jueves, 7 de agosto de 2014

Ernesto, Adriano, Manuel y un joven malhablado

Hoy he quedado a comer, otra vez, con Ernesto Hernández Busto: será nuestra despedida particular. Cuando salgo de casa de mi madre, me cruzo con una familia de chinos, que viven en el piso que está justo encima del suyo. Ellos son a los que oigo hablar cuando hago los macarrones. Antes, en este inmueble vivían catalanes, aragoneses -como mi madre-, gallegos, castellanos, andaluces; hoy lo hacen chinos, alemanes -una pareja ha comprado el piso de al lado, para disponer de un alojamiento céntrico en verano-, dominicanos -en uno de los pisos del principal, de poco más de 50 metros cuadrados, como todos, viven ocho-, franceses -el otro día, salían tres chicos con acento del Languedoc-Roussillon, con chanclas y toallas al cuello-: la cosa se ha internacionalizado. En mi adolescencia, durante muchos años, un vecino, cuyo dormitorio era paredaño al mío, tarareaba el himno nacional al acostarse: yo lo oía desde mi cama. Hoy oigo hablar chino. Como se me ha echado el tiempo encima -he tenido que ir al Mercadona, de urgencia, a comprar vituallas- y hace un calor infamante, cojo un taxi. El conductor parece un luchador de pressing catch, y su forma de conducir es la que se esperaría de un histrión de los rings. No le veo la cara, pero su cogote da miedo. Llegamos en un periquete al lugar donde me ha citado Ernesto: Casa Pepe, en la parte alta de la calle Balmes. Pese al retraso con el que he salido, y gracias a la vertiginosa carrera de Joe Conductor Salvaje, llego con cinco minutos de antelación a la cita, pero Ernesto ya está allí. Casa Pepe es, en realidad, una charcutería que sirve comidas. Pero qué comidas. El local es pequeño, la entrada es estrecha y el nombre no sugiere, precisamente, un mundo de gastronomías despampanantes, pero todo está excelente. Compartimos unas almejitas -que nos sirven, en la lata, en un bol lleno de hielo-, una ensalada de lentejas, unas gambas con aguacates, un pulpo a la gallega, y un pan con tomate que parece, más bien, cristal comestible, de tan crujiente y delicado como es; de segundo, filete de buey con pimientos del padrón; y de postre, un sorbete de limón con menta para mí, y un helado de coco para Ernesto. Y los vinos están a la altura de los platos. Con Ernesto, como es costumbre, hablamos de muchas cosas. Dado que él está escribiendo un ensayo sobre la presencia -y la importancia- de algunos animales en la historia de la literatura, dedicamos un buen rato a considerar la extensión del animalismo en el mundo actual; un animalismo que empuja a muchos al vegetarianismo -cuya expresión más sádica es el veganismo- o a la oposición al uso de animales en la experimentación científica. Ernesto opina que en todas estas posiciones subyace una actitud adolescente o buenista, consistente en no aceptar que el desarrollo de la civilización ha supuesto siempre una cierta de dosis de violencia ejercida contra la naturaleza, lo cual constituye un aspecto de una actitud, más general, de rechazo a los propios lados oscuros del ser, a la violencia inherente a la condición humana. Ambos estamos de acuerdo en que esa violencia debe ser, por razones de equilibrio, y hasta de supervivencia propia, la menor posible, y que es perfectamente exigible que se ahorre a los animales todo dolor innecesario: ninguno estamos a favor de causar daños que puedan ser evitados. Sin embargo, los dos creemos en las virtudes de la explotación animal, y yo, en particular, reivindico la necesidad, mientras no haya alternativas que ofrezcan los mismos resultados, de seguir experimentando médicamente con animales: defender lo contrario en un mundo azotado por cientos de enfermedades que condenan a las personas al sufrimiento y a la muerte, me parece una crueldad para con las personas, y algo moralmente abominable. Pese a todo, tanto Ernesto como yo sabemos que nuestra opinión decae: dentro de algunas décadas -o generaciones: el ecologismo a mansalva es un fenómeno generacional- será vista como un fósil, como algo que, incomprensiblemente, defendieron los antiguos. Acabada la comida, Ernesto me acompaña a coger el tren. Caminamos por la Ronda del General del Mitre, una de las avenidas más feas de la ciudad, donde Jordi Pujol tiene su domicilio en Barcelona. Nos reímos un rato, con tristeza, a cuenta del expresidente, exhonorable y expulsado de la historia. Luego, nos despedimos en el cruce de la Ronda con la calle Muntaner. Yo sigo Muntaner abajo, disfrutando de la laxitud que lo atenaza todo en verano. La gente, aplastada por el sol, camina con menos urgencia. Los porteros, a la puerta de las casas, se mueven también más despacio. Muchas tiendas están cerradas, aunque la crisis haya hecho que no pocos negocios que otros años estaban de vacaciones, este sigan al pie del cañón. Todo parece envuelto en un plasma luminoso y ralentizador. Me doy cuenta, no obstante, de que estos no son mis barrios: esto es lo que siempre se ha llamado la zona alta de Barcelona, y yo soy solo un proletario, alguien venido del sur de la ciudad, un extraño. Aquí vivían los compañeros bien del colegio, y la mayoría de los que fueron conmigo, como estudiantes de intercambio, a los Estados Unidos. Quienes tenían aquí su casa, veraneaban en sitios como Caldetes, un lugar que, en mi infancia, se me antojaba tan exótico como Tailandia. Cuando paso por estas calles, me siento siempre un visitante, un meteco. Cruzo una plazoleta en la que nunca había reparado: la de Adriano, emperador de Roma, hispano de nacimiento (como otro grande, Trajano, y como el mayor de todos, Marco Aurelio, el autor de las Meditaciones), cuyas memorias fabuló Margueritte Yourcenar. Veo, en un extremo de la oquedad que la plaza abre en la manzana, una estatua con dos figuras que no soy capaz de reconocer. Me acerco. No tienen nada que ver con la historia de Roma: representan a un niño y una niña, abrazados. Una placa en la peana, que es también fuente, informa de que el monumento constituye un homenaje a Manuel Carrasco i Formiguera, el político demócratacristiano y consejero de la Generalitat de Cataluña en 1931, que, después de salvar a muchos perseguidos por los comunistas y anarquistas en Cataluña, fue condenado a muerte en 1937 por "adhesión a la rebelión" y fusilado, por decisión personal de Franco, ocho meses más tarde. Vuelvo a Muntaner, espantando a mi paso a una pareja de palomas que se arrullaban precopulatoriamente en los arriates asfixiados de la plaza, y llego por fin a la estación de los ferrocarriles. En el tren, se sienta delante de mí un joven con gorra, tatuajes en las piernas y un aro en la nariz, como un búfalo anillado. Tiene la mirada apagada; también la piel, pese a los tatuajes. Responde a una llamada al móvil, y mantiene una conversación en la que una de cada dos frases es un juramento o un insulto: "Mecagüen Dios, sí, ya lo sé, pero qué cojones, mecagüen la puta, dile que no, que eso no es así, y que, si no le gusta, que se vaya a tomar pol culo, hay que joderse, la madre que lo parió, cabrón. No, coño, hostia, es que estoy hasta la polla del curro, y el hijo de puta del jefe que se ha largado hoy, a tomar pol culo". La conversación, por llamarla algo, discurre por estos derroteros exquisitos, que me recuerdan al estilo que gastábamos todos en la mili, el lugar donde he hablado peor en mi vida: ciertos ambientes, opresivos, carcelarios, promueven la cacolalia, que acaba afectando al cerebro: hablar mal significa pensar mal. El joven sofisticado y yo bajamos en Sant Cugat. Antes de que la puerta se haya abierto, ya tiene un cigarrillo en los labios. El tatuaje de la pantorrilla es un dragón de manga, tan feo como su lenguaje. Sigue hablando por el móvil: sigue revelando su hastío, su envilecimiento. Al abandonar el aire acondicionado del vagón, el bochorno golpea como otro insulto, y yo pienso en Ernesto, y en Adriano, y en Carrasco i Formiguera, en esa banda intemporal que han sido mis compañeros de hoy.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Viaje sentimental por Inglaterra

Así se titula el libro de Antonio Rivero Taravillo que acabo de leer. No es ninguna novedad: apareció en la elegante colección "Sotavento", de la editorial Almuzara, en 2007. Pero los libros tienen su tiempo y su camino, que no siempre coinciden con lo que se espera de ellos. Los libros acaban encontrando a su lector, por frágiles o escuetos que sean sus canales de distribución, por efímera que sea su eclosión. Lo compré en Laie, hace algunos años, y ha esperado a mi propia vinculación con Gran Bretaña, en 2013, para ser leído. Y lo ha sido con placer. Viaje sentimental por Inglaterra no es sino lo que su título indica: el relato de un viaje de turismo por Gran Bretaña, desde Cornualles y Gales hasta la Región de los Lagos. El título plantea una duda o requiere una complicidad, porque, obviamente, Gales no es Inglaterra. Pero es, en efecto, sentimental: en sus descripciones, divagaciones y recuerdos, el autor demuestra una simpatía emocional con lo descrito que beneficia al relato. Su trayecto no es, digamos, ni empírico ni ajeno, fruto de una observación distante y desapasionada, sino que está impregnado de una cercanía íntima, a ratos, incluso, de una identificación personal, aunque siempre tamizada por el pragmatismo y la ironía, por un perceptible temor a resultar excesivo o inadecuado, como si la propia cultura descrita, austera, hubiera inspirado su pluma. Viaje sentimental por Inglaterra reúne, pues, las observaciones de Rivero Taravillo a lo largo de una prolongada excursión por la isla, y también el entramado de datos y confidencias a que esas observaciones dan lugar. Los intereses del escritor melillense van de lo poético a lo social, de lo histórico a lo etimológico, de lo lingüístico a lo arquitectónico, y esas malla de preocupaciones, expuestas con precisión y engarzadas con fluidez, esto es, sin entorpecer el ritmo de la narración, constituye uno de los principales atractivos del libro. Otro interés particular que ha tenido para mí ha sido su visita a lugares que yo mismo he conocido, y con los que yo también he desarrollado una relación sentimental. El castillo de Caernarfon o el pueblo de Llandudno, en Gales, por ejemplo. En Llandudno recuerdo que paseamos largamente por una playa larga, en uno de esos días fríos en el que las gaviotas parecen zaheridas también por el viento helador. El sol, no obstante, abría paréntesis de tibieza en los mordiscos del Atlántico, y nosotros los saludábamos con entusiasmo, como una planta que conociera, en una sola mañana, sucesivos amaneceres. Recuerdo también que desde la playa se adentraba en el mar uno de esos muelles de recreo a los que los británicos son tan aficionados, de maderas blancas y tiovivos salitrosos, con galerías de juego y puestos en los que comprar fish & chips o barbas de azúcar. Contra sus firmísimas enclavaduras batía un mar revuelto, pero no feroz: el azul hostigaba a un blanco empapado de luz, alcalino. Rivero Taravillo añade un dato que nosotros desconocíamos entonces, y que enriquece retroactivamente nuestra visión del lugar: en Llandudno era donde veraneaba la familia Liddell, que inspiró a Lewis Carroll su Alicia en el País de las Maravillas. Pero Rivero no llegó, en su recorrido por Gales, al castillo de Harlech, una de los lugares más sobrecogedores que conozco en las islas: un cuadrángulo de roca viva, una construcción, fastuosa en su desolación, que besa el mar de Irlanda con un beso glacial. Viaje sentimental por Inglaterra se extiende hasta la Región de los Lagos, el lugar donde convivió una generación irrepetible de poetas -los poetas lakistas-, esencial para el nacimiento y desarrollo del Romanticismo. Wordsworth, que residió allí, es el más conocido, y yo sentí un gran placer  -y también una gran responsabilidad- cuando DVD ediciones publicó en 2003 su obra magna, El preludio, con la extraordinaria traducción de Bel Atreides. De la casa de Wordsworth, que también visitamos, recuerdo la modestia (aunque seguramente era tenida en su tiempo por una vivienda burguesa): la estrechez de las escaleras y las habitaciones, el primitivismo de sus comodidades, el crujido y el olor de la madera vieja, el frío que se colaba por todas las rendijas, pese a la diligente conservación del lugar. Y también, la devoción con la que la guía, una voluntaria de cierta edad, de aspecto espiritual, nos hablaba del poeta, de sus rituales domésticos y campestres, y nos recitaba "Los narcisos". Ante los paisajes de la Región de los Lagos, que hollaron Wordsworth, Coleridge y Southey (el menos conocido de todos, pero de no menor calidad, e hispanófilo: tradujo a muchos de nuestros clásicos y escribió una fantástica La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre -que ha recuperado Reino de Redonda y que he reseñado en Letras Libres-, y hasta llegó a ser miembro de la Real Academia Española de la Historia), ante los parajes escoceses de Walter Scott, no es de extrañar que el Romanticismo naciera aquí. Ni que Wordsworth se sintiera fascinado por la llamas apacibles de los daffodils: en los Lagos son muchedumbres, mares. Rivero Taravillo también menciona, en su recuento, Fountains Abbey -la Abadía de las Fuentes-, aunque no llegue a visitarla esta vez. Fountains Abbey es otro de los lugares inolvidables de Gran Bretaña, una abadía cisterciense de principios del siglo XII situada en el valle del río Skell, una suerte de Shangrilá nortumbrio, cuyos terrenos se extienden a lo largo de muchas hectáreas, y en los que pueden encontrarse, además de las ruinas venerables del monasterio, bosques, ciervos, templetes, fuentes y arpistas. Sí, arpistas: dos intérpretes, muy rubias, muy dieciochescas, tocaban el arpa, en la alfombra infinita del césped, cuando visitamos el lugar, hace años. Otros turistas, congregados sosegadamente a su alrededor, escuchaban el improvisado concierto, mientras dos simpáticos ancianitos vendían limonada casera, en vasos de plástico, por unos pocos peniques. La estampa no habría desagradado a Wordsworth, ni a Borges. Viaje sentimental por Inglaterra tiene, entre otros méritos, este: no solo presenta con inteligencia los paisajes vistos, sino que es capaz de despertar otras imágenes del país que duermen en los sótanos de la memoria.

martes, 5 de agosto de 2014

El Mexicano

En Sant Cugat hay tres restaurantes mexicanos, aunque solo uno que nos guste frecuentar: el que ha decidido llamar a las cosas por su nombre y presentarse, así, por antonomasia, como "El Mexicano". Las camareras son dominicanas, pero eso no importa: también en los restaurantes catalanes sirven las judías con butifarra y el pan con tomate búlgaros y bolivianos. La cocina de México es una de las mejores del mundo. Comer, en mis dos estancias en aquel país, ha sido uno de los mayores placeres de la visita. Aunque también tiene sus peligros. Yo he estado a punto de morir dos veces: en la playa de Castelhejo, en Portugal, arrastrado por las rabiosas olas atlánticas; y en Veracruz, por culpa del chile habanero. El chile habanero mata. Es una variedad del capsicum chinense, una de cuyas variedades, a su vez, la Sabinas Roja -que sospecho es la que me comí yo-, ostentó hasta hace pocos años el dudoso honor de ser la especie más picante del mundo, con 580 000 unidades de Scoville de picor (SHU), que es el baremo utilizado para medir la intensidad del sabor de los alimentos. (En 2007, no obstante, el título pasó a recaer en el chile Naga Jolokia, con 1 000 000 SHU, y, en 2011, en el Trinidad Scorpion Butch T., que tiene nombre de carro blindado, y cuya capacidad de destrucción es la de un carro blindado, con 1 463 700 SHU. Para entender lo que esto pueda significar en una garganta humana, baste decir que los aerosoles de pimienta que utilizan las policías del mundo contienen unos 5 300 000 SHU). En el restaurante veracruzano en el que comíamos, había varios chiles en la mesa. A mí nunca me ha molestado el picante -más bien lo contrario-, así que me decidí a probar alguno. El elegido tenía un color anaranjado, cuya vivacidad debería haberme prevenido: yo creo que la tonalidad de los chiles tiene la misma función que las franjas de color de la serpiente de coral -la elapidae micrurus, que, por cierto, también se encuentra en México- o de otras especies de áspides repartidas por el mundo: si parecen un farolillo de feria, hay que huir. Pero yo no huí. Por el contrario, unté generosamente una rebanada de pan con aquel mejunje homicida. El camarero, con la proverbial discreción azteca, musitó: "Este pica un poco, señor". Pero yo no dejé de embadurnar el pan, aunque el aviso del mesero debería haberme puesto también en alerta: que un mexicano diga que algo "pica un poco", significa que es como meterse un lanzallamas en el gaznate, pero yo, español aguerrido, acostumbrado a las patatas bravas y a las albóndigas con guindillas de mi madre, pensé que no sería para tanto. Pero sí lo fue: el chile se me pegó al paladar como un hierro al rojo se pega a la carne, y la destruye. Sin embargo, no fue la quemazón, con sentirme yo, en aquel momento, como Juana de Arco, lo que más me perturbó, sino el ahogo. El picor ahoga: entonces comprendí a los asmáticos, a los ahorcados y a las víctimas del gas mostaza. Quienes también se estaban ahogando, pero de risa, eran los camareros del local, encabezados por el que me había avisado de la amenaza. "Otro gachupín idiota", debían de pensar, y no se lo reprocho. Ángeles, por su parte, me miraba con preocupación creciente: había pasado de ofrecerme agua a ofrecerme pan (sin chile), y estaba rebuscando ya en el bolso, supongo que en busca del teléfono de emergencias de RACC. Yo quería aire, nada más que aire, y elevaba la cabeza en busca de aire como una grulla desquiciada. Pero entonces el ardor empezó a declinar, y pude recuperar, poco a poco, el aliento. El tracto respiratorio, contraído por la argolla del capsicum, se relajó, y, con él, todos los músculos del cuerpo. Cuando fui otra vez dueño de mis actos, me fui al servicio, me lavé vigorosamente la cara, que tenía la misma coloración anaranjada del chile, e hice por recuperar una expresión normal, y no la de alguien que acababa de ver pasar ante sus ojos la película de su vida. Al volver a la mesa, donde Ángeles me esperaba con una mirada en la que se mezclaban la conmiseración y el reproche, aparté de mi vista aquel chile abominable y seguimos comiendo: se trataba, entonces, de recuperar la dignidad perdida. No sé si lo conseguí, la verdad: a los camareros les temblaban todavía los labios de risa reprimida al servirnos el postre. En "El Mexicano" de San Cugat hay chile habanero, pero no está en las mesas, como el aceite y el vinagre en los restaurantes españoles, y a mí, desde luego, nunca se me ha ocurrido pedirlo, ni se me ocurrirá hacerlo jamás. Lo que hacemos allí es sentarnos en la terraza, cuya frescura solo perturba el humo de los fumadores, degustar las excelentes cervezas mexicanas -nuestra preferida es la Negra Modelo- y pedir ceviches, ensaladas de nopales -es decir, de cactus- y alambres. No estoy seguro de que "alambre" provenga del espetón en el que se sirviera antiguamente, o sea una deformación de "al hambre", algo a lo que indudablemente hace frente ese fantástico plato de carne mechada. Aunque la comida mexicana es muy variada -utiliza mucho pescado, cereales y fruta-, las carnes y los quesos le dan una gravedad singular, y peligrosa: el 75% de la población mexicana tiene sobrepeso. Yo he visto, en una de mis visitas al país, campañas institucionales que promocionaban la necesidad de adelgazar. Pero la gente no parecía atender demasiado a las recomendaciones del gobierno: en las calles, los clientes se agolpaban alrededor de tenderetes de frituras, en los que, en sartenes antediluvianas, con aceites igualmente protohistóricos, se preparaban tacos, enchiladas y quesadillas, que, de pie, devoraban con pasión, mientras churretones de grasa caían de las tortitas y de las comisuras de sus labios. Esta vez fui a "El Mexicano" con Pablo: con los hijos hay que buscar las ocasiones para conversar; si no, se encierran en la concha de la cotidianidad, y una acaba teniendo la sensación de que vive con un vecino. Y fue una charla muy agradable, estimulada por los platillos de la casa y unas birras memorables. El ágape concluyó con un pastel de queso compartido -compartir comida, entre hombres, no es tarea fácil, pero esta vez lo conseguimos, sin correr para pillar los trozos antes que el otro, ni clavarle el tenedor en la mano cuando va a pinchar- y, por mi parte, un café espeso como la noche. Cuando acabamos, enfilamos la Rambla del Celler con la boca aún llena de palabras. Pero, incluso cuando callamos, el otro había dejado de ser un vecino.

lunes, 4 de agosto de 2014

Memorias eróticas

Quien crea que, bajo el título de la entrada de hoy, va a encontrar el relato de mis andanzas carnales, se ha equivocado de blog. Las memorias eróticas son de Francisco Umbral, que tituló así un libro, de 1992, en el que recogía, en capítulos -es decir, en mujeres-, su propia historia sexual. Lo encontré, hace algunos días, en una tienda de golosinas de Sant Cugat; y, ciertamente, este libro es una golosina. El local, que se encuentra de camino a la horchatería donde casi todas las tardes me propino un granizado o una horchata extralarge, lucía unos recipientes de plástico a la entrada en los que normalmente se colocan piruletas o gusanitos, pero que ahora contienen libros. La razón la explicaba un gran cartel manuscrito en el escaparate: se cambian golosinas por libros viejos, esos libros con los que no sepan qué hacer los clientes del establecimiento, es decir, niños y adolescentes (¿aún tienen libros los niños y adolescentes? Sí: regalados en cumpleaños, de obligada lectura en el colegio, best-sellers sentimentales...). Y lo cierto es que había muchos, todos a dos euros. Había pasado ya por allí con Ángeles, pero su mirada de reproche, inquisitiva como la de un censor eclesiástico, me impidió entretenerme mucho tiempo, y menos aún comprar alguno. Esta vez iba solo, y me demoré a mi sabor. Seleccioné siete volúmenes: una edición de Emilio García Gómez de El collar de la paloma; los Lais de María de Francia, en versión catalana, en Quaderns Crema, de mi antiguo profesor, y editor de Acantilado, Jaume Vallcorba; unos cuentos de Dorothy Parker, también en catalán y en Quaderns Crema, con traducción de mi amigo, y vecino en el Reino Unido, el poeta Jordi Larios; una edición antigua de La luna de las lluvias, de Ueda Akinari, con ilustraciones; el Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa (cuya radicalización neoliberal, que le ha llevado a proferir loas indecentes a Esperanza Aguirre, esa fugitiva de la Guardia Urbana, me lo hace cada vez más antipático, pero que sigue siendo un buen escritor); una fantástica Guía de viaje a la Europa de 1492. Diez itinerarios por el Viejo Mundo, de Lorenzo Camusso, con textos interesantísimos e infinidad de fotografías y reproducciones de obras de arte; y estas Memorias eróticas umbralianas, en aquella "Biblioteca erótica", de Ediciones Temas de Hoy, en la que vieron la luz títulos tan sugerentes como Casanova: La pasión de fornicar, de Marina Pino, o El falo -así, a palo seco-, de Ángel Antonio Herrera. El libro de Umbral me llamó poderosamente la atención desde el principio. Yo he leído poco al autor madrileño, sobre todo si lo comparamos con su producción, que es abrumadora, con casi 120 libros de narrativa, dos compendios de poesía, numerosos ensayos y biografías, y miles de artículos. Pero creo haber leído algunos de sus mejores títulos, como Travesía de Madrid y, sobre todo, Mortal y rosa, una de las más hermosas elegías de la literatura española de todos los tiempos, dedicado a su hijo Francisco, muerto a los seis años de leucemia. Al escritor solo lo vi, en persona, una vez: cuando gané un premiecillo de literatura universitaria, allá por 1981, que se entregaba en los jardines de Gasparini del Retiro, en Madrid. Su presencia -lo recuerdo con su distintiva melena lacia, ya entrecana, un whisky en la mano, y casi ahorcado por una bufanda roja; era pleno verano: Umbral pertenecía a la incomprensible especie de los que se abrigan en la canícula, como Gimferrer- aseguraba el postín y, a la vez, el desenfado del encuentro. Luego confiaba en volver a encontrarlo en la recepción en el Palacio Real para celebrar que hubiera ganado el Premio Cervantes, en 2000, pero no compareció. En su lugar, vi a José María Aznar, que no tenía melena, esa cosa de rojos, pero sí un bigote descomunal, metáfora de la hombría: salí perdiendo. A Umbral se le recuerda por sus exabruptos y sus francachelas. El mítico "Yo he venido aquí a hablar de mi libro" ha colonizado, por desgracia, su imagen, aunque creo que él no lo consideraba una desgracia: Umbral, como tantos otros, supo construir un personaje -extravagante, payasesco- para vender más libros, aunque los vendiera a la gente equivocada. Tenía derecho a ganarse la pitanza, y supo utilizar para ello las armas que la naturaleza le había dado. Y eran muchas: Memorias eróticas me lo ha recordado. Llevaba yo tiempo empantanado en lecturas inglesas, que son, a veces, angustiosamente irreprochables -la Vida de Samuel Johnson, de Boswell; Decadencia y caída del imperio romano, de Gibbon; Relatos londinenses, de Dickens (con una traducción, sin embargo, titubeante); y Londres. Una biografía, de Peter Ackroyd-, y necesitaba algo más racial, más visigodo: Umbral me lo ha proporcionado. Umbral es un gran poeta que apenas se dio a conocer como tal -porque, inteligente como era, supo que la poesía nunca le iba a dar de comer, como Cela, su primer maestro, otro poeta subterráneo-, y también un enorme creador de atmósferas. Sus relatos siempre dibujan un mundo, por insignificante o marginal que sea, en el que abunda lo sensorial, lo carnal: imágenes de olores, de sonidos, de visiones, de bares y cuerpos, de calles embarulladas y borracheras latentes, de coloquialismos y lenguaje popular, incluso populachero, de mujeres e ideas que se dejan caer y desaparecen a continuación, sin desarrollo, pero germinativas: fecundan el pensamiento; progresan autónomamente a la sombra de la sensibilidad. Umbral me seduce por la intensidad de sus crónicas: todo lo que hace tiene vigor, color, aroma; su escritura, de una redondez abollada, siempre brilla: parece que escriba cada artículo, un poema diluido, como si fuese lo último que hubiera de escribir en su vida. Y me imagino, pese a sus más que notables facultades, el esfuerzo que le suponía hacerlo: un arreón diario de percepción sutil y verbo fuerte, de imaginación que abrasa, para el que se fortalecía con tabaco y espirituosos, y, sobre todo, con la convicción de que aquella era su sola tarea, la única justificación de su estar aquí. Umbral pertenece a la estirpe de los columnistas infatigables, de ojos como punzones, en la que también militan sus antecesores Camba, Alcántara y González-Ruano: esos seres cuya literatura es diaria, anhídrica, sólida en su fugacidad. En Memorias eróticas hay que excusar, supongo, algunos delirios de grandeza, aunque disimulados en los labios de otros personajes: "-Echarte a ti un polvo, Lola, es como ganarle la batalla a un cartaginés. Eres agotadora y tienes cuerpo africano. -Y tú una polla de oro que les voy a dar tu teléfono a todas mis amigas, que estos tesoros ya se van acabando. Ahora todos son unisex, o son maricones...", dice en el primer capítulo de libro. Más adelante afirma: "Cuando saqué la picha, del coño rubio le salían rosas y whisky", y luego insiste en la condición "valiente y cumplidora" de su picha. Pero la fortaleza del relato resiste los ramalazos de soberbia o misoginia, que, por otra parte, se integran con naturalidad -con la naturalidad de su exceso, de su reconocimiento- en el discurso. Umbral cita en estas memorias copulatorias a muchos poetas -José Hierro, Luis López Anglada, el gran Manuel Álvarez Ortega, del que era un ferviente admirador- y escribe cosas como esta, que tanto necesitaba yo para distanciarme de las distancias inglesas:

Mis libros, claro, no los había leído, aunque en la Menéndez le dediqué alguno, después de haber hecho el amor toda la noche en la playa extensa y fría, junto a un mar negro, rizado de luna, por donde cruzaba, lejana, alguna vela de pescador, amarilla a la luz de no sé qué astro.  Siempre he estado seguro de que otros astros, y no las consabidas estrellas (...), iluminan algunas noches una flor que se abre, un pescador que se ahoga, el cuerpo desnudo de una mujer que fornica con delicadeza, sumisión y entrega casi gimnástica. Porque Kitty K. se entregaba al sexo como otras al tenis o la natación: de una manera enérgica, pero ordenada, como cumpliendo un reglamento. Y el reglamento funcionaba y nuestras cópulas eran satisfactorias e higiénicas, un poco como de manual. Yo hubiera preferido un algo más de ludibrio y promiscuidad, pero a lo mejor eso iba contra el derecho internacional. En cualquier caso, el cuerpo de Kitty K., iluminado, ya digo, por un astro desconocido, brillaba en los puntos más agudos de hueso, como el hombro o la cadera, hacía más rubio el vello de sus muslos y sus antebrazos, más encendida en blanco su sonrisa, más secretamente fucsia su sexo, que por la noche cambiaba de color, como el de toda mujer hermosa.

domingo, 3 de agosto de 2014

El diluvio universal

Ayer, al salir del tren, de vuelta de Barcelona, llovió una enormidad, llovió como para que se parase el mundo, llovió la intemerata. Aceleré el paso, para llegar a casa antes de que estallase una tormenta que se anunciaba amazónica, pero no lo conseguí: cuando empezaron a caer baldes de agua, me refugié en un portal. Los rayos explotaban como paraguas desmochados: eran patadas de luz en el tapete luctuoso del cielo. Los relámpagos descorrían ese tapete: lo transformaban, durante décimas de segundo, en un estanque fosforescente. Y los truenos, atados a los relámpagos como perros grandes a una carreta de llamaradas, rompían justo encima de mí cabeza, pero eran tan fragorosos que estoy seguro de que gente a kilómetros de distancia también tenía la sensación de que rompían justo encima de la suya. Recordé, ante la orquesta apocalíptica del cielo, que mi abuela se metía debajo de la cama cuando tronaba. Para ella, las tormentas eran un castigo del Cielo -y bien, en un sentido literal, lo eran-, y les tenía horror. También Obélix sufría lo indecible con los terremotos del cielo: aquellos galos temerosos de Tutatis creían que se les iba a desplomar encima, y sus pociones mágicas, tan útiles para aporrear romanos, no los inmunizaban contra el desastre. Ayer llovió como para acabar con todas las sequías del mundo: parecía que la lluvia quisiera hundir las casas; parecía que el firmamento fuera agua. El agua martilleaba, y el asfalto era el yunque. Y en el asfalto caían, no solo los mazazos líquidos, sino también perdigones de granizo. Mientras esperaba a que escampase, si es que aquella barbaridad había de escampar alguna vez, vi pasar por la calle el Arca de Noé. "Ey, ¿qué pasa?", me saludó desde estribor, sobreponiéndose a unas barbas blancas luengas y lastimosamente empapadas. Las jirafas se destacaban a su lado; también distinguí a un mono aullador y a una lechuza de las nieves. En cambio, no vi ningún felino: debían de haberse refugiado en las cubiertas inferiores; ya se sabe que no son demasiado amantes del agua. Le devolví el saludo a Noé, y él continuó su viaje, camino del monte Ararat. Siguió lloviendo con escándalo durante un buen rato. Pasó un chico por la calle con ademán tranquilo. Iba como si se hubiera tirado vestido a una piscina. De hecho, la piscina se le había tirado encima, y él, con estoicismo teñido de inteligencia, había decidido que no iba a cansarse corriendo, cuando todo estaba perdido ya. Paseaba, pues, con las manos en los bolsillos, mientras el agua se le aferraba a los calzoncillos, al alma. Aunque, si hubiera apretado un poco el paso, quizá se habría podido subir también al Arca de Noé, y el anciano barquero lo habría acercado a casa. Llovía, llovía, llovía, no con infinita mansedumbre, como escribe Cela al principio de Madera de boj, sino con infinita saña, como si no hubiera en el mundo nada más que lluvia, como si la lluvia fuera el mundo. Los edificios se escondían tras las cortinas de agua, que ondulaban antes de llegar al suelo, sacudidas por un viento desquiciado. Recordé también, en aquel portal que era mi nuevo útero, mi útero momentáneo, las tormentas de verano en Azanuy: las anunciaban los heraldos negros, unas nubes de obsidiana que se abatían de repente contra el sol y lo amortajaban, como si tanta claridad fuera obscena. Nuestras madres nos llamaban, porque la tormenta iba a golpear con fiereza, y nosotros le echábamos una carrera al agua, a ver quién llegaba antes: si ella a nosotros, o nosotros a casa. A veces, ganaba el agua; otras, nosotros. Ya a refugio, la veíamos, no solo caer, sino también pasar: acumulada en torrentes, el agua se precipitaba por nuestra calle en pendiente como un coletazo sin cuerpo. Sentado el umbral del patio, contemplaba aquel animal difuso y enorme correr y correr, desde las nubes altas, que ya se habían fundido en un abrazo de plomo y ocupado todo los resquicios del cielo, y que no dejaban de vomitar electricidad y caldo, hasta las bocas de las alcantarillas empachadas, que devolvían a la superficie más agua de la que tragaban. La riada bailoteaba en ellas como si se riera de su hartura, y seguía avanzando, en busca de nuevos destinos, de nuevos territorios conquistables. Cuando la lluvia aflojaba y, por fin, cesaba, recuerdo, sobre todo, los olores: a adobe mojado, a rastrojo vivificado, a río colérico, a transparencia. El Sosa, un arroyo que, a su paso por el pueblo, se convertía en vertedero, se había hecho, con la lluvia, un río de verdad: ya no era solo el lugar desde cuyo puente la gente ahogaba a los cachorros -de gato, de perro- no deseados, sino un caudal enérgico, que había devorado la basura y casi el puente. La lluvia es la ducha de la naturaleza: una ceremonia de unción. También cuando remitió ayer, en Sant Cugat -y parecía que no iba a hacerlo nunca-, todo se diría recién parido: la humedad hace ágiles a las cosas. Un deshilachado aroma de resurrección invadía el parque, y a mí. Los coches brillaban más que la luna. No había cotorras en el aire, pero sí una promesa de vuelo, un esplendor de alas futuras. Abandoné el portal salvador, y me fui a casa. Los tejados regalaban gotas con generosidad y los desagües evacuaban como si todavía lloviera. Y en los charcos de los bordillos, de los recodos, de las depresiones del terreno, las hojas ahogadas, y algunas ramas, bailaban a corro, entre efusiones de plata: muchas desaparecían en los sumideros; otras se quedan allí, blancas, desmelenadas y muertas. Llegué a casa, por fin, razonablemente mojado, pero entero. Ya no se veía la barca de Noé en el horizonte.

sábado, 2 de agosto de 2014

¿Hay demasiados escritores? ¿Hay demasiados libros?

Al hilo de nuestro intercambio habitual, como amigos y como protagonistas, ahora, de un proyecto de traducción ideado por él, Luis Ingelmo me escribió algo muy interesante en uno de sus últimos correos. Cuento con su benevolencia para transcribirlo aquí: 

e.e. cummings (...) arenga a escribir poesía: Well, write poetry, for God's sake, it's the only thing that matters, que enlaza a la perfección con tus propias meditaciones y me ayudan a cerrar este círculo expositivo de hoy.

Pero no: hay algo más. Este círculo no me ha salido tan circular y creo que se me va a abrir por alguna parte. Porque tus palabras (...) quizá podrían haberse hecho eco de una situación que me llama poderosamente la atención: la proliferación desmesurada de talleres de creación literaria y de asignaturas (incluso de licenciaturas o grados) en torno al mismo asunto. Párate un segundo a calcular la magnitud del caudal poético al que estamos asistiendo en los últimos decenios: pon que haya, qué sé yo, 200 universidades estadounidenses en las que se impartan clases de creación literaria, un número con toda seguridad bajísimo y del cual excluimos la marabunta de ellas que tengan fondos privados o no otorguen un título académico. Digamos que haya en cada uno de los grados de cada universidad un número de alumnos en torno a los 100 -para ser conservador en este particular-. La sola graduación de estos recién diplomados sumaría un total de 20 000 nuevos escritores (poetas, dramaturgos, novelistas, cuentistas, lo que sean) al año. En dos años, 40 000; en tres, 60 000, en diez, 200 000. Doy por sentado que todos y cada uno de ellos habrán concluido sus estudios provechosamente y que, ansiosos de poner en marcha su musculatura literaria, llenarán páginas y más páginas de garabatos y estrambotes. A algunos, unos pocos, se los editará en casas de renombre y con capacidades distributivas envidiables; muchos otros, por contra, buscarán cobijo bajo tejados más humildes y no por ello menos cualificados, pero con tiradas menos generosas; otros tantos, también esto es cierto, se autoeditarán o no lograrán encontrar un hueco en el mercado editorial. Aun así y con todo, ¿no es una caterva incierta y desproporcionada? ¿Quién leerá todas esas pilas de libros y más libros? No olvides que el ejercicio matemático ha sido aplicado tan solo a los EE. UU. Sumémosle ahora el Reino Unido, los países del orbe germano, los otros del sur de Europa, los que quiera que haya en el oriente europeo. ¿No te vas quedando ya ojiplático solo de pensarlo? Añade Oceanía y Asia y África. ¿Cuántos vamos ya? ¿Más que estrellas en el firmamento?

Yo me congratulo, como tú, por el espíritu que anima a todos los bardos de las letras, para que no desfallezca su mirada penetrante y nos ayuden, con sus escrituras, a entender qué carajo pintamos en este planeta, si es que pintamos algo, que lo dudo. Pero no puedo por menos que sollozar ante todos esos que jamás lo conseguirán, que no lograrán dar con las palabras justas o el mecenas cuya generosidad ponga sus páginas en el escaparate de una librería, física o virtual.

Y con esto ya sí concluyo el círculo que, a estas alturas, más debe asemejarse a un huevo que a una rueda. Amén.

Lo primero que llama la atención de la meditación de Luis es la buena prosa. Podemos estar seguros de que un escritor es bueno cuando su prosa lo es en los contextos no literarios: cartas, correos, apuntes, es decir, cuando no persigue la perfección o el deslumbramiento, cuando se manifiesta con la desenvoltura de una conversación entre amigos. Juan Ramón Jiménez decía que también la calidad de un poeta se medía por su prosa: el verso lo admite casi todo, y un semiletrado o alguien con graves problemas de lectoescritura puede embutir en el disfraz del endecasílabo, o en el más vaporoso del verso libre, un lenguaje inepto o descoyuntado. Pero la prosa requiere cohesión, fluidez, exactitud, minucia, y es en esa exigencia donde a todos se nos ve el plumero. Con esa prosa ingeniosa y desembarazada, Luis plantea unas dudas que a muchos nos han asaltado. La primera evidencia de la multitud ingente de escritores que habitan el universo mundo la aportan las librerías: la sensación de mareo que uno experimenta al entrar en cualquiera de ellas es inmediata. ¡Hay tantos libros!, y están por todas partes. No me extraña que los libreros sean, en general, gente adusta y escasamente conmiserativa: vivir en semejante ladrillería de palabras debe de aniquilar a cualquiera. En España, y pese a los bajos índices de lectura, que no ha resuelto ningún gobierno desde los Reyes Católicos, la proliferación de libros es, paradójicamente, superior a la mayoría de los países europeos, por no decir a todos: se publican más títulos, pero -y ahí está la clave- en tiradas menores, para ampliar las posibilidades de que alguno atraiga al escaso público lector, sin que ello requiera una gran inversión editorial. (El agobio, sin dejar de ser agobio, se transforma en melancolía en las librerías de viejo, o, peor aún, en las ferias de libros de viejo, cuando observamos en qué han parado todos esos volúmenes que un día fueron también rutilantes novedades: como en el poema de Góngora, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Uno se sobrecoge al ver a autores queridos, al fruto de sus esperanzas y su trabajo, arrastrados por el barro de las ofertas a tres euros, o dos libros por cinco euros, y más se sobrecoge aún cuando ve sus propias esperanzas y trabajos en ese mismo fango, o en alguno peor. El destino de casi todos es esta muchedumbre, esta irrelevancia, esta ceniza). Sin embargo, es verdad que, junto al sentimiento de asfixia, las bien nutridas librerías literarias también proporcionan al letraherido una sensación de plenitud: ah, por fin, un lugar en el que me encuentro a mis anchas, rodeado por lo que me gusta, aplastado dulcemente por tantas páginas, por tantos mundos que conocer. Así pensamos muchos. Examinamos entonces los estantes como quien pasa revista a las tropas, deambulamos por las secciones que nos interesan, hojemos y toqueteamos, ponderamos la relación entre el precio y el atractivo del libro, rechazamos títulos por venganza o antipatía, y, en síntesis, nos sumimos gozosamente en un océano inabarcable, cuyas promesas, que nunca dejan de interpelarnos, nunca podremos satisfacer. Pero esa misma multitud de posibilidades estrangula nuestra capacidad de decisión. Hay tanto donde elegir, que nunca sabemos qué elegir (y, me atrevería a añadir, casi nunca elegimos bien). El acierto de nuestra compra adelgaza, a menudo hasta desaparecer, ante otros aciertos seguros, y mejores, que hemos desdeñado por nuestra incapacidad física para asimilar la información que nos proporciona la oferta descomunal de la librería. Hay estudios muy competentes, en el ámbito del consumo, que concluyen que el exceso de oferta no solo disminuye, y llega a paralizar, nuestra capacidad de respuesta, sino que reduce significativamente la eficacia de nuestras decisiones. Dicho con más sencillez: si se nos ofrecen demasiadas alternativas, tendemos a elegir las alternativas peores, o no elegimos ninguna. Otra paradoja del mundo de la opulencia y, supuestamente, de la libertad en el que vivimos. Nadie abogará, empero, por rebajar la oferta: de momento, todos tenemos derecho a escribir cuanto nos dé la gana, a publicar lo que nos parezca oportuno (para lo que, ay, cada vez es menos necesario el filtro del editor: internet permite dar a conocer cualquier cosa, sin coste apenas para el autor) y a exponer en los estantes de las librerías todo lo que llegue y más. Y los lectores no aprobaríamos un recorte en el suministro de libros. Bien está: la abundancia es saludable; el exceso nunca está de más. Pero algo me dice, en lo hondo de la intuición, que tanto libro no puede ser bueno: que el apelotonamiento invisibiliza, que confunde al lector y anega al crítico, que embota la sensibilidad y las perspectivas. No sé, por lo tanto, si hay demasiados poetas, pero sí que hay demasiados libros, como teorizó Gabriel Zaid en su estupendo Los demasiados libros, publicado por Anagrama. Sucede, no obstante, que muy pocos escritores están dispuestos a retirar los suyos de la masa. Esto es como el nacionalismo: todo el mundo critica el exceso de banderas, pero nadie quiere arriar la suya. Ahí seguimos todos, pergeñando garabatos y estrambotes sin cuento, como dice Luis, necesitados, vulnerables, con la esperanza de que supongan algo en el mar sin orillas de la literatura, en el cosmos incognoscible de la conciencia humana. Todos formamos parte, mientras seamos infelices, de esa caterva desproporcionada, que nos proporciona un sucedáneo de dicha: la que nos inspira juntar palabras con las que juntamos nuestros pedazos, con las que reunimos los bordes siempre sangrantes de la herida.

viernes, 1 de agosto de 2014

Vida de barrio

Cuando uno vive para sí, sea esto bueno o malo (y probablemente es malo); cuando acaricia la soledad y se deja mecer por ella; cuando una cierta misantropía y una dedicación obsesiva -que, por ser obsesiva, es excesiva- al trabajo gobiernan casi toda su actividad, el entorno desaparece, o se difumina lo suficiente como para que la cápsula del yo sea lo único que se perciba. Y el yo es un latazo, algo que se arrastra como arrastraba Robert de Niro armas y bagajes por las selvas y precipicios del Paraguay en La misión, un caparazón pesadísimo, una costra de miedos, prejuicios y obstinaciones, un abrigo en verano, una envoltura pétrea. Si ese yo, tendente a hincharse y, en cualquier caso, a esclerotizarse, vive, además, en un lugar como Sant Cugat, cuyo pijerío y cuyo nacionalismo, no ya rampante, sino desatado, dificultan el diálogo (y, a menudo, lo imposibilitan), el aislamiento puede resultar lacerante. Abrirse, abrirse siquiera momentáneamente, viene determinado por las circunstancias, y, a veces, por una circunstancia negativa. Llevo casi dos meses cuidando a mi madre enferma. Casi cada día he de salir a la calle, a comprar algo, en el supermercado o la farmacia, o ir al banco, o hacer cualquier otra gestión que ella no puede hacer. Salgo con la oscuridad del encargo en la cabeza, pero enseguida advierto la luz del sol, el cielo abierto por encima de los tejados grisáceos, el calor, una chispa de viento. Hoy voy a comprar carne a una carnicería que está en la acera de enfrente, uno de esos lugares donde las dependientas, con mandiles con puntillas, y frente a la foto del fundador del establecimiento, que abraza amorosamente a una señora de pelo cardado y sonrisa de Olot, le llaman a uno "rey" y "cariño". A mí "rey" y "cariño" solo me llama, cuando no tiene alguna orden que darme o alguna crítica que hacerme, que es casi siempre, mi mujer: me siento, pues, sorprendido, aunque nunca disgustado. Compro unos cuantos libritos de lomo, que están estupendos, y la señora que me atiende me pregunta: "¿Tú eres el hijo de la señora de enfrente, el que vive en Londres?". "Pues sí; ya veo que mi madre ha difundido la información por todo el barrio". "Oh, está muy orgullosa de ti, cariño". "Todas las madres están orgullosas de sus hijos". "Pero tenemos un problema con ella, rey: no se quiere esperar. Cuando entra, ya sabemos que alguien tiene que atenderla inmediatamente; si no, se va". "Bueno, es que tiene las piernas muy mal, y no puede estar mucho rato de pie. Pero ella siempre me habla muy bien de vosotros: me dice que tenéis la mejor carne del barrio". "Pues dile que, si necesita que le subamos cualquier cosa a casa, solo tiene que llamarnos. Aquí tienes una tarjeta. Ya lo hacemos así con otras señoras mayores". "Muchas gracias; se lo diré". "Gracias a ti, cariño". Todavía siento la sonrisa de la mujer en el cogote al salir a la calle. Justo al lado de la carnicería, hay un minimarket de chinos. En realidad, son bangladeshíes, pero da igual: para los vecinos son "los chinos". Ahí compro los bebidas: agua, cervezas, limonada. A veces me atiende el hijo, un adolescente muy guapo, de piel cobriza y castellano casi nativo. Otras, la madre, una señora que siempre sonríe, con sari multicolor y un español tambaleante. Nunca sé lo que me van a cobrar por un mismo encargo: lo que para el joven son 4,20 euros, para la mujer son 4,30. Cuando le hago notar que el precio ha subido, esta no tiene ningún inconveniente en rebajarlo, pero no a 4,20, sino a 4,10, para que no me vaya descontento. Comprar en los chinos bangladeshíes es siempre una fuente de sorpresas. Ayer, un día laborable, el puesto estaba cerrado. Hoy están madre e hijo, y se lo digo. Me responden lo previsible: "Era una fiesta nuestra". "Sí, ya me lo había imaginado". "Yo, fiesta muy grande", puntualiza la señora, con una sonrisa monumental. Y me imagino un arrejuntamiento fervoroso en la mezquita, o en lo que haga las veces de mezquita, y una celebración morrocotuda en casa, con fuentes llenas de arroz, cordero y dulces. Vuelvo a la calle y me dirijo a la peluquería, donde mi madre quiere que le pida hora. De tanto estar en la cama, parece punk, y siente que ha de ponerse guapa. En la peluquería me atiende el dueño, Fede, un gay simpatiquísimo que confirma que todo ha salido a pedir de boca con ese gesto, que en España no hace ya casi nadie, pero que todavía se estila en Londres, de poner el pulgar hacia arriba. Fede luce una camisa casi tan colorista como la túnica de la señora del minimarket, unos tejanos de pitillo con los bajos vueltos, unos náuticos azules y, lo más espectacular, una de esas barbas largas y estrechas que se han puesto de moda entre algunos veinteañeros, aunque él debe de rondar los cincuenta. Las vi por primera vez cuando llegué a Inglaterra el año pasado, y supe que se convertirían en un elemento de moda en todo el mundo cuando aparecieron en carteles publicitarios y anuncios de televisión. Hoy se han extendido, en efecto, por España a lomos de los dictados difusos pero inquebrantables de la belleza moderna, o, por lo menos, de lo que se considera bello esta temporada, es decir, de lo que alguien, en algún lugar, ha decidido que tiene que considerarse bello, hasta nueva orden. Fede se interesa por el estado de mi madre y me recomienda una zapatería de Gracia especializada en calzado para la gente mayor, que suele tener los pies delicados. "Mi madre se ha hecho fan del local", me informa. También Fede sabe que vivo fuera (aunque no le digo nada de lo de las barbas), y me informa de que él, su marido y su hijo pequeño pasarán una semana de vacaciones en Londres en agosto. Cumplidos todos los recados, vuelvo a casa, extrañamente reconfortado. He tenido tres conversaciones seguidas, más de las que mantengo muchos días en Sant Cugat, tres conversaciones triviales, nada literarias, tres conversaciones con gente distinta y anónima, y me siento bien. Esas tres conversaciones son la representación de un tipo de vida menos pretenciosa, más amable, que afirma a las personas en un suelo compartido, pero sin restarles posibilidades de fabulación, sin mermarlas, sin enajenarlas. Uno se siente un poco más humano en esta red espesa, que lo rescata del soliloquio, que lo salva de la adustez. Se acaba de levantar una brisa muy agradable. Cuando abro la puerta de la casa de mi madre, entra un vecino al que no conozco, y me saluda.