Vuelvo a España y aterrizo en el patio de Monopodio
de la campaña electoral, con la sensación del paracaidista que, desviado de su objetivo por un viento inesperado, cae en pleno campo de batalla, rodeado de
explosiones, enemigos feroces y cargas a la bayoneta. Antes, las campañas
electorales eran algo previsible y hasta rutinario: a las doce de la noche del
día en que empezaban, los líderes de los partidos pegaban, risueños, el primer
cartel electoral, todos recibíamos en casa voluminosos sobres con la publicidad
de las distintas formaciones, y a los mítines, de los que daban puntual cuenta
los telediarios, solo acudían los que ya estaban convencidos y querían
demostrarlo aplaudiendo con fervor la arenga del jefe. Luego votábamos y a otra
cosa, mariposa. Hoy la batalla electoral se libra en la televisión y las redes
sociales. Como en las redes sociales no estoy, no me preocupan. Pero es
imposible mirar la televisión (o escuchar la radio) sin caer en algún debate, o
en alguna vociferante tertulia, valga la redundancia, o en alguna entrevista a
algún líder político (o, todavía peor, en alguna participación suya en un programa de variedades). Y, como resulta que se han multiplicado los partidos
políticos con opciones reales de conseguir el poder, los programas dedicados a
ellos, a sus programas y a sus líderes han cobrado proporciones de epidemia. En
ellos se habla –o se grita– de los programas, sí, pero ya sabemos todos que los
programas nunca han tenido demasiada importancia en las campañas electorales y
menos aún en el ejercicio del gobierno. El programa del PP de las anteriores
elecciones generales es un ejemplo paradigmático: se ha incumplido
rigurosamente: el gobierno se ha aplicado a incumplirlo con la dedicación de Job,
más aún, con la abnegación de la madre Teresa de Calculta, pero eso no parece
haber disuadido al 30% de electores –muchos millones de españoles– que, según
las encuestas, están dispuestos a seguir votándolo. Aquí la gente vota, llena
de entusiasmo, a quien no ha hecho lo que ha dicho que haría. Pero, si el programa
no cuenta, salvo para dar una pátina de respetabilidad a las imbecilidades que
muchos defienden, la televisión y los debates cuentan mucho. Lo que uno siente
ante esta proliferación de algarabías y discusiones es que todos representan un
papel: la política es el retablo de las maravillas de la vida social. Y es un
papel pautado por el imperio de los partidos: todos son personas, en el
sentido etimológico de la palabra –máscara–,
pero nadie lo es en realidad, porque las personas, las de verdad, se
caracterizan por sus inseguridades y sus incertidumbres, por sus ignorancias y
sus contradicciones, y aquí nadie ignora nada, nadie está inseguro de nada:
todos son militantes disciplinados; todos tienen la respuesta preparada por
sus organizaciones; todos han memorizado el argumentario que suministran a
diario los partidos, y, si no lo han hecho, da igual: su visión, a fuerza de constreñirla a los estrechos moldes de lo que hay que defender, responde ya
naturalmente a la doctrina exigible. El pensamiento individual, la frágil pero
riquísima conciencia humana, cede y se acomoda a la ideología, dejándose en esa
adscripción lo mejor de sí, la autenticidad de la crítica, la honradez de la
objetividad, la delicada textura de lo singular. ¿Y quiénes militan en estas
prietas filas, quiénes se hacen ventrílocuos de las doctrinas y los catecismos, quiénes abrazan
una parte exigua de la realidad y desdeñan todas los demás? Pues gente entregada
a la causa, y toda causa es dogmática: toda causa excluye una comprensión
porosa del mundo y una incorporación ecuánime de los valores del mundo, aunque
no sean los nuestros. Gente, por otra parte, ejecutiva y mayormente técnica,
que cifra en los lenguajes codificados y en las respuestas automáticas su
estar en la comunidad. Uno advierte, escuchando a los representantes,
portavoces y gerifaltes de los partidos, que casi ninguno lee por el placer de
hacerlo, que casi ninguno da muestras de que le importen la cultura o el arte, y que ninguno razona por sí mismo. No tienen tiempo para eso: están
demasiado ocupados aplicando los conocimientos que les inculcaron en las
escuelas de negocios, o empapándose de datos contenidos en informes llenos de gráficos y cifras, o estudiando las estrategias del partido para afrontar los
debates electorales. ¿A quién tenemos, pues, en esa línea de combate que se ha
de resolver el próximo 20 de diciembre? En primer lugar, a Mariano Rajoy, ese
caballero de provincias que lleva 30 años en los distintos escalones del
poder, y
cuyas únicas aficiones conocidas son el Real Madrid, fumar puros, jugar al
dominó con los jubilados de los pueblos cuando llegan las elecciones y evitar
rendir responsabilidades. Mariano es, como se sabe, registrador de
la propiedad, y los registradores de la propiedad tienen tanta audacia y tanta
capacidad de innovación como los sepultureros. Presume, a falta de otros
méritos, de seguridad y experiencia, dos de los principales valores de todos
los conservadores del mundo, pero, por eso mismo, dos valores a los que, cuando
el país ha alcanzado un determinado nivel de descomposición, hay que atribuir
la importancia justa: ninguna. Al fin y al cabo, los procuradores en Cortes del franquismo
eran políticos muy expertos –algunos se pasaron casi 40 años siéndolo–,
pero eso no sirvió para que el país prosperase. Mariano es, además, el
responsable último de la corrupción que ha anegado a su partido en esta
legislatura, aunque no se ha limitado a ella: se ha manifestado ahora, pero
proviene de hace décadas, cuando mandaban José María Aznar y hasta Fraga
Iribarne, y los tesoreros del partido habían establecido algunas sólidas
tradiciones, que no han hecho sino perpetuarse y aumentar: llevar otras
contabilidades, traficar con donaciones y dinero negro, dar aguinaldos en
sobres, engordar cuentas corrientes en el extranjero. Pero el PP no es solo el
registrador de la propiedad que lo preside: también brillan con luz propia
otros dirigentes, como mi admirada María Dolores de Cospedal, cuya comparecencia
para explicar el “finiquito en diferido” a Bárcenas es un ejemplo inmarcesible
de claridad de ideas y oratoria refinada, y a la que hace un par de días escuché en
la televisión criticar a los que no tienen las ideas claras y no saben decir lo
que piensan; o Soraya Sáenz de Santamaría, de la que, por razones que se me
escapan, todos hablan con admiración: la vicepresidenta es solo una joven muy
estudiosa –una opositora nata– y fortalecida por la fe, a la que no se le
conoce una idea propia, pero que, eso sí, expresa las del manual que se haya
empollado con una convicción sacramental. Soraya siempre sonríe, aunque esté
anunciando que a los parados se les
reducen las prestaciones o que quienes no puedan pagar sus hipotecas no van a
poder escapar del desahucio: Soraya, suceda lo que suceda, está encantada ser
vicepresidenta. Por eso sonríe siempre. Conocí muchas como ella en la Facultad
de Derecho: niñas de buena familia, muy católicas, muy trabajadoras, muy
vacías. Más allá de estas perlas, tenemos a la bisutería de la derecha:
Ciudadanos y sus camadas de jóvenes garridos, aguerridos y con desparpajo que proclaman la
buena nueva de que el centro político, huérfano de cultivadores desde Adolfo
Suárez, ha vuelto. Pero el centro solo es refugio de la derecha avergonzada de
serlo. También conocí a algunos como Rivera en Derecho, que, como puede verse,
me fueron más provechosos como experiencia sociológica que como aprendizaje
jurídico: con garbo personal y facilidad de palabra, pero sobre todo con la
seguridad de ser más guapos, más modernos y estar mejor vestidos (o, en el caso
de Rivera, mejor desnudos) que cualquier otro. Albert Rivera y sus adláteres,
como la por otras razones admirable Inés Arrimadas, son construcciones huecas,
brotadas al calor de la decadencia y la indignación, bajo cuyos perfiles
aseados pero anodinos se esconde un espíritu conservador. También hay, en estos
partidos emergentes, figuras atrabiliarias, como el jupiterino Girauta, hoy
aparcado en el Parlamento Europeo, pero que amenaza con volver. Estos
personajes, sin embargo, dan pintoresquismo a las formaciones y solo hacen daño
si se les deja: nuestro escenario político está lleno de cementerios de
elefantes a donde pueden ser enviados, con perjuicio para el contribuyente,
pero en beneficio de la salud pública, como saben bien Alejo Vidal-Quadras y
tantos otros. Hacia la izquierda, encontramos a Pedro Sánchez, el
invento de la mercadotecnia socialista para rejuvenecer el partido y su
mensaje. Tras la decepcionante experiencia de Zapatero y el fracaso de
Rubalcaba –dos nítidos representantes, sobre todo el segundo, de la vieja
guardia, y ambos escasamente apolíneos–, era necesario dar con alguien poco
pringado en la gobernación y presentable en un estudio de televisión. Sánchez
es intercambiable con Rivera, aunque sus colores sean diferentes: ambos
transmiten novedad y resolución, y Sánchez, por si fuera poco, tiene la mandíbula
más cuadrada. Sus discursos son los previsibles, aunque proclamen el cambio,
porque, si la revolución ha sido asumida por una organización a la que se debe obediencia,
también la revolución se vuelve obediente, es decir, nula. Sánchez da la
tabarra sobre la renovación que piensa introducir en las instituciones, pero
uno se pregunta por qué él y su partido no la han introducido ya cuando han podido hacerlo. El
candidato socialista perora con mucha desenvoltura, pero también, sospecho, con
escasa autenticidad. La autenticidad –que es la forma modesta de la verdad– es
la gran ausente de la vida política española. A uno le gustaría que el PSOE, si
gobernase, hiciera muchas de las cosas que promete, pero se ha convencido ya de
que si, por ejemplo, no ha denunciado todavía los acuerdos con la Santa Sede,
no lo hará nunca, a pesar de los resueltos –e interesados– alegatos de Sánchez.
Y por fin tenemos a Podemos, que ha reunido a muchos de los genuinamente
indignados por la putrefacción de la vida política y las injusticias cometidas
por los gobiernos del PP, pero que, en su estructura de mando –pese a los círculos, tiene estructura de mando, y
acaso más estalinista que ninguna–, está copada por un pequeño grupo de
comunistas enmascarados, cuyo modelo de gobierno ha sido, y sigue siendo
–aunque a ellos les interese ahora negarlo–, el gobierno bolivariano de
Venezuela. Pablo Iglesias tiene fuerza dialéctica y, a la vez, serenidad de
ánimo, y eso le beneficia en un país acostumbrado al griterío y la barrabasada,
pero bajo su coleta no hay otra cosa que el pensamiento de Antonio Gramsci, y
eso no augura nada bueno. Los que ya tenemos una edad, recordamos a figuras como
la suya, y, de nuevo, retrocedo a mis buenos y viejos tiempos de estudiante de
Derecho para rememorar aquellos líderes rojos, militantes de grupúsculos
maoístas o trotskistas, y partidarios inconmovibles de la revolución, que nos
arengaban en las asambleas y no dejaban de proponer que derrocáramos el orden
burgués. Nosotros los escuchábamos con fascinación, hasta que culminaban la
proclama animándonos a acompañarles en su salida a la Diagonal para pegarse
con los grises, momento en el cual se desvanecía nuestra fascinación y nos
dirigíamos todos al bar. Iglesias puede que no sea ya maoísta ni trotskista,
pero conserva todavía el espíritu incendiario de la izquierda dogmática. Su
discurso incurre en los mismos tics –en las mismas falacias, automatismos y
previsibilidades– que sus colegas de derechas, aunque sostengan posiciones
antagónicas, y en su gobierno, si alguna vez llega a ejercerlo, se mezclarán
estruendosamente las catástrofes causadas por su ideología y las renuncias a que
les obligará el sistema. Yo, a pesar del gallinero en el que nos encontramos y
de las pocas esperanzas que me inspiran los partidos, estoy contento, porque
pensaba que no iba a votar y sí voy a poder hacerlo. Pedir el voto por correo
desde Gran Bretaña es dificilísimo: el PP y el PSOE se aliaron la pasada
legislatura para cambiar el sistema existente a otro de “voto rogado”, cuyos
plazos y requisitos hacen prácticamente imposible que la ingente colonia
española en el extranjero pueda ejercerlo. Así que ya me había hecho a la idea
de abstenerme, forzosamente, en esta ocasión. Pero hace dos días escuché en el
telediario del mediodía que el plazo para pedir el voto desde España acababa aquella misma tarde. Salí corriendo a mi estafeta de Correos y presenté la
solicitud correspondiente. Si la burocracia no lo impide, depositaré mi voto para las próximas elecciones. Y ojalá sirva para echar del poder a un gobierno tan
corrupto, incompetente, alelado y vergonzante como el del Partido Popular.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
domingo, 13 de diciembre de 2015
viernes, 11 de diciembre de 2015
Luis Javier Moreno, el hedonista triste
Hace dos días supe en Londres, por la prensa —Ignacio Sanz firmaba su obituario en El País—, que había muerto Luis Javier Moreno. Su nombre quizá no diga mucho a los lectores de poesía, pero, para los que lo conocimos, era sinónimo de bonhomía, honradez e inteligencia. Yo tuve esa suerte —conocerlo— hace muchos años ya, gracias a nuestra común amistad con otro gran poeta y ser humano, Tomás Sánchez Santiago. Los dos eran compadres de antiguo y Tomás quiso que yo también participase de aquella hermandad. Y así lo hice. Visité a Luisja —así le llamaban los más próximos y me atrevo a llamarlo yo hoy también— en Segovia y paseé con él por la hermosa y acuedúctica ciudad. O, mejor, él me paseó: me llevó a varias tabernas, a cuál más inmunda, pero todas con excelentes boquerones y morapios devastadores —aunque Luisja prefería la cerveza, que trasegaba sin fin discernible—; me asomó a plazuelas y rincones inverosímiles; y me llenó los oídos de una palabra humeante y fraternal, salpicada de risotadas que lindaban, paradójicamente, con la sonrisa, o que tenían la calidad de la sonrisa. También recuerdo a dónde no me llevó: a la catedral, en la que había que pagar para entrar. "Es que darles dinero a los curas...", especificó, sin llegar a especificar. No pude por menos que aplaudir su resolución, que debía de causarle algún sufrimiento, teniendo en cuenta su pasión por el arte —Luisja era un apasionado de la pintura y sabía, como me dijo una vez, cuánto agradecían los pintores que alguien escribiese cosas cuidadosas, con sentido, sobre lo que hacían—, aunque confieso que no me habría importado ver el templo por dentro. Durante algún tiempo nos estuvimos carteando e intercambiando libros: sus misivas eran siempre irónicas y afables, aunque, de nuevo, destacaban también por lo que no eran: cajas de resonancia del yo. Luis Javier mantenía su ego, ese monstruo peludo con el que convivimos todos los escritores, razonablemente domesticado, algo muy meritorio. Él era expansivo y a veces grandilocuente, pero su extroversión nunca oprimía a los allegados, sino que, por el contrario, los sosegaba y divertía. Le gustaba beber, comer y conversar, y su cultura poética estaba a la misma altura que su afición gastronómica. Parecía animado siempre —pese a sus más recientes tristezas, vinculadas con la enfermedad y el declive físico— por una joie de vivre muy castellana, aunque esto parezca una contradicción. Pero sí: Luis Javier Moreno era depositario de una alegría raigal, vinculada a la tierra y a los placeres elementales, pero imbuida asimismo de un goce contagioso por la palabra, de una satisfacción contenida pero inenarrable por estar vivo. Como poeta, escribió mucho y publicó no poco, pero, a pesar de que algunos de sus libros ganaron premios importantes —como el Rafael Alberti, el Jaime Gil de Biedma, en su primera edición, y el Antonio Machado— y aparecieron en las mejores colecciones —El final de la contemplación, en Visor, en 1992; Cuaderno de campo, en Hiperión, en 1996; y Figuras de la fábula, también en Hiperión, en 2012—, nunca alcanzó un predicamento mayoritario: su poesía se movía en un ámbito lateral, a veces subterráneo; pese a sus rotundidades, Luis Javier conservaba un perfil esquivo, una ambigüedad sinuosa, una oblicuidad provincial. Entre sus numerosas publicaciones, yo conservo algunas con especial cariño, como los dos títulos que publicó en la mítica Balneario Ediciones: Época de inventario (1979) y En tierra (1983). El primero lo encontré en una conocida librería de viejo del barrio de Gracia, de Barcelona, cuyo dueño tenía (y sigue teniendo: lo digo para general conocimiento de la grey poética y, en particular, de quienes se complacen en regalarle libros, pensando con que los conservará como bienes preciados) la aborrecible costumbre de vender las obras que los poetas le habían dedicado personalmente sin tener siquiera la misericordia de arrancarles las páginas de respeto con los autógrafos; el segundo, saldado en otra librería, largamente extinguida ya, del Portal del Ángel de Barcelona, con otros títulos de la misma colección. Conservo con gusto también el cuadernito de "La Borrachería" que le publicaron otros amigos comunes, como mis queridos Máximo Hernández y Juan Luis Calbarro, en 1997, y que tiene el encanto de lo modesto y lo próximo, de la cálida artesanía de los compañeros. Y muchos más libros, como Poemas de Segovia, un compendio de poemas sobre la ciudad en la que había nacido, en 1946 —cuando protesté por la levedad de algunos sitios en los que había publicado, zanjó: "Pero es obra publicada, y eso es lo que importa"—; 324 poemas breves (1965-1985), compuesto enteramente por composiciones de menos de 10 versos; Rápida plata y su traducción al portugués; Rota, sobre la ciudad de Cádiz en la que había sido profesor de bachillerato; y una voluminosa Segunda antología (1967-2007), que da cuenta de una obra que se extiende a lo largo de 40 años. Hay que recordar que Luis Javier Moreno fue también prosista y traductor. Su estancia de dos años en Iowa, como becario Fulbright, a mediados de los 80, le permitió conocer el inglés lo suficientemente bien como para firmar excelentes versiones de Robert Lowell y Theodore Roethke. Llevaba tiempo sin saber de Luis Javier: ver su nombre anteayer en las necrológicas del periódico fue como recuperar de golpe a un viejo amigo, para simultáneamente perderlo: recordarlo para que ya solo sea recuerdo. Pero recuerdo vivo, ambulante, sensato, risueño, cordial: todo lo que eran Luis Javier Moreno y su poesía.
Transcribo ahora uno de sus poemas breves, que me parece especialmente adecuado en estas circunstancias:
Contra la realidad
Debería pensar para darme sosiego
que todo se termina, que así es todo,
que tras de la cosecha de la fruta
el otoño despoja y anticipa
la desnudez perfecta del invierno,
que no es en sí un final, sino un principio,
el bello invierno de la luz exacta,
del frío que devuelve su contorno a las cosas.
jueves, 10 de diciembre de 2015
Un poema de John Latham
Las charity shops siguen procurándome alegrías sin cuento. En la última que visité, en Pimlico -había ido yo a visitar al médico, que me había comunicado la feliz noticia de que soy diabético-, me encontré un ejemplar de The Faber Book of Blue Verse, en edición de John Whitworth, de 1990. Mi primera preocupación fue averiguar qué era el blue verse, el "verso azul". ¿Quizá una antología sobre el mar? ¿O sobre el cielo? Pues no: se trata de una antología de poesía erótica. Y a mí me gusta mucho la poesía erótica (y el erotismo, en general). Nunca habría dicho que en inglés el verso erótico fuese blue. No necesité pensarlo mucho para quedármela, aunque los precios en esta tienda suelen ser más caros que en las demás. La selección de poetas es un poco errática, porque pretende ser una antología universal, pero el 95% de los antologados son británicos o americanos. La representación del resto del mundo se confía a un puñado de latinos -Marcial, Catulo, Ovidio, Petronio-, a Pietro Aretino -el autor de los descacharrantes sonetos lujuriosos- y a dos franceses: Villon y Verlaine. Naturalmente, no hay ni un solo portavoz de las letras hispánicas, que tradicionalmente se han visto en los países anglosajones, con manifiesto error, como carentes de toda literatura procaz. Entre los poemas que he leído ya, muchos me han interesado, pero el que transcribo y traduzco a continuación me ha parecido especialmente ingenioso. Lo firma John Latham, a quien no tengo el gusto de conocer.
Discuss the Influence of Posture upon Bodily Function. Give up to Twelve Examples.
(University of Manchester Final B. Sc. Honours Paper in Physiology)
It's hard to spit far when you're doing the limbo
to make love to a horse if your arms are akimbo
to defecate cleanly while stood on your head
to chew your left buttock if lying in bed.
If you glide under water it's tricky to sneeze.
It's hard to lick earlobes when down on your knees.
When you stand on one leg it's not easy to piss.
If you hang by the neck it's less simple to kiss.
You can't hp with your knees in a sideways direction.
If you sit on your balls you may gain an erection.
You can't walk a tightrope while doing the splits.
If you lie on your stomach you can't swing your tits.
Discute la influencia de la
postura en las funciones corporales, con un máximo de doce ejemplos.
(Trabajo de final de licenciatura en Fisiología por la
Universidad de Mánchester)
Es difícil escupir a distancia bailando el limbo
hacer el amor a un caballo con
los brazos en jarras
defecar con pulcritud en la
posición del pino
morderte la nalga izquierda si te has metido en la cama.
Si buceas es complicado
estornudar
y muy duro chupar lóbulos de
rodillas.
A la pata coja no es fácil
mear.
Si cuelgas del cuello es menos
factible besar.
De rodillas no puedes saltar a
un lado
y sentado sobre las pelotas
quizá tengas una erección.
Tampoco puedes ir despatarrado
por la cuerda floja
y tumbada boca abajo es
imposible menear las tetas.
lunes, 7 de diciembre de 2015
El interventor
Muy cerca de la estación de Victoria hay un edificio curioso: grande, funcional, racionalista, coronado por una torre cuadrangular y con una Union Jack ondeando en la fachada. Es, obviamente, un edificio oficial, aunque misterioso: nunca se ve a nadie en él. Tras las ventanas, escasas y elevadas, no se divisan personas y en el vestíbulo de acceso nunca hay visitantes, o muy pocos. Parece un archivo o un museo. Pero no lo es: si uno se acerca a leer la placa que hay junto a la entrada, sabrá que es la National Audit Office, la Intervención General del Estado. La primera vez que la vi, pensé que era una casualidad extraordinaria que yo, que había trabajado 22 de mis 27 años de vida administrativa en la Intervención de la Generalidad de Cataluña, residiese entonces tan cerca de su homónimo británico. El interventor es un personaje singular: es el contable de la organización a la que pertenece y, a la vez, el que controla que todos los actos económicos y patrimoniales de esa organización se ajusten a la ley, o, como se dice en el inigualable lenguaje jurídico, tan churrigueresco y latinizante, sean conformes a Derecho. Eso lo sitúa en una situación privilegiada para conocer toda la inmundicia de la gestión pública —las cloacas del presupuesto— (como en las películas de policías y ladrones, el contable es siempre el que más sabe), pero también en una posición trágica: si el interventor, cualquier interventor, es estricto y aplica la ley ad pedem litterae, la Administración, cualquier Administración, se paraliza. La ley está tan llena de requisitos, trámites, obligaciones, justificaciones y formalidades que ningún gestor, envuelto en la maquinaria elefantiásica e inmisericorde de la Administración, es capaz de cumplirlos todos. Es más: la mayoría de los funcionarios españoles es incapaz de cumplir una pequeña parte de ellos, o ni siquiera de entenderlos, o ni siquiera de saber que existen. Pero si el interventor no exige que se respeten todas las disposiciones de la ley, esta se vuelve contra él y lo hace responsable de cuantos males acontezcan. El interventor puede ir a la cárcel por la inobservancia o quebrantamiento de sus deberes específicos de contabilidad y control, además de por los mismos delitos que cualquier otro funcionario, aunque he de decir que nunca he sabido de un interventor enchironado, por nefasta que haya sido su labor. Y he conocido a muchos interventores lamentables, alguno de los cuales coronaba su incompetencia con un paradójico endiosamiento: como disponía de armas administrativas para entorpecer o denunciar la actuación de los demás, se creía el más poderoso de los seres: un júpiter tronante, un Zeus simpar, un José María Aznar. Si el interventor no desarrolla determinadas técnicas de supervivencia, su trabajo será un insufrible sinvivir: el gestor lo presionará para que firme lo que él sabe que no debería firmar, y su jefe, también interventor, para que firme lo que también sabe que no debería firmar, y no le pase el muerto. No obstante, la ley, pese a su inexorabilidad, suele dejar abierta alguna portezuela para que escurra el bulto. Por ejemplo, si el interventor observa en una mesa de contratación (que es uno de los órganos más importantes de la vida política española, aunque casi nadie lo sepa: en ella se deciden los adjudicatarios de los contratos públicos, que son, a su vez, la principal fuente de corrupción en nuestro país, como nos recuerdan cada día los periódicos) que algo no se hace con arreglo a la ley —otra fórmula que me encanta—, o que el informe del técnico adjudicador es un zurullo, o que la documentación se ha presentado indebidamente o fuera de plazo, o cualquiera de los infinitos motivos de oposición que prevé la ley, siempre puede eludir cualquier responsabilidad haciendo constar por escrito su discrepancia con la resolución de la mesa. El interventor está siempre entre la espada y la pared o, mejor, entre la espalda y la pared: en ese espacio exigüísimo que hay entre dos orbes irreconciliables: la norma y el mundo, el ser y el deber ser, el gestor que exige y la norma que prohíbe, los ciudadanos que desean servicios y esos mismos ciudadanos que desean que esos servicios se presten gestionando bien su dinero y cumpliendo la ley. El interventor es, aunque Cernuda jamás lo habría imaginado, un ejemplo preclaro de esa dicotomía irreconciliable que él estableció proverbialmente: la realidad y el deseo. Y también un escritor in pectore: los informes de fiscalización o auditoría, cuando no son fárragos ilegibles, que es lo que son casi siempre, incorporan fórmulas evasivas deliciosas, o generalizaciones que incluyen una posibilidad y su contrario, o cláusulas condicionales cuya condición es imposible verificar, o sugerencias veladas, o acusaciones tan difuminadas que parecen más bien exculpaciones. El interventor maneja el lenguaje como el torero la muleta: para que el toro de la verdad no lo empitone. Curiosamente, mi contacto con la Intervención en Inglaterra no se ha limitado a pasar por delante de la National Audit Office. El otro día, leyendo Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, de Augusto Assía, el único periodista español que siguió en Londres la Segunda Guerra Mundial, y del que este libro recoge una selección de las crónicas, tanto de la guerra como de la sociedad británica, que mandó aquellos infaustos años a La Vanguardia, me encontré con este párrafo: Una vez que la Tesorería le ha concedido [al Ministerio] el crédito en cuestión, este tiene que ser ratificado por el Comptroller y Auditor General. Es el Comptroller y Auditor General, más que una persona, una de estas elevadas y misteriosas instituciones en que tanto abunda la estructura administrativa inglesa. Identificadas con una persona, tienen muy poco de personales, y constituyen tanto como una función, una dignidad. Aquel que desempeña el oficio es nombrado vitaliciamente, y no es considerado como un empleado del Estado ni un servidor de la Corona o un representante de las Cortes, sino como un ser independiente y equidistante de todos ellos. Su sueldo no puede ser aumentado ni disminuido y su destitución solo puede ser llevada a cabo por petición real y con el asentimiento unánime de ambas Cámaras. Consiste la misión del Comptroller y Auditor General no solo en evitar que ningún ministerio pueda gastar más que las cantidades que le han sido adjudicadas por los Comunes y con las que figura en el presupuesto, sino en vigilar su empleo honesto y legal, con arreglo a los designios de la Cámara de los Comunes y los principios de la administración y la contabilidad británicas. Ejerce esta función estricta y prosaica entre brillo de uniformes, ritos y reverencias antiquísimas y llenas de esplendor. A Assía se le nota la anglofilia por todas las costuras, pero es comprensible, teniendo en cuenta que había sufrido los bombardeos nazis igual que los ingleses y que estaba convencido, como toda persona decente, de la superioridad moral de los aliados en aquel catastrófico conflicto (hasta el punto de sospecharse que había espiado para los británicos). Las diferencias entre la venerable figura del interventor de la administración británica y su equivalente hispano son notables, aunque quizá no lo fueran tanto en la época en que el artículo fue escrito, a principios de 1945. Coinciden en procurar que no se gaste más de lo consignado en el presupuesto —aunque siempre se gasta más de lo consignado en el presupuesto— y que se haga, como queda dicho, de acuerdo con la ley y los principios de buena administración —aunque la administración siga siendo tan mala como siempre y la ley sea burlada, en letra o en espíritu, consuetudinariamente—. En lo demás las coincidencias son nulas: los interventores generales de las distintas administraciones españolas no son vitalicios, ni pueden serlo: su nombramiento y destitución son acordados por el Ejecutivo correspondiente (aunque la condición de interventor sí es permanente, si quien la ostenta no renuncia a ella); son empleados del Estado, con una dignidad tan menguada hoy en España como la de cualquier otro funcionario; no son independientes, sino que actúan bajo la dirección —y al servicio— del gobierno que los ha nombrado; su sueldo puede ser aumentado, aunque esto pase pocas veces, y reducido, lo que es mucho más frecuente; y, en fin, así como los interventores británicos han ejercido, con riguroso atavío civil, su "estricta y prosaica" función, los españoles han participado del "brillo de uniformes, ritos y reverencias antiquísimas" durante mucho tiempo —y aun siglos, desde que surgiera la figura en la Edad Media: entonces se le llamaba "maestro racional"— vistiendo galas y perifollos, incluso bicornio y espadín, con los que han contribuido al tenebroso esplendor del Estado, que, pese a su grandeza solar, a mí siempre me ha parecido vagamente tenebroso. No sé hoy en la Gran Bretaña, pero en España me consta que los interventores sobreviven a la mamotrética Administración del país con más pena que gloria, desempeñando su papel con la modestia y a veces hasta la penuria de un actor secundario, y resistiendo los embates de los malos gestores y los peores políticos como Dios les da a entender. Además, su trabajo, que consiste en revisar facturas, tener libros de contabilidad y redactar informes que no lee nadie, a veces ni él mismo, es aburridísimo. Yo he escapado algunos años de la Intervención, pero no sé si alguna vez podré decir definitivamente, como Robert Graves, adiós a todo eso.
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Entre libros viejos
Hace unos tres años, cuando la revista Quimera renovó su equipo y sus contenidos, los nuevos responsables me invitaron a colaborar en ella con una página trimestral. También lo hicieron con otros escritores, para formar así un equipo rotatorio de colaboradores habituales. Yo acepté encantado: me gustaba —y halagaba— la idea, y pensé que la recurrencia de los artículos podía dejar un poso, por tenue que fuera —y uno no se engaña: en asuntos literarios, el poso, si es que llega a haberlo, siempre es tenue—, entre los lectores. En este tiempo he publicado, en esa sección de Quimera, a la que titulé "El altillo", diez artículos: algunos relacionados con mi vida en Inglaterra; otros, con la vida o actividad literaria en general; y otros, en fin, misceláneos, pero todos íntimamente vinculados con los libros y con una experiencia, digamos, estética de las cosas. En mi última estancia en Barcelona, se me comunicó que la sección de las colaboraciones trimestrales cerraba, por una sencilla razón: ya no había otra colaboración trimestral que la mía. De aquel amplio equipo de colaboradores iniciales, el único que había mantenido el compromiso y el ritmo de la colaboración había sido yo. Todos los demás, por uno u otro motivo, se habían ido dando de baja (o los habían dado de baja). No tenía sentido, pues, mantener una sección unipersonal, y se me propuso seguir participando en la revista, pero no de manera fija. Yo entendí las razones que se me exponían y acepté tanto la resolución de Quimera como la nueva forma de colaboración. De hecho, ya había participado en otros ámbitos, con reseñas, artículos y traducciones, así que eso no suponía ningún cambio. Ha sido una experiencia interesante: mantener una página, aunque sea trimestral, supone un compromiso y un anclaje, y ambas cosas estimulan la creatividad, siempre proclive a la indolencia. Como en el diario, aunque con mucha menos periodicidad, hay que pensar de qué se escribe y aprender a hacerlo con agilidad y convicción. Firmar una página es como tener una casa, o, mejor, una habitación —un "altillo"—, en la que refugiarse de las inclemencias de la cotidianidad y desde la que mirar el mundo: la ventana es la propia escritura.
Transcribo a continuación el último artículo publicado en "El altillo", este pasado mes de noviembre, titulado "Entre libros viejos":
Todos los años, otoñal, como la lluvia o el colirrojo real, llega a Barcelona la feria del libro antiguo y de ocasión. El año pasado no pude visitarla, porque no estaba en la ciudad cuando se celebró. Estos días me he resarcido de tan dolorosa ausencia recorriéndola topográficamente. Aunque no sé por qué digo esto como si fuera algo festivo o satisfactorio. Las ferias del libro viejo son, en realidad, fieras, y me hacen sufrir. Y no solo por constatar que el destino de todos los libros –y de las esperanzas e ilusiones de quienes los escriben– consiste en amarillear y ser puestos en almoneda en cajones de mimbre, sino por la penosa apostura de la mayoría de libreros, la no menos lamentable facha de los que se acercan a husmear entre tanta celulosa muerta, y el insoportable olor a polvo, ceniza y vejez de casi todos los puestos. Pero cuando a alguien se le ha inoculado de niño el gusto o la inclinación por algo, como cuando se le ha aleccionado para que vaya a misa o crea que no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta, es muy difícil, si no imposible, arrancarle esa querencia de la cabeza. Así que, con algunos euros en el bolsillo y la siempre renacida (y habitualmente frustrada) confianza en encontrar algo que valga la pena (como las primeras ediciones de Manual de espumas, de Gerardo Diego, y de Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda, que les compré hace algunos años a sendos libreros inadvertidos por seis euros cada una), me lanzo a recorrer los tenderetes del Paseo de Gracia como si explorara las riberas del río Zambeze. Observo que el primero se sitúa muy cerca de una parada del autobús turístico de Barcelona, abarrotado de guiris que miran con indiferencia una mesa petitoria de Junts pel Sí, los redentores de la patria oprimida. Este año hay menos puestos en la feria que hace dos, aunque en algún sitio he leído que se ha invertido la caída y que hay dos expositores más que el año pasado. Tras un primer y demorado repaso, tengo la sensación de que el género es muy mediocre y, además, caro, incluso disparatado. Localizo, por ejemplo, una primera edición de Vía Áurea, de César González-Ruano (una de las malsanas obsesiones que me persiguen), que cotiza a 200 euros. Ruano es un raro, sí, pero no es Saint-John Perse, y con 200 euros comen hoy familias enteras en España un mes. Recuerdo, además, que este libro ya estaba a la venta, en estas mismas estanterías, hace dos años: que no haya encontrado salida no ha llevado al librero a rebajarlo de precio. Como compensación, doy con otra primera edición de Ruano, su biografía de Mata-Hari, a un precio irrisorio: un euro y medio. Me interesa menos que su poesía, sus memorias y sus diarios, pero sigue siendo un Ruano. Doy también con una princeps de Jardín de Orfeo, de Antonio Colinas, a muy buen precio, pero dudo si lo tengo. Esto me pasa a menudo: ya no recuerdo bien lo que he comprado. Lo devuelvo a su sitio, en el rincón más sombrío de la tienda, donde suele estar la poesía, y me digo que lo comprobaré en casa y que, si me falta, volveré a por él. Es un error: cuando regreso, alguien ha cobrado ya la pieza. De todo el largo montón de libros de Visor en el que se encontraba, solo ha desaparecido Jardín de Orfeo. En las ferias del libro, donde se juntan tantos lectores y practicantes o perpetradores de versos no es difícil coincidir con gente conocida. Este año distingo a José Corredor-Matheos, el autor del inolvidable Carta a Li Po, que habla, con mucha familiaridad, con uno de los librovejeros. También están los que no están. Hace dos temporadas, me di de bruces, para mi espanto, con un poeta canario afincado en Barcelona que estaba vendiendo los libros de uno de los libreros más aborrecibles de la feria, un individuo capaz de increparte por haber desplazado unos milímetros los volúmenes dispuestos en el estante. Pensé que Dios –o el diablo– los criaba y ellos se juntaban. Este año, por fortuna, el canario que gorjea pestes no se ha personado, pero el librero, malcarado como siempre, todavía está ahí. Divierten también las conversaciones que uno atrapa al vuelo: «¿Cómo se llamaba aquel libro de Antonio Gala? ¿Cien años de libertad?», oigo preguntar en un stand. «No, coño, eso era de García Lorca». La segmentación del género aporta asimismo información significativa: en un puesto han abierto una sección de El Bulli, al lado de otra dedicada a Kant, y en otro han apilado la obra de Joan Brossa. Por todas partes, en fin, hay mucha literatura catalana. Será que los libreros comparten la esperanza de una nación por fin exonerada de sus cadenas y quieren celebrarlo con el público.
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