martes, 21 de enero de 2014

La insomne, de Jesús Aguado

Pasado mañana, 23 de enero, a las siete de la tarde, Jesús Aguado presenta su antología La insomne, publicada por el Fondo de Cultura Económica, en La Central del Raval. La insomne recoge un amplia muestra de la poesía que ha publicado desde 1984 hasta 2012, precedida por un estupendo prólogo -más aún, un riguroso estudio introductorio- de José Ángel Cilleruelo. A Jesús lo conocí en Lucena -donde nació, por cierto, Rafael Álvarez, el Brujo, a quien dediqué mi entrada de ayer-, con ocasión de un encuentro sobre literatura oriental, en el que yo participaba por mi fugaz condición de traductor de haikus, y por la más fugaz aún, casi imperceptible, de haikuista, y él, por la solidísima razón de haber vivido muchos años en la India y conocer a la perfección sus tradiciones literarias y, en general, la literatura de Asia. Ya entonces me pareció un hombre discreto, pero de un ingenio efervescente; también era humilde, y la humildad -tan infrecuente, por otra parte, entre los escribidores españoles- suele ser síntoma de grandeza. Jesús vivía ya en Barcelona, donde se había establecido por razones familiares, aunque yo apenas había coincidido con él en la ciudad. Poco a poco fui haciéndolo, de la mano de algunos amigos comunes -como José Ángel Cilleruelo, siempre mediador, siempre bueno-, pero también de esas inercias que nos hacen confluir a los letraheridos en algunos foros, en algunos lugares, como a murciélagos en las mismas cavernas. Empezamos a encontrarnos en lecturas y charlas, y también a tropezar el uno con el otro en las librerías literarias de Barcelona, circunstancia que aprovechábamos para recomendarnos o desaconsejarnos libros y para practicar un cotilleo feliz, que no excluía algunos divertidos despellejamientos. De una forma sosegada y natural, que es como surgen estas cosas, la conversación circunstancial fue dando paso a un intercambio más interior, que ha conducido a una excelente amistad. Ahora incluso compartimos calçotades, en las que él me acusa, inevitablemente, de hurtarle los mejores cebollinos, pese a la velocidad con que acomete los que llegan a la mesa. Yo conocía la obra de Jesús Aguado desde antes de que nos viéramos por primera vez en Lucena: había leído con placer algunas muestras antológicas suyas, como El placer de las metamorfosis, publicada por Miguel Gómez Ediciones (de Málaga, otra ciudad donde Jesús ha vivido y casi nacido), y La gorda y otros poemas, aparecidas en "Las cuatro estaciones", que dirigía el también poeta Manuel Lara Cantizani, y también, con gran placer, sus poemas de Vikram Babu, publicados por Hiperión, uno de los libros más singulares de la primera década de este siglo. Por si fuera poco, Jesús y yo habíamos coincidido en la colección de poesía "El Lotófago", de la galería de arte Luis Burgos-Arte del Siglo XX, dirigida por Luis Burgos y Marta Agudo: en ella había publicado él Algunos haikus (o no) desde la nada, un magnífico ramillete de japoneserías. Aquel conjunto de lecturas, y otras, más dispersas, en antologías y revistas, me habían persuadido de la personalidad proteica, pero siempre vigorosa, de Jesús Aguado, y de su verbo crujiente, preciso, despejado, que funde con inteligencia la figuración y la des-figuración, la razón y la sin-razón, lo euclidiano y lo brahmánico. En la editorial DVD aprovechamos su saber y su cercanía para publicar dos volúmenes suyos: La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés: 1987-2004, un magnífico diario -y también un ensayo multiforme- sobre su experiencia en la India, como hay pocos en la tradición literaria en español, porque pocos son los escritores que han tenido la ocasión de vivir en aquel país y, sobre todo, la inteligencia de plasmarlo certeramente en un libro; y su traducción de De camino a Oku y otros cuadernos de viaje, de Basho, que nunca se había vertido íntegramente al castellano hasta entonces. Sin embargo, el rasgo más significativo de Jesús Aguado no es su pluridimensionalidad estilística, ni sus vicisitudes biográficas, ni sus intereses múltiples, con ser todos ellos muy importantes para comprender su personalidad literaria; su rasgo principal es su voluntad de totalidad: su afán, permanente, insoslayable, por construir una obra que lo abarque todo, una literatura absoluta en la que su propio yo, esencial para edificarla, pueda, paradójicamente, diluirse, desaparecer. No por casualidad su poesía completa, publicada en 2011 por Vaso Roto, se titulaba El fugitivo, y ese fugitivo, como quise argumentar en la reseña sobre el libro que publiqué en Letras Libres (http://www.letraslibres.com/revista/libros/quien-es-el-fugitivo), no es otro que él mismo, "el triste,/ el imposible,/ el traicionado por el tiempo, el tachado, el inútil", como enumera en "Variaciones sobre la tristeza", de Libro de homenajes. La huida de Jesús Aguado deja un rastro descomunal: el de lo dicho, que se articula como un inmenso edificio de lenguaje, alzado mediante capas superpuestas: una casa gigantesca que alberga algunos de los mejores poemas escritos en España en estos últimos veinte años, pero que supone, sobre todo, un propósito creador único, una Obra como la quería Juan Ramón Jiménez, una sustitución del ser por el decir, para que todos seamos más. Y esto dice Jesús de crear: "Ni siquiera lo intentes/ si no sabes huir de lo creado".

lunes, 20 de enero de 2014

La odisea y el embrujo de El Brujo

A Rafael Álvarez, el Brujo, lo he visto actuar en el teatro tres veces. La primera fue a mediados de los ochenta, en la versión de El lazarillo de Tormes de Fernando Fernán Gómez, en el Villarroel de Barcelona. De aquella interpretación, que recuerdo prodigiosa, se me han quedado en la memoria varias cosas: el gesto torcido, ácido, socarrón, lastimoso, del artista; su aire clásico, de intérprete forjado en los papeles del Barroco (aunque él ayer recordara sus inicios vanguardistas, cuando representaba La escuela de los bufones, de Michel de Ghelderode, o El juego de los insectos, de los hermanos Capek); y el estribillo "¡hambre!, ¡hambre", que funcionaba a modo de cortinilla entre las diferentes partes de su monólogo: el hambre se afirmaba, así, como el motor de todos los actos -y la justificación de la existencia, de hecho- del pobre Lázaro. Todavía hoy, cuando quiero comer, mascullo, como el Brujo: "¡hambre!, ¡hambre". La segunda fue hace mucho menos tiempo: el verano pasado, en el teatro romano de Mérida. Representaba allí Rafael Álvarez El asno de oro, de Apuleyo, y asistir a la función se me antojó una buena forma de romper la monotonía veraniega. Además, me intrigaba saber cómo había montado una obra dramática a partir de un texto novelístico que es, en rigor, irrepresentable. Bajo la luna llena de julio, y arropado por las esbeltas ruinas del teatro romano, el Brujo volvió a fascinarme. Ahora no tanto con una versión seca, chisporroteante, de un texto de los siglos de Oro, como El lazarillo de Tormes, sino con un producto cuidadosamente desordenado, posmoderno, metateatral, en el que la risa era rey, sembrado de morcillas afortunadas (de otra naturaleza, pero igualmente gloriosas, que las que nos habíamos zampado, con Elías Moro, antes de la representación, en una taberna de la ciudad) y de críticas a la actualidad: una mezcla de juglaría, bufonada, poesía y realismo social. Ayer volví a  ver a el Brujo en otro texto de la antigüedad clásica, nada menos que La odisea, de Homero. Fue en el teatro Condal de Barcelona. Como en Mérida, había un buen aforo, pero no estaba lleno. Que la entrada costara, sin descuentos, 30 euros quizá tuviese algo que ver con ello (y, como el propio Rafael Álvarez recordó a lo largo de la función, que el IVA del teatro sea del 21%, comparado con el 10% del fútbol, por ejemplo, quizá también). La seducción del actor funciona desde que aparece en escena, aunque en esta ocasión no aparece en escena, sino por una puerta lateral, desde la que pasea por la platea, declamando los hexámetros de Homero y saludando a los espectadores. Rafael Álvarez -un hombre bajito, ligeramente gordezuelo, con un pelo ahuecado y canoso rodeando la coronilla desvalida, como un tricornio agujereado y sin puntas- posee todas las virtudes del buen histrión, a las que se suman unas tablas que pocos pueden igualar en la escena española actual: tiene fuerza dramática y vis cómica; domina el ritmo, y maneja las pausas y los silencios como nadie; es ingenioso y un hábil improvisador; no desdeña la gestualidad y el mimo; y no se deja arrastrar por el aparato escenográfico: su austeridad, sin embargo -su minimalismo-, resulta muy eficaz. El Brujo hace con el público lo que quiere. Transita de lo lírico a lo cómico, y al revés, con una facilidad pasmosa. Cuando te ha atrapado con un monólogo dentro del monólogo sobre la política o la sociedad actuales, y uno apenas puede dejar de reír, se interrumpe de golpe y pasa a un momento de recitación, o de silencio, en el que solo resuenan en la sala los versos homéricos, declamados por su voz de plastilina, capaz de todos los disfraces. El Brujo utiliza la risa para que bajemos la guardia y, cuando ya nos hemos despojado, a carcajada limpia, del alambre de espino del malestar y la indignación, y estamos inermes ante él, entonces suelta las frases de hondura, las cargas de profundidad, que sumen al respetable, hasta ese instante zarandeado por el humor, en un silencio reflexivo, que no dura ni un segundo más de lo que él quiere que dure. El espectáculo sigue siendo, como El asno de oro, una fantástica mezcla de discursos y registros, y también una pieza consciente de sí, de que es teatro, de que es un acto de seducción protagonizado por un profesional de la escena, que no elude reconocerlo así, para, de este modo, seducir más todavía: haciendo suyas las objeciones que impidan la suspensión de la incredulidad, desarma al discrepante y se afirma con más poder, con más hechizo. El Brujo se aparta de todas las convenciones de la dicción y del atrezzo, de todos los estímulos estructurales y las apoyaturas formales, y se mueve sin parar -casi baila- en un milimétrico frenesí de cambios de ritmo, y paréntesis, y zigzagueos. En La odisea mezcla el monólogo propio -en aquel remoto Lazarillo de los ochenta ya lo practicaba con acierto, adelantándose varias décadas a su popularización televisiva- y la escenificación del texto griego, y lo hace en ambos casos con la misma fuerza. Los pasajes recitados de la epopeya homérica resultan de una belleza difícilmente soportable, y me sigue maravillando que algo compuesto hace tres mil años por un poeta ciego nos perturbe e interpele todavía como lo hace La odisea. El Brujo lo demuestra con su versión, y Homero estaría encantado.

domingo, 19 de enero de 2014

Los Encantes

Yo había ido poco a los Encantes: me pillaba lejos de casa, y, además, lo tenía por algo antiguo. Y lo era, ciertamente: se remontaba al siglo XIII; desde entonces ha habido en Barcelona mercados en las calles y plazas, de los que este era el último representante. Pero mi imaginación no se iba tan atrás: yo situaba los Encantes más bien como una cosa de posguerra, adecuada para la supervivencia del populacho, y moderadamente sórdida. Alguna vez había acompañado a mi padre, que, como buen hijo de aquella época tenebrosa, sentía por los Encantes una afinidad que a mí me resultaba difícil compartir. Él iba al mercado como un cazador a la espesura y, aunque raramente cobraba buenas piezas, volvía siempre con la satisfacción de la busca, de la expedición, de la aventura; igual que cuando visitaba los domingos el mercado de San Antonio -al que yo sí lo acompañaba con frecuencia- para hacerse con libros viejos, y hasta con libros, guau, prohibidos por la censura. La última vez que anduve con él por los Encantes fue para comprar una mesa de comedor. Teníamos poco dinero, y él se las apañó para encontrar un puesto de muebles en el que una mesa de pino macizo -con tablero de melamina, eso sí- salía por cuatro duros. Nos hicimos con ella, desde luego, y, aunque al cabo de unos años la sustituimos por otra de mayor prestancia, ahí sigue, en el desván, robusta, incólume, casi indestructible, con sus cuatro patas y su tablero de melamina y su madera de pino mediterráneo. Desde entonces no había vuelto a visitar los Encantes: me pillaba lejos de casa, etcétera. Sin embargo, supe del plan del Ayuntamiento de Barcelona de sustituir el viejo mercado y remodelar la plaza de las Glorias en la que se encontraba. Los Encantes se trasladaría a un emplazamiento cercano, moderno, limpio, superferolítico; un emplazamiento acorde con los tiempos y con el perfil contemporáneo de la ciudad. El plan tropezó con sucesos imprevistos, como que lloviera. Cuando ya se había construido casi enteramente la cubierta -semejante a los hongos que protegen las gasolineras de Repsol, pero ondulantes-, cayó un buen chaparrón, y el lugar se inundó. Los patos y las palomas estaban felices, pero el Ayuntamiento no. Por suerte, llovió cuando los comerciantes aún no se habían instalado, porque, si no, el naufragio se habría llevado consigo todos sus enseres, y ellos, probablemente, habrían pegado fuego al Ayuntamiento. Se conoce que los arquitectos habían diseñado un icono de la modernidad, como la torre Agbar o el campo del Barça, pero se habían olvidado de que en las ciudades llueve: un trabajo digno del estudio de arquitectura de Santiago Calatrava. Al poco del incidente, me tocó auditar una entidad de la Generalitat que tiene su sede muy cerca de la plaza de las Glorias, y decidí ocupar el rato del bocadillo visitando los Encantes. Yo lo recordaba como un lugar vetusto, pero mi memoria era benevolente: me pareció un lugar zarrapastroso. Toda la mugre, toda la miseria de la ciudad, se concentraba en aquel laberinto de callejas y pasadizos. Los puestos se disponían en las resquebrajadas casetas de yeso y ladrillos, o bien en el suelo, donde se desperdigaban libros, ropa, pequeños electrodomésticos, zapatos, objetos de decoración y cualquier cosa imaginable. Había comercios de artículos nuevos y de segunda (es un decir: debían de ser de vigésimotercera o vigésimo cuarta) mano, pero los primeros no diferían nada de los que se encuentran en los todo a cien de los chinos. Sobresaltaban los olores de los muchos puestos de comida: olores a fritanga, a pimientos asados, a carne recocida, a tintorro, a lejía. Y llamaba la atención la abundancia de vendedores extranjeros, sobre todo, magrebíes, que voceaban con su acento entre gangoso y angosto. De hecho, los españoles eran minoría, aunque una minoría privilegiada, porque suyos eran casi todos los puestos a resguardo y medianamente adecentados. Los moros chamarileaban con una mezcla de agresividad y pereza: asaltaban a los paseantes con oferta estentóreas, pero desdeñaban el cuidado del género: los objetos languidecían en el suelo, en mantas polvorientas, sobados por miles de manos, y hasta pisados por miles de pies. Porque, si uno quería llegar a algo en el centro de la manta, tenía que avanzar por entre lo dispuesto a su alrededor, y no era infrecuente que aplastara otra cosa. Así sucedía, sobre todo, con los libros. Los montones que se apilaban aquí y allá eran pasto de las manos afanosas de los buscadores de tesoros y de los pies, no menos urgentes, de quienes lo consideraban un obstáculo para acceder a un magnífico cuadro de payasos llorando o un interruptor para el retrete. En muchos casos, los volúmenes estaban desencuadernados, y las páginas de unos y otros, arrancadas, se mezclaban en un inextricable montículo de papel; en algunos casos, de pasta de papel. Era un espectáculo doloroso. Los libros eran mi único objetivo, y, dado su estado lamentable, yo me acercaba a ellos como el filántropo que quiere rescatar a un huérfano de la inclusa, o a un tísico del sanatorio. Cada día de los muchos que pasé auditando aquella entidad, me dedicaba a un puesto, y removía las hileras o los montones de volúmenes en busca de algo valioso o, por lo menos, interesante. Pero aquello era un cementerio de vulgaridades, una fosa de páginas cloradas y amarillentas, un estercolero de Reader's Digest, de ejemplares de la colección RTVE, de libros de cocina, de panfletos de la izquierda antifranquista, de obras que divulgaban, en los años 70, la vida social de los insectos o las costumbres sexuales de los habitantes de la Polinesia (aunque, bien pensado, este último no carecía de atractivo). Muchos de esos libros se desmigajaban en las manos al cogerlos. Todos olían, lacerantemente, a humedad y a polvo. Ninguno valía nada, aunque no pude resistir la tentación de comprar algunos que me parecieron menos indignos: un volumen, con muchas fotografías, sobre la historia de Aragón; un libro de viajes de un autor falangista que no escribía mal; un poemario con delicadas ilustraciones a plumilla. Los Encantes no me parecieron un paraíso pintoresco, sino un infierno liviano: allí se reunían los necesitados del mundo, las amas de casa sin presupuesto, los inmigrantes sin presupuesto y sin papeles, los raterillos y los buscavidas; y algún turista despistado o curioso circunspecto, como yo. No me gustaban, como no me habían gustado nunca. Sin embargo, eran, probablemente, el último reducto de una ciudad que fue; eran el mundo que había conocido, que había vivido, mi padre, y, con él, cientos de miles de personas de su generación; eran un trozo de vida, un fragmento caleidoscópico de la historia, que iba a desaparecer para siempre con el nuevo mercado, cuya función no era otra que ocultar la pobreza. Con los Encantes nuevos, la pobreza se recicla y se convierte en un espectáculo visible, en algo que no resulta vergonzante contemplar. Quizá con ello Barcelona gane prestancia posmoderna, siempre que un nuevo chubasco no agüe la fiesta, pero pierde, sin duda, mucha de su carne urbana, de su realidad viva, de aquello que la ha hecho ser como es, para bien y para mal.

sábado, 18 de enero de 2014

Según la costumbre de las olas

Así se titula el más reciente poemario de Jenaro Talens, que llegó ayer a mi buzón, con una cordial dedicatoria de su autor. Jenaro, nacido a mediados del siglo pasado, es uno de los mejores poetas de su generación, aunque siempre haya permanecido -o, al menos, esa es mi impresión- un poco al margen de los escaparates poéticos habituales. Ello no obstante, en 2002 la editorial cátedra publicó Cantos rodados, con edición de Juan Carlos Fernández Serrato, una amplia selección de la poesía que había escrito hasta aquel momento. Yo saludé la aparición de esa antología con una reseña en Letras Libres, "El pensamiento es la mirada" (para quien quiera consultarla: http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/el-pensamiento-es-la-mirada), en la que decía: "[Cantos rodados] confirma la entidad de una obra que siempre han tenido presente los buenos lectores de poesía, por más que su autor permaneciese alejado de los centros de poder, de los circuitos comerciales y hasta de los específicamente literarios, como demuestra su exclusión de la antología Nueve novísimos, a la que Talens había presentado todas las credenciales para pertenecer. Cantos rodados hace, pues, justicia a un poeta que ha construido una obra coherente, articulada sobre varios ejes invariables —el yo que mira, la soledad frente al mundo, el enigma y el asombro de la realidad—, pero que ha sabido manifestarse pluralmente, con una gran elasticidad formal, en una búsqueda constante de la estrategia comunicativa más adecuada a cada impulso emocional: de la fractura vanguardista a la pulcritud figurativa, del soneto al poema en prosa, de la coloquialidad a la meditación existencial, de la sintaxis sinuosa y salmodiante al verso breve, de la épica al diario íntimo". Según la costumbre de las olas, publicado por Salto de Página, se compone de veintiún poemas en prosa, más quince imágenes de Clara Janés, otra poeta notable, cuya aportación es aquí estrictamente visual, aunque en la mayoría de esas imágenes aparezcan versos, fragmentos de poemas, haikus, anagramas y partituras musicales. El resultado es lo que Talens y Janés llaman iconotexto, y que acaso responda a lo que algunos jóvenes estudiosos han teorizado en la Red (Alberto García García: "El iconotexto: un nuevo modelo de construcción narrativa"; Rafael Bello Díaz: "El iconotexto: el paradigma de la simulación"), pero que a mí me parece, simplemente, un poemario ilustrado -o, si se quiere, un poemario en el que dialogan los textos y las imágenes-, y bellísimo. Los poemas de Jenaro son de una precisión y una intensidad sobresalientes, cargados de esa plasticidad, no solo física, sino también intelectual, que los hace paladeables, amasables, como el barro de un alfarero. Las imágenes de Clara Janés conjugan lo pictórico, lo poético y lo musical, y, para lo segundo, se inspiran en el acervo de las líricas orientales -Ilhan Berk, Ahmad Shamlu, Yalal Ud-Din Rumi, Matsuo Basho-, que tan bien conoce, como demuestra su dilatada colaboración con Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, y también de las literaturas centroeuropeas, de alguno de cuyos mejores exponentes, como Vladimir Holan, ha sido traductora. El volumen se completa con sendas notas de los autores, en las que detallan su visión de la génesis y el proceso de manufactura del volumen. Transcribo el poema final de Jenaro Talens:

CONJETURAS EN TORNO A LA INUTILIDAD DE LA MELANCOLÍA

El mar se ha vuelto amargo, como si sospechase lo pronto que caduca toda su inmensidad. Esperando el silencio, igual que un centinela espera el alba, no quiere sombras, ni tampoco luz. De pie sobre la arena, no hay nada que entender. Mira el sol que se aleja como el ala de un pájaro. Su rostro es como el oro en el atardecer. Nubes y estrellas esbozadas que se superponen como garabatos en la piel del cielo. Escrita en el envés de un pergamino, esa borrosa escena que se desvanece ¿es aún la vida?

viernes, 17 de enero de 2014

España, 33-Islandia, 28

En este mundo en el que el fútbol es rey, los porteros de fútbol son los héroes. Son unos héroes pasivos, de acuerdo: no alcanzan el brillo rutilante de un delantero goleador, ni el fulgor mágico de un mediocampo creador de juego, ni siquiera la espesura diamantina de un stopper resolutivo; pero siguen siendo héroes. Recuerdo a Lev Yashin, La araña negra, quizá el mejor guardamenta de la historia, siempre vestido de negro, estirando los ochos brazos que parecía tener para detener todo lo que se le lanzaba; a Gordon Banks, el mítico portero de la selección inglesa, que, en el Mundial de 1970, hizo la que se considera la mejor parada de todos los tiempos, deteniendo un cabezazo a bocajarro del mismísimo Pelé; a Moazir Barbosa, aquel excelente portero brasileño, de ilustre trayectoria, al que le bastó encajar dos goles en la final del Mundial de Brasil de 1950 contra Uruguay para ser condenado a la muerte civil en su país; y a Luis Pulpo Arconada, cuyos tentáculos vascongados no le sirvieron para evitar que un balón manso de falta se le escurriera por debajo del cuerpo y entrara en la portería, en la final del campeonato de Europa de 1984 contra Francia. Aunque este fue un héroe al revés, claro: un guerrero al que se le cae el escudo en el pie. Se ha escrito mucho sobre los porteros de fútbol: Nabokov, Eduardo Galeano, Peter Handke, que les ha dedicado hasta una novela: El miedo del portero al penalti. Albert Camus fue portero, y dejó dicho que todo lo que sabía sobre moral (y no era poco) lo había aprendido jugando a ese deporte. Pero el portero de fútbol, con esa grandeza estatuaria que tiene, y que se transmuta de pronto en elasticidad máxima, no es nada comparado con otra figura parecida, pero ni remotamente comparable en popularidad y reconocimiento; otra figura que sí está sometida a amenazas sobrecogedoras; otra figura que, si el portero de fútbol siente miedo ante el penalti, tiene derecho a sentirse aterrorizada: el portero de balonmano. Yo fui portero de balonmano en el colegio, aunque ocupar ese puesto no fue el fruto de una esforzada progresión, sino un paulatino descensus ad inferos: como era demasiado malo para ser jugador de campo en el equipo de fútbol, me condenadon al ostracismo de la portería (ya se sabe: allí donde iban los gordos y los torpes), pero, como también era demasiado malo para ser portero de fútbol, me condenaron al ostracismo de la portería de balonmano, el último agujero, la peor condena posible, la humillación más feroz, equivalente a un puesto de observación avanzado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. La razón era sencilla: como la portería de balonmano era mucho más pequeña que la de fútbol, las posibilidades de que, sin hacer nada, parase algo eran mayores. No obstante, ni siquiera aquella evidencia meramente volumétrica me salvó del ridículo. Dejé pronto la portería de balonmano, cuando los profesores de educación física del colegio se convencieron de que el deporte para el que tenía más aptitudes era el ajedrez, aunque no sin haber realizado alguna parada memorable, como aquella en que, en partido a cara de perro contra Los espartanos de l'Hospitalet, desvié con la nariz un remate en contraataque que era un gol cantado. Cuando me desperté de la conmoción, en la enfermería del gimnasio, supe que mi magistral intervención no había podido impedir que nos derrotaran 40 a 2, pero, ello no obstante, sentí una punzada de orgullo. Ahí era nada evitar que nos metieran 41 goles. Desde entonces, no he vuelto a ponerme bajo los palos, pero he seguido con interés las evoluciones de este viril deporte. Y he llegado a la conclusión de que, para narices, los porteros de balonmano. Y que me lo digan a mí. Veamos: un portero de balonmano se enfrenta a tipos de más de cien quilos de peso y, con frecuencia, metro noventa o dos metros de altura. Esos individuos, por si fuera poco, habitualmente provistos de fieras barbas, se arrojan contra la muralla defensiva, a pocos metros de distancia de ti, con la perversa intención de lanzarte un balón, hecho de materiales durísimos, que más bien parece un obús antitanque. Y eso, cuando hay muralla defensiva, porque otra de las aviesas intenciones de los atacantes es eludir la barrera humana que forman tus compañeros, para encontrarse solo ante el portero, bien desde los extremos, bien encontrando un agujero en la línea de siete metros, bien en contraataque. Y, si lo consiguen, ríete tú de la soledad del portero de fútbol, o de su miedo ante el penalti. Entonces lo que se te viene encima es un bulldozer con escarificador y grúa lateral, ante el que lo que haría cualquier persona sensata sería apartarse o, si no le diera tiempo, por la velocidad a la que se aproxima la máquina asesina, tirarse al suelo, protegiéndose la cabeza con las manos. Pero no. Los porteros de balonmano no hacen eso, y por eso son héroes, más aún, son semidioses, divinidades. Los porteros de balonmano no se hurtan al peligro, sino que se enfrentan a él con gallardía suicida. En lugar de recogerse como caracolillos, se despliegan en el aire. Ante el transatlántico que se dirige a ellos, saltan en su misma dirección, abren brazos y piernas, estiran la cabeza y los pies, y confían en que el balón impacte en alguna parte de aquella membrana súbitamente extendida, como la del pulpo cuando caza. También cierran los ojos -las paradas de los porteros de balonmano son como los besos, pero al revés: ni en unas ni en otros somos capaces de mantenerlos abiertos, aunque por razones opuestas-, porque una cosa es ser valiente, temerario incluso, y otra no tener sentimientos, y el sentimiento de que el proyectil que va a ser disparado ti pueda darte en la boca o en los testículos (los dos lugares más sensibles de la anatomía de un portero de balonmano y, diría yo, de cualquiera) sobrecoge al más audaz. Así pues, ahí tenemos a los dos guerreros de este singular combate: el delantero, armando el brazo para soltar el latigazo mortal, y el portero, ingrávido, dilatado, para frenarlo con su cuerpo. Durante unas décimas de segundo, ambos se encuentran, frente a frente, en el aire; y ese encuentro es casi físico, porque, a menudo, llevado el atacante del impulso de la carrera, y el portero de su adelantarse para comerle espacio a aquel y restarle ángulo de disparo, ambos casi se rozan en el vuelo letal. El delantero aguanta el disparo hasta que el portero empieza a caer, o a flaquear en su manoteo, pero tiene que hacerlo antes de que él mismo se venza y pise el área, y es justo en ese momento cuando remata y cuando el portero cierra los ojos y cuando uno se pregunta cómo puede haber tanta belleza y tanta, tan infinita temeridad.

jueves, 16 de enero de 2014

Juan Gelman

El martes murió en México, donde vivía, Juan Gelman. A Gelman empecé a leerlo en un remoto libro de Edicions del Mall (aquella colección en catalán que publicaba a los mejores en castellano, algo impensable hoy), Com/posiciones, de 1986. Me llamó la atención esa barra que seccionaba el título. Inmediatamente comprobé que esa técnica cercenante, de palabras y versos, se extendía por todo el poemario, y luego supe que era característica de un amplio trecho de su producción. Las barras apuñalaban la tipografía como una lluvia torcida, y recordaban la naturaleza interrupta, y doliente, de todo lo que decimos, de todo lo que construimos. Es curioso, porque algunos poetas jóvenes de hoy, como el extremeño Mario Martín Gijón, excelente amigo, no solo practican con fe esa técnica, sino que incluso la han radicalizado. Será que es buena para multiplicar los sentidos de lo dicho, o para intensificarlos, que es uno de los propósitos cardinales de la poesía. En cualquier caso, aunque Gelman haya relajado o prescindido de ese rayado abrupto en otros libros suyos -como es lógico: los recursos invariables acaban convirtiéndose en tics-, toda su obra aparece impregnada por una tristeza acuchillada o lluviosa, por una cesura que semeja una lágrima, o una sucesión de lágrimas. Eso subrayaba ayer Juan Cruz en el artículo que acompañaba la noticia de su muerte: "El poeta de los ojos tristes". Esa tristeza provenía de una circunstancia personal, tan trágica como conocida: el secuestro y asesinato de su hijo y de su nuera embarazada por los esbirros de la junta militar argentina en 1975. Durante mucho tiempo, el poeta se dedicó a batallar contra aquellos crímenes y a averiguar el paradero de su nieto o nieta, si es que vivía. Y no hace muchos años conoció por fin a la niña que su nuera llevaba en el vientre cuando la mataron, y que había sido entregada a otra familia. Su busca, apoyada por una gran campaña internacional, y su reencuentro se difundieron por todo el globo, como símbolo de la lucha contra el olvido y la sinrazón de la dictadura. Sin embargo, yo he tenido la sensación, no sé si equivocada, de que, por mucho que simpatizáramos todos con esa lucha, la causa personal de Gelman difuminaba la percepción de su poesía, o quizá la subordinaba a una lectura política y funcional, escamoteando su estricto tuétano poético. No era eso lo que Gelman pretendía, desde luego. Él mismo dijo en muchas ocasiones que no había querido que lo consumiera el odio, ni incurrir en una poesía acerba, contraria a lo que tanto daño le había hecho. Es obvio también que su compromiso cívico no había alterado su concepción de la literatura ni su forma de escribir: Gelman eludió la tentación de convertir una reinvindicación singular en una proclama unidimensional, y siguió fiel a un temperamento lírico, deudor de la vanguardia, proclive a la incertidumbre y la desarticulación. Por eso, cuando se le acusaba de "hermético" (porque el hermetismo funciona muy a menudo como una acusación), él respondía: "¿Hermético? No, lo que hago es respetar al lector, obligarlo a que lea por dentro". Y de eso se trata, en efecto, no solo en el caso de Gelman, sino en el de todas las poesías: de leer por dentro, y no únicamente en la superficie: de hurgar en las tripas, y los huesos, y las vísceras del poema, y en los pensamientos diluidos aún, en proceso de cuajo, y en las trepidaciones de la conciencia, derramadas en una pulpa de versos interrumpidos, retorcidos, abismados en su propia indefensión. Sin embargo, el mundo suele encontrar más cómodas las identificaciones sin fisuras: Gelman se había convertido en una símbolo de la lucha contra la barbarie, y eso explicaba -y amortajaba, acaso- todo lo que escribía. Sea como fuere, yo he seguido lo que ha hecho desde aquellos años 80 en que lo descubrí, intrigado y, a menudo, deslumbrado, en Com/posiciones. En 2005 ganó el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, y mi amiga María Ángeles Pérez López se encargó de la edición de Oficio ardiente, la espléndida antología que celebraba ese galardón, publicada por la Universidad de Salamanca y el Patrimonio Nacional. De Mundar, publicado en 2007, tomé yo unos versos como primer epígrafe de mi poemario Bajo la piel, los días: "ustedes tan/ solos frente a ustedes/ en un papel lleno de/ imposibilidad". Y de su penúltimo libro, El emperrado corazón amora, aparecido en Tusquets en 2011, transcribo ahora el hermoso poema inaugural en homenaje y memoria suyos:

En la intemperie de dos cuerpos
se sabe haber lo que no
se puede haber y el tiempo y la memoria
tejen una belleza diferente. Lento
es el abismo donde se hunden
las asambleas del odio y todo
es un pedazo, menos
el aire absuelto por vos.
La cosa obrada es imperfecta y el vacío
entre las dos verdades parece
un manantial de aguas henchidas
que produce todas las cosas, menos
un ojo más perfecto que el sol
cuando te dora. Es
la libertad que hacés y no cesa,
la palabra que no se esconde en
el banquete de la razón donde
alimañas, sierpes, otras bestias
comen reflejos de la lengua.

miércoles, 15 de enero de 2014

El defensor del pueblo

El defensor del pueblo es una institución curiosa. No tiene apenas capacidad ejecutiva y, por lo tanto, ha de basar su actuación en la autoridad moral. Su prestigio deriva de su tenacidad: que inquiera por un asunto supone que tiene fundadas sospechas de que la administración pública no ha actuado como es debido. Recuerdo, cuando estudiaba Derecho y analizábamos la figura del defensor del pueblo, introducida en la Constitución aprobada hacía muy poco, que siempre se mencionaba su origen escandinavo. Y todavía recuerdo el nombre, de relumbres nórdicos, con el que se le designaba: el ombudsman. Un ombudsman parecía entonces mucho más que un defensor del pueblo: parecía un atlante, venido del Septentrión, que extendiera los brazos poderosos por sobre las cabezas de la ciudadanía universal, para protegerla de las arbitrariedades, los abusos y las injusticias del poder. En aquellos años de inocencia constitucional, el ombudsman era una garantía de equidad, un muro ante la opresión, un triunfo de la democracia y la civilización. Con los años, el ombudsman ha palidecido en defensor del pueblo, o, mejor, en defensores del pueblo: ahora no solo el estado, sino cada pueblo, comunidad autónoma e institución pública (y hasta privada) tienen uno. Los defensores del pueblo han brotado como setas, cada uno de ellos defendiendo a su pueblo. Tener un defensor del pueblo viste mucho: infunde prestigio, aunque no sé si sus logros están a la altura de su reputación. Mi relación con ellos ha sido intensa, pero con desigual fortuna. Hace un par de años, solicité al ayuntamiento de Sant Cugat que no limpiara las calles con sopladores de hojas, cuyo ruido infernal se enseñoreaba, desde las siete de la mañana, de todas las calles de barrio, y que adoptase un instrumento alternativo, llamado escoba, que era barato, fácil de usar, almacenar y mantener, ecológico, silencioso y que, además, permitía que los barrenderos se mantuvieran en una estupenda forma física, en lugar de someterlos (a ellos y a nosotros) a la tortura de soportar aquel estruendo diabólico, a inhalar los gases de la gasolina con que funcionan los sopladores, y a transportarlos a la espalda, con lo que pesan. Naturalmente, el ayuntamiento no respondió a mi petición (a pesar de que la dirigí a un portal del consistorio que se llamaba "El ayuntamiento responde"), y se me ocurrió recurrir al defensor del pueblo de Sant Cugat. Pasaron los meses, y no tuve noticia de la noble institución. Pero, abierto el camino de los ombudsman, ¿por qué no seguir por él? Apelé entonces al síndic de greuges, el defensor del pueblo de Cataluña, para que me defendiera de la inactividad del defensor del pueblo de Sant Cugat, al que había recurrido para que me defendiera de la inactividad del ayuntamiento de Sant Cugat. El síndic declinó actuar, porque la competencia para defender a los vecinos de Sant Cugat era del defensor del pueblo de Sant Cugat. Así pues, subí un nuevo escalón y me dirigí al defensor del pueblo español, para que me defendiera de la inactividad del defensor del pueblo de Cataluña, al que me había dirigido para que me defendiera de la inactividad del defensor del pueblo de Sant Cugat, al que me había dirigido para que me defendiera de la inactividad del ayuntamiento de Sant Cugat. Y aquí se obró el milagro: al cabo de poco, el defensor del pueblo de Sant Cugat me escribió para notificarme, exultante de satisfacción, que el ayuntamiento de Sant Cugat se había comprometido a sustituir los sopladores de hojas por "pértigas", que, supuse, lanzarían agua o aire, pero serían más silenciosas que aquellas máquinas del demonio. Sin embargo, la eficacia de la gestión del defensor del pueblo de Sant Cugat duró lo que dura una hoja que cae en otoño: durante algunas meses, los barrenderos utilizaron, sí, las pértigas, un mecanismo de soplado mucho más benigno para la salud de los vecinos, pero enseguida, se conoce que nostálgicos de aquel atronador paso suyo por las calles, volvieron al pandemonio inicial. Hoy la situación se repite, aunque en un ámbito distinto. La primavera pasada tuve un desagradable altercado con una funcionaria de la Universidad de Barcelona, una de esas empleadas psitácidas, educadas en la majestad del formulario y la triplicación de la instancia, que se atrincheran en la ventanilla y propinan recios golpes de expediente en la cabeza de quien se atreve a disentir. Para protestar por aquel maltrato, recurrí al defensor del pueblo de la Universidad, pero también ahora han pasado los meses y el defensor del pueblo de la Universidad aún no me ha defendido. Me he dirigido, pues, al defensor del pueblo de Cataluña, para que me defienda de la inactividad del defensor del pueblo de la Universidad, pero ha declinado actuar, porque ha firmado un convenio con el defensor del pueblo de la Universidad para que sea este el que defienda a los que recurran al defensor del pueblo de la Universidad. En consecuencia, me he dirigido, de nuevo, al defensor del pueblo español, para que me defienda de la inactividad del defensor del pueblo de Cataluña, al que me había dirigido para que me defendiera de la inactividad del defensor del pueblo de la Universidad. Yo sigo confiando en el defensor del pueblo, sea cual sea. A ver qué consigo esta vez.