Ayer, al salir del tren, de vuelta de Barcelona, llovió una enormidad, llovió como para que se parase el mundo, llovió la intemerata. Aceleré el paso, para llegar a casa antes de que estallase una tormenta que se anunciaba amazónica, pero no lo conseguí: cuando empezaron a caer baldes de agua, me refugié en un portal. Los rayos explotaban como paraguas desmochados: eran patadas de luz en el tapete luctuoso del cielo. Los relámpagos descorrían ese tapete: lo transformaban, durante décimas de segundo, en un estanque fosforescente. Y los truenos, atados a los relámpagos como perros grandes a una carreta de llamaradas, rompían justo encima de mí cabeza, pero eran tan fragorosos que estoy seguro de que gente a kilómetros de distancia también tenía la sensación de que rompían justo encima de la suya. Recordé, ante la orquesta apocalíptica del cielo, que mi abuela se metía debajo de la cama cuando tronaba. Para ella, las tormentas eran un castigo del Cielo -y bien, en un sentido literal, lo eran-, y les tenía horror. También Obélix sufría lo indecible con los terremotos del cielo: aquellos galos temerosos de Tutatis creían que se les iba a desplomar encima, y sus pociones mágicas, tan útiles para aporrear romanos, no los inmunizaban contra el desastre. Ayer llovió como para acabar con todas las sequías del mundo: parecía que la lluvia quisiera hundir las casas; parecía que el firmamento fuera agua. El agua martilleaba, y el asfalto era el yunque. Y en el asfalto caían, no solo los mazazos líquidos, sino también perdigones de granizo. Mientras esperaba a que escampase, si es que aquella barbaridad había de escampar alguna vez, vi pasar por la calle el Arca de Noé. "Ey, ¿qué pasa?", me saludó desde estribor, sobreponiéndose a unas barbas blancas luengas y lastimosamente empapadas. Las jirafas se destacaban a su lado; también distinguí a un mono aullador y a una lechuza de las nieves. En cambio, no vi ningún felino: debían de haberse refugiado en las cubiertas inferiores; ya se sabe que no son demasiado amantes del agua. Le devolví el saludo a Noé, y él continuó su viaje, camino del monte Ararat. Siguió lloviendo con escándalo durante un buen rato. Pasó un chico por la calle con ademán tranquilo. Iba como si se hubiera tirado vestido a una piscina. De hecho, la piscina se le había tirado encima, y él, con estoicismo teñido de inteligencia, había decidido que no iba a cansarse corriendo, cuando todo estaba perdido ya. Paseaba, pues, con las manos en los bolsillos, mientras el agua se le aferraba a los calzoncillos, al alma. Aunque, si hubiera apretado un poco el paso, quizá se habría podido subir también al Arca de Noé, y el anciano barquero lo habría acercado a casa. Llovía, llovía, llovía, no con infinita mansedumbre, como escribe Cela al principio de Madera de boj, sino con infinita saña, como si no hubiera en el mundo nada más que lluvia, como si la lluvia fuera el mundo. Los edificios se escondían tras las cortinas de agua, que ondulaban antes de llegar al suelo, sacudidas por un viento desquiciado. Recordé también, en aquel portal que era mi nuevo útero, mi útero momentáneo, las tormentas de verano en Azanuy: las anunciaban los heraldos negros, unas nubes de obsidiana que se abatían de repente contra el sol y lo amortajaban, como si tanta claridad fuera obscena. Nuestras madres nos llamaban, porque la tormenta iba a golpear con fiereza, y nosotros le echábamos una carrera al agua, a ver quién llegaba antes: si ella a nosotros, o nosotros a casa. A veces, ganaba el agua; otras, nosotros. Ya a refugio, la veíamos, no solo caer, sino también pasar: acumulada en torrentes, el agua se precipitaba por nuestra calle en pendiente como un coletazo sin cuerpo. Sentado el umbral del patio, contemplaba aquel animal difuso y enorme correr y correr, desde las nubes altas, que ya se habían fundido en un abrazo de plomo y ocupado todo los resquicios del cielo, y que no dejaban de vomitar electricidad y caldo, hasta las bocas de las alcantarillas empachadas, que devolvían a la superficie más agua de la que tragaban. La riada bailoteaba en ellas como si se riera de su hartura, y seguía avanzando, en busca de nuevos destinos, de nuevos territorios conquistables. Cuando la lluvia aflojaba y, por fin, cesaba, recuerdo, sobre todo, los olores: a adobe mojado, a rastrojo vivificado, a río colérico, a transparencia. El Sosa, un arroyo que, a su paso por el pueblo, se convertía en vertedero, se había hecho, con la lluvia, un río de verdad: ya no era solo el lugar desde cuyo puente la gente ahogaba a los cachorros -de gato, de perro- no deseados, sino un caudal enérgico, que había devorado la basura y casi el puente. La lluvia es la ducha de la naturaleza: una ceremonia de unción. También cuando remitió ayer, en Sant Cugat -y parecía que no iba a hacerlo nunca-, todo se diría recién parido: la humedad hace ágiles a las cosas. Un deshilachado aroma de resurrección invadía el parque, y a mí. Los coches brillaban más que la luna. No había cotorras en el aire, pero sí una promesa de vuelo, un esplendor de alas futuras. Abandoné el portal salvador, y me fui a casa. Los tejados regalaban gotas con generosidad y los desagües evacuaban como si todavía lloviera. Y en los charcos de los bordillos, de los recodos, de las depresiones del terreno, las hojas ahogadas, y algunas ramas, bailaban a corro, entre efusiones de plata: muchas desaparecían en los sumideros; otras se quedan allí, blancas, desmelenadas y muertas. Llegué a casa, por fin, razonablemente mojado, pero entero. Ya no se veía la barca de Noé en el horizonte.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
domingo, 3 de agosto de 2014
sábado, 2 de agosto de 2014
¿Hay demasiados escritores? ¿Hay demasiados libros?
Al hilo de nuestro intercambio habitual, como amigos y como protagonistas, ahora, de un proyecto de traducción ideado por él, Luis Ingelmo me escribió algo muy interesante en uno de sus últimos correos. Cuento con su benevolencia para transcribirlo aquí:
e.e. cummings (...) arenga a escribir poesía: Well, write poetry, for God's sake, it's the only thing that matters, que enlaza a la perfección con tus propias meditaciones y me ayudan a cerrar este círculo expositivo de hoy.
Pero no: hay algo más. Este círculo no me ha salido tan circular y creo que se me va a abrir por alguna parte. Porque tus palabras (...) quizá podrían haberse hecho eco de una situación que me llama poderosamente la atención: la proliferación desmesurada de talleres de creación literaria y de asignaturas (incluso de licenciaturas o grados) en torno al mismo asunto. Párate un segundo a calcular la magnitud del caudal poético al que estamos asistiendo en los últimos decenios: pon que haya, qué sé yo, 200 universidades estadounidenses en las que se impartan clases de creación literaria, un número con toda seguridad bajísimo y del cual excluimos la marabunta de ellas que tengan fondos privados o no otorguen un título académico. Digamos que haya en cada uno de los grados de cada universidad un número de alumnos en torno a los 100 -para ser conservador en este particular-. La sola graduación de estos recién diplomados sumaría un total de 20 000 nuevos escritores (poetas, dramaturgos, novelistas, cuentistas, lo que sean) al año. En dos años, 40 000; en tres, 60 000, en diez, 200 000. Doy por sentado que todos y cada uno de ellos habrán concluido sus estudios provechosamente y que, ansiosos de poner en marcha su musculatura literaria, llenarán páginas y más páginas de garabatos y estrambotes. A algunos, unos pocos, se los editará en casas de renombre y con capacidades distributivas envidiables; muchos otros, por contra, buscarán cobijo bajo tejados más humildes y no por ello menos cualificados, pero con tiradas menos generosas; otros tantos, también esto es cierto, se autoeditarán o no lograrán encontrar un hueco en el mercado editorial. Aun así y con todo, ¿no es una caterva incierta y desproporcionada? ¿Quién leerá todas esas pilas de libros y más libros? No olvides que el ejercicio matemático ha sido aplicado tan solo a los EE. UU. Sumémosle ahora el Reino Unido, los países del orbe germano, los otros del sur de Europa, los que quiera que haya en el oriente europeo. ¿No te vas quedando ya ojiplático solo de pensarlo? Añade Oceanía y Asia y África. ¿Cuántos vamos ya? ¿Más que estrellas en el firmamento?
Yo me congratulo, como tú, por el espíritu que anima a todos los bardos de las letras, para que no desfallezca su mirada penetrante y nos ayuden, con sus escrituras, a entender qué carajo pintamos en este planeta, si es que pintamos algo, que lo dudo. Pero no puedo por menos que sollozar ante todos esos que jamás lo conseguirán, que no lograrán dar con las palabras justas o el mecenas cuya generosidad ponga sus páginas en el escaparate de una librería, física o virtual.
Y con esto ya sí concluyo el círculo que, a estas alturas, más debe asemejarse a un huevo que a una rueda. Amén.
Lo primero que llama la atención de la meditación de Luis es la buena prosa. Podemos estar seguros de que un escritor es bueno cuando su prosa lo es en los contextos no literarios: cartas, correos, apuntes, es decir, cuando no persigue la perfección o el deslumbramiento, cuando se manifiesta con la desenvoltura de una conversación entre amigos. Juan Ramón Jiménez decía que también la calidad de un poeta se medía por su prosa: el verso lo admite casi todo, y un semiletrado o alguien con graves problemas de lectoescritura puede embutir en el disfraz del endecasílabo, o en el más vaporoso del verso libre, un lenguaje inepto o descoyuntado. Pero la prosa requiere cohesión, fluidez, exactitud, minucia, y es en esa exigencia donde a todos se nos ve el plumero. Con esa prosa ingeniosa y desembarazada, Luis plantea unas dudas que a muchos nos han asaltado. La primera evidencia de la multitud ingente de escritores que habitan el universo mundo la aportan las librerías: la sensación de mareo que uno experimenta al entrar en cualquiera de ellas es inmediata. ¡Hay tantos libros!, y están por todas partes. No me extraña que los libreros sean, en general, gente adusta y escasamente conmiserativa: vivir en semejante ladrillería de palabras debe de aniquilar a cualquiera. En España, y pese a los bajos índices de lectura, que no ha resuelto ningún gobierno desde los Reyes Católicos, la proliferación de libros es, paradójicamente, superior a la mayoría de los países europeos, por no decir a todos: se publican más títulos, pero -y ahí está la clave- en tiradas menores, para ampliar las posibilidades de que alguno atraiga al escaso público lector, sin que ello requiera una gran inversión editorial. (El agobio, sin dejar de ser agobio, se transforma en melancolía en las librerías de viejo, o, peor aún, en las ferias de libros de viejo, cuando observamos en qué han parado todos esos volúmenes que un día fueron también rutilantes novedades: como en el poema de Góngora, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Uno se sobrecoge al ver a autores queridos, al fruto de sus esperanzas y su trabajo, arrastrados por el barro de las ofertas a tres euros, o dos libros por cinco euros, y más se sobrecoge aún cuando ve sus propias esperanzas y trabajos en ese mismo fango, o en alguno peor. El destino de casi todos es esta muchedumbre, esta irrelevancia, esta ceniza). Sin embargo, es verdad que, junto al sentimiento de asfixia, las bien nutridas librerías literarias también proporcionan al letraherido una sensación de plenitud: ah, por fin, un lugar en el que me encuentro a mis anchas, rodeado por lo que me gusta, aplastado dulcemente por tantas páginas, por tantos mundos que conocer. Así pensamos muchos. Examinamos entonces los estantes como quien pasa revista a las tropas, deambulamos por las secciones que nos interesan, hojemos y toqueteamos, ponderamos la relación entre el precio y el atractivo del libro, rechazamos títulos por venganza o antipatía, y, en síntesis, nos sumimos gozosamente en un océano inabarcable, cuyas promesas, que nunca dejan de interpelarnos, nunca podremos satisfacer. Pero esa misma multitud de posibilidades estrangula nuestra capacidad de decisión. Hay tanto donde elegir, que nunca sabemos qué elegir (y, me atrevería a añadir, casi nunca elegimos bien). El acierto de nuestra compra adelgaza, a menudo hasta desaparecer, ante otros aciertos seguros, y mejores, que hemos desdeñado por nuestra incapacidad física para asimilar la información que nos proporciona la oferta descomunal de la librería. Hay estudios muy competentes, en el ámbito del consumo, que concluyen que el exceso de oferta no solo disminuye, y llega a paralizar, nuestra capacidad de respuesta, sino que reduce significativamente la eficacia de nuestras decisiones. Dicho con más sencillez: si se nos ofrecen demasiadas alternativas, tendemos a elegir las alternativas peores, o no elegimos ninguna. Otra paradoja del mundo de la opulencia y, supuestamente, de la libertad en el que vivimos. Nadie abogará, empero, por rebajar la oferta: de momento, todos tenemos derecho a escribir cuanto nos dé la gana, a publicar lo que nos parezca oportuno (para lo que, ay, cada vez es menos necesario el filtro del editor: internet permite dar a conocer cualquier cosa, sin coste apenas para el autor) y a exponer en los estantes de las librerías todo lo que llegue y más. Y los lectores no aprobaríamos un recorte en el suministro de libros. Bien está: la abundancia es saludable; el exceso nunca está de más. Pero algo me dice, en lo hondo de la intuición, que tanto libro no puede ser bueno: que el apelotonamiento invisibiliza, que confunde al lector y anega al crítico, que embota la sensibilidad y las perspectivas. No sé, por lo tanto, si hay demasiados poetas, pero sí que hay demasiados libros, como teorizó Gabriel Zaid en su estupendo Los demasiados libros, publicado por Anagrama. Sucede, no obstante, que muy pocos escritores están dispuestos a retirar los suyos de la masa. Esto es como el nacionalismo: todo el mundo critica el exceso de banderas, pero nadie quiere arriar la suya. Ahí seguimos todos, pergeñando garabatos y estrambotes sin cuento, como dice Luis, necesitados, vulnerables, con la esperanza de que supongan algo en el mar sin orillas de la literatura, en el cosmos incognoscible de la conciencia humana. Todos formamos parte, mientras seamos infelices, de esa caterva desproporcionada, que nos proporciona un sucedáneo de dicha: la que nos inspira juntar palabras con las que juntamos nuestros pedazos, con las que reunimos los bordes siempre sangrantes de la herida.
viernes, 1 de agosto de 2014
Vida de barrio
Cuando uno vive para sí, sea esto bueno o malo (y probablemente es malo); cuando acaricia la soledad y se deja mecer por ella; cuando una cierta misantropía y una dedicación obsesiva -que, por ser obsesiva, es excesiva- al trabajo gobiernan casi toda su actividad, el entorno desaparece, o se difumina lo suficiente como para que la cápsula del yo sea lo único que se perciba. Y el yo es un latazo, algo que se arrastra como arrastraba Robert de Niro armas y bagajes por las selvas y precipicios del Paraguay en La misión, un caparazón pesadísimo, una costra de miedos, prejuicios y obstinaciones, un abrigo en verano, una envoltura pétrea. Si ese yo, tendente a hincharse y, en cualquier caso, a esclerotizarse, vive, además, en un lugar como Sant Cugat, cuyo pijerío y cuyo nacionalismo, no ya rampante, sino desatado, dificultan el diálogo (y, a menudo, lo imposibilitan), el aislamiento puede resultar lacerante. Abrirse, abrirse siquiera momentáneamente, viene determinado por las circunstancias, y, a veces, por una circunstancia negativa. Llevo casi dos meses cuidando a mi madre enferma. Casi cada día he de salir a la calle, a comprar algo, en el supermercado o la farmacia, o ir al banco, o hacer cualquier otra gestión que ella no puede hacer. Salgo con la oscuridad del encargo en la cabeza, pero enseguida advierto la luz del sol, el cielo abierto por encima de los tejados grisáceos, el calor, una chispa de viento. Hoy voy a comprar carne a una carnicería que está en la acera de enfrente, uno de esos lugares donde las dependientas, con mandiles con puntillas, y frente a la foto del fundador del establecimiento, que abraza amorosamente a una señora de pelo cardado y sonrisa de Olot, le llaman a uno "rey" y "cariño". A mí "rey" y "cariño" solo me llama, cuando no tiene alguna orden que darme o alguna crítica que hacerme, que es casi siempre, mi mujer: me siento, pues, sorprendido, aunque nunca disgustado. Compro unos cuantos libritos de lomo, que están estupendos, y la señora que me atiende me pregunta: "¿Tú eres el hijo de la señora de enfrente, el que vive en Londres?". "Pues sí; ya veo que mi madre ha difundido la información por todo el barrio". "Oh, está muy orgullosa de ti, cariño". "Todas las madres están orgullosas de sus hijos". "Pero tenemos un problema con ella, rey: no se quiere esperar. Cuando entra, ya sabemos que alguien tiene que atenderla inmediatamente; si no, se va". "Bueno, es que tiene las piernas muy mal, y no puede estar mucho rato de pie. Pero ella siempre me habla muy bien de vosotros: me dice que tenéis la mejor carne del barrio". "Pues dile que, si necesita que le subamos cualquier cosa a casa, solo tiene que llamarnos. Aquí tienes una tarjeta. Ya lo hacemos así con otras señoras mayores". "Muchas gracias; se lo diré". "Gracias a ti, cariño". Todavía siento la sonrisa de la mujer en el cogote al salir a la calle. Justo al lado de la carnicería, hay un minimarket de chinos. En realidad, son bangladeshíes, pero da igual: para los vecinos son "los chinos". Ahí compro los bebidas: agua, cervezas, limonada. A veces me atiende el hijo, un adolescente muy guapo, de piel cobriza y castellano casi nativo. Otras, la madre, una señora que siempre sonríe, con sari multicolor y un español tambaleante. Nunca sé lo que me van a cobrar por un mismo encargo: lo que para el joven son 4,20 euros, para la mujer son 4,30. Cuando le hago notar que el precio ha subido, esta no tiene ningún inconveniente en rebajarlo, pero no a 4,20, sino a 4,10, para que no me vaya descontento. Comprar en los chinos bangladeshíes es siempre una fuente de sorpresas. Ayer, un día laborable, el puesto estaba cerrado. Hoy están madre e hijo, y se lo digo. Me responden lo previsible: "Era una fiesta nuestra". "Sí, ya me lo había imaginado". "Yo, fiesta muy grande", puntualiza la señora, con una sonrisa monumental. Y me imagino un arrejuntamiento fervoroso en la mezquita, o en lo que haga las veces de mezquita, y una celebración morrocotuda en casa, con fuentes llenas de arroz, cordero y dulces. Vuelvo a la calle y me dirijo a la peluquería, donde mi madre quiere que le pida hora. De tanto estar en la cama, parece punk, y siente que ha de ponerse guapa. En la peluquería me atiende el dueño, Fede, un gay simpatiquísimo que confirma que todo ha salido a pedir de boca con ese gesto, que en España no hace ya casi nadie, pero que todavía se estila en Londres, de poner el pulgar hacia arriba. Fede luce una camisa casi tan colorista como la túnica de la señora del minimarket, unos tejanos de pitillo con los bajos vueltos, unos náuticos azules y, lo más espectacular, una de esas barbas largas y estrechas que se han puesto de moda entre algunos veinteañeros, aunque él debe de rondar los cincuenta. Las vi por primera vez cuando llegué a Inglaterra el año pasado, y supe que se convertirían en un elemento de moda en todo el mundo cuando aparecieron en carteles publicitarios y anuncios de televisión. Hoy se han extendido, en efecto, por España a lomos de los dictados difusos pero inquebrantables de la belleza moderna, o, por lo menos, de lo que se considera bello esta temporada, es decir, de lo que alguien, en algún lugar, ha decidido que tiene que considerarse bello, hasta nueva orden. Fede se interesa por el estado de mi madre y me recomienda una zapatería de Gracia especializada en calzado para la gente mayor, que suele tener los pies delicados. "Mi madre se ha hecho fan del local", me informa. También Fede sabe que vivo fuera (aunque no le digo nada de lo de las barbas), y me informa de que él, su marido y su hijo pequeño pasarán una semana de vacaciones en Londres en agosto. Cumplidos todos los recados, vuelvo a casa, extrañamente reconfortado. He tenido tres conversaciones seguidas, más de las que mantengo muchos días en Sant Cugat, tres conversaciones triviales, nada literarias, tres conversaciones con gente distinta y anónima, y me siento bien. Esas tres conversaciones son la representación de un tipo de vida menos pretenciosa, más amable, que afirma a las personas en un suelo compartido, pero sin restarles posibilidades de fabulación, sin mermarlas, sin enajenarlas. Uno se siente un poco más humano en esta red espesa, que lo rescata del soliloquio, que lo salva de la adustez. Se acaba de levantar una brisa muy agradable. Cuando abro la puerta de la casa de mi madre, entra un vecino al que no conozco, y me saluda.
jueves, 31 de julio de 2014
Don't let idiots ruin your day
Hace algunos días, apareció pegada en la pared del edificio donde se encuentra mi piso esta pintada: Don't let idiots ruin your day. Digo bien, pegada: alguien la había impreso en una hoja de papel y adherido con celo al muro. Solo decía eso, y así: sin firma y en inglés. Curiosamente, el papel siguió allí unos cuantos días, hasta que, arrastrado por las lluvias inclementes que han caído últimamente en Cataluña -y no me refiero a las políticas-, desapareció. Alguien debería estudiar las pintadas callejeras como un género literario. Un puñado de ellas se ha quedado grabado en mi memoria: en San Francisco, un vecino había puesto esta en la puerta de su garage: Don't event think of parking here. En Hoyos, alguien escribió a la entrada del polideportivo municipal: "No estamos muertos: solo somos sombras". En Sant Cugat, los implacables limpiadores municipales ya han borrado otra que decía: "Liberquién, igualdónde, fraternicuándo", que es como un micropoema vanguardista, muy adecuado para los tiempos que corren. Y luego está aquella que he visto reproducida en algún lugar, y que tanto nos interpela a todos: "Tu vida es una puta mierda... (y lo sabes)". En el caso de Don't let idiots ruin your day, pensé en el modo singular, tan volandero, de desplegarla, y, sobre todo, en su contenido: No permitas que los idiotas te arruinen el día. Es un mandato ceñidamente inteligente, porque la idiocia nos rodea por doquier, y uno ha de preservarse de ella como una ciudadela asediada. El mismo día en el que la leí por primera vez, leí también un cartel publicitario de un gabinete psicológico que ponderaba la necesidad de actuar "desde la sinceridad, desde la honestidad". Y me pregunté por qué se había extendido la idiotez de decir "desde" cuando, en ese contexto, en buen castellano, basta con decir "con": actuemos con sinceridad, con honestidad. Pero era una idiotez hacerse esa pregunta, porque la respuesta es harto conocida: cuanto más se retuerce la expresión, más eficaz creen los iletrados que es. Y esa metáfora implícita -volver territorio, lugar, lo que solo es actitud o sentimiento-, gratuita y rocambolesca, complace a los que creen que estirar lo dicho estira el significado, cuando lo único que estira es la imbecilidad. (Por no hablar del uso inadecuado, es decir, idiota, de "honestidad", que, otra vez en buen castellano, solo se refiere a lo que sucede de cintura para abajo; cuando nos referimos, como parecía hacer el letrero del psicólogo, a nuestro comportamiento ético de cintura para arriba, como individuos sociales y pensantes, debemos hablar de "honradez"). El mismo día, viendo las noticias por televisión, Josep Rull, el segundo de a bordo de Convergència, tras la autodefenestración de Oriol Pujol Ferrusola, decía, solemne, que había que "poner en valor" que Oriol hubiese actuado "desde la honestidad política" y dimitido de todos sus cargos en el partido. Y uno no sabía por qué desesperarse más: si por el encadenamiento de expresiones idiotas, que reflejaban un pensamiento idiota -o, mejor, un no pensamiento-, o por la contumacia en la disculpa de la corrupción, que llevaba a este nuevo preboste del nacionalismo catalán a considerar meritorio que el presunto corrupto hubiese dimitido, pero no criticable lo que le acusan de haber hecho. (La idiotez de Oriol, no obstante, podría ser un rasgo hereditario, a la vista del comportamiento de su padre, Jordi Pujol, uno de los héroes de la Transición, un tótem intergeneracional, una figura sagrada para los suyos y ejemplar hasta para sus adversarios, un gigante de la política cuya honradez e inteligencia se alababan sin descanso: un idiota, en realidad, que no ha encontrado el momento adecuado, en 34 años -23 de los cuales se los ha pasado dirigiendo la Generalitat-, para declarar un patrimonio oculto). La idiotez no solo nos asedia en la vida pública y en los medios de comunicación: también lo hace en la vida privada. Ayer mismo recibí un comentario (dos, en realidad: era tan largo que no cabía en un solo mensaje) a una entrada de mi blog remitido por un corresponsal anónimo que no era sino un monumento a la estupidez, aunque su perpetrador no dejase de alegar que "era cristiano, pero no idiota". No considerarse idiota suele ser una muestra de idiotez. El tono perdonavidas, tan de taberna española, se aliaba con el engolamiento hueco y las frases hechas, aunque lo que más me llamaba la atención era que creyera tener derecho a disputar conmigo por el solo hecho de discrepar de lo que yo hubiera dicho en el blog. Ese derecho no se posee: se merece. Y él, embozado y jactancioso, no lo merecía. Fue un placer, pues, deshacerme de esa muestra de idiotez por la alcantarilla del delete. Pero sería idiota no reconocer que el principal idiota que puede arruinarnos el día somos nosotros mismos. Si reflexiono con frialdad, me asombra la cantidad de veces al día en que me comporto imbécilmente. O no me asombra: el error nos constituye; el error es, casi siempre, la sustancia de nuestros actos. Quizá por esta convicción íntima de que vivimos en el barro de la tontería, para conjurarla o exorcizarla, escribí este poema de Insumisión, aunque quizá fuera una idiotez hacerlo:
Los incapaces de silencio: imbéciles. Los sojuzgados por su yo, a cuya animalidad imperiosa entregan sus horas y su energía: imbéciles. Los que tragan polvo tras una imagen de circonio y escayola, y se agreden por encaramarse a una paloma de la que tira un burro: idiotas. Los que rezan cinco veces al día, y dan siete vueltas a un meteorito, y creen que setenta huríes eternamente vírgenes les esperan para que gocen de sus cuerpos cuando ya no tengan cuerpo: más idiotas todavía. Los que se atrincheran en el uniforme para no enfrentarse al abismo de la desnudez: estúpidos. Los que gritan en estadios, o aplauden en platós, o votan en elecciones: borregos. Los que reprueban a quienes gritan en estadios, aplauden en platós o votan en elecciones: zotes. Los que se indignan con los elegidos en las urnas: mongólicos. Los que se indignan con quienes llaman «mongólicos» a los aquejados de síndrome de Down: cretinos. Los que creen que el amor es para siempre: memos. Los que creen en las palabras: los campeones de la estupidez. Las que se cubren de los pies a la cabeza para no excitar la impudicia del varón: burras. Los que escriben poemas para consolarse del mundo: majaderos. Los que sostienen que un poema que no se entiende es un mal poema: lerdos. Los que creen que las cosas existen más allá de la representación de las cosas: mentecatos. Los que opinan que decir las cosas crea o transforma las cosas: asnos. Los que están seguros de que ETA, con la complicidad del gobierno socialista, cometió los atentados del 11-M: retrasados mentales. Los que creen que el premio Planeta es un premio literario: tarados. Los que se alargan el pene, o se aumentan los pechos, o se agujerean las orejas o el clítoris: estultos. Los que escriben porque así satisfacen las expectativas de su padre, o redimen a su padre, aunque se condenen ellos: imbéciles redomados. Los que rebuznan nacionalcatólicamente en las covachas televisivas del filofascismo: subnormales. Los que, cuando se encuentran ante una opinión unánime, no sienten la obligación moral de discrepar: mamelucos. Los que predican la unidad de la patria, tanto si ya existe como si quieren que exista: pendejos. Los que berrean que los inmigrantes tienen la culpa, y los que se enfadan por que se diga que los inmigrantes tienen la culpa, o cualquier otra necedad: obtusos. Los responsables bancarios que han concedido hipotecas ciclópeas a inmigrantes con un sueldo exiguo y el aval de un familiar: criminales. Los inmigrantes que han suscrito esas hipotecas, sin saber qué era un aval, ni apenas una hipoteca: zoquetes. Los que dicen «el piloto se rompió su mano», como si pudiera romperse la de otro: analfabetos. Los que cometen la grosería del entusiasmo: badulaques. A los que les gusta Raphael, Belén Esteban, José Mourinho o José Luis García Martín: tarugos. Los que componen enumeraciones, con la esperanza de que las enumeraciones compongan el poema: tontos de capirote. Los que se afanan por adquirir seguridades, cuando la única seguridad es la muerte: beocios. Los que se van de putas: zopencos. Los que celebran la adhesión, la adscripción, la profesión, la doctrina, la certidumbre de la jefatura, el calor del establo: lelos.
miércoles, 30 de julio de 2014
Poesía en el tren
Ya la había visto algún otro día. Es una chica alta, de pelo corto y claro, no fea, siempre sonriente, como Soraya Sáenz de Santamaría. Vestía camiseta y tejanos, y lleva un macuto en bandolera. Su sonrisa era tan persistente, que pensé que repartía folletos religiosos. Los fortalecidos por la fe están siempre alegres, aunque el mundo se derrumbe a su alrededor. Ciertamente, saber que uno va a salvarse, cuando todos los demás se consumirán en las calderas de Pedro Botero, debe de ser causa de un gran regocijo (recuerdo a la monja que acompañaba a sor María, aquella religiosa acusada de robar niños en los años sesenta, a la salida de un juzgado: sonreía beatíficamente, como si nada de todo aquello pudiera perturbar la bondad de su mundo, la certeza de su salvación; sor María, en cambio, mostraba un gesto entre senil y malhumorado. Dios, por fortuna, la llamó a su lado poco después). Pero no: lo que aquella chica llevaba en la mano eran unas plaquetitas, blancas, escuetas: unas meras octavillas fotocopiadas, con poemas. La primera vez que me crucé con ella en el vagón no le presté atención, aunque no dejé de reparar en su gesto. Hoy, en cambio -quizá porque estoy sentado, y ella puede tenderme uno de sus libritos hasta casi el regazo, en el que descansa el volumen que estoy leyendo-, no tengo más remedio que fijarme en lo que hace. Su sonrisa sigue ahí, inmune a los silencios y, en el peor de los casos, a las miradas de desprecio. ¿Cómo resiste una sonrisa a tanto rechazo? ¿Cómo se sobrepone al muro de la indiferencia? ¿Cómo sobrevive a la evidencia diaria, incesante, de la impenetrabilidad humana, de la apatía o antipatía de casi todos? La plaqueta se titula La relójica invisible, y su autora es Serena Urdiales. Los dibujos corren a cargo de Paula Jiménez. En la cubierta, además de la ilustración -una bicicleta cuyas ruedas son las esferas de sendos relojes-, consta el precio del volumen, un euro, y que se trata de la segunda edición; en la contracubierta, que la distribución corre a cargo de Serena, y su correo electrónico. Todo es tan elemental, tan ingenuo, que enternece. No llego a leer los poemas, pero me siento en la obligación de ayudar a una compañera de fatigas y decido comprarle un ejemplar. La llamo con un gesto y le doy una moneda de dos euros. Su pasión por la poesía y su esforzada actividad de distribución no han mermado, sin embargo, su habilidad mercantil. Con gesto rapidísimo, coge la moneda y, en lugar de devolverme un euro, sin consultarme su decisión, me entrega otro librito y se pierde entre el gentío del vagón. Miro la nueva plaqueta: es un cuento, La calle de las alegrías, firmado por la autora de las ilustraciones, Paula Jiménez. También aquí figuran la responsable de la distribución, Serena, y el correo electrónico de Paula, aunque, por desgracia, aún no ha llegado a la segunda edición. No me importa: las primeras ediciones siempre son más valiosas. Pienso en la perduración de la venta callejera de poesía desde las vanguardias: los bohemios repartían sus obras, por un módico precio, o por una invitación a café con leche, por las tabernas desorejadas de la época; algunos las esgrimían para justificar, o para enmascarar, sus sablazos; otros arrimaban tenderetes a las calles y exhibían aquellos versos entusiastas y espantosos. Hoy el negocio se hace en los vagones modernísimos de los ferrocarriles de la Generalitat, donde los potenciales compradores ocupan asientos ergonómicos y disfrutan de aire acondicionado. Pero todavía recuerdo algunos casos recientes de venta en las aceras. A otro argentino -Serena y Paula deben de serlo: en La calle de las alegrías se lee: "Tenés que ir, dijo el hombre, a la Calle de la Tristeza..."-, Eduardo Mazo, solía verlo yo, en mi juventud, en las Ramblas, vendiendo los libros que él mismo editaba. Era un hombre gordezuelo, de potente nariz, armado de una burbujeante pachorra, previsiblemente huido de la dictadura que asoló su país en los setenta, y que escribía poemas benedettianos de las cosas sobre las que se escribían poemas entonces: contra los ejércitos, contra la opresión, contra el hambre, poemas de amor, poemas que cantaban la fraternidad universal. Como reclamo comercial, pintaba muchos de sus versos y aforismos en una enorme pizarra, y allí montaba guardia él, debajo de una gorra indiscutiblemente bonaerense, estoico y locuaz, encantado de recibir las atenciones del público (o las desatenciones, daba igual: él las transformaba todas en motivo de conversación). Recuerdo uno de sus títulos, Militancia de la sangre, en cuya portada, de color rosado, se veían los pies desnudos de alguien acostado en una cama: fue el único que le compré, por unas pocas pesetas, aunque hoy no soy capaz de encontrarlo en mi biblioteca. Mazo, de nombre tan poco incitante para un poeta -aunque hay que recordar que Juan Ramón Jiménez se llamaba Mantecón de segundo apellido, y Cernuda, Bidón, que él, para refinarlo, afrancesó en "Bidou"-, era un elemento más del paisaje ramblesco: conocido por los vecinos, saludado por las matronas, curioseado por los jóvenes y los turistas. Hoy, hurgando en internet, veo que mi tocayo colabora en La Vanguardia y hasta tiene una página web: los tiempos adelantan que es una barbaridad. Pero Serena Urdiales y Eduardo Mazo no son los únicos poetas callejeros que he conocido en Barcelona. Durante muchos había una poeta alemana, cuyo nombre me dijeron en alguna ocasión, pero que ya no recuerdo, que recitaba sus versos a cambio de dinero. Su campo de actuación estaba en el Paseo de Gracia, un lugar mucho más aristocrático que las Ramblas. Ella merodeaba de noche y te asaltaba sin contemplaciones: "¿quieres que te digas unos versos?", preguntaba, con acento germánico, es decir: "¿quierrres que te diga unos verrrsos?". Todo espíritu lírico se desvanecía en su aliento, que apestaba a alcohol. Los argentinos, un pueblo de sobreabundancia verbal, influidos, acaso, por su legado hebreo, son simpáticos y gárrulos; esta alemana, en cambio, abrazaba todas las rigideces de su pueblo: rubia, etílicamente envarada, cejijunta, insomne. Un buen día, o una mala noche, desapareció. Todas estas presencias -Mazo, la rapsoda teutona, Serena- entristecen o inspiran, según, pero todas revelan la pervivencia del espíritu poético, que se aferra a las voces, a las manos que escriben, con la determinación de algo universal y, al mismo tiempo, infinitamente íntimo. Las personas, algunas personas, seguimos creyendo que la poesía es el motor, o la justificación, de la existencia, y que no todo está perdido si se sigue escribiendo y, sobre todo, si se sigue leyendo. Por eso nos anudamos a ella, cada cual a su modo, para no caer en el precipicio de la insignificación, en la laxitud letal de lo cotidiano, de lo siempre igual: para arrancar emoción a los perfiles oscuros de los cosas, y a nuestra propio oscuridad. Los poemas de Serena Urdiales son sencillos, adolescentes, y están mal puntuados, pero no puedo decir que me desagraden. Este es el último de su plaqueta, que le da título:
La relójica invisible
que teje las luces del dibujo presente,
las del espejo fragmentado de dios,
cae de la trama y es sostenida
por ese rumor de ecos insonoros,
por esa hilación de signos silenciosos.
Cero más cero más cero
es la ecuación exacta de este momento.
La relójica invisible
que teje las luces del dibujo presente,
las del espejo fragmentado de dios,
cae de la trama y es sostenida
por ese rumor de ecos insonoros,
por esa hilación de signos silenciosos.
Cero más cero más cero
es la ecuación exacta de este momento.
martes, 29 de julio de 2014
Verano
Olor a romero. Días que no acaban. La verbena de San Juan. Tardes encapotadas, bochornosas. Lugares que solían estar llenos, vacíos. El colegio al que solo había que ir para hacer alguna gestión rezagada. Discutir de política con los amigos en una terraza de la Rambla de Cataluña. Sed. El autocar a Lérida. Una máquina en la estación que vendía bocadillos de salchichón. El autocar a Azanuy. Las fotos descoloridas de lugares pintorescos en el respaldo de los asientos. Los aljibes árabes en las rocas del camino. Las fuentes iluminadas de Montjuic. Olor a tomillo. Pantalones cortos. La gravedad de los geranios. La plaza mayor sin nadie. Bicicletas. El metro sin aire acondicionado. Tardes de domingo jugando al ping-pong en casa de Xavier. Sandalias. Una casa de adobe y paredes encaladas. Olor a trigo. Un azor. Un sombrero de paja. Noches maldormidas. Mi abuela abanicándose. La facultad, sola. El bastón de mi padre. Jugar al guiñote. Comer higos debajo de una higuera. Libros. Una tienda de juguetes en cuya fachada colgaban juguetes enormes. Una larguísima caminata hasta la playa. Buitres sobrevolando una res muerta. Olor a crema solar. Los pechos de las mujeres. Cartuchos gastados en el suelo. El agua verde y marronosa de las acequias y las balsas. El agua transparente que brota de un breve manantial, entre las cañas. El olor salobre de las duchas. Georgie Dan. Bocadillos. Una caminata aún más larga de regreso de la playa, bajo un sol implacable. La pelea por que mi madre nos comprara un polo. El polo del que nos tomábamos hasta el palo. Alins y la señora que vendía bebidas. Un águila, quizá. Polvo. Olas. Las notas del curso. Los paseos por la carretera. Las conversaciones en la roca del médico. Un triángulo de coco en el puerto, o un cucurucho de altramuces, o pistachos. El cielo alfombrado de estrellas. El ruido de los cascos de los animales de carga y de labor en las piedras de la calle. Olivas rellenas en el bar. Los tres toques de la misa. La pelota de Nivea. La piel reseca. Olor a colonia. Cuentos escritos en la soledad sudorosa de la habitación. Masturbaciones minuciosas. Siestas espesas. Olor a vacas. Juan, Fernando, Lidia, María Pilar. Ensaladas de tomate. Clavar la sombrilla en la arena y procurar que no se vuele. La recepción del cámping. Alba. El horno de la tienda de campaña. Un viaje a Béziers en un dos caballos. Un tornado sobre el Cinca. Tormentas bestiales. Comer zanahorias en una era. Escondernos entre la maleza al paso de un tractor, como si fuera un carro de combate enemigo. El agua que baja por la calle como un torrente amazónico. No madrugar. Olor a estiércol. Marie-Christine. Lagartijas en las paredes. Aviones con anuncios de pisos o cremas bronceadoras por encima del bosque de sombrillas. Gente a la puerta de las casas. Piscinas atestadas. El puente de las siete pilas. Junio en Francia. Las rodillas con mataduras. Frambuesas. Mosquitos. Los bailes en el bar. Rodajas de sandía. Lumumbas. Las uñas pintadas de mi madre. Partidos de fútbol al caer la tarde en los que me ponía de portero. Mi padre nadando hasta muy lejos. La mochila. Simon & Garfunkel. Jugar al asesino. Las fiestas de fin de curso. Olor a sal. Mis primas. Olor a esparto. Ovejas volviendo al corral por las calles. El melocotón del ponche. Truenos ferocísimos. Cenar en la calle. Saludar a todo el mundo. La toalla llena de arena. La verbena de San Pedro. Hablar de filosofía y de historia. Ir a la ermita. Construir una caseta. Torrentes pirenaicos. Pinos, encinas, chopos, eucaliptos, almendros. Prados escarpados. Comer almendrucos. El morder de los rastrojos en los tobillos. Los niños a un lado y las niñas a otro en la misa del domingo. Olor a vino. La serrería de la carretera. Casas de piedra y pizarra. Amontonamientos de algas. Helados de corte. Leer poemas en la terraza de un bar. El recuerdo a José Antonio y los caídos por España en una placa a la puerta de la iglesia. La Osa Mayor. Cinco quilómetros hasta Fonz. Granizados de limón. Subir al campanario para ver al campanero tocar. Turistas. Escuchar música en casettes. Vino con gaseosa. Ir a ver la televisión a casa del vecino. Perros. Orchatas. Organizar batallas con fusiles de madera. Bañarse en el río. Los tábanos. Calina. El Canto general de Neruda. Incendios. Sanguijuelas. Pedir una conferencia por teléfono. Que no quede ningún amigo en Barcelona. Ver pasar el tour en el Col d'Aspin. Interraíl. Aliagas. El afilador. Un fuagrás inolvidable. Hacer castillos en la arena. Enterrarse en la arena. El tiempo, infinito. Disparar a los pájaros con balines. Hablar aranés. Subir a una moto y agarrarme con firmeza a la cintura del conductor. Las fiestas del pueblo. Una familia de gitanos que hace números de circo en la plaza mayor. Liebres que saltan. Ir a las fiestas del pueblo vecino. Los peores resfriados del año. Bañadores ridículos. Familiares a los que no conozco. Un zorro que caza un conejo. Bolsas de pipas y los papelitos en el interior que regalaban camisetas de equipos de fútbol de plástico. Alacranes. Los hombros, quemados por el sol. Farolillos chinos. Louis Armstrong en la terraza del piso de Castelldefels. Empezar a fumar. Aután. Las Danzas Polovtsianas en un viejo tocadiscos. Los Harlem Globetrotters. Navajas y boquerones. La camiseta del Barça. Una depresión en el suelo del dormitorio de Chalamera. Tomarse un pastís, y luego otro, y luego otro. Sobrevolar Pau en avioneta. Mi tío Zenón. Charlie Brown, La Pantera Rosa y Vicky el Vikingo. Jabalíes muertos colgados de ganchos a la puerta de las casas de los cazadores. Comprar los libros del curso siguiente. Escribir un diario adolescente. Monjas que pasan de puerta en puerta, pidiendo. Mi abuela desnucando a un conejo de un golpe exacto. Cortes de luz. Una pareja de la Guardia Civil preguntando quién había hecho una pintada en su puesto. Candiles. Ricardo, José Manuel, Jordi, Pablo. Marañas de zarzas. Hacer las maletas. Morir. Renacer.
lunes, 28 de julio de 2014
Llegan libros
Que lleguen libros a casa es una de las pocas satisfacciones que proporciona la literatura, en general, y la crítica literaria, en particular. Para los formados, como yo, en la cultura del papel, para todos aquellos que creen que cada libro constituye una aportación única al conocimiento, un tesoro singular, un hijo, recibirlos es una bendición, aunque, como también sabe cualquier amante de la celulosa, tiene sus inconvenientes: el principal, que su arribada constante acaba haciendo pequeño -y, por fin, anulando- cualquier espacio. Yo hasta me hice una casa en el campo creyendo que ya no tendría que preocuparme nunca más por ese asunto, y ya estoy pensando en comprarme un hangar a la salida del pueblo. En Sant Cugat, la acumulación de libros hace tiempo que desbordó las estanterías que cubren casi todas las paredes del piso, y ahora se apilan en mi despacho, desbaratando el orden alfabético, y cualquier tipo de orden, con el que intento domeñar el crecimiento de la bestia. Aún no he alcanzado el asilvestramiento en el que tenía, por ejemplo, Rafael Cansinos Assens su biblioteca -cuando Borges lo visitó, en los años cincuenta, describió el piso en el que vivía el antiguo maestro y vanguardista como un espeso palmeral: las columnas de libros iban del suelo al techo, y solo dejaban un estrecho sendero por el que circular entre las habitaciones-, pero, si no me hago pronto con el hangar, no tardaré en llegar a esa misma y caótica exuberancia. Pese a las dificultades prácticas que el amontonamiento de los libros produce -y al peligro en que pone a mi matrimonio; Ángeles no está lejos de formular el ultimátum clásico: "¡O los libros o yo!"-, sigo celebrando su llegada. En verano, el ritmo se ralentiza. No solo la gente está de vacaciones: también los carteros reparten con menos empeño, pero, felizmente, los libros siguen apareciendo en el buzón. En las últimas semanas, ha habido unas cuantas nuevas incorporaciones. Francisco Fuster, un historiador que navega sagazmente por la Filología, me remite Baroja y España. Un amor imposible, publicado por Fórcola. He hablado varias veces de Paco -y de Fórcola- en este diario, y vuelvo a hacerlo con satisfacción, porque sus trabajos sobre clásicos contemporáneos españoles -Julio Camba, Azorín, el propio Baroja, cuyas Semblanzas acabo de reseñar en Revista de Occidente- son ejemplares. Este "ensayo sobre El árbol de la ciencia y la crisis de fin de siglo", por ejemplo, es su tesis doctoral, pero una tesis que no se ha concebido como un producto horrendamente académico, con este tufo de claustro penumbroso, con el polvo y la ininteligibilidad de la jerga profesoral, sino como lo que dice ser: un ensayo, ágil y sustancioso, penetrante y, sobre todo, bien escrito. En él analiza el proceso de creación, la recepción y el legado intelectual de ese libro que todos hemos leído en el bachillerato (¿todos? ¿Se sigue leyendo hoy?) y que es bandera de la reivindicación barojiana de un país moderno, equilibrado, sin curas ni fanáticos, científico y pacífico.
Recibo también Del lado de la vida. Antología poética (1974-2014), de Manuel Ruiz Amezcua, con prólogo de Antonio Muñoz Molina, un volumen que recoge muestras de once poemarios, desde De humana raíz (1974) hasta De la resistencia (2011), más algunos poemas inéditos. Lo publica Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, e incluye poemas tan hermosos como este, perteneciente a Atravesando el fuego (1996):
La misma boca tuya que me llama.
Tus mismos labios míos.
El mismo fuego retozando en llamas.
La misma lengua reclamando rabia.
El mundo entero, intacto en la mirada.
Los mismos cuerpos nuestros que levantan
la misma herida entre la misma llaga.
Mi mismo amor de siempre que reclama
la misma furia tuya en la mañana.
Mi pasión por tu carne inmaculada.
Desde Manresa, Montserrat García Ribas me envía un volumen de título sugerente, Luz fue -un verso de Paul Celan-, publicado en una editorial de Gerona, Curbet Edicions, en el que ha estampado una cordial dedicatoria también en catalán. El libro ganó en 2013 el premio de poesía Vila de Martorell, uno de los más linajudos de nuestro país, y cuenta con un epílogo de Jesús Alonso Burgos, un palentino radicado asimism0 en Manresa, interesante poeta y ensayista, que ha alumbrado uno de los mejores estudios que conozco sobre la mítica Blade Runner, titulado Blade Runner: lo que Deckar no sabía, en 2011. Me gusta esta fusión de lenguas, de orígenes, de intereses, y también ese empeño en la poesía, ese agrupamiento o reducto de escritores que, en una ciudad pequeña y probablemente poco interesada en la literatura, comparten pasión y se alientan mutuamente. Conozco el fenómeno en Zamora, en Jaén, en Tarragona, en Badajoz, en Ávila. En cualquier caso, Luz fue es un libro delicado, casi quebradizo, con tanta luz como silencio, atravesado por una pureza insólita, por ritmos de sombra y madrugada. En esa esencialidad estricta, no obstante, bulle la pasión corporal y su trasunto, la pasión por la palabra, que alumbra poemas crepitantes y enigmáticos como este:
Una gruta de espejos devolvería
el resplandor del aire.
Pedazos o aromas desiertos
que se hunden en la devoción.
Ese leve sentir implacable.
De la República Dominicana me llega Prácticas de sueños, de Basilio Belliard. A Basilio, poeta y ensayista, lo conocí hace algunos años, cuando participé en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, y con él viví en la isla algunos momentos memorables. Su actividad literaria es incansable. Desde Diario del autófago, su primer libro de versos, aparecido en 1997, ha publicado media docena de poemarios más, libros de entrevistas, estudios de teoría literaria, y varias antologías de poesía dominicana y de otros países de Hispanoamérica. En Prácticas del sueño reúne un conjunto de poemas en prosa -una forma de creación a la que ha dedicado también una amplia consideración teórica: La espiral sonora: antología del poema en prosa en Santo Domingo (1900-2000)- caracterizados por el cromatismo de la palabra, por su hirviente materialidad, que acaso sea propia de la literatura dominicana. Transcribo el poema "Lluvia y fuego":
Los muertos no escuchan la lluvia cuando cae pertinaz. El fuego de la lluvia despierta solo a los muertos que murieron de muerte natural. Cuando la lluvia corre tras el hielo, espejea en ecos, silencios y epitafios. Los muertos cremados sienten el fuego de la ceniza cuando abrasa su sangre en el polvo de sus almas. La muerte en vida de los cremados emite una luz que apaga el duelo de las lágrimas. Cuando la lluvia se desprende del aire deja un fuego helado que estremece las tumbas de los muertos artificiales.
Por fin, Eduardo García me envía dos de sus últimos libros: Duermevela, con el que ha ganado el último premio Ciudad de Melilla, y Las islas sumergidas, un compendio de aforismos publicado por Cuadernos del Vigía. Eduardo, a quien también conocí en un encuentro literario -una Cosmopoética de hace algunos años-, es un excelente poeta y un excelente pensador de la literatura. Recuerdo con enorme placer su ensayo Escribir un poema, modelo de análisis textual y de reflexión sobre el proceso creador. Como poeta, Eduardo García se caracteriza por una sabia fusión de irracionalismo y figurativismo: no rechaza ningún elemento; todo sirve al propósito superior de construir algo que incorpore razón y misterio, penumbra e inteligencia, diálogo y plegaria. Su poesía es siempre precisa y equilibrada, pero también susurrante, umbría, inquisitiva. Esto dice, por ejemplo, "Extraño en el desván":
Hay un extraño en el desván, hay un cadáver
tuberías arriba, detenido
en un rincón remoto del olvido, en una zanja
que la lluvia no alcanza, prisionero
donde no silba el viento. Se debate
atrapado en la esfera
colosal de un reloj encasquillado
en el ángulo atroz de un día cualquiera.
Por las noche le escucho caminar
donde no alcanza el mar, por la escalera
se encarama al tejado. Su voz grave
con tono destemplado arroja a las estrellas
esquirlas de palabras. Le escucho tenuemente
vagar sobre las tablas, murmurando
su tosca letanía intermitente.
Un cadáver humea entre las brasas:
¿cómo se me extravió un extraño en casa?
¿Cómo pude olvidar, año tras año,
esa hueca mirada en mi rellano?
Como poeta verdadero que es, la patria de Eduardo es, como dice uno de los aforismos de Las islas sumergidas, la escritura, "un territorio nómada, suspendido en el aire".
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