Es un domingo húmedo y triste, pero queremos aprovechar la última luz del día, que a las cuatro de la tarde ya se habrá extinguido. Salimos a pasear por una de esas calles laterales, escondidas, de Pimlico, que, no obstante, asombran por su elegancia y su amplitud. A veces uno las descubre por azar, o al doblar una esquina equivocada, y casi se espanta de no haber reparado en ellas: ¿dónde estaban estas calles, georgianas y melancólicas? ¿Cómo, tan cerca de las vías conocidas, no se me habían aparecido nunca? Caminamos en silencio, contemplando los pórticos de las entradas, la regularidad de las casas, que se incurvan ligeramente para seguir el arco de la calzada, la blancura constante de las fachadas, interrumpida, aquí y allá, por los colores exaltados de las puertas, el oro exangüe de las aldabas y picaportes, y el negro delicado de la numeración viaria. Después de un rato, divisamos entre los edificios la torre de San Eduardo de la catedral de Westminster, y nos aventuramos a visitarla. No hay que confundirla con la abadía de Westminster, que es el centro de la religión anglicana (esa que se inventó Enrique VIII para poder fornicar sin entorpecimientos), y vecina del Parlamento. La catedral tiene un aspecto extraño: es la mayor iglesia católica de Inglaterra y Gales, y templo principal de esa fe en ambos países, pero parece ortodoxa; de hecho, arquitectónicamente, lo es: su estilo neobizantino se debe al arquitecto John Francis Bentley, que empezó a construirla en 1895, pero que no la vio terminada: murió poco antes de que abriera sus puertas, en 1903. En realidad, ni Bentley ni nadie la ha visto nunca acabada, porque no lo está: la bóveda de cañón que constituye su espinazo no está decorada, y permanece a oscuras, en una tiniebla de mortero y piedra. Quizá esa oscuridad permanente acrezca la luz que irradian las once capillas laterales. Los mosaicos que las adornan son deslumbrantes: una constelación sináptica de teselas de oro, que se disponen alrededor de los iconos y las figuras hieráticas. Mientras las admiramos, se oficia una misa. No hay mucha gente, aunque es más de la que suele acudir a las misas dominicales en España, un páramo de ancianos y desheredados. Aquí observamos a gente mayor, sí, pero también a hispanoamericanos fervientes, a filipinos diminutos y hasta a un especimen de alguna tribu urbana, un cincuentón que calza botas militares, viste gabardina de cuero y exhibe un cráneo rapado en el que se ha tatuado ideogramas chinos, y de cuyas orejas penden, muy adecuadamente, crucifijos que, por su tamaño, harían las delicias de cualquier miembro del Opus Dei. El macarra, devoto, hace una pausa en su deambular, se persigna y se marcha. En la misa canta un coro, que nos hipnotiza. Las notas, de una extraordinaria entereza, pero a la vez de una delicadeza casi quebradiza, nos obligan a sentarnos. Ángeles retoma los ritos de su infancia, se arrodilla y reza. Yo me limito de escuchar la música, que se expande como un murmullo de fuego. Cuando salimos, nos dirigimos a Vincent Square, otro de los agujeros verdes que salpican la ciudad, y que habíamos visto demasiado deprisa en alguna de nuestras excursiones en busca de piso. Es, literalmente, un espacio vacío, un enorme cuadrado de hierba, sin monumentos, ni construcciones -salvo una someras instalaciones deportivas-, ni boscajes. Se trata de una plaza privada: el propietario es una escuela local, que reserva su uso para sus alumnos. Londres está lleno de estas plazas de las que solo pueden disfrutar sus dueños, por lo general vecinos, pero también, como aquí, colegios o entidades, y nos sorprende que estas herencias feudales hayan sobrevivido a las necesidades de la comunidad, a lo que en España llamaríamos "el interés público": que sigan ahí, cotos inaccesibles al público, en medio de la ciudad y su interminable bullir. A Vincent Square la circunda una hilera de plátanos gigantescos, que parecen ents de El señor de los anillos. El contraste entre esas enormes piezas de vegetación y la nada verde que es la plaza, se nos antoja magnífico: una contradicción señorial, una forma de afirmar la ruptura, y la inconcreción, y la transparencia. Recorremos todo el perímetro de la plaza, admirando asimismo las casas que la flanquean, en el interior de la mayoría de las cuales se puede atisbar, porque, ansiosos como siempre han estado por atrapar toda la luz posible en este país de luces elusivas, los arquitectos ingleses diseñan plantas bajas llenas de tribunas, y ventanas grandes, y toda suerte de aberturas. Es curiosa esta contradicción entre el celebrado amor por la privacidad de los británicos y su indiferencia por que su vida doméstica quede a la vista de todos. Ángeles y yo somos, ahora, como dos diablos cojuelos, aunque a ras de suelo, que ven todo lo que sucede. Y también cómo el cielo se ha cerrado, definitivamente, en una masa compacta de oscuridad, cuya única fisura es una luna que esplende como una hoz.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Insumisión
Me prometí, al iniciar este diario, no hacer autobombo. Hablar de mis cosas, sí -de lo que veía, de lo que sentía, de lo que pensaba-, pero no de mis creaciones, que han de encontrar por sí solas su camino, es decir, sus lectores. Quizá sea demasiado duro conmigo mismo -o más bien con ellas-, pero es así como lo siento: me parece inelegante contaminar la confesión con la publicidad. Sin embargo, en esta entrada voy a hacer una excepción, aunque breve, porque cuando las cosas son más interesantes es cuando pueden desmentirse, contradecirse, desvirtuarse. La excepción no solo pone a prueba a la norma -que es la traducción correcta del célebre dicho: no la confirma, sino que la somete a escrutinio: constata su validez-, sino que le hace bien: la permea de humanidad. Así pues, lo diré ya: los próximos 27 de noviembre y 2 de diciembre presentaré mi último poemario, Insumisión, en Barcelona y Madrid, respectivamente. El 27 será en La Central del Raval, y el 2 en La Central de Callao, en ambos casos a las siete de la tarde. Dos excelentes amigos y poetas, Jesús Aguado y José Antonio Llera, me acompañarán en las presentaciones, y a ellos va, en primer lugar, mi agradecimiento. La verdad es que me disgustan las presentaciones, o, mejor, me dan pereza, fatiga, como dicen los andaluces: suponen un compromiso para el autor y otro, mayor todavía, para los asistentes, cautivos, en muchos casos, de su amistad, parentesco, profesión, relación laboral o, simplemente, vecindad con el escritor. Así son las cosas: el público, digamos, libre, meramente interesado por la obra que se expone, no existe, o apenas. Por eso incurro hoy en esta contradicción: para dirigirme al que pueda haber ahí, en la intemperie de silicio a que esta comunicación informática nos somete, y para que pueda asistir a mis lecturas, si lo desea. No despotricaré de las presentaciones, a pesar de esas formas eucarísticas que, sobre todo en las de poesía, las convierten en acontecimientos soporíferos. Reconozco que son una herramienta más para vivificar la presencia de los libros en los estantes de las librerías -una presencia casi siempre fugaz, vulnerable- y, quizá, para conseguir alguna venta más, heroica, para la editorial. Las acepto, pues, como se aceptan la mayoría de las críticas que recaen en nuestros libros: endebles, sesgadas, a veces ineptas, casi siempre inútiles. En consecuencia, pasaré por ellas con la esperanza de que mi intervención no sea demasiado aburrida -intentaré transmitir algo del entusiasmo que pretendo contagie el libro; solo el entusiasmo derrota al tedio- y con la alegría, acaso la única, de ver a viejos amigos, y hasta de hacer alguno nuevo. Si viene alguien, desde luego.
martes, 19 de noviembre de 2013
Cosas que no funcionan
Las obras del metro: todos los fines de semana, todos, tramos de la red del metro de Londres y de los ferrocarriles -que aquí gestionan muchas compañías, puesto que el servicio está liberalizado- están cerrados por obras; de mejora, dicen. En una ciudad tan extendida y populosa como esta, cerrar el metro supone un grave trastorno para, literalmente, millones de personas. Y eso sucede, repito, cada fin de semana, y también algunos días laborables. La compañía sustituye los vagones por autobuses -aunque no siempre: en algunas rutas, se limita a informar sobre las líneas alternativas más cercanas-, pero los retrasos, los planes que se chafan y la confusión general están garantizados. A veces quedan suspendidas incluso las conexiones a los aeropuertos, lo que puede conducir directamente al desastre. Ir a Heathrow, por ejemplo, en algo que no sea el metro, es un drama, y si uno averigua, cuando entra en la estación, que está cancelado, puede dar por perdido el vuelo, salvo que esté dispuesto a pagar un potosí -no: varios potosíes- por un taxi. En cincuenta años de vida en España, yo no he visto nunca que las líneas de metro se cerraran por obras. Y, si alguna vez ha sucedido, no ha sido con esta frecuencia. Se suele alegar que el metro de la capital es muy antiguo, y que eso requiere abundante trabajo de mantenimiento. Pero la primera línea del metro de Barcelona, el más antiguo de España, data de 1925, y no deja de funcionar nunca.
La defensa de los inquilinos. El mundo de los alquileres, como ya he narrado en alguna de estas entradas, es lo más parecido a la selva amazónica -o al bosque de Sherwood- que he encontrado en esta ciudad, no exenta de selvas. En ese cosmos salvaje, el inquilino es el eslabón más débil, y las agencias inmobiliarias -que no están sujetas a ninguna regulación legal específica-, los capataces inmisericordes que hacen restallar el látigo en su lomo. Si uno ha tenido la suerte de encontrar un piso que le guste y, más difícil todavía, que pueda pagar, no podrá reservarlo mediante la entrega de una paga y señal: habrá de abonar, prácticamente en el mismo instante en el que toma la decisión, la cantidad total debida, si no quiere que el inmueble siga en el mercado y, por lo tanto, otro se lo arrebate. Esa cantidad incluye el primer mes de alquiler, un mes y medio de fianza, y la comisión de la agencia. Pero ni siquiera eso te asegura que puedas disfrutar del piso: hay que firmar el contrato, por supuesto, pero también adjuntar una fotocopia del documento de identidad (en nuestro caso, del pasaporte) y aportar una carta de referencia, no solo de su titular, sino de todos los ocupantes del apartamento -alguien, pues, se ha de tomar la molestia de escribir que eres una gran persona, que satisface modélicamente sus deudas-, y un documento que acredite que has ordenado a tu banco que el alquiler se pague con tres días de adelanto al inicio de cada mes de alquiler. Si alguno de estos requisitos no se cumple, no te entregan las llaves. La devolución de la fianza no está sometida a menos controles: una comisión inquisitorial de la agencia se persona en el piso, con el inventario de los bienes presentes al inicio del alquiler en mano, y verifica, artículo por artículo, que no falte ni una copa. Si es así, no deberán devolver el dinero al instante, como hay que hacer si se desea entrar, sino al cabo de unos laxos diez días, en el supuesto de que no haya problemas bancarios.
El teléfono. Es imposible conservar el número de teléfono que uno tiene asignado, si se cambia de domicilio. Habrá que dar de baja el antiguo y de alta uno nuevo. Si uno sugiere la posibilidad de conservarlo, la telefonista que lo atiende a uno profiere un incrédulo y casi indignado "¡Nooooo! Eso es imposible, señor...".
La comunicación. El otro día, en el gimnasio, vi que unos niñitos entraban y salían del vestuario, como buscando algo. Debajo de mi bolsa, apareció un candado. Cuando volveron a entrar, les pregunté: "¿Estáis buscando algo?". Y me contestaron: "Sí". Eso dijeron, "sí": nada más. No dijeron: "Sí, un candado", solo "sí". Les pregunté: "¿Estáis buscando un candado?". Y me respondieron otra vez: "Sí". Nada más, tampoco. Nada de "¿Lo ha encontrado?" o "¿lo ha visto por ahí?". En absoluto. En Inglaterra no se habla más que lo estrictamente necesario, y mucho menos con desconocidos, que, además, están en calzoncillos. Les di entonces el candado, dijeron "gracias", que sonó como un crujido, y se marcharon. El domingo pasado, Ángeles y yo visitamos la catedral de Westminster y vimos que se anuncia un café en la cripta. Quisimos visitarlo, pero no sabíamos por dónde entrar. Le pregunté dónde estaba el local a una de las dependientas de la tienda de recuerdos, que me respondió: "Al otro lado de la nave". Cuando llegamos a la puerta, estaba cerrado: su horario concluía dos horas antes. La dependienta no había considerado oportuno añadir a su información: "pero ya está cerrado". Si yo le preguntaba dónde estaba, ella me respondía dónde estaba, y nada más. Cualquier información adicional dependía expresamente de que se hubiera solicitado.
(Continuará).
(Continuará).
lunes, 18 de noviembre de 2013
Un sábado en Cambridge
Visitamos Cambridge, de la mano de Dacia Viejo-Rose, una investigadora hispano-norteamericana dedicada a la arqueología y la preservación del patrimonio cultural, que ha trabajado para la UNESCO y que profesa, desde hace ocho años, en la Universidad de Cambridge. Dacia nos recoge en la estación y nos introduce en la ciudad. Dada la preeminencia absoluta de la universidad y de los colleges, uno creería que es a esta, a la universidad, a la que le ha crecido una ciudad, y no al revés. Pero Cambridge ya existía antes de que en 1209 se creara aquella: era, sobre todo, un mercado. En 1234, Enrique III le concedió el monopolio de la enseñanza de la plaza, y en 1284 se fundó el college más antiguo, Peterhouse, que perdura hoy. Luego hubo otro acontecimiento señero, que ha determinado la condición privilegiada de Cambridge entre las universidades del mundo, en contraste con las españolas, tan influidas siempre por la Iglesia: en 1536, el rey Enrique VIII, el de las seis esposas, ordenó la disolución de la Facultad de Derecho Canónico y el cese de las clases de filosofía escolástica. Así pues, en lugar de dedicarse al derecho canónico, los planes de estudio de los colleges abrazaron a los clásicos grecolatinos, las escrituras sagradas y las matemáticas. Algo así me recuerda a lo que sucede en muchas localidades inglesas: el principal edificio del lugar no es la iglesia, como sucede en España, sino el ayuntamiento: una metáfora de la prevalencia de la vida civil sobre la religiosa, de la autonomía del pensamiento -y del acuerdo ciudadano- sobre la imposición doctrinal. Quizá eso haya tenido algo que ver con el desarrollo cultural, tecnológico y de las libertades civiles en los países anglosajones, frente al secular subdesarrollo hispano. Cambridge me parece, al primer golpe de vista, abigarrada: una sucesión de edificios monumentales -medievales, renacentistas y victorianos-, mezclados con toda suerte de bloques de oficinas, inmuebles de vecinos y negocios modernos. No presenta la homogeneidad estética que yo me había imaginado. Pero esa impresión cambia paulatinamente, conforme nos adentramos en el núcleo antiguo de la ciudad. El primer college al que nos asomamos es Downing, el más neoclásico, un hermoso conjunto de edificios sobrios, regulares, con columnatas y frisos, y el cíngulo rectangular de las extensiones de césped. A la puerta está el porter's lodge, donde los porteros vigilan, con mayor o menor laxitud, el acceso al recinto. Siempre que pienso en un portero de universidad -una figura inexistente en las españolas; lo que más se le acercaba, en la facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, a principios de los 80 del siglo pasado, eran aquellos disciplinados bedeles que se asomaban al final de las clases que se impartían en el aula magna, para anunciar solemnemente: "¡Doctor! ¡La hora!"-, pienso en los que retrata Tom Sharpe en la impagable serie de Wilt, con su bombín y su mala uva. Como ya es la hora del almuerzo, Dacia nos acerca a su college, el Darwin, para comer en la cantina de los estudiantes. Nos sentamos junto a uno de los profesores con los que trabaja, el Dr. Nicholas Jardine, un teórico de la ciencia, que de inmediato despliega la proverbial habilidad de los ingleses -y, sobre todo, de los académicos ingleses- por la conversación ligera, ingeniosa, en la que no hay discurso, sino solo anécdotas. Jardine nos cuenta, mientras se asesta un postre de merengue "indescriptiblemente dulce", según nos refiere, cómo visitó España y Portugal en los años 70, y fue detenido en ambos países, aunque los policías españoles los trataron con mucha más amabilidad que los portugueses. Se conoce que en Lisboa había conocido a un cura que facilitaba la huida del país a opositores de Salazar, y aquello, comprensiblemente, no le había gustado a los sicarios de Salazar. La comida acaba abruptamente cuando un indio toca un gong. El gong significa que van a cerrar. Y, si van a cerrar, van a cerrar: el indio pasa a continuación por las mesas y te retira el plato, aunque el tenedor todavía esté viajando del plato a la boca. Luego, Dacia nos enseña el college por dentro: la biblioteca, el bar, especializado en whiskies y regentado solo por estudiantes -de hecho, los que vemos están preparando la versión cantabrigense de la Oktoberfest, y su aspecto no es, precisamente, el de Rupert Brooke tomando el té-, la sala del café y la sala de los periódicos, con vistas a un recodo idílico del río Cam, con sauces y castaños, y dos isletas que pertenecen al college, sembradas de bancos en los que, en verano, remolonean los estudiantes, y que ahora, en otoño, sobrevuelan los patos, de cuellos eléctricos. Las paredes de las instalaciones están cubiertas de retratos de la familia de Charles Darwin, el biólogo, que ha dado nombre al college y cuya casa, en la que nos encontramos, constituye su origen. Es sorprendente la familiaridad con la que entra uno en contacto aquí con figuras eminentes de la historia del pensamiento humano, con cuyas vidas jamás habría creído que pudiera cruzarse. En nuestra caminata desde la estación de tren, hemos pasado, por ejemplo, por delante del restaurante chino Seven Days, el favorito de Stephen Hawking. Dacia nos cuenta que algunos días lo ve allí, zampándose con mucho placer un pato laqueado. También nos informa de que, en el Jardín Botánico de la ciudad, sobrevive un manzano que es descendiente del de Isaac Newton, alumno del Trinity College, como, por cierto, Ludwig Wittgenstein, uno de mis héroes intelectuales y poéticos. De camino a los colleges más venerables, entramos en The Eagle, el pub de más prosapia de la ciudad, en el que solían reunirse James Watson y Francis Crick para debatir las teorías que les condujeron al descubrimiento de la estructura del ADN -y, por ello, al premio Nobel-. Reconforta pensar que algo semejante se ha discutido, no entre las asépticas mamparas de un laboratorio, o, por lo menos, no solo allí, sino en las mesas razonablemente mugrientas de una taberna inglesa, mientras se trasiega ale. Una placa recuerda la mesa en que ambos se ponían contentos hablando del ADN, a poca distancia de otra parte del pub dedicada a los aviadores que, desde la base aérea de la ciudad, combatieron en la Segunda Guerra Mundial: muchos de sus nombres aparecen todavía inscritos en el techo: ellos mismos los garabateaban con las llamas de las velas. A la salida del pub, visitamos por fin los colleges más nobles: King's, Trinity y Saint-John's, que están uno al lado del otro en la arteria principal de la ciudad, y que mantienen, desde hace siglos, una cordial enemistad. Aprovechando los vanos de alguna pared medianera, los estudiantes de unos y otros han llegado a tirarse cosas: volúmenes de la Biblia del Rey Jaime, quizá, o escolásticos escupitajos. King's es, en mi opinión, el más espectacular, aunque conserva algunos rasgos de la característica excentricidad inglesa: junto a los prados del campo, inmensos, esmeraldinos, sobre los que no dejan de pasar ánades migratorios en formación, pastan unas vacas, que pertenecen al college. No son animales del laboratorio, ni de la escuela de veterinaria; son, sin más, unas vacas, que acaso representen la cercanía de la universidad al pueblo llano, o quizá, simplemente, mantengan a raya la hierba. Cerca de donde rumian los bóvidos se alza la capilla de la universidad, aunque de capilla solo tiene el nombre: más bien parece una catedral. Las vidrieras, de una luminosidad extrema, ocupan casi toda la superficie de las paredes; recorren el techo infinitas nervaduras, que se imprime en un panel de mármol de una delgadez sorprendente, de apenas unos centímetros de grosor; y más allá del coro, en el ábside, esplende una adoración de los magos pintada por Rubens. La capilla del King's es como la Sainte Chapelle parisina, pero a lo bestia. Trinity, el más opulento de todos, destaca por sus fachadas y portaladas, donde no deja de exaltarse a "Eduardus Tertius fundator", aunque su verdadero patrocinador fuera Enrique VIII, cuyo rijo le llevó a inventarse una nueva iglesia, la anglicana. También su capilla es notable, aunque aquí destaca, sobre todo, el vestíbulo, con las estatuas en mármol de algunos de sus más ilustres hijos: Newton, el filósofo Francis Bacon o el poeta Alfred Tennyson (el que cantara la carga de la Brigada Ligera en Balaclava: "Cañones a su derecha,/ cañones a su izquierda,/ cañones ante sí/ descargaron y tronaron./ Azotados por balas y metralla,/ cabalgaron con audacia/ hacia las fauces de la Muerte,/ hacia la boca del Infierno/ cabalgaron los seiscientos"), aunque confieso que yo habría preferido que también estuviera representada aquí Rachel Weisz, otra hija muy notable -es más: espectacular- de esta Trinidad. Por fin, Saint-John's ("¡Preferiría estar en Oxford que en Saint-John's!", cantan, con malevolencia, los estudiantes del Trinity) es el menos llamativo de los tres, acaso porque su patio central está dividido transversalmente por diversas alas, en ladrillo, del college, y resulta menos magnificente, pero cuenta con algo que lo redime por entero: el puente de piedra sobre el Cam, muy semejante al Puente de los Suspiros veneciano, por debajo del cual pasan, indolentes, barcas llenas de visitantes que se cubren las piernas con mantas, impulsadas por las pértigas de los barqueros. Acabada ya la visita, y de regreso a la estación, Dacia nos hace notar que, en una baldosa de la calle, se dibujan las plantas, metálicas, de unos pies. En realidad, es una estatua, obra de Antony Gormley, solo que, en vez de elevarse en el aire, se incrusta en la tierra. Dacia nos asegura que es magnífica, pero nos resulta difícil apreciar los detalles. Algo más allá, pasamos por delante del Museo Polar, donde se conservan muchos de los efectos personales del explorador Scott, muerto en su lucha con el pérfido Amundsen por alcanzar el Polo Sur, y pensamos que una visita al lugar justifica otra visita a Cambridge, pero quizá en primavera, cuando una explosión de flores devuelva el color a estas piedras centenarias.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Las fatales consecuencias de un sueño demasiado profundo
Ayer Álvaro se durmió a eso de las diez de la noche. Puede parecer extraño en un joven de dieciocho años, supuestamente rebosante de energía y de hormonas, pero en su caso no lo es: la capacidad para el sueño de Álvaro es colosal; además, una vez dormido, duerme con denuedo titánico: sacarlo de ese estado es como reflotar la Atlántida. A veces, en Sant Cugat, me despertaba yo -a varias habitaciones de distancia- por el estrépito de sus cuatro despertadores simultáneos, que sonaban como la alarma de un submarino, pero él seguía en letargo, con un hilillo de baba colgándole de los labios, como un cordón umbilical que lo uniera a la placenta de la almohada, y el aspecto de un oso cavernario que acabara de entrar en hibernación. Todo esto solo tendría un interés científico, si anoche Ángeles y yo, fatalmente, no nos hubiéramos dejado las llaves y los móviles en casa, antes de ir al gimnasio, confiados en que nuestro hijo nos abriría después. Sin embargo, cuando volvimos, hacia las diez y media, y llamamos al interfono, nadie nos abrió. Despreocupadamente, insistimos unas cuantas veces: quizá no nos oía con la televisión, o estaba en el lavabo. Hasta que, a través del ominoso silencio, lentamente, se abrió paso la escalofriante certeza: Álvaro se había dormido, y, si se había dormido, nada de lo que hiciéramos, ningún suceso del mundo, ningún cataclismo interplanetario que se abatiera sobre la Tierra, podría despertarlo. Estábamos perdidos. Pero el camino de la desesperación es sutil y, como nadie desea nunca que lo tengan por un sujeto espantadizo o descontrolado, empezamos a buscar soluciones. Éramos constructivos, claro que sí. Llamamos a los vecinos -una familia francesa que nos había dicho que, siempre que necesitáramos algo, podíamos recurrir a ellos- y les explicamos someramente la situación. Nos abrieron, para que pudiéramos seguir llamando a la puerta, no desde la calle, donde iba haciendo frío, sino desde la puerta misma del piso. Subimos, pues, con la engañosa esperanza de que cambiar de timbre cambiaría la situación, pero yo, en mi fuero interno, sabía que aquella situación no la cambiaría ni el Espíritu Santo. Nos machacamos, pues, las falangetas -por turnos: primero apretaba yo y luego Ángeles me daba el relevo-, intentando, incluso, crear ritmos animados, es decir, no hacer ring, ring, sino ri-ri-ri-riiiiiinnnnngggg, o bien ring-gi ring-gi, ring-gi, giriiiiiinnnnngggg, o cualquier otra combinación que se nos ocurriera, con la esperanza de que la síncopa espabilara la percepción de Álvaro, sumida, en aquel momento, en las tinieblas insondables de Morfeo. Constatado el fracaso de la operación tímbrica, empecé a aporrear la puerta. Así, sin ningún miramiento, como un subinspector de los municipales. Pero tampoco hubo ninguna respuesta: del interior solo nos llegaba un silencio descorazonador. Los vecinos franceses, por cierto, oyeron aquello, porque aquello era audible para todo ser humano en varios cientos de metros a la redonda, salvo para Álvaro, pero no se asomaron a ver qué pasaba. Pensamos en volver a llamarlos, para que nos dejaran pasar de su galería a la nuestra, y desde allí golpear el vidrio del comedor, a ver si Álvaro se despertaba, pero desestimamos la posibilidad: saltar de un balcón a otro podía acabar con nosotros ensartados en los pinchos que remataban las verjas que protegían la finca en la planta baja, o, aun teniendo suerte, en las limosas e hipócritas aguas del Támesis; hipócritas porque, como los ingleses, bajo su tranquila apariencia se ocultaba un maremágnum de fuerzas encontradas, y quizá de carpas hambrientas. Por fin, arrojamos la toalla: no nos quedaba más solución que buscar algún sitio donde pasar la noche. Al salir a la calle otra vez, donde hacía un frío que, si antes encontrábamos llevadero, ahora se nos antojaba polar, aún lo intentamos una vez más: reprimiendo las ganas de ponernos a gritar, volvimos a llamar al timbre, a ver si la providencia se apiadaba de nosotros y el timbrazo penetraba por algún resquicio de la amodorrada conciencia de Álvaro. Pero no. Humillados y abatidos, saltamos al asfalto, como Oates saltara al hielo en la malhadada expedición de Scott: para morir, aunque Oates llevaba calcetines, y yo no: también me los había olvidado en casa. Si algo en aquella ridícula desgracia nos había salido bien, es que teníamos dinero. Aprovechando la visita al gimnasio, habíamos cogido la tarjeta del banco para sacar dinero de un cajero. Con esas libras y la tarjeta, probamos a llamar a casa: quizá Álvaro sí oiría los timbrazos del teléfono. Nuestro pensamiento desiderativo desvariaba, pero teníamos que intentarlo. Solo cuando estás muy hundido, descubres el hundimiento universal que te rodea, y que queda habitualmente oculto por las rutinas emborronadoras de la realidad. Al buscar cabinas desde las que telefonear, advertimos los cubos de basura saqueados: los pobres vacían los contenedores en busca de algo aprovechable, y la inmundicia inunda las calles. Las cabinas no presentan un aspecto mejor. Como nadie, salvo los idiotas como nosotros, las utiliza ya, se han convertido en unos iconos vacíos: todas tenían telarañas, y en una había un murciélago. Y los teléfonos, por supuesto, no funcionaban. Tras la imagen pintoresca de esas cabinas rojas, de techito abombado, tan representativas de lo británico como el fish & chips, las orejas del príncipe Carlos o alguien que se descalabra haciendo balconing en Lloret de Mar, no hay sino putrefacción e inutilidad. Solo en una, milagrosamente, y superando diversas grabaciones robóticas cuyo inglés era tan comprensible como el de José María Aznar, conseguimos llamar. Tampoco sirvió de nada. Al quinto timbrazo, saltaba el buzón de voz, y ahí se quedaba todo. Definitivamente derrotados, solo nos quedaba encontrar un lugar donde pasar la noche. Las libras que llevábamos en el bolsillo nos aseguraban que no dormiríamos debajo de un puente (en el de Chelsea hay una colonia de mendigos que organiza fuegos de campo y que charla con mucha afición, entre océanos de mugre), pero se trataba de gastar poco y de no alejarnos demasiado de casa: era ya más de medianoche. Fuimos a la cercana Belgravia Road, donde sabíamos que hay varios hotelitos que aprovechan los antiguos edificios victorianos y los subdividen, como apicultores, en celdillas para los turistas. Entramos en el primero que vimos, el Corbigoe Hotel. Desde luego, no lo habríamos hecho si hubiéramos conocido las opiniones de la gente en Google: en tripadvisor, de 315, 51 lo consideran malo y 195, pésimo. Pero en aquel momento lo único que nos importaba era dejar de ser unos sin techo cuanto antes. Así que nos metimos en la boca del lobo. Nos atendió, en algo que solo con mucha generosidad podía llamarse recepción -más bien recordaba a un ataúd vertical-, un indio (de la India, no americano) con aspecto de haberse acabado de despertar de una cogorza. Nos cobró 80 libras, en efectivo, por la habitación número dos, a la que se llegaba bajando por unas escaleras: aquel descenso era como el descenso a los infiernos. Junto a la puerta se acumulaban las bolsas de basuras, pero el cuarto no constituía ningún refugio, sino un remedo de la mazmorra de Montecristo en If, una reproducción de la celda en la que murió Miguel Hernández, un símil de la caverna del dragón. Solo había una ventana, que daba a un patio interior, ocupado por una maraña de cañerías y escaleras de incendio. Para mi horror, también había allí una máquina que producía un ruido constante. En cambio, no había teléfono (con el que habíamos pensado en seguir insistiendo en llamar a casa), ni, en el baño, toallas, y por la moqueta parecía haber pasado una manada de ñus. El radiador estaba pegado al cabecero de la cama, y, como no podía regularse, el calor te achicharraba los sesos: me recordaba a la calefacción de los antiguos vagones de la RENFE, que te asaba los pies en invierno. Lo que más me aterrorizaba era haber de dormir sin melatonina, ni tapones para los oídos: es decir, no dormir. Y, en efecto, cuando uno está tumbado en una cama extraña, en el silencio absoluto de la noche, todo ruido, cualquier ruido, que al principio nos ha parecido suave, se convierte en un estruendo demoníaco: el zumbido de la máquina se volvió una espina lacerante que me taladraba el cerebro; un zumbido al que se sumaba el ruido de mis tripas, porque no habíamos cenado. Y aquella vigilia invencible me hizo, a su vez, dolorosamente consciente de la fragilidad de nuestros mecanismos corporales -yo, siempre amenazado por el insomnio- y también de la espesura del tiempo: ocho horas de inmovilidad, sometido al imperio de aquella máquina inmisericorde, sin poder percibir, ni concebir, otra cosa que su pitido cruel, que tenía la calidad de un mordisco o un maleficio, relativizan mucho el peso de la mortalidad. Milagrosamente, a una hora indeterminada de la madrugada, la máquina dejó de sonar, y yo caí en un duermevela mucilaginoso, que me evitó hundirme en la locura. Milagrosamente, a la mañana siguiente, nuestro hijo ya se había despertado, y hasta nos abrió la puerta. Milagrosamente, sobrevivió a nuestra ira. Ángeles se ha jurado que antes se dejará arrancar la lengua con un garfio al rojo que volver a salir de casa sin móvil ni llaves. Y yo creo que no he dicho que el indio del Corbigoe nos despertó a las siete de la mañana, cuando yo le había pedido que lo hiciera a los ocho. I'm so sorry, me dijo, cuando se lo reproché. Pero no había en su rostro finamente ario ni un atisbo de compunción.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Walt Whitman
Llevo un año y medio traduciendo a Whitman, y estoy llegando, me temo, a ese punto -que tan bien conocen los tesinandos- en que el amor que uno sentía por un autor (y que, pese a todo, no ha dejado de sentir) se tiñe de un sutil hartazgo. Pero no cejo en mi empeño. Recuerdo bien cuando leía, deslumbrado, la traducción de Hojas de hierba hecha por Borges: no sabía qué me gustaba más, si el original o su versión al castellano. La admiración del autor de El jardín de los senderos que se bifurcan por el neoyorquino rayaba en la idolatría: poco antes de morir, Borges aún quería visitar, a modo de despedida, la tumba del "viejo Walt", el modelo, acaso, de poeta entero, absoluto, casi metafísico, aunque innegablemente histórico, que él mismo habría querido ser. En esa fascinada lectura mía, seleccioné un poema, "Lleno de vida ahora", lo imprimí, lo enmarqué y lo colgué en la pared de mi despacho, en las sombrías dependencias de la Generalidad en las que trabajaba entonces. Aquel poema me interpelaba como ninguno otro del libro: sencillamente, se dirigía a mí, Eduardo, en aquella tarde barcelonesa, ciento treinta y un años después de haber sido escrito, y hacía bueno el dicho de Cernuda de que el poeta no ha de escribir para sus contemporáneos, sino para los que sucedan a los contemporáneos: para los lectores futuros, con quienes ha de establecer un diálogo más allá del tiempo. Que hubiese poemas alrededor de mi mesa de trabajo -Whitman no era el único: también me acompañaban Quevedo y José Ángel Valente- siempre sorprendía al visitante, que acudía para despachar abstrusos asuntos fiscales. Desde luego, no reparaban en su contenido -si no, su sorpresa aún habría sido mayor-, sino solo en el hecho de que fueran poemas -lo tenían claro: las líneas no acababan al final de la página- y de que me hubiera atrevido a ponerlos allí, a la vista de todo el mundo, y donde encajaban tanto como un minué en un establo. Hoy, yo mismo puedo aportar una traducción de "Lleno de vida ahora", no sé si mejor que la de Borges. Haberlo hecho me reporta, ignoro si mayor gloria, pero sí, al menos, la certidumbre de una continuidad o una cofradía: la de los amantes de la poesía y de Whitman, uno de sus sumos sacerdotes, así como una vaga vergüenza, por el impudor que supone aproximarse siquiera a seres tan admirados. Así dice mi versión de "Lleno de vida ahora":
Lleno de
vida ahora, compacto, visible,
yo, de
cuarenta años de edad, en el año octogésimo tercero [de los Estados,
a quien
viva dentro de un siglo, o dentro de cualquier [número de siglos,
a ti, que
no has nacido todavía, a ti te buscan estos cantos.
Cuando los
leas, yo, que he sido visible, seré invisible.
Ahora eres
tú, compacto, visible, el que comprende mis [poemas, y me busca,
e imagina
lo feliz que serías si estuviera a tu lado y fuera tu [camarada;
sé feliz,
como si estuviera a tu lado (y no estés demasiado [seguro de que no esté ahora contigo.
Esta sensación de que Whitman está susurrándote los versos al oído, como si estuviera sentado a tu lado, se convirtió en una presencia física, viva, en Washington, hace dos veranos. Asistía yo a un encuentro iberoamericano de poesía, y visitábamos, por cortesía de la organización, la National Portrait Gallery de la capital, donde se encuentran varios retratos de Whitman y otros que ilustran diferentes etapas de su vida. Allí, Rei Berroa, el poeta dominicano que constituye, año tras año, el maravilloso factotum del encuentro, nos dispuso en círculo en una de las salas, como a una agrupación de boy scouts, y encendió una hoguera inimaginada: la de la única grabación que se conserva de la voz de Whitman, leyendo un brevísimo poema suyo, "América", a principios de la década de los noventa del siglo XIX (él murió en 1892). La grabación había sido hecha por el mismísimo Thomas Alva Edison, el inventor de fonógrafo, y, aunque no había una seguridad absoluta de que se tratase del poeta, todo parecía indicar que así era. Quien quiera oírla, puede reproducir nuestra experiencia en la página web de los Whitman Archives, donde está colgada la grabación. Allí, en aquel vestíbulo inmaculado del museo, en un silencio sacerdotal, Fernando Beltrán, José Mármol, Ernesto Lumbreras y yo mismo, entre otros escritores, fuimos testigos de la reviviscencia de Whitman como habríamos asistido a la resurrección de Jesucristo: el viejo barbudo se apareció ante nosotros con una voz cavernosa, que destripaba engoladamente las sílabas de su épico casi haikú, con la prosopopeya de aquel siglo ceremonioso, y que dejaba a las palabras flotando en el aire, exangües, masticadas, felizmente monstruosas. "América" solo tiene cuatro versos, pero su lectura nos pareció eterna. Y, cuando acabó, seguimos todos en silencio, temblando, desballestados por aquella aparición majestuosa, pero a la vez delicada, como es toda la poesía de Whitman: un grito y un murmullo, la voz de un hombre, pero también la de un pueblo. Hoy me sigue fascinando la tenacidad del poeta: su querer serlo, y exclusivamente -a pesar de sus múltiples ocupaciones pro pane lucrando-, hasta el último aliento, su obstinación en decir, en cantar, su aferrarse al lenguaje aun en la enfermedad y la agonía, como remedio, acaso, para la enfermedad y la agonía. La última edición de su Hojas de hierba se llama "del lecho de muerte", porque en él la corrigió y la sancionó. En algún poema, se lamenta de ello: de esa garrulería irremediable, y de la repetición de los temas: "siempre cantando lo mismo, siempre cantando lo mismo", protesta, se protesta, el poeta. Y es cierto: siempre cantó lo mismo. Pero es que "lo mismo" es la esencia del ser humano: su infinita fragilidad, a la par que su incansable busca de lo que la venza. Por eso, pese a la fatiga que sufro después de tanto tiempo bregando con sus versos, creo todavía que Whitman es, no solo el mayor poeta que han dado los Estados Unidos de América -y uno de los mayores de la humanidad-, sino también alguien que nos habla, que nos consuela, que nos acompaña, y que, resistiéndose a morir (con el lenguaje, ¿con qué si no?), alimenta nuestra esperanza, acaso, de no morir del todo.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Mozart y una plaza de Londres
Muchas tardes voy a recoger a Ángeles a la salida del hospital. Es un paseo largo, de cuarenta y cinco minutos en cada sentido, pero me sienta bien: después de tantas horas ante el ordenador, caminar un buen trecho me reactiva la circulación. Además, supone una rutina, y las rutinas son buenas para que nos sintamos integrados en un paisaje, además de para liberar al cerebro de sus ocupaciones menos relevantes: así podemos dedicarlo entonces a los asuntos esenciales, como cuándo se va a recuperar Messi de su lesión, o a qué voy a dedicar la entrada del blog del día siguiente. Uno de los caminos que van al hospital atraviesa una placita sin nombre. Es sorprendente que no lo tenga, porque todo Londres es una apoteosis nominal: hasta los edificios se bautizan. Yo vivo, todavía, en un conjunto de apartamentos que se llama The Icon, y dentro de poco voy a hacerlo en otro con el nombre de Yvon House. Pero la plaza no tiene denominación oficial, aunque los vecinos la identifiquen, informalmente, como The Orange, por el pub señorial, de fachada blanquísima, que ocupa una de sus esquinas. La plaza se abre en la confluencia de la calle Ebury con Pimlico Road, y siempre me ha llamado la atención por su belleza. Todo su perímetro está ocupado por tiendas, sin que dé la sensación de que sea una zona comercial. Son tiendas de muebles, decoración y antigüedades -que fascinan a los británicos-, librerías de libros ilustrados -sobre jardinería y cerámica, por las que sienten no menor pasión-, floristerías y salones de té: establecimientos inundados de tenues luces doradas, con asientos de cretona y cartelerías exquisitas; lugares donde a uno le apetece, simplemente, estar. A mí, por ejemplo, no me importaría acomodarme en el sillón orejero expuesto en el escaparate de una de ellas, aun a costa de ser observado como un maniquí, o un elemento más del mobiliario, por la sola razón de hundirme en sus infinitudes muelles, y respirar el delicado aroma a espliego que exhala la tienda, y disfrutar de los libros que han dispuesto al lado del asiento. Reparo también en los nombres de los locales, estos sí, sonoramente arraigados en la cultura aristocrática, pero, a la vez, mestiza, de la Gran Bretaña: uno de ellos se llama Christopher Butterworth; otro, Humphrey & Carrasco; otro más, Coote & Bernardi. Me vienen a la cabeza los nombres disparatados que solía dar Saki, el gran humorista inglés de fin de siglo, a los personajes de sus terroríficos cuentos: Rottlethorpe, Thwinbinding, Applespruttle; una técnica que también practicaba Camilo José Cela en sus apuntes carpetovetónicos y, en general, en la España sórdida que describía. A la entrada de la plaza, por Pimlico Road, queda la rotunda iglesia de Saint Barnabas, con su majestuosa aguja, que otea los barrios de Chelsea y Pimlico desde 1850. En el escueto triángulo que constituye propiamente la plaza, se alza una pequeña estatua. Y es pequeña porque representa a un niño: Mozart, a los cinco años. A esa edad vivió en el 180 de Ebury Street, a pocos pasos de distancia, y allí compuso su primera sinfonía. He dicho bien: a los cinco años. Su padre, también músico, había descubierto el talento, la genialidad musical de su hijo, e iniciado una gira por las cortes europeas para darlo a conocer (y para embolsarse, de paso, unos buenos beneficios). En Londres residió en una casita blanca, estrecha, recogida, con un minúsculo arriate a la entrada, que formaba parte de una hilera de casas iguales. También esto adoran los ingleses: esta continuidad temporal, este saber que el tiempo permanece ahí, único, solidificado, esta perpetuación de las realidades, de los hechos. Cuando un visitante ilustre que visitaba Oxford por primera vez le dijo al rector, que lo acompañaba por el campus, "¡qué césped más bonito!", este le contestó: "Sí, lo cortan cada jueves desde hace 800 años". Ni siquiera dijo: con frecuencia, o semanalmente; dijo: "cada jueves", como si las semanas de ocho siglos fueran algo cercano, cotidiano, comprensible con un solo golpe de pensamiento. Ahí están, pues, la estatua de Mozart -reciente: se erigió en 1994-, y la casa donde escribió su primera sinfonía, y la plaza entera, con sus tiendas, sus terrazas y sus castaños de Indias, en cuyo follaje ahora, próxima ya la Navidad, ha crecido una miríada de frutos luminosos. Ni siquiera los aseos públicos que se acumulan en ella -unos, antiguos y subterráneos, cercados por verjas, for public convenience; otros, modernos, como cápsulas espaciales, en la superficie, que funcionan con monedas- la afean: todo está integrado en un conjunto deliciosamente sutil, en un equilibrio de formas, de luces y sombras, que se me antoja prodigiosamente cercano a la música perfecta del músico de Salzburgo.
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