viernes, 14 de febrero de 2014

Cuaderno Ático

Me llega, digitalmente, el tercer número de Cuaderno Ático, la estupenda revista que ha creado, dirige, maqueta y distribuye el poeta y helenista Juan Manuel Macías. Es, como tantas otras revistas, hija de su autor, y solo de él. No hay aquí división del trabajo ni especialización de funciones: Juan Manuel, maravilloso hombre orquesta, toca todos los instrumentos (y todos bien) y alumbra, a dos infatigables manos, la publicación entera. Lo mismo hacía Karl Kraus, el ensayista, dramaturgo, poeta y satírico austríaco, que fue, él solo, y durante 37 años, fundador, director y equipo de redacción de Die Fackel (La Antorcha), la revista vienesa desde la que fustigaba con ferocidad todas las corrupciones del agonizante imperio austro-húngaro y del nacionalismo germano. No sé si Juan Manuel resistirá 37 años, pero lo que lleva hecho hasta ahora constituye un mérito notable, que confirma tanto su valía intelectual como el aprecio que muchos sentímos por él. Confieso que, durante algún tiempo, la publicación digital se me hacía poca cosa. Yo quería, como todos los que nos hemos educado con los libros, las revistas en papel. Pero esa insatisfacción, para bien o para mal, solo ha durado lo que hemos necesitado en comprender que lo digital ha llegado para quedarse, y que no hay más remedio que habituarse, mejor aún, que beneficiarse de un modo de difusión que elimina costes y que, por lo tanto, permite hacer realidad proyectos que, de otro modo, no podrían existir. Al final, la cosa es tan sencilla como imprimir en nuestras impresoras los números que queramos de las publicaciones digitales, si deseamos conservarlos en la hemeroteca, y santas pascuas. Cuaderno Ático es también una celebración de la amistad, aunque la amistad, como la verdad de Platón, nunca transija con la calidad. Me alegra compartir páginas en este número con un buen puñado de amigos como Jordi Doce, que colabora con tres magníficos poemas, el más intrigante de los cuales es ese "Notas a pie de vida", dedicado a Juan Carlos Mestre, que no se corresponde con ningún poema del que este sean las notas; Carlos Fernández López, al que conozco desde que publicamos su Vitral de voz en DVD ediciones, el último título de la colección de poesía, y cuyos brevísimos poemas en prosa tienen un fulgor diamantino; Javier Sánchez Menéndez, editor de La Isla de Siltolá, autor también de poemas en prosa, el último de los cuales se desarrolla en Kensington Park, en Londres, donde "siempre es mediodía", y yo, que lo recorro también con frecuencia, lo confirmo: siempre lo es; Luis Artigue, que entrega poemas de gran flexibilidad sintáctica y hondo lirismo, salpicados de un ingenio que no solo hace sonreír, sino que desconcierta, que es una de las mejores maneras de ser ingenioso; Teresa Domingo Catalá, poeta y dramaturga de Tarragona, cuyos poemas eróticos aúnan arrebato y delicadeza, tanta como suele haber en todo lo que escribe; Agustín Calvo Galán, que no es solo un gran amigo y una de las personas que más sabe en este país sobre caracoles, lo que no deja de ser un mérito singular, sino también un artista polifacético, que cultiva con pareja maestría la poesía visual y la poesía versal, como demuestran las dos composiciones inéditas que constituyen su participación; Javier Gil Martín, de literatura chispeante, retadora, irónica, nunca convencional; y Olga Bernad, que incluye "La pesadora de perlas", una de las entradas de su blog recogidas en Algunos cisnes negros, recientemente publicado por La Isla de Siltolá, y que cuenta con un prólogo mío. No conozco personalmente, y he leído menos, a los demás autores que participan en el número -Begoña Callejón, Aitor Francos y Jorge Ortiz Robla-, pero sus poemas no desmerecen del conjunto. Se nota también que Juan Manuel Macías es un traductor consciente de su oficio: es loable la importancia que da a la traducción en Cuaderno Ático, algo que muchas revistas y suplementos desatienden, como si la literatura solo fuera nacional, o como si la literatura nacional solo se alimentase de sí misma. En este número, hasta cuatro colaboraciones son traducciones: "Dos cuentos de Lord Dunsany", por Victoria León, que, pese a la brevedad de los relatos, no incluye la versión original (es esta una convención que cabría impugnar: ¿por qué se considera casi inexcusable que la poesía traducida sea bilingüe, pero se admite que la prosa sea siempre monolingüe?); cuatro poemas de la griega Katerina Anghelaki-Rooke, por Mario Domínguez Parra; tres del norteamericano Robert Hass, por Andrés Catalán; y "La casa pintada", un extenso poema de Largueza del instante, de otro gran amigo, Javier Pérez Walias, vertido al árabe por Mezouar El Idrissi. En los tres primeros supuestos, aunque no conozco todos los idiomas originales, el resultado en castellano (que a menudo basta para determinar la calidad de la traducción) se me antoja más que diligente. En este ramillete de buenos textos, mi contribución se limita a un único poema, inédito y sin título, que escribí el 28 de septiembre de 2012, en una reunión en la que se debatía cuándo hay que computar en el presupuesto público las subvenciones otorgadas. Sí: uno también tiene un pasado oscuro. Durante muchos años me he dedicado a la gestión pública y a la auditoría de legalidad, que no solo es uno de los trabajos más aburridos del mundo, sino también uno de los más inútiles, y no porque no sea necesario -lo es, y mucho-, sino porque nadie está interesado en él: el auditor solo desea sacarse el muerto de encima, y el auditado, que no se conozca, porque entonces se conocerá también lo que haya hecho mal. En estas oscuridades, en efecto, me he ocupado durante mucho tiempo, y de algún modo había de sobrevivir. Lo hacía, por ejemplo, escribiendo poemas como este en reuniones inenarrablemente tediosas. Es, no obstante, raro en mí escribir de corrido, y así salió este poema, aunque haya sufrido alguna corrección posterior. Lo explica que estuviese tan mortificado. También es infrecuente que componga poemas que no formen parte de un proyecto de libro. A mí no me gusta pergeñar poemas sueltos, independientes: tampoco siento la necesidad de hacerlo. Lo que sí necesito es abordar un conjunto orgánico, en el que todas las partes se integren y sirvan a un propósito superior: eso les otorga, me parece, un plus de inteligencia. Recuerdo que la pieza que ahora doy a conocer en Cuaderno Ático me sirvió de refugio y de consuelo. Mientras mis compañeros -economistas todos- hablaban de imputaciones y devengos, de subvenciones y revocaciones, yo juntaba, en silencio, las palabras del poema. A ellos les parecía que yo, muy profesional, estaba tomando notas de los fascinantes asuntos allí que se debatían, pero, en realidad, solo estaba combatiendo el abatimiento, más aún, combatiendo la sensación de que yo no pertenecía a aquel mundo, de que aquel mundo y yo éramos enemigos, y de que yo era un idiota por permitir que me tuviera apresado. Y, conforme lo hacía, me invadía una extraña sensación de reconciliación, un sosiego mudo y, a la vez, sonoro, como si flotase en un espacio sin negrura ni daño. Eso fue, recuerdo, este modesto y -como todos, supongo- prescindible poema: refugio y consuelo. ¿Tiene otro propósito la poesía?

jueves, 13 de febrero de 2014

Trafalgar

Trafalgar es una palabra omnipresente en el Reino Unido: nombra bares, pubs, calles, plazas y establecimientos de todo tipo. El lugar más famoso, de todos los bautizados así, es la plaza de Trafalgar en Londres, donde se concentran algunas de las enseñas de la nación, como la National Gallery, y se alza la columna dedicada a Horatio Nelson, erigida entre 1840 y 1843, de 46 metros de altura. La verdad es que el monumento siempre me ha parecido desproporcionado: a tanta altura, la estatua del almirante, que mide unos respetables cinco metros y medio, parece un juguete de Lego. Analizado el caso, parece lógica esta ubicuidad: la batalla de Trafalgar no solo frustró la cacareada invasión napoleónica del país, sino que consolidó el poder marítimo inglés -y, por lo tanto, su supremacía comercial- en el s. XIX. Además, supuso un arrebato de orgullo patriótico pocas veces superado, y que todavía perdura. Entre los españoles, en cambio, y por razones igualmente comprensibles, la batalla no es tan conocida (el otro día, al entrar en un restaurante llamado, como tantos, Trafalgar, cuyo vestíbulo preside un busto de Nelson, una amiga que nos acompañaba exclamó: "¡Mira! El señor Trafalgar..."), aunque tienen los mismos motivos para sentirse orgullosos que los ingleses: el comportamiento de nuestros antepasados, pese a salir derrotados, fue ejemplar. No obstante, para los ingleses, Trafalgar es, sobre todo, una victoria contra los franceses, por los que han incubado una tirria de siglos (desde Guillermo el Conquistador, en concreto). A los españoles nos corresponde la derrota de la Armada Invencible, aunque no fuera, en rigor, una victoria suya, sino de las devastadoras tormentas del Canal de la Mancha. Pero este asunto queda mucho más lejos y, además, les encanta Benidorm. Trafalgar es un cabo de Cádiz, cerca de Gibraltar. Allí, el 21 de octubre de 1805, se encontraron las flotas inglesa, al mando de Nelson, y la franco-española, comandada por Pierre-Charles-Jean-Baptiste-Silvestre de Villeneuve, la largura de cuyo nombre es inversamente proporcional a la cortedad de sus aptitudes militares. El bueno de Villeneuve ya se había cubierto de gloria en la campaña de Egipto, poniendo pies en polvorosa (o más bien en aguarosa) en la batalla del Nilo sin combatir, lo que no le evitó ser capturado por los ingleses en Malta, aunque lo liberaron poco después. Pese a estos preocupantes antecedentes, Napoleón le dio el mando de la flota francesa, porque el emperador creía mucho en la suerte y estaba convencido, por razones que se nos escapan, de que Villeneuve la tenía. Esa convicción se reveló trágicamente errónea en Trafalgar. Villeneuve estaba al mando de una fuerza de 33 barcos -18 franceses y 15 españoles- fondeada en la bahía de Cádiz. Nelson había recibido órdenes de dar batalla al enemigo allí donde lo encontrase, y así lo hizo el inglés, que bloqueó la salida al mar de la flota franco-española. Los jefes de los barcos españoles -grandes marinos todos, y algunas de las mejores mentes de la nación, como Cosme Damián Churruca o Dionisio Alcalá Galiano, a cuyo frente se encontraba el capitán general de la Armada, Federico Gravina-, buenos conocedores de aquellas aguas, y sabedores de la superioridad técnica y estratégica de Nelson, desaconsejaban presentar batalla en aquellas condiciones y proponían dejar pasar el invierno, con la esperanza de que las tormentas y el frío castigasen a los sitiadores y equilibrasen un posible encuentro. Pero Villeneuve sabía que Napoleón estaba descontento con su actuación y que había designado ya a otro almirante de la flota. Antes de que este pudiera llegar a Cádiz y sustituirlo, arrastrado por la dignidad herida, decidió hacerse a la mar y desafiar a Nelson. Pero obró con la torpeza que lo caracterizaba: situó sus barcos a sotavento, lo que daba el control de la batalla al enemigo; mantuvo una línea de combate sin regularidad, desmañada, con grandes huecos entre navíos, lo que reducía el impacto de su artillería; y, lo que es peor, en cuanto divisó a los ingleses, ordenó virar y poner rumbo a Cádiz, lo que supuso un desorden adicional entre sus barcos, que maniobraban con mucha lentitud. Antes de que se disparase el primer cañonazo, Churruca, que leía las órdenes de Villeneuve con el catalejo, dijo: "El comandante no sabe lo que hace. La flota está perdida". Villeneuve, sencillamente, estaba huyendo. Hay que precisar que, si bien la flota franco-española superaba a la inglesa en número de barcos (33 frente a 27), los navíos ingleses eran superiores técnicamente -maniobraban mejor y, sobre todo, tenían una mayor capacidad de fuego- y la marinería inglesa era profesional, mientras que la española se componía, sustancialmente, de "ancianos, achacosos, enfermos e inútiles para la mar", en la descarnada opinión del general Mazarredo, reclutados de urgencia para sustituir a las tripulaciones diezmadas por una reciente epidemia de fiebre amarilla. Avistado el enemigo y preparado el zafarrancho, Nelson comunicó a su flota el célebre mensaje: England expects that every man will do his duty ("Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber") y se lanzó resueltamente a la refriega: Nelson no era partidario de sutilezas tácticas, sino de ir al bulto. Pero lo hacía con inteligencia: dispuso a sus buques en doble columna -una, comandada por él, y otra, por su segundo, el almirante Cuthbert Collingwood- y penetró perpendicularmente en la línea franco-española, aunque de línea a esta ya le quedaba poco. Esta estrategia presentaba el peligro de que sometía a los propios barcos al fuego de los barcos enemigos, sin posibilidad de respuesta, hasta que los alcanzaban, pero la ventaja de que, una vez alcanzados, los barría por proa y por popa, los puntos más expuestos de toda nave, lo que resultaba devastador para el ofendido. Además, desabarataba la formación contraria, ya muy perjudicada por las ineptas decisiones de Villeneuve, y facilitaba que varios barcos propios rodearan a cada uno de los adversarios. Para colmo de despropósitos, la escuadra de vanguardia, al mando del francés Pierre-Étienne-René-Marie Dumanoir -otro noble de nombre largo y facultades cortas-, quedó aislada del combate, pero, en lugar de atender a las órdenes, angustiosamente repetidas, de que "si un capitán no está en el fuego, diríjase al fuego", Dumanoir prefirió tomar las de Villadiego con cuatro de los seis barcos a sus órdenes (más tarde, el muy cuco diría que no había visto las señales a causa de la humareda: como si hubiera que decirle a un soldado que tiene que dirigirse al fuego para que, en una batalla, se dirija al fuego). El combate fue enconado, pero no duró mucho. Tras un par de horas de intenso cañoneo (y de que las carronadas, cañones de corto alcance situados en las cubiertas inglesas, pero no, incomprensiblemente, en las franco-españolas, batieran los puentes enemigos), nueve de los dieciocho barcos franceses, y diez de los quince españoles, habían sido hundidos o capturados. La desproporción en perjuicio de los españoles se explica, no solo por la huida de Dumanoir, sino porque se batieron con más fiereza que los franceses. Los cronistas de la batalla precisan que sostuvieron el fuego con admirable entereza hasta el último instante. El San Juan Nepomuceno, por ejemplo, buque insignia de la agrupación española, solo se rindió al inglés Dreadnought después de que dos barcos ingleses de tres puentes lo martirizaran durante varias horas, y de que Churruca y casi 300 de sus hombres hubieran muerto o estuviesen heridos. En muchos casos, las tripulaciones, o lo que quedaba de ellas, seguían luchando porque ya no había oficiales que les ordenaran que dejasen de hacerlo, y los ingleses no encontraban quien les rindiese el barco. Cuando el fuego cesó, estos contaron 1.700 muertos y heridos -entre ellos, Nelson, que fue abatido por un tirador del Redoutable-, y los franceses y españoles, casi 6.000 bajas y 7.000 prisioneros. Villeneuve sobrevivió al combate, pero fue capturado y trasladado a Inglaterra. No obstante, se le liberó bajo palabra y volvió a Francia en 1806, pero en Rennes, desde donde intentaba que Napoleón le diese audiencia para justificar su actuación, se le encontró muerto, con seis puñaladas en el pecho, en la habitación de un hotel miserable. Oficialmente, fue un suicidio, pero hay que concluir que fue uno de los más tenaces de los que se tiene noticia, porque ha de ser uno muy obstinado para seguir apuñalándose en el pecho hasta asestarse la cuchillada definitiva, y ya sabemos que Villeneuve no era un modelo ni de valor ni de perseverancia. Lo que es más probable que sucediera es que un comité de bienvenida napoleónico le agradeciese de ese modo los servicios prestados. La batalla de Trafalgar significó un punto de inflexión en las relaciones de poder entre los antiguos imperios europeos. Hoy ha de ser, me parece, tanto un modelo histórico de valentía (con la excepción de Dumanoir), como un ejemplo de lo que hay que evitar en la política internacional y en las relaciones entre naciones amigas.

P.D.- Dos libros excelentes sobre la batalla: el clásico Trafalgar, de don Benito Pérez Galdós, que inaugura los Episodios nacionales; y Cabo Trafalgar, de Arturo Pérez Reverte, una divertidísima y, a ratos, muy emocionante recreación de la batalla. Recomiendo también, del creador de Alatriste, La sombra del águila, un descacharrante relato inspirado asimismo en las guerras napoleónicas. Desde luego, la experiencia como corresponsal de guerra de Pérez-Reverte no lo ha convencido de la sordidez y la inhumanidad de las guerras: en sus libros parece disfrutar de ellas como un cosaco. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Peripatética

Los días son una sucesión de escenas, o, si se prefiere, de imágenes, un encadenamiento de pequeños fotogramas que conforman películas, siempre repetidas y siempre distintas. Nosotros somos los protagonistas de esos films mudos, de esos ejercicios mímicos que perduran en la memoria. Las imágenes mantienen la frescura de su ocurrir durante algún tiempo. Luego, palidecen, se desmigajan, se desprenden de los colores y las formas, hasta sumirse en el arenoso fluir del tiempo. No desaparecen, empero, sino que se integran en una imagen mayor, de perfiles menos distinguibles, compuesta por todos las escenas similares y por todos los estados de ánimo que las hicieron posibles. Lo singular de cada día se suma a lo acostumbrado de cada día, y se crea así un un paisaje enmarañado, una suerte de diorama borroso, en el que luchan el tiempo y nuestro anhelo por quebrar el tiempo: eso es nuestra vida. Sin embargo, a veces, en ese suelo confuso, sembrados de los cadáveres de tantos acontecimientos ya irreconocibles, arraigan algunos instantes que no se marchitan. Suelo recordar una escena preciosa de Ojos negros, la gran película de Nikita Mijailov, en la que Marcello Mastroianni, un burgués italiano del s. XIX que visita Rusia por negocios, enumera lo que está seguro de que verá en el instante de morir: la sonrisa de su madre cuando era niño, la mirada de su mujer en la noche de bodas, y las estepas de Rusia. Las cosas que vi ayer no tendrán esa grandeza existencial, ni tampoco su noble romanticismo. Constituirán más bien una de esas películas diarias a las que me he referido, que acaban almacenadas en el gran -o fugaz, según se mire- depósito de la existencia y también, por lo tanto, en el archivo eterno de la muerte. Sin embargo, hicieron de mis horas algo no tan estulto como suelen ser, las mancharon con un color transitorio pero encendido, las fortalecieron. A mediodía, fui a buscar al TESCO algunas cosas que se nos habían olvidado en la compra semanal: mantequilla, mermelada, embutido, una de esas tareas que uno hace como si fuera un zombi, completamente ajeno a sí. Al salir, un grupo de jóvenes negros, que charlaban entre sí, ocupaba la puerta que daba acceso a la calle. Quise pasar por un lado, pero en ese momento una de las mujeres, que llevaba un carrito de niño, se echó para atrás, y chocamos levemente. Ella giró entonces la cabeza, y, durante un par de segundos, nos miramos. No solo era bella: tenía unos ojos apabullantes: verdes, con transparencias turquesas y matices de miel; unos ojos cuyos cuerpos vítreos explotaban de luz; unos ojos que no parecían humanos. Hipnotizado, alcancé a mascullar: "Oh, I am sorry", aunque, en realidad, debería haber sido ella la que se hubiera disculpado, porque ella había sido la que se había movido sin mirar. Pero yo estaba dispuesto a consentir cualquier tropelía que hiciera, y a pedir perdón de hinojos por ella. Fue un roce infinitesimal, pero suficiente para trastornarme; un amor, no ya de cinco minutos, sino de cinco segundos. Más tarde, yendo a buscar a Ángeles al trabajo, me crucé con una anciana que paseaba media docena de perros atados a una sola correa y un cochecito de bebé, pero con otro chucho dentro. El amor por los animales -y, sobre todo, por los perros- de los ingleses da lugar a estas escenas grotescas. El can del carrito, pequeño como una comadreja, con las patas delanteras apoyadas en el borde del transportín, lo oteaba todo como un vigía aplicado. De vez en cuanto, se pegaba un lametazo a los morros: la lengua, de un rosa oscuro, recorría el hocico como una cremallera de carne. Me pregunté qué haría la pobre mujer que conducía aquella troupe, frágil como un sarmiento, si todos los perros se echaran a correr a la vez. Pero la señora no parecía preocupada: los paseaba con indisimulado orgullo, como si aquella prole animal justificara su vida; y seguramente lo hacía. A mí algo así me parece muy triste, pero ella se diría muy satisfecha. Al poco, me crucé también con un caballero que paseaba a un galgo. Le había puesto uno de esos abrigos para perros, que solo les cubren el tronco. El galgo es una de las razas más asustadizas de perros, pero también una de las más elegantes. El señor caminaba con rectitud, abrigado, a su vez, con un jersey de lana y una chaqueta de tweed, y coronado por una gorra campera. Ambos se movían con acompasada flexibilidad, como si fuesen una sola entidad, con dos cuerpos y ocho extremidades. Y compartían delgadez. No obstante, diferían en algo: el galgo rehuía la mirada; el señor, en cambio, la sostenía con serenidad. Se notaba que estaba satisfecho de ser quien era, y de hacer lo que hacía. Pocos antes de llegar al hospital de Ángeles, en Oakley Street, vi, por enésima vez, una maniobra que me asombra: un coche que va en una dirección gira en medio de la calle y toma la dirección contraria. Para ello, lógicamente, ha de interrumpir la circulación en ambos sentidos. Pero los conductores ingleses -o, por lo menos, los londinenses- están tan acostumbrados a esta pirula, que a nadie parece importarle: todo el mundo le deja al infractor el espacio suficiente como para que complete la maniobra sin peligro. En España, algo así, en medio de la ciudad, sería escandaloso, pero los hábitos en la conducción de automóviles son también propios de cada cultura. En Turquía, por ejemplo, una maniobra frecuente es el sprint marcha atrás: los conductores no tienen inconveniente en circular así muchos metros, y a toda velocidad, algo que me dejaba pasmado. Y en Santo Domingo, los coches, cuando hay un embotellamiento, o para evitar los baches en el asfalto, que parecen trincheras -es decir, siempre-, se suben a la acera y circulan por ella. La pirula inglesa es el reverso de algunas buenas acciones. En Inglaterra, por ejemplo, los conductores son mucho más respetuosos con los pasos de peatones que en España, donde cruzar por un paso cebra es como lanzarse a un estanque lleno de tiburones; aquí puede uno hacerlo casi sin mirar, porque sabe que los coches no acelerarán -que es lo que hacemos nosotros-, sino que frenarán muchos metros antes de llegar. Entro, por fin, en el vestíbulo del hospital para esperar a Ángeles. Justo delante de mí, hay una mujer sentada, enteramente cubierta de negro. Solo una rendija a la altura de los ojos indica que, bajo el horrendo capisayo, hay actividad humana. La figura impresiona: si fuera delgada -no lo es; de hecho, ocupa dos asientos-, parecería la muerte. Recuerdo a la joven de los ojos verdes a la salida del TESCO, y me invade la melancolía. Me siento y, al cabo de poco, aparece el marido de la mujer, vestido a la occidental, y se la lleva de la mano. Hace poco, en este mismo vestíbulo, vi un bolígrafo en el suelo, cerca de otra mujer con sudario. Lo recogí y le pregunté si era suyo. Denegó casi imperceptiblemente con la cabeza, sin pronunciar ni un solo sonido. Quizá debería haberle preguntado si veía el bolígrafo. Eso hizo un camarero, con discreta sorna, en un restaurante al que habíamos ido hacía poco: como la mujer ensotanada no entendía la cuenta, inquirió: "¿Pero ve Ud. algo?".

martes, 11 de febrero de 2014

Los enemigos literarios

A un hombre lo definen sus amigos, pero también sus enemigos. Ambos han de ser buenos. Un enemigo insignificante solo es una molestia. Si nos han de odiar, que sea a lo grande, y, sobre todo, que lo hagan con inteligencia. La detestación puede consumir a quien la practica, pero robustece, vivifica a quien la sufre. No obstante, hay que precisar: no es enemigo aquel a quien simplemente no le caemos bien, o el que observa la suficiente incompatibilidad de caracteres entre ambos como para mostrarse elusivo o indiferente -y que, a lo sumo, se abstendrá de comprar nuestros libros, o nos excluirá de las iniciativas que adopte, o hablará mal de nosotros-, sino quien nos aborrece activamente, quien desea nuestro mal, quien preferiría que estuviéramos muertos, a ser posible, de un cáncer de testículos. La enemistad, por otra parte, forma parte de la vida: el conflicto forma parte de la vida; sobrevivir consiste, muy a menudo, en gestionarlo con habilidad. Es imposible no tener adversarios, y menos en este mundo de egos ilimitados y vanidades insondables. Escribir persigue abrazar al mundo, pero también apartarlo a empellones: cuando decimos algo, estamos, inevitablemente, diciendo algo contra alguien. En la comunidad inabarcable de los lectores (aun con las dimensiones microscópicas de la poesía), siempre uno, o varios, o muchos, se sentirán ofendidos por nuestras opiniones. Y, si no es así, es que no tenemos opiniones. Que de la ofensa se pase a la enemistad depende de factores aleatorios: la reiteración y gravedad del ultraje, la repulsión que nos inspire la persona, la divergencia estética. Yo llevo en esto de la literatura 22 años, y no sé si me enorgullece o me preocupa que mi catálogo de enemigos no sea muy extenso. Tampoco estoy demasiado satisfecho, lo confieso, con mis oponentes: son gente de poca monta. Yo preferiría gigantes de la literatura, escritores de rompe y rasga, bestias del intelecto y la creación. Pero ni yo soy Góngora, ni hay por ahí, me temo, demasiados Quevedos. Hago recuento y me salen media docena de enemigos de verdad, aunque, claro está, puede que haya más y yo todavía no lo sepa. Y no me sorprende comprobar que el principal factor que hilvana estas enemistades es la crítica literaria. Cuatro de las seis han tenido que ver, directa o indirectamente, con ella: otra demostración de que la vanidad de los escritores no conoce límites. En dos casos, yo fui el crítico del que los poetas abominaron. Asombrosamente, en ambas críticas hablaba bien de los libros respectivos, pero los dos encontraron en ellas objeciones insuperables. El primero me mandó una carta -entonces todavía se escribían cartas- instándome a una rectificación pública; el segundo, un correo electrónico en el que, después de regalarme varios insultos, me decía que no se me ocurriera volver a hablar de sus versos. Al primero no le contesté; al segundo -un expresidiario asturiano, conocido por su iracundia-, sí, aunque hoy, seguramente, no lo haría: uno ya no está para alborotos de taberna. Pero entonces aún tenía confianza en mis fuerzas, y le dije que sus modales talegueros no me impresionaban y que yo hablaría siempre de lo que me diera la gana. En otros dos casos, los críticos han sido los demás. Uno de ellos, un gacetillero sulfuroso y sedicente poeta que vive en Oviedo. Se trata uno de los más infames escritores del mundo (peor, incluso, que Antonio Gala), que compensa su insignificancia con una reiterada, y casi siempre gratuita, maledicencia para con los grandes: como la mosca que chincha al caballo, así se cree cuadrúpedo. En ello tiene mucho que ver su personalidad sadomasoquista: disfruta haciendo daño y disfruta recibiéndolo. Nos bastó encontrarnos, cara a cara, en una jornada en Barcelona sobre crítica literaria -después de que, antes de saber quién era yo, me repasara de arriba abajo con ojos lúbricos- para que nos cogiéramos por las solapas. El último de esta nómina siniestra es un joven pugnaz que coordinaba la sección de reseñas de una revista literaria, sin leerlas. Eso hizo que cometiera una estridente equivocación en una que se publicó sobre un libro mío, y por el que yo protesté. En lugar de disculparse y enmendar el error, que es lo que habría hecho cualquier persona con un poco de profesionalidad, se enzarzó en una discusión adolescente conmigo, que acabó cuando me desafió a abandonar la revista si no me gustaba; y, claro, uno no puede tolerar desafíos a cierta edad, ni de cierta gente: la abandoné en este mismo instante. Luego, él también la dejó, cuando advirtió que ya no le servía para trepar. Pero ese tipo ha sido el que más ha laborado para perjudicarme, incluso en las cosas de comer: supe, tiempo después, que había borrado mi nombre de una terna de candidatos a impartir unas clases en un curso en el que él participaba. Pese a todo, examino esta lista y no puedo dejar de recordar lo que Witold Gombrowicz, cuya inteligencia apabulla, escribió en Contra los poetas: "Pero la poesía (...), además de constituir un estilo hermético (...), constituye también un mundo hermético (...). La primera consecuencia del aislamiento social de los poetas es que en el mundo poético todo se hincha, y aun los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. Hace tiempo hubo entre los poetas una gran polémica sobre la famosa cuestión de las asonancias y parecía que la suerte del universo dependía del hecho de si es posible rimar 'espesura' y 'susurran'. Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal". Me temo que todos los problemas expuestos en esta entrada son de muy poca entidad, y que tanto en críticos como en criticados, es decir, tanto en mí como en los demás, se ha exacerbado el espíritu de grey, hasta el punto de justificar insignificancias como las reflejadas aquí enemistades africanas que perdurarán hasta el fin de los tiempos. Pero el propio Gombrowicz, poco después de haber escrito lo anterior, afirma también: "¡Cuánta más importancia tiene (...) para nuestra formación el enemigo que el amigo! Solo ante el enemigo podemos verificar plenamente nuestra razón de ser y solo él nos procura la clave de nuestros puntos débiles y nos pone el sello de la universalidad. ¿Por qué, entonces, los poetas huyen ante el choque salvador?". Tiene razón. Odiar es muy cansado, y consume energías valiosas que haríamos mejor en dedicar a otras cosas -a nuestra obra, por ejemplo-, pero ser odiado te envuelve en una llama, negra pero poderosísima, que alimenta el espíritu, que lo dota de perfiles tajantes, que lo engrandece. Y eso ha de revertir también en nuestra obra. Solo eso nos justifica.

lunes, 10 de febrero de 2014

Limbo, Jean-Paul Michel, El Cuaderno

Recibo hoy tres envíos: uno me llega a mi nueva dirección, pero dos lo hacen todavía a la antigua. Me acerco, pues, a mi vieja casa para recogerlos: es un paseo agradable, junto a un río que parece un embalse, tan quieto que los ojos de los puentes dibujan en la superficie del agua ouróboros inmaculados. Cuthbert me entrega los paquetes con la suavidad de siempre. Recuerdo que, antes de irnos, me dijo que leer era lo que más le gustaba hacer, y que tenía miles de su libros en su casa. Un portero de finca urbana bibliómano y lector: no sé si habrá muchos como él en España. Los libros que han llegado a Grosvenor Road son Limbo, de Agustín Fernández Mallo, y Un acantilado como la existencia, de Jean-Paul Michel, que me remite Juan Soros, el editor de Libros de la Resistencia. Sabía de Limbo, la última novela publicada por Agustín, porque había leído sobre ella en las entradas de su blog, y contaba con que él mismo o la editorial, Alfaguara, me la enviasen, como así ha sido. En un primer vistazo, el libro, algo más extenso que los anteriores, mantiene algunos de los rasgos característicos de su autor, como la inclusión de imágenes, y promete una nueva vuelta de tuerca en la literatura anómala e innovadora que Agustín lleva practicando desde aquel remoto Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus. Frente a tantos escritores parcos, o estreñidos, que parecen administrar su genio como quien decanta un elixir escaso y preciosísimo, yo celebro la creatividad inexhaustible de Agustín, que siempre parece encontrar una nueva parcela de la realidad en la que trastear, o una nueva relación que establecer entre cosas que nunca antes se habían relacionado. Un acantilado como la existencia, que lleva un subtítulo o lema significativo: "La técnica existe porque lo posible existe. El arte existe porque lo imposible existe", prolonga la aventura ensayística en la que Juan Soros se ha embarcado, con audacia rayana en la temeridad, con Libros de la Resistencia, cuya nómina de autores es inobjetable: Miguel Casado, Eduardo Milán, Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate, y Jordi Doce. Jean-Paul Michel (por Jean-Paul Michelena) es un escritor, poeta y editor francés, nacido en el medio siglo, y que reflexiona aquí sobre el concepto de la literatura y de la obra de arte, y sobre su relación con el pensamiento. La traducción es del propio Soros, y el formato es el de una plaquette, aunque grande y noblemente impresa. Su lectura debe confirmarnos en que todavía queda mucho que decir sobre literatura, y que vale la pena hacerlo en publicaciones rigurosas e inquisitivas como Libros de la Resistencia. Por último, a mi piso actual me envía Jordi Doce sendos ejemplares de los números 50 y 51 de la revisa mensual de cultura El Cuaderno, que empezó siendo el suplemento de un periódico, pero que ahora publica, exenta, la también infatigable editorial Trea. Sorprende la velocidad y la firmeza con la que El Cuaderno se ha constituido en una de las mejores publicaciones literarias y artísticas del país: con un equipo amplio y entusiasta de colaboradores, un diseño gráfico espectacular y una riqueza de informaciones y sensibilidades sin parangón en los medios nacionales. Y es gratuita. Los números que me manda Jordi incorporan sendos dosieres de poesía: el del número 50, sobre poesía ibérica -Blas de Otero, Nuno Júdice, Pedro Provencio, Federico García Lorca, Joan Vinyoli y Aníbal Núñez-; y el del 51, sobre poesía extranjera -Seamus Heaney, Julia Hartwig, Tomas Tranströmer, Thomas MacGreevy y Zbigniew Herbert. Quiero destacar, de entre todos ellos, la presencia de Joan Vinyoli, uno de los mejores poetas en catalán de la segunda mitad del siglo XX, cuyo Tot és ara i res ha traducido, con pulcritud, Marta Agudo; la de Aníbal Núñez, siempre necesitado de reivindicación, sobre el que escribe Tomás Sánchez Santiago; y la de Thomas MacGreevy, cuya poesía completa acaba de publicar Bartleby Ediciones, con la traducción, como siempre excelente, de Luis Ingelmo. No quiero dejar de reseñar también algo que se me antoja fundamental en el número 51: el largo artículo de Juan Carlos Gea, "El gran rodaje del mundo", para celebrar el vigésimoquinto aniversario de Amanece que no es poco, la genial (aunque genial es poco) película de José Luis Cuerda, y la reseña, firmada por Javier García Rodríguez, del libro que el propio Cuerda ha escrito sobre el film, que incluye el guión original y muchos otros materiales inéditos. No sé si otros medios culturales le han dedicado atención a Amanece que no es poco, pero que El Cuaderno lo haya hecho es buena prueba de su solvencia y su necesidad. A él podríamos aplicar también, con una leve adaptación, la mítica alabanza del alcalde necesario de la película: "¡Cuaderno! ¡Todos somos contingentes, pero tú eres necesario!".

domingo, 9 de febrero de 2014

Greenwich

Lo primero que hay que saber de Greenwich es que se pronuncia grinich, sin la uve doble. Y que el nombre, anglosajón, significa "pueblo verde": los anglosajones eran precisos, pero escasamente imaginativos. Cuando uno desembarca allí, esa es la primera impresión que recibe, a pesar de las masas grises de los edificios: que todo es verde. Ayer llegamos tras una parsimoniosa travesía desde el embarcadero de Westminster. El recorrido era amenizado por los comentarios de un guía, que, al acabar la actuación, pasaba el cubo para recoger propinas. Es correcto: no el sombrero, sino el cubo. Y hacía bien, porque el tintineo de las monedas en el metal estimulaba la generosidad de los viajeros; si hubiera sido un gorro, silencioso, nadie habría dado un céntimo. El trayecto permitía admirar el enorme crecimiento que ha experimentado la ciudad en ambas riberas del río. Al norte, los grandes edificios se suceden, como cubos de un rompecabezas gigantesco. Más cerca del centro, aún se divisa alguna construcción antigua encajonada entre las nuevas urbanizaciones, pero, según nos acercamos al mar, la arquitectura victoriana, con su austeridad y sus ladrillos, desaparece, y solo queda una hipnótica concatenación de cristales negros, aluminios refulgentes y dimensiones asombrosas. Algo parecido a lo que nosotros sentimos debían de sentir los campesinos romanos cuando llegaban a Roma, si es que tenían ocasión de hacerlo alguna vez a lo largo de sus vidas: un cúmulo deslumbrante de monumentos y viviendas, que les hacía dolorosamente conscientes de la pequeñez de sus existencias (y gravemente admirativos de la grandeza del imperio). Greenwich fue, durante mucho tiempo, un municipio independiente, pero hace décadas que lo engulló un Londres que no deja de crecer. (Aunque el ejemplo más sobrecogedor de absorción urbana que conozco es el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México: está completamente rodeado de casas, y, cuando el avión se aproxima a la pista de aterrizaje, uno tiene la sensación de, si sacara la mano por la ventanilla, podría coger la ropa colgada en las azoteas). Junto al muelle, se encuentran los grandes edificios de la historia de la marina y la navegación británicas: el Royal Naval College, el Museo Marítimo Nacional y la Universidad de Greenwich. Forman un espléndido conjunto de dependencias neoclásicas, con frisos y columnas, separadas por grandes extensiones de césped, milimétricamente recortado, y en las que se inmiscuyen detalles contemporáneos, como esculturas abstractas y un carguero moderno metido en una enorme botella. Uno pasea por entre esos nobles caserones y se siente vizconde. Entramos en el Painted Hall, construido a principios del s. XVIII por el archiarquitecto Christopher Wren y su colega Nicholas Hawksmoor, y con la fantástica decoración interior de James Thornhill. Era, al principio, un comedor para los enfermos del Hospital de la Marina, aunque pronto se restringió a cenas formales, y hoy es solo una atracción turística, de entrada gratuita, por cierto. Cuando lo visitamos, la guía que lo explica es una actriz, ataviada al modo de la época. No es la primera vez que nos encontramos con una transformación así: a los ingleses les encanta actuar, y ver actuar. La señora que lo hace tiene una voz aguda y un inglés ortodoxo; y mucho cuajo, porque ha de mantener el tipo rodeada de niños ruidosos, guiris que pasan a su lado para admirar la mesa presidencial, y los cuchicheos de la gente. Al Painted Hall hace honor su nombre: está completamente pintado. La exuberancia de figuras mitológicas y alegorías del poder naval británico resulta opresiva, casi asfixiante, pero no se puede negar que el trabajo es espléndido. Aunque a Thornhill se le pagó muy poco por su labor (apenas tres libras por metro cuadrado de techo, y una por metro cuadrado de pared), se le nombró caballero por ello. Luego de visitar el lugar, decidimos comer. Lo hacemos en la Trafalgar Tavern, uno de los restaurantes de más encanto -y también más caros- de Greenwich. En el siglo XIX, este establecimiento era muy popular, y conocido, sobre todo, por sus chanquetes, que la gente devoraba. Pero no a todo el mundo le gustaba. Thackeray, por ejemplo, despreciaba el "batiburrillo de pescados" que se allí servía. A Dickens, en cambio, le encantaban la comida y las vistas del río, que en su novela Nuestro común amigo califica de magníficas. Hoy siguen siendo estupendas: un amplísimo ventanal permite admirar la Cúpula del Milenio, con sus agujas de más de cien metros de longitud, que siempre me ha parecido fea, pero que tiene la fascinación de lo anómalo, y el lento fluir del Támesis, sobre el que se cierne, a cada rato, un tiempo distinto: luce el sol, se nubla, cae la niebla, vuelve a salir el sol, llueve, despeja, sopla el viento, llueve, sale el sol. Es como una película climatológica que se desarrolla mientras comes, no palomitas, sino una sopa de puerros y patata, una espléndiga hamburguesa Trafalgar y, de postre, un decepcionante Eton mess, que nos ha recomendado Silvia, hecho de nata, merengue y frutas del bosque, pero que nos resulta empalagoso: ninguno de los tres se lo acaba. (No hemos optado por la Spanish charcuterie que se ofrece en la carta, quizá porque el serrano ham que se anuncia es de "Aratagon", lo que parece más bien un personaje de El señor de los anillos que una región española). A nuestro lado, una mesa de japoneses devora platos implacablemente, aunque ninguno sonríe, y, desde todos los rincones, nos miran innumerables imágenes de barcos, de mares, de marinos y, en un lugar principal, de Horacio Nelson, el vencedor de Trafalgar y héroe inigualado de la historia naval británica. Para bajar el ágape, recorremos después el parque de Greenwich, el más antiguo de Londres, donde se encuentra el famoso observatorio homónimo, fundado en 1675, con el fin de favorecer la ciencia astronómica, esencial para el desarrollo y la seguridad de la navegación. Las vistas del pueblo de Greenwich y de los meandros del Támesis son, de nuevo, excelentes. También se divisan ahora los obeliscos contemporáneos de la City. No llegamos hasta el extremo sur del parque, donde Nathaniel Hawthorne tuvo una casa, pero disfrutamos de las pendientes suaves y los espacios abiertos donde compiten los cuervos y las gaviotas. Las dos especies son, aquí, enormes, y de colores paradigmáticos. Hay pocas cosas más negras que un cuervo inglés, y pocas cosas más blancas que una gaviota. Las ardillas, como en todas partes del país, brincan entre árboles y atraen la atención de los perros. Pronto oscurecerá, y regresamos al embarcadero, cerca del cual se encuentra la estación del overground que hemos de coger para volver a casa. En el pueblo, visitamos el mercado, donde se vende toda la artesanía imaginable y se apiñan los tenderetes de comida, entre los que hay uno de tapas españolas, no demasiado apetecibles, por otra parte. Ángeles y yo nos quedamos con una cuadrito de animales muy simpático, cuya autora y vendedora, al saber que somos españoles, nos descubre que la situación en España está muy difícil. Asentimos, pagamos y nos vamos. Pasamos junto a la casa en la que vivió el poeta laureado Cecil Day Lewis (padre del actor Daniel Day Lewis, el último mohicano) y le echamos un vistazo al Cutty Sark, el majestuoso clíper, construido en 1867, destruido por el fuego en 2007 y vuelto a construir en 2012, del que se ha hecho un museo. Aun sin entrar en las instalaciones, que ya están cerradas, las paredes de cristal permiten distinguir una quilla descomunal, profundísima, que daba al barco un ángulo de penetración en el agua -y, por lo tanto, una velocidad- excepcional. Luego enfilamos el Túnel Peatonal de Greenwich, que cruza el Támesis por debajo del lecho del río, y cuyo mantenimiento parece manifiestamente mejorable: los cables eléctricos penden inquietantemente de las paredes y los techos, y la suciedad es general. El túnel, además, no es apto para claustrofóbicos: una larga y estrecha recta, con pequeñas subidas y bajadas que impiden ver el final, y un revestimiento cerámico muy ajado que recuerda al de un hospital antiguo, probablemente psiquiátrico. Aunque en el suelo consta escrito No cycling, los ciclistas, siempre respetuosos con las normas, pasan a nuestro lado pedaleando alegremente. Hemos dejado Greenwich con la sensación de que queda mucho por descubrir. En realidad, eso pasa siempre en Inglaterra, y supongo que en todas partes: todo está siempre por descubrir.

sábado, 8 de febrero de 2014

La nueva colmena

El otro día, en Sheffield, tuve en la mano una cuarta o quinta edición, ya no lo recuerdo bien, de La colmena, de Camilo José Cela. Estuve a punto de comprarla. No porque no tenga el libro, sino porque era un volumen inmaculado, y más cercano a la mítica primera edición que del que yo dispongo. Además, estaba barato. Pero no lo hice: las maletas sobrecargadas y el espacio, no ya menguante, sino prácticamente inexistente, en mi biblioteca me disuadió de ello. Al cabo de poco, ayer, leo en El País que se han recuperado partes de la novela que el propio Cela había eliminado del original, por creer que no pasarían la censura, y otras que, efectivamente, habían sido rechazadas por los censores. Al parecer, el novelista se las había entregado a su amigo, el hispanista francés Noël Salomon, que los había guardado en una casa familiar en Burdeos, y, muchos años después de fallecer este, allí las había encontrado su hija, Annie Salomon, también estudiosa de la literatura española, que las ha donado a la Biblioteca Nacional de Madrid. La noticia demuestra la acrisolada sagacidad de la censura franquista. El informe de Andrés de Lucas Casla, el encargado de la revisión religiosa, e, increíblemente, Leopoldo Panero, responsable de la revisión política, establece: "¿Ataca el dogma o la moral" Sí. ¿Ataca al régimen? No. ¿Valor literario? Escaso". Es curioso que la ficha dijera que La colmena no atacaba al régimen, porque la descripción de España que hacía la novela era una gigantesca, una frontal denuncia de una sociedad sórdida, de la que el franquismo era, en gran medida, responsable. Pero ya se sabe que la censura no entraba en esas menudencias: si lo censurado no criticaba a la organización política, podía pasar, aunque lo que reflejara fuera una enormidad. El informe acredita asimismo otra cosa bien conocida: era mucho más importante, para las mentes eclesiales de la época, reprimir las crepitaciones sexuales que los estruendos antifranquistas. Una escena precoital, o incluso un inocente magreo, era mucho más probable que despertaran el celo (y quizá otras cosas) de los reverendos que un exabrupto democrático. Y así sigue siendo hoy: a la Iglesia le da igual la injusticia planetaria, pero considera "la peor catástrofe de la humanidad" la aprobación de la ley que permite el matrimonio homosexual en España. Además, las partes omitidas de La colmena -al menos, las transcritas por la prensa- no tienen la intensidad de una Anaïs Nin, ni siquiera de un Henry Miller: su voltaje erótico es, a nuestros ojos, más bien moderado, aunque seguramente en su época resultaba más electrocutante. Pese a ello, fueron rabiosamente tachadas por el implacable lápiz rojo de los monseñores. Cela sabía bien, en todo caso, cómo funcionaban esas cosas, entre otras razones, porque él mismo había sido miembro de la censura. Fue muy al principio de la posguerra, durante poco tiempo y en un puesto ínfimo: revisaba, creo recordar, la ortodoxia de las publicaciones y las comunicaciones de las congregaciones religiosas, o algo parecido, que era muy improbable que constituyeran un gran peligro para el Régimen. Sin embargo, con algunas infamias no se puede colaborar, ni siquiera en sus escalones más bajos: cualquier ayuda es una adhesión; cualquier contacto, una contaminación. Es suficientemente conocido también que, al estallar la Guerra Civil, Cela se ofreció como confidente a las autoridades de la sublevación. En su carta de ofrecimiento, indicaba que, por las actividades que había desarrollado antes del conflicto, estaba en inmejorables condiciones para saber quién era afecto o desafecto a la nueva España, y, por lo tanto, a quién se podía, o no, depurar (y, eventualmente, pelar). El escritor nunca pidió perdón, ni justificó de ningún modo (si es que algo así es justificable), esa nauseabunda proposición, lo que aún es, quizá, más sorprendente que la proposición en sí. Sin embargo, contrapesando estos baldones funestos, Cela ejerció una admirable labor de reconciliación -de reconciliación práctica, no simplemente retórica- con la revista Papeles de Son Armadans, que fundó y dirigió muchos años -con la inestimable ayuda, por cierto, del postista manchego Antonio Fernández Molina, hoy injustamente olvidado-, y con la editorial Alfaguara, también de su creación. La correspondencia con los escritores exiliados que se conserva de Cela -y que ha sido publicada, en un interesantísimo volumen, por Destino- revela a una persona acogedora y liberal, aunque uno siempre tiene la sospecha de que, entremezclado inextricablemente con esa generosidad intelectual, estaba el interés, meramente promocional, por vincularse con los mejores autores de nuestra letras. En todo caso, su amistad con algunos de esos autores -María Zambrano, Emilio Prados, Américo Castro- parece sincera y, a menudo, entrañable. Como escritor, Cela es un grande, y no solo por la calidad extraordinaria de algunos de sus relatos -La familia de Pascual Duarte, El viaje a la Alcarria, El viaje por el Pirineo de Lérida y, naturalmente, La colmena, que es un diorama vivísimo de un país miserable, como ha habido pocos en la literatura occidental-, sino porque nunca se conformó con su estatus acomodado. Pudiendo dedicarse a sestear en los laureles, el gallego siguió escribiendo obras incómodas, quizá no tan redondas como las anteriores, pero siempre audaces, desconcertantes: San Camilo, 1936, Oficio de tinieblas 5, Mazurca para dos muertos, aunque, ciertamente, el tramo final de su producción estuvo salpicado por el tedio, la reiteración y hasta el plagio, por La cruz de San Andrés, un horrendo Premio Planeta, como todos los Premios Planeta (aunque el plagio fuera finalmente descartado ante los tribunales, gracias, en parte, a un informe de un exprofesor mío en la Facultad de Filología: Luis Izquierdo). También hay que recordar que Camilo José Cela escribió poesía durante toda su vida, y que hasta llegó a reunirla en 1996, aunque muy pronto supo que no viviría de ella y mucho menos alcanzaría la fama que anhelaba. Su primer libro, Pisando la dudosa luz del día -cuyo título es un verso de Góngora-, es un excelente poemario surrealista, de un vigor sorprendente y un dolorido sentimiento antibélico. El espíritu vanguardista que alienta en él es el mismo que subyace en su narrativa, aun la más costumbrista: el espejo deformante situado a la vera del camino con el que él justificaba su tremendismo, no es sino la expresión en prosa del afán inquisitivo, desnudador, irracional, de su poesía. Hay que celebrar, en fin, que La colmena pueda ahora conocerse como la concibió su autor -no otro es el propósito de la Filología-, aunque no falten los oportunismos parasitarios de los grandes acontecimientos. Marina Castaño, por ejemplo, se ha apresurado a felicitarse por el hallazgo y a reivindicar la publicación completa de la novela, cuando la Fundación Camilo José Cela que preside se ha caracterizado por su negligencia en defender el patrimonio intelectual del escritor. Es un peaje que hay que pagar, supongo, por que avance el conocimiento de nuestra literatura.