda en una sucesión de hoyas y canchos. La milenaria corriente ha agujereado las rocas y labrado inverosímiles esculturas subacuáticas. Hay que tener cuidado de no dejarse un pie contra alguna piedra cuando se está nadando, y de que no te caiga encima alguno de los niños que saltan de los canchos adyacentes gritando como comanches, pero, con las debidas precauciones, el ejercicio es agradabilísimo. Al borde del agua, no obstante, acechan otros peligros: las pantorrillas y, en general, las partes blandas del cuerpo constituyen un festín para los tábanos, silenciosos como búhos, y a los que miles de años de soportar los coletazos de las caballerías y las vacas, mientras se aplicaban a la dulce tarea de chuparles la sangre, han convertido en los insectos más resistentes de la naturaleza; y la superficie húmeda de las rocas puede ser un pasaporte al batacazo si uno no va provisto del calzado apropiado o, simplemente, no anda con tiento suficiente. A mí me gusta contemplar el paisaje el natural y el humano de la piscina de Acebo. Veo las encinas y los castaños, retorcidos por el calor, y la vegetación amarilla, aplastada por el sol. Veo el azul caliginoso del cielo, casi blanco al mediodía, inmóvil, carbonizado. Veo las libélulas como drones, y la pértiga de los abdómenes acaracolada entre las alas de celofán. Veo tábanos y mato a uno que se había engolosinado con un muslo: necesito varios papirotazos para liquidarlo. La luz nos golpea también a nosotros, como un peso descolgado de una polea. No así el agua de la pequeña cascada que se forma entre las piedras, muy cerca de donde estoy, y que fluye con un gorgoteo arábigo y una suavidad inapresable, como si no quisiera molestar. Hoy no ha venido mucha gente. Ya a finales de julio, y sobre todo en agosto, el lugar se inunda de bañistas y se hace difícil hasta caminar. Pero aún es pronto para el principal movimiento migratorio de la humanidad: el turismo. Un grupo de ancianos, acarreados en excursión, fatigan cervezas al borde del agua. Todos están gordos y llevan sombrero. Familias con muchos niños se alivian aquí de ser familias con muchos niños. Oigo a varios decir «aita»: son los descendientes de los muchos extremeños que emigraron al País Vasco cuando España era una unidad de destino en lo universal. Contemplo, no sin aflicción, la sobrecogedora plasticidad del cuerpo humano: señoras infladas como sandías; señores de barrigas morrocotudas; jóvenes filiformes, estiradas como regalices, casi aéreas; adolescentes tatuados, agujereados, rapados; y tampoco yo, con las flaccideces y engrosamientos de los cincuenta años, luzco como el discóbolo de Mirón. A la decadencia del cuerpo su une la vulgaridad de su evidencia: el chap chap de las chanclas de plástico; la desperdigada arborescencia de los dedos de los pies; las camisetas arrugadas, los pantalones caídos y los botones desabrochados; la morenez grosera; las lorzas pendulonas y los muslos celulíticos; los estampados hawaianos o con leyendas obscenas; las gorras de John Deere o el Real Madrid; las gafas de sol como las del Niño de la Peca; las callosidades, angiomas y verrugas; los felpudos pectorales o, que Dios nos asista, claviculares; el sudor. Todas las deformidades posibles, de la piel o de la indumentaria, se hacen evidentes en este frenesí de la desnudez que son las piscinas en verano. Me consuelo volviéndome a tirar al agua. Nado con brío hasta el otro extremo de la piscina, sorteando a los inevitables niños intrépidos, alguno de los cuales bucea por debajo de mí, como si yo fuera una ballena y él, el delfín que la escoltara. Salgo del agua y voy al bar, en cuya terraza me he tomado muchas claras y he leído muchos libros. Lo regenta un argentino que me recuerda extraordinariamente a otro argentino que conocí hace años en Barcelona. Pido una clara y saco la antología de poetas beats que acaba de publicar Bartleby. Oigo todavía los gritos de los niños y de los pájaros: los primeros rugen de felicidad; los segundos, de exasperación. Me ronda una avispa, de las muchas que martirizan al pueblo este verano. Distingo una nube en el cielo, escuálida: el sol la ha chupado hasta los huesos. Empiezo a leer.

lunes, 6 de julio de 2015

Algunas cuestiones gastronómicas

El otro día comí en un bar-restaurante de Battersea, The Source. Había quedado allí con Sara Caba, la dueña de Battersea Spanish, un centro de idiomas muy activo del barrio, cuya vertiente literario-cultural quiere potenciar con una revista y más talleres de creación. The Source está en un lugar privilegiado, junto a los canales del Támesis: desde la terraza se ven los barcos de los residentes, y se oyen su chapoteo enmaromado en el agua y los graznidos, estridentes pero extrañamente amables, de las gaviotas. Además —y, de nuevo, extrañamente—, hacía calor, y el sol reverberaba en la superficie del río y en el ondular del aire. Como era la hora de comer, pedimos la carta. El dueño —un tipo joven y calvo— nos la trajo y nos informó, al mismo tiempo, de que también disponían de un set menu por 13 libras. El set menu es lo que en España se llama, sencillamente, menú, aunque suele estar mucho menos surtido que este: solo incluye un entrante y un plato principal. No obstante, por algunas libras más se puede añadir un postre. Las bebidas, el pan, los impuestos y la propina (que es semiobligatoria, y llega a un brutal 15% en algunos sitios) se cobran aparte, con lo un set menu completo puede costar tranquilamente veintipico libras, alrededor de 30 euros. El set menu de The Source incluía aquel día gazpacho —de cuya composición el camarero se creyó en la obligación de informarme: "una sopa fría de verduras", dijo, con asepsia profesional— y filete de cerdo. No soy aficionado a comer comida española fuera de España, para evitar la decepción y hasta la indignación, pero ese día no quería enredarme con la carta y me picó la curiosidad por saber cómo preparaban el gazpacho los ingleses. Y vive Dios que mi curiosidad quedó satisfecha. Para empezar, era el gazpacho más pequeño del mundo. Servido en un cuenquito de sake o similar, debería calificarse, en rigor, como una tapa de gazpacho. Lo acompañaba, además, una —esta sí— gran rebanada de pan, para compensar la insustancialidad de la sopa, supongo. Los ingleses comen pan con la sopa y han razonado que, si el gazpacho es una sopa, hay que acompañarla con pan. Yo la desmigajé y la eché en el caldo, aunque cupo poco, porque cabe poco pan en una microtaza. Lo peor, no obstante, no era la cantidad, que haría reír a cualquier hispano o asimilado, sino la calidad: aquello era un engrudo azafranado, sin rastro de tomate, y con un sabor indescifrable. Me lo tomé por mera necesidad de ingestión, no por placer alguno. El filete de cerdo no discrepaba del gazpacho: también era minúsculo y también era espantoso. El cerdo del que había salido debía de ser contemporáneo de los que criaba Pizarro antes de hacer las Américas. Por supuesto, me abstuve de pedir postre. La pijería del local chirriaba con su cocina. La cerveza la servían en un frasco donde uno pondría más bien chinchetas o clavos; el azúcar yacía en una cajita de metacrilato, apta quizá para los clips del escritorio; y, lo mejor, la cuenta te era administrada dentro de un libro viejo, donde uno ponía también, claro es, el dinero. Me gustó la idea del libro: fue lo único que me gustó de The Source. Esta es una situación que se da con frecuencia en Londres: locales de mucho aparato —y mucho precio—, llenos de detalles guays, ofrecen bazofia para comer. La presión tremenda de los precios se nota en todo: en las cantidades, reducidas hasta lo insignificante, y en la calidad, que no responde ni siquiera a una medianía digna. The Source, como tantos otros locales de la ciudad, estropea una ubicación envidiable con una cocina infame.


Cerca de casa abrieron hace poco un restaurante español, más aún, barcelonés: La Boquería. Y, aunque, como ya he dicho, no nos prodigamos en los comederos españoles, decidimos darle a este una oportunidad. Comprobamos que la calidad es allí suficiente —entre otras cosas porque tanto el dueño como casi todo el personal son españoles—, pero la cantidad sigue siendo el punto flaco. Mi pan con tomate consistía en dos tirillas de pan de cristal que uno devoraba como si fueran gominolas. La tabla de embutidos incluía sendas rodajas de chorizo y salchichón que, si fuese fumador, habrían dado, enrolladas y llenas de picadura de tabaco, para un par de pitillos. La tortilla de patatas era un triángulo equilátero que, si llega a ser un poco más pequeño, desaparece. Se lo dijimos al camarero, que era de Sabadell. Nos reconoció que las raciones no eran muy abundantes. La cuenta, en cambio, era abundantísima. En La Boquería se constata esa tendencia anglosajona que consiste en considerar la comida española, incluso la más sencilla, la más popular, cocina exótica. Las tapas parecen exquisitas combinaciones traídas del otro extremo del mundo. El pan con tomate y los embutidos son invenciones casi tan extrañas como los cucuruchos de chapulines en México o la tarántula a l'ast brasileña. El gazpacho es una sopa fría de verduras para cuya elaboración hay que haber estudiado todos los manuales de gastronomía mediterránea (aunque sin demasiado provecho todavía, por lo que he podido comprobar). La cocina española en Londres me hace sentir africano, pero africano rico, porque pagarla requiere un billetero abultado.

He vuelto a España confiado en comer mejor —y más barato— en los restaurantes, pero la vida consiste en que toda confianza se vea frustrada. Ayer, viajando hacia Extremadura, hicimos parada en Fraga para comer. Ya lo habíamos hecho en otras ocasiones. El restaurante Casanovas, en la misma carretera, ofrece un menú aceptable a un precio también aceptable. U ofrecía. El Casanovas es uno de esos locales pensados para bodas y bautizos que, cuando nadie ingresa en la grey del Señor o se casa, se reconvierten en mero local de comidas. Los camareros visten chaleco y pajarita, y los maîtres, trajeados, te atienden con acento de Fernando Esteso. En los amplísimos salones, los espejos multiplican tu figura y te permiten ver tu propia figura llevándote el tenedor a la boca desde ángulos insólitos. Todo es grande y alto y luminoso y vacío: uno de esos lugares que perseguían el esplendor en los años 70 y a los que, medio siglo después, el esplendor se les ha caído encima. La comida de ayer fue un horror: unas alubias de bote, demasiado saladas, flotando en un agüilla sin cuajo ni sabor, y entre las cuales uno alcanzaba a descubrir, si tenía suerte, algún mejillón también insípido; una dorada seca, destripada, llena de espinas y vacía de guarnición; y un flan de melocotón amarillo que, contra lo que su poético nombre sugería, tenía más de natillas que de flan (y de melocotón). Lo único que me consoló es que este bodrio habría costado en Londres cuatro veces lo que costó en Fraga. Pero es un triste consuelo.

La buena noticia es que hoy, en Madrid, he desayunado en un bareto del barrio de Salamanca un café con leche humeante, un zumo de naranja recién hecho y una caracola tierna como el beso de una novia por tres euros y veinte céntimos. No quiero ni imaginarme lo que habría pagado en un local como The Source. Habría chillado como las gaviotas.

jueves, 2 de julio de 2015

Impersonal, de Ángel Cerviño

Ángel Cerviño acaba de publicar el poemario Impersonal en la editorial Amargord. Celebro la aparición de este nuevo libro de Ángel y reproduzco a continuación una versión abreviada de mi prólogo en él:

Ángel Cerviño es un poeta necesario: alguien que no se pliega a las pautas ni a las convenciones, sino que concibe el poema como un espacio de libertad, en el que todo cabe, en el que todo puede y debe ser dicho, y donde los códigos y las expectativas tanto del lector como del propio escritor se subordinan a los azares de las palabras a su ensamblaje prelógico y al derramamiento psíquico de quien las aúna. Ya en sus dos poemarios anteriores, El ave fénix solo caga canela (y otros poemas), que obtuvo el premio de poesía «Ciudad de Burgos» y fue publicado por DVD ediciones en 2009, y ¿Por qué hay poemas y no más bien nada?, que vio la luz en Amargord en 2013, su propuesta desafiaba los reglamentos con una radicalidad insólita. En Impersonal volvemos a apreciar, con un perfil más aguzado, si cabe, esa insumisión constante a las predilecciones de la dicción establecida y el consecuente surgimiento de otra expresión, abrasiva, abrasada, regida por un orden que se define por su propio quebrantamiento, por su propio desleírse pero más fiero aún, si bien se mira, que el que gobierna la palabra común. Puede atribuirse esta voluntad de ruptura al espíritu de vanguardia que anima a Impersonal y, en general, toda la obra de Ángel Cerviño. Un espíritu que tiene plasmaciones concretas: la ilación irracional, la génesis analógica del sentido, el gusto por el neologismo, los juegos tipográficos a veces, levemente caligramáticos, la omisión de la puntuación y el objet trouvé que constituye un homenaje expreso a los surrealistas. Sin embargo, aunque este utillaje forma parte de la caja de herramientas de la poesía contemporánea y de sus modalidades más transgresoras, no agota el esfuerzo de transformación invertido en el poemario, ni lo explica con justicia.

Impersonal se compone de movimientos primarios del lenguaje: acumulaciones, encrespamientos, remolinos, ecos. Cuanto integra sus poemas no son tanto mensajes, esto es, enunciados, como espasmos verbales o brotes lingüísticos: coágulos o artefactos que brotan en la página por la deflagración —imprevista, pero no por ello impensada— de un contenido de conciencia. El músculo del lenguaje se revela desprovisto de todo propósito que no sea su propia contractura y su inmediata distensión: late como otro corazón, con sístole y diástole desgoznadas. Los poemas de Impersonal se configuran, así, como estallidos elocutivos, como súbitas cristalizaciones de energía oral, escuetas, resquebrajadas, sin otros asideros que su mero estar, que el gozo y la perturbación de su advenimiento. Este es uno de los rasgos principales de este libro y de toda la poesía escrita hasta el momento por Ángel Cerviño: en sus poemas no se hace pie; uno flota solamente en el plasma de la voz, en la perturbadora amniosis de su presencia. La negación de lo previsible, en Impersonal, se cimienta en la persecución del envés: de eso otro —la otra orilla, la otra luz— en que se intuye el núcleo de la vida, o su renacimiento. Las citas iniciales son elocuentes: en una se nos insta a que, si el lobo nos alcanza y nos devora, saboreemos al lobo; la segunda, de Lorenzo García Vega, el extraordinario poeta cubano, es una pregunta: «¿Es que todo es reverso?». Sí, en Impersonal todo lo es, o aspira a serlo. Y sus poemas no tardan en decirlo: «Traducir al envés es deseo / ¿beso de manco? / ¿palmada de ciego?».

Pero el primero que ha de hacerse otro, para que la otredad sea creíble y nos empape, y para que podamos, en consecuencia, descubrir nuestro yo oculto o inimaginado, es el autor. Por eso su voz practica, a lo largo de todo el libro, un juego incansable: el de velarse multiplicándose. Se afirma al principio, pero no es una afirmación real: lo hace para que el poema subsista per se, para que sea el recinto impersonal del discurso; el poeta se dice para apartarse: «el autor (aparte):/ -el abuso del asíndeton no convertirá en poema un enunciado». Ahí se distinguen las dos entidades: el texto y quien supuestamente lo crea: diferentes, separados, incluso contradictorios. La voz se convierte entonces en las voces: discursos que confluyen a la vez que divergen. En algunos poemas, las cursivas señalan a otros hablantes; en muchos de la primera parte, «Margen», las notas a pie de página sugieren una labor de edición del texto, aunque sean también apéndices de los poemas, prolongaciones que los complementan o desmienten —desmentir es también dialogar—, y en esas notas caben asimismo discursos ajenos: comentarios de texto, notas del editor, transcripciones de infolios judiciales, anexos, falsos diarios. Todo presenta un matiz de delirio. Cualquier previsión se incumple, exactamente como Cerviño —o quien hable por su boca— insta a que suceda en «Rueda»: «que cualquier previsión se incumpla». Lo esperable se sustituye por lo extraño, o, dicho acaso con más justeza, lo extraño se incrusta en lo esperable (...).

Sin embargo, la pluralidad libérrima de Impersonal, sus acentos fractales, su crepitante desarticulación, no obedecen a un empeño nihilista, sino a un propósito bien definido; un propósito que Ángel Cerviño ha consignado en sus páginas, aunque nunca con obviedad: la obviedad es lo contrario de lo poético. En la tercera parte del volumen, «Lagar» (...), Cerviño define a uno de los personajes de la obra como el «autor secreto del exitoso libelo Manifiesto contra la expresividad personal». Y no es descabellado suponer que esta caracterización, tan congruente con el título del libro, define oblicuamente su objetivo. Impersonal es la negación de una voz singular y la afirmación de una voz colectiva, que pertenezca a todos por no pertenecer a nadie, que no excluya a nadie por ser inconfundible con los sentimientos o el habla de un solo individuo. Impersonal es una voz que se divide, se transforma o se anula en una diversidad de voces sin sustancia única, sin identidad definida, vehículo de la totalidad aleatoria del lenguaje, espacio, a su vez, del turbulento oleaje de la conciencia. Su dificultad es también su abrigo; su rareza, su acogimiento. En ellas cabemos todos, porque todos participamos de esa explosión de asociaciones y silencios; porque esta voz carece de dueño, o más bien porque esta voz es su propio dueño. 

No solo en «Lagar» revela Ángel Cerviño claves de su poética, que explican sus aspiraciones y algunos de sus mecanismos expresivos. En «Human verification…» (...), «el yo lírico se mueve en círculos a la manera pugilística / tiende a desdoblarse tras cada revuelo // acumula mutismo en su faltriquera / toma en préstamo —hace suyos— los gestos reglados del neófito». El pasaje es diáfano: movimiento, asedio, desdoblamiento, silencio, apropiación. A eso se entrega el que nos habla en —o desde— el poema. No a un flujo pautado, a una percusión regular, a una construcción que conozca el consuelo de la costumbre y el ritmo, sino a una busca, entre puñetazos, de lo lateral, lo ajeno, lo impropio. 

En el poema siguiente, «Cómputo de modales y arreos», «los vocablos acuden en tropel a los reclamos / sintáctico se encrespa el oleaje / sube la marea léxica y no se hace pie en el poema». Otro dinamismo nos asalta aquí: el de un vocabulario que se precipita a la llamada del lenguaje; el de un tumulto verbal legislado por el acto de decir, del mero decir desnudo, privado del consuetudinario caparazón emocional, para que eclosione otra emoción, fría y estruendosa. También la sintaxis se alborota, candente de colisiones y resonancias. Ambos, léxico y sintaxis, se traban en un combate —o un baile— de mutuas excitaciones y desenlace incierto. (...)

Pero es en el poema «Hebra», de la segunda parte del poemario, «Rótula» —significativamente, una articulación—, donde más extensamente ese yo lírico que pelea consigo mismo, y con el lector, descubre sus principios: «se tienen fundadas sospechas acerca de que pudiera el significante estar trabajando / en secreto y a tiempo parcial / por cuenta del inconsciente / siempre ladino este / aprovecharía para sus disfraces los restos sonoros de aquel / el exceso de goce que distrae la adecuada gestión del contenido / y todos los excedentes rítmicos que enmarañan la circulación de sentidos y aproximan el decir al canto / así burla controles / siembra de dudas la trastienda…». Entre frases hechas, que conjuran el peligro del confesionalismo, Cerviño reconoce el peso del inconsciente en la gestación de los poemas. También alerta de los peligros de una poesía cuya melodía trastoque o deforme el mensaje: un mensaje que es, y ha de seguir siendo, turbio y cristalino a la vez, como conviene a lo nacido en lo oscuro, o en lo indeterminado. Se trata, en definitiva, de sembrar dudas y burlar controles: lo sujeto a otras reglas de conocimiento, a otras formas de comprensión, desafía al pensamiento común, y lo desacomoda; y los controles —los que establece el lenguaje ordenado, que configuran una realidad impuesta— existen para ser burlados: en esa chanza radica nuestra única forma de acceder a una realidad distinta.

Para sustentar el edificio líquido de Impersonal, a esta dimensión teórica, diluida en la urdimbre de los versos, Ángel Cerviño añade algunas recurrencias. A veces, se reconoce un entorno, o, si se quiere —aunque el término sea vulgar y, por lo tanto, inexacto—, un tema. En «Contradanza de ida y vuelta» aparece el mar, al que el poeta asocia, en una nota a pie de página, «el latido subacuático de la madre»: los fulgores oceánicos son también placentarios; el agua del mar es el agua primigenia, el agua de la vida. (...) Y otra composición, «A sabiendas», describe una escena de circo, en la mejor tradición ramoniana y dadaísta. Lo perturbador de estas piezas no es su objeto, más o menos reconocible, sino el hecho de que convivan con otros poemas al pie, con los que no parecen guardar ninguna relación referencial —al menos, explícita—, pero que, sin embargo, forman parte de ellos. Esta existencia bífida genera una dislocación, una esquizofrenia transitoria, que niega la claridad y estorba la comprensión. Pero esta resistencia a lo inmediatamente inteligible supone, como todo en Impersonal, la reivindicación de otra inteligencia: la que se desprende de toda adherencia de sentido y persigue un sentido prístino, un significado desnudo, como una mano que redescubriera el tacto rozando una plancha vacía o una lámina de hielo. (...)

Hay que subrayar que en Impersonal no solo se manifiesta alguien cuya intención consiste en deshacer las expectativas para crear una realidad nueva, un espacio, entrecruzado por asperezas eléctricas, en el que el lector desarrolle otro estar con el lenguaje y, por lo tanto, consigo mismo. En Impersonal radica también un poeta vigoroso, buen conocedor de los mecanismos convencionales de la expresión, y muy capaz de dotarlos de un contenido pleno: de renovarlos en cualquier página. Las imágenes exhiben, a menudo, una potencia admirable: «el ungido vivaqueó en su calavera por un tiempo»; «anegadiza res de aliento / labio-lirio del valle»; «desdentado se enjambra el viento».  (...) A veces, los poemas, o fragmentos de los poemas, resultan hasta figurativos, como la nota a pie de página de «Orden del día», donde nos parece estar leyendo, bajo la forma de un falso diario, un brevísimo fogonazo autobiográfico de un soldado: «en los cuarteles enjalbegados los oficiales pasan revista a unas armas relucientes, los soldados saludan enteros, con el pelo recién cortado y cartas de amor bien plegadas en el bolsillo del tabardo…». 

La sección «Lagar», que cierra el poemario, tiene un interés singular, por cuanto hace explícita la impersonalidad perseguida, y basada, no en la ausencia de la personalidad, sino en su expansión interminable: en la pluralidad de registros, en las voces apócrifas, en la batahola de yos. «Lagar», entre poética y dramática, signada por el polimorfismo y la polifonía, reúne, «por orden de desaparición», y con retranca evidente, al autor, al ensamblador omnisciente, al yo lírico, al yo lírico suplente, a otro yo que pasaba por allí, al editor —al que imagina refractario al texto y dedica una irónica pulla— y a una serie de personajes indeterminados, pero que añaden acciones, intenciones o desvíos al texto. Ángel Cerviño se desdobla, se multiplica, se deroga, para construir un texto destructivo, que en su propia implosión dibuja un espacio invulnerable. El estallido de Impersonal crea otra solidez. La poesía de Impersonal renueva el desafío de la poesía.