jueves, 24 de octubre de 2013

Rendezvous con Jordi Larios

Ayer estaba citado con Jordi Larios, un catalán de Palafrugell que profesa en la Universidad Queen Mary de Londres. El campus se encuentra en el East End, una zona no especialmente agraciada de la ciudad. Allí empezó su historia: en 1887, en el Palacio del Pueblo, un nombre que recuerda a las grandes construcciones soviéticas, pero que era, en realidad, un centro filantrópico de ayuda y enseñanza a los habitantes de aquel barrio de inmigrantes, algo que, en buena medida, sigue siendo. Frente al café al que me invita -en vaso de plástico, naturalmente; en Londres se desconoce servirlo en taza-, me habla de su ya dilatada estancia en el Reino Unido, al que llegó en 1987; de su difícil desplazamiento a Londres -él vive en Cardiff, pero ha de pasar, por sus clases, dos noches a la semana en la capital; alquilar algo aquí, y mucho menos comprarlo, resulta prohibitivo-; de la contracción general de la universidad británica, muy afectada por la crisis -el coste de un año de estudios se ha multiplicado por tres: ahora vale 9.000 libras; hay, en consecuencia, menos alumnos y, por lo tanto, también menos cursos y profesores; la moral está baja-; y de un sistema universitario que ha adquirido la condición de negocio, y a cuyas exigencias productivas se subordinan su finalidad y sus servicios. Jordi, además de profesor de literatura catalana, es traductor y poeta. Como traductor, ha vertido al catalán obras de Robert Coover, Henry James, David Lodge, Dorothy Parker, Anthony Powell y Saki. La calidad de los traductores se revela por la calidad de los traducidos, al igual que la grandeza de los críticos se evidencia por la grandeza de los criticados. Aplaudo, pues, especialmente, su elección de Saki, uno de los mejores -y más corrosivos- prosistas de la literatura en inglés de finales del s. XIX y principios del XX. No es desdeñable tampoco el trabajo realizado con Henry James, un autor que parecía congénitamente incapaz de concluir una frase. En su calidad de poeta, Jordi Larios ha publicado tres títulos: Home sol ("Hombre solo"), en 1984; El cop de la destral ("El golpe del hacha"), en 2006; y su más reciente entrega, Rendezvous, aparecido este mismo año en la benemérita colección "Jardins de Samarcanda", de Barcelona, dirigida por Antoni Clapés y Víctor Sunyol. Un vistazo a su bibliografía revela de inmediato que Jordi no es un escritor presuroso, sino muy reflexivo, puntilloso, hasta el límite mismo de la parálisis, en la creación y la corrección, animado, valga la paradoja, por una paciencia oriental. Su escritura se produce por sedimentación, al modo lentísimo de las estalactitas: los versos gotean y dejan, en su caída, un sustrato mineral, que, acumulado, forma la roca. Pero es una roca ingrávida: una roca que participa de la condición de aire, que es aire solidificado. Pese a ello, las cosas han cambiado algo con este último libro, Rendezvous, que solo ha tardado siete años en componer: "he ido a un ritmo vertiginoso", me confiesa. Ambos recordamos que Gabriel Ferrater solo escribió tres poemarios en su vida, Claudio Rodríguez, solo cinco, y que la poesía completa de Jaime Gil de Biedma se contiene en un volumen de apenas 150 páginas. Además, Jordi se manifiesta libre de servidumbres y expectativas: él cultiva su estética como un anacoreta su huerto, y le traen al pairo la repercusión que sus libros puedan tener, o las batallas que puedan desencadenar. Lo único importante para él -y para mí- es decir lo que se quiera decir. Si con ello se gana, además, un puñado de amigos, su felicidad será completa: la satisfacción con lo creado y la amistad son las únicas recompensas. Rendezvous es un libro delicadísimo, en el que se conjugan diversas líneas de fuerza, si esta expresión no resulta demasiado contundente para lo que no es sino un entramado aéreo de anhelos y sugerencias. En los poemas del libro, frecuentemente enumerativos, destacan el canto amoroso, en el que se clavan agujas de melancolía, y la efervescencia lábil pero irredenta del deseo; la presencia de la ciudad, Londres o Cardiff: lluviosa, tediosa, cotidiana; el paso del tiempo, que corrompe los cuerpos y las esperanzas, pero que choca todavía con leves encrespamientos, con horas y experiencias e instantes que sobrenadan, náufragos exultantes, en el océano del olvido; y la reflexión metapoética, que se vale, a menudo, del diálogo intertextual: Keats, Màrius Torres, Paul Éluard, Narcís Comadira, Maria-Mercè Marçal. Transcribo, y traduzco, uno de sus poemas, que es como una miniatura japonesa:

LLUM

Enyores
les seves mans desemparades
-les seves mans de fang-,
la rosa dúctil,
a penes perceptible,
del seu alè.

Enyores
la seva llum urgent.

LUZ

Añoras
sus manos desamparadas
-sus manos de barro-,
la rosa dúctil,
apenas perceptible,
de su aliento.

Añoras
su luz urgente.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Luis Cernuda el doliente

Cernuda vivió en Gran Bretaña desde febrero de 1938 hasta septiembre de 1947. Tras implicarse en la defensa de la República, y hasta combatir con el Batallón Alpino en Guadarrama -muchos desajustes hubo en la vida del poeta, pero pocos tan pronunciados como este: un sevillano amante de las playas pegando tiros en los riscos nevados-, se exilió en las Islas Británicas, donde vivió en Londres, Glasgow y Cambridge. Antonio Rivero Taravillo lo cuenta muy bien en Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), publicado en 2011, una biografía que combina sabiamente el rigor y la ironía, el dato minucioso y la prosa desembarazada. Es sabido que Cernuda no disfrutó de esos años de exilio, como tampoco de los que siguieron en los Estados Unidos, donde fue profesor en Mount Holyoke, un colegio para señoritas. Lo que a otros nos habría resultado muy estimulante, a él lo sumía en un profundo aburrimiento. Solo al llegar a México recuperó la alegría de vivir, para lo que fue fundamental que descubriera el cuerpo broncíneo de Salvador Alighieri, un culturista azteca con nombre de poeta del Renacimiento. Pero en Inglaterra y Escocia sufrió, sufrió mucho: el clima lo torturaba, no menos que el puritanismo anglicano, la frialdad de la gente y un capitalismo apto tanto para producir bienes como para destruir los frutos de la imaginación y la alegría de vivir. Si Londres lo ahogaba, con sus muchedumbres y su ruido -lo que no ha cambiado: la ciudad sigue siendo un hormiguero monstruoso-, Glasgow fue lo más parecido al infierno, un infierno helado, aunque al principio descubriera el "atractivo matinal [de] hallarse en los cuartos de baño con déshabillés o desnudos escoceses". Pero la ciudad caledonia le resulta oscura, soporífera, desolada: un "amontonamiento de nichos administrativos", "una charca". Pasa después, en 1943, al Emmanuel College, de Cambridge, donde trabaja como lector de español, y donde disfruta de sus mejores años ingleses: si no de felicidad -una palabra siempre excesiva cuando se trata de Cernuda-, sí, al menos, de sosiego. En 1945, en fin, se traslada a Londres, donde colabora con el Instituto Español -con el republicano, claro; porque en 1946, se creará otro, franquista, con el mismo nombre, cuyo primer director fue el también poeta Leopoldo Panero, con el que, sorprendentemente, traba una buena amistad- y ejerce de crítico literario en el Bulletin of Hispanic Studies. Los veranos los pasa en Oxford, con su amigo el pintor Gregorio Prieto. La amistad londinense con Panero, por cierto, se prolonga en la que mantiene con su esposa, Felicidad Blanc, que se ha enamorado de él. Cuenta esta en sus memorias que una mañana le pidió al poeta que fueran solos a Battersea Park, algo agreste y apartado entonces, y que allí, después de que Cernuda le leyera "Impresión de destierro", ambos permanecieron cogidos de la mano, transportados de amor, sin tener siquiera que decirse que se querían. Dado que Felicidad Blanc no podía no saber que el poeta era "uranista" -como le definió uno de sus censores-, aquel estado de arrobo era, más bien, un estado de ofuscación, causado, quizá, por el interés que sospechaba en su marido por una de las componentes de los Coros y Danzas de la Sección Femenina que en aquel momento participaba en un festival musical en Gales. El estudio de Rivero Taravillo subraya una constante en la personalidad del poeta sevillano, que se manifiesta incluso en estos años, en los que dependía más que nunca del apoyo de sus amigos. O quizá precisamente por eso se manifestaba con mayor virulencia: porque dependía de la conmiseración de los otros, lo que evidenciaba su vulnerabilidad. Se trata de su hostilidad para con todos, de su carácter irritable y altanero, de su rencor y su esquivez. Una anécdota, de las muchas que consigna el biógrafo, lo expresa bien. En el verano de 1945, Cernuda pasa unas semanas en Wookey Hole, junto a su amiga Nieves Mathews. Come y pasa los días en su casa, donde anfitriona e invitado leen juntos, hablan de literatura y salen a pasear con el hijo de Nieves. Pero un buen día Cernuda se marcha entre dos comidas, sin despedirse, y sin que se vuelva a saber de él. Dos años después, Nieves Mathews averiguará el motivo de su desaparición: Cernuda había encontrado en su biblioteca un ejemplar intonso de La realidad y el deseo. Pero se trataba de un libro que Nieves había comprado la víspera de irse a Wooky Hole, simplemente para tenerlo cerca de ella y del poeta. Ambos ya lo habían leído y releído juntos, en Oxford. Si bien la estancia de Cernuda en Gran Bretaña fue, en lo personal, muy desafortunada, su provecho literario fue grande. Cernuda leyó a los metafísicos ingleses, a Eliot y a Auden, a Wordsworth y a Blake, a Yeats y a Shelley, a Keats y a Browning, y tradujo Troilo y Crésida, de Shakespeare. Todo ello le sirvió para esquivar, como consigna en Historial de un libro, la falacia patética y "la bonitura y lo superfino" de la expresión, y desarrollar una lengua cuidada y útil, pero carente de afectación: la austeridad y la naturalidad, tan propias de la literatura inglesa, serán dos de los rasgos esenciales de la que él escriba hasta su muerte, que se proyectarán en buena parte de la poesía española contemporánea, gracias a la creciente influencia de la obra cernudiana. Sin embargo, el sevillano celebra profundamente su marcha de Inglaterra. Lo reflejará en "La partida", un poema escrito en los Estados Unidos, pero que recoge sus impresiones de aquellos ríos grises, de aquel aire húmedo, con los que había tenido que convivir, o que había tenido que soportar, y que concluye, proféticamente: "(Adiós al fin, tierra como tu gente fría,/ Donde un error me trajo y otro error me lleva./ Gracias por todo y nada. No volveré a pisarte)".

martes, 22 de octubre de 2013

HMS Belfast

El Belfast es una de las innumerables atracciones turísticas de Londres. Yo, sin embargo, nunca lo había visitado. Está fondeado en la ribera sur del Támesis, frente a la Torre de Londres, y su administración y explotación corresponde al Imperial War Museum. El domingo pasado Álvaro y yo decidimos echarle un vistazo, aprovechando que un sol arisco asomaba entre las nubes pertinaces. Siempre me ha llamado la atención el interés, incluso la pasión, que sienten los ingleses por su historia militar, y sus constantes esfuerzos por preservarla. Será porque vengo de un país que desprecia sus hechos castrenses, identificados por la mayoría con sangrientos errores de monarcas cretinos o con barrabasadas de generalotes. Es cierto que, en España, la historia militar ha sido una prolongación de su historia política, es decir, un desastre, mezcla de improvisación, venalidad y fanatismo, pero también que contiene actos de inteligencia y momentos de abnegación, y que no pocos de sus protagonistas han defendido, incluso con su vida, un ideal de patria que asegurara la libertad y la igualdad de sus ciudadanos. Junto a ellos han muerto muchísimos, arrastrados por la conscripción o la pobreza, o simplemente porque pasaban por allí, cuya sangre anónima no debería ser olvidada. En Gran Bretaña, esto es asumido por todos. No es extraño, en realidad: este país ha librado batallas en los cincos continentes, y las ha ganado casi todas. El Belfast es un crucero ligero, botado en 1936, con una hoja de servicios distinguida: sufrió el impacto de una mina, hundió varios barcos enemigos en la Segunda Guerra Mundial, participó en el desembarco de Normandía y aún prolongó sus labores en la Guerra de Corea, hasta que se le concedió un honroso retiro en 1963. Desde 1971 está abierto al público. Entre sus actos de guerra más destacados figura su participación en el hundimiento del Scharnhorst, uno de los buques estrella de Hitler, que estaba martirizando a los convoyes británicos en el Atlántico. En diciembre de 1943, en el Cabo Norte, dos flotillas británicas consiguieron rodear al acorazado alemán, que había salido a capturar mercantes. El Scharnhorst intentó eludir el cerco, pero sucumbió a la superioridad numérica del enemigo y a su mayor capacidad de fuego, no sin antes responder con gallardía al bombardeo inglés. De sus casi 2.000 tripulantes, solo sobrevivieron 36. Para entrar en el Belfast hay que pagar una pequeña fortuna, aligerada en nuestro caso por la condición de estudiante de Álvaro. También hay que superar a una taquillera cuyo inglés me resulta incomprensible. Conseguí sobrevivir a los primeros intercambios, como el Scharnhorst, pero me hundió, por fin, con una pregunta demoledora. Se la hice repetir, pero seguí sin entenderla. Miré a mi hijo: sus ojos expresaban tanta vaciedad como los míos. Pero respondí a la taquillera, con convicción: "No". He comprobado que, cuando se está ante una disyuntiva ininteligible, es más prudente renunciar a un posible beneficio que aceptar una carga inesperada. La mujer se dio por satisfecha, no sin esbozar un sutil gesto de sorpresa, y nos dejó pasar. En el Belfast lo más interesante no son las armas que están en la cubierta -Bofors antiaéreos, cañones de infinidad de milímetros, ametralladoras terribles, torpedos que recuerdan a aquella bomba atómica sobre la que cabalgaba el aviador tejano de Teléfono rojo: volamos sobre Moscú-, sino los ingeniosos mecanismos que permitían, por ejemplo, montar una rampa de lanzamiento para dos aviones de reconocimiento que, a su regreso, eran rescatados del mar con una grúa, y, sobre todo, las instalaciones de la marinería, en los puentes inferiores. Allí se han conservado o reproducido los camarotes, las cocinas, los baños y una infinidad de servicios imprescindibles para el funcionamiento de la nave, desde la carpintería hasta la discoteca, donde se ponían los discos que sonaban, en ocasiones especiales, por la megafonía del buque. Hay que reconocer que los muñecos que representan a los marineros que prestan o utilizan esos servicios no son los más graciosos del mundo -sus peluquines resultan especialmente repulsivos; algunos, como el capellán, parecen el abuelo de Chuki-, pero es que su tarea aquí no era nada graciosa. Por otra parte, se agradece el esfuerzo de los británicos, siempre tan amantes del teatro, por representarlos con expresividad, a la que contribuyen los olores con que impregnan las salas: la carnicería huele a rosbif, y la peluquería, a pelo recién cortado. Sin embargo, lo que más nos impresionó no fueron los camarotes y las habitaciones, sino las salas de máquinas. Había que llegar a ellas descendiendo el equivalente a cuatro pisos, por un verdadero dédalo de escaleras estrechísimas. De hecho, no me explico cómo la marinería sobrevivía a los golpes en la cabeza. Me imagino que, en un zafarrancho de combate, las prisas subiendo y bajando debían llevar a la muerte por decapitación a más de uno. Las tripas del barco -sus motores- sobrecogen por su barroquismo: forman una maraña claustrofóbica de cables y tuberías, que confluyen y se bifurcan en un bosque de formas inimaginables, de meandros de cobre y promiscuidades galvánicas. Caminamos por senderos habilitados para los visitantes, que a lo mejor no eran por los que se movían los tripulantes. Quizá ellos estaban sumidos en ese laberinto de humo y metal sin sendas ni orden, abstraídos en la enloquecedora manipulación de una energía monstruosa. El ruido, que se reproduce en una grabación, era también desquiciante: caía sobre los fogoneros como otra losa, como otro mar.

lunes, 21 de octubre de 2013

Virginia y Fernando (y David Rosenmann-Taub)

Ayer cenamos con Virginia Sarmiento y su marido Fernando. A ambos los conocí hace cuatro años, en Barcelona, cuando DVD ediciones publicó la antología del poeta chileno David Rosenmann-Taub Me incitó el espejo, competentemente preparada por Álvaro Salvador y Erika Martínez. Rosenmann-Taub es un escritor extraordinario, aunque durante muchos años haya cultivado un apartamiento que ha llevado a algunos a sospechar, incluso, que se trataba de una invención, como le sucedía a Juan Larrea, cuyos contemporáneos creían un heterónimo de Gerardo Diego. Cosas así les suceden a algunos grandes pero ocultos escritores: a la gente se le hace difícil imaginar que lo que escriben sea posible; y que, siéndolo, su autor no se revele. La popularidad es un tóxico muy dañino, pero algunos -aquellos que solo pueden aspirar a la popularidad- la consideran imprescindible para vivir: como si fueran bebedores de mercurio. Virginia dirige la Fundación Corda, con sede en Nueva York, cuyo objetivo consiste en reunir, preservar y difundir el legado artístico de Rosenmann-Taub, que no se limita a la poesía, con ser esta fundamental, sino que se extiende también a su actividad como músico y dibujante. Ayer nos reunimos en un restaurante indio del Soho, el Chettinad, que pasa por ser uno de los mejores de Londres, especializado en comida del sur de la India, un país que contiene tantas gastronomías como idiomas, y hablamos de su vida y de la nuestra, tan asendereada. Ambos se pasan una buena parte del año viajando, pero residen en Chapel Hill, en Carolina del Norte, un lugar hermosísimo. Ángeles y yo lo visitamos en nuestra última estancia en los Estados Unidos, y quedamos asombrados por su espectacularidad, aunque se trataba de una espectacularidad sosegada, henchida de verdes, abrumadora de luz, y casas porticadas, e iglesias de aire colonial, impregnadas de la calma, un punto mediterráneamente cachazuda, del sur del país. También recuerdo que en Chapel Hill, la persona a la que estábamos visitando, un buen amigo, que estudiaba allí, nos enseñó una de las facultades que componen su potente universidad: los varios pisos que se divisaban desde el vestíbulo estaban atiborrados de ordenadores. En Carolina del Norte también visitamos Connemara, la finca en la que vivió y murió el poeta Carl Sandburg, de pelo blanco y versos nacionales, entre whitmanianos e íntimos, otro lugar de belleza difícilmente igualable, asentado en una pradera despejada, donde había arroyos y graneros blancos. Con Virginia y Fernando hablamos de todo esto, y de literatura, desde luego. Virginia dijo algo con lo que me sentí inmediatamente de acuerdo: detesta que se califique la poesía de Rosenmann-Taub de "hermética". No es, desde luego, una poesía sintácticamente acogedora, pero el hermetismo, en poesía, no existe, o, a lo sumo, solo existe para aquellos que no saben, o no quieren, abrir la puerta. Si una poesía nos capta, por su vigor sensorial, por su música o su color, por la exaltación y el misterio a que nos conducen sus ecos y sus asociaciones, es que ya hemos entrado en ella; y si no lo hace, no es porque no resulte diáfana, sino porque nosotros preferimos otra suerte de accesibilidad. Además, el hermetismo está demasiado cerca del insulto: algunos lo han utilizado para descalificar, aunque lo único que han descalificado con ello ha sido su capacidad para entender que la poesía, como decía Vicente Aleixandre, es una casa con muchas puertas. Tras la charla, y una cena a base de múltiples arroces y manjares irreconocibles, y después de que no nos permitieran llevarnos a casa el buen vino blanco alemán que nos había sobrado (era la segunda botella), porque no tenían licencia para vender alcohol fuera del establecimiento y, si lo hacían y alguien lo averiguaba, podían cerrarles el local (esto nos dijo, compungido, el camarero de bronce, rayano en la negrura, que nos había atendido con obsequiosidad oriental; el puritanismo anglicano con el alcohol se me hace fatigoso), los acompañamos a su hotel, en Fleet Street. De regreso, pasamos por delante de Somerset House, el gran palacio construido por William Chambers en 1776 entre el Támesis y el Strand, que ahora alberga museos y restaurantes, y donde se celebran festivales de arte, música y literatura. Nos asomamos al patio, enorme y solitario. A cada uno de los lados de la fachada principal, salpicada de ventanas, dos torrecillas blancas con relojes marcaban una hora unánime. Delante, un friso con imágenes femeninas y una cúpula verde apuntaban al cielo, donde brillaba la luna llena, mucho más blanca que las torres: casi plata. Y, abajo, una fuente moderna, de chorros que salen verticales del suelo, llenaba el lugar de un delicado estruendo líquido. Fernando empezó entonces a correr entre los espacios que dejaban los chorros, y los recorrió todos. Cuando volvió, estaba contento de que apenas le hubiera rozado el agua. Solo nos rodeaba el silencio entonces, y los cuatro sonreíamos.

ATARAXIA

De rodillas el Árbol.
Caigo sobre mis ojos: me acompaño:
sólo tengo caminos.
La luz clama: "¡Estoy ciega!"
Cunde frescos sentidos
el ansia, polvorienta, disoluta.
Los pies del cielo con mis pies tropiezan.
Vetusto claroscuro:
caminos y caminos y ninguna
huella. Jamás el mundo.

David Rosenmann-Taub
(Los despojos del sol)

domingo, 20 de octubre de 2013

Por Londres con una silla en la cabeza

Ayer Ángeles y yo fuimos a comprar una silla. Una silla normal, de oficina. Después de casi dos meses escribiendo cinco horas al día en una silla de comedor, más tiesa que una escoba, diseñada para todo menos para pasarse escribiendo cinco horas al día, mi espalda ya no aguantaba más. El dolor de espalda es uno de los más terribles e insidiosos que nos procura la vida moderna: como si nos aplicaran una placa candente en los hombros, o nos clavaran invisibles varillas de bambú en los huesos. Y estar sentado tanto tiempo es insalubre: no nos descansa, sino que nos tritura por dentro. Nos fuimos, pues, a Wanstead, un suburbio de Londres que antes fue un municipio independiente, pero que ha sido engullido por el crecimiento imparable de la ciudad. Allí abundan los comercios de segunda mano, y una compañera de trabajo de Ángeles le había informado de que pueden encontrarse sillas ergonómicas a muy buen precio. Lo del precio era fundamental: una buena silla de oficina nueva puede costar 600 libras, y, de segunda mano, 200. En el anunciado tugurio de Wanstead, había mobiliario steelcase por 40 libras. El barrio, en efecto, es una sucesión de tiendas baratas, un cúmulo de abarrotes, atendidos tanto por ingleses como por paquistaníes y jamaicanos, donde se pueden comprar desde escafandras a coches antiguos, y donde impera, como comprobaremos luego, un sistema de cobro a la española: en mano y sin factura. Pese a esta configuración estrictamente comercial, Wanstead no ha sido nunca un arrabal irrelevante: aquí han vivido el astrónomo James Pound, el poeta Thomas Hood y Robert Dudley, conde de Leicester y favorito de Isabel I, cuya muerte sumió a la reina en una profunda tristeza, además de contar con un pub, el George, fundado a principios del s. XVIII y aún en funcionamiento, a cuya entrada se conserva una placa fechada el 17 de julio de 1752, en la que el terrateniente de la época, David Jersey, rememora el monstruoso pastel de cereza con el que él y los demás parroquianos celebraron una fiesta aquel día. (Jersey especifica incluso el precio de la tarta: media guinea). Adquirida la silla, hubimos de afrontar la dura realidad: había que volver a casa, en metro, con ella a cuestas. Cruzamos casi toda la central line y luego tuvimos que hacer trasbordo en Oxford Circus, aunque el circo lo protagonizábamos nosotros, entrando y saliendo de los vagones, subiendo escaleras mecánicas y no mecánicas, y atravesando pasillos con una enorme silla a la espalda. Lo único bueno del viaje es que, por muy lleno que fuese el tren, nosotros siempre teníamos asiento. Al llegar a nuestra parada, Pimlico, aún nos faltaban unos diez minutos caminando para llegar a casa, y uno nunca aquilata el peso real de las cosas hasta que ha de transportarlas a tracción sangre. La silla, que al salir de la tienda parecía, simplemente, sólida, a estas alturas se nos antojaba la pirámide de Keops. Luego de llevarla los dos, cada uno de un brazo, unos cientos de metros, decidí echármela a la cabeza y avanzar más deprisa. Pensé, además, que, si había de pasar muchos días sentado en ella, era justo que, durante un rato al menos, ella se sentara en mí. Y así fui yo, con una silla steelcase beige, con reposabrazos, refuerzo lumbar y cinco patas giratorias de sombrero. Lo más curioso es que los transeúntes que pasaban a nuestro lado ni siquiera hacían el gesto de mirarnos: pasaban como si tal cosa; igual podría haber llevado yo en la coronilla un cerdo azul, o un pigmeo desnudo, que no habrían reparado en nosotros, o mejor, habrían seguido haciendo como que no reparaban en nosotros. En Londres uno puede ir por la calle con una cacatúa colgando de la bragueta, o dando brincos como un canguro, o vestido de lagarterana, que no pasa nada. Pero, aunque su transporte era ahora algo más fácil, la silla no pesaba menos que antes. Cuando, llegados por fin al hogar, me la quité de la cabeza, parecía Torrebruno. Pero ahora ya escribo sentado en ella: la espalda me duele menos, y no tengo la sensación de que mis nalgas se estén friendo en una sartén. El viaje a Wanstead ha valido la pena.

sábado, 19 de octubre de 2013

Battersea Park

Salgo a pasear por el parque de Battersea. Londres es una de las ciudades más caras del mundo, pero lo compensa con dos grandes espectáculos gratuitos: el de sus parques y el de sus grandes museos nacionales. Con un billete en Easyjet o Vueling (jamás Ryanair, ese monstruo de la ordinariez y el desprecio por la gente), alojamiento en un albergue de juventud, una dieta a base de fruta y fish and chips, y calzado cómodo, uno puede pasarse días disfrutando de una naturaleza extraordinaria y de algunas de las mejores colecciones pictóricas e históricas del mundo, gastando muy poco o casi nada. El parque de Battersea es el que está más cerca de mi casa. Saint James no queda lejos, pero está contaminado por la parafernalia monárquica y atiborrado de turistas y soldados con gorro de piel de oso. Battersea, además de pillarme a mano, tiene otra cosa a su favor: como queda un poco al margen de los grandes núcleos turísticos, es uno de los menos visitados de la ciudad, aunque muchos lo consideran uno de los más hermosos. Lo delimitan dos puentes, Chelsea y Alberto, y tiene 83 hectáreas de extensión, que antes eran terrenos ganados al Támesis, donde se cultivaban espárragos y se celebraban mercados y duelos. En 1829, por ejemplo, el duque de Wellington ventiló allí sus diferencias de honor con el décimo conde de Winchilsea, aunque ambos las consideraron resueltas disparando cortésmente al aire. (En realidad, la mayoría de los duelos eran actos rituales, en los que lo último que querían los contendientes era que alguien resultara herido; solo el pobre Pushkin condescendió a ser asesinado en uno de estos desafíos). Hoy las únicas competiciones que se mantienen aquí son las de los joggers consigo mismos. Uno de los principales atractivos del parque es su Pagoda de la Paz, erigida en 1985 por el reverendo Gyoro Nagase y los monjes budistas de la orden de Nipponzan Myohoji. (No es, por cierto, la única construcción japonesa en la ciudad: Holland Park alberga unos deliciosos Jardines de Kyoto, donados en 1991). La Pagoda se levanta en pleno centro del parque, equidistante de los dos puentes que lo flanquean, contigua al Támesis. Su perfil resulta sorprendente en un paisaje de robles, castaños y sauces, pero su propósito se ha cumplido: el lugar transmite una extraña sensación de paz. Un monje con hábitos azafranados cuida del templo cada mañana: lo limpia, y entona los cantos rituales. Ninguna pintada ofende nunca las paredes blancas. La figura dorada del Buda que luce en uno de sus lados supone, en la albura de la construcción, una mancha amable, perfilada con la espiritualidad y, a la vez, con la minucia del arte asiático. En otra de las caras de la stupa, una composición de figuras, sobre fondo azul, representa la muerte de Siddharta. Pero es, como todo aquí, una muerte apacible, casi deseable: los hombres y las mujeres que rodean su cuerpo parecen atraídos por su sueño, inclinados a abrazarlo, voluptuosamente anulados. El parque alberga muchos otros atractivos -hasta una galería de arte, la Pump House Gallery, junto a un lago interior que sobrevuelan cormoranes y garcetas-, pero no es el menor sentarse junto a la pagoda y contemplar lo que sucede, aunque todo sea tan sutil, tan sosegado, que parece que no suceda: gente que pasea a los perros, o perros que pasean a la gente; barcos anclados en el Támesis, quietos como islas; jóvenes que regresan de sus encuentros nocturnos, y que arrastran sus disfraces góticos como los buzos sus trajes fuera del agua; un hombre que lleva un parche en el ojo, y, media hora después, fantásticamente, otro tuerto con parche; una ciclista que pedalea sola en un tándem para cuatro; los petirrojos posándose en el pretil de piedra del parque y luego cayendo en picado al agua, para eludir en el último momento el contacto con la superficie azul y remontar un vuelo rectilíneo y llameante. Y, delante, el hospital de Chelsea, con sus praderas insomnes, y el largo embankment, recorrido por plátanos frondosos, y desgarrado, aquí y allá, por las torres apuntadas de las iglesias anglicanas o por lienzos de fachadas victorianas. A un extremo del parque se distingue la central eléctrica de Battersea y el antiguo depósito de agua del ferrocarril, pintado de un azul desvaído pero chirriante; al otro, el puente de Alberto, construido en 1873, con su aspecto de pastel de cumpleaños, sostenido por una infinidad de cables colgantes, guardado, a la entrada y la salida, por casetas octogonales de peaje, e iluminado espectacularmente por las noches. Pocos lugares, en este Londres tumultuoso, son más inspiradores. En pocos puede uno caminar como por aquí, donde cree caminar por su interior.

viernes, 18 de octubre de 2013

Pudor en el gimnasio

Yo voy a un gimnasio. Se llama The Dolphin, "El delfín", pero no es un reclamo publicitario: no anuncia que sus clientes vayamos a salir de él lustrosos como cetáceos. El nombre es el mismo que el del edificio en el que se encuentra, Dolphin Square, "La plaza del delfín" (porque en sus jardines interiores, en efecto, hay una plaza con una fuente presidida por la estatua de un delfín enorme), aunque nosotros, llenos de rencor, lo hemos rebautizado como "El delfín cuadrado". En el gimnasio me someto a las periódicas sevicias de un monitor de spinning que, en su anterior reencarnación, debió de ser kapo de stalag en Treblinka, y que no estoy seguro de que, en esta, no sea un asesino en serie. Otras veces, nado, si es que encuentro una calle libre en una piscina siempre superpoblada, y si sobrevivo a los choques de cabezas que produce el hecho de que la gente, como los coches, circule por la izquierda. Cuando quiero alguna tranquilidad, recurro a la sala de máquinas, que no es la de un tren ni la de un transatlántico, sino un lugar donde empujo pesas, estiro cuerdas, fatigo mancuernas, pedaleo sin moverme un milímetro de donde estoy, ando sin avanzar, contemplo a señoras con las mallas muy ajustadas y, en general, practico un masoquismo atroz, consistente en hacer, hasta la extenuación, cosas que no conducen a ningún sitio, ni siquiera a que se me rebaje un ápice la barriga que estoy criando, como resultado de mi gusto por la cerveza y los muffins ingleses, y de las horas que dedico a escribir este diario. Pero, haga lo que haga, como es natural, siempre he de pasar luego por el vestuario. En los vestuarios españoles, la libre expresión del cuerpo es norma. La gente se desnuda, claro, pero, en lugar de remediar pronto ese hecho, cambiándose enseguida de ropa, o haciendo con diligencia lo que tenga que hacer, se dedica, a cuerpo gentil, a un entusiasta intercambio social: unos charlan con viveza; otros se meten en la sauna, donde también charlan; otros aprovechan para afeitarse, y conversan con el que se está afeitando al lado. Y eso, sin contar a los abstraídos: a quienes, en los puros cueros, hacen ejercicios en el suelo, o se tumban en las banquetas para adoptar posiciones vagamente yóguicas, o se cuelgan de las barras de las duchas para hacer flexiones. Pero a mí se me hace extraño mantener una conversación con un pene. "¿Qué? ¿Qué vas a hacer este fin de semana?", me pregunta el pene. "Hmmm, pues no sé; tengo trabajo en casa...", le respondo yo, elusivamente. Pero el pene, fornido, insiste: "Pues tendrías que salir un poco. Trabajar tanto no es bueno...". En el vestuario del Dolphin -al menos, en el de hombres; en el de mujeres no he tenido nunca el placer de estar, aunque sospecho que no será muy diferente- las cosas no son así. La gente va a la ducha, y vuelve de ella, con una toalla enrollada a la cintura, y hasta con la ropa interior ya puesta. La gente se cambia, en un rincón, discretamente. La gente se afeita en calzoncillos o pantalones, o, mejor aún, no se afeita. La gente no habla ni se pasea desnuda: la desnudez es un estado íntimo, personal y transitorio que debe guardarse para uno. La desnudez en público es una inconveniencia inevitable por la que hay que pasar lo más deprisa posible. Y a mí me gusta que no me cuelguen penes delante de la cara cuando me estoy poniendo los calcetines, o no agarrar alguno por error, creyéndolo el asa de mi bolsa de deporte. La diferencia quizá se explique por las diferencias de clima: el calor genera una relación distinta con nuestro cuerpo, una voluntad de despojamiento, que no comparten las naciones hiperbóreas. O acaso tenga que ver con la cultura puritana de los ingleses: esa que reprime la expansión y ciñe los comportamientos a su expresión más austera; esa que hace de la intimidad un espacio que nos delimita, que nos define, incluso, como seres, y con el que no cabe transigir.