martes, 3 de febrero de 2015

Habitación en W

Álex Chico acaba de publicar su cuarto libro de poemas, Habitación en W, en La Isla de Siltolá, tras La tristeza del eco (2008), Dimensión de la frontera (2011) y Un lugar para nadie (2013). Como se ve, Álex mantiene una regularidad extraordinaria en sus entregas: cada dos o, como mucho, tres años nos regala un libro. Su ritmo es pausado, pero constante: un indicio de su dedicación cabal a la literatura, que trasluce una creencia no menos cabal en ella como forma de salvación, o, al menos, de consuelo. Llama también la atención el título. La W está presente en la historia de la literatura gracias a George Perec, cuyo W o el recuerdo de la infancia narra el singular estado en el que viven los habitantes de W, una remota isla de la Tierra de Fuego -novela que cabe considerar inspiradora del libro de Álex Chico, que es también la descripción de una distopía y, al mismo tiempo, la recuperación de un espacio mítico; el escritor francés, además, es homenajeado en el poema "Con Perec, en Marheinekeplatz"-. Pronto, no obstante, se sumará a este escueto catálogo W, el nuevo poemario de Javier Pérez Walias, al decir de Juan Carlos Mestre, el mejor poeta visigodo de España. En Habitación en W confluyen los dos ejes, paradójicos prima facie, pero en realidad íntimamente trabados, en torno a los cuales ha girado hasta el momento la poesía de Chico: la quietud y el tránsito. La primera es una inmovilidad contemplativa: la de alguien que no encuentra demasiadas razones para estar en el mundo y que, desde la reclusión de un cuarto observa, a menudo por una ventana, la pesantez de las cosas, la anodinia de los rincones, la gravedad insignificante de cuanto se extingue a su alrededor, el tedio de todo. Este mismo marasmo existencial le lleva a adentrarse en sí mismo, como forma de sobrellevar la grisura circundante, y entonces recuerda, imagina, escribe. Un segundo polo de atención se abre en ese momento: el recorrido por los mundos conocidos, entrevistos o rememorados, que es, a la vez, un viaje físico y un viaje metafísico. Lo que singulariza la poesía de Alex Chico es ese contraste -esa catacresis- entre lo irremediablemente detenido y lo incensantemente transitado: el viaje como averiguación, como redención, como vuelo, aunque quien viaje no se mueva de una habitación escueta y sombría. La última sección, compuesta por un único, y excelente, poema en prosa, se titula precisamente así, "Habitación". Pero otro poema es "Definición del viaje", y por las páginas de Habitación en W circulan muchos viajeros y se abren numerosos paisajes: "Heinrich Mann abandona Berlín" o "Il ritorno in A". Este viaje es, con frecuencia, literario: el que ha protagonizado un escritor admirado o el que se describe en un libro leído con placer; y también el viaje que el poeta emprende con los versos: hacia sí mismo y hacia todas partes. Habitación en W es un poemario metapoético: la literatura es un viaje infinito que presta su espacio -sin nubes, con sombras- a los solitarios, a los aprisionados en una realidad difícil de comprender, a los encerrados en un cuarto desde el que perciben, como un timbre muy lejano, la vibración de las cosas, el trepidar de un mundo que se resiste a ser desvelado. En Habitación en W, la escritura se revela como el punto de unión entre esos dos extremos del ser: la conciencia radical del aquí, imperturbable, en el que el vacío carcome la percepción, y la voluntad indomeñable de la fuga, la actividad o la rebelión. El poeta, o sus personajes, o los autores a los que invoca, pasean por calles innumerables, por ciudades que son las suyas -y también las nuestras-, y pronuncian, con sus pasos en el aire, palabras que nos desasosiegan y nos serenan: son exploradores y prisioneros, navegantes y cartógrafos; son caminantes y son nada.

Esto dice el poema "Habitación":

Formo parte de una habitación. Todo sucede en ella. Formo parte de una habitación y soy lo que queda en cada uno de sus ángulos y rincones. Soy lo que aún permanece porque no me abandona. Nadie, en el fondo, abandona una habitación Pertenezco a un lugar con cuatro puertas que conducen a una nueva sala. La misma, siempre. Soy una habitación a la que busco un significado. Así nos engañamos y logramos sentirnos menos solos. El miedo inventa nombres para distraerse.

Una habitación es suficiente. Para vivir otra vida. O para sumar algo más de vida a la vida. Mi mundo es un misterio de habitación cerrada. Un palacio de cristal, inmóvil y variable. Una doble puesta en escena. Un territorio vacío, porque carece de cuerpo aquel que la ocupa. Tampoco yo tengo cuerpo cuando la habito. O lo tengo y no lleno con él ningún espacio.

Me basta con saber que existe una habitación capaz de albergar a tanta gente. A la vez. Uno a uno. Los observo por el ojo de la cerradura y dialogo con ellos en ocasiones. La habitación reproduce el silencio de quien nos habla en otra parte. Así responde la habitación, con el ruido de pasos que aún la cruzan de uno a otro extremo. Con su quietud al simular que han comenzado a vaciarla.

No soy más que una habitación. Desconozco los motivos que me han conducido a ella. Tal vez no necesite respuesta alguna. Tal vez, me digo, tampoco yo sepa dársela. Ignoro por qué una habitación y por qué sería peor si no existiera. Una habitación que comienza a desaparecer cuando estoy dentro y escribo.

Quizás ya no quiera ser más que una habitación, invadida y solitaria.

Sin poder salir de un lugar que alguien, una vez, llamó W.

lunes, 2 de febrero de 2015

Un poco de ego

En estos últimos meses he tenido el placer de aparecer, como poeta o traductor, en varios medios digitales, gracias al interés de algunos amigos y lectores. Y, aunque me da no poco pudor practicar el autobombo, no puedo dejar de reconocer que semejante acumulación de atenciones ha masajeado notablemente mi vanidad, siempre necesitada -como todas, en realidad- de mucha quiropraxis. Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a hacer mención aquí de esas noticias, para que a quien le apetezca pueda conocer un poco mejor mi obra poética, mis trabajos de traducción o mi visión crítica de la literatura actual. También será una manera de dar públicamente las gracias a los responsables de los medios en que han visto la luz.

Hace un par de meses Uno y Cero Ediciones, la editorial digital dirigida por Teresa Garbí, tan activa en la recuperación de libros inaccesibles o descatalogados como en la difusión de nuevas obras merecedoras de atención, me invitó a sumarme con algunos poemas a sus "firmas invitadas". Lo hice con gusto: "Elogio del jabalí", de Insumisión, un fragmento de Dices y dos décimas de Décimas de fiebre aparecen en http://unoyceroediciones.com/eduardo-moga-2/.

Más recientemente, el poeta Juan López-Carrillo, amigo antiguo y grande, ha querido que me sumara a la concurrida sección de "Poetas amigos" de su página web, y también a ello me he prestado. En esa página, Juan no solo expone una amplia muestra de su obra, más aún, de su vida, sino que también orquesta un magnífico homenaje a la amistad, y lo hace como pocas personas que yo conozca, con tanta generosidad como tino. La singularidad de los poemas acogidos en su web es que no solo se leen, sino que también se escuchan: sus autores los recitan y la grabación acompaña a los textos. Para quien quiera oírme, pues, aquí están dos poemas de Insumisión, otro fragmento de Dices y una décima de Décimas de fiebre: http://www.juanlopez-carrillo.com/#!eduardo-moga/cpfl.

Hace apenas unos días recibí la sorpresa de que mi antología El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) fuese reseñada en el "Diario de lecturas" de Vicente Luis Mora. Su particularidad, insólita en nuestro panorama crítico, es que es una reseña hablada. Por si fuera poco, Vicente la grabó en el Malecón de La Habana. ¿Por qué mi libro y por qué en Cuba? No lo sé, pero se lo agradezco mucho. En apenas algo más de cuatro minutos, una de las personas que conozco que más en serio se toma la crítica literaria (y que más prolífico es escribiéndola), subraya los que le parecen los rasgos esenciales de mi poesía, y lo hace con la soltura y la sobriedad de quien está acostumbrado a reflexionar, con perspicacia, sobre lo que escribimos todos. La reseña puede verse en http://vicenteluismora.blogspot.co.uk/2015/01/comentario-sobre-la-poesia-de-eduardo.html.

Por último, hoy mismo otro buen amigo, Agustín Calvo Galán, me ha comunicado que ha aparecido en Revista de Letras la entrevista que me hizo en Cal Jep hace un mes, aprovechando mi más reciente visita a España. Agustín me pregunta en ella por mis diversas facetas como escritor, aunque, comprensiblemente, presta una mayor atención a mi tarea como traductor, dado que en poco tiempo han visto la luz mi traducción de Hojas de hierba, de Walt Whitman (que la revista utiliza para extraer, algo oportunistamente, el titular: "Whitman escribe contra los alcaldes corruptos") y la antología Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán, cuyos poemas también he vertido al castellano. La revista ha utilizado asimismo para encabezar la entrevista una foto mía del cretácico superior, pero de eso no he tenido noticia hasta hoy mismo ni, en consecuencia, he podido evitarlo. Además, como en el cuerpo de la interviú se incluye otra fotografía, que Agustín me tomó cuando estábamos charlando en Cal Jep, el contraste entre la imagen antigua y la actual hace pensar que se trata de dos personas diferentes. Pero no: soy yo, lo aseguro, aunque, ay, con veinte años de diferencia. Todo puede verse en http://revistadeletras.net/whitman-contra-la-corrupcion/.

sábado, 31 de enero de 2015

El squash

Después del spinning y del yoga, ahora estoy probando el squash. Un guardia civil me ha arrastrado a ello. Lo conocí en el gimnasio, donde él practica todos los deportes posibles. Trabaja en la embajada y, cuando ha acabado el turno, mata las horas de soledad pedaleando, o haciendo pesas, o pegando raquetazos, si encuentra algún incauto con el que hacerlo. Yo soy ese incauto. Juan Antonio -así lo llamaré, por mor de la seguridad del Estado- está destinado en Tráfico, pero, como es hombre inquieto, no deja de pedir destinos en el extranjero: ha estado en Sarajevo y lleva un par de años en Londres. Cuando le pregunto por su experiencia balcánica, me responde que, después de haber regulado el tráfico en Marbella, Bosnia le parecía un océano de paz. También ha velado por el buen orden de las carreteras en Lérida, donde pasó, dice, unos años magníficos y nació su hija. Si no fuese por "esa cosa de ahora", Lérida sería un lugar ideal. La "cosa de ahora" es el independentismo, y entiendo que jorobe a un miembro de la Benemérita que, además, es de Jaén. Lo que ya comprendo menos es que Lérida le parezca maravillosa. Pero a lo que iba: Juan Antonio me cameló, con ese verbo entre ordenancista y pedagógico por el que se han hecho célebres los integrantes de la Agrupación de Tráfico, para que compartiera con él las delicias del squash. Yo siempre he visto el squash como un deporte de pijos: el preferido de Nuevas Generaciones, por ejemplo, o, en Londres, el más practicado por los ejecutivos de la City. Sus orígenes parecen confirmar esta impresión. Como tantos otros -como casi todos-, se inventó en Inglaterra, en 1830. Fue en el colegio Harrow, uno de los más eminentes del país (donde estudiaron, y recibieron las preceptivas azotainas, Lord Byron, Winston Churchill y el pandit Nehru, por ejemplo), y ya en sus inicios se reveló como especialmente adecuado por los amantes del peligro: se jugaba entre chimeneas, cañerías, contrafuertes y repisas. (Que los estudiantes de Harrow lleven siempre, aun hoy, corbata negra no es un homenaje a sus predecesores decapitados, defenestrados o abrasados mientras jugaban, sino un duelo perpetuo por la reina Victoria). Luego se expandió por el mundo anglosajón, sobre todo entre las clases privilegiadas: en el Titanic había una pista de squash, solo accesible, por supuesto, a los viajeros de primera clase. Hoy se ha popularizado, como casi todas las actividades de ocio, pero sigue muy presente en el mundo anglosajón, incluyendo a las excolonias británicas: egipcios e ingleses dominan las clasificaciones mundiales, en las que, por cierto, no aparece ni remotamente ningún español. Y yo tampoco voy a hacerlo, desde luego, a juzgar por mis prestaciones en la pista, que se parece a una mazmorra. Uno se introduce en un cubículo de diez por seis por cinco metros, completamente tapiado por pared, vidrio y parqué, y sospecha que de allí no puede salir con bien. Yo lo he confirmado muy pronto: salgo deshecho. El squash es un frontón a cámara rápida: los movimientos, eléctricos, como latigazos, lo dejan a uno fundido. Para que esto sea así, es fundamental que la bola no bote, o que bote muy poco. Uno la ve venir (a veces) y calcula los movimientos que tendrá que hacer para alcanzarla, pero la pelota siempre lo engaña: los movimientos necesarios siempre resultan ser más de los que uno ha calculado. En lugar de alzarse con flexibilidad y gracia, como cualquier esférico que se precie, la pelota se encoge, mengua, se acurruca; su impacto no es un boing enterizo, anunciador de esplendorosos mandobles, sino un plof cansino y humillante: apenas elevada unos centímetros del suelo, cae muerta, y en ese caer uno cree percibir una como burla, un desplante redondo, una cuchufleta de caucho -a lo que se suma, debo añadir con pesar, el ji ji de Juan Antonio, cuyo sentido de la elegancia consiste en descojonarse de tus pifias en tu cara. Luego está la cosa de la estrategia. En ese calabozo que es la pista, uno cree que, al menos, no tendrá dificultades para alcanzar cualquier rincón: todo parece a mano. Pero es una ilusión óptica: para empezar, alcanzar cualquier rincón de cualquier sitio, por cerca que lo creamos, no es fácil para un cincuentón que desplaza 104 kilos de peso; y, para continuar, si tu contrincante tiene alguna experiencia en el juego (y Juan Antonio la tiene), sabrá colocar las bolas en lugares que, de repente, te parecen infinitamente alejados: los rincones, por ejemplo, donde caen como la ropa sucia en las esquinas de casa. Uno acaba cazando moscas en la pista: literalmente, dando raquetazos al aire que nunca interceptan el vuelo asesino de las pelotitas. O bien hace como Féderer: ya solo corre por las bolas a las que sabe que va a llegar; las demás, que son la mayoría, se limita a mirarlas con una mezcla de desprecio y resignación. Por último, está la cuestión de la seguridad. Que dos adultos, armados con algo parecido a bastones, se muevan a toda velocidad (bueno, en mi caso, a velocidad media) por un espacio tan reducido, mientras una bala de goma circula entre ellos, esta sí, con rapidez supersónica, no es halagüeño: yo sé de alguna madre que no ha podido soportarlo. Los choques contra las paredes y contra el otro jugador no son infrecuentes, es más, son la salsa del partido: uno se puede comer un tabique en su desesperado (y, por lo general, infructuoso) intento por devolver un golpe, y hasta dejarse un diente en ello, o bien impactar con la cabeza en la cabeza del oponente, lo que producirá, además de un conato de desmayo en ambos jugadores, un armónico eco en el recinto. Por no hablar de los pelotazos en los ojos o en los dídimos. De hecho, un cartel a la entrada de la pista en nuestro gimnasio prescribe que hay que llevar protección para los ojos durante el juego. Yo añadiría también una coquilla: me parece más importante. No obstante, no vemos a casi nadie con gafas y nosotros, desde luego, tampoco las llevamos (ni coquillas). La omisión es injustificable en el caso de Juan Antonio, porque él ya ha recibido un pelotazo en un ojo, y creyó que lo perdía. En nuestra última sesión, en la que fui derrotado vergonzantemente en los cinco partidos que jugamos (9-5, 9-4, 9-7, 9-3, 9-5), yo acabé con los pulmones como si me hubiera tragado un hierro al rojo vivo, con una contractura en el músculo crural izquierdo, con un metatarso del pie derecho inflamado por un golpe contra la pared, con la rodilla y el codo derechos desollados por una caída en un vano intento de alcanzar un saque elevado, y, en general, con la sensación de haber sido arrollado por un bulldozer. Y aún faltaban 48 horas de agujetas, que me recordaron la muerte de los mil y un cortes que aplicaban los chinos a los reos de lesa majestad. El squash no es para apocados, ni para gordos, ni para amantes de las diversiones sosegadas. El squash es para deportistas aguerridos, para urbanitas feroces, para aventureros, para temerarios, para suicidas. El squash debería ser proclamado deporte oficial de la Guardia Civil.

viernes, 30 de enero de 2015

Antes de entrar en combate

Ninguna guerra ha suscitado tanta literatura como la Primera Guerra Mundial. Con aquel horror de trincheras y cuerpos despedazados se asocia incluso, en Inglaterra, a una generación de poetas. Algunos acudieron transidos de fervor patriótico, como Siegfried Sassoon –que después se convertiría en uno de los más acerbos críticos del conflicto–, pensando que el enfrentamiento sería jolgorioso y romántico, y que la suerte sonreiría a las armas inglesas, como siempre; otros, que intuían una realidad más sombría, lo hicieron con estoicismo, cumpliendo con ese deber tan británico de defender a la patria amenazada, aunque nada, en realidad, les fuera en ello: simplemente, dejaban la copa de oporto o la pinta de cerveza que estuvieran saboreando en ese momento y se presentaban en la oficina de reclutamiento más próxima. Algunos volvieron a casa, no sin traumas, como el propio Sassoon, Robert Graves –cuya vida cambió por completo a resultas de la guerra: se estableció en Mallorca y se dedicó a escribir sobre emperadores romanos y mitos griegos; lo contó en Adiós a todo eso–, Richard Aldington, Herbert Read, Ford Madox Ford o Robert Nichols. Pero muchos otros murieron en la Guerra: Rupert Brooke, Wilfred Owen, Isaac Rosenberg, Edward Thomas, Julian Grenfell, Charles Sorley o William Noel Hodgson. Este último, que firmaba con el seudónimo de Edward Melbourne, tenía solo veintitrés años. Se había alistado enseguida, pero no lo habían enviado al frente hasta mediados de 1915. Destinado por fin en Francia, luchó con gallardía en la batalla de Loos; de hecho, mantuvo él solo, durante treinta y seis horas, una trinchera ganada a los alemanes. Fruto de aquella acción, recibió la Cruz Militar y fue ascendido a teniente. Luego se le trasladó al valle del Somme, en el que los británicos planeaban desatar una ofensiva definitiva. Y, sí, lo fue: definitivamente sangrienta, definitivamente trágica. Más de 420.000 británicos y súbditos de la Commonwealth perecieron en aquella hecatombe, que apenas modificó unos kilómetros la línea del frente. Hodgson llevaba escribiendo poemas desde 1913, pero solo los había empezado a publicar, en los periódicos, a principios de 1916. El 29 de junio de 1916, dos días antes de que los silbatos señalaran la hora en que iba a empezar la masacre del Somme, Hodgson publicó un poema, «Antes de entrar en combate», recogido en su único libro de versos, Poesía y prosa en la paz y la guerra, de 1917 –e incluido en algunas antologías de la poesía inglesa de la Primera Guerra Mundial, como Tengo una cita con la muerte (Poetas muertos en la Gran Guerra), de Borja Aguiló y Ben Clark (Linteo, 2o11)–, que traduzco aquí, en versos endecasílabos y blancos: 

Por tantas maravillas de los días
y el bendito frescor de muchas tardes;
por la última caricia del ocaso
a las colinas, acabado el día;
por tanta hermosura derramada,
y por todos los dones recibidos
sin cuidado, y los días que he vivido,
hazme soldado, Señor.

Por el mïedo y la esperanza humanos,
y las glorias que cantan los poetas,
y el reír de los años sin negrura,
y cuanto es triste y cuanto es hermoso:
por el romanticismo de los años,
y este majestuoso esfuerzo suyo,
y por tantas catástrofes absurdas,
hazme hombre, Señor.

Yo, que en mi alcor de siempre he contemplado,
con ojos insensibles, cómo cientos
de atardeceres Tuyos esparcían
un airoso y sanguíneo sacrificio,
a todo he de decir adïós, antes
de que el sol blanda su fulgente espada;
por los goces que nunca serán míos,
ayúdame a morir, oh, Señor. 

El primero de julio, los 300 hombres del 9º Batallón del Regimiento de Devonshire, al que pertenecía Hodgson, saltaron de las trincheras para cruzar los 400 metros de tierra de nadie que los separaban de las posiciones alemanas, en los que fueron acribillados por un fuego cruzado de ametralladoras, que dejó muertos y heridos a casi dos tercios de ellos, y acabó con ocho de sus nueve oficiales. Tras una hora de lucha, Hodgson, el encargado de suministrar granadas a los soldados, recibió un balazo en el cuello, que lo mató en el acto. Hoy descansa en un pequeño bosque, cerca del pueblo de Mametz, junto a 163 de sus compañeros. Otros poetas han anticipado con temblor la pérdida de las maravillas de la vida –pienso, en la literatura española, en dos autores tan distintos como Blas de Otero y Agustín de Foxá–, pero pocos como Hodgson han atinado a hacerlo con tan sobrecogedora precisión, y menos aún han previsto, tan inmortalmente, su muerte en batalla. Por algo su verso goodbye to all of this fue elegido por Robert Graves para titular su alejamiento del horror y de la sociedad que lo había hecho posible: Adiós a todo eso. Y por eso todavía se recuerda a Hodgson en Gran Bretaña con emoción y amor.

jueves, 29 de enero de 2015

Churchill

En 2015 se celebran dos aniversarios señalados en la historia del Reino Unido: el ducentésimo de la batalla de Waterloo y el quincuagésimo de la muerte de Winston Churchill, el primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial. Las televisiones y los medios de comunicación se han llenado estos días de documentales y reportajes sobre la vida de quien, hace algunos años, fue elegido por sus compatriotas como el britón más famoso de la historia, por encima incluso de la Reina Victoria. Su importancia se ahínca en su liderazgo y su ejemplo moral durante la guerra contra Hitler, pero Churchill ya era un político linajudo cuando sustituyó a Neville Chamberlain al frente del gobierno en mayo de 1940. Como oficial del ejército, había combatido en la India y el Sudán, y había estado presente, como observador y periodista, en la guerra de Cuba, donde sintió más simpatía por los españoles que por los mambises, y en la de los Bóers, en la que protagonizó hechos fabulosos: reparar una locomotora y las vías del tren averiadas por el ataque de los holandeses, escapar del campo de prisioneros donde había sido recluido y recorrer 480 km hasta la actual Mozambique para reintegrarse al contingente británico. Pero pronto decidió abandonar las aventuras militares y volcar su energía en la vida civil, donde el futuro parecía ser más brillante. Inició entonces una dilatada carrera política en Inglaterra, en la que fue ocupando distintos cargos: antes de la Primera Guerra Mundial, había sido presidente de la Secretaría de Estado de Comercio, Ministro de Interior y Primer Lord del Almirantazgo, cargo que siguió desempeñando hasta el desastre de Galípoli, en el que tuvo una responsabilidad decisiva. Tras abandonar el gobierno, sirvió como comandante del 6.º Batallón de los Fusileros Reales Escoceses, pero regresó a no tardar a la política activa, y fue ministro de Armamento, ministro de Hacienda, secretario de Estado de Guerra y secretario de Estado del Aire. Luego llegó la Segunda Guerra Mundial, y ahí Churchill desplegó toda su fuerza y capacidad de liderazgo. Se mantuvo al frente de un país que se había quedado solo frente a la fiera nazi y, lo que es más importante, hizo que el país creyera en sí mismo, en su capacidad para resistir a la barbarie y, en último término, derrotarla. No solo su brega constante por mejorar la capacidad militar del país y la defensa civil, y sus esfuerzos, no menos sostenidos, y finalmente recompensados con el éxito, por involucrar a los Estados Unidos en el conflicto, fueron decisivos. También lo fueron, y aun quizá más, sus discursos y alocuciones radiofónicas, con los que galvanizaba el espíritu batallador de los ingleses y de muchos otros pueblos ocupados por los nazis. El célebre discurso en el que anuncia que Gran Bretaña luchará en el aire y el mar, en las playas y los campos de aterrizaje, en las calles y las colinas, y que nunca se rendirá -que puede oírse en youtube, y que Churchill pronuncia como si se acabara de tomar tres whiskies bien cargados- se ha convertido en una pieza paradigmática de esta capacidad de persuasión, más aún, de esa capacidad para suscitar el entusiasmo, pero siempre tamizada por la contención británica, por esa especie de filtro emocional que elude lo ruidoso e inelegante. Además de su integridad y su ejemplo moral, lo que siempre me ha fascinado de Churchill, y que en estos tiempos de políticos miserables en España, y en tantos otros lugares, se echa dolorosamente en falta, ha sido su vigor intelectual, su formación rigurosa y su ingenio, su pluma y su verbo afilados, su espontaneidad, su emotividad y su grandeza. No son pocas cosas, desde luego. Uno escucha sus réplicas parlamentarias, sus piezas oratorias, o bien lee sus biografías, sus crónicas periodísticas y sus relatos históricos -por los que, no hay que olvidarlo, obtuvo el Premio Nóbel en 1953, aunque no es descabellado pensar que el galardón tuviera también algo de retribución mundial por su contribución a la derrota del fascismo-, y luego atiende a lo que expelen Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias -por no hablar de Vicente Martínez Pujalte o Artur Mas-, y no es que el alma se le caiga a los pies, no: es que se le cae a varios cientos de metros de profundidad, lastrada por el peso del estupor y la vergüenza. Se ha creído que Churchill era un rétor natural: un natural, como se dice aquí. Su habilidad verbal era indudable, pero sus obras son el fruto de un trabajo incansable y de muchas horas de pulimiento, como han acreditado sus secretarios y colaboradores. No obstante, sabía explotar bien algunos trucos: por ejemplo, escribía con toda meticulosidad los discursos y se los aprendía de memoria, para no tener que leerlos luego ante la audiencia, lo que incrementaba su impacto emocional (cómo conseguía memorizar tantos textos, cuando estaba dirigiendo un país y una guerra, es algo de lo que también cabe maravillarse); o bien solo escribía (y, de nuevo, memorizaba) el final de los discursos e improvisaba todo lo demás, fiado a su cultura y a su bagaje de experiencias políticas y mundanas. Con eso conseguía que ese final, perfectamente labrado, llegara a la audiencia como si también hubiese sido improvisado, y obtenía una apreciación espectacular. Churchill era un maestro del ritmo oratorio: manejaba las pausas, las inflexiones y los cambios de ritmo como un malabarista o como un predicador, como un buen (y laico) predicador. Pero sería un error creer que solo era un hombre de palabra: también lo era de acción, como ya había demostrado en su juventud. Durante los bombardeos del Blitz, se subía a los tejados de Whitehall, para desesperación de sus ayudantes, a fin de contemplar los efectos del ataque y el funcionamiento de las defensas. También viajó varias veces a África, en lo peor de la batalla contra Rommel, para acicatear a sus generales -con el mariscal Montgomery a la cabeza, otro que tal bailaba, paseándose con un paraguas por las dunas del Sáhara-, y estaba resuelto a desembarcar en Normandía con las tropas angloamericanas, algo de lo que solo pudo disuadirle el rey Jorge VI -el del discurso del Rey- diciéndole que, si lo hacía, él mismo lo acompañaría: Churchill no podía permitir, claro, que el soberano corriera aquel riesgo. Viajó, en fin, tan incansablemente durante la guerra que, en una de sus visitas a Washington, sufrió un ataque al corazón: al cabo de tres días, ya estaba visitando el Canadá. Es muy sorprendente que alguien que había llevado una vida de semejante agitación viviese hasta los 91 años. Además, Churchill no era alguien que, de acuerdo con los estándares actuales, se cuidase mucho. Se pasó media vida fumando unos purazos que yo solo he visto en las tribunas de los campos de fútbol, era un comedor insaciable y bebía alcohol como para tumbar a un buey: en el desayuno, increíblemente, vino; para la comida y la cena, un dry martini como aperitivo, champán muy frío y un buen coñac; entre ambas colaciones, whisky, aunque rebajado con agua; y antes de dormir, si hacía falta, para conciliar un sueño reparador, otro scotch. No es extraño que dijera: "Mi norma de vida prescribe como un rito del todo sagrado fumar puros y beber alcohol antes, después y, si es necesario, durante todas las comidas y en los intervalos entre ellas". A lo que sumaba, con orgullo, no haber hecho deporte jamás, otro factor al que atribuía su longevidad y su óptima salud. Uno ve entonces la chocolatina de Aznar o el cuerpo fibroso y melenudo de tantos jóvenes leones del PP (y del PSOE) y, otra vez, su alma se pierde en las profundidades de la Tierra. En todo caso, pese a sus muchas e inverosímiles virtudes, y a sus muchos aciertos como gobernante y escritor, Churchill también cometió errores, algunos gravísimos, que no pueden ser olvidados. Por ejemplo, planificó e impulsó el desastroso desembarco de Galípoli, en los Dardanelos, en la Primera Guerra Mundial, en el que murieron más de un cuarto de millón de ingleses y ciudadanos de otros países de la Commonwealth, y por el que se le llamó "el carnicero de Galípoli". En la Segunda, no le tembló el pulso al ordenar o respaldar los sanguinarios bombardeos británicos de las ciudades alemanas al final del conflicto, como Hamburgo -donde causaron 42.000 muertos- o Dresde, que fue pulverizada, aunque no tenía ningún interés estratégico ni militar. Tampoco demostró ningún interés por mitigar la hambruna que asoló Bengala, y en la que murieron dos millones y medio de personas: así dejaba una tierra quemada ante la posible invasión japonesa. Y tenía ideas de bombero: quiso fumigar Alemania con gas mostaza e invadir España, para garantizar el control británico de Gibraltar. Por suerte, Alan Brooke, jefe del Estado Mayor, lo disuadió del empeño. En Inglaterra, Churchill, un conservador victoriano, no favoreció tras la guerra la mejora de los sistema de educación y salud, y adoptó medidas contrarias a la inmigración de los ciudadanos de las antiguas colonias: "Mantener Gran Bretaña blanca sería un buen eslogan", espetó a su gabinete en 1955. También se caracterizó por una oposición constante -aunque esta vez condenada al fracaso- a todo cuanto disminuyese o quebrantara el poder colonial británico, ya fuese en Irán, Kenia o Malasia. Pese a todo, Churchill ha sido un gigante de la política y sigue siendo un héroe para los británicos. Figuras como él, para bien y para mal, surgen raramente, pero no estaría de más que nuestros políticos de hoy leyeran sus libros: quizá se les pegaría algo. Ah, pero se me olvida que nuestros políticos de hoy son analfabetos: ni leen libros ni mucho menos, como Churchill, los escriben. 

miércoles, 28 de enero de 2015

Las revistas literarias

Me entero, por un artículo de Guillermo Busutil en La opinión de Málaga, de que cierra, o va a cerrar, la revista Qué leer. Otra víctima de la crisis, supongo. Recuerdo que Qué leer nació con la pretensión de ser el medio cultural más abierto al gran público, aunque "gran público" en un país como España, en el que más de la mitad de la población confiesa no leer nunca un libro (y un porcentaje alto de los que sí leen solo lee alguno de vez en cuando), sea un oxímoron irremediable. Pero su intención era saludable y, al menos durante algunos años, ha funcionado bien. A mí, en realidad, me gustaba poco: su misma razón de ser, esa voluntad de llegar a cuantos más lectores, mejor (que es, en el fondo, lo que queremos todos), le hacía prestar una atención desmedida a los géneros mayoritarios, es decir, a la novela y el relato, y desdeñar, hasta la insignificancia, a los que no lo eran: ensayo, poesía y teatro, que son los que más me interesan a mí. Con bastante mala baba, alguien dijo que Qué leer debería haberse titulado Lecturas. De la poesía se encargaba mi buen amigo Enrique Villagrasa, que hacía lo que podía en una espacio tan exiguo como lateral. A mí nunca me dedicó demasiada atención, ni como poeta ni como traductor o crítico de poesía, pero no se lo tengo en cuenta: su margen de actuación era muy escaso y los criterios editoriales mandaban. A pesar de estos peros, lamento la desaparición de la revista. Una pérdida cultural es siempre una pérdida grave, y estoy seguro de que a mucha gente Qué leer le era útil para descubrir libros, para interesarse por autores, para seguir curiosa y activa, en definitiva, en un mundo que nos permite salir cada día un poco del barro de la realidad. Las revistas literarias han tenido una gran importancia en la configuración de la literatura del siglo XX, y, en las literaturas anglosajonas, una importancia capital: La tierra baldía, nada menos, se publicó en una, The Criterion, dirigida por el propio Eliot, en 1922. Muchas, muchísimas, han sido saltarinas o fugaces: se creaban para recoger un impulso, una ilusión, un hallazgo, y desaparecían, engullidas por el tiempo, o desbaratadas por las rencillas, o quebradas. Sin embargo, ya habían dejado su poso: una aportación, infinitesimal acaso pero cierta, al flujo indetenible de la palabra; ya habían iluminado, con un brevísimo fogonazo, una parcela del firmamento de la literatura, y todos esos fogonazos, juntos, conformaban una luminosidad multitudinaria, llena de recovecos y descubrimientos. Algunas, en mi caso, y estoy seguro de que en el de muchos, me han acompañado siempre, con provecho. Quimera, por ejemplo, siempre ha estado ahí. Mis padres tuvieron, a finales de los 70, una papelería-librería en el barrio de El Clot, en Barcelona, y aún recuerdo a mi madre hablándome de la revista: "Nos llega, pero se vende poco". Ah, la frase implacable: se vende poco. Parece una maldición bíblica, un mantra histórico. Quién me iba a decir entonces que acabaría colaborando con ella. Se sigue vendiendo poco, por desgracia, aunque no tan poco como antes, pero ha recuperado el prestigio crítico que tuvo durante muchos años. El panorama de las revistas literarias en España es tan diverso como el de los libros. Sigue habiendo algunas que parecen hechas en los años 40: su formato y, ay, sus criterios, cuando los tienen, reproducen los esquemas ceremoniosos de las publicaciones antiguas, con colaboradores provinciales, reseñas atentas a colecciones ínfimas e ilustraciones paleolíticas. Y se me antoja milagroso que sobrevivan, aunque quizá su propio localismo las preserve. Otras persiguen la modernidad, aunque deslavazadamente, sin orientación definida, un poco a salto de mata, con escaso rigor técnico. Otras, en fin, perviven en ámbitos académicos o administrativos, cobijadas en presupuestos menguantes, siempre sometidos al peligro de que un político más austero que ninguno decida que la cultura es prescindible: que hay cosas mucho más útiles en que gastar el dinero público que los versos y los relatos de la gente y sus opiniones sobre los libros de otra gente. Pero en este conjunto heterogéneo de medios no solo se producen bajas, sino también altas. Hay que celebrar, por ejemplo, la reciente inauguración de Noches Áticas por parte de otro buen amigo, el gran Juan Manuel Macías (fundador y director de Cuaderno Ático, la publicación de creación literaria que Noches Áticas, dedicada a la crítica literaria y cinematográfica, prolonga y complementa), y Anna Montes Espejo, de Tarragona, a quien tuve el placer de conocer hace algunos meses, en una lectura que hice en su ciudad. Cercedilla y Tarragona: un binomio insólito para sustentar un proyecto prometedor. Pero es de observar, claro, que Noches Áticas aparece como publicación digital, al igual que casi todas las revistas que saltan al mercado. La publicación en Internet va a sustituir, no sé si totalmente, pero sí en muy buena medida (como va a pasar con el libro), a las revistas tradicionales en papel. Los costes de unos y otras no pueden competir: la publicación en papel es compleja y carísima, y la digital se hace por cuatro duros y con apenas unos golpes de ratón. Aunque tampoco puede competir el acercamiento, es decir, el tipo de lectura, que cada una suscita: la revista en papel genera un acercamiento objetual, demorado, y, probablemente, una comprensión más honda; la digital, un picoteo nervioso, una lectura desapegada y a menudo en diagonal. No obstante, bienvenidas sean todas las iniciativas que multipliquen las posibilidades de acceder a la literatura, y bienvenido sea Internet en este ámbito, como en todos. Muchas revistas de toda la vida se están adaptando al mundo cibernético. Cuadernos Hispanoamericanos, uno de nuestros mejores títulos, por ejemplo, ha roto el monopolio de la celulosa y acaba de tirar una versión digital que se puede consultar al mismo tiempo que circula la versión en papel. También Turia, otro clásico, se ha digitalizado, sin renunciar a la revista tradicional. Y El Cuaderno, uno de los mejores suplementos culturales del país, hecho con modestia pero con tenacidad en Asturias, circula por Internet, pero mantiene igualmente el formato en papel. Los blogs, en fin, han venido a cubrir una parte del trabajo que antes hacían en exclusiva las revistas. Muchos críticos han abierto bitácortas en la que cuelgan los trabajos que antes les habrían ofrecido a ellas. El mundo de la crítica ha eclosionado en Internet, y está bien que sea así, aunque nunca haya que renunciar al criterio propio en la selección de lo leído: igual que muchas publicaciones tienen en nómina a reseñadores nefastos, estos también existen -y aún más, por carecer de todo control, salvo el suyo propio- en la Red. Las revistas, los fanzines, las páginas web, los blogs, nos seguirán acompañando a los letraheridos, por fortuna, durante mucho tiempo. Habrá muertes y nacimientos, recortes y reconversiones, empeoramientos y mejoras: todo eso que nos zumba alrededor en la constante brega de la lectura y que, acaso, de vez en cuando, nos otorga la felicidad de un hallazgo dichoso, de un encuentro afortunado, de una voz de la que ya no podremos apartarnos. 

martes, 27 de enero de 2015

Amar a un extranjero

Eso es lo que hacen las dos protagonistas del último libro de Agustín Calvo Galán, Amar a un extranjero, ganador del XI premio César Simón y recientemente publicado por la editorial valenciana Denes: la alemana Gabriele Münter y la portuguesa Maria Helena Vieira da Silva. El interés por las artes plásticas de Agustín no es extraño en alguien que, como él, se dedica al arte conceptual y a la poesía visual, donde ha obtenido numerosos reconocimientos. Sin embargo, yo lo conocí como poeta textual, hace algunos años -presenté en Barcelona su Poemas para el entreacto, de 2007-, y desde entonces he visto, con alegría y admiración, cómo su obra no dejaba de crecer. Esta es su última entrega, bífida pero unitaria, articulada en torno a la historia de dos mujeres, dos artistas del siglo XX, que comparten no solo la práctica de un mismo arte, sino también el destino de amar a alguien a quien las guerras y los prejuicios raciales vuelven indeseado. Gabriele Münter, nacida en 1877, se enamoró en Múnich de Vassily Kandinsky, y mantuvo una relación con él durante catorce años, aunque Kandinsky estaba casado y no se divorciaría hasta 1911. Pero, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Alemania expulsa al pintor ruso por ser ciudadano de una potencia enemiga. Münter se estableció entonces en Escandinavia y Kandinsky, en Moscú, y, aunque volvieron a verse en Estocolmo en 1916, la relación estaba rota. Kandinsky no perdió el tiempo: se enamoró por teléfono -al oír su voz...- de la moscovita Nina Andreievskaya, y se casó con ella en 1917. Por su parte, Da Silva se prendó en París del también pintor Árpád Szenes, húngaro, con el que matrimonió en 1930. Pero Szenes era judío, y eso hizo que el gobierno del general Salazar -que, además de ser racista, consideraba de mal gusto la obra de Da Silva, como recuerda Calvo Galán en un epígrafe de uno de los poemas; aunque lo realmente preocupante sería que una dictadura gustase de lo que uno hace: sería el momento de destruirlo- desposeyese a la pintora de la nacionalidad portuguesa. Da Silva y Szenes fueron, pues, apátridas hasta que, en 1956, Francia les concedió a ambos su nacionalidad. En Amar a un extranjero, el primer cuaderno, de Münter, se compone de poemas en los que se alternan las voces de Gabriele y Vassily: la de este refiere instantes de la biografía compartida en Alemana; la de ella glosa o razona las impresiones contenidas en sus cuadros, que se indican al pie de cada poema. Son composiciones escuetas, cromáticas, impresionistas, oblicuas: los sentimientos no se refieren derechamente, sino por medio de alusiones interrumpidas, de breves trazos expresivos, de elipsis y ecos. Pero la delicadeza de los retratos no surge de la nada, ni por casualidad, sino de un afilado uso de los recursos retóricos: aliteraciones, poliptotos, antítesis y anáforas dan sostén, entereza, a un conjunto cuya finura asombra tanto como su penetración psicológica. Así dice el poema basado en el óleo Stilleben am Fenster ("Naturaleza muerta en la ventana"), de 1953: "Nada me cansa ya, ni podrá madurarse,// ni las fachadas en su envés,/ ni la inclinación de un árbol extenuado,// ni el sonido del acordeón// podrá caer, mudar a verde,/ ser/ una lámina opaca,/ ya nada me molesta en su interior". En el segundo cuaderno, el de Vieira da Silva, los poemas se espesan, se hacen más complejos y, valga la expresión, más textuales. También más ilógicos: la reflexión sobre el cosmos interior y exterior de la pintora se funda antes en una palabra que persigue sus sombras, sus honduras, que en una representación verbal de lo pintado, aunque esto nunca deje de enmarcar sensualmente el discurso. Se me antoja muy importante esa presencia constante de lo interior y exterior, que también está en el cuaderno de Münter, como si los poemas reflejaran el trasvase constante entre la subjetividad de las artistas y su formalización gráfica, como si los versos fueron penumbras -o claridades- arrancadas de las simas de una conciencia zarandeada por el exilio y la pasión. En el cuaderno de Maria Helena Vieira da Silva -muchas de cuyas composiciones estructuran asimismo las anáforas-, la contemplación, la incisión de la mirada, se convierte en pensamiento, en incisión de la inteligencia. Los colores cobran tintes filosóficos y, como llevados por este fluir menos instantáneo y más expositivo, abandonan por momentos la disposición versal y abrazan el poema en prosa, donde se deshilan -o enmarañan- en sutiles meditaciones sobre la naturaleza del yo y el ardor de la conciencia. Algunos poemas son óleos quietos; otros se abandonan a un fluir enumerativo, como un breve trajín de lava; así, el excelente "Como las moscas atravesadas por un alfiler...". Transcribo el primero de este segundo cuaderno: 

                            Es muy misterioso. Nuestra vida fue una vida maravillosa.
                                                                                                                                         VIEIRA DA SILVA

Dormir en un abrazo, ser el silencio
impertinente del arca de Pessoa,
la resaca del perdedor, la tela
inflamable de la hidra y del eco.

Dormir, si fuera posible,
si descansar, si la paz fuera posible,
si morir o callar fuera posible,
si la piedra fuera láudano
para mis ojos,
si la vecindad del odio fuera solo eccema
e hipertensión,
si el silencio no se oyera, si fuera posible
no oírlo.

Si el dodecafonismo no me perturbara así.