Nada. Hay días en que a uno no se le ocurre nada: todo está triste; todo está callado. Y sorprende el marasmo del mundo, porque, otras veces, las cosas brotan con una facilidad pasmosa: surgen yendo por la calle, limitándose uno a mirar; o en la soledad lluviosa de la ducha, cuando el cerebro, como el cuerpo, se ha desnudado de urgencias y atavíos; o en la cama, cuando, antes de que llegue el sueño, en ese instante fronterizo y delicioso en el que lo sentimos acercarse, pero aún no se ha posesionado de nosotros, se nos aparece un asunto, o una aproximación distinta a un asunto, como se nos aparece un verso, y lo anotamos mentalmente, lo como grabamos en la memoria, con el cincel de la voluntad, repitiéndolo muchas veces, para que no se nos olvide durmiendo. Cuando se nos ocurren cosas, esas cosas se revelan en nuestra imaginación como grietas de luz, como repentinas hendiduras en la oscuridad de lo acostumbrado, como fisuras en el flujo del tiempo que nos envuelve y nos devasta. Son regalos que nos hace alguien que está en nosotros, pero al que apenas conocemos. Son frutos gratuitos, caídos de un árbol interior, que recibimos por el solo hecho de existir, y de tener sentidos, y de poseer cerebro. Cuando hay que alimentar algo que los exige periódicamente, como un diario, la sensibilidad está mejor dispuesta, se ofrece más aguzada o porosa, para captar todo eso que pueda surgir: para hacer relevante lo insignificante. Con el ejercicio constante, la conciencia aprovecha, sin que nos demos cuenta, todas las rebañaduras de sí, y también todas las vicisitudes del mundo. Es importante no darse cuenta: no pensar, sino dejar que el pensamiento aflore por sí solo, estimulado por el silencio y la atención, por la escucha ácuea y la espera activa. Cuando queremos pensar, o cuando pensamos que pensamos, las ideas se retraen, espantadas por nuestra acometida, y se refugian en la concha de la nada, como moluscos que se sustrajeran a la exposición al sol o a la acción de los predadores. A veces, sin embargo, y pese a todo el entrenamiento que se haya podido acumular, a uno no se le ocurre nada. Se intenta hacer más penetrante la mirada, pero no pasa nada; se intenta dejar la mente en blanco, como quien amaga con retirarse de un espacio codiciado, para que otro la ocupe y entonces podamos atraparlo, pero sigue sin pasar nada; se recurre al recuerdo y al cosmos de la cultura, siempre tan socorrido, pero todo parece bloqueado por una infecundidad radical, por un mutismo avasallador. Nada: una palabra terrible. Nada. Miro a mi alrededor: las cosas están muertas. Miro dentro de mí: estoy más muerto que las cosas. Ni una señal, ni un latido. Amontonamos cadáveres: las cosas y yo somos bultos desprovistos de razón. Me gustaría agarrarlas por el cuello -a la lámpara, a los libros que me rodean, a la taza sucia del café que me he tomado- y hacer que hablasen, que sugirieran aventuras, que me insultasen. Pero nada: siguen tan inertes como antes, tan inertes como yo. Pienso entonces en el soneto que Violante le mandó hacer a Lope de Vega, y me digo que algo así habrá que urdir, por más que uno no posea el genio del madrileño: hacer del hacer, o del no hacer, el objeto de la obra. No sé si será acertado, pero, mientras no se me ocurra nada más, es lo último que me queda.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
miércoles, 7 de mayo de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
Fulham
Es el último día de estancia de Pablo en Londres, y decidimos pasar la mañana con él en Fulham, uno de los barrios aledaños de Battersea. Fulham es un lugar atractivo, y de reputación cambiante. Sus inicios no fueron muy prometedores: el nombre podría significar, en sajón antiguo, "lugar del barro", en alusión a las recurrentes crecidas del Támesis, que lo dejaban hecho una pena; o bien "tierra en el hueco del recordo de un río que pertenece a un hombre llamado Fulla", lo que no mejora mucho las cosas. Al barro, o a Fulla, siguió la Iglesia: tampoco esto supuso un gran avance. A finales del s. VII, el distrito fue adjudicado al obispo Erkenwald, y desde entonces ha permanecido vinculado a la diócesis de Londres; de hecho, hasta no hace mucho, el prelado de la capital residía en Fulham Palace. Pese a la presencia morigeradora de la Iglesia, o quizá a causa de ella, para fastidiar, Fulham se convirtió, en el siglo XVIII, en un lugar de libertinaje: los ricos de Londres se desplazaban a los garitos y burdeles de la zona para disfrutar de un esparcimiento tenebroso. Todavía hoy, un fulham significa un dado cargado, lo que no parece hablar demasiado en favor de la probidad de aquellos locales de juego. Con el desarrollo de la industria, Fulham, como tantos otros barrios situados a la orilla del Támesis, se hizo obrero, y, por fin, gracias a la intensa restauración llevada a cabo tras la Segunda Guerra Mundial, pijo y caro: hoy es uno de los barrios más exclusivos de Londres, y es muy significativo que el equipo de fútbol del más caro de todos, el vecino Chelsea, no radique en Chelsea, sino aquí: Stamford Bridge está en Fulham. Salimos de casa y cruzamos el parque de Battersea. Es un domingo de sol, y la gente retoza en la hierba. Una gran pradera se reparte entre dos deportes: el fútbol, al que se dedican los negros; y el críquet, en el que todos son blancos: de piel y de uniforme. Contemplamos, al pasar, las evoluciones de los jugadores, y pienso en mi corresponsal y desconocido amigo Johannes von Horrach, tan amante de este entretenimiento caballeresco y barroco. Tampoco entiendo nada de críquet, aunque sé que un partido puede durar varios días. No se hacen descansos, pues, porque sea la media parte, sino porque es mediodía; y no es extraño tampoco que haya pausas para la merienda. A veces, zapeando por televisión, veo escenas de las ligas profesionales de críquet: los jugadores parecen allí gladiadores, con cascos y protecciones por todo el cuerpo (desde luego: la bola es un proyectil de corcho y cuero, capaz de noquear a un búfalo). Aquí, sin embargo, todos visten de verano, y de un blanco inmaculado. No hay damas a su alrededor, con pamelas y sombrillas, sorbiendo cócteles con pajita y admirando el combate ritualizado de los varones; a lo más, alguna moza garrida, con gafas de sol, devorando un sándwich o atendiendo a un crío que llora. Pero los lanzamientos y los bateos me siguen pareciendo ejercicios de una admirable estilización, y el espectáculo, en general, aunque este sea de costillada, lleno de poesía visual. Tras cruzar el parque y el puente de Alberto, tomamos por King's Road y luego subimos a Fulham Road, que atraviesa el barrio hasta encontrar de nuevo el río. Yo me detengo en una pequeña librería de viejo -cuyo nombre, Librería del Fin del Mundo, no se compadece con su tamaño-, abierta un domingo por la mañana, y hago parar también a Ángeles y a Pablo, que se toman estas pausas librerescas mías con resignación, como si fueran síntomas de una enfermedad para la que la ciencia no hubiera encontrado todavía curación. Atiende el local un joven de facciones desmoronadas y acento de Oxford. Hay bastante poesía, pero poca literatura en otros idiomas. Me llevo el volumen octavo y último de la poesía completa de Lord Byron, con once cantos del Don Juan, publicado por John Murray, de Albemarle Street, en 1839. Las cubiertas han de recoserse, pero, por lo demás, el volumen está impecable: pronto tendrá doscientos años, pero las páginas se leen como si acabaran de salir de la imprenta, sin una mancha, sin un siete. En la portada figura todavía el ex-libris de un propietario anterior: Herbert Henry Raphael, primer baronet de su casa, abogado y político liberal, muerto en 1924, de un ataque al corazón, mientras cazaba en su finca de Capel-le-Ferne, cerca de Folkestone. Así finan los buenos ingleses, sin duda: con una escopeta en la mano y recorriendo sus propiedades. En el ex-libris consta la leyenda de Raphael (el político, no el cantante): esse quam videri, "prefiero ser que parecer" (el cantante seguramente suscribiría lo contrario). El libro me cuesta cinco libras. Seguimos caminando, y damos, poco después, con la entrada sur del cementerio de Brompton. Yo lo visité en uno de mis primeros viajes a Londres, atraído por el hecho de que varias guías lo consideraran uno de los lugares más recoletos y encantadores de la ciudad. Y, en efecto, lo es. En aquella remota visita, recuerdo que el cielo estaba encapotado. Hoy brilla el sol, y la gente llena los bancos del camposanto. Muchos almuerzan: a la vera de las tumbas, abren los tupperware y comen con apetito: será que fiambre llama a fiambre. A la entrada, hemos visto a dos hombres en animada conversación. Casi tan animados como su charla estaban dos guacamayos azules posados en el hombro de uno de ellos. De tamaño semejante al archaeopteryx, los jacintos, con sus ojos amarillos y sus picos ganchudos como crises malayos, inspiraban poca confianza. Pero allí estaban, tan campantes, intentando robarse mutuamente un trozo de plátano, mientras su portador platicaba con despreocupación. Proseguimos la caminata, sobrevolados permanentemente por aviones y helicópteros; algunos de estos son militares: bichos enormes, parecidos a guacamayos. El ruido que hacen unos y otros tiende un dosel sonoro que primero nos incomoda, pero que, finalmente, dejamos de oír. En Fulham Road nos cruzamos con cada vez más seguidores del Chelsea, que hoy juega en casa. Por todas partes se ven camisetas y bufandas azules y blancas. Damos también con algún puesto de venta de artículos del club. Las banderas flamean, lanzando a los cuatro vientos las facciones amabilísimas, tan queridas, de Mou, al que aquí llaman Mow, que significa segar. Y es un acierto hacerlo así, porque Mow, ciertamente, siega ojos, piernas y reputaciones, y la hierba debajo de muchos: véase el caso de Casillas, al que el portugués sacó de sus casillas, y que todavía no ha vuelto a ellas. El restaurante en el que comemos -que, aunque se llama The Chelsea Kitchen, es italiano- está también lleno de hinchas del Chelsea. Yo acaricio en secreto mi barcelonismo, mientras mastico los escasos trozos de carne que los italianos han puesto en el goulash, y me pregunto qué harían estos portadores de tatuajes, estos trasegadores de cerveza, estos secuaces del maligno, si me levantara de repente y gritara: "¡Viva Guardiola!". Quizá sería el momento de echar a correr por una Fulham Road que ahora hierve de luz y de descapotables.
lunes, 5 de mayo de 2014
Bailando salsa
Hace un par de noches fuimos a un local de salsa, que se llamaba, con poca imaginación, pero con indudable precisión, Salsa. No es que a mí me guste la salsa, pero Tina, una compañera de trabajo de Ángeles, celebraba su cumpleaños y había organizado un encuentro bailón en un antro de Leicester Square. Nos costó llegar: Charing Cross era antes conocido por sus librerías de viejo; ahora lo es por sus locales de copas y sus discotecas, y los sábados por la tarde se parece a un termitero. Las multitudes humanas no fueron el único obstáculo que tuvimos que superar: también al gorila de la entrada, que parecía capaz de derribar a un percherón de un guantazo. El proceso me supuso un viaje en el tiempo: obtener la aprobación del segurata (por suerte, ninguno llevábamos calcetines blancos), pagar dos libras por entrar, que te estamparan en el dorso de la mano el nombre del local con un sellador de oficina, y dejar luego la ropa y los paraguas en el guardarropía, para entrar, por fin y apoteósicamente, en la sala de baile, fue como volver a mi adolescencia, cuando fatigábamos Le Consulat o el Bikini, y cumplíamos estoicamente con el protocolo discotequero. Sin embargo, cuando llegamos a donde se desarrollaban las evoluciones salseras, el espectáculo era dantesco: unas doscientas inglesas, en parejas, atendían a las instrucciones de la monitora de baile con gran aplicación, pero con un sentido del ritmo parecido al de mi abuelo, que sufría de artrosis y, además, era de Huesca. Optamos, claro, por no bailar: tampoco quedaba espacio para hacerlo. Nos sentamos en una mesa, pero deprisa: el camarero nos dijo que tendríamos que desalojarla al cabo de una hora u hora y media, porque entonces se retiraban todas para ampliar la pista de baile. Aunque el local pretendía pasar por brasileño, este camarero y casi todos los demás eran españoles. Ello no nos sirvió, empero, para obtener un trato preferente: nos obligaron a hacer lo mismo, y con el mismo atropello, que a todos. Pedimos, pues, mientras esperábamos a Tina, una cena de nachos y hamburguesas, que devoramos a paso ligero. Nos dio tiempo a tomar unos mojitos, que estaban insípidos. Seguía llegando gente, y yo empezaba a dudar de que pudiéramos salir de allí. Ir al lavabo era impensable, como cruzar a nado el Amazonas, aunque necesitaba hacerlo. Me sentí viejo al pensar, no solo en mi próstata, que cada día requiere más atenciones, sino en el placer que podía obtener la gente que se había reunido allí. Yo no encontraba ninguno: el volumen de la música vedaba la conversación y ensombrecía los sentidos, y la falta de espacio imposibilitaba que se pudiera hacer lo que se suponía que se iba a hacer allí: bailar; de hecho, apenas se podía caminar. Pero el tiempo pasaba, y Tina no venía. Agotada la comida, la bebida, la paciencia y la capacidad de mi vejiga, decidimos marcharnos. Sin embargo, había de evacuar. Aventurándome con esfuerzo, casi con temeridad, abriéndome paso a machetazos de excuse me o sorry, y dando muchísimas veces las gracias, aunque estoy seguro de que nadie las oía, conseguí llegar a los servicios. Allí había un negro vestido de almirante que sostenía un bote de jabón líquido en una mano y un rollo de papel higiénico en la otra. Antes de que pudiera mirar a mi alrededor (habría visto entonces uno de esos espantosos urinarios únicos, un conducto de metal por el que pasan ante tus ojos, mientras te estás aliviando, las espumosas efusiones de tus compañeros de micción), el almirante ya me había llenado las manos de jabón. Debía de ser como Torrente, que cree que hay que lavárselas antes. Me froté y me enjuagué, y procedí a mear, mientras el tipo de gorra blanca y americana de botones con anclas le explicaba a otro parroquiano que la vida no tiene sentido si no eres capaz de vivirla con una sonrisa en los labios. Sentí que la filosofía del marino me ayudaba a orinar, que volvía la evacuación más fácil, más fluida, y pensé si no sería una buena terapia instalar grabaciones con dichos sapienciales en los retretes, para favorecer a los duros de uretra o de esfínter, igual que se recitan poemas a las plantas para que crezcan más lozanas, o se pone música de Mozart a los gallinas para que den más huevos (el rock duro, en cambio, no funciona: las gallinas se deprimen y no aovan). Cuando acabé y me giré apenas, allí estaba de nuevo el hombre, con más jabón, más papel higiénico y más frases memorables: "Todo con humor, tío, ¿eh?, todo con humor, y con limpieza". Era un profesional de los aseos, sin duda, aunque no acabé de entender por qué iba vestido como Nelson. Me lavé y me sequé otra vez, y me volví a arrojar, resignado, a la jungla humana, de la que conseguí salir tras otro pródigo reparto de empujones, pisotones y peticiones de paso. Ya en la calle, emprendimos el camino de vuelta a casa. Pero seguía siendo sábado, y la gente seguía necesitando abrazar un frenesí terapéutico. Unos jóvenes bien vestidos invadieron una plaza aledaña a la de Trafalgar, montados en bicicletas del ayuntamiento, aullando y casi atropellándonos a todos. Otros estaban dentro de una tienda de chucherías dando gritos y bailando como apaches: quizá no había podido hacerlo en Salsa y se desfogaban allí. Cuando nos apartamos por Saint James Park, camino del palacio de Buckingham y de la estación Victoria, desde la que volveríamos a casa, nos invadió la paz de la noche, y nos pareció especialmente benéfica. Volvíamos a notar frío, el rumor del tráfico, el brillo de la luna, y no solo ruido; volvíamos a reconocer el perfil de los seres humanos, y no solo su imperiosa pastosidad: los sentidos renacían, y lo hacían, paradójicamente, allí donde todo parecía sosegado, casi muerto. Pero olía a hierba, a mundo, y, afortunadamente, estábamos vivos.
domingo, 4 de mayo de 2014
Hombre en azul
Hombre en azul es el título de una serie de retratos del pintor Francis Bacon, nacido en Dublín en 1909 y muerto en Madrid en 1992 (a no confundir con el filósofo del mismo nombre, primer barón de Verulam, que vivió en Inglaterra entre los siglos XVI y XVII), y también el de un libro escrito por Óscar Curieses, inspirado en la obra del irlandés. Lo acaba de publicar la extraordinaria editorial zaragozana Jekyll & Jill. Y digo extraordinaria, no solo por el atrevimiento, casi la temeridad, de crear un catalógo con autores jóvenes y poco conocidos, sino por la calidad inaudita de sus ediciones. El libro de Óscar, por ejemplo, lleva una camisa a todo color, está impreso con un cuidado bizantino en un papel de alto gramaje, incluye un juego de fotografías y unas gafas de visión tridimensional, e incorpora el detalle casi olvidado en la práctica editorial de que el borde frontal sea de un color distinto al de las páginas; en este caso, un elegante verde pálido (aunque quizá habría sido más coherente un azul celeste). Paradójicamente, el símbolo de Jekyl & Jill es un pez de plata, ese insecto tisanuro, odiado por todos los amantes de los libros, que se alimenta de la cola de encuadernar y del papel viejo. Sin embargo, y a pesar de su naturaleza deletérea, el lepisma también simboliza la busca incansable del libro, la persecución de la celulosa, la nidificación en las guardas y las contracubiertas, y eso representa muy tipo a cierto tipo de personas. Aplaudo, pues, el icono elegido, aunque, cuando no es un emblema, sino un pez de plata real, lo aplaste sin compasión. Hombre en azul, el libro de Óscar Curieses, es también extraordinario. Tuve el placer y el privilegio de leerlo cuando todavía era un mecanoscrito, y me entusiasmó su estructura imaginativa y su prosa feliz. A Óscar lo conocía yo de sus primeros libros, poemarios publicados por la benemérita Bartleby: Sonetos del útero, aparecido en 2007, y Dentro, en 2010. Del primero escribí incluso una reseña, que vio la luz en la revista Turia. Ambos eran textos fascinantes, en los que una avasalladora fuerza verbal se combinaba con una fabulación violenta, con una maraña de conflictos ancestrales. Eran volúmenes insólitos en el panorama poético español de entonces -es decir, de ahora-, por su osadía y su desgarro. Pero la literatura tiene la virtud, no solo de engrandecer la sensibilidad y de darnos placer, sino también, a veces, de enriquecer nuestras vidas, y así fue en el caso de Óscar, a quien conocí poco después de leerlo, y que se me antojó, desde el primer momento, una persona inteligente y entrañable, con la que me unían, además, algunos gustos compartidos y extraños: a los dos, por ejemplo, nos agrada visitar cementerios. Por si fuera poco, al cabo de un tiempo, descubrimos que ambos habíamos sido estudiantes de intercambio en los Estados Unidos, y en el mismo estado, Georgia. En Hombre en azul, Óscar ha formalizado algo que se aprecia de inmediato en sus poemarios: su pasión por lo visual, que ha tenido reflejo asimismo en su tesis doctoral, recientemente defendida: Leer en la imagen: Paul Auster y el cine. Sus versos son de condición pictórica, manchados por colores atormentados, por metáforas que son torceduras, por cuerpos que se pliegan y se desmigajan. Curieses ha compuesto ahora un diario apócrifo de Francis Bacon, dividido en tres cuadernos, que abarcan desde el 29 de octubre de 1989 hasta el 20 de febrero de 1992, más el relato de un sueño de agosto de 1990 y un anexo fotográfico, y no es extraño que haya elegido al pintor irlandés, porque también este entiende la carne como una materia infinitamente moldeable e infinitamente doliente; su apasionada ambigüedad, la deformación de sus figuras y sus movimientos, animada por un amor casi irreconocible, por un desvalimiento escondido a mucha profundidad, también es de Óscar. Pero en Hombre en azul no solo está presente la aflicción por una condición humana que no encuentra su acomodo en el ser, sino también, y principalmente, la razón que ordena esa experiencia o ese sufrimiento. Las entradas del diario de Bacon son punzadas exactas en el meollo del arte, reflexiones aceradas que traspasan la mera impresión y se clavan en la sustancia del hacer poético o del hacer gráfico, que aquí son lo mismo. Sin embargo, si impactan con tanta fuerza, si se nos ofrecen como hallazgos iluminadores del pensamiento, es porque no son solo pensamiento, sino también poesía, o, mejor, pensamiento poético, que acaso sea el más fecundo. La plurisignificación del verso se reconduce aquí a meditación singular, empapada de sudor y tiempo. Y el resultado son observaciones como esta: "Toda imagen se construye mediante una oscilación entre lo que el ojo mira y lo que el ojo ve, lo que suprime o añade. ¿No es esto violencia?". O esta otra: "La poesía que me interesa implica una forma de desgarro similar al que utilizo en los cuadros. Las palabras tiran unas de otras para configurar algo diferente al sentido que tendrían de manera literal. Se tensan hasta resquebrajar su significado. Lo expanden y desgarran hasta construir algo nuevo". Pero Hombre en azul es, en esencia, un diario, y, como tal, plasma el desorden vital, el deambular a menudo confuso, pero también relampagueante, de alguien inflamado por la pasión de crear y por la obsesión de entender lo creado. Por eso incorpora citas de otros autores, de Wittgenstein a David Hockney, y una multitud de observaciones turbulentas, desenganchadas de certezas, que constituyen una fiesta para la imaginación. Una de ellas me resulta muy familiar. Está fechada el 7 de junio de 1990, y dice así: "No sé de dónde vienes. Abro los ojos, y no sé de dónde vienes, pero ahí está tu cuerpo". Lo firma un autor desconocido, Edward Gaom, pero juraría que yo tengo escrito algo muy parecido. Así son los diarios: depósitos de pensamientos, pero tambien de confusiones y hasta de enigmas. En el caso de Hombre en azul, todo aparece solidificado por una gran perspicacia crítica y una prosa magnífica, hasta constituir una de las mejores poéticas, o reflexiones sobre el hecho artístico, que se han publicado en España en los últimos años.
sábado, 3 de mayo de 2014
Janácek, Ives, Boulanger, Satie
Asistimos a otro de los conciertos gratuitos de la National Portrait Gallery en una sala mayor de lo habitual, para dar cabida a dos intérpretes y un piano de cola. El museo ha organizado una exposición de retratos de la Gran Guerra, el centenario de cuyo estallido se celebra en Gran Bretaña con grandísimo aparato, y quiere acompañarla con otras expresiones artísticas, como las piezas que hoy se tocarán, todas compuestas en 1914. Ocupamos nuestros asientos, rodeados por una buena muestra de la diversidad humana londinense: una señora que parece haberse peinado con un ventilador, que lee el programa pegando literalmente la pupila al papel y que, de vez en cuando, echa la cabeza para atrás, mirando al techo, hasta que la coronilla se le encaja en los omoplatos; otra señora con orejas de soplillo y nariz de tapir que ha conseguido que no nos fijemos en ningún otro rasgo de su anatomía, calándose un gorrito de punto, pero tan apretado que parece de piscina, y haciendo que unas gafas de pasta de color fucsia cabalguen en su napia encrespada; y un caballero muy orondo que se empeña en dar conversación a un grupo de japoneses que no dejan de sonreír, pero que no parecen saber una palabra de inglés. Entre el público se cuentan también los innumerables prohombres representados en los cuadros que nos rodean: políticos y ciudadanos egregios de la primera mitad del siglo XIX, pintados con severidad y tonos implacablemente negros. Qué aburridas, pienso, son esas caras pálidas, esos cuellos de almidón, esos corbatines lacios; y qué tenebrosos esos fondos de muebles victorianos, esos cortinajes escarlatas. En un gran óleo de una sesión del parlamento en 1833, las figuras de los diputados se amontonan como los soldados de terracota chinos; en otro de una reunión de la sociedad antiesclavista en 1840, se pueden distinguir entre los representantes a varias mujeres y a varios negros; pero pocos. El concierto va a empezar. Actúan Peter Sheppard Skaerved, al violín, y Roderick Chadwick, al piano: uno grueso y cuadrado, el otro fino y blanco, ambos de negro riguroso. Un mucamo, en camisa y tejanos, le pasa las páginas de la partitura a Chadwick. Tocan piezas de Leos Janácek, de Charles Ives, de Lilli Boulanger y de Erik Satie. La sonata del checo Janácek, la más larga del conjunto, combina lo eslavo y lo asimétrico. Recuerdo su ópera La zorrita astuta, que trata de los animales del bosque, pero cuyo título es tan equívoco, y la sinfonía Taras Bulba que, a su vez, me lleva a pensar en Yul Brinner y en su cráneo mondo, peana de un gorro desmoronado de cosaco. Ives, de quien tocan In the Barn y The Revival, fue un norteamericano singular: su música fue casi desconocida en vida, y muchas de sus piezas no se interpretaron durante décadas, aunque sus facultades melódicas estaban fuera de toda duda: a los 14 años ya era el organista de su iglesia. Con 24 empezó a trabajar en una compañía de seguros, y ya no abandonaría ese mundo hasta su jubilación: uno más, pues -como Pessoa, como Eliot, como Wallace Stevens, como Kavafis-, que necesitaba el refugio del orden, la apacibilidad de la supervivencia garantizada, para vivir y para crear. Ives, no obstante, sufrió graves problemas de salud -supuestos ataques al corazón que eran, en realidad, crisis psicológicas- y en 1927 decidió dejar de componer: según le dijo a su esposa, ya nada le sonaba bien. Hasta su muerte, en 1954, no creó ninguna obra nueva, aunque no dejó de revisar la Sinfonía del Universo, en la que había trabajado desde 1911 hasta 1927. Pese a tantas décadas de esfuerzo, la complejísima obra quedó inacabada. Lilli Boulanger es la autora más singular, por fugaz, de los cuatro: solo vivió 24 años, aunque le bastaron para crear una obra exquisita, a la que pertenece D'un matin du printemps, que interpretan Sheppard y Roderick, y en la que también se cuentan salmos, nocturnos y hasta una Vieja plegaria búdica. Boulanger fue alumna de Gabriel Fauré, autor de la célebre frase musical a cuya evocación dedica Marcel Proust varias docenas de páginas en En busca del tiempo perdido. Por fin, Satie, de quien tocan Choses vues à droite et à gauche (sans lunettes), tuvo una vida más larga y agitada. Su carrera no empezó bien: sus profesores del conservatorio lo creían negado para la música, lo que demuestra, una vez más, que la inteligencia humana no conoce límites. Satie fue amigo de Ravel y Debussy, y el fundador y único miembro de la Iglesia Metropolitana de Arte de Cristo el Guía. También fue un andarín impenitente: como detestaba los tranvías, recorría a pie los diez quilómetros que separaban su casa en Arcueil (en realidad, no vivía en una casa, sino en una habitación no más grande que un armario) del centro de París, siempre que quería ir a la ciudad. Se ganó la vida, durante muchos años, componiendo música de cabaret, aunque, mientras lo hacía, también estudiaba en la Schola Cantorum, uno de las escuelas de música más encumbradas de Francia. Conoció el éxito gracias a sus piezas humorísticas para piano, muchas de las cuales interpretaba el catalán Ricardo Viñes, como Verdaderos preludios blandos (para un perro), Embriones disecados y Sonatina burocrática. Satie incluía comentarios en las partituras, que llegaron a leerse durante la ejecución de las piezas. Hoy, Sheppard lo ha hecho también, pero antes de interpretarlas. Satie, de hecho, era un escritor meritorio (como Picasso, como Dalí), y sus Memorias de un amnésico o Cuadernos de un mamífero se leen todavía con placer. Con la llegada de las vanguardias, Satie se vinculó a (y se peleó con) casi todos los ismos, y singularmente con los dadaístas y los surrealistas. A Wagner, en cambio, lo odiaba. Cuando murió, descubrieron en el armario en el que vivía una colección de más de cien paraguas sin usar.
viernes, 2 de mayo de 2014
El viejo jardín inglés
A los ingleses les encantan las plantas. No les queda otro remedio: llueve tanto y, en consecuencia, crecen tantas, que, si no les gustasen, su vida sería un agobio. En España, el amor por la vegetación se reduce a las macetas. Uno las planta y riega con afición, les habla, les aplica fungicidas, las poda y vuelve a regar, y confía en que no se mueran. A mí se me mueren siempre, pero eso no obsta para que lo siga intentando, como tantos otros compatriotas macetófilos. En cualquier caso, nuestras plantas subsisten, si es que lo hacen, en nichos de barro, hermosos cuando se disponen en la fachada encalada de un pueblo andaluz, pero, en otras circunstancias, algo tristes y carcelarios; y lo que no son tiestos suele ser un secarral. En Gran Bretaña, la naturaleza ayuda mucho: la provisión de agua es inagotable. No hay apenas casas sin jardín, por pequeño que sea. En muchas, los conservatorios -que no son escuelas de música, sino espacios anexos al edificio principal, con función de terraza o invernadero- contienen fabulosas colecciones botánicas. En cualquier lado brotan matas, setos, arboledas. La jardínería, como en Japón, se ha convertido aquí en un arte, al alcance de cualquiera. Señoras y señores muy aplicados dedican al cuidado de sus plantas las mismas atenciones que dispensarían a un hijo tetrapléjico, y son capaces de hablar de la floración del cenolophium denudatum con el celo y la precisión de un botánico molecular. Parece natural que el ímpetu constante de la flora, favorecido por el clima atlántico, se ordene en parques en las ciudades, en los cuales, a su vez, se esconden rincones deliciosos, jardines o huertos singulares. Cerca de casa tenemos uno, en el propio Battersea Park: es el Old English Garden, el "viejo jardín inglés", que, pese a su nombre, está diseñado con un espíritu muy moderno. Muchos parques londinenses albergan jardines más pequeños, y estos, espacios o microclimas aún más reducidos, en los que se cultivan solo determinadas especies, como en un juego de muñecas rusas. En Battersea hay también una célebre rosaleda, que, cuando llega el buen tiempo, tras la latencia del invierno, parece que va a explotar de rojos y de aromas. El Old English Garden se encontraba, hace siete u ocho años, en un estado de casi completo abandono: rodeado por un murete, la vegetación se había vuelto circunspecta y desaliñada. Entonces fue objeto de una restauración completa, que le devolvió su antiguo esplendor. Los buenos jardines han de combinar el crecimiento y la pausa, el orden y la exuberancia, aunque esto, como casi todo, es cuestión de gustos: los franceses, por ejemplo, menos románticos, se han decantado históricamente por una jardinería geométrica, sin apenas margen para la imaginación. El Old English Garden de Battersea, en cambio, luce un descontrol controlado, una espesura que, con ser abundante, no ahoga. Hoy lo visitamos bajo una lluvia sosegada pero inmisericorde. Estamos solos. Las trepadoras todavía no han escalado los espaldares, pero los arriates están crecidos como hogueras. Hay cardos -el cirsium rivulare atropurpureum, una flor muy apreciada aquí, además de ser el símbolo de Escocia, aunque quizá decaiga en estimación si la región se independiza; nada que ver con nuestros cardos borriqueros-, salvias, geranios, brotes de espliego y varias modalidades de rosa, como la Cardenal Richelieu o la Charles de Mills. En el centro, un hermoso reloj de sol, de hierro, y, un poco más allá, un breve estanque, presidido por una urna de piedra, de la que brota el agua. En la piscina no hay peces -esos peces naranjas que nadan en cualquier charca artificial de nuestra ciudades- ni monedas: aquí no ha llegado todavía la pasión hidronumismática que genera una reacción pavloviana en España: estanque que se ve, moneda que se tira. (Yo las monedas solo las he tirado, de niño, a una rana, también de metal, con una boca abierta muy grande, y siempre con la pretensión de recuperarlas). Pienso en lo agradable que será venirse aquí, cuando no llueva, con un libro, sentarse en uno de los bancos de madera que jalonan los caminitos de jardín, y leer toda la tarde, con un termo de té, al rumor de la fuente y, a lo sumo, los gritos lejanos de algunos niños que juegan. Hoy, simplemente, vemos caer una lluvia fina, que tiende en los setos y los castaños un cendal transparente, y que nos reboza a nosotros de una melancólica felicidad. Gracias a la lluvia, las cosas huelen con una intensidad lacerante, y nosotros sentimos el peso de un mundo gris, pero iluminado por una luz polilobulada, por una claridad que tiene raíces y pétalos.
jueves, 1 de mayo de 2014
Gente y fútbol
Salgo a la hora de comer, es decir, a eso del mediodía, para despedir, con Ángeles y un grupo de compañeros suyos del hospital, a una médica que vuelve a su país: Caterina, una italiana bellísima. No podía faltar a la cita. Cruzo Battersea Park, y me deslumbra otra belleza: la del propio parque, que ahora, en primavera, estalla de verdes, y cuyos árboles centenarios parecen milenarios. Matas de espliego crecen por todas partes, y todavía brillan las estrellas de los narcisos entre los setos y las cortezas de los arces. El dosel de los árboles es tan espeso, que uno parece que atraviese un túnel, pero, al salir a alguna de las muchas praderas que esponjan el parque, la luz irrumpe con una plenitud ilimitada: el azul del cielo, inflamado por el sol, desagua una claridad violenta. Mientras me dirijo al hospital, me cruzo con una familia de judíos ortodoxos. En Londres no se ven tantos como en Nueva York, pero algunos se encuentran en las calles. Su atavío es el común: el padre, con sombrero negro de ala ancha, rizos cigomáticos y fajín blanco de colgaduras tan pendulonas como sus bucles; los hijos, como el padre, pero sin su apostura directriz, con kipás breves y sonrisas bulliciosas; la madre, en fin, con ese aire de excursionista vagamente hippy que tienen todas: falda amplia, ropa de punto grueso, zapatos achirucados y un gorro de lana por moño. Siempre me ha llamado la atención la necesidad que comparten los creyentes de casi todas las confesiones -desde las monjas católicas a los lamas tibetanos- de vocear su fe con la forma de vestir: se trata de que el universo mundo sepa que pertenecen a una determinada congregación, que abrazan un determinado conjunto de preceptos, que les ampara una determinada milicia. Yo nunca he sentido esa necesidad, y, si la sintiera, tampoco sabría qué ponerme: ¿con qué se viste un ateo para proclamar ante todos que es ateo? ¿Saldría a la calle envuelto en una bandera de Albania, el único país de la historia que ha hecho del ateísmo su religión oficial? Continúo caminando, y por el sendero que sigo me cruzo ahora con una nanny que pasea a una niña. La cría, monísima, se ha sentado en el suelo y está destripando, con esa concienzuda meticulosidad de los más pequeños, un ramillete de flores. La cuidadora le grita: Don't broken it! Don't broken it! (sic), y yo pienso: um, qué inglés sobresaliente. ¿De qué país habrá venido? Algunos metros más allá, llega otra nanny con su correspondiente criatura (esta, en un coche, sin intenciones aparentes de destrozar nada) y le grita a la primera: "¡María! Yo me voy pa' casa. Venga, 'ta luego", con inconfundible acento de Leganés. Lo de las nannies españolas está siendo ahora un boom en este país, porque la del hijo de los duques de Cambridge -es decir, un futuro rey de Inglaterra, aunque muy futuro, teniendo en cuenta que su bisabuela casi nonagenaria sigue ejerciendo el trono con admirable abnegación- lo es, y todo lo que los duques hacen o favorecen, se convierte aquí en trending topic y pauta de moda para mucha gente. No sé si sentir algo de orgullo patrio por la confianza que la casa real británica, y el país en general, depositan en las canguros hispanas; lo que sí siento es una notable preocupación por su inglés (y por su castellano). Llego por fin al hospital donde he de encontrarme con el resto de participantes en la fiesta de despedida. El vestíbulo está casi totalmente ocupado por una familia musulmana, cuyas mujeres van tapadas, de riguroso negro, de la cabeza a los pies. Los hombres, en cambio, lucen tejanos muy modernos y se mueven con gran desenvoltura. El aspecto de las féminas es funeral: si empuñaran una guadaña y cabalgaran el esqueleto de un caballo, representarían a la muerte mejor que en un cuadro de Brueghel. Me pregunto qué pensarán -mejor, qué sentirán- cuando se crucen con una familia de judíos ortodoxos. En la comida, me siento al lado de una investigadora sueca que trabaja en el laboratorio del hospital. Le pregunto qué investiga, y me responde que una proteína, desde hace veinte años. Empezó a hacerlo en Gotemburgo, donde se formó; luego en Stanford, en California, donde residió cinco años; y desde entonces en Gran Bretaña. La mujer, sin duda, siente pasión por la proteína, y uno nunca sabe a dónde puede llevarle el amor. A mí, por ejemplo, me ha traído a Londres. Por la noche, he de ir a buscar a mi hijo Pablo, que viene de Barcelona a pasar el puente del Primero de Mayo con nosotros. Lo espero en la estación de Victoria, a donde llegan los trenes que conectan la ciudad con el aeropuerto de Gatwick. Sabedor de lo que pueden tardar, me he llevado un libro conmigo: Libros, buquinistas y bibliotecas, un compendio de artículos y ensayos breves de Azorín sobre el mundo del libro, publicado por Fórcola y con edición de Francisco Fuster. Hace mucho tiempo que no leo al "pequeño filósofo", y creo que me gustará: el hecho de que lo haya publicado Javier Jiménez y de que sea fruto del trabajo antológico, en el doble sentido del término, de Paco Fuster, es una garantía. Mientras lo leo, en un vestíbulo enorme que huele a prisa y a zotal, revolotean a mi alrededor los seguidores del Atlético de Madrid, que ha jugado hoy la semifinal de la Liga de Campeones con el Chelsea de Mourinho. No sabría decir si han ganado o han perdido: tiendo a pensar que han salido derrotados, porque no parecen eufóricos. Algunos pasan canturreando; otros se procuran un café de plástico o un bocadillo más plastificado todavía en los pocos puestos que quedan abiertos en la estación; no pocos dormitan en los bancos, o miran con la mirada ebria y perdida. Todos llevan banderas, bufandas o camisetas del Atlético: como los judíos ortodoxos, como las musulmanas, también ellos portan su disfraz. Alguno se fija en mí, pero no repara en que estoy leyendo un libro en español: en los libros no debe de fijarse demasiado esta gente. Creen, supongo, que soy inglés, y yo siento la tentación de sacarlos de su error, preguntándoles si se han clasificado para la final o cualquier otra cosa que revele mi origen. Pero no lo hago: me siento extrañamente alejado, como si poseyera un secreto que no quisiese compartir. Con los grupos de hinchas más ruidosos, me siento como en España, cuando me cruzaba con alguna cuadrilla de hooligans que hubiera venido a jugar contra el Barcelona, pero al revés: ajeno, extraño, otro; solo que estos son los míos. A la una de la madrugada, cierran la estación, aunque todavía han de llegar trenes de Gatwick. Nos empujan, uno a uno, hasta la calle, donde dejan una puerta abierta: todos los viajeros que lleguen saldrán por aquí. Hace frío, nos rodean indigentes que sobreviven a la noche en sacos de dormir indeciblemente mugrientos, y pienso que quizá no sea fácil encontrar un taxi para ir a casa. Por fin distingo a Pablo, cuya cabeza sobresale en el último desembarco de gente. Viene con prisa: la misma que tengo yo por abrazarlo.
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