lunes, 7 de julio de 2014

La presentación de Dices

Hoy llueve con ferocidad. Lleva haciéndolo desde las seis de la mañana. Esto parece Inglaterra. Una lámina de plomo se extiende desde las aceras hasta el horizonte, y en esa lámina se inscriben las gotas que caen, y reverbera el repiqueteo de su caer, y rebota el chillido de las cotorras, que hieren el aire como cuchilladas verdes. Es una mañana ruidosa: además del aguacero y los pájaros, los coches, al pisar el agua, producen un chasquido laxo, que se suma a la detonación de sus motores; y no dejan de romper truenos, que suenan como si el cielo se desgarrara, o como si alguien abriera una caja, del tamaño del firmamento, y dejara caer de repente la tapa. Pienso que, si esto dura hasta la tarde, hoy no vendrá casi nadie a la presentación de Dices. Solo faltaría que también hubiera fútbol, pero el Mundial descansa, a la espera de unas semifinales previsibles (mi apuesta: una final Alemania-Argentina, y gana Alemania). En todo caso, las presentaciones de libros de poesía y los actos poéticos en general han de batallar siempre con la fantasmagoría del público, que se revela como una entidad inasible, inconcebible, inexistente. Uno depende de los amigos cercanos en cuyo esfuerzo por sobreponerse a una salida incómoda puede confiarse, o de los parientes más íntimos, o de alguien remoto con quien se ha vuelto a contactar, y que brinda a su asistencia un carácter celebratorio, de reencuentro. Apenas hay espontáneos: gente que acuda como quien va al cine; gente sin mácula previa, desconocida y expectante. Estos son un tesoro, pero un tesoro más oculto que el del capitán Flint. Yo he estado en presentaciones donde el público lo componían cuatro personas, y donde, además, una tuvo que irse antes acabar, porque le entró un ataque de tos; fue una catástrofe: de golpe perdimos el 25% de la audiencia. O donde solo había una, un buen amigo mío, que no quiso dejar solo al autor del libro, una novela, ni a mí, su presentador. O donde no había nadie. Nadie. El acto se celebraba en una librería de la periferia de Barcelona, y cuatro personas integrábamos la mesa: el organizador de la presentación; el autor, un poeta en catalán; un presentador, otro poeta en catalán; y otro presentador, yo. Comparados con el público asistente, éramos una multitud. Consideramos la posibilidad de que el autor presentase el libro y leyese los poemas, y los otros tres hiciéramos de público: eso ya sería algo; de hecho, no estaríamos demasiado lejos de aquella otra presentación a la que acudieron cuatro. Casi un éxito. Pero optamos, después de media hora de infructuosa espera, en la que mirábamos ansiosos la puerta por si aparecía alguien, por irnos a tomar una cerveza. Recuerdo que, camino del bar, el autor no contó que acababa de hacer otra presentación en un pueblo de los alrededores de Barcelona, y que habían ido a escucharle más de cincuenta personas, pero que el editor se había confundido de fecha, y no había llevado libros al acto. En esta, en cambio, había libros de sobra, pero no había público. Estaría bien, le dije, organizar alguna en la que coincidieran ambas cosas, libros y gente. También recuerdo que pasamos al lado de una sucursal de la Caixa, y que dentro, en el recinto del cajero automático, un musulmán, descalzo y sobre una alfombra, hacía sus oraciones. Estaba orientado hacia La Meca, pero esa orientación coincidía con la del cajero, y, en consecuencia, parecía que aquel fervoroso mahometano le estuviese orando a la máquina, para que le soltara algunos billetes, o a la caja, para que le devolviera la inversión en las preferentes. Esta tarde se presenta Dices en la librería En Su Tinta (c/ Badosa, 17), uno de esos locales que no solo aspiran a vender libros, sino a convertirse en un centro de cultura, en una suerte de dinamizador literario. Por eso han creado un nuevo sello editorial, Libros En Su Tinta, que quiere ofrecer textos de calidad, dignamente publicados, y que incorporen contenidos rebeldes, alguna oposición a lo establecido. Serán unas publicaciones artesanales, de tirada limitada y distribución manual: uno de esos esfuerzos bienaventurados que se fían a la solidaridad de la gente y al amor puro por la literatura, y que tan necesarios son, pese a su modestia, para que se oxigene, para que sobreviva. Dirige la colección, junto con el propietario de la librería, Andreu Navarra, un joven filólogo e investigador al que alguien debería dar una medalla en nombre de la sociedad literaria, más aún, en nombre de la pasión literaria, por su iniciativa, por entrega constante y, sobre todo, por no claudicar (aunque él, seguramente, la rechazaría). Andreu quiere que en esa colección vean la luz las obras de los buenos escritores de Barcelona, y ha convocado para ello a poetas y narradores como Álex Chico o Juan Vico. Su atrevimiento, no obstante, le ha hecho empezar por mí. Dices es un poema unitario, compuesto por 173 fragmentos versiculares, en el que pretendo conjugar lo satírico y lo existencial. El poema nació por encargo, a iniciativa de Alfredo Gavín, un excelente poeta de Tarragona, y ya viejo amigo, que hace dos años tuvo la idea de componer un libro colectivo en el que participáramos, además de él, cuatro autores de su confianza: Ramón García Mateos, Juan López-Carrillo, Vicente Llorente y yo. Su intención era escribir algo en lo que todo se pudiera decir, y todo se dijera: un libro abofeteador, bilioso, maleducado, un libro que no tuviese miedo a ser rechazado, a ser repulsivo, un libro radicalmente libre; y así se tituló, Libro libre. Apareció en la colección "Los soles cuadrados", de Arola Editors, en junio de 2013. Libro libre, y también Dices, era, es, el fruto de la exasperación, del hartazgo por la imbecilidad y la miseria moral de nuestro tiempo. Constituye un grito -aunque un grito elaborado, en algunos casos escandido- contra la rapiña de las almas y la devastación de las mentes, y solo aspira a sacudir, a golpear, si es que la poesía conserva todavía alguna capacidad para desbarajustar el espíritu de los hombres. Dices es mi forma de practicar la poesía social, aunque toda poesía, incluso la más reflexiva, la más intimista, es social. Lo es en la medida en que denuncia, o pretende denunciar, sin elaboración, mediante su exposición directa, la victoria del prejuicio sobre el pensamiento, del lugar común sobre el lugar individual, de la ceguera sobre la luz. Pero se trata de una transcripción directa de la burricie -y de lo que es mucho más grave: de la violencia- de obispos, políticos, militares y periodistas, que quiere convivir con mi propia idiotez. Porque también los que nos sentimos ofendidos por la grosería de estos sujetos, que no son sino exudaciones de nuestra grosera sociedad, somos idiotas, y quizá más que ellos. Idiotas por no darnos cuenta de hasta qué punto estamos infectados por la basura de su sinrazón; idiotas por ser débiles, codiciosos, vanidosos, egoístas, perversos, cobardes; idiotas por escribir poemas en lugar de tomar las armas; idiotas por seguir albergando esperanzas, cuando la única esperanza es que todo acabe pronto y no nos haga sufrir demasiado. No obstante, frente a tanta idiotez, la de los demás y la nuestra, se alza un acto posible, una última posibilidad de redención: la del verbo que la reconozca, veraz, genuino, limpísimo, aunque solo enuncie suciedades; la del lenguaje que se atreva a decirse sin recovecos ni dobleces; la de la palabra cuya desnudez, cuya indefensión, evidencie la falsía de esas otras palabras que, cada día, como nubes de dípteros o emanaciones de gas, nos sobrevuelan y nos aturden, para que obedezcamos, para que sigamos en el barro, rodeados de electrodomésticos y benzodiacepinas. Burlarse de los demás es fácil; burlarse de uno mismo cuesta algo más. Yo he querido hacerlo en Dices, porque, si no nos hundimos en nuestro mundo, si no participamos de sus miserias y sus sombras, no las venceremos nunca. Aunque sea en el instante ilusorio, pero eterno, del poema.

Posdata: La sonrisa que ilustra la cubierta de Dices es la del expresidente Aznar, tan franca, tan alegre. Ah, cuánto lo añoramos.

domingo, 6 de julio de 2014

Un trayecto penoso

Para ir a casa de mi madre, he de coger los ferrocarriles de la Generalitat y luego el metro. No hay día en que, en los primeros, no haya uno o varios mendigos implorando nuestra caridad. Siempre ha habido mendigos, claro, pero, de un tiempo a esta parte, se han convertido en un elemento fijo del paisaje, en unos viajeros más. Algunos intentan dar a su presencia una pátina de actividad o intercambio mercantil, y dejan en los pretiles de las ventanillas un paquete de pañuelos de papel o una baratija -el otro día, uno ofrecía pulseritas con la bandera de España-, junto con un mensaje en el que exponen su situación y solicitan la voluntad. Otros solo piden. Hay uno, creo que rumano, que lo hace con un desgarro sobrecogedor. La primera vez que lo oyes, crees que está al borde del suicidio: las inflexiones de su ruego son las de las plañideras de la tragedia griega; chilla con el tono tajante pero quebradizo del que está a punto de romper a llorar; sus concordancias apenas existen, lo que añade a la desesperación del planto el vejamen del extranjero en tierra extraña; y nunca deja de insistir en los elementos afectivos del mensaje: "muchas gradsias", por ejemplo, o "senior, seniora", que repite a cada frase, con tal obsesión que, de su melopea desgarrada, uno solo acaba oyendo el "senior, seniora". Recorre el vagón de cabo a rabo, aullando la súplica, y, si se para a tu lado, parece como si buscara consuelo en ti, como si te interpelara directamente, alguien a cuya madre la hubiesen echado a una pira, a cuya mujer, violado hombres y perros, y a cuyo hijo, arrancado la cabeza y orinado después en ella. Te remueves con incomodidad en el asiento y finges hacer lo que estés haciendo con abstracción absoluta: si lees, como yo siempre hago, te aferras a la lectura sin mover una pestaña, como si el texto te absorbiera con una fuerza irresistible. Pero la segunda, la tercera o la cuarta vez que coincides con él y escuchas el mismo alegato, proferido con idéntica exasperación, entiendes que no responde a un dolor verdadero, sino que es solo una actuación, soberbia, pero una actuación. El hombre la repite en cada vagón de cada tren, todos los días, como un productor industrial. Y lo pasmoso es que sea capaz de hacerlo con esa voz terrible, angustiada, con esa, en apariencia, genuina desesperación. Ayer, justamente, acabó su recorrido al lado de mi asiento, en un extremo del vagón, un poco antes de llegar a la siguiente estación: le había sobrado algo de tiempo. Me fijé en él: era gordo y simiesco, de rasgos oscurísimos. Nos miraba a todos con la expresión del jornalero cansado, sin asomo ninguno de lágrimas, y con una uña negra se hurgaba en los dientes desguazados. Cuando se abrieron las puertas, salió sin prisa y reanudó su perorata en el vagón de al lado. A la entrada de la parada del metro de Plaza de Cataluña, solía colocarse también otro mendigo, al que veía casi todos los días cuando trabajaba aquí. Este era también muy insistente, aunque con un mensaje mucho menos elaborado: "Una moneda, por favor, una moneda". Lo repetía todo el día, todos los días. Y, sobre todo, lo hacía sin el desgarro estremecedor del rumano ferroviario. Había algo de burocrático en aquel pordiosero: iba en silla de ruedas, y su acento permitía intuir alguna deficiencia mental. Se apostaba en la sala hipóstila de la estación y soltaba su melopea numismática, pero, cuando llegaba el mediodía, interrumpía la prédica, se calaba unas gafas, que le daban una aire levemente intelectual, sacaba una tartera de los bajos de la silla y se ponía a comer. Al acabar, recogía con cuidado los trastos y seguía pidiendo. Era un oficinista de la indigencia. Hoy no está; de hecho, llevo días sin verlo. En su lugar reparo en un repartidor de folletos cristianos. Es otro que pide, a su modo. Joven, alto, delgado, luce en todo momento una sonrisa beatífica. Está iluminado por Dios, confortado por su misericordia, y eso le permite mantener la alegría aun cuando casi todos los que pasan desdeñen su ofrecimiento. Hay que ser muy idiota para encerrarse en una convicción absoluta que reduce el mundo a la persecución del semejante para que la comparta. Yo tampoco me paro, desde luego, pero estoy tentado de decírselo: "Dios no existe: es solo la creación de las mentes necesitadas como la tuya. El que se traga estas paparruchas, mitos caligrafiados por pastores palestinos hace 2.000 años, tendría que ir al médico". Aunque estoy seguro de que solo sonreiría ante mi desplante y sentiría piedad por mí, pobre oveja descarriada y sin el consuelo del Señor. Cojo, por fin, el metro, y me paro, sin advertirlo, delante de otra perturbada. Cuando entro, no dice nada, pero, en cuanto el convoy se pone en marcha, empieza a hablar, muy alto. Es una mujer mayor, también rumana, me parece, que guarda una enorme bolsa blanca entre las piernas. Tiene el pelo blanco, la piel morena y la nariz afilada. Su discurso es incoherente, pero su incoherencia resulta creativa. La mujer practica el automatismo psíquico, y su castellano titubeante contribuye eficazmente al delirio. El objeto de sus quejas tiene que ver, vagamente, con medicinas y médicos: "Yo quiero ir vida pero ellos no dar arriba muerte solo vida yo en casa siempre sombra cuando hablo ellos escuchan casi siempre yo hablar la verdad pero qué hago que no están que no muero en casa en escuchar hacer no es por qué por qué médico viene y estoy abajo y siempre arriba cuando yo puede ellos no saben saber es suyo pero yo ayuda con vida con muerte...". Mientras barrunta sus surrealidades muy reales, miro a los demás viajeros. Todos hacen como si no pasara nada; de hecho, no pasa nada: es solo una demente que despotrica. Pero sí pasa: una loca nos enfrenta a su locura, a nuestra locura cotidiana, en lo más abyecto de la rutina. Algunos siguen enfrascados en el móvil; otros -muchos menos-, en un libro o un periódico; otros más aparentan escuchar música; hay, en fin, quienes no hacen nada, y se limitan a mirar, con ojos perdidos, un punto indeterminado del espacio. El discurso de la anciana reverbera en todo el vagón y se mezcla con el estruendo de sus motores, con lo subterráneo del mundo. Cuando me bajo en Rocafort, siento un extraño alivio. Aunque haya de atender a mi madre, que, veinticuatro días después de la operación, sigue sin poderse mover apenas.

sábado, 5 de julio de 2014

El Tour

Hoy empieza el Tour. Lo hace desde Leeds, en el interior de Inglaterra, que es como si los Sanfermines empezaran en Varsovia. Yo lo he visto pasar dos veces en mi vida. La primera, en 1978, en Francia. Estaba pasando yo un verano con mis parientes franceses -exiliados de la Guerra Civil que se habían establecido en la región de los Pirineos-, y mis tíos decidieron, un domingo, ir a ver la serpiente multicolor. Recuerdo una campiña muy verde y unas montañas muy altas. Nosotros nos situamos al pie de una de ellas, el col d'Aspin, uno de los picos clásicos del Tour en los Pirineos. Había gente a nuestro alrededor, aunque no multitudes, sino más bien familias con las fiambreras en la hierba, gente sentada en el maletero del coche, algunas tiendas de campaña en cuyo ápice ondeaba una banderita tricolor. Fue una visión fugaz: de repente, apareció un montón de ciclistas y, tan de repente como había aparecido, desapareció. El paso del pelotón apenas duró unos segundos. No había escapados, ni rezagados: aquello era un tráiler muy largo, pero compacto. Entre quienes lo integraban, recuerdo haber distinguido a algunos corredores españoles, que entonces militaban en el equipo KAS: Paco Galdós, por ejemplo, un fino esforzado de la ruta que obtuvo algunas victorias parciales y buenas posiciones en la general (el año anterior había sido cuarto en el Tour, y en 1978 sería séptimo), pero que nunca logró un gran triunfo. Aquellos, los setenta, fueron años difíciles para el ciclismo español: muy lejos quedaban ya las gestas de Federico Martín Bahamontes -aquel toledano que, al coronar destacado la espeluznante cima del col de la Romeyère, se paró a tomarse un helado; el primer español en ganar un Tour, el de 1959-, y Luis Ocaña, tras su triunfo en 1973, ya no daba más de sí, y su representación había quedado en manos de -mejor, en las piernas de- gente como Galdós o José Manuel Fuente, El Tarangu, un asturiano regordete que ganó en dos ocasiones la Vuelta a España. La segunda vez que fui espectador del Tour fue en 2009, cuando una de las etapas pasó por Sant Cugat, algo casi tan inverosímil como que este año salga de Leeds. Esta vez, el pelotón iba fragmentado en la cabeza, pero no parecía estar librando una gran batalla. Aunque llovía, la curiosidad era grande. Recuerdo que salí porque tenía que hacer una gestión en el banco, pero me encontré las calles cortadas, la circulación revuelta, policías de tráfico con casco que manoteaban en medio de la calzada, gente por todas partes. Alberto Contador ganaría la carrera, aunque hoy en día, para saber si realmente has ganado una carrera, hay que dejar pasar unos cuantos años: si no te pillan por dopaje y te desposeen del triunfo, puedes considerarlo definitivamente tuyo. Pero mis primeras excitaciones ciclistas no tienen que ver con esos años de 1978 y 2009. Aunque recuerdo vagamente -yo tenía 9 años- el batacazo que se dio Ocaña en el col de Menté, cuando le sacaba casi ocho minutos a Eddy Merckx, y su triunfo dos veranos más tarde, mi pasión por el ciclismo empieza, realmente, en 1983, cuando Ángel Arroyo y un jovencísimo Pedro Delgado descubrieron -y nos hicieron descubrir a todos- que, en cuanto la carretera se empinaba, ellos iban más deprisa que nadie. Yo estaba pasando las vacaciones en Galicia, con una novia que tuve de Santiago de Compostela. Recorríamos los campos y las playas gallegas, dedicados a esas cosas tan naturales a las que se dedican los novios de veinte años, pero yo no olvidaba leer el periódico todos los días, para, entre otras cosas, seguir las hazañas de los dos escaladores españoles, que estimulaban las mías, muchos más modestas, pero también mucho más placenteras. Luego, durante bastante tiempo, fui un fan de la grand boucle: asistí al memorable triunfo de Perico en el tour del 88 (y a su no menos memorable pájara en la salida de la contrarreloj del 89: ¿cómo puede un ciclista profesional, líder de la carrera, llegar tarde a la salida de una contrarreloj?) y al quinquenio glorioso de Induráin, aquel diésel unicejo, aquel armario en velocípedo al que no le echaba el lazo ni el rey del rodeo. Lo asombroso del navarro es que su corpulencia no le impedía desempeñarse muy bien en la montaña. Pese a desplazar un quintal de músculos y varias arrobas de huesos, Miguelón fue capaz de responder, por ejemplo, a los memorables ataques de Ugrúmov en el Mortirolo en el Giro del 93: Ugrúmov era un letón, teniente del ejército soviético, que esprintaba en las subidas: cuanto más pronunciadas, más esprintaba. Todos estos años, me tumbaba en el sofá de casa y me dejaba mecer por las imágenes de televisión: el contraste entre el esfuerzo de aquellos esqueletos humanos, que pedaleaban como si los persiguiera Lucifer, y mi propio descanso domiciliario hacía que el sueño, al que inevitablemente me rendía, fuese mucho más placentero. Solía luego despertarme con las fanfarrias de la llegada y los gritos por los altavoces de la etapa de los ganadores y de las clasificaciones. Entonces comprobaba que, como siempre, Induráin iba primero, y ya podía dedicarme a mis asuntos. Ah, qué saludable es el ciclismo; cuánto ayuda a mantenerse en forma. Con el tiempo, sin embargo, mi afición por las grandes carreras ciclistas, como por casi todas las modalidades deportivas, fue decayendo. Contribuyó a ello la generalización del dopaje, que hacía que vieras a los corredores de otro modo: el lugar de héroes en lucha sin cuartel con las alturas, como hoplitas en la batalla de Gaugamela o mirmidones contra las murallas de Troya, ahora eran yonquis de diseño, en cuyo interior funcionaba un motor anabolizante. Supimos que, durante algunos años, en las neveras portátiles que llevaban los equipos de los corredores no había agua, ni bebidas energéticas, ni mucho menos aquellos helados con los que se deleitaba Bahamontes, sino bolsas de sangre y chutes de hormonas peptídicas, y que el orgulloso vencedor de siete Tours era solo un tejano toxicómano y mentiroso. Hasta Contador, el nuevo líder, el que iba a prolongar la epopeya de Delgado e Induráin, se metía, aunque luego, cuando lo trincaron, dijera que solo se metía solomillos. Sigo recordando con placer, y con añoranza, aquellos tours peleados, sobrecogedores, asfixiantes de polvo, sudor y hasta muerte, pero ya no me arrullan hasta dormirme. Hoy prefiero adoptar un papel más aséptico y, a la vez, más activo: me monto yo mismo en la bici y pedaleo con una furia que ya quisieran para sí Schleck o Froome, aunque no me mueva ni un centímetro de donde estoy. Es la magia del spinning: que uno puede coronar cada tarde el Tourmalet a doscientos metros de su casa, y sin perecer en el intento.

viernes, 4 de julio de 2014

Humanismo solidario

Remedios Sánchez, profesora de la Universidad de Granada, me ha invitado a sumarme al manifiesto del Humanismo Solidario, cuya causa promueven ella y mi viejo amigo Paco Morales Lomas, y a la que se han adherido ya una larga lista de escritores e intelectuales. Yo soy poco de manifiestos y causas colectivas, aunque suscriba sus razones. De hecho, el último pronunciamiento multitudinario que firmé fue la "Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia poéticas", de 2011, una respuesta al deleznable prólogo ("En defensa de la poesía") de una antología no menos deleznable, Poesía ante la incertidumbre. Pero el manifiesto del Humanismo Solidario, además de la simpatía que me inspiran sus promotores, defiende algunas de las ideas en las que he creído siempre, y lo hace con laconismo y entereza, dos virtudes de mucha ayuda en estas lides dialécticas. Si nuestro mundo necesita un rearme moral -pero muy distinto del que preconizan las religiones y otros agentes de la reacción: uno que promueva la causa de un ser humano disconforme, que acepte la incertidumbre, que entienda que lo mudable es su esencia-, propuestas como las de este Humanismo Solidario contribuyen a articularlo. Lo transcribo aquí, para general conocimiento, y por si alguien más se anima a apoyarlo. Se encuentra, junto con todos los datos de la iniciativa, en este enlace: www.humanismosolidario.com.

La literatura y el arte son las formas que, con mayor lucidez, recogen el intento de explicación de lo que es el misterio de la existencia y en qué consiste el azar de ser hombres. Y porque creemos en este principio, sabemos que la creatividad ha de dar respuestas que supongan el reavivamiento de la ética y los valores sociales conculcados. No pretendemos erigirnos en defensores de ninguna causa que no sea la del hombre y sus derechos, desde la reflexión, la creación, el eclecticismo y la libertad.

La vocación del Humanismo Solidario es integradora. Nos interesa solo el escritor que erige una mirada universalista, porque este espíritu conciliador y armónico es el eje medular que impulsa nuestra acción transformadora. No podemos engolfarnos solitarios, sin rumbo, como buques perdidos, esperando que las necias olas nos desguacen. Estas son aguas que a todos nos dan vida; por ello reclamamos la universalidad del compromiso; el sentimiento unánime de que ningún hombre es mejor que otro hombre por pensar de manera distinta, o ser distinto en género, raza, condición, convicción o creencia.

Humanismo solidario hunde sus raíces en la igualdad, la solidaridad y la fraternidad entre los pueblos; en el contexto de un marco social y democrático que garantice los derechos y obligaciones del individuo con la sociedad, y de la sociedad con los individuos, recabando un horizonte en que la nacionalidad o cualquier identidad ingénita no aporta ni merma atributos, sino que es un mero accidente del ser. El concepto de la vida como bien supremo no es discutible; y nadie, por mucho poder que atesore temporalmente, puede arrogarse prerrogativa alguna que induzca a la humillación del individuo ni a la exclusión social de las colectividades. Y tampoco es discutible, o no debiera serlo, la exigencia de responder con la efectividad de la verdad a toda oferta teórica. La farragosa divergencia entre lo prometido y lo cumplido desvirtúa la eficacia de la palabra y vuelve inane su autoridad para debatir los grandes temas económicos, sociales y políticos. ¡Y qué ligeramente hablamos de la ficción de la literatura!

Desde el corazón de la Poética, entendida en su acepción helénica como relación inequívoca entre lenguaje y pensamiento, los componentes de Humanismo solidario propugnamos el siguiente

MANIFIESTO

1.- Reconocemos al ser humano como sujeto válido de aprendizaje en sociedad, y la utopía como espacio y alternativa del conocimiento. Aspiramos a la construcción de una subjetividad encaminada a la reconquista del ser, en donde sea universal el verbo que conjugue el “yo” por el “nosotros”. Nada es el ser sin el aliento del resto de los seres. Humanismo solidario reivindica, frente a todo dogmatismo, segmentación, xenofobia o manifestación excluyente, el compromiso de la unidad sin exenciones, porque sin el respeto a la otredad la personalidad queda inconclusa. La diversidad del ser desautoriza la creencia en valores absolutos que, por arbitrarios o imperiosos, derivan en excluyentes.

2.- El ser es realmente acreedor de derechos si vive integrado en una sociedad que los legitime. La solidaridad implica el reconocimiento de que el ser humano no vive aislado, sino que forma parte de una comunidad activa que piensa y actúa, donde la libertad solo puede ejercerse en un contexto social y democrático de derechos. Se es libre cuando lo son los demás, por lo que reclamamos, con la razón de la palabra, el legítimo bien de los derechos inalienables, sea cual fuere la condición, procedencia, género, sentir o religión de la persona, desde una concepción estética que asume la recuperación del significado más profundo del vocablo fraternidad, con la poderosa convicción de que la nacionalidad o la “dependencia” a un territorio ni suma ni merma derechos al ser.

3.- Abogamos por el comportamiento ético como sustrato esencial de toda comunicación. Solo desde este postulado será posible el avance de una nueva educación de la subjetividad; de una nueva educación sentimental que adquiera las condiciones para encontrar una voz firme entre los signos vacuos de la modernidad, y redescubra las señales vulneradas de nuestra tradición posromántica que es necesario reescribir. Hablar de neorromanticismo cívico significa dar una respuesta ética y estética a la equívoca situación de las sociedades contemporáneas y sus contradicciones. Recuperar de la historia las corrientes de pensamiento que aúnan lo individual y lo colectivo en un mismo sentimiento puede llegar a ser una de las grandes conquistas del ser humano de nuestro tiempo.

4.- Los integrantes de esta corriente que proclamamos como Humanismo Solidario necesitamos conocer la realidad para poder transformarla. El “hombre” no puede progresar sin el acceso gratuito a la formación y la cultura. La educación y el conocimiento son elementos básicos y universales que coadyuvan a la obtención de la independencia individual y colectiva y al progreso de la humanidad, por lo que reclamamos a nuestros representantes cuantas actuaciones sean necesarias para convertir la cultura en testigo de la historia y no tratarla como mero valor residual. En tal sentido reivindicamos que la cultura y la educación formen parte de las prioridades del Estado para que, desde lo público, se garantice el derecho a la formación y la información.

5.- El creador ha sido históricamente un referente social. Eclipsarlo supone fracturar el tejido vertebrador de las sociedades e interceptar el progreso. No olvidemos que todo creador, utilizando la forma de expresión que le ha sido conferida (científica, plástica o literaria), se compromete a valerse de la “palabra” para explicar el mundo. DesdeHumanismo Solidario reivindicamos el compromiso del creador con la sociedad y con la historia, que viene a sercompromiso con la palabra y con la vida, desde la resistencia y la vinculación, como actos de responsabilidad por el “otro”, aceptando que ética y estética conforman la cara y la cruz de una misma moneda. El arte exige una irrecusable toma de conciencia que propone como afán de su creación y pensamiento al ser humano.

6.- En esta coyuntura de crisis de valores, de expansión del individualismo más atroz y la cultura anclada sin salida, la literatura y el arte, con sensibilidad y perspectiva, han de ser los resortes propicios para atajar los graves problemas. Humanismo Solidario se enfrenta a este compromiso, no desde postulados ideológicos ni mecanismos de discernimiento, sino con actitudes muy concretas que inciden directamente en la realidad social e inmediata, con interpretaciones éticas y universales; validadas únicamente por la verdad, la bondad y la belleza de un discurso renovador y esperanzado, veraz y no discriminatorio. Buscamos la literatura más humana, la que hunde sus raíces en la verdad del hombre, la que apuesta por un lenguaje performativo que exige conocimiento, pasión, libertad y sentido. Literatura de creación tallada sobre razones estéticas nunca enfrentadas a la sensibilidad.

7.- Humanismo Solidario es una corriente crítica e intelectual de personas libres que, desde la heterodoxia estética, asumen el uso de la palabra como obligación social bajo los irrenunciables principios del compromiso y el comportamiento ético, sin estar sometidos a sectarismo, partido o creencia alguna. Ajenos a toda ideología dominante, propugnamos el destierro del pensamiento único en cualquiera de sus manifestaciones, fundamentando los principios rectores de sus obras –individuales y colectivas– sobre los términos morales que emanan de la idea irrenunciable de lafraternidad universal.

jueves, 3 de julio de 2014

En El Velódromo con Sergio Gaspar

Voy caminando a El Velódromo desde casa de mi madre. En el café -uno de los pocos de antes de la guerra que han sobrevivido al siglo pasado, aunque con altibajos: hace unos años estuvo, como el Zúrich, a punto de desaparecer, pero se restauró, con ayudas públicas, y sigue funcionando- he quedado con Sergio, al que hace tiempo que no veo. En el camino echo un vistazo a uno de esos jardines urbanos que el ayuntamiento está construyendo en el interior de algunas manzanas de casas: recupera, así, en parte, la intención de Ildefons Cerdà, aquel arquitecto que quiso reproducir la grandeza y la geometría de París en un nuevo barrio de Barcelona, el Ensanche, diseñando bloques de edificios en cuyo interior hubiese jardines, y también calles con ellos: el recorte que suponen los chaflanes estaba pensado para ganar espacio, y para que luciera un rombo verde en su centro. El crecimiento, es más, el amontonamiento de la población y del tráfico frustraron sus planes, y esos lugares destinados al esparcimiento fueron ocupados por los propietarios de los pisos, y por los coches. Estos que visito hoy están dedicados a la poeta Maria-Mercè Marçal. Tengo curiosidad por saber si el ayuntamiento ha incluido algún verso en la obra. Tendría gracia que no lo hubiese hecho. Pero sí lo hay, aunque minúsculo: en una especie de lápida metálica, ha incluido dos breves poemas de la Marçal, ambos con el mismo título, "Divisa" (A l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,/ de classe baixa i nació oprimida.// I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel: "Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,/ de clase baja y nación oprimida.// Y el turbio azur de ser tres veces rebelde"; i Emmarco amb quatre fustes/ un pany de cel i el penjo a la paret.// Jo tinc un nom/ i amb guix l'escric a sota: "Enmarco con cuatro maderas/ un lienzo de cielo y lo cuelgo en la pared.// Tengo un nombre/ y con tiza lo escribo debajo"). Pero aquí no acaban las referencias literarias. Más allá, en un rincón del parquecito, se alza un muro del antiguo edificio de la editorial Ramón Sopena, con azulejos multicolores y efigies, bastante descascarilladas, de próceres de las letras españolas, entre los que reconozco a Cervantes y a Lope de Vega. Vuelvo a la calle y observo que el exotismo continúa: al lado de la entrada de los jardines está el bar Transilvania, con un enorme escudo de esa región rumana en el escaparate. El interior es razonablemente sombrío: se comprende. Llego, por fin, a El Velódromo, en la calle Muntaner, muy cerca del cual una placa esquinera recuerda que allí vivió Rómulo Gallegos, presidente de Venezuela y autor de Doña Bárbara (uno de esos títulos cuya lectura tengo que agradecerle a Luis Izquierdo, profesor mío de literatura hispanoamericana en la facultad de Filología: sin su amable presión, y la de tantos otros maestros, un título tan relevante como este seguiría siendo desconocido para mí). En El Velódromo tuvimos un grupo de amigos hace años, cuando empezaba a darme a esto de la poesía, una tertulia literaria. Nos reuníamos por las tardes y charlábamos de versos y de libros. Entre los asistentes más o menos constantes estábamos Norberto, novelista argentino; Ubaldo, narrador cubano; José Agudo, poeta; Luis Fernández Zaurín, periodista y poeta, y yo mismo. A este núcleo duro de la tertulia se sumaban, ocasionalmente, otros letraheridos: Joan de la Vega, que se quedó espantado de la violencia dialéctica que presidía nuestros intercambios; Rodolfo del Hoyo, a quien tampoco complacía demasiado nuestra vehemencia; Christian Tubau, entonces un joven estudiante de filosofía; y una chica, de cuyo nombre no me acuerdo, que un día decidió dejarnos, porque nos había pasado algunos poemas suyos para que los valoráramos y no le había gustado nuestra valoración: creía que la habíamos destrozado, solo por ser mujer. Pero no: la habíamos destrozado porque era malísima. La tertulia duró algún tiempo, pero yo también acabé abandonándola: descubrí que dedicar dos o tres horas a hablar de literatura no hacía que escribiese mejor, y que, además, me alteraba bastante el ánimo. El Velódromo, tras su reconstrucción hace cuatro o cinco años, ha cambiado mucho. En la época de nuestras tertulias, era un lugar mugriento, en los tableros de cuyas mesas no podías apoyar los dedos, porque se quedaban pegados. Las paredes era mejor ni rozarlas, porque uno nunca sabía qué le podían contagiar. En la parte de atrás, bajo una luz enflaquecida, había dos mesas de billar en las que solían desenvolverse tipos descamisados o patibularios: gente, en cualquier caso, con la que a uno no le gustaría que saliese su hermana. El entrechochar de las bolas acompañaba el entrechocar de nuestras discusiones. Aunque lo mejor del local eran sus camareros, extraídos de las tabernas cimerias de Conan el Bárbaro: individuos con camisa blanca y lacito negro, pero capaces de escupir en el ajenjo que les habías pedido si no les había gustado cómo se lo habías pedido, o de traerte un trozo de pan con carbón si se te ocurría decir que querías el beicon bien hecho. Para mí que eran todavía los camareros de antes de la guerra, o sus reencarnaciones. Ahora atienden las mesas jóvenes muy guapos y sonrientes, todos discretamente uniformados, que hablan un catalán impoluto (y, seguramente, también inglés), que toman nota de las comandas en una libreta electrónica, y que pasan varias veces por la mesa para cerciorarse de que no deseamos nada más. También los precios han variado: antes el ajenjo con gargajo o el bocata de tizón costaban cuatro chavos; hoy, un café y un agua con gas importan 5,10 euros. (Al ir al servicio, que sigue estando en un piso inferior, me fijo en que una de las paredes del local es la original del bar antiguo: está despintada e indescriptiblemente sucia; la habrán conservado, me digo, igual que se conservan los lienzos de muralla antiguos que se descubren en las excavaciones de la ciudad: como homenaje al pasado y vínculo emocional). Yo llego con mucha antelación a la hora prevista: resuelvo el sudoku y el crucigrama, hojeo La Vanguardia -que, como en los buenos cafés antiguos, es gratis para los parroquianos- y todavía me da tiempo para leer un rato La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, un simpático compendio de alegatos en favor de la literatura y los saberes humanísticos. Leer algo así hoy día refresca, y también da argumentos. Sergio llega con puntualidad británica. Creo que nunca nadie ha sido tan puntual: cuando el segundero marca las doce del trigésimo minuto de las cinco de la tarde, aparece por la puerta. Me trae un ejemplar de La pasión de escribil para que se lo firme, y una consulta jurídica, que tiene que ver con el fascinante mundo de los recursos administrativos, y que le respondo lo mejor que sé. Hoy no hablamos apenas de literatura, ni del mundo editorial, ni siquiera de su primera novela, que aparecerá este otoño en un buen sello de Barcelona, sino de asuntos cotidianos y, sobre todo, de impuestos: se nota que ambos acabamos de presentar la declaración de la Renta. Le cuento que la presión fiscal en Gran Bretaña es aterradora, y que, respecto a determinados ingresos, tiene, a mi juicio, carácter confiscatorio. Él no está menos quejoso de la hacienda española y, sobre todo, del hecho de que el fisco exija el ingreso de dineros no cobrados todavía, o desatienda circunstancias del tráfico mercantil que perjudican gravemente a los ciudadanos. También charlamos de traumatólogos y psiquiatras. ¿Por qué estaremos tan zumbados los que nos dedicamos a la literatura? Hay estudios que demuestran que la incidencia de enfermedades mentales es mucho mayor entre literatos y artistas que entre cualesquiera otras ocupaciones, y basta repasar las biografías de los autores más destacados de los dos últimos siglos para comprobar que un buen número de ellos, si no la mayoría, fueron víctimas de depresiones o padecieron algún tipo de desorden mental. Lo que más me perturba es: ¿estamos chiflados porque nos dedicamos a la literatura, o nos dedicamos a la literatura porque estamos chiflados? Hablar de todo esto, paradójicamente, me tranquiliza. La experiencia de DVD Ediciones ya ha quedado atrás, y las preocupaciones que supuso en los últimos años han desaparecido. Sergio también está tranquilo: se expresa con mesura y hace autocrítica. Su sonrisa tarda en aflorar, pero, cuando lo hace, lo hace con decisión; y es contagiosa. 

miércoles, 2 de julio de 2014

El gato

Gata, en realidad. Se llama Miel. Es un nombre un poco cursi, pero es el que le dieron en el refugio en el que estaba acogida. Es una gata europea, de un gris atigrado en el lomo y blanca en el vientre, que es un poco pendulón, como si hubiera parido y aún tuviese los tejidos dilatados. Pero no ha parido ni podrá hacerlo nunca: está esterilizada, por suerte. Recuerdo, en Azanuy, aquellas camadas ingentes que parían las gatas de los vecinos, y de los que estos no encontraban mejor forma de deshacerse que tirarlos al río. Y no lo hacían desde la orilla, con fúnebre discreción, sino desde el puentecillo que había a la salida del pueblo, para que el ahogamiento fuese también un espectáculo, una ordalía gatuna. Al agua caían los cachorros, que, sin pelo, parecían renacuajos grandes, pero, a diferencia de estos, no nadaban: se hundían como castañas en las profundidades negras del Sosa. Miel es bastante miedosa. Le cuesta coger confianza. En sus primeros días en casa, buscaba siempre el refugio de una sábana, de una colcha, bajo la que esconderse. Uno veía un bulto, levantaba la ropa y allí estaba el minino, recogido con un caracol: sus ojos verdes fosforescían. Con los gatos uno comprende muy bien el mecanismo defensivo de las pupilas: durante el día, a plena luz, se les encogen, hasta dibujar una brevísima raya en el centro del ojo, como unos signos de abertura y de cierre de un paréntesis muy juntos, abrazados. De noche, esas líneas se abren, se dilatan, hasta que la negrura que contienen inunda todo el globo ocular. Lo que por la mañana es un hilo, por la noche es una pelota de obsidiana. Su carácter huidizo nos hizo también temer que se escapara. De hecho, una vez lo hizo, aunque no llegó a la calle: encontró la puerta de la terraza abierta, salió y, por un pasadizo que la conecta con la de nuestros vecinos, pasó a la casa de al lado. Allí la divisé, desde nuestro balcón, junto a su bandera independentista. Parecía muy cómoda junto a la estelada, pero yo estaba nervioso. La llamé varias veces, aunque no sé para qué lo hacía, porque los gatos no atienden a las llamadas: ellos van siempre a donde les da la gana. Nos estuvimos mirando, como dos pistoleros a veinte pasos de distancia, a la espera de que alguno desenfundara. Los grillos chirriaban; la luna lucía. Por fin, y de repente, Miel vino corriendo, pero no se detuvo a mis pies, sino que se metió a toda velocidad en casa. Para evitar estas excursiones que podrían acabar en la muerte del animal (Miel ha nacido y crecido en cautividad: no sabe cazar, y, si se fuera, se moriría de hambre), cerrábamos todas las puertas y ventanas de la casa. Pero llegó el verano, y la casa, sin ventilación, era un horno: tener un gato nos iba a asfixiar. Ahora hemos descubierto la manera de abrir las ventanas sin que el minino se marche: interponiendo obstáculos -persianas, mallas-, que la gata nunca intenta salvar. El peligro, pues, parece haberse conjurado, aunque hay que seguir vigilante. En los movimientos de Miel hay un vestigio del deambular del depredador por su territorio de caza. Pero solo un vestigio. La gata se adentra en los armarios (y hay que tener cuidado con no cerrarlos inadvertidamente, para que no quede lapidada como en un cuento de Poe); olisquea en los estantes; salta a las mesas, otea el horizonte doméstico y luego vuelve al suelo; se enreda en las piernas de unos y otros como si fueran raíces de un baobab. Y todo lo hace con una pulcritud extraordinaria: aunque salte a una mesa llena de cachivaches, no tocará nada, salvo la superficie por la que camina. Ayer brincó a donde yo estaba trabajando, y se paseó por entre los libros de Whitman, la botella de cerveza, el teclado del ordenador, los lápices, el mando del aire acondicionado y la fotografía enmarcada de Mónica Bellucci, sin rozar la nada, como una serpiente vertical. Los felinos son animales curiosos, aunque con poca memoria: cada día examina los mismos lugares, los mismos rincones, con un interés que no parece decrecer. Cuando no está patrullando, está tumbada: a veces de costado, a veces sobre las cuatro patas. Se la puede encontrar así en cualquier parte: en el reposabrazos de un sillón; en el asiento de ese mismo sillón; en la cisterna del váter; en la mesa de la cocina. Te mira, con una impasibilidad infinita, y uno se pregunta: ¿en qué estará pensando? En esas muchísimas horas -casi todas- en que un gato doméstico no hace nada, salvo contemplar filosóficamente el mundo, ¿qué ocupa su mente? ¿Y qué diversión encuentra? Miel no parece entusiasmada por entretenerse: de vez en cuando afila las uñas en el rascador (y, ay, en el sillón); en otras ocasiones se dedica, con mucha aplicación, pero infructuosamente, a perseguir a una mosca que ha entrado en casa y que se empeña en posarse en su hocico: la gata la examina con la misma fijeza con que nosotros escrutaríamos a un homúnculo, y luego le lanza zarpazos, e incluso bocados, que son como arabescos en el aire, cenefas inútiles. Pero, aparte de estas raras actividades lúdicas o cinegéticas, no reclama juegos, no se procura ocupaciones. Y no parece infeliz. Quizá deberíamos seguir más su ejemplo, y no esperar tanto de la vida: solo una molicie constante, próxima, acaso, al nirvana. Pero Miel sí busca algo con frecuencia: la caricia. Ha desarrollado la costumbre de brincar al sofá del comedor cuando nos sentamos a ver la televisión, para que la acariciemos. Ahí arquea el lomo, yergue la cola como un lemur (y la menea: no solo los perros mueven el rabo, aunque el movimiento de los felinos no es desenfrenado, como el de estos, sino sinuoso, aristocrático) y se deja tocar, es más, exige que la sobes. A mí suele aposentárseme en el regazo, y yo consiento en satisfacerla. Hay que tener cuidado, claro, con la posición de las garras, porque se excita con el gustirrinín que le das y araña lo que tenga a mano, y nunca mejor dicho; y lo que tiene a mano, en esa posición, es tu tripa, o un testículo. Pero, salvada esa dificultad, le froto la cabeza, le rasco la nuca, le peino el lomo y, lo que más le gusta, le acaricio el cuello y la cara. El animal tira la cabeza para atrás, para que pueda hacerlo cabalmente, y, mientras lo hago, ronronea: suena como un motorcito. La cercanía de los gatos no produce ninguna repulsión: a diferencia de los perros, que pueden oler a mofeta, los gatos no huelen; tampoco babean, como los canes; sueltan pelo, sí, pero no más que estos. Los gatos comen siempre en el mismo lugar, y orinan y defecan también en el mismo lugar, que es otro distinto, y muy alejado, del primero; los perros regalan su abono donde les aprieta la necesidad y son capaces de tragar cualquier cosa en cualquier parte, con grande esparcimiento de migas, restos y saliva. Los gatos se duchan con lengüetazos delicados; los perros se limitan a olerse el culo y lamerse la vulva o el capullo, y con esa misma lengua te chupan después la boca. Los gatos, en fin, no roen cosas; los perros, sí: uno que tuvimos en casa, cuando Pablo se dedicaba a cuidarlos, se zampó Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez. Sin embargo, y pese a la facilidad con que se nos entrega en estas ocasiones, los gatos son difíciles de apresar: ellos hacen siempre su voluntad. Así como los perros se subordinan siempre a nuestros deseos, y son capaces de saltar a un precipicio si se lo ordenamos, los gatos hacen que nos subordinemos siempre a los suyos. Si Miel no quiere que toque ese lomo que otras veces me rinde con prodigalidad, no habrá forma humana de que lo toque. Lo cual, por otra parte, nos supone una batalla diaria, que en ocasiones alcanza dimensiones de enfrentamiento épico, de conflicto universal. Porque Miel tiene otitis: se la dieron así a Pablo. La encargada se limitó a decirle, sin darle mayor importancia, que había que ponerle unas gotas antibióticas cada doce horas, y lo despidió jovialmente. Pero, cuando fue a hacerlo en casa por primera vez, descubrió que, para ponérselas a la gata, había de contar con la colaboración de la gata, y que Miel no había descubierto, ni parecía proclive a descubrir, los beneficios de los antibióticos. Ahora somos necesarios los dos. Uno se acerca a ella intentando no levantar sospechas, cuando está dormitando en algún rincón, para atraparla antes de que se desencadene la tormenta, pero casi nunca consigue inmovilizarla: el animal, receloso del infrecuente abrazo, se escurre entre los dedos. Luego entramos en una inevitable espiral de violencia: Miel ya ha averiguado que no la queremos para regalarle zalemas, sino para algo muy desagradable, y pone su máximo empeño en no ser capturada. Y es muy difícil atrapar a un gato que no quiere ser atrapado: su cuerpo se convierte en un obús resbaladizo y, cuando es detenido, en una máquina de matar: ayer conseguí envolverla en la funda en la que se escondía, pero con eso solo logré enfurecerla, y esos miembros de andares tan elegantes, esa bola de pelo suave, esa conjunto de huesos y articulaciones amabilísimos, se transformó en un a trituradora de bufidos, zarpados y hasta mordiscos. Por fin, con mucha paciencia, conseguimos arrinconarla en un armario, y entonces Pablo, que se había puestos los guantes de esquiar y un jersei muy gordo, maniobrando con el tiento de un desactivador de explosivos, logró envolverla toda, menos la cabeza, en una toalla: si no puede mover las patas, queda inerme. La llevamos así, como un canelón, a la mesa del comedor, y le pusimos las gotas. O eso creemos, porque, a cada instilación, sacudía con violencia la cabeza, y el líquido se esparcía por todas partes. Pero repetimos la operación varias veces, y algo debe de haberle quedado. Su mirada, en el trance, era la de un león atrapado en una trampa para leones: el verde de sus ojos era fuego verde. Luego, cuando la soltamos, fue a ovillarse en un rincón, y allí permaneció, a oscuras, con las orejas gachas y pringosas, el resto de la tarde. Cuando nos acercábamos, ya no nos miraba como si fuera a comérsenos, sino con una expresión pocha, con la melancolía del torturado. ¿Cómo habéis podido hacerme esto?, parecía preguntarnos. Ahora ya se deja acariciar otra vez, pero dentro de unas horas habrá que repetir la operación. Yo ya estoy velando armas.

martes, 1 de julio de 2014

Con J. Jorge Sánchez

Hoy me he citado con J. Jorge Sánchez en Laie. Queremos conocernos personalmente, después de varios intercambios de libros y correos electrónicos, y de habernos convertido en mutuos lectores de nuestros blogs. Jorge es un ejemplo de lo que decía Cortázar, y que a mí me gusta citar: la literatura es una red invisible, cuyos nudos somos todos (desde luego, no estoy seguro de que estas fueran las palabras de la cita; así es como la ha conservado, o reelaborado, mi memoria), y, a veces, esos nudos asoman a la superficie. La primera noticia que tuve de Jorge fue su libro Filosofía de la minucia, publicado en la colección de poesía de Bartleby Editores, aunque antes ya había dado a conocer Del Tercer Reich, en Germanía. Luego me habló de él Virginia Trueba, mi directora de tesis doctoral, que es amiga suya, y Jorge me envió un manuscrito para DVD Ediciones. Por desgracia, el libro, aunque excelente, no pudo publicarse en un sello acosado ya por las dificultades que determinaron su cierre. La prueba de su calidad es que vio la luz, no demasiado después, en otra editorial muy digna, Luces de Gálibo: se trata de Las vidas de las imágenes, del que he dado cuenta en esta bitácora. Por fin, tras un acercamiento digital, motivado por las sucesivas coincidencias y las lecturas mutuas, acordamos ponernos cara, o más bien gestos, voz -puesto que las caras ya aparecían en nuestros respectivos blogs-, en un encuentro en Barcelona, cuando yo estuviese en la ciudad. Fui caminando al lugar de la cita: me apetecía estirar las piernas, después de pasar otro día sentado. Atravesé el barrio que fue mío durante diez años, las calles por las que paseaba con mis hijos pequeños, los lugares visitados cuando era joven, pobre y feliz. Advertí muchos cambios y un acendramiento: el del carácter gay de la zona, llena de locales de todo tipo para homosexuales y lesbianas. Las banderas arcoíris se suceden, como brochazos de color en las fachadas, y los locales de ropa exhiben maniquís musculosos, y con opíparos paquetes, en los escaparates. También han desaparecido los puestos de venta de libros de segunda mano de la calle Diputación, detrás del edificio viejo de la Universidad, que crecieron cuando allí los estudiantes mercaban con sus catones y sus manuales, pero que luego fueron languideciendo hasta que ya solo vendían tebeos o revistas pornográficas. De estar ocupado todo el tramo de calle por aquellos chiringuitos, en los últimos años solo quedaban dos, que se resistían al rescate de la concesión de que disfrutaban por parte del ayuntamiento, y, más tarde, solo uno. Cuando paso hoy por el lugar, ese último está vacío, en trance de demolición. En la calle Muntaner, 38 -ese domicilio que es también el título de una gran novela de José Antonio Garriga Vela, y donde él mismo vivió- se ha colocado una placa de mármol que recuerda que allí estuvo el taller compartido de dos próceres del Modernismo: Santiago Rusiñol y Enric Clarasó. También han eliminado los agujeros de bala que aún había en la fachada, y que recordaban algún atentado o fusilamiento de los años de plomo de la ciudad o de la Guerra Civil. Algunos lugares, y algunas personas, están imantados por la historia, y concentran vicisitudes sin cuento; otras, la inmensa mayoría, pasan por ella como las gotas de lluvia: anónimas e iguales a todas, sin dejar rastro, sin pervivencia alguna, excepto la humedad infinitesimal de su caer. Observo también que casi todos los lugares que me eran queridos han desaparecido, como la heladería del chaflán de Muntaner con Diputación, uno de aquellos rincones de azulejos lisos, azules y blancos, en los que una señora con mandil de blondas servía granizados, orchatas y mantecados de corte, y que parecían salidos de algún NO-DO. Allí íbamos casi todas las tardes, cuando apretaba el calor, para refrescarnos y, de paso, para charlar con la señora. En su lugar hay ahora un restaurante árabe. Como llego a Laie con alguna antelación, me entretengo mirando libros. Pregunto por uno sobre la Guerra de Secesión americana, un tema que siempre me ha interesado, de Fernando Martínez, en Sílex; y también si tienen algo de Patrick Leigh Fermor. Es un autor al que no he leído nunca, pero en cuya excelencia insiste Jacinto Antón, y, como admiro a Antón, no es difícil que su admiración por Fermor para a ser también la mía. (Aunque todavía recuerdo los enormes fiascos que me ha supuesto confiar en el criterio literario de otros escritores admirados: James Salter, por ejemplo, de quien, incomprensiblemente, se hablan maravillas, me parece un tostón intragable). No tienen el libro de Martínez ("problemas de distribución", me dice el encargado; eso quiere decir que no habrá manera humana de hacerse con él), pero sí varios de Fermor. Me quedo con el volumen que reúnen sus dos mejores títulos, según Antón, El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, en RBA, a pesar de su precio: 30 eurazos. Y está en rústica. Nunca había percibido la carestía de los libros en España hasta que he comprobado su baratura en otros países, como en Gran Bretaña, donde este precio sería un disparate: buenos libros en tapa dura, en buenas editoriales, cuestan allí menos. Mientras hojeo los volúmenes de Fermor, antes de decidirme por su bilogía, oigo a un cliente dirigirse al mismo dependiente que me ha atendido a mí. Le pide algo de Fonollosa, y, automáticamente, levanto las orejas, porque Fonollosa fue una de las grandes -y mejores- apuestas de DVD Ediciones: el segundo libro de su colección. Cuando el librero le responde que los títulos de este autor están agotados o descatalogados, el cliente se desahoga con una soflama poético-político-lingüística: "Claro. Fonollosa es uno de los mejores poetas que ha habido aquí, pero sus libros no se pueden encontrar, porque como escribía en castellano...". Estoy por decirle que DVD ha cerrado y que, al menos en lo que respecta a Sergio Gaspar y a mí, no hay confabulación ninguna, sino mera clausura del negocio. Tampoco sé si es "uno de los mejores poetas que ha habido aquí", porque aquí, sea lo que sea aquí, ha habido muy buenos poetas, pero es verdad que Fonollosa es un autor sobresaliente, y también que los poderes públicos en Cataluña prestan tanta atención, y tanta ayuda, a la poesía escrita en castellano como a la compuesta en quechua. Jorge llega por fin, y nos sentamos en la terraza de la librería. No estoy seguro de que haya sido una buena decisión: las sillas, de hierro, son mucho más estrechas e incómodas que las del interior, y, además, hace calor; dentro, en cambio, hay aire acondicionado. Además, un rayo impertinente de sol, que se cuela por entre los toldos, barre como un láser la terraza y llega fatalmente a nosotros: nos golpea entonces los ojos y se aferra a la ropa, que se humedece de sudor. Esperamos que el rayo pase, pero entonces constatamos la lentitud del tiempo: no pasa; sigue enganchado a nuestras pestañas, como si su único trabajo fuera cegarnos. De lo primero que hablamos con Jorge, e ignoro por qué, es de nuestras respectiva drogadicciones: ansiolíticos, hipnóticos, melatonina. Parecemos Woody Allen. Jorge me cuenta que ha dejado de leer periódicos por prescripción facultativa: las noticias le generaban tal angustia, o tal encendimiento, que los médicos le han aconsejado no leerlas. Curiosamente, me cuenta, uno de los libros que hizo que empezase a escribir poesía, hace años ya, es El día que dejé de leer "El País", de Jorge Riechmann. Está claro que Jorge y la prensa no hacen buenas migas. Las horas del encuentro se van en relatos: de mi paso por DVD, de su actividad como liberado sindical en educación, de nuestros mutuos proyectos literarios. También me llama la atención que alguno de sus poetas más admirados sea alguna de las personas que más detesto. En realidad, sus gustos y los míos difieren bastante, pero eso no nos impide comunicarnos con cordialidad, quizá porque nuestro estar en la poesía, nuestra actitud ante el hecho estético, sí es el mismo, y eso hace que aceptemos sin conflicto, sin enemistad, las discrepancias. Me pregunta, con verdadera curiosidad, cómo lo hago para sobrevivir en la sociedad literaria, y luego señala que, por lo que me ha leído, parezco capaz de desenvolverme en ella y, a la vez, de sobrevolarla, esto es, de distanciarme de sus fangos y pesadumbres, y de analizarla críticamente. No sé si lo que dice es cierto, pero me interesa y, sobre todo, me halaga. Es verdad que siempre he pretendido no ser un títere de esa sociedad, no abandonarme a sus exigencias ni a sus indignidades, aunque sea imprescindible conocer sus reglas de juego y saberlas utilizar en tu provecho, si quieres ser leído, que es lo que queremos todos los que nos dedicamos a esto. Cada vez valoro más la normalidad en los escritores, aunque eso quiebre algunos mitos románticos de los que también participamos todos: que sean personas antes que personalidades; que sean ciudadanos y no bohemios genialoides o arrebatados; que sean, simplemente, seres humanos que escriben. Si uno no se deja absorber por el reclamo de un mundo podrido de envidias y vanidades, quizá sea capaz, sin proponérselo, de una forma natural, de apreciar ese mundo como se aprecia cualquier otro, con sus encantos y su repulsión. Me despido de Jorge en el Paseo de Gracia, y me encamino a casa. En la placeta hispóstila del metro de Plaza de Cataluña, tres músicos atacan "El verano", de Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi. Visten como si acabaran de salir de un after, y también tocan como si hubiesen salido de él. Sin embargo, Vivaldi sobrevive, y sus notas prodigiosas inundan el sombrío auditorio como si un millón de mariposas hubiera entrado en una cárcel.