Hay días en que sería mejor no decir nada. Uno, que está desayunando, por ejemplo, dice: "Me duele todo. Necesito hacer ejercicio". Su mujer se levanta entonces de la mesa y, sin articular palabra, pero con un brillo extático en los ojos, va al almacenillo del patio y vuelve con las manoplas de jardinero y unas tijeras de podar. A continuación, precisa: "Hay que cortar la hiedra de la pared". Por qué habré hablado. Sobrevivo a la ordalía podadora sin rebanarme ningún dedo, sin confundir ningún cable de la electricidad con un pedúnculo rebelde, y con un hermoso montón de ramas y hojas de hiedra a mis pies. Cuando le devuelvo a Ángeles los aperos hortícolas con una sonrisa entre ufana y exhausta, me devuelve la sonrisa, aunque con un rictus malicioso que no presagia nada bueno. Y, en efecto, antes de que pueda pasar al comedor para derrumbarme en el sofá, me recuerda que hay que hinchar las ruedas de las bicicletas, pero solo después de haber recogido la hojarasca acumulada y haberla tirado en el contenedor de desechos orgánicos, que está en la plaza del pueblo. Cuando vuelvo del paseo reciclador, ha tenido la delicadeza de dejarme los dos velocípedos preparados en el patio. Acometo el inflado con la desesperación de un toro de lidia, pero con la maña de un buey almizclero: quito el tapón de la válvula, la desenrosco, le enrosco el extremo del tubo, enrosco a la bomba el otro extremo del tubo y empiezo a bombear; y, cuando ya he hecho más bíceps que Schwarzenegger y la rueda parece de silestone, desenrosco el tubo de la válvula (deprisa, no sea que se escape buena parte del aire insuflado), enrosco la válvula y le pongo el tapón. Y así, con mis dedos de morcilla, cuatro veces. Al final, las ruedas están llenas de aire, pero a mí no me queda ni una gota. Sin embargo, el programa gimnástico de Ángeles no acaba aquí: falta planchar varias camisas. "Planchar es buenísimo para la salud", aclara. "Estar de pie es mucho más sano que estar sentado, y el movimiento del brazo, arriba y abajo, tonifica y refuerza los músculos". Para mi horror, aún va más allá: "De hecho, cuando no tengas spinning, podrías hacer toda la plancha de casa, sábanas incluidas". No recuperado todavía de la tala y el insuflado, ya estoy bregando con las camisas. Lo consigo también: ni me he abrasado yo, ni las he abrasado a ellas, aunque doy gracias al cielo por no tener que ir a ninguna entrevista de trabajo con esta ropa. Por último, el ejercicio que Ángeles ha programado para desentumecerme culmina con una excursión por la tarde. Con Toña, nuestra amiga de Hoyos, ingeniera forestal y mujer versada en paisajes y caminos, vamos a Santibáñez el Alto, otro pueblo de la comarca, a ver Los Pajares, un curioso enclave agrícola y ganadero. Santibáñez el Alto antes estaba en lo bajo, pero a finales del siglo XVI, para que su gente pudiera defenderse de peligros y tribulaciones, que por aquella época menudeaban, se encaramó a una de las cumbres de la Sierra de San Martín, en las estribaciones de la Sierra de Gata. Y allí sigue, oteando el valle del Árrago y el pantano de Borbollón, donde anidan las grullas. Llegamos en coche hasta la entrada del pueblo e iniciamos el camino que nos ha de llevar hasta el pie de la colina en que se asienta. Pregunto a Ángeles si no hubiéramos podido llegar a ese mismo sitio desde abajo, pero me mira con conmiseración: desisto de obtener una respuesta. El camino que nos lleva hasta Los Pajares conserva el empedrado con el que fue construido hace siglos: una calzada irregular, de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos, que diría García Márquez, que castiga las rodillas y los tobillos (el empedrado, no García Márquez). Ciñen ambos lados, a trechos, muretes tapizados de musgo: un musgo espeso, suavísimo, de un verde desaforado. Mientras bajo, pienso en la subida, y no con placer: será terrorífica. Pero descendemos con la ilusión del descubrimiento, y eso nos hace más llevadero el futuro. Al alcanzar por fin Los Pajares, se nos revela una dehesa entreverada de canchos, charcas y acebuches –olivos silvestres–. No podemos disfrutar en exceso de esa primera impresión, porque tres enormes perros pastores de una finca aledaña se nos acercan con aviesas intenciones; por sus ladridos se diría que se nos quieren comer. Los pastores los llaman con tremendas blasfemias: "¡Que vengas aquí, Mariano, mecagüen Dios y la zorra de su madre!". Pero Mariano no hace caso; ni Paco ni Tobías, los otros dos canes, tan ladradores como el primero. Uno sabe que a los perros amenazantes hay que hacerles frente con firmeza pero con despreocupación, como si la cosa no tuviera importancia, pero yo bastante tengo con reprimir las ganas de apretar a correr: mi firmeza y mi despreocupación apenas bastan para apantallar a Ángeles, que se ha refugiado a mi espalda con la razonable esperanza de que, si alguno de los chuchos suelta una dentellada, pille mi muslo y no el suyo. Sin embargo, Toña, acostumbrada a los animales salvajes, los mantiene a distancia con la garrota que se ha traído –un venerable cayado, heredado de un bisabuelo–, y por fin conseguimos alejarnos lo suficiente como para que pierdan el interés en nosotros. Luego se nos acercan dos caballos, mucho más pacíficos que los perros, aunque no tanto como para que nos permitan acariciarlos. Nos miran, resoplan, relinchan. Son delgados y ágiles, y de repente, como activados por una fuerza incomprensible, se marchan casi al galope. Más allá distinguimos un burro, de orejas tiesas, ojos como bolas de ébano, panza blanca y un pelaje que está diciéndome acaríciame. Si yo fuera Juan Ramón Jiménez, sabría describirlo mejor. Los Pajares es un conjunto de establos, cuartos de aperos y, precisamente, pajares, construidos con granito –hay unos cien– y diseminados en 27 hectáreas de prados y dehesas, en los que pastan vacas, ovejas, caballos (y burros). A veces, las construcciones se apiñan, formando repetinas aldeas. Algunas están abandonadas, pero otras siguen vivas y activas. En una vemos un caballo cojo: no puede apoyar una pata trasera, y tiene dificultades para apartarse de la puerta cuando me ve acercarme. En otra Toña nos explica que los cuatro postes de granito que se levantan en el centro, y que parecen dólmenes, servían –y siguen sirviendo– para herrar al ganado, ya fuesen herraduras propiamente dichas, para los cascos de las caballerías, como hierros al rojo, para marcarlas. Leo en un aviso oficial que está terminantemente prohibido llevarse piedras de Los Pajares, ni siquiera de las construcciones abandonadas, derruidas o sin uso (el letrero dice "fuera de uso", pero yo prefiero evitar el horrendo anglicismo). Hacerlo supone expoliar el patrimonio histórico y quedar sujeto a terribles responsabilidades. Paseamos un rato por el lugar, cayendo a veces en terreno empapado y poniéndonos perdidos de barro. Las vacas andan sueltas, con su cachaza habitual, entre repicar de esquilones. Siempre que veo vacas, pienso en mi amigo Agustín Fernández Mallo, que ha manifestado que contemplarlas es uno de sus pasatiempos favoritos, porque le dan paz. Y es verdad: la serenidad que inspiran las vacas es casi narcótica. Entre ellas corretean algunos terneros; uno mama con afán. Las que rumian junto a los estanques se desdoblan en el espejo del agua. Como no tenemos mucho tiempo –falta poco para que anochezca–, emprendemos el camino de vuelta, que, como me temía, es mucho peor que el de ida. Primero hemos de superar, otra vez, a los dichosos perros, que no pierden ocasión de llenarnos de ladridos, y luego la endiablada empinadura de la montaña. Los castigados son ahora los pulmones, que deben acomodarse al ritmo de la ascensión. Pero el esfuerzo que supone tiene algo de adentramiento: uno se concentra tanto en la subida que al final solo existe esa subida y uno subiendo. El pulso se acelera, los pulmones chillan, el cuerpo suda y los ojos, fijos en las sucesivas piedras en las que poner los pies, solo conocen una realidad: la de quien avanza, a solas consigo, desplazando peso (en mi caso, mucho), yéndose a lo alto, a lo hondo, castigándose, purificándose. Además de mi cuerpo en movimiento, solo distingo la rojez con que el sol poniente viste las hojas muertas. El camino que recorro es como la sangre que me recorre a mí. Intoxicado por ese granate fogoso, me paro un momento para contemplar su fuente: en el horizonte, un disco anaranjado, huidizo, herido por los tizones de las nubes. Al cabo de pocos minutos, se ha hundido ya en la negrura que él mismo difunde. Cuando llegamos a Santibáñez el Alto –que ahora me parece más alto que nunca–, aplacamos la sed en un bar. La señora que lo atiende habla a gritos. En la tele echan una serie española. También aquí hablan muy alto: el volumen está a tope. Salimos pronto. En toda la Sierra que se extiende a nuestro alrededor no parece haber un ruido. Hasta el viento se ha callado.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
jueves, 24 de diciembre de 2015
lunes, 21 de diciembre de 2015
En Hoyos y Cáceres
Aún no he visto el paisaje que rodea a Hoyos. Me da miedo hacerlo. Llegamos de noche, y estos dos días los hemos pasado en casa o en el coche, camino de sitios. Desde los balcones se advierten manchas pardas o negruzcas en las laderas de las montañas que rodean al pueblo, y los vecinos nos han hablado de zonas arrasadas. Pero aún no hemos comprobado por nosotros mismos los efectos del fuego en los alrededores, casi en las lindes de la población. Hoy lo haremos. Saldremos a pasear después de comer y antes de que oscurezca. La gente de aquí nos ha contado que la noche de la evacuación Hoyos parecía el centro mismo del infierno. Lo que nos desconcierta íntimamente, porque para nosotros Hoyos es el paraíso. Llovían pavesas, cuentan, y el humo lo envolvía todo. Se veían las llamas descender, como un muro que se viniera contra la gente, desde las laderas y los bosques cercanos. Setos y árboles del interior del pueblo se consumían por el fuego. Una palmera de una finca céntrica ardía como una antorcha. En cualquier momento podía prenderse una casa y, con ella, toda la localidad. Por suerte, la piedra, con la que están construidos aquí casi todos los edificios, resiste bien el fuego. Ordenada la evacuación, algunos vecinos se escondían dentro de los coches, o en rincones de sus casas, para que la Guardia Civil no los obligara a dejar el pueblo, y así poder defender su negocio, o su ganado, o simplemente su domicilio. El incendio del verano pasado en la Sierra de Gata es ya, por fortuna, solo un horrible recuerdo, pero sus consecuencias siguen muy presentes en el ánimo de la gente y, como seguramente tendremos hoy ocasión de comprobar, en el paisaje de la zona. Ayer decidimos pasar el día en Cáceres, con amigos. Primero nos encontramos con Javier Pérez Walias y su mujer, Teresa, en Garrovillas de Alconétar, para comer en la hospedería. Garrovillas tiene una de las plazas mayores más bonitas de España –y probablemente del mundo–: amplia, pétrea, coherente, despejada, porticada. Algunas columnas de las que sostienen los edificios están inclinadas, como brevísimas torres de Pisa, pero si eso no inquieta a los vecinos, tampoco tiene por qué inquietar a los visitantes. Recuerdo que en este pueblo conocí, hace años, a una adolescente que había leído a Rimbaud y que me hablaba con entusiasmo de él; también que de aquí es Nuria Rodríguez Lázaro, profesora de literatura española en la Universidad de Burdeos, que he visitado en dos ocasiones, y amiga muy querida. Javier, Teresa, Ángeles y yo damos un paseo por el pueblo, en cuyas calles empedradas apenas hay nadie. Es domingo, y la gente está en casa, o en misa, o votando. Antes de comer, nos tomamos un vino de pitarra en un tugurio de la plaza, con una tapa de hígado. Desde mi infancia, apenas he comido hígado. Es condumio de pobres, visceral, energético. En la hospedería, rehabilitada hace poco, y hoy completamente vacía, optamos por un menú que nos decepciona un poco: la trucha con setas del segundo, que pedimos casi todos, es una lámina finísima de pescado, de la que damos cuenta en un abrir y cerrar de ojos. Por si fuera poco, dos de los cuatro platos en los que nos es servida, están descantillados: a lo mejor que los platos estén descantillados es una característica propia del local, como esas tachas que ciertas tribus indias americanas introducen a propósito en la cerámica y las herramientas que fabrican para que el alma de las cosas no quede encerrada en una perfección excesiva y pueda salir a la vida. Cuando acabamos de comer, decidimos hacer una visita a un monasterio de la localidad en el que venden dulces. Es el Monasterio de Nuestra Señora de la Salud, de monjas jerónimas. Echamos primero un vistazo a la iglesia, que exhibe un hermoso retablo barroco, como tantos otros templos extremeños, y un enorme belén en un rincón. Advertimos alguna desproporción en el tamaño de las figuras: que el Niño sea gigantesco y los pastores minúsculos es una licencia legítima, si se trata de subrayar la presencia y la importancia del Recién Nacido; pero que las ovejas tengan las dimensiones de un dinosaurio ya nos cuesta un poco más de entender. También hay una lavandera mecánica y una catarata como las del Niágara que vierte en una tinaja verde y ocre. Justo detrás del belén se abre un coro, que forma parte del espacio de clausura. Hay cuatro monjas dentro, leyendo libros devotos, suponemos. Dos hablan entre sí. Otras dos están solas, una en una silla, otra en el suelo. Visten hábitos blancos y negros. También donde están es blanco y negro: la luz y la sombra dibujan una escena sin colores, tenebrista, atemporal. No debe de diferir mucho de lo que veían los garrovillanos en 1563, cuando se fundó el monasterio. Por si fuera poco, una monja es negra. Hoy no hay convento en España que no tenga una monja negra o, por lo menos, mulata. Ella es la que nos sirve los dulces que pedimos por una portezuela de madera. Por un precio escandalosamente barato, nos hacemos con unas tartas de almendra, que luego comprobaremos deliciosas, unas yemas y unas magdalenas, que tampoco están mancas. Pensamos en la vida sin sobresaltos, indeciblemente sosegada, que llevan estas mujeres. Un encerramiento absoluto que para mí es más bien un enterramiento. Pero ellas tienen la suerte de creer en lo invisible y yo no. Volvemos a media tarde a Cáceres, donde hemos quedado con Julio César Galán, Mario Martín Gijón y Marco Antonio Núñez. Tengo ganas de ver a Julio y a Mario; a Marco lo conozco de un par de ocasiones y he leído con agrado los sarcásticos relatos que cuelga en su blog de tarde en tarde (si lo hiciera con más frecuencia, quizá no sobreviviría para contarlo). Nos encontramos en un piso desocupado de la familia de Julio, cuyos muebles están cubiertos por sábanas que los protegen del polvo. Eso le da a la reunión cierto aire fantasmal. Para combatirlo, trasegamos gin tónics con alegría adolescente. Julio y Marco han organizado, técnicamente, un botellón: las tónicas son de litro y la ginebra, de garrafón. Por si fuera poco, no hay ni unas almendritas para picar. Pero el carácter proletario de la libación no le resta encanto. En las tres horas que pasamos charlando –y que se acabarán cuando Ángeles me llame, a eso de las nueve, para reclamarme que volvamos ya a Hoyos, que se está haciendo tarde; y en mi casa todos saben que se hace lo que yo obedezco–, hablamos de lo que suelen hablar todos los poetas del mundo cuando se reúnen en número superior a dos: de otros poetas, por lo general para despellejarlos. Asumimos, naturalmente, que eso es lo que harán los otros poetas con nosotros cuando sean ellos los que se reúnan: despellejarnos, pero hay que ser ecuánimes. No nos olvidamos de dedicarles un capítulo especial a los editores de poesía, asimismo objeto predilecto de discusión. Despachamos las elecciones de hoy con algunas consideraciones unánimes: hay que borrar al PP del mapa para que algo mejore, pero todos somos conscientes de que va a ser muy difícil. Después comprobaremos que siete millones de compatriotas siguen considerando que el partido de Bárcenas, la Gürtel, la Púnica, Camps, Matas, Rato y María Dolores de Cospedal, esa demóstenes manchega, es el adecuado para gobernar España. Las tres horas de conversación pasan volando; en realidad, cuando la charla empieza a calentarse de verdad –es decir, cuando estamos listos para hacer verdaderas confesiones– es cuando tenemos que marcharnos. Al llegar a Hoyos, cerca ya de la medianoche, yo aún noto los efectos de los gin tónics, pero seguimos sin ver los del incendio. No importa. Mañana será otro día.
viernes, 18 de diciembre de 2015
Sexo y poesía
Así se titula (en realidad, no: el título oficial es "Poesía / Sexo / Poesía", pero yo me atrevo a sintetizar su meollo) la mesa redonda en la que participo hoy. Es uno de los actos programados en las jornadas poéticas que organiza cada año la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, y cuenta con la participación, además, de Valérie Tasso, Roser Amills y Matías Néspolo como moderador. Aunque nadie me lo ha aclarado (yo tampoco he preguntado), supongo que me ha valido estar aquí haber publicado algunos títulos abiertamente dedicados a la poesía erótica, y hasta pornográfica, como La montaña hendida o Seis sextinas soeces. Me acerco al Ateneo, donde se celebran las jornadas, con alguna prevención: las mesas redondas las carga el diablo. Al salir de la estación de los Ferrocarriles de la Generalidad en la plaza Cataluña, me doy de bruces con el espíritu navideño: las Ramblas están adornadas, como cada año, con las luces propias de estas fiestas, pero constato que las de este son espantosas (o deleznables, que diría Rajoy): rostros contrahechos, de aire turbiamente africano, que no sé si representan el empacho de las comilonas o el disgusto por las fiestas. La electricidad que las anima las vuelve aún más aparatosamente deformes. Debajo de ellas otras luces, más pequeñas, se esfuerzan por alcanzarlas: son esos aparatejos fosforescentes que paquis y otros inmigrantes se empeñan en lanzar al aire y recoger a la caída. Nunca he visto a nadie comprarles uno, pero ellos siguen ahí, junto a Canaletas, haciendo subir y bajar incansablemente los diabólicos cachivaches. Son las seis. El acto empieza a las siete, pero he venido antes a husmear novedades en La Central del Raval. Desde que he vuelto esta vez de Londres, todavía no he pasado por ninguna librería. Apenas entrar, me encuentro con Jesús Aguado y una amiga suya. Intercambiamos abrazos y una charla apresurada pero muy cordial. Jesús se lleva una edición de Uvas de la ira (le digo que a mí el título de Steinbeck que más me gusta es De ratones y hombres, que fue magníficamente llevado al cine por Gary Sinise en 1992). Por mi parte, tras mucho mirar, opto por dos títulos binominales: Alarmas y digresiones, una recopilación de artículos de Chesterton recientemente aparecida en Acantilado, y Versiones y subversiones, de Max Aub, una antología apócrifa de uno de los escritores más extraños (y mejores) de la literatura española del siglo XX. Con Chesterton me pasa algo curioso: su figura me interesa mucho y empiezo siempre sus libros con mucha ilusión, pero inevitablemente acaban por decepcionarme. Y no sé bien por qué: no sé si por la frecuente superficialidad de su prosa o por el rechazo que no puedo evitar que me suscite su pugnaz catolicismo. Estoy por trincar también la historia del suicidio que acaba de publicar el enciclopédico Ramón Andrés, asimismo en Acantilado (el espíritu de Vallcorba sigue planeando sobre los libros de la editorial, que los dioses lo bendigan), pero, si lo hago, el presupuesto se me desquicia. Ramón sabrá perdonármelo. Ya es casi la hora, así que me dirijo al Ateneo, en cuya sala Josep Maria de Sagarra se ha de celebrar la mesa redonda. Saludo a los organizadores —algunos, viejos amigos, como Albert Tugues; otros, acabados de conocer, como Matías Néspolo—, nos tomamos las fotos (y, ay, los selfies) de rigor y pasamos a la sala, es decir, al escenario. Allí habla primero Roser Amills, periodista, escritora y bloguera, que tarda diez segundos en recordarnos que nuestros padres follaban y otros tantos en decir "polla", "coño" y "mamada". Me tranquilizo: ya estamos en harina. Roser reivindica la poesía directa —la metáfora, según ella, oculta la realidad— y, en general, la franqueza en el tratamiento del sexo en literatura. Valérie, francesa, novelista y sexóloga, célebre por su polémico Diario de una ninfómana, publicado en 2003, hace una exposición mesurada, lo que no deja de tener mérito, dado el asunto de que se trata, y disiente de la franqueza exigida por Roser a la literatura: para Valérie, poesía es igual a metáfora. Cuando me toca el turno a mí, varias personas se han marchado ya de la sala: quizá están escandalizadas o quizá iban a una conferencia de cocina y se han dado cuenta de que se habían equivocado de sala. Yo empiezo mi intervención recordando una anécdota de mis sextinas soeces: en una feria del libro, un presunto lector se las tiró a la cara a su editor, mi amigo José Noriega, al grito de "¡Este tío está enfermo! ¡Que vaya al psiquiatra!". Aquello me enorgulleció mucho: que la poesía conserve esta capacidad para alterar los ánimos, para escandalizar, hoy, cuando nada, ni siquiera el gobierno del PP, escandaliza a nadie, es para mí un motivo de satisfacción. Hablo luego de la necesidad, sí, de purificar lo convencionalmente tenido por sucio mediante su exposición abierta, sin reconocer el bagaje opresivo que arrastran las palabras, pero también recuerdo que eso, en poesía, no puede hacerse sin algún nivel de transformación lingüística, y que la metáfora es, a veces, más aún, casi siempre, la forma más directa de vivificar el sentido de las cosas y, por lo tanto, de hacerlas más tangibles y verdaderas. Por otra parte, planteo la duda de si es posible, en rigor, una poesía sexual o pornográfica, dado que la condición de lo pornográfico no la determina la explicitud, sino la exclusividad (algo no es guarro porque contenga sexo, sino porque solo contiene sexo), y la poesía sexual, como toda poesía, se hace con palabras, y las palabras nunca son neutras ni inocentes: siempre acarrean otras cosas —juicios, connotaciones o ecos—, y esas otras cosas necesariamente diluyen la exclusividad del acto descrito o la escena narrada. El debate prosigue algo trompicadamente y se extiende pronto al público —alguien reclama la pervivencia del tabú, porque sin tabú perdemos el placer de violarlo; yo respondo que los tabús son cristalizaciones de valores, y que siempre hay que decidir si todavía compartimos los valores que los sustentan o ya han dejado de estar justificados: el ataque no es, pues, a la existencia de normas, muy necesarias para la convivencia, sino a la vigencia de cada una de ellas—, aunque, como suele suceder en este tipo de actos, cuando están realmente empezando, ya se acaban. Nos hemos pasado de la hora y hay que cortar. Salgo de la sala para saludar a algunos amigos que han asistido a la charla, como mis queridos Aurelio Major, que lo ha observado todo con una sonrisa traviesa detrás de sus quevedos diminutos, y Blanca Ruiz, que ha participado en el coloquio con su entusiasmo habitual. También intercambio algunas palabras con Santiago Martínez, a quien hacía mucho que no veía, y con una vieja amiga de la Facultad, Silvia Rins Salazar. Con Valérie paso también un rato comentando la jugada. Es una mujer inteligente y hermosa que, a mi observación sobre el carácter frío de los ingleses, responde con regocijada añoranza: "Pues a mí me encantaban: tanta depravación debajo de esa superficie inescrutable...". Tiene razón, pero yo aún no he alcanzado a superar la superficie inescrutable, y tampoco sé si quiero hacerlo. Nos vamos luego a cenar todos —menos Valérie, que está algo pachucha de la garganta— al Racó de'n Cesc [El rincón de Paco], un estupendo (y muy caro) restaurante de cocina catalana muy cercano a mi antiguo piso en la calle Muntaner, donde vivimos diez años. En el Racó de'n Cesc he cenado en varias ocasiones: en otras participaciones mías en las jornadas poéticas de la ACEC y cuando invité a comer a los miembros del tribunal de mi tesis doctoral. Es esta una de las tradiciones más despiadadas de la vida académica en España, pero, si uno ha accedido a afrontar el rito de paso de la tesis, la coherencia exige que lo haga con todas sus consecuencias, y los siglos han decantado la obligación de retribuir a los maestros doctores que lo han acogido a uno en su seno con un ágape a la altura de las circunstancias. Al entrar en el Racó de'n Cesc, pasamos todos junto a una mesa presidida por el conseller de Economía de la Generalidad, Andreu Mas-Colell, Mascu para los guionistas del Polònia, en la que se está hablando en inglés. No es extraño: un minesoto como él ha de dominar la lengua de Shakespeare. Desde luego, no da signos de preocupación por la situación política y económica en Cataluña, ni por el apercibimiento del Tribunal Constitucional de que puede ser suspendido de sus funciones si no acata sus resoluciones: examina la carta con una amplia sonrisa y probablemente salivando, aunque esto no puedo comprobarlo. El vino ya está en la mesa: no es Rioja, sino Priorato. A nuestra cena se han sumado Miquel de Palol y Pura Salceda, presidente y secretaria de la ACEC, y dos vocales de la organización, Albert Tugues y María Cinta Montagut, Antonio Beneyto —que anda también pocho, después de algunos alifafes de salud, pero que no ha perdido su perilla mefistofélica, ahora dilatada en barba— y los dos jóvenes poetas que han leído tras nuestra mesa redonda, Maria Sevilla y Unai Velasco. (A Maria la acompaña quien parece ser su novio, con el que disfruta de una chispeante intimidad, pero que no dice nada en toda la cena). Algunos detalles subrayan las diferencias generacionales, muy visibles en el encuentro: tanto Maria como Unai llevan versos tatuados en los brazos; Maria, de hecho, lleva un poema entero, suyo: todos esperamos que no quiera corregirlo nunca. Yo recuerdo a una poeta mexicana amiga mía que se ha tatuado en la rabadilla un hermoso verso de sor Juana Inés de la Cruz: "Óyeme con los ojos". Resulta encantador, pero más discreto y, por lo tanto, más sugerente. Unai y Maria, también, en los apartes silenciosos que se producen después de algunos feroces intercambios sobre el concepto de autoridad —que la mayoría reivindicamos, pero al que Maria, efervescentemente, se opone—, consultan el móvil. Los demás solo consultamos las caras y las palabras de los contertulios. Ah, qué antiguo me siento. Roser, a la que acompaña en la cena su hijo Joan, cuenta muchas cosas y cita, en un momento dado, a una deplorable poeta catalana, amiga suya, que, según deja entrever, le ha hablado pestes de mí. Es lógico: no la incluí en una antología de poetas catalanes que he publicado en el Fondo de Cultura Económica y ella no se abstuvo de escribirme para decirme, con la finura que la caracteriza, lo que pensaba de aquella omisión. Como observa Roser, su amiga siempre dice lo que piensa, y eso se conoce que es una virtud. Pero yo tengo esa sinceridad primitiva por un indicio de trogloditismo y una prueba de mala educación. La buena educación, es decir, la capacidad para convivir razonablemente con los demás, incluso con aquellos de los que discrepas, o incluso que detestas, consiste, precisamente, en no decir lo que piensas. Hay que saber reprimir el yo, que suele ser insoportable: si ya lo es para nosotros, mucho más para los demás. Y no me resisto a contar la anécdota de la muerte del pintor Jackson Pollock, muy adecuada —como también lo es el apellido del interfecto— para una velada como esta, sobre sexo y poesía, que refiere Miquel de Palol: Pollock falleció en un accidente de coche; conducía borracho y mientras una de las pasajeras —había dos en el vehículo— se la estaba chupando: no es extraño que se descontrolara. Lo peor fue que, cuando le hicieron la autopsia a la felatriz, le descubrieron la polla de Pollock en la boca: con la violencia del impacto, se la había arrancado de un mordisco. No se sabe si Pollock llegó a enterarse de la amputación. Roguemos al Señor por que no.
martes, 15 de diciembre de 2015
Dos libros de Jordi Doce
Jordi Doce es uno de los hombres de letras más completos de mi generación y, probablemente, de todas las generaciones literarias existentes hoy en España: es poeta, traductor, ensayista, crítico, articulista, profesor, antólogo y gestor editorial, y en todas estas actividades raya a gran altura. Como poeta —la poesía siempre es, para todos los que nos dedicamos al pluriforme mundo de la literatura, lo más importante, y por eso mismo también lo más problemático—, Doce acaba de entregar a los lectores la antología Nada se pierde. Poemas escogidos, publicada por las Prensas de la Universidad de Zaragoza —junto con la Editora Regional de Extremadura, la mejor editorial institucional de España—, en la que recoge 77 poemas de su ya larga producción, que empieza con el poemario La anatomía del miedo, aparecido en 1994, y acaba, de momento, con los libros de notas y aforismos Hormigas blancas y Perros en la playa, de 2005 y 2011, respectivamente, ambos excelentes ejemplos de una mente incisiva, una sensibilidad ácuea y una prosa ágil y depurada, aunque los dos estén asimismo teñidos de una intensa coloración lírica. Nada se pierde, que se presenta con una insólita desnudez —sin prólogos ni estudios introductorios, solo complementado por un breve epílogo del autor— es una magnífica ocasión para conocer una obra "en la que las pesas contrapuestas del entusiasmo y el desencanto han sabido encontrar (...) un punto de equilibrio, lejos de la ferocidad impaciente de los primeros años [y del] paisaje de cenizas que sucedió a la publicación de Gran angular en 2005", como señala el propio Doce; una poesía vertebrada por las mejores tradiciones —de Octavio Paz y José Ángel Valente a la poesía anglosajona contemporánea—, y en la que se cohonestan la pausa meditativa y el deslumbramiento mundano en una dicción que tiene el mérito de ser, a la vez, sosegada e impetuosa. Pero, con tratarse de un libro interesantísimo, hoy quiero dedicarle una atención especial a otro que ha publicado casi al mismo tiempo que este, y que revela o, mejor, documenta otra vertiente del letraherido polifacético que es Jordi Doce: la de entrevistador. Me refiero a Don de lenguas. Entrevistas literarias, el conjunto de interviús que hizo Jordi a varios importantes autores europeos —dos de ellas en colaboración con Esther Ramón y Rafael José Díaz— cuando era editor del Círculo de Bellas Artes de Madrid, entre 2007 y 2011 (más una, al estadounidense Paul Auster, en 2002). Todas ellas han visto ya la luz en Minerva, la revista del Círculo —y la de Auster, en Letras Libres—, pero ahora se recogen en este libro de formato pequeño pero pulcra edición, lo que pone de manifiesto su coherencia y las dota de unidad. Los autores entrevistados son Philippe Jaccottet, José Manuel Caballero Bonald, Umberto Eco, Cees Nooteboom, Seamus Heaney, Paul Auster, Adam Zagajewski y John Burnside. En Don de lenguas, Doce demuestra que el secreto de una buena entrevista, verse sobre lo que verse, incluso sobre versos, como la mayoría de las que aquí se reúnen, no es otro que una preparación adecuada —es decir, una lectura reflexiva de la obra del entrevistado— y un clima favorable. Y no me refiero, claro, al tiempo que haga cuando se realiza, sino a la atmósfera de complicidad y entendimiento que es necesario crear, y que no excluye la pregunta punzante o la discrepancia educada. Habituados a la documentación lábil o, sin más, inexistente de tantos preguntadores atolondrados, las cuestiones que plantea Jordi Doce son tan pertinentes como fundamentadas, y, a menudo, con una entidad de pensamiento que las hace atendibles por sí mismas, sin necesidad de respuesta; aunque precisamente por eso suscitan respuestas inteligentes. No es necesario ponderar la altura intelectual de los entrevistados, entre los que se cuentan un premio Nóbel y un premio Cervantes, ni la diversidad de lenguas con que trabajan. Todos hacen aportaciones relevantes. Jaccottet —que tiene "la mueca pensativa y curiosa de un pájaro", especifica Doce— afirma algo que suscribo enteramente: "Nada que no haya sido vivido ha tomado forma como poema. Tengo que partir de algo sentido con intensidad (...) [y] al final siempre llego a algo en lo que, muy en el fondo, está lo invisible". Caballero Bonald comparte el lamento de Jack London: "Mi error fue un día abrir un libro" y reivindica la poesía como el reino de las imágenes: "el pensamiento lógico se subordina (...) a la intuición iluminadora". También, "que la poesía tiene algo de violencia contra uno mismo, contra la propia intimidad", una afirmación que disiente, o acaso confirma sutilmente, la anterior de Jaccottet. Caballero Bonald también facilita algo muy interesante de estas entrevistas: discrepar. Por ejemplo, él cree que "Barral es un gran poeta muy mal conocido, muy mal leído", y yo opino que Barral es un poeta muy mediocre, que, si es mal conocido o mal leído, quizá sea porque es malo: no hay por qué suponer tan tontos a los lectores. Umberto Eco es el que menos atención presta a la poesía —aunque no deja de recordar su pasado poético— y el más pugnaz, el que más choca con los planteamientos del entrevistador. Frente a una pregunta sobre la proliferación de blogs en internet como forma de objetivar la realidad, Eco responde: "No, no, es otra cosa. (...) Me parece que Internet busca una cura para la enfermedad que ella misma ha causado. La primera enfermedad que ha causado Internet ha sido la soledad (...) la horrenda soledad de Internet, contra la cual se reacciona con esta búsqueda de sociabilidad, en la que yo comparto mi subjetividad del discurso con otros". El holandés Cees Nooteboom —cuya "mueca de recelo", especifica esta vez Jordi Doce, siempre atento a los gestos faciales, "no tarda en disolverse en el agua de la conversación"—, acude a una cita feliz de Marianne Moore —la literatura son "jardines imaginarios donde se posan sapos de verdad"— y subraya dos ideas esenciales de la creación poética contemporánea, que como poeta suscribo totalmente: no queremos "poesía poética", y se escribe para descubrir lo que uno piensa, como también ha afirmado Antonio Gamoneda: "yo solo sé lo que he dicho cuando lo he dicho". Otra afirmación de Nooteboom tiene, además de un valor estético, un sentido moral: "Cuando tengo un vínculo serio, siempre resuelvo ir en otra dirección". En efecto: uno ha de apartarse de lo encauzado, incluso de lo encauzado por uno mismo, si aspira a descubrir algo sobre sí o sobre el mundo. Como decía Caballero Bonald, hay que doblarle el brazo a las convicciones íntimas, y hasta asfixiarlas. Heaney cita a Yeats para destacar el trabajo —y la intuición— que requiere un buen poema: "Un solo verso puede llevarnos horas (...), / pero si no parece algo pensado en un instante / todo nuestro coser y descoser es en vano...", y subraya también la importancia del fore-conceit, "el pre-concepto", esto es, lo preverbal, "donde se realiza gran parte de la obra. La amplificación verbal, el acto de encontrar las palabras y su traslación al papel vienen en segundo lugar, ya que en ese momento pasas de la potencia al acto, pero sin la concepción inicial, sin el fogonazo de la posibilidad, no puede haber potencia". Paul Auster —al que Jordi Doce caracteriza con "los ojos tan saltones como las ojeras, (...) la boca teatral", y que "se mueve con intensidad, como pidiendo al aire que le abra hueco"— hace unas declaraciones especialmente iluminadoras, ancladas en su experiencia íntima de escritor. Como Caballero Bonald, como Nooteboom, considera fundamental "la exigencia de desafiar mi propia técnica, de entrar en territorios donde no me siento seguro. A veces incluso necesito escribir lo que parece una completa estupidez, o al menos correr ese riesgo, correr el riesgo de que lo que escriba sea una estupidez". Frente a tantos escritores que solo encuentran consuelo en el cultivo perseverante de lo ya hecho, los mejores procuran siempre apartarse de lo ya hecho, aun contra sí mismos, o sobre todo contra sí mismos. Auster insiste en ello y en la dimensión ética de esa posición: "Como escritor me veo en la necesidad y la obligación de romper moldes constantemente. Creo que es casi un deber moral". Por último, Jordi Doce entrevista conjuntamente a Zagajewski y a Burnside, en un diálogo a tres de alto voltaje conceptual que empieza después de que "los ojos astutos y vigilantes" del polaco se hayan encontrado con "la corpulencia risueña" del escocés. Zagajewski destaca "la energía que brinda la aparición de lo novedoso", pero también la necesidad de que el poema nunca deje de estar vinculado con la realidad: "Si tratas de hallar lo sublime, tienes que tener cuidado de no alejarte mucho de la concreción de tu vida". Como Ezra Pound, el autor de En defensa del fervor cree que la palabra "manzana" siempre es más bella que la palabra "belleza". No obstante, la actual proximidad casi obligada del poema con la conversación no le parece recomendable: "A veces lo intenta en exceso, no tiene metáforas, simplemente fluye como un chat de Internet. Así que yo pediría a cambio algo de artificialidad". Por último, hace una observación certera y lacerante, que todos deberíamos aplicarnos a corregir: "La gente habla de poesía, pero no se molesta en leer a otros poetas". Por su parte, Burnside considera el poema lírico un "viaje", como consecuencia del cual quizá se llegue a otro mundo. Para él, siguiendo a Heaney, la poesía es "captar la música de lo que sucede", una definición con la que podría estar de acuerdo un japonés. Y esa música no siempre se acomoda a los moldes existentes: "Hay gente que dice que, si el poema no se adhiere a ciertas normas preestablecidas, no es un poema. (...) Pero algunas cosas emergen con una urgencia que no encaja en ese molde. Y ¿cómo construyes algo nuevo dentro de un molde antiguo?". La entrevista —y el libro— se cierran con una crítica al papel de la crítica: "Lo que ahora se reseña en los suplementos es porque tiene éxito, y si es así habrá que prestarle atención, no al revés. Se ha invertido el sentido del circuito cultural".
domingo, 13 de diciembre de 2015
Las elecciones del 20 de diciembre
Vuelvo a España y aterrizo en el patio de Monopodio
de la campaña electoral, con la sensación del paracaidista que, desviado de su objetivo por un viento inesperado, cae en pleno campo de batalla, rodeado de
explosiones, enemigos feroces y cargas a la bayoneta. Antes, las campañas
electorales eran algo previsible y hasta rutinario: a las doce de la noche del
día en que empezaban, los líderes de los partidos pegaban, risueños, el primer
cartel electoral, todos recibíamos en casa voluminosos sobres con la publicidad
de las distintas formaciones, y a los mítines, de los que daban puntual cuenta
los telediarios, solo acudían los que ya estaban convencidos y querían
demostrarlo aplaudiendo con fervor la arenga del jefe. Luego votábamos y a otra
cosa, mariposa. Hoy la batalla electoral se libra en la televisión y las redes
sociales. Como en las redes sociales no estoy, no me preocupan. Pero es
imposible mirar la televisión (o escuchar la radio) sin caer en algún debate, o
en alguna vociferante tertulia, valga la redundancia, o en alguna entrevista a
algún líder político (o, todavía peor, en alguna participación suya en un programa de variedades). Y, como resulta que se han multiplicado los partidos
políticos con opciones reales de conseguir el poder, los programas dedicados a
ellos, a sus programas y a sus líderes han cobrado proporciones de epidemia. En
ellos se habla –o se grita– de los programas, sí, pero ya sabemos todos que los
programas nunca han tenido demasiada importancia en las campañas electorales y
menos aún en el ejercicio del gobierno. El programa del PP de las anteriores
elecciones generales es un ejemplo paradigmático: se ha incumplido
rigurosamente: el gobierno se ha aplicado a incumplirlo con la dedicación de Job,
más aún, con la abnegación de la madre Teresa de Calculta, pero eso no parece
haber disuadido al 30% de electores –muchos millones de españoles– que, según
las encuestas, están dispuestos a seguir votándolo. Aquí la gente vota, llena
de entusiasmo, a quien no ha hecho lo que ha dicho que haría. Pero, si el programa
no cuenta, salvo para dar una pátina de respetabilidad a las imbecilidades que
muchos defienden, la televisión y los debates cuentan mucho. Lo que uno siente
ante esta proliferación de algarabías y discusiones es que todos representan un
papel: la política es el retablo de las maravillas de la vida social. Y es un
papel pautado por el imperio de los partidos: todos son personas, en el
sentido etimológico de la palabra –máscara–,
pero nadie lo es en realidad, porque las personas, las de verdad, se
caracterizan por sus inseguridades y sus incertidumbres, por sus ignorancias y
sus contradicciones, y aquí nadie ignora nada, nadie está inseguro de nada:
todos son militantes disciplinados; todos tienen la respuesta preparada por
sus organizaciones; todos han memorizado el argumentario que suministran a
diario los partidos, y, si no lo han hecho, da igual: su visión, a fuerza de constreñirla a los estrechos moldes de lo que hay que defender, responde ya
naturalmente a la doctrina exigible. El pensamiento individual, la frágil pero
riquísima conciencia humana, cede y se acomoda a la ideología, dejándose en esa
adscripción lo mejor de sí, la autenticidad de la crítica, la honradez de la
objetividad, la delicada textura de lo singular. ¿Y quiénes militan en estas
prietas filas, quiénes se hacen ventrílocuos de las doctrinas y los catecismos, quiénes abrazan
una parte exigua de la realidad y desdeñan todas los demás? Pues gente entregada
a la causa, y toda causa es dogmática: toda causa excluye una comprensión
porosa del mundo y una incorporación ecuánime de los valores del mundo, aunque
no sean los nuestros. Gente, por otra parte, ejecutiva y mayormente técnica,
que cifra en los lenguajes codificados y en las respuestas automáticas su
estar en la comunidad. Uno advierte, escuchando a los representantes,
portavoces y gerifaltes de los partidos, que casi ninguno lee por el placer de
hacerlo, que casi ninguno da muestras de que le importen la cultura o el arte, y que ninguno razona por sí mismo. No tienen tiempo para eso: están
demasiado ocupados aplicando los conocimientos que les inculcaron en las
escuelas de negocios, o empapándose de datos contenidos en informes llenos de gráficos y cifras, o estudiando las estrategias del partido para afrontar los
debates electorales. ¿A quién tenemos, pues, en esa línea de combate que se ha
de resolver el próximo 20 de diciembre? En primer lugar, a Mariano Rajoy, ese
caballero de provincias que lleva 30 años en los distintos escalones del
poder, y
cuyas únicas aficiones conocidas son el Real Madrid, fumar puros, jugar al
dominó con los jubilados de los pueblos cuando llegan las elecciones y evitar
rendir responsabilidades. Mariano es, como se sabe, registrador de
la propiedad, y los registradores de la propiedad tienen tanta audacia y tanta
capacidad de innovación como los sepultureros. Presume, a falta de otros
méritos, de seguridad y experiencia, dos de los principales valores de todos
los conservadores del mundo, pero, por eso mismo, dos valores a los que, cuando
el país ha alcanzado un determinado nivel de descomposición, hay que atribuir
la importancia justa: ninguna. Al fin y al cabo, los procuradores en Cortes del franquismo
eran políticos muy expertos –algunos se pasaron casi 40 años siéndolo–,
pero eso no sirvió para que el país prosperase. Mariano es, además, el
responsable último de la corrupción que ha anegado a su partido en esta
legislatura, aunque no se ha limitado a ella: se ha manifestado ahora, pero
proviene de hace décadas, cuando mandaban José María Aznar y hasta Fraga
Iribarne, y los tesoreros del partido habían establecido algunas sólidas
tradiciones, que no han hecho sino perpetuarse y aumentar: llevar otras
contabilidades, traficar con donaciones y dinero negro, dar aguinaldos en
sobres, engordar cuentas corrientes en el extranjero. Pero el PP no es solo el
registrador de la propiedad que lo preside: también brillan con luz propia
otros dirigentes, como mi admirada María Dolores de Cospedal, cuya comparecencia
para explicar el “finiquito en diferido” a Bárcenas es un ejemplo inmarcesible
de claridad de ideas y oratoria refinada, y a la que hace un par de días escuché en
la televisión criticar a los que no tienen las ideas claras y no saben decir lo
que piensan; o Soraya Sáenz de Santamaría, de la que, por razones que se me
escapan, todos hablan con admiración: la vicepresidenta es solo una joven muy
estudiosa –una opositora nata– y fortalecida por la fe, a la que no se le
conoce una idea propia, pero que, eso sí, expresa las del manual que se haya
empollado con una convicción sacramental. Soraya siempre sonríe, aunque esté
anunciando que a los parados se les
reducen las prestaciones o que quienes no puedan pagar sus hipotecas no van a
poder escapar del desahucio: Soraya, suceda lo que suceda, está encantada ser
vicepresidenta. Por eso sonríe siempre. Conocí muchas como ella en la Facultad
de Derecho: niñas de buena familia, muy católicas, muy trabajadoras, muy
vacías. Más allá de estas perlas, tenemos a la bisutería de la derecha:
Ciudadanos y sus camadas de jóvenes garridos, aguerridos y con desparpajo que proclaman la
buena nueva de que el centro político, huérfano de cultivadores desde Adolfo
Suárez, ha vuelto. Pero el centro solo es refugio de la derecha avergonzada de
serlo. También conocí a algunos como Rivera en Derecho, que, como puede verse,
me fueron más provechosos como experiencia sociológica que como aprendizaje
jurídico: con garbo personal y facilidad de palabra, pero sobre todo con la
seguridad de ser más guapos, más modernos y estar mejor vestidos (o, en el caso
de Rivera, mejor desnudos) que cualquier otro. Albert Rivera y sus adláteres,
como la por otras razones admirable Inés Arrimadas, son construcciones huecas,
brotadas al calor de la decadencia y la indignación, bajo cuyos perfiles
aseados pero anodinos se esconde un espíritu conservador. También hay, en estos
partidos emergentes, figuras atrabiliarias, como el jupiterino Girauta, hoy
aparcado en el Parlamento Europeo, pero que amenaza con volver. Estos
personajes, sin embargo, dan pintoresquismo a las formaciones y solo hacen daño
si se les deja: nuestro escenario político está lleno de cementerios de
elefantes a donde pueden ser enviados, con perjuicio para el contribuyente,
pero en beneficio de la salud pública, como saben bien Alejo Vidal-Quadras y
tantos otros. Hacia la izquierda, encontramos a Pedro Sánchez, el
invento de la mercadotecnia socialista para rejuvenecer el partido y su
mensaje. Tras la decepcionante experiencia de Zapatero y el fracaso de
Rubalcaba –dos nítidos representantes, sobre todo el segundo, de la vieja
guardia, y ambos escasamente apolíneos–, era necesario dar con alguien poco
pringado en la gobernación y presentable en un estudio de televisión. Sánchez
es intercambiable con Rivera, aunque sus colores sean diferentes: ambos
transmiten novedad y resolución, y Sánchez, por si fuera poco, tiene la mandíbula
más cuadrada. Sus discursos son los previsibles, aunque proclamen el cambio,
porque, si la revolución ha sido asumida por una organización a la que se debe obediencia,
también la revolución se vuelve obediente, es decir, nula. Sánchez da la
tabarra sobre la renovación que piensa introducir en las instituciones, pero
uno se pregunta por qué él y su partido no la han introducido ya cuando han podido hacerlo. El
candidato socialista perora con mucha desenvoltura, pero también, sospecho, con
escasa autenticidad. La autenticidad –que es la forma modesta de la verdad– es
la gran ausente de la vida política española. A uno le gustaría que el PSOE, si
gobernase, hiciera muchas de las cosas que promete, pero se ha convencido ya de
que si, por ejemplo, no ha denunciado todavía los acuerdos con la Santa Sede,
no lo hará nunca, a pesar de los resueltos –e interesados– alegatos de Sánchez.
Y por fin tenemos a Podemos, que ha reunido a muchos de los genuinamente
indignados por la putrefacción de la vida política y las injusticias cometidas
por los gobiernos del PP, pero que, en su estructura de mando –pese a los círculos, tiene estructura de mando, y
acaso más estalinista que ninguna–, está copada por un pequeño grupo de
comunistas enmascarados, cuyo modelo de gobierno ha sido, y sigue siendo
–aunque a ellos les interese ahora negarlo–, el gobierno bolivariano de
Venezuela. Pablo Iglesias tiene fuerza dialéctica y, a la vez, serenidad de
ánimo, y eso le beneficia en un país acostumbrado al griterío y la barrabasada,
pero bajo su coleta no hay otra cosa que el pensamiento de Antonio Gramsci, y
eso no augura nada bueno. Los que ya tenemos una edad, recordamos a figuras como
la suya, y, de nuevo, retrocedo a mis buenos y viejos tiempos de estudiante de
Derecho para rememorar aquellos líderes rojos, militantes de grupúsculos
maoístas o trotskistas, y partidarios inconmovibles de la revolución, que nos
arengaban en las asambleas y no dejaban de proponer que derrocáramos el orden
burgués. Nosotros los escuchábamos con fascinación, hasta que culminaban la
proclama animándonos a acompañarles en su salida a la Diagonal para pegarse
con los grises, momento en el cual se desvanecía nuestra fascinación y nos
dirigíamos todos al bar. Iglesias puede que no sea ya maoísta ni trotskista,
pero conserva todavía el espíritu incendiario de la izquierda dogmática. Su
discurso incurre en los mismos tics –en las mismas falacias, automatismos y
previsibilidades– que sus colegas de derechas, aunque sostengan posiciones
antagónicas, y en su gobierno, si alguna vez llega a ejercerlo, se mezclarán
estruendosamente las catástrofes causadas por su ideología y las renuncias a que
les obligará el sistema. Yo, a pesar del gallinero en el que nos encontramos y
de las pocas esperanzas que me inspiran los partidos, estoy contento, porque
pensaba que no iba a votar y sí voy a poder hacerlo. Pedir el voto por correo
desde Gran Bretaña es dificilísimo: el PP y el PSOE se aliaron la pasada
legislatura para cambiar el sistema existente a otro de “voto rogado”, cuyos
plazos y requisitos hacen prácticamente imposible que la ingente colonia
española en el extranjero pueda ejercerlo. Así que ya me había hecho a la idea
de abstenerme, forzosamente, en esta ocasión. Pero hace dos días escuché en el
telediario del mediodía que el plazo para pedir el voto desde España acababa aquella misma tarde. Salí corriendo a mi estafeta de Correos y presenté la
solicitud correspondiente. Si la burocracia no lo impide, depositaré mi voto para las próximas elecciones. Y ojalá sirva para echar del poder a un gobierno tan
corrupto, incompetente, alelado y vergonzante como el del Partido Popular.
viernes, 11 de diciembre de 2015
Luis Javier Moreno, el hedonista triste
Hace dos días supe en Londres, por la prensa —Ignacio Sanz firmaba su obituario en El País—, que había muerto Luis Javier Moreno. Su nombre quizá no diga mucho a los lectores de poesía, pero, para los que lo conocimos, era sinónimo de bonhomía, honradez e inteligencia. Yo tuve esa suerte —conocerlo— hace muchos años ya, gracias a nuestra común amistad con otro gran poeta y ser humano, Tomás Sánchez Santiago. Los dos eran compadres de antiguo y Tomás quiso que yo también participase de aquella hermandad. Y así lo hice. Visité a Luisja —así le llamaban los más próximos y me atrevo a llamarlo yo hoy también— en Segovia y paseé con él por la hermosa y acuedúctica ciudad. O, mejor, él me paseó: me llevó a varias tabernas, a cuál más inmunda, pero todas con excelentes boquerones y morapios devastadores —aunque Luisja prefería la cerveza, que trasegaba sin fin discernible—; me asomó a plazuelas y rincones inverosímiles; y me llenó los oídos de una palabra humeante y fraternal, salpicada de risotadas que lindaban, paradójicamente, con la sonrisa, o que tenían la calidad de la sonrisa. También recuerdo a dónde no me llevó: a la catedral, en la que había que pagar para entrar. "Es que darles dinero a los curas...", especificó, sin llegar a especificar. No pude por menos que aplaudir su resolución, que debía de causarle algún sufrimiento, teniendo en cuenta su pasión por el arte —Luisja era un apasionado de la pintura y sabía, como me dijo una vez, cuánto agradecían los pintores que alguien escribiese cosas cuidadosas, con sentido, sobre lo que hacían—, aunque confieso que no me habría importado ver el templo por dentro. Durante algún tiempo nos estuvimos carteando e intercambiando libros: sus misivas eran siempre irónicas y afables, aunque, de nuevo, destacaban también por lo que no eran: cajas de resonancia del yo. Luis Javier mantenía su ego, ese monstruo peludo con el que convivimos todos los escritores, razonablemente domesticado, algo muy meritorio. Él era expansivo y a veces grandilocuente, pero su extroversión nunca oprimía a los allegados, sino que, por el contrario, los sosegaba y divertía. Le gustaba beber, comer y conversar, y su cultura poética estaba a la misma altura que su afición gastronómica. Parecía animado siempre —pese a sus más recientes tristezas, vinculadas con la enfermedad y el declive físico— por una joie de vivre muy castellana, aunque esto parezca una contradicción. Pero sí: Luis Javier Moreno era depositario de una alegría raigal, vinculada a la tierra y a los placeres elementales, pero imbuida asimismo de un goce contagioso por la palabra, de una satisfacción contenida pero inenarrable por estar vivo. Como poeta, escribió mucho y publicó no poco, pero, a pesar de que algunos de sus libros ganaron premios importantes —como el Rafael Alberti, el Jaime Gil de Biedma, en su primera edición, y el Antonio Machado— y aparecieron en las mejores colecciones —El final de la contemplación, en Visor, en 1992; Cuaderno de campo, en Hiperión, en 1996; y Figuras de la fábula, también en Hiperión, en 2012—, nunca alcanzó un predicamento mayoritario: su poesía se movía en un ámbito lateral, a veces subterráneo; pese a sus rotundidades, Luis Javier conservaba un perfil esquivo, una ambigüedad sinuosa, una oblicuidad provincial. Entre sus numerosas publicaciones, yo conservo algunas con especial cariño, como los dos títulos que publicó en la mítica Balneario Ediciones: Época de inventario (1979) y En tierra (1983). El primero lo encontré en una conocida librería de viejo del barrio de Gracia, de Barcelona, cuyo dueño tenía (y sigue teniendo: lo digo para general conocimiento de la grey poética y, en particular, de quienes se complacen en regalarle libros, pensando con que los conservará como bienes preciados) la aborrecible costumbre de vender las obras que los poetas le habían dedicado personalmente sin tener siquiera la misericordia de arrancarles las páginas de respeto con los autógrafos; el segundo, saldado en otra librería, largamente extinguida ya, del Portal del Ángel de Barcelona, con otros títulos de la misma colección. Conservo con gusto también el cuadernito de "La Borrachería" que le publicaron otros amigos comunes, como mis queridos Máximo Hernández y Juan Luis Calbarro, en 1997, y que tiene el encanto de lo modesto y lo próximo, de la cálida artesanía de los compañeros. Y muchos más libros, como Poemas de Segovia, un compendio de poemas sobre la ciudad en la que había nacido, en 1946 —cuando protesté por la levedad de algunos sitios en los que había publicado, zanjó: "Pero es obra publicada, y eso es lo que importa"—; 324 poemas breves (1965-1985), compuesto enteramente por composiciones de menos de 10 versos; Rápida plata y su traducción al portugués; Rota, sobre la ciudad de Cádiz en la que había sido profesor de bachillerato; y una voluminosa Segunda antología (1967-2007), que da cuenta de una obra que se extiende a lo largo de 40 años. Hay que recordar que Luis Javier Moreno fue también prosista y traductor. Su estancia de dos años en Iowa, como becario Fulbright, a mediados de los 80, le permitió conocer el inglés lo suficientemente bien como para firmar excelentes versiones de Robert Lowell y Theodore Roethke. Llevaba tiempo sin saber de Luis Javier: ver su nombre anteayer en las necrológicas del periódico fue como recuperar de golpe a un viejo amigo, para simultáneamente perderlo: recordarlo para que ya solo sea recuerdo. Pero recuerdo vivo, ambulante, sensato, risueño, cordial: todo lo que eran Luis Javier Moreno y su poesía.
Transcribo ahora uno de sus poemas breves, que me parece especialmente adecuado en estas circunstancias:
Contra la realidad
Debería pensar para darme sosiego
que todo se termina, que así es todo,
que tras de la cosecha de la fruta
el otoño despoja y anticipa
la desnudez perfecta del invierno,
que no es en sí un final, sino un principio,
el bello invierno de la luz exacta,
del frío que devuelve su contorno a las cosas.
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