jueves, 10 de diciembre de 2015

Un poema de John Latham

Las charity shops siguen procurándome alegrías sin cuento. En la última que visité, en Pimlico -había ido yo a visitar al médico, que me había comunicado la feliz noticia de que soy diabético-, me encontré un ejemplar de The Faber Book of Blue Verse, en edición de John Whitworth, de 1990. Mi primera preocupación fue averiguar qué era el blue verse, el "verso azul". ¿Quizá una antología sobre el mar? ¿O sobre el cielo? Pues no: se trata de una antología de poesía erótica. Y a mí me gusta mucho la poesía erótica (y el erotismo, en general). Nunca habría dicho que en inglés el verso erótico fuese blue. No necesité pensarlo mucho para quedármela, aunque los precios en esta tienda suelen ser más caros que en las demás. La selección de poetas es un poco errática, porque pretende ser una antología universal, pero el 95% de los antologados son británicos o americanos. La representación del resto del mundo se confía a un puñado de latinos -Marcial, Catulo, Ovidio, Petronio-, a Pietro Aretino -el autor de los descacharrantes sonetos lujuriosos- y a dos franceses: Villon y Verlaine. Naturalmente, no hay ni un solo portavoz de las letras hispánicas, que tradicionalmente se han visto en los países anglosajones, con manifiesto error, como carentes de toda literatura procaz. Entre los poemas que he leído ya, muchos me han interesado, pero el que transcribo y traduzco a continuación me ha parecido especialmente ingenioso. Lo firma John Latham, a quien no tengo el gusto de conocer.


Discuss the Influence of Posture upon Bodily Function. Give up to Twelve Examples.

(University of Manchester Final B. Sc. Honours Paper in Physiology)


It's hard to spit far when you're doing the limbo
to make love to a horse if your arms are akimbo

to defecate cleanly while stood on your head
to chew your left buttock if lying in bed.

If you glide under water it's tricky to sneeze.
It's hard to lick earlobes when down on your knees.

When you stand on one leg it's not easy to piss.
If you hang by the neck it's less simple to kiss.

You can't hp with your knees in a sideways direction.
If you sit on your balls you may gain an erection.

You can't walk a tightrope while doing the splits.
If you lie on your stomach you can't swing your tits.



Discute la influencia de la postura en las funciones corporales, con un máximo de doce ejemplos.

(Trabajo de final de licenciatura en Fisiología por la Universidad de Mánchester)


Es difícil escupir a distancia bailando el limbo
hacer el amor a un caballo con los brazos en jarras

defecar con pulcritud en la posición del pino
morderte la nalga izquierda si te has metido en la cama.

Si buceas es complicado estornudar
y muy duro chupar lóbulos de rodillas.

A la pata coja no es fácil mear.
Si cuelgas del cuello es menos factible besar.

De rodillas no puedes saltar a un lado
y sentado sobre las pelotas quizá tengas una erección.

Tampoco puedes ir despatarrado por la cuerda floja
y tumbada boca abajo es imposible menear las tetas.

lunes, 7 de diciembre de 2015

El interventor

Muy cerca de la estación de Victoria hay un edificio curioso: grande, funcional, racionalista, coronado por una torre cuadrangular y con una Union Jack ondeando en la fachada. Es, obviamente, un edificio oficial, aunque misterioso: nunca se ve a nadie en él. Tras las ventanas, escasas y elevadas, no se divisan personas y en el vestíbulo de acceso nunca hay visitantes, o muy pocos. Parece un archivo o un museo. Pero no lo es: si uno se acerca a leer la placa que hay junto a la entrada, sabrá que es la National Audit Office, la Intervención General del Estado. La primera vez que la vi, pensé que era una casualidad extraordinaria que yo, que había trabajado 22 de mis 27 años de vida administrativa en la Intervención de la Generalidad de Cataluña, residiese entonces tan cerca de su homónimo británico. El interventor es un personaje singular: es el contable de la organización a la que pertenece y, a la vez, el que controla que todos los actos económicos y patrimoniales de esa organización se ajusten a la ley, o, como se dice en el inigualable lenguaje jurídico, tan churrigueresco y latinizante, sean conformes a Derecho. Eso lo sitúa en una situación privilegiada para conocer toda la inmundicia de la gestión pública las cloacas del presupuesto (como en las películas de policías y ladrones, el contable es siempre el que más sabe), pero también en una posición trágica: si el interventor, cualquier interventor, es estricto y aplica la ley ad pedem litterae, la Administración, cualquier Administración, se paraliza. La ley está tan llena de requisitos, trámites, obligaciones, justificaciones y formalidades que ningún gestor, envuelto en la maquinaria elefantiásica e inmisericorde de la Administración, es capaz de cumplirlos todos. Es más: la mayoría de los funcionarios españoles es incapaz de cumplir una pequeña parte de ellos, o ni siquiera de entenderlos, o ni siquiera de saber que existen. Pero si el interventor no exige que se respeten todas las disposiciones de la ley, esta se vuelve contra él y lo hace responsable de cuantos males acontezcan. El interventor puede ir a la cárcel por la inobservancia o quebrantamiento de sus deberes específicos de contabilidad y control, además de por los mismos delitos que cualquier otro funcionario, aunque he de decir que nunca he sabido de un interventor enchironado, por nefasta que haya sido su labor. Y he conocido a muchos interventores lamentables, alguno de los cuales coronaba su incompetencia con un paradójico endiosamiento: como disponía de armas administrativas para entorpecer o denunciar la actuación de los demás, se creía el más poderoso de los seres: un júpiter tronante, un Zeus simpar, un José María Aznar. Si el interventor no desarrolla determinadas técnicas de supervivencia, su trabajo será un insufrible sinvivir: el gestor lo presionará para que firme lo que él sabe que no debería firmar, y su jefe, también interventor, para que firme lo que también sabe que no debería firmar, y no le pase el muerto. No obstante, la ley, pese a su inexorabilidad, suele dejar abierta alguna portezuela para que escurra el bulto. Por ejemplo, si el interventor observa en una mesa de contratación (que es uno de los órganos más importantes de la vida política española, aunque casi nadie lo sepa: en ella se deciden los adjudicatarios de los contratos públicos, que son, a su vez, la principal fuente de corrupción en nuestro país, como nos recuerdan cada día los periódicos) que algo no se hace con arreglo a la ley —otra fórmula que me encanta—, o que el informe del técnico adjudicador es un zurullo, o que la documentación se ha presentado indebidamente o fuera de plazo, o cualquiera de los infinitos motivos de oposición que prevé la ley, siempre puede eludir cualquier responsabilidad haciendo constar por escrito su discrepancia con la resolución de la mesa. El interventor está siempre entre la espada y la pared o, mejor, entre la espalda y la pared: en ese espacio exigüísimo que hay entre dos orbes irreconciliables: la norma y el mundo, el ser y el deber ser, el gestor que exige y la norma que prohíbe, los ciudadanos que desean servicios y esos mismos ciudadanos que desean que esos servicios se presten gestionando bien su dinero y cumpliendo la ley. El interventor es, aunque Cernuda jamás lo habría imaginado, un ejemplo preclaro de esa dicotomía irreconciliable que él estableció proverbialmente: la realidad y el deseo. Y también un escritor in pectore: los informes de fiscalización o auditoría, cuando no son fárragos ilegibles, que es lo que son casi siempre, incorporan fórmulas evasivas deliciosas, o generalizaciones que incluyen una posibilidad y su contrario, o cláusulas condicionales cuya condición es imposible verificar, o sugerencias veladas, o acusaciones tan difuminadas que parecen más bien exculpaciones. El interventor maneja el lenguaje como el torero la muleta: para que el toro de la verdad no lo empitone. Curiosamente, mi contacto con la Intervención en Inglaterra no se ha limitado a pasar por delante de la National Audit Office. El otro día, leyendo Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, de Augusto Assía, el único periodista español que siguió en Londres la Segunda Guerra Mundial, y del que este libro recoge una selección de las crónicas, tanto de la guerra como de la sociedad británica, que mandó aquellos infaustos años a La Vanguardia, me encontré con este párrafo: Una vez que la Tesorería le ha concedido [al Ministerio] el crédito en cuestión, este tiene que ser ratificado por el Comptroller y Auditor General. Es el Comptroller y Auditor General, más que una persona, una de estas elevadas y misteriosas instituciones en que tanto abunda la estructura administrativa inglesa. Identificadas con una persona, tienen muy poco de personales, y constituyen tanto como una función, una dignidad. Aquel que desempeña el oficio es nombrado vitaliciamente, y no es considerado como un empleado del Estado ni un servidor de la Corona o un representante de las Cortes, sino como un ser independiente y equidistante de todos ellos. Su sueldo no puede ser aumentado ni disminuido y su destitución solo puede ser llevada a cabo por petición real y con el asentimiento unánime de ambas Cámaras. Consiste la misión del Comptroller y Auditor General no solo en evitar que ningún ministerio pueda gastar más que las cantidades que le han sido adjudicadas por los Comunes y con las que figura en el presupuesto, sino en vigilar su empleo honesto y legal, con arreglo a los designios de la Cámara de los Comunes y los principios de la administración y la contabilidad británicas. Ejerce esta función estricta y prosaica entre brillo de uniformes, ritos y reverencias antiquísimas y llenas de esplendor. A Assía se le nota la anglofilia por todas las costuras, pero es comprensible, teniendo en cuenta que había sufrido los bombardeos nazis igual que los ingleses y que estaba convencido, como toda persona decente, de la superioridad moral de los aliados en aquel catastrófico conflicto (hasta el punto de sospecharse que había espiado para los británicos). Las diferencias entre la venerable figura del interventor de la administración británica y su equivalente hispano son notables, aunque quizá no lo fueran tanto en la época en que el artículo fue escrito, a principios de 1945. Coinciden en procurar que no se gaste más de lo consignado en el presupuesto —aunque siempre se gasta más de lo consignado en el presupuesto— y que se haga, como queda dicho, de acuerdo con la ley y los principios de buena administración —aunque la administración siga siendo tan mala como siempre y la ley sea burlada, en letra o en espíritu, consuetudinariamente—. En lo demás las coincidencias son nulas: los interventores generales de las distintas administraciones españolas no son vitalicios, ni pueden serlo: su nombramiento y destitución son acordados por el Ejecutivo correspondiente (aunque la condición de interventor sí es permanente, si quien la ostenta no renuncia a ella); son empleados del Estado, con una dignidad tan menguada hoy en España como la de cualquier otro funcionario; no son independientes, sino que actúan bajo la dirección —y al servicio— del gobierno que los ha nombrado; su sueldo puede ser aumentado, aunque esto pase pocas veces, y reducido, lo que es mucho más frecuente; y, en fin, así como los interventores británicos han ejercido, con riguroso atavío civil, su "estricta y prosaica" función, los españoles han participado del "brillo de uniformes, ritos y reverencias antiquísimas" durante mucho tiempo —y aun siglos, desde que surgiera la figura en la Edad Media: entonces se le llamaba "maestro racional"— vistiendo galas y perifollos, incluso bicornio y espadín, con los que han contribuido al tenebroso esplendor del Estado, que, pese a su grandeza solar, a mí siempre me ha parecido vagamente tenebroso. No sé hoy en la Gran Bretaña, pero en España me consta que los interventores sobreviven a la mamotrética Administración del país con más pena que gloria, desempeñando su papel con la modestia y a veces hasta la penuria de un actor secundario, y resistiendo los embates de los malos gestores y los peores políticos como Dios les da a entender. Además, su trabajo, que consiste en revisar facturas, tener libros de contabilidad y redactar informes que no lee nadie, a veces ni él mismo, es aburridísimo. Yo he escapado algunos años de la Intervención, pero no sé si alguna vez podré decir definitivamente, como Robert Graves, adiós a todo eso.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Entre libros viejos



Hace unos tres años, cuando la revista Quimera renovó su equipo y sus contenidos, los nuevos responsables me invitaron a colaborar en ella con una página trimestral. También lo hicieron con otros escritores, para formar así un equipo rotatorio de colaboradores habituales. Yo acepté encantado: me gustaba y halagaba la idea, y pensé que la recurrencia de los artículos podía dejar un poso, por tenue que fuera y uno no se engaña: en asuntos literarios, el poso, si es que llega a haberlo, siempre es tenue, entre los lectores. En este tiempo he publicado, en esa sección de Quimera, a la que titulé "El altillo", diez artículos: algunos relacionados con mi vida en Inglaterra; otros, con la vida o actividad literaria en general; y otros, en fin, misceláneos, pero todos íntimamente vinculados con los libros y con una experiencia, digamos, estética de las cosas. En mi última estancia en Barcelona, se me comunicó que la sección de las colaboraciones trimestrales cerraba, por una sencilla razón: ya no había otra colaboración trimestral que la mía. De aquel amplio equipo de colaboradores iniciales, el único que había mantenido el compromiso y el ritmo de la colaboración había sido yo. Todos los demás, por uno u otro motivo, se habían ido dando de baja (o los habían dado de baja). No tenía sentido, pues, mantener una sección unipersonal, y se me propuso seguir participando en la revista, pero no de manera fija. Yo entendí las razones que se me exponían y acepté tanto la resolución de Quimera como la nueva forma de colaboración. De hecho, ya había participado en otros ámbitos, con reseñas, artículos y traducciones, así que eso no suponía ningún cambio. Ha sido una experiencia interesante: mantener una página, aunque sea trimestral, supone un compromiso y un anclaje, y ambas cosas estimulan la creatividad, siempre proclive a la indolencia. Como en el diario, aunque con mucha menos periodicidad, hay que pensar de qué se escribe y aprender a hacerlo con agilidad y convicción. Firmar una página es como tener una casa, o, mejor, una habitación un "altillo", en la que refugiarse de las inclemencias de la cotidianidad y desde la que mirar el mundo: la ventana es la propia escritura. 

Transcribo a continuación el último artículo publicado en "El altillo", este pasado mes de noviembre, titulado "Entre libros viejos":

Todos los años, otoñal, como la lluvia o el colirrojo real, llega a Barcelona la feria del libro antiguo y de ocasión. El año pasado no pude visitarla, porque no estaba en la ciudad cuando se celebró. Estos días me he resarcido de tan dolorosa ausencia recorriéndola topográficamente. Aunque no sé por qué digo esto como si fuera algo festivo o satisfactorio. Las ferias del libro viejo son, en realidad, fieras, y me hacen sufrir. Y no solo por constatar que el destino de todos los libros –y de las esperanzas e ilusiones de quienes los escriben– consiste en amarillear y ser puestos en almoneda en cajones de mimbre, sino por la penosa apostura de la mayoría de libreros, la no menos lamentable facha de los que se acercan a husmear entre tanta celulosa muerta, y el insoportable olor a polvo, ceniza y vejez de casi todos los puestos. Pero cuando a alguien se le ha inoculado de niño el gusto o la inclinación por algo, como cuando se le ha aleccionado para que vaya a misa o crea que no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta, es muy difícil, si no imposible, arrancarle esa querencia de la cabeza. Así que, con algunos euros en el bolsillo y la siempre renacida (y habitualmente frustrada) confianza en encontrar algo que valga la pena (como las primeras ediciones de Manual de espumas, de Gerardo Diego, y de Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda, que les compré hace algunos años a sendos libreros inadvertidos por seis euros cada una), me lanzo a recorrer los tenderetes del Paseo de Gracia como si explorara las riberas del río Zambeze. Observo que el primero se sitúa muy cerca de una parada del autobús turístico de Barcelona, abarrotado de guiris que miran con indiferencia una mesa petitoria de Junts pel Sí, los redentores de la patria oprimida. Este año hay menos puestos en la feria que hace dos, aunque en algún sitio he leído que se ha invertido la caída y que hay dos expositores más que el año pasado. Tras un primer y demorado repaso, tengo la sensación de que el género es muy mediocre y, además, caro, incluso disparatado. Localizo, por ejemplo, una primera edición de Vía Áurea, de César González-Ruano (una de las malsanas obsesiones que me persiguen), que cotiza a 200 euros. Ruano es un raro, sí, pero no es Saint-John Perse, y con 200 euros comen hoy familias enteras en España un mes. Recuerdo, además, que este libro ya estaba a la venta, en estas mismas estanterías, hace dos años: que no haya encontrado salida no ha llevado al librero a rebajarlo de precio. Como compensación, doy con otra primera edición de Ruano, su biografía de Mata-Hari, a un precio irrisorio: un euro y medio. Me interesa menos que su poesía, sus memorias y sus diarios, pero sigue siendo un Ruano. Doy también con una princeps de Jardín de Orfeo, de Antonio Colinas, a muy buen precio, pero dudo si lo tengo. Esto me pasa a menudo: ya no recuerdo bien lo que he comprado. Lo devuelvo a su sitio, en el rincón más sombrío de la tienda, donde suele estar la poesía, y me digo que lo comprobaré en casa y que, si me falta, volveré a por él. Es un error: cuando regreso, alguien ha cobrado ya la pieza. De todo el largo montón de libros de Visor en el que se encontraba, solo ha desaparecido Jardín de Orfeo. En las ferias del libro, donde se juntan tantos lectores y practicantes o perpetradores de versos no es difícil coincidir con gente conocida. Este año distingo a José Corredor-Matheos, el autor del inolvidable Carta a Li Po, que habla, con mucha familiaridad, con uno de los librovejeros. También están los que no están. Hace dos temporadas, me di de bruces, para mi espanto, con un poeta canario afincado en Barcelona que estaba vendiendo los libros de uno de los libreros más aborrecibles de la feria, un individuo capaz de increparte por haber desplazado unos milímetros los volúmenes dispuestos en el estante. Pensé que Dios –o el diablo– los criaba y ellos se juntaban. Este año, por fortuna, el canario que gorjea pestes no se ha personado, pero el librero, malcarado como siempre, todavía está ahí. Divierten también las conversaciones que uno atrapa al vuelo: «¿Cómo se llamaba aquel libro de Antonio Gala? ¿Cien años de libertad?», oigo preguntar en un stand. «No, coño, eso era de García Lorca». La segmentación del género aporta asimismo información significativa: en un puesto han abierto una sección de El Bulli, al lado de otra dedicada a Kant, y en otro han apilado la obra de Joan Brossa. Por todas partes, en fin, hay mucha literatura catalana. Será que los libreros comparten la esperanza de una nación por fin exonerada de sus cadenas y quieren celebrarlo con el público.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Escribir en otro idioma

Desde que estoy en Londres, he conocido a no pocos escritores, tanto británicos como españoles e hispanoamericanos residentes en la ciudad. Y entre estos últimos me ha sorprendido averiguar cuántos han hecho o aspiran a hacer del inglés su lengua de creación. Algunos fluctúan todavía entre el castellano y el inglés; otros escriben en castellano y se traducen ellos mismos al inglés; otros, en fin, se han decantado ya definitivamente por el segundo y todo lo escriben en este idioma. Y es algo que me perturba: ¿por qué alguien va a renunciar a lo que le ofrece su lengua materna, que es todo, para abrazar una herramienta ajena, desvinculada del hecho fundacional de convertirse en ser humano, por bien que la utilice, por perfecto que sea incluso su manejo? ¿Qué espera encontrar en otro idioma que no tenga ya en el que utiliza desde la cuna? Sé bien que hay ejemplos en la historia de la literatura de escritores que han empleado con éxito otra lengua. De hecho, en la historia de la literatura hay ejemplos de todo: también de obras maestras autoeditadas, lo cual no significa que la autoedición no sea otra cosa que la forma que tiene uno de publicar lo que nadie más quiere publicar. El caso más socorrido y dramático de autor translingüistico es el polaco Joseph Conrad, que aprendió inglés con veinte años y decidió componer en ese idioma su obra literaria, a la que dio inicio a los treinta y siete, con La locura de Almayer; El corazón de las tinieblas, su novela más famosa, la escribiría cuatro después. Algunos biógrafos han subrayado el hecho de que en la decisión de Conrad de abandonar el polaco como lengua literaria quizá pesara la voluntad, precisamente, de alejarse de su cultura de origen, cuya representación más inmediata es el lenguaje. No me extrañaría: yo mismo he conocido a una persona cuya madre, sueca emigrada a los Estados Unidos en los años veinte del siglo pasado, decidió no volver a hablar sueco, ni, naturalmente, enseñárselo a sus hijos, por el odio que sentía por una tierra que, por su miseria y su falta de oportunidades, la había obligado a emigrar. (Hay que recordar que los países escandinavos eran de los más pobres de Europa hace un siglo: las oleadas migratorias se sucedían, sobre todo con destino a América. Ah, cuánto han cambiado las cosas). Otros autores célebres que han renunciado, parcial o totalmente, a su lengua materna han sido Vladimir Nabokov, que pasó del ruso al inglés; Samuel Beckett, del inglés al francés; Jack Kerouac, francocanadiense, del francés al inglés; Emil Cioran, del rumano al francés; y Milan Kundera, que ha renunciado a su primera lengua, el checo, cuando escribe ensayo, para hacerlo en francés. Los ejemplos no se acaban aquí, desde luego. En la poesía norteamericana contemporánea hay algunos casos más de escritores translingüísticos: Charles Simic, que ha dejado de hacerlo en serbocroata; y ruth weiss, una judía austriaca que no quiere utilizar el alemán para distanciarse del pasado nazi de su cultura (y que por eso mismo no utiliza nunca las mayúscula, ni siquiera en su nombre: en alemán todos los sustantivos se escriben en mayúscula). Aunque la lista a la que sin duda podrían añadirse otros personajes parece relativamente larga, en realidad no supone sino un porcentaje minúsculo de los escritores del mundo; de hecho, son una minoría infinitesimal, es decir, una exigüísima excepción. Pese al éxito de estos casos excepcionales, a mí no deja de sorprenderme que alguien prefiera expresarse en un idioma distinto del que ha mamado de su madre. Creo que era Cesare Pavese el que decía que "el que lo hace, miente". Quizá sea una afirmación demasiado radical, pero contiene un grano de verdad. Yo soy un hablante muy competente de catalán, un buen conocedor del inglés y un aceptable usuario del francés, pero estoy seguro de ser incapaz de alcanzar en cualquier de ellos el nivel de conocimiento y de uso, es decir, de expresión, del que disfruto en castellano. Claro que eso no tiene por qué decir nada de la cuestión que ahora me ocupa y sí mucho de mí uno es sus limitaciones, pero me sorprendería que hubiese mucha gente que fuera capaz de expresarse en más de un idioma con un mismo nivel de competencia, suficientemente alto como para crear con todos (y más aún con el adquirido en segundo lugar) obras literarias solventes. Puede que haya bilingües perfectos, pero yo no los conozco. Llevo más de dos años viviendo en Inglaterra a la que ya llegué con un buen nivel de inglés y sigo sorprendiéndome de la vastedad casi oceánica del vocabulario cada día aprendo palabras y expresiones nuevas, de las complejidades de la gramática y la sintaxis, y de la hondura de los matices, por no hablar de los acentos, los dialectos y las jergas. Se me hace inimaginable moverme en ese espeso bosque de ecos, sugerencias, dobles sentidos, indirectas, ironías, asociaciones, lecturas entre líneas, analogías, neologismos, tonalidades y silencios que es cualquier idioma sin haber nadado en él desde que abrí los ojos y los oídos al laberinto del mundo y a la realidad confusa y desconcertante de mi propia mente, de mi propio yo. Uno puede, me parece, acceder a un estadio avanzado de esa frondosidad, y moverse con soltura por sus senderos y trochas, pero nunca a uno absoluto. En los escritores de la diáspora que viven en Londres y que se han pasado, o quieren pasarse, al inglés como lengua literaria advierto una inquietud muy propia, y muy comprensible, de su naturaleza de seres lingüísticos hecha de curiosidad y descubrimiento y una consecuencia obvia de las circunstancias en las que viven si el inglés nos rodea por todas partes, ¿por qué no hacerlo también el instrumento de nuestra creación?, pero también un error fundamental: si no hemos sido capaces de componer una obra literaria satisfactoria en nuestro primer idioma, ¿cómo esperamos hacerlo en uno que hemos aprendido después, sin el impulso constitutivo, sin la fuerza genésica, definidora del ser y del pensamiento, de aquel? A mí me ha pasado justamente lo contrario: desde que vivo en Inglaterra, asediado por la lengua de Shakespeare, se ha acendrado mi vivencia del español: ahora es el reducto en el que me encierro con más pasión, lo más íntimo e individual, lo que justifica con más exactitud lo que siento y lo que soy. El castellano se ha convertido en una fortaleza espiritual en la que amo, sudo, me peleo y eyaculo: las palabras tienen una fuerza de la que antes carecían; las frases se disponen como peldaños de un ascenso horizontal con el que llego a lo más profundo de mí; todo lo que escribo me ciñe y abraza y golpea y amuralla, y yo lo siento como un regalo intransferible, incomunicable. Revivir esa experiencia en otro idioma se me hace inconcebible.

viernes, 27 de noviembre de 2015

El alegre Gay

Como no me apetece cocinar (nunca me apetece cocinar), salgo con Álvaro a comer a un restaurante japonés del barrio, donde los bufés son contundentes, a precios no monstruosamente caros. Justo antes de llegar, hay una charity shop en cuya amplia sección de libros ya he husmeado en otras ocasiones, y que no me resisto a volver a visitar. Mientras Álvaro selecciona películas, yo descubro un par de libros interesantes: una edición moderna de Ariel, de Sylvia Plath, en tapa dura, con un enjundioso aparato crítico y con una reproducción facsímil del manuscrito original; y una edición de las Fábulas de John Gay, publicado por Frederick Warne & Co. en Londres, en 1889. El volumen, "con una introducción biográfica y crítica, y un apéndice bibliográfico", a cargo de W. H. Kearly Wright, miembro de la Real Sociedad de Historia y bibliotecario del ayuntamiento de Plymouth, está espléndidamente conservado y cuenta con las ilustraciones, asimismo espléndidas, de William Harvey: 126 dibujos de una delicadeza y detalle sobresalientes. Lo mejor, si es que hay algo mejor que encontrar un libro como este, es que vale cinco libras. Las pago con gusto y salgo con él, como si hubiera encontrado la aguja en el pajar, y además la aguja tuviera incrustada una esmeralda. Después del sushi y el sashimi, leo el prólogo de Wright e investigo algo sobre Gay. Fue un hombre singular. Su obra más popular son, precisamente, las fábulas, de las que publicó dos series: en 1727 y 1738, ambas recogidas en el volumen que he comprado. Fue, además, el primero en hacerlo en inglés. El XVIII fue, en toda Europa, el siglo de oro de las fábulas. En España contamos, entre otros, con Iriarte y Samaniego, ilustrados adoctrinadores, valga la redundancia, que las utilizaban para moralizar a un pueblo, a sus ojos, devastado por la ignorancia y la necesidad. Sin embargo, estos mismos partidarios de las luces cultivaban también las sombras en literatura, y lo hacían con ahínco y algún escrúpulo, que acallaban utilizando seudónimos o no permitiendo que esa labor subterránea se publicase, sino, en todo caso, que circulara en copias manuscritas, manoseadas hasta la desintegración. Tanto Iriarte como, sobre todo, Samaniego escribieron relatos rijosos y facecias pornográficas, cuya brutalidad, en no pocos casos, prefigura, y aun excede, la del expresionismo y el surrealismo de dos siglos después. No me consta que Gay incurriera en sicalipsis semejante, pero sí que fue un hombre dado al ludibrio y la cuchufleta, con finura, eso sí, como lo hacen todo los ingleses, excepto si son hooligans o Benny Hill. Empezó siendo ayudante de un comerciante de sedas en Londres, pero, "gustando poco del servilismo de esa profesión", como dejó dicho el doctor Johnson, volvió a su ciudad natal, Barnstaple, para continuar con su educación, que corrió a cargo de un tío suyo, ministro de una confesión protestante que discrepaba de la Iglesia de Inglaterra. Se conoce que las enseñanzas de su pariente tampoco sedujeron a Gay (y no me extraña), y el escritor in pectore volvió a la capital británica, decidido esta vez a hacerse un sitio en el mundo literario. Gay utilizó muy pronto el viejo recurso de las dedicatorias halagadoras de los libros a autores admirados, cuya protección se deseaba, para conseguir la de Alexander Pope, uno de los poetas y satíricos más destacados del país. La que estampó en uno de sus primeros libros, Rural Sports [Diversiones rurales], le granjeó la estima del pope Pope, a cuyo estímulo se debe su siguiente libro, The Shepherd's Week [La semana del pastor], un conjunto de seis pastorales con las que parodiaba las pastorales arcádicas de Ambrose Phillips. En realidad, el que estaba resentido con Phillip's no era Gay, sino Pope, a quien aquel disputaba el título de Teócrito de la época. Por qué era deseable escribir las mejores églogas de ninfas y pastores, y por qué se cifraba en eso la gloria literaria, es algo de difícil comprensión hoy, pero que en aquella época no admitía discusión. Gay, pues, desde sus inicios en la literatura, se adhirió a la anchurosa tradición de la sátira, que en Inglaterra llevaba siglos cultivándose. Se unió al Scriblerus Club, una asociación de escritores practicantes de la burla y el cachondeo, encabezados por Alexander Pope y otro gran satírico, Jonathan Swift. Este le ayudó con otro libro, Trivia, or the Art of Walking the Streets of London [El arte de recorrer las calles de Londres], un largo poema en tres libros en el que describe con precisión fotográfica y espíritu reformista el entramado urbano de Londres, y que constituye un extraordinario fresco de tipos y costumbres de la sociedad de su época. Poco después, en 1717, Gay estrena una comedia, Three Hours After Marriage [Tres horas después del matrimonio], que se consideró "groseramente indecente" y que resultó un fracaso. Que aquella obra no estaba destinada al parnaso ya quedó claro la noche del estreno, cuando Gay y Colley Cibber, el actor principal, se liaron a bofetadas, al descubrir este que el papel que había de representar era una sátira de sí mismo. Pope y otro miembro del Scriblerus Club, John Arthbutnot, habían colaborado en su composición, pero, en vista del éxito obtenido, declinaron constar como coautores. La verdad es que me encantaría leerla. Tras este señalado tropezón, en 1720 sufre una adversidad mayor: Gay, cuyo sentido práctico de la vida, como el de tantos otros escritores, no está a la altura de su talento literario, desoyendo a Pope y otros colegas, invierte todo su dinero en la Compañía del Mar del Sur, un monopolio comercial que acaba en desastre y devora sus ahorros. Vive entonces varios años de la ayuda de sus amigos y protectores, sin escribir nada, hasta que en 1727 da a la imprenta la primera entrega de sus fábulas, dedicada, cómo no, a otro mentor promisorio, el duque de Cumberland, de, a la sazón, seis años. Está claro que Gay invertía en un poderoso que pudiera garantizarle su favor durante muchos años, como hoy hacen las editoriales, que no fichan a viejos maleados, sino a autores jóvenes a los que puedan extraer largamente el jugo. Es curioso también que Gay persiguiera toda su vida el auxilio de mentores aristocráticos, cuando muchas de sus obras, y desde luego sus fábulas, criticaban acerbamente las costumbres de la corte y las vanidades de los cortesanos. Pero esas contradicciones forman parte de la vida literaria, y además hay que comer. Un año más tarde, en 1728, estrena la que acaso sea su obra más importante, The Beggar's Opera [La ópera del mendigo], una especie de antiópera italiana, en la que hace una amplia crítica de la sociedad de su tiempo de su hipocresía y su corrupción y se despacha a gusto contra sir Robert Walpole, entonces primer ministro, que se sospechaba había permitido que los responsables del fiasco de la Compañía del Mar del Sur eludieran la acción de la justicia. Gay respiraba por la herida. The Beggar's Opera, producida por el empresario teatral John Rich, tuvo un éxito inmenso y, como alguien dijo con retruécano feliz, "puso alegre [gay] a Rich [rico] e hizo rico a Gay". La obra ha perdurado en la historia de la historia por sus propios valores y también por haber influido en una obra mayor de las letras contemporáneas, La ópera de los tres centavos, de Bertold Brecht. Tuvo una secuela, Polly, en 1729, asimismo de gran éxito, al que contribuyó que fuese prohibida por Walpole, que no deseaba verse ridiculizado de nuevo, pero que, con su censura, consiguió que se divulgase y fuera celebrada mucho más que si la hubiera aceptado con cristiana resignación: un error común a todos los inquisidores. Gay, no obstante, ya no aportaría mucho más a las letras de su país, y moriría en 1732. Está enterrado en la abadía de Westminster. Su epitafio es obra de Pope, pero concluye con un pareado del propio Gay, que mantuvo, como buen inglés, el sentido del humor hasta el final: "La vida es una broma, y todo lo demuestra; / así lo pensaba antes, y así lo sé ahora".


Traduzco la fábula XXXVIII de su primera serie, "El pavo y la hormiga", en la edición mencionada de W. H. Kearley Wright:

Sabemos descubrir defectos en otros hombres
y echar la culpa a la mota que les nubla los ojos,
encontrar cada una de sus manchas e imperfecciones,
pero estamos ciegos ante nuestros propios y más graves

                                                                                        [errores.
     Un pavo, cansado de la comida de siempre,

dejó el corral y se fue al bosque,
seguido por una comitiva de pavitos,
que picoteaban un grano aquí y allá.
"¡No os alejéis, hijos míos¿", les grita la madre;
"Esta colina nos ofrece un delicioso yantar:
mirad esas filas de ajetreadas negras;
hay millones: ¡tantas que oscurecen el lugar!
No tengáis miedo: comed, como yo, con libertad;
la hormiga es un placentero manjar.
Cuán bendita, cuán envidiada sería nuestra vida
si pudiéramos escapar del cuchillo del carnicero.
Pero el hombre, el maldito hombre, se alimenta de pavos
y la navidad acorta nuestros días.
A veces nos combina con ostras
y a veces proporcionamos el sabroso filete.
Desde el campesino llano hasta el señor,
el pavo humea en todas las mesas;
está claro que los hombres se condenan por gula,
el peor de los siete pecados capitales".
     Pero una hormiga, que se había puesto fuera de su

                                                                                  [alcance,
respondió desde un haya vecina:
"Antes de advertir el pecado de otro,
invita a tu conciencia a mirar dentro de ti.
Controla tu pico, más voraz,
y no mates a naciones enteras para desayunar".


martes, 24 de noviembre de 2015

Las Salas de Guerra de Churchill

Las Churchill War Rooms, o Salas de Guerra de Churchill, son una de las pocas atracciones de Londres que nos quedan por visitar (la otra es la Abadía de Westminster, que sigue inexpugnable a nuestros esfuerzos: precios disuasorios, horarios reducidos, colas soviéticas, masas ingentes de visitantes...). Decidimos subsanar la omisión hoy, un sábado lluvioso de noviembre, valga la redundancia. Las Churchill War Rooms son el búnker habilitado por el gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial para dirigir las operaciones militares. Se encuentra debajo del actual Ministerio del Tesoro, en Westminster, quizá por aquello de que no hay nada más indestructible que la Hacienda Pública, y empezó a ser construido en 1938: se conoce que los británicos ya consideraban previsible, y hasta inevitable, que Mr. Hitler, como le llamaban los periódicos de la época, decidiera hacerles algunas visitas aéreas varios años antes de que, en efecto, se animase a hacerlo. Concluido en agosto de 1939, justo antes del estallido del conflicto, estuvo operativo hasta exactamente seis años después, con la rendición de Japón. La visita se inicia en un vestíbulo de cuyo techo pende una bomba alemana de 250 kilos, una de los cientos de miles que los nazis tuvieron a bien regalar al pueblo británico, y que mataron a 43.000 personas, hirieron a 139.000 y destruyeron más de un millón de viviendas. El Blitz, técnicamente, duró desde septiembre de 1940 hasta mayo de 1941, pero tuvo un trágico epílogo entre mediados de 1944 y principios de 1945, con el lanzamiento de las bombas volantes V-1 y V-2, aquella idea de bombero (nazi) de Hitler, gracias a la cual Alemania, que llevaba toda la guerra perdiendo la guerra, iba por fin a doblegar la resistencia inglesa, y que sumó más víctimas y más devastación al conflicto, pero que no alteró su resultado. Sorprendentemente, los arquitectos del gobierno sabían que las salas de guerra, aunque habían ganado protección al ser subterráneas, no resistirían un impacto directo de la aviación alemana, y solo pudieron reforzarlas con capas extras de cemento y metal en diciembre de 1940. Pero la suerte quiso que ningún explosivo cayera justamente allí, a pesar de que Westminster, la sede del gobierno, era una de las zonas más castigadas de la capital, lo que demuestra que la suerte es esencial en todos los órdenes de la vida. Las salas de guerra impresionan por su aparato técnico-militar, como la sala de mapas, erizada de teléfonos, donde aparece cartografiado el universo mundo; la de radio, llenas de cables y aparatos que hoy parecen antediluvianos, desde la que Churchill pronunciaba sus famosos discursos; la del teléfono transatlántico, disimulada como uno de sus baños personales, desde la que el premier británico hablaba con Roosevelt, el presidente de los Estados Unidos, primero para instarlo a sumarse a la guerra (algo que no consiguió; lo lograron los japoneses, con su imprudente ataque a Pearl Harbor) y luego para coordinar las acciones militares de los aliados, y cuyas tripas —un codificador llamado "Sigsaly"— ocupaban una habitación entera en los sótanos de Selfridges, los grandes almacenes de Oxford Street; o, en fin, el generador de electricidad del búnker, grande como un dinosaurio, que se extendía por varias salas y que hoy se utiliza para fiestas privadas. Es lógico: es una zona que permite muchos juegos de luces. En la puerta del macrogenerador hay colgado un cartel que indica el número de teléfono al que hay que llamar si se desea alquilar el local. Como se ve, las relaciones entre la política y el comercio, o entre la historia y el comercio, o entre la guerra y el comercio en las Islas Británicas siempre han sido muy intensas. Pero aún más interesantes que los aspectos bélicos del conjunto son los apartados, digamos, humanos. Un espacio tan reducido y claustrofóbico, en el que la gente trabajaba bajo la presión asfixiante de la guerra, generaba situaciones difíciles. Por ejemplo, todo el mundo fumaba, empezando por Churchill, que se asestaba una media de ocho puros al día (aunque no se tragaba el humo). En muchas mesas observamos ceniceros de lata con la leyenda cigarette ends: los ingleses podían procurarse día tras día rozagantes cánceres de pulmón, pero no permitir que las colillas no estuvieran en su sitio. Nos imaginamos, no obstante, aquellas catacumbas siempre llenas del humo del tabaco y nos preguntamos cómo podía resistir la gente tantas horas entre nubes de nicotina. A mí me parece que debía de ser más saludable exponerse al humo de las explosiones, y a las explosiones mismas, en la superficie, que soportar aquella toxicidad de brea. En las salas de guerra hay también muchos dormitorios para todo el personal, incluyendo el primer ministro, que debía pasar allí noches enteras. En general, son horrorosos: catres estrechos con mantas del ejército y el inevitable orinal. No es extraño que muchos, incluyendo el primer ministro, prefirieran arriesgarse a salir de noche a las calles bombardeadas de la ciudad para volver a sus casas, si aún seguían en pie, a quedarse en aquellos nichos deprimentes con poca luz y todavía menos ventilación. Entre los dormitorios se cuentan el de los dos detectives que protegían a Churchill (solo dos, aun en guerra; hoy los séquitos de seguridad de los mandatarios públicos necesitan plantas enteras de hotel), los de sus numerosos colaboradores (en los que, además del orinal, siempre hay libros, mayormente de Penguin) y el de la esposa de Churchill, Clementine, cuyo edredón es rosa y las sillas están tapizadas de flores: el toque femenino, sin embargo, apenas dulcifica la lobreguez del lugar. No pocas de las características del búnker están determinadas por la arrolladora personalidad de Churchill. Para empezar, le disgustaba estar bajo tierra: era como admitir implícitamente el poder del enemigo. Por eso solía subirse a los balcones o tejados de los edificios del gobierno, para desesperación de sus guardaespaldas, con el fin de contemplar los raids de la Luftwaffe y la actuación de las defensas antiaéreas. Y hay que tener valor. De hecho, todo el mundo que lo conocía estaba convencido de que, en caso de ataque contra el búnker (se esperaban incursiones de paracaidistas alemanes y sabotajes), Churchill saldría a luchar personalmente: ya lo había hecho contra los pastunes en la India, los mahdistas en el Sudán y los bóers en Sudáfrica. Y la verdad es que ver abalanzarse contra uno a un tipo de 120 kilos con cara de bulldog, un puro ardiente en la mano y muy malas intenciones, había de asustar a cualquiera, por muy paracaidista alemán que fuese. El carácter ejecutivo —para muchos, agresivo— de Churchill se manifestaba en detalles como los carteles que hacía colgar en todos los rincones del búnker, y en los que se leía: Action this day, es decir, "Para hoy". Sin embargo, como a toda persona inteligente, no le gustaba el ruido: abundan también los letreros de Quiet, please, y las máquinas de escribir son especiales: silenciosas. Con las muchísimas que hay, el estruendo de todas, resonando en el hormigón, habría sido insoportable. Las salas de guerra son, de hecho, un homenaje a Churchill, hasta tal punto que albergan su museo, en el que se da cuenta con admirativo detalle de su vida y su obra política, literaria y hasta pictórica, y se recogen numerosos objetos personales, de los que no se sustraen los aspectos más polémicos. Así, vemos una botella de coñac Hine, su preferido, que le acompañaba en todas las comidas, y de otros espirituosos con los que se mantenía entonado desde que se levantaba hasta que se acostaba. La parte del museo que más me interesa es una colección de frases memorables, a las que Churchill era particularmente aficionado, para mortificación de sus adversarios políticos. Unas cuantas están dedicadas al pobre Clement Atlee, el líder laborista que fue su vicepresidente durante la guerra (así son los británicos: feroces en el combate partidista, pero unidos en el que libran contra el enemigo: deberíamos aprender en España) y que lo derrotó en las elecciones posteriores a ella (así son, de nuevo: capaces de echar del gobierno a quien ha ganado una guerra). De él dijo Churchill que era un cordero disfrazado de cordero, o un hombre modesto con muy buenas razones para serlo, o que llegaba un taxi vacío al 10 de Downing Street y de él se bajaba Atlee. Sin embargo, Atlee fue un gran gobernante y un ejemplo moral: abogó por que Gran Bretaña apoyara a la República española en la Guerra Civil (Churchill se opuso a ello) y, durante su gobierno, creó el National Health Service (el que quieren desmantelar los herederos políticos de Churchill) y sentó las bases del estado del bienestar en el país. En el museo de Churchill también se encuentra la placa del Premio Nóbel de Literatura que recibió en 1953 (aunque no, obviamente, por sus méritos literarios) y algunos de los muchos paisajes que pintó. Pintaba paisajes y no retratos, dijo, porque un árbol nunca se había quejado de que no se le hubiera hecho justicia. Tanto le gustaba pintar que escribió que, cuando llegase al cielo, pasaría una buena parte del primer millón de años haciéndolo. A la salida del museo, seguimos viendo dependencias del complejo. Reparo en un cartel en un pasillo que informa del tiempo que hace en el exterior: fine & warm, dice una tablilla, sorprendentemente; y otra: windy, que significaba que estaban bombardeando: ah, el gusto por el understatement de los ingleses. Más allá, llegamos a la sala de conferencias, donde se reunían Churchill y los jefes militares para discutir las grandes decisiones de la guerra. En el gran mapa de Europa que todavía preside la habitación alguien pintó una caricatura de Hitler, y ahí sigue. Frecuentó mucho esta sala el general —y luego mariscal— Alan Brooke, jefe del Estado Mayor, un militar extraordinariamente sensato que se especializó en contener las ideas a veces geniales pero a veces enloquecidas de Churchill, como, por ejemplo, invadir la Península Ibérica para garantizar el control de Gibraltar. Por desgracia, a la salida de esta sala, la audioguía que he estado utilizando se queda sin pilas y tengo que seguir el recorrido sin la aterciopelada voz de la informadora. En parte por esa sobrevenida orfandad y en parte porque me tiene agarrotado ya el síndrome del museo, acelero el paso y ganamos pronto la calle, donde hace un frío de mear a cubitos, pero que agradecemos: todo lo que está bajo tierra, aunque sea el recuerdo de una gran victoria, recuerda a la muerte.