Ya antes de aterrizar percibo la sequedad del suelo. Si Gran Bretaña se ha convertido estas semanas -o estos últimos meses- en un gigantesco charco, los alrededores de Madrid son una sucesión de manchas ocres y grises, apenas acenefadas por una vegetación rala, o salpicadas por lacónicas arboledas. En el autobús con el que voy de Barajas a la ciudad, confirmo esa aridez invencible, a pesar de la urbanización incesante y las residencias con piscina. Sin embargo, esa misma aridez otorga a la luz una calidad especial: la luz invernal de Madrid no es como la de ningún otro sitio que yo conozca. No solo brilla: crepita; inunda el espacio con una frialdad hospitalaria, como un cristal membranoso y sonoro. La luz de Madrid en invierno se derrama con una pureza axial, y a mí me gustar saberme alojado en ella, compartir su transparencia recta, infinitamente quebradiza. En el autobús, me distrae el tono muy alto con el que habla un sudamericano en los asientos traseros. Me resulta extraña esa casi violencia en el decir, que es, no obstante, su manera de ser cordial. Pero también me resulta extraño que algo así me resulte extraño: supongo que empiezo a britanizarme. Cuando entramos en la capital por la Avenida de América, reparo en una placa que informa de que en ese portal vivió Juan Carlos Onetti, desde 1976 hasta su muerte, en 1994. Me he acostumbrado a fijarme en todas estas informaciones callejeras, que en Londres forman parte inseparable del mismo paisaje que describen. Curiosamente, debajo de la placa en recuerdo de Onetti, hay cuatro o cinco carteles, escritos con ortografía y tipografía vacilantes, que anuncian pisos en alquiler o en venta. La tarde de mi llegada he quedado en el Café Comercial con Lawrence Schimel, un escritor y traductor norteamericano que lleva viviendo quince años en España, y al que conocí hace cinco o seis, en Barcelona, cuando presenté uno de sus libros, Desayuno en la cama, escrito originalmente en castellano -él maneja el español y el inglés como lenguas de creación-, en el casal Lambda, un centro histórico de defensa de los derechos de los homosexuales. Lawrence es un escritor prolífico y polivalente, que escribe literatura para niños y poesía o relatos homoeróticos, entre otras muchas cosas, con igual fluidez e igual convencimiento. De hecho, ha hecho de la condición homosexual -y de su explícita exposición pública- uno de los ejes de su creación, y a mí me gusta esa franqueza, ese forma de restar morbidez a lo que solo es mórbido por su ocultación, esa naturalidad con la que asume y presenta algo tan natural como la heterosexualidad. Cuando me despido de Lawrence, me entretengo un rato en un quiosco de la glorieta de Bilbao que está saldando una colección enorme de películas en DVD. Me quedo con Víctor o Victoria, de Blake Edwards, una comedia excelente (que, curiosamente, también trata del tema de la identidad sexual): El agente confidencial, la película de 1945, basada en la maravillosa novela homónima de Graham Greene, y protagonizada por Charles Boyer, Lauren Bacall y Peter Lorre; y la mítica versión televisiva de Doce hombres sin piedad, que recuerdo haber visto, con mis padres, cuando se emitió por primera vez, en 1973. Volver a verla, con calma, en casa, será volver a 1973, será volver a mis diez años, será volver a estar con mis padres. Junto a estas joyas del cine y la televisión, veo muchas cosas pintorescas en el puesto: una sección dedicada al dúo cómico Esteso y Pajares; otra, bajo el rótulo manuscrito de Ispaniss, con obras maestras de Marujita Díaz y Manolo Escobar (y pienso que sí, que los quiosqueros tienen razón: Maruja y Manolo son inenarrablemente ispaniss); otra, inevitable, de cine porno, en el que brillan con luz propia títulos como El hurón que persigue a los conejos, Chorro caliente de placer o El comité de bienvenida del internado de señoritas. Por si fueran pocos los 18 euros que me he dejado en las pelis, al doblar la esquina de Fuencarral, me encuentro con una librería que está saldando buenos libros de Siruela, entre otras colecciones de menor interés. Ahí no puedo resistirme a la tentación de comprar Piedras, de Roger Caillois (que, quiero recordar, además de muchos otros méritos literarios, es el autor del mejor libro de crítica literaria que conozco: La poesía de Saint-John Perse, un prodigio de lucidez, precisión y rigor) y Avatar Jettatura, deThéophile Gautier, cuya prosa me tiene prendado desde que leí su Viaje a España, de 1843. Camino de casa de Marta Agudo y Jordi Doce, con quienes he quedado para cenar, me cruzo con otra placa, la que recuerda al hoy olvidado Antonio García Gutierréz, autor de El trovador y de una zarzuela, La tabernera de Londres, inspirada seguramente por su estancia en la capital británica entre 1855 y 1856 como comisario interventor de la Deuda española -y que quizá merecería alguna investigación por mi parte-, y con alguien, arrodillado, que en la distancia parece en actitud orante, con las manos al frente, mirando al cielo, como los musulmanes cuando se encomiendan al Altísimo. Pero no es un feligrés, sino un mendigo. Cuando paso a su lado, escrutando todavía los libros que acabo de comprar -la cultura frente a la realidad-, el hombre me sonríe, y yo siento una punzada de remordimiento. Recuerdo al joven mendigo que siempre estaba sentado a la entrada del metro de Pimlico, en Londres, y que también sonreía cuando pasaba por delante. Ninguna de ambas sonrisas me parecía interesada, aunque lo fuera, sino un gesto natural, de una desarmante calidez, emocionalmente reblandecedor. Pero sigo caminando, y la sonrisa del pordiosero madrileño queda atrás, como quedaba la del londinense. Ceno, después, con Marta, Jordi y Juan Soros, el editor de la colección "Transatlántica/Portbou" de Amargord, y nos reímos, como siempre, y discutimos, a veces, y soportamos a un camarero italiano que ejerce de camarero italiano: habla alto, repite las comandas que hacemos, dice mucho "prego" y "pronto" y "subito", y todas esas cosas que dicen los camareros italianos que son muy italianos, y se muestra, en general, encantado de haberse conocido: hasta marca paquete. Cuando vuelvo a casa, caminando, hace frío y las calles están vacías. Es un paseo muy agradable.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
viernes, 21 de febrero de 2014
jueves, 20 de febrero de 2014
Ardo con Abelardo
Anteayer recibí un curioso comentario a la entrada "Noticias de Álvaro Valverde" de mi blog, aunque no se refería a ninguna noticia de Álvaro Valverde. Lo firmaba Abelardo Linares. El comentario era este:
"En su reciente trabajo, publicado por la revista Cuadernos Hispanoamericanos: 'Sobre la poesía y la vida de César González-Ruano' afirma usted que 'su ingreso en la poesía y en la vorágine (¡) de la publicación, fue estrepitoso: su primer poemario, que ostentaba el disuasorio título de De la locura, el pecado y la muerte (sic), se publicó en 1921, cuando apenas tenía dieciocho años'. Pero el libro no se llamaba así, sino De la locura, del pecado y de la muerte y aún siendo su primer libro no fue, desde luego, su primer libro de versos. Cualquiera que acceda a un ejemplar, como el que tengo ahora en mis manos, podrá comprobar que lleva un aclaratorio subtítulo: Prosas que escribió César González-Ruano. Si usted equivoca el título y el género literario del libro, quizás sea porque, en realidad, usted no ha visto nunca ese libro ni, probablemente, algunos otros de los que habla con todo detalle. Aventuro la hipótesis de cierta falta de seriedad, por su parte, en estos asuntos. ¡Ahora comprendo que cite tanto mi edición!".
Como al editor Linares le debía de parecer inexcusable, y muy urgente, que yo alojase su comentario en mi blog, y no lo hice de inmediato, porque uno tiene algunas otras cosas de que ocuparse, además de colgar comentarios como este en su blog, al cabo de 24 horas recibí otro mensaje suyo, que decía lo siguiente:
"Veo que no 'se atreve' o se decide a publicar el comentario que ayer le hice en su blog y que iba firmado por mí. Me siento 'liberado', por tanto, para colgarlo o comentarlo públicamente donde mejor me parezca".
El editor Linares utiliza el viejo truco -tan viejo que se remonta al patio del colegio- del "¿Conque no te atreves, eh? Pues vas a quedar como un gallina y todo el mundo se va a enterar". A lo mejor este matonismo le funciona con alguno de los paniaguados que aspiran a publicar en su, digamos, editorial, pero a mí no me impresiona. Respondo a su mensaje -al primero; él, como es natural, puede publicar lo que le dé la gana donde le dé la gana- porque no creo carente de interés examinar sus objeciones y, más todavía, subrayar algunas características de su estilo y de su, digamos de nuevo, pensamiento. Quizá así los lectores de este blog se hagan una idea algo más clara de quien pasa por ser uno de los editores más importantes de España, pero solo es una avutarda luciferina, un librero rapiñador -que le birló a un conocido la información que le permitió hacerse con el fabuloso legado de Eliseo Torres, y en cuyo establecimiento, como escribió un excolaborador suyo, nunca nadie ha visto una sonrisa-, un poeta nauseabundo y una rana perezosa más, por utilizar la brillante metáfora de Cristóbal Serra, que croa en el estanque de la tradición.
Del mensaje del editor Linares se deducen tres reproches:
1º) Que me he equivocado en la cita del título del primer libro de César González-Ruano.
2º) Que también me he equivocado en el género de ese primer libro de César González-Ruano, que no es un poemario, como yo decía, sino un volumen de "prosas".
3º) Que yo no he visto nunca ese libro, ni, probablemente, otros de los que hablo en mi artículo, y que, en consecuencia, mi trabajo adolece de falta de seriedad.
Antes de llegar al reproche primero, hay que superar un signo de admiración entre paréntesis, que se ha permitido incluir el editor Linares (por lo que se ve, le parece extraño que se considere una vorágine publicar ocho libros en dos años, como hizo González-Ruano entre 1921 y 1923), y su afirmación de que el libro se "llamaba", en lugar de que se titulaba. Habría que recordarle al editor Linares que las personas se llaman y los libros se titulan. Yo tengo por casa algún libro de gramática castellana básica que con mucho gusto puedo recomendarle si se decide a ampliar su formación en lectoescritura y ortografía. Pero no quiero entretenerme en estas menudencias, que en nada empañan la gran labor que el editor Linares está haciendo en pro de la literatura española actual, y vayamos a la objeción señalada. Y, en efecto, el libro de César González-Ruano objeto del debate se titula De la locura, del pecado y de la muerte. Así consta en otro lugar de mi artículo, cuando transcribo la cita que hace de él Manuel de la Peña en El Ultraísmo en España. Que haya aparecido como De la locura, el pecado y la muerte se llama errata. Sorprende que el editor Linares no sepa lo que es, habiendo tantas en sus libros. Pero, de nuevo, yo conservo en casa algunos manuales de mis tiempos de bachillerato que le remitiría, muy gustosamente, para que actualizase sus conocimientos en la materia, si no sospechara que iba a revenderlos a un precio desorbitado. Quede, pues, para la historia que, en un artículo de 28 páginas, 79 notas a pie de página y 12.464 palabras, se ha omitido dos veces la preposición "de".
El segundo reproche del editor Linares tiene más enjundia. También hay que superar, es verdad, un "aún" que no debe llevar tilde, pero a estas alturas ya sabemos que el editor Linares no es un hacha de la ortografía. No le demos importancia, y vayamos a lo fundamental: que De la locura, del pecado y de la muerte no es un libro de poemas, sino de "prosas", porque así consta en su subtítulo. Que los calificativos aplicados por un autor a su propia obra no son el criterio decisivo para determinar lo que esa obra sea, es algo sabido desde mucho antes de Roland Barthes, aunque no estoy seguro de que el editor Linares sepa quién es Barthes. Que, en consecuencia, González-Ruano calificara de "prosas" a su librito no significa que no fueran, también, y hasta exclusivamente, poesía. De hecho, desde hace, como mínimo, doscientos años existe algo llamado "poema en prosa", aunque, otra vez, albergo dudas de que el editor Linares haya llegado hasta este capítulo en el manual de crítica literaria que maneje, si es que maneja alguno. Si el editor Linares se hubiera tomado la molestia de pasar a las siguientes páginas del librito de González-Ruano, como hago yo en este mismo instante con el ejemplar de De la locura, del pecado y de la muerte que tengo en las manos, en lugar de quedarse en las iniciales (debe de estar acostumbrado: le basta echar un vistazo a la cubierta para ponerle precio), habría comprobado que la obra está precedida por una cita de Baudelaire -mon semblable, mon frère...-, que su tono obedece a un sensualismo postsimbolista, muy fin de siècle -como indica el propio De la Peña, señalando como posibles influencias suyas a Oscar Wilde, poeta, y Jean Lorrain, poeta-, y que contiene textos como "Mi poema ingenuo y doloroso", "El poema del amor, de la vida y de la muerte", "Rapsodia cerebral" o "Congelación". Veamos qué dice el primero: "Oh, Tú, tan frívola, tan exquisitamente vulgar, tan santamente pecadora, tan aristocráticamente plebeya, no comprenderás esta tragedia! He estado llorando, humedeciendo con mis lágrimas aquel rizo de pelo que me diste, y cuanto más lloraba sobre él, más azuladamente negro parecía. ¿No recuerdas, amada, que mi melena se volvió de plata porque le cayó una sola de tus lágrimas?". Y ahora cómo empieza el segundo: "Tú, frívola muñeca de las crenchas de oro, que serán con el tiempo de plata; tú, que soñaste con un príncipe moro, y con el idilio de flores de lis en un campo de gules; tú, princesita de los ojos azules, que escuchaste la risa del bufón escarlata, escucha esta historia concisa y triste que me trajo a la memoria el desdén que tú me hiciste. Que vea tu fantasía una cortina de brocados de oro y damasco de azur, que se descorre lentamente, e imagínate en tu mente un parterre (...)". Bien: esto está en prosa, pero juraría que es poesía, aunque probablemente el editor Linares y yo tengamos conceptos muy distintos de poesía: a él quizá se lo parezca un listín de teléfonos, como es lo que suele publicar; yo creo, en cambio, que aquí hay aliento lírico: antañón, ajado y malo, muy malo, pero lírico. Más claro resulta aún "Congelación", que es, sin más, un poema, y poema ultraísta: "Ruido ensordecedor;/ motor./ El hidroavión como una avispa mecánica./ La Ciudad no se veía./ El Sol quedó muy bajo./ Altura - aire - carbono + miedo = congelación./ Luego caí en forma de gota y resbalé por el nívido descote de mi amada histérica que no me conoció, pero pensó: esta gota insecable e inmedible hace lo mismo que los electrones de las manos de Él". Por último, "Rapsodia cerebral" es otro poema ultraísta, aunque su configuración no sea versal, como en el caso anterior: "El confetti policromo de la vulgaridad cae en lluvia torrencial sobre las anchas alas de nuestros chambergos. Las serpentinas de los prejuicios y de la hipocresía se enroscan a los cuerpos, inutilizándolos para todo movimiento libre. La burocracia escribe a máquina. El Cerebro se va imbecilizando por la lluvia de confeti y el corazón no se atreve a latir por no violar la virginidad del Gran Silencio. Y la cara blanca, redonda, de pus, manchada de costras, de la Luna, se asoma curiosa a la ventana para verme, envejeciendo mi melena de caboa al teñirla de plata. Y el gato, ese maldito embrujado, junto al brasero, persigue con sus ojos a la mosca de la Incertidumbre, que se entretiene en ensayar un vuelo elipsoidal". Me parece plenamente justificado, pues, considerar este libro el primer poemario de su autor -que siempre se tuvo, en esencia, por poeta, y cuyos libros iniciales fueron asimismo poemarios-, y así lo han hecho, por cierto, otros muchos críticos que se han acercado a la figura de González-Ruano. Por ejemplo, y hoy mismo, Andrés Soria Olmedo: "González Ruano siempre quiso ser poeta, desde De la locura, del pecado y de la muerte (1920) hasta Balada de Cherche-Midi (1944)" ("César González Ruano. La literatura en los periódicos", El Cultural, 20 de febrero de 2014). Pero, antes que él, lo mismo han sostenido, entre otros, Ignacio Gracia Noriega ("ya hacia 1920 se destacaba entre los poetas ultraístas; de ese año es De la locura, del pecado y de la muerte, "Tan cerca y tan lejos de César González Ruano", http://www.ignaciogracianoriega.net/nie/20031203.htm); Benjamín Prado ("González Ruano [...], entre el libro de poemas De la locura del pecado y de la muerte [...] y sus dos últimas obras publicadas en vida [...], sacó otros 93 volúmenes de toda clase", "Ruano y nada", El País, 13 de enero de 2005); y el mismísimo José Luis García Martín (un hombre de talante similar al del editor Linares, y al que presumo que este ha de admirar muchísimo), que encabeza la "obra poética" de González Ruano con el siguiente título: De la locura, del pecado y de la muerte (Poetas del Novecientos: entre el Modernismo y la Vanguardia (Antología). Tomo II: De Guillermo de Torre a Ramón Gaya, http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poetas-del-novecientos-entre-el-modernismo-y-la-vanguardia-antologiatomo-ii-de-guillermo-de-torre-a-ramon-gaya--0/html/000de8d0-82b2-11df-acc7-002185ce6064_8.HTML). Pero aún hay más: Juan Lamillar, el responsable de la edición publicada por la editorial del editor Linares, incluye De la locura, del pecado y de la muerte entre los poemarios antologados, y selecciona uno de sus poemas, "Congelación", en el libro. Así pues, el editor Linares considera que mi trabajo es poco serio por utilizar el mismo criterio que ha utilizado el responsable del suyo. Hasta ahora sabíamos que el editor Linares sabe tanto de correcto castellano como un bantú sordomudo, y que su comprensión de la poesía es tan alta como la de ese mismo bantú, pero que reproche a los demás lo que hacen sus autores debe apuntarse como un logro insuperable de su ya fascinante currículum intelectual.
En cuanto al tercer y último reproche, dejaré a los lectores a los que todavía no haya aburrido esta larga réplica y que conozcan, o puedan conocer, el artículo que he publicado en el último número de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, que valoren si mi trabajo es serio o no. Pero no lo haré sin decir una última cosa. El editor Linares, a partir de la errata sufrida, ejerce la suposición de que no he visto ni ese libro de Ruano "ni, probablemente, algunos otros", aunque no se atreva a especificar cuáles (y aunque le traicione el subconsciente: los libros no se ven -eso lo hace él para ponerles precio-, sino que se leen, que es lo que procuro yo hacer siempre que abrazo algún proyecto de investigación), y se me hace escandaloso que alguien pretenda descalificar un trabajo de las características del mío sobre la base de una errata y de una conjetura maliciosa. Formular hipótesis no basta: hay que aportar pruebas si se quiere enunciar una ley. Las pruebas de mi trabajo están en mi trabajo, y a ellas me remito. El análisis de la poesía de González-Ruano (que es uno de los aspectos estudiados, como acredita su título: "Apuntes sobre la poesía y la vida...") se ha realizado sobre la base de las antologías firmadas por Francisco Rivas (1983) y Juan Lamillar (2006), trabajos extensos y bien hechos, que, conjuntamente, dan una visión muy amplia de la poesía de González-Ruano -y, específicamente, de la poesía que su propio autor dio por buena, puesto que las antologías que publicara en vida excluyen casi todos sus libros juveniles-, y que he cotejado con las ediciones originales, como en el caso de De la locura, del pecado y de la muerte, cuando lo he creído conveniente. Ambos títulos integran la obra de González-Ruano en la bibliografía del artículo, junto con su Diario, sus Memorias y la Antología de poetas españoles contemporáneos en lengua castellana, y son citados, como no podía ser de otro modo, siempre que se transcriben sus versos. El editor Linares está en su derecho de considerar esto insuficiente. Yo estoy en el mío de opinar lo contrario, y de creer que sus mensajes no obedecen a un encomiable afán por defender el rigor de los trabajos filológicos que se publican en este país, sino a la mera voluntad, tan hispánica, de hacer daño, y de la que él ha dado sobradas muestras ya a casi todo el mundo que lo ha tratado. ¿De dónde vendrá esta malevolencia? ¿Acaso de que no haya citado en la bibliografía la edición de Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias de la editorial del editor Linares? ¿Acaso de que el editor Linares considera a González-Ruano un autor de su propiedad y no tolera que otros se inmiscuyan en lo suyo?
miércoles, 19 de febrero de 2014
Favorables, Madrid, poema
Así se titula este ciclo de poesía contemporánea que coordina en Madrid, desde hace dos años, el poeta y crítico Juan Carlos Suñén. El título, como es evidente, imita al de la célebre revista fundada por César Vallejo y Juan Larrea en París, en 1926: Favorables París Poema. Por él han pasado recientemente autores de la valía de Antonio Méndez Rubio, Jordi Doce, Eloísa Otero y Esperanza López Parada, y hasta julio de 2014 lo harán otros como Eli Tolaretxipi, Ada Salas, Víctor M. Díez y Álvaro García: todos escritores nacidos en los 60. Pasado mañana, 20 de febrero, me corresponde leer a mí. Será, como todos los actos del ciclo, en la antigua capilla del CentroCentro de Cultura y Ciudadanía, en la plaza de Cibeles, 1, a las siete de la tarde. Lo cierto es que la invitación me permitirá, no solo leer algunos textos y, quizá, si al público y al coordinador les parece bien, conversar sobre ellos, sino también ver a algunos amigos muy queridos y pasar algún tiempo en España. Cuando vine a Inglaterra, pensaba que la separación sería más traumática de lo que en realidad está siendo. Hoy tengo la sensación de que vivo con medio cuerpo aquí y medio cuerpo allá, aunque he de reconocer que la mente permanece en Barcelona: es difícil hacerse a una nueva vida; una nueva vida requiere una infinidad de pequeños gestos, de pequeños afectos, de asuntos cotidianos y asuntos excepcionales, una urdimbre de tactos y miradas, y eso lleva tiempo: a veces, toda una vida. Reunir esas dos mitades del cuerpo supone poco más que coger el autobús. La fluidez del tráfico aéreo, y la facilidad de las comunicaciones, incluso en una ciudad tan populosa, y de tan difícil circulación, como Londres, han facilitado este estado híbrido, intermedio, que debe de ser lo más cercano que haya a la ubicuidad. Mañana viajaré desde Heathrow, si las tormentas y la huelga de metro lo permiten, y en un par de horas estaré en Barajas. Tras dos días en la capital, cogeré un tren a Barcelona, y allí me quedaré casi tres semanas, escribiendo la introducción de mi traducción de Whitman, para lo que necesito algunos libros de mi biblioteca y de varias bibliotecas públicas, y un ensayo con mi poética con el que quiero encabezar una antología de mis versos. Hace tiempo que me apetecía formalizar mi pensamiento sobre el género -si es que la poesía es un género- y disponer de algo definitivo, aunque tenga que extractarlo, para cuando me pidan eso que casi siempre rehuimos: una poética. La anticipación del regreso es casi lo mejor del regreso: saborear la inminencia de las cosas conocidas, de las cosas acostumbradas, de los sentimientos arraigados en lugares, personas y cosas. Volver es sentirse volver, saberse volviendo. Cuando uno ya lo ha hecho, la rutina desdibuja los perfiles de la satisfacción hasta volverla otra rutina más, y entonces lo que apetece es irse. El proceso se inicia al revés: experimentando de nuevo el placer del cambio, la fascinación de un descubrimiento que ya no lo es tanto, pero que todavía no se ha ajado, como se aja todo. Y, en este péndulo de idas y venidas, el tiempo parece dilatarse, perder peso, hacerse permeable al deseo y al movimiento. Viajar así, vivir así, nos da elasticidad: la que vamos perdiendo con tantas horas sombrías, con tantas horas que mueren sin haber siquiera nacido. Mañana vuelvo, para leer en Madrid. Estoy contento.
martes, 18 de febrero de 2014
Décimas de fiebre
Así se titula mi último libro, que acaba de aparecer en Los Papeles de Brighton, la editorial que ha creado en el Reino Unido mi buen amigo, el poeta y crítico Juan Luis Calbarro, otro friqui de la literatura, como yo, y anglófilo declarado. He dicho que "acaba de aparecer", y no es exactamente así: el libro solo aparece si se compra. Hasta ese momento, es solo una realidad virtual, una anticipación, una posibilidad. Los Papeles de Brigthon, como ya he explicado en este mismo blog, es una editorial digital a demanda, es decir, edita los libros y los cuelga en una plataforma digital, Amazon, donde quedan a la espera de quienes los compren. Cuando este hecho prodigioso -la compra- se cumple, el libro se imprime materialmente y se le envía al adquirente por correo postal, a la dirección que haya indicado, sin coste adicional: en unos pocos días el volumen está en su casa. Un sistema así, obviamente, ahorra los costes más onerosos para cualquier editorial: el gasto excesivo de papel, el almacenamiento y, sobre todo, la distribución. Poco a poco, aunque cada vez con más fuerza, lo digital va penetrando en un modelo de negocio que difícilmente le sobrevivirá, por su mucha mayor agilidad, difusión y economía, y, en general, en un mundo, el de la cultura, asentado en inventos de hace siglos, si no milenios, como el papel y la imprenta. Décimas de fiebre es un conjunto de 56 espinelas escritas en 2012. ¿Por qué elegí esta forma estrófica? Pues por la misma razón por la que antes había firmado conjuntos de sonetos o de poemas romanceados, un libro de sextinas -Seis sextinas soeces- y hasta un volumen de haikus -Los haikús del tren-: porque me gustan las formas que miran hacia sí mismas, como minúsculos ouróboros, el "pequeño y perfecto espacio" que delimitan, en palabras de Fernando de Herrera. Me seduce el encaje hermético del poema: ese clic que hace cuando uno abrocha, con exactitud, cada verso, cada rima. Constituye también un desafío encerrar en un molde tan exiguo un pensamiento o una acción: hacerlo requiere una domesticación de la sensibilidad y, a la vez, una ductilidad de la inteligencia que no están en mí de manera natural, y que se me antojan muy saludables. Además, en mi caso, las estrofas cerradas son terapéuticas. Yo tengo una malsana tendencia al poema largo, al derramamiento y aun al exceso. Y lo torrencial, si no está bien encauzado, es siempre un peligro. Las formas breves me ciñen, más aún, me encadenan, pero eso está bien: actúan como un cíngulo o corsé que refrena mi pasión por decir. Un buen amigo, José Ángel Cilleruelo, aunque no padece mi mal, suele utilizar estructuras matemáticas para construir muchas de sus obras, que funcionan al modo de mis estrofas tradicionales: libros de siete capítulos, poemas de siete versos y versos de siete sílabas; o bien poemas en prosa de cien palabras, o de cien caracteres. Cosas así. Las fronteras algebraicas son límites, pero también estímulos. La necesidad de satisfacer unos requisitos formales es mayéutica: reclama la idea, y ayuda a alumbrarla. Por eso José Ángel se ayuda de esos mecanismos, y yo de sonetos, sextinas o espinelas. En Décimas de fiebre se conjuntan cuatro líneas creativas: la satírica, la descriptivo-paisajística, la amorosa y la existencial. En mí siempre ha habido una tendencia natural a la sátira: suelo reparar primero, en las personas y las cosas, en lo más digno de reproche, en lo más risible o insustancial. También me sucede cuando me miro al espejo. Algunas veces, esa inclinación congénita se refuerza por la necedad mayúscula del o de lo observado, en cuyo caso el poema es inevitable, y seguramente cruel. Sin embargo, también aquí he de controlarme, porque la burla inmoderada acaba dañando a quien la profiere: el principal satirizado por la sátira es el satírico. Uno no puede ser poeta solo para zaherir a lo demás. Y, si lo hace, es que no es poeta del todo. Por eso mis invectivas responden a una querencia que no puedo ocultar, y que, a la vista de algunos, me parece sobradamente justificada, pero solo constituyen, solo pueden constituir, una porción limitada de lo que escribo. Por descriptivo-paisajísticos me refiero a un conjunto de poemas que solo pretenden dar cuenta instantánea de lo que sucede: de una escena, una imagen o un acontecimiento fugaz, pero en cuya fugacidad, precisamente, radica una insospechada solidez: la certeza de que esa realidad es permanente, e indestructible, en su propia evanescencia, y en mi memoria. En ellos cuento la aventura de una abeja que liba una flor en mi balcón, o de unos rayos de sol que se filtran por entre los árboles en un parque de Barcelona, o de una camarera que me sonríe al entregarme el café que me tomo (que me tomaba) por la mañana, antes de entrar en el trabajo. Son poca cosa, pero me bastan. En cuanto a los poemas de amor, no podían faltar: el amor -su resistencia, su recuerdo, su ausencia, su esplendor- es uno de los pocos báculos con que contamos en este caminar desvencijado hacia la muerte, y su deriva erótica nos ayuda a recrear sus mejores consecuciones. Finalmente, las espinelas existenciales solo pretenden abundar en lo que llevo escribiendo desde siempre: la incomprensión del ser, la incomprensión de ser, y la angustia de la muerte: de no ser. Hacerlo no me satisface especialmente, pero, como el vizconde de Valmont, no puedo evitarlo. Uno escribe lo que es, y eso es lo que, para bien o para mal, a mí me define: el terror a la nada y el correspondiente, y estremecido, amor a la vida. Varias décimas de Décimas de fiebre ya han visto la luz en algunas publicaciones. La muestra más amplia -ocho composiciones- apareció en el núm. 360 de Quimera, correspondiente a noviembre de 2013: allí puede apreciarse lo que son, o lo que aspiran a ser. Y no quiero cerrar esta entrada sin mencionar que el libro cuenta con un prólogo de Juan Manuel Macías, que atendió mi ruego con su amabilidad y buen hacer acostumbrados. Para quien esté interesado en el libro, me remito a Amazon (aunque en Amazon España aparezca como "no disponible", es un error: lo está, como se puede comprobar en Amazon UK y Amazon USA) y a la propia editorial: http://lospapelesdebrighton.com/. Un libro, cualquier libro, siempre depende de sus lectores, pero en este, como en todos los publicados digitalmente, esa dependencia es física. Ojalá pueda encarnarse en papel muchas veces.
lunes, 17 de febrero de 2014
Noticias de Álvaro Valverde
Ayer recibí dos noticias de Álvaro Valverde. La primera, un libro, aunque no suyo, sino perteneciente a la colección de poesía de la Fundación Ortega Muñoz que codirige con Jordi Doce. Se trata de Antología poética, del poeta barcelonés Marià Manent, con edición y traducción de José Muñoz Millanes. Aunque la colección todavía cuenta con pocos títulos, las manos sapientes de Álvaro -y de Jordi- ya se han asegurado de que sean buenos: Philippe Jaccottet, Mario Luzi y, ahora, Manent. Un mismo afán de intensidad y, a la vez, de delicadeza recorre a los tres autores, reflejando mucho de lo que caracteriza a los codirectores; y un mismo afán de cosmopolitismo, con poetas de todas las lenguas y todos los orígenes: no es poca cosa que, hoy, una fundación extremeña, codirigida por un extremeño y un asturiano, publique a un autor catalán, en catalán. Aunque así debería ser siempre, en realidad: es triste que la barahúnda política contamine el hecho universal de la cultura, y que se dificulte el conocimiento -y el disfrute- de tantos escritores, de tantas formas de la sensibilidad, por algo tan azaroso como el lugar en el que hayan nacido o por que escriban en una lengua minoritaria. Marià Manent tuvo una vida larga -murió en 1988, con noventa años-, pero una obra poética corta, compuesta solo por cuatro libros: La branca ("La rama"), 1918; La collita en la boira ("La cosecha en la nieve"), 1920; L'ombra i altres poemes ("La sombra y otros poemas"), 1931; y La ciutat del temps ("La ciudad del tiempo"), 1961. Al fallecer, estaba trabajando en un quinto poemario, que quedó inacabado: El cant amagadís ("El canto escondidizo"). También se pueden considerar obra suya los dos volúmenes de interpretaciones de poesía china que publicó en 1928 (L'aire daurat, "El aire dorado") i 1967 (Com un núvol lleuger, "Como una nube ligera"). Toda su obra, que se enmarca en la tradición postsimbolista, se caracteriza por un tono discreto, que era también el de la persona que la firmaba, y una elegancia formal con escaso parangón en la literatura catalana del siglo XX. Pero, acaso por su brevedad o por esa pureza casi evanescente que algunos equiparaban a la levedad, Manent fue, quizá, más conocido como traductor, ensayista y, en general, hombre de cultura. Su dietario, escrito entre 1918 y 1981, es un monumento literario, y sus traducciones -sobre todo de poesía en lengua inglesa: Yeats, Dylan Thomas, Willian Blake, Coleridge, entre otros-, un modelo de precisión y finura. En 1985 recibió el Premi d'Honor de les Lletres Catalanes por el conjunto de su obra. Transcribo uno de sus poemas, recogido en esta Antología poética, con la traducción de Muñoz Millanes:
A les clotades, olivers obscurs
amagaven un vol de gralles tristes.
Pels conreus el moresc era marcit,
i entre les branques nues els nius eren una ombra.
Era un viatge cap a un món lleuger.
A l'horitzó muntanyes d'un astre, vaporoses.
Vora el tren, d'un color de lluna i de riu blanc,
amb plomes d'àngel l'ametller venia.
En las hondonadas, olivos oscuros
ocultaban un vuelo de cornejas tristes.
Por los sembrados el maíz estaba marchito,
y entre las ramas desnudas los nidos eran sombra.
Era un viaje a un mundo ligero.
En el horizonte, montañas de otros astros, vaporosas.
Rozando el tren, color de luna y de río blanco,
con plumas de ángel el almendro venía.
Pero este libro de Marià Manent no fue, como digo, la única noticia que tuve ayer de Álvaro. En una entrada de su blog, comunicaba a sus amigos y lectores que se había incorporado como crítico literario al suplemento cultural de ABC. Enhorabuena, pues, para él: su incorporación es merecida y, en lo que a mí -y a muchos- respecta, celebrada. La poesía de Álvaro Valverde, sutil, incisiva, de un emocionado estoicismo, lleva acompañándome muchos años ya, aunque a él no lo conocí hasta hace relativamente poco, cuando coincidimos en un encuentro literario en Morille (Salamanca), organizado por nuestra común amiga, María Ángeles Pérez López. Luego, las circunstancias de la vida, siempre imprevisibles, han hecho que nos tratáramos más: desde que paso temporadas en Extremadura, nuestra cercanía y nuestro contacto se han hecho mayores. Álvaro ha estado en nuestra casa de Hoyos, y hemos paseado por un pueblo aplastado por el calor, cuyo aire corroían las avispas. También lo hemos visitado en Plasencia, donde nos hemos tomado unos vinos en el parador de la ciudad y en alguno de los bares a la sombra de los soportales de la plaza mayor. En mi última estancia en Cáceres, concertamos un encuentro a medio camino, en un hotel de Coria, cuyo nombre parece más bien el de un salón recreativo: Los kekes. También, al incoporarme yo mismo al hasta entonces deliberadamente desconocido mundo de los blogs, me he hecho lector de su bitácora, donde Álvaro se muestra como es: ecuánime, elegante, hospitalario. Y estoy seguro de que así será también como crítico en el ABC. Estos rasgos, de hecho, tienen que ver con una personalidad que no ha trastornado el hecho poético. Yo detesto a los poetas que se presentan, y que se comportan, como almas atormentadas, poetas que te obligan a soportar sus singularidades, generalmente necias, cuando uno ya tiene bastante con sobrellevar las suyas. Álvaro transmite equilibrio y sosiego, aunque, como todo hijo de vecino, se las tenga tiesas con sus propios conflictos en el ámbito de la intimidad y, sublimadas, en el territorio de su poesía. Con Álvaro Valverde resulta agradable conversar, pasear, estar, en suma, y ese es un mérito altísimo, que, conforme gano años, no dejo de reivindicar. Buena suerte, pues, para él, y felicidades para sus lectores, entre los que me cuento, porque un buen crítico sabe señalar siempre lo que más disfrutarán.
domingo, 16 de febrero de 2014
Un sábado en Regent's Park
Cuando salimos del metro en Warren Street, llueve con fuerza, pero, al cabo de unos minutos, el sol luce con la misma intensidad con la que, hasta ese mismo momento, ha caído el agua. El primer lugar en el que reparamos, al acercarnos a Regent's Park, es la iglesia de la Santísima Trinidad, no particularmente airosa, pero con la singularidad de haber alojado a la mítica editorial Penguin en sus primeros meses de vida: en concreto, 18 en 1936. El almacén de la editorial estaba en la cripta, desde la cual se distribuyeron por el país -y por todo el mundo- más de diez millones de ejemplares, un trabajo ruidoso que los editores batallaban por que no interfiriera en las misas que se celebraban en la nave. De otro modo, los feligreses habrían podido creer que el infierno protestaba, comprensiblemente, por su actividad eucarística. Delante de la iglesia hay un busto de John F. Kennedy -un presidente al que nunca he sabido qué méritos atribuirle, salvo haber gestionado con entereza la crisis de los misiles, haberse acostado con Marilyn Monroe y haber sido asesinado mientras iba en un descapotable con otra mujer de bandera, Jacqueline Kennedy- y detrás, un hotel Meliá, con una rotunda bandera española a la entrada, casi tan amazacotado como el propio templo. Muy cerca está ya Saint Andrew's Gate, que da entrada al parque. En unas pistas cercanas, el editor André Deutsch jugaba al tenis con su amigo y compatriota Georges Mikes, que describió con perspicacia el carácter inglés en Cómo ser un extraterrestre: "La gente del continente tiene vida sexual; los ingleses tienen bolsas de agua caliente". Nos adentramos en el parque por un sendero rodeado de arriates con flores. Nos admiran los espacios amplísimos de Regent's Park: grandes praderas en cuyo verde exuberante se derrama el sol. Las ramas de los árboles que las salpican, y de los que flanquean el sendero, están desnudas, pero muchas ya tienen capullos, y, en algunas, las flores empiezan a asomar. Algunos de esos árboles parecen dragos. El césped ha crecido tanto, por las muchas lluvias de este invierno, que ondula con el viento: es un mar de espuma verde, rizada por ráfagas heladas, pero que, no obstante, no expulsan al paseante, sino que lo abrazan con un escalofrío acogedor. Compramos un capuccino en un cafetín que parece una miniatura tudor, y seguimos caminando. Dejamos a la derecha el zoo de Londres, aunque nos llegan sus ecos selváticos. Alcanzamos a ver también algunos animales: dos camellos bactrianos demuestran muy poco interés por los curiosos que se les acercan: se limitan a rumiar. Salimos del parque por Monkeys' Gate, la puerta de los monos, llamada así por razones obvias, aunque lo más parecido a un simio que distinguimos en las cercanías es un vigorista que hace flexiones. Lo que sí vemos es el gigantesco aviario junto al canal que rodea al parque, y que constituye uno de los paseos más agradables de la ciudad: el canal, digo, no el aviario. Este es una enorme red que forma varios pináculos, como un montón de tiendas de campaña apiñadas. Dentro, los pájaros revolotean como insectos en un tarro. Nada más salir de Regent's Park, empezamos a subir Primrose Hill, una colina baja -de apenas 78 metros de altura-, pero desde cuya cima hay una vista fabulosa de la ciudad, que ahora esplende bajo un sol no interrumpido por nubes. Al pie de la colina, advertimos un árbol arrancado de cuajo por los vendavales de estos días: sus raíces todavía están frescas. La cima bulle de gente; algunos utilizan prismáticos para observar los detalles de la ciudad. Yo me fijo más bien en la inscripción que preside el mirador: I have conversed with the spiritual sun. I saw him in Primrose Hill ("He conversado con el sol espiritual. Lo he visto en Primrose Hill"), de William Blake. No es ningún verso suyo, sino una afirmación que recoge Henry Crabb Robinson en sus Diarios, recuerdos y correspondencia. Y no me extraña: Blake hablaba con los entes sobrenaturales. A menudo, cuando alguien iba a visitarlo, su mujer respondía: "Lo siento, el Sr. Blake no puede recibirlo: está hablando con los ángeles". Bajamos de la colina hasta un tramo de Regent's Park Road en el que se concentran lugares de mucho pasado literario, aunque lo primero que distinguimos tiene, más bien, carácter histórico: la casa en la que vivió Federico Engels, el filósofo marxista, con el que el autor de El capital formó un dúo imbatible. Pero aquí también está donde vivió el poeta norteamericano W. S. Merwin; The Queens, el pub al que solía venir Kingsley Amis; y el restaurante Odette, del que es cliente el hijo de Kingsley, Martin Amis, con quien tan bien se llevaba. La lista de personajes famosos que han vivido, o que siguen haciéndolo en este barrio, es enorme: algunos son admirables, como John Cleese y Rachel Weisz; otros, lamentables, y es triste que el más lamentable de todos sea español: Enrique Iglesias. Aunque, probablemente, los dos residentes de Primrose que más puedan interesar a un letraherido sean Sylvia Plath y su marido Ted Hugues. Ambos vivieron en varios lugares de la zona, como Saint George Terrace y Chalcot Square. Es esta una plaza cuadrada, recoleta, compuesta por casas cuyas fachadas están pintadas de colores distintos, pasteles en su mayoría: salmón, rosa, amarillo, azul celeste, verde claro. En su centro abriga un jardín privado. La sensación de viveza y, a la vez, de paz que transmite este lugar casi sobrecoge. El cromatismo de los edificios se repite también a lo largo de Regent's Park Road y de muchos otros rincones del barrio. Pero Hughes y Plath no pasaron mucho tiempo en Chalcot Square: solo un par de años. Cuando su matrimonio se deshizo, Sylvia, con el corazón igualmente deshecho, se trasladó a una calle cercana, al número 23 de Fitzroy Road, donde había vivido también, hasta los nueve años de edad, W. B. Yeats, algo que encantaba a su nueva moradora. Hoy, la placa azul junto al portal sigue recordando que allí vivió Yeats, pero ninguna dice nada de Plath. Más aún: ese portal no tiene número. A los lados se encuentran el 21 y el 25, pero del 23 no hay rastro alguno. Nos sorprende esta superstición macabra, si es que lo es. Allí se suicidó la poeta, en efecto, luego de una vida de sufrimiento, según dicen, con Ted Hugues, un adúltero contumaz. Muchas feministas han responsabilizado al autor de El Cuervo de la muerte de su ex esposa, hasta casi abogar por su asesinato. Será este un asunto de constante elucubración y, seguramente, de imposible esclarecimiento. Parece evidente que Ted no estimulaba las ganas de vivir entre sus parejas (su siguiente mujer, Assia Wevill, por la que había dejado a Plath, también se quitó la vida, y no solo eso: asesinó a la hija de ambos, Shura), pero es igualmente cierto que Plath ya había intentado suicidarse antes de conocerlo y que su historial psicológico, plagado de depresiones, no era tranquilizador. El 11 de febrero de 1963, Sylvia les subió el desayuno a sus dos hijos pequeños -de tres años y once meses de edad-, abrió la ventana de su dormitorio, puso cinta aislante y toallas debajo de la puerta de su dormitorio, y se encerró en la cocina. Allí repitió la operación del sellado de la puerta, dobló cuidadosamente un paño, lo colocó en el horno, apoyó la cabeza en el paño y abrió la espita del gas. En la única nota que dejó, pedía que se llamara a su médico, el doctor Horder. Nada más. Tenía 41 años. Contemplamos un rato la puerta de la casa por la que acaso entrara ese doctor Horder y saliera el cadáver de la poeta. Se me hace extraño pensar que los objetos puedan haber sido testigos de acontecimientos tan perturbadores, y que sigan ahí, impertérritos, inertes: solo objetos. Algo más abajo, en la misma Fitzroy Road, se abre un pasadizo que conduce a un pequeño patio rodeado de estudios, los Primrose Hill Studios. Se conoce que ha sido, y sigue siendo, un rincón privilegiado del barrio, porque allí ha vivido tanta gente ilustre que hasta han colgado una placa para recordarlo: en una larga lista de nombres, reconozco el de la actriz Martita Hunt y el del soldado y escritor Patrick Leigh Fermor. Comemos en un pub cercano, The princess of Wales, delante del cual hay aparcado un Nissan Figaro, uno de esos coches antiguos por los que los ingleses sienten adoración, y que me recuerda mucho al de la familia Cebolleta. En el pub, nos atiende una camarera rubia que, si no fuera camarera, podría ganarse la vida perfectamente como ama de cría. No hay mucha gente, y un sol delicioso entra por las ventanas. Me tomo una cerveza belga. Pienso con melancolía, pero extrañamente vivificado, que por aquella esquina habría pasado muchas veces Sylvia Plath y Ted Hughes, y doy un trago a la cerveza a su salud.
sábado, 15 de febrero de 2014
San Valentín con Bob Geldof
Ayer fue San Valentín, una de esas celebraciones -como la Navidad, aunque, por suerte, menos larga- establecidas por el sistema para que nos despendolemos a comprar, y para que compartamos, obligatoriamente, algunos sentimientos colectivos. Uno participa en ellas, no tanto por inercia -aunque también-, cuanto porque quiere eludir el impudor, el engreimiento, de la significación individual frente al comportamiento de la comunidad, cuando este comportamiento no es nocivo, ni moralmente perverso. No sé si me explico. Bueno, da igual. Ayer salimos a cenar, para celebrar el 14 de febrero. Pero antes Ángeles había concertado una revisión de su estado de salud en el gimnasio al que vamos. Antes, hace años, los gimnasios eran lugares generalmente sudorosos, en los que uno se limitaba a saltar a la comba o empujar pesas con ahínco, entre olores a linimento, keds desgastadas y calzoncillos sucios (y no bragas, porque ninguna mujer iba al gimnasio: los gimnasios eran solo para hombres), mientras el profesor, embutido en un chándal como el de Sylvester Stallone en Rocky, o aún más mugriento, observaba tus contorsiones, comiendo pipas y fumándose un ducados. Hoy son una mezcla de naves espaciales y hoteles de cinco estrellas. De hecho, según nos dijo el sales manager del nuestro, en la sala de máquinas hay alguna bicicleta que utilizan los astronautas de la NASA para su preparación, y cuya utilización requiere, en efecto, ser licenciado en ingeniería aeronáutica. Uno más de los servicios chiripitifláuticos que ese gimnasio ofrece es la revisión médica. A Ángeles se la hizo James, un mocetón de Hull cuyo diámetro pectoral superaba al de Pamela Anderson, pero solo con músculo. Al observar su apostura, decidí acompañar a mi mujer en la revisión y supervisar cuidadosamente las evoluciones de James. Resultó ser un tipo muy simpático, que nos dio conversación y que nos explicó, a su vez, que solo hace cinco semanas que está en Londres, porque Hull no ofrece demasiadas posibilidades, y la capital, en cambio, es el sitio donde pasan las cosas. También nos dijo que su hermano menor acababa de mudarse a Melbourne, en Australia, donde se ganaba la vida como jugador semiprofesional de rugby. Si tiene la mitad de los músculos que él, no me extraña. Qué estupendo, además: cobrar lo suficiente por las mañanas, dando patadas a un balón (y a los contrarios), para dedicarse a los placeres australes por la tarde: surf, pubs, chicas. Lo que más me llamó la atención de la revisión que hizo James fue el cuidado puritano que tenía en todos sus contactos con Ángeles. Si le pedía que se pusiera una cinta en el tórax para medir algo, salía de la habitación hasta que lo hubiera hecho; si, cuando ella estaba tumbada, él le había de colocar un medidor de alguna otra cosa en el pecho, le preguntaba primero si podía hacerlo, y luego depositaba el aparato encima de la ropa con la punta de los dedos, como si los acercara al cubil de un crótalo; cuando le medía el diámetro de la cintura y las caderas, operaba con el mismo cuidado con el que un TEDAX desactiva un artefacto explosivo; por fin, cuando todo hubo acabado, le hizo firmar a Ángeles un documento de consentimiento, en el que esta reconocía que allí no había pasado nada con lo que no estuviese de acuerdo. Me maravilla -y también me repugna un poco- esta pulcritud excesiva, esta preocupación minuciosa por que no haya ningún contacto corporal no deseado, por que nadie pueda sentirse ni remotamente molesto por la cercanía carnal de otro, aunque ese otro esté realizando una actividad profesional necesaria y consentida. Tanto cuidado produce en mí el efecto contrario: me hace consciente, hasta la incomodidad, de la presencia de los cuerpos, de su proximidad material y de su tendencia al contacto. La falta de naturalidad en esas situaciones se me antoja tan anómala, y tan perturbadora, como la naturalidad excesiva. A la salida del gimnasio, fuimos al restaurante tailandés, Chada, en el que habíamos hecho la reserva para cenar. En una fecha como San Valentín, en Londres, si uno no ha reservado, corre el riesgo de celebrar el día de los enamorados con su pareja en un puesto callejero de perritos calientes, a dos bajo cero. Poco después de que nos acomodaran en la mesa, llegó otro grupo de cuatro personas. Vimos que los demás comensales los miraban con una fijeza desacostumbrada en cualquier británico, pero nosotros no reconocimos a nadie. Sin embargo, la cara de uno de los dos hombres me resultaba familiar. No pensé conscientemente en ello, pero supongo que mi cerebro actuó por su cuenta durante un rato, examinando la información archivada en sus circunvoluciones más ocultas, y, de repente, me proporcionó un nombre: Bob Geldof. Tan inconsciente había sido la operación, que yo ni siquiera recordaba quién era Bob Geldof, pero ahí estaba su nombre, que tenía la certeza de que se correspondía con aquella cara. Buscamos en Google, la biblia de la modernidad, y, en efecto, allí estaba: "Robert Frederick Zenon 'Bob' Geldof, cantante, compositor, actor y activista político irlandés". Entonces reparé, además, en que se llama Zenón, cuya onomástica se festeja también el 14 de febrero. El amigo Bob había acudido al restaurante con su despeinado de siempre y una nariz echada hacia arriba, a lo Felipe González. Lo acompañaba otro hombre, que tampoco se peina jamás, pero por ser calvo, y dos mujeres, que supusimos sus parejas. La partenaire de Geldof era una norteamericana estridente, como estridentes eran su melena rubia, su vestido rojo y su voz aflautada. Además, hablaba muy alto, como tantos norteamericanos. De hecho, los cuatro hablaban alto, quizá porque están acostumbrados a imponer su presencia allí donde vayan: ser famoso da bula para muchas cosas. Fue muy revelador de la naturaleza humana observar cómo el dueño del restaurante, un tailandés (supongo) con una sonrisa eterna, o más bien fósil, les atendía con gran prosopopeya, y hasta les servía el vino con un decantador. A nosotros se limitó a traernos la cuenta. Pensamos en lo extraño que resulta que, en una ciudad tan grande como Londres, con siete millones y medio de habitantes, nos hayamos encontrado ya, en apenas unos meses, con tantas celebridades: Ángeles se ha cruzado por la calle con el primer ministro David Cameron, con el actor Harvey Keitel y, ayer, con Bob Geldof; yo, también con Geldof y con el ínclito Federico Trillo-Figueroa y Martínez-Conde, embajador del reino de España ante el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte; y Jordi Doce, que pasó con nosotros unos días el verano pasado, con Boris Johnson, el excéntrico alcalde de la ciudad, terror de las peluquerías londinenses. Ayer, en el Chada, mientras nos comíamos una lubina que estaba un poco seca y nos bebíamos, en cambio, un blanco sudafricano excelente, no pudimos dejar de oír la conversación de los cuatro magníficos sentados a nuestro lado. La rubia, que se había puesto unas gafas de sol tan aparatosas como ella, porque quizá le deslumbraba la luz de la vela que había en la mesa, repitió hasta cuatro veces que ella era descendiente de una de las primeras trescientas familias que se establecieron en Texas. Lo cual nos llevó a pensar: a) a quién narices le importaba que descendiera de una de las primeras trescientas familias que se establecieron en Texas: yo también desciendo de una de las primeras trescientas familias que se establecieron en el valle de Arán, y Ángeles, de una de las primeras trescientas familias que se establecieron en la Sierra de Gata, y no hacemos un espectáculo de ello; y b) las primeras trescientas familias que se establecieron en Texas fueron españolas. Poco después, la rubia de tan egregios orígenes se puso a fumar. Por un momento pensé que el dueño sonriente se lo permitiría, por ser vos quien sois, pero no: al cabo de unos minutos, lo que tardó el cigarrillo en ahumar el local, se acercó a la mesa y, con una sonrisa que, sin haber perdido enteramente la condición de sonrisa, era más bien un rictus agónico, le dijo a la rubia infractora que fumar no estaba permitido, y que hacerlo podía acarrearle a él graves problemas. La mujer apagó el cigarrillo y nosotros, cansados ya de aquel estrépito sin sustancia, abandonamos el local. Fuera, soplaba un viento siberiano, que desbarataba pieles y paraguas. Había sido un curioso San Valentín.
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