Visitamos Kenwood House, un palacio enclavado en el barrio de Hampstead, al norte de Londres. El lugar -que es un edificio muy representativo de la vida (o más bien vidorra) de la aristocracia inglesa desde el siglo XVII, así como un importante museo y el centro de una finca mayor que Liechtenstein- ha estado cerrado por obras de remodelación desde el año pasado, y se ha vuelto a abrir recientemente. Es curioso, porque Kenwood House ha sido un lugar muy popular entre los londinenses desde mediados del siglo pasado -la gente acudía al parque que lo rodea para hacer el picnic, escuchar los conciertos que se organizaban y asistir a espectáculos de fuegos artificiales-, pero esa misma popularidad ha llevado a su cierre: otros londinenses se quejaban de las molestias y el ruido que causaban las actividades de Kenwood, y eso ha hecho que cesaran. Pero sin actividades no había ingresos, y sin ingresos no había palacio: hace falta más de un millón de libras esterlinas al año para mantener el edificio, las colecciones de arte y el terreno. La administración ha encontrado el modo de subvenir a esas necesidades -aunque respetando la gratuidad de los museos públicos: por acceder a Kenwood se sigue sin pagar entrada- y el lugar, espléndido, se ha reabierto al público. Nos cuesta llegar: hemos malinterpretado Google Maps -el mejor invento de la humanidad para orientarse por el universo mundo desde las cartas de navegación de Marco Polo- y hemos salido en una estación de metro equivocada, a casi una hora de distancia andando del edificio. Nos lo tomamos con calma y decidimos comer primero: es casi la una, y eso, aquí, significa que ya es la hora del almuerzo. Lo hacemos en un restaurante indio. Está completamente vacío, lo que es mala señal, pero comemos bien; de hecho, comemos hasta hartarnos: platos con dados de cordero, o de otros animales menos identificables, sumergidos en yogur, menta, curry y cilantro. El local ha tenido, además, el buen gusto de no colgar en las paredes esos tapices y cuadros de dioses de muchos ojos o de muchos brazos que suelen adornar otros restaurantes, y que consiguen que coma deprimido, por su fealdad, a la par que sobrecogido, como si lo hiciera a la vista del retrato de un ciempiés. Más aún, sus paredes lucen una admirable vaciedad: la vaciedad parece ser la esencia del local. Tras el yantar, Pablo se compra un jersey en una charity shop vecina, por cinco libras. Hace frío, o nos lo parece: después de los casi treinta grados de Lanzarote, estos 16 o 17, afilados por ráfagas impiadosas de viento, se nos antojan Laponia. Atravesamos el parque de Hampstead Heath, en cuyo extremo septentrional se sitúa Kenwood House. Hampstead Heath es uno de los parques más grandes de Londres, y también uno de los más agrestes. En un momento determinado de la paseata, Pablo mira en torno y nos pregunta, sorprendido: "Pero, ¿esto es Londres?". No extraña su estupor: a nuestro alrededor solo hay maleza, arboledas y pastos; ni una sola construcción, ni un solo ruido ciudadano, alteran la estampa rural del paraje. Recorremos senderos estrechos y serpenteantes, y damos, por fin, con la entrada a Kenwood. La mansión es, en sí, impresionante. Desde su construcción a principios del siglo XVII, ha sufrido varias ampliaciones. La más importante quizá sea la que llevó a cabo, entre 1764 y 1779, el arquitecto Robert Adam, que le añadió el pabellón que alberga la biblioteca -la dependencia más espectacular del conjunto- y las columnas jónicas de la entrada. Kenwood había pertenecido a la familia Mansfield desde que William Murray, primer earl de esa casa, la comprara en 1754, pero en 1925 pasó a manos de Edward Guiness, miembro de la familia Guiness, por cuyos méritos como proveedor de cerveza -uno de los suministros imprescindibles de la Casa Real, y de Inglaterra toda-, y también por ser el segundo hombre más rico del país, había recibido el título de barón de Iveagh en 1891. Pero Guiness no la disfrutó demasiado: murió solo dos años después, aunque tuvo el bonito gesto de legar la propiedad, y sus magníficas colecciones de arte, al Estado. En realidad, son estas colecciones de pintura y escultura las que seducen al visitante. En Kenwood se expone el celebérrimo autorretrato de Rembrandt que todos hemos visto reproducido en libros de arte e historia, y en documentales sobre su figura, en el cual el pintor holandés aparece con cara de charcutero, gorro blanco, pelliza oscura y una paleta y pinceles difusos en la mano izquierda. Este cuadro, por cierto, trae malos recuerdos a los españoles: en los años 40, el Museo del Prado lo compró, pero solo se hizo con una copia: el original es este, y no se ha movido del legado Iveagh desde que entró a formar parte de él, a mediados del siglo XIX; nos dieron, pues, gato por liebre. Frente a las oscuridades del cuadro de Rembrandt, la otra pintura más famosa del conjunto, Dama tocando la guitarra, de Vermeer, luce, como toda la obra del pintor de Delft, una nitidez luminosa, a cuyo realce contribuye una penumbra exangüe. Nos entretenemos en ambos cuadros, y en otros de la escuela inglesa -Gainsborough aporta La condesa Howe; Constable, algunos paisajes; Turner, una marina-, pero también en el trabajo, digamos, industrial de otros artistas, como William Larkin, un retratista de la corte de Jaime I de Inglaterra que, por su muerte prematura, en 1619, con treinta y pocos años de edad, apenas pudo trabajar una década en su obra. Pero aprovechó muy bien el tiempo: para economizarlo, utilizaba casi siempre una misma plantilla, y solo cambiaba las caras de los retratados; las posturas, vestimentas y fondos, en los que predominaban los cortinajes (a Larkin se le llamaba "el maestro de las cortinas"), eran muy parecidos y, en algún caso, prácticamente iguales. Para que luego digamos que la picaresca es solo española. La biblioteca de Kenwood es el espacio más esplendoroso del palacio. Tras varias restauraciones, hoy se exhibe con su lujo original, en el que destacan las 19 pinturas del techo, del veneciano Antonio Zucchi, ceñidas por una inacabable gama de verdes, azules y rosas pálidos. En las sillas y sillones, unos cardos delicadamente dispuestos -y no esos horribles cordones que se suelen poner, que parecen cinturones de castidad- indican que uno no se puede sentar. En el extremo absidal de la biblioteca se congrega el grueso de los libros, entre los que reconozco a los autores mayores de la literatura inglesa y la colección encuadernada de la revista Punch, acaso la publicación satírica más importante de la historia de la literatura, cuyo título es acorde con su contenido: punch significa golpe, puñetazo, y también designa al títere que en los teatrillos de polichinelas repartía garrotazos a los demás. Recuerdo haber utilizado algunos trabajos aparecidos en Punch para mi antología Los versos satíricos, y he vuelto a saber de ella con ocasión de la traducción de Whitman: en Punch, como no podía ser de otro modo, Hojas de hierba recibió varapalos sangrantes. Recorremos el resto de la casa, pero no nos atrevemos con los extensísimos jardines: tras la caminata para llegar, y el síndrome del museo que ya atenaza nuestra piernas, optamos por buscar la parada de metro más cercana y refugiarnos en casa. Además, hace frío, aunque sea agosto.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 25 de agosto de 2014
domingo, 24 de agosto de 2014
Jaume Vallcorba
Me informa mi amigo Ernesto Hernández Busto, que trabajó con él algunos años, de la muerte ayer de Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado, una de las mejores editoriales españolas actuales, si no la mejor. Y me siento inmediatamente golpeado por la noticia, porque uno de los libros que estoy leyendo estos meses, la monumental biografía de Samuel Johnson, escrita por James Boswell, con la apabullante traducción de Miguel Martínez-Lage, ha sido publicado por Acantilado. La gente muere y este diario se hace eco de ello. Yo no soy tan buen escritor de necrológicas como César González Ruano, que presumía de que a él los muertos se le daban de maravilla (y, ciertamente, no solo los ensalzaba con mucho arte en los periódicos, sino que hasta contribuyó con algunos durante la ocupación nazi de París), pero una bitácora es también, o ha de ser, hasta cierto punto, un registro de desapariciones. Vallcorba -yo siempre lo llamé así; nunca me permití la confianza de que fuese Jaume- fue profesor mío en la Universidad de Barcelona a finales de los 80, y luego siguió ejerciendo hasta 2004, en que abandonó la docencia para dedicarse por entero a la editorial. Me dio clase de literaturas románicas, en tercer año, si no recuerdo mal, pero todo el curso estuvo dedicado al Cantar de Roldán, sobre el que poco antes había publicado un título fundamental: Lectura de la Chanson de Roland, con presentación de su maestro, también recientemente fallecido, Martí de Riquer. De las clases de Vallcorba recuerdo la claridad expositiva y la nitidez de la argumentación. También, la calidad de su catalán, tan contaminado, incluso entre profesores universitarios, por castellanismos y ordinarieces, pero que en él era limpio y elevado. El Cantar de Roldán -me quedó claro en sus clases- es otro ejemplo de la eterna lucha entre el bien y el mal que la literatura lleva documentando desde sus albores mesopotámicos, y cuya conclusión inevitable, el triunfo de la Verdad, encarnada por Dios, debe instruir y aleccionar a los creyentes. Vallcorba destripaba el arsenal simbólico del libro para ilustrar ese combate y ese resultado, y, tras cada explicación, minuciosamente documentada, se nos quedaba mirando, con una sonrisa ancha, desde la destartalada tarima del aula, como para comprobar el efecto concluyente de su alegato en nuestras inexpertas mentes filológicas. Y era taxativo en su discurso: Vallcorba empezaba a hablar y no consentía interrupciones, ni siquiera para formular preguntas, y mucho menos si se trataba de impertinencias. A dos a los que dio por hablar y reírse en voz baja, en la parte posterior del aula -los que hablan y se ríen en voz baja siempre se han sentado, desde que el mundo es mundo, en la parte posterior del aula-, los fulminó, tajante: "Vostès!", gritó, "m'estan desconcentrant!". Pero hay que reparar en esto: no dijo "Callin!", o "Si us plau!", o "Els prego que deixin d'enredar", sino "m'estan desconcentrant". La desconcentración, la ruptura del hilo discursivo, era para él la peor consecuencia de la desatención de los estudiantes: algo esencialmente lesivo para el aprendizaje. Hoy, cuando tanto cuesta encontrar desarrollos articulados, esa reivindicación tácita de la continuidad, del hilván en la configuración del pensamiento, resulta conmovedora y hasta subversiva. Vallcorba, siempre atildado, siempre irónico, fue uno de mis mejores profesores en la Facultad de Filología, y puedo asegurar que no abundaron: en cinco años de carrera, no hubo más de media docena que dejaran en mí algún recuerdo, alguna influencia. Como editor, he seguido su trayectoria con interés y admiración. Vallcorba consiguió construir, con Quaderns Crema, en catalán, y luego con Sirmio y Acantilado, en castellano, unos sellos admirables, que lograron aquello a lo que aspira cualquier editor: que sus libros sean comprados por el solo hecho de que los publique él, con independencia de que los lectores conozcan -o les interese- el autor o la obra. Una vez, incluso, me atreví a ofrecerle un poemario. Había comprobado que Acantilado no solo publica prosa, de ficción y ensayística, sino también, en ocasiones, poesía española contemporánea (aunque luego sabría que esto no solía ser sino la retribución por alguna traducción anterior hecha por el poeta publicado), y me atreví a remitirle un original. Vallcorba, como era de prever, lo rechazó. Y, para disimularlo, si es que algo así puede disimularse, en la nota manuscrita con la que me comunicó su negativa, aplicó el bálsamo del elogio. Algunos editores lo hacen: masajean la vanidad del rechazado, y con eso hacen más llevadero el bastonazo. Sin embargo, en aquella ocasión Vallcorba no debía de haber tenido demasiado tiempo, o demasiadas ganas, de elaborar su cataplasma, porque me decía que mi libro tenía "muchas virtudes", pero no especificaba cuáles, ni tampoco por qué no lo publicaba, si tantos méritos lo adornaban. En realidad, virtuoso o no, el libro no le había gustado, porque Vallcorba se jactó siempre de publicar solo lo que le gustaba. E hizo muy bien. Su decisión no me molestó, y no por el encomio insustancial, sino porque por algunas personas admiradas, que han roturado nuestra sensibilidad o ampliado el radio de nuestra inteligencia, sentimos una simpatía honda, que sobrevive a los reveses y las frustraciones. Vallcorba siguió siendo, en aquel momento, el profesor elegante, culto y didáctico que me había revelado la maldad de los sarracenos y la pureza inmaculada de los pares de Francia, y el editor que me había regalado tantas horas de placer con sus espléndidos libros. Eso es todavía; eso será siempre.
sábado, 23 de agosto de 2014
Lanzarote (2)
Lanzarote es la isla de César Manrique. En pocos lugares, por no decir en ninguno que yo conozca, se observa una implicación semejante de un artista con su tierra. Manrique nació en Arrecife en 1919 y, salvo los años de la Guerra Civil -en la que combatió, como voluntario, en el bando franquista-, los de estudios de arquitectura y arte en Tenerife y Madrid, y los de estancia en Nueva York, entre 1964 y 1965, siempre vivió en su isla natal, primero en Taro de Tahíche -donde tiene ahora su sede la fundación que lleva su nombre- y luego en Haría, ambas en el interior. Nuestro primer contacto con su obra se produjo en el hotel mismo en el que nos alojamos, el Meliá Salinas, llamado simplemente Las Salinas antes de que se lo apropiara la cadena hotelera. Inmensos murales de Manrique, con cierto aire mironiano, reminiscentes de olas y figuras pisciformes, nos acompañaban todos los días en el comedor principal; en la fundación veríamos después los bocetos, de 1977, en los que están basados. También los jardines y las piscinas del Salinas son obra del pintor. Los primeros, dispuestos circularmente en el interior del edificio, albergan una vegetación espesa, de la que brotan, como espinas hambrientas de sol, altísimas palmeras. Las piscinas se mezclan también con árboles y plantas, y todos sus elementos son acordes con los criterios y elementos típicos de la edificación lanzaroteña: piedras volcánicas, paredes blancas y austeridad, casi draconismo, ornamental. Están muy bien, sin duda, aunque no sé si me gusta que sean de agua de mar. Para disfrutar del agua del mar, ya está el agua del mar, a pocos metros de distancia. En un hotel uno prefiere, quizá, un agua en el que puedan abrirse los ojos y la boca sin que ardan todas las mucosas. Murales, jardines y piscinas acreditan la principal característica de las obras de Manrique en Lanzarote y, de hecho, en cualquier otro lugar: la perfecta integración de la actuación humana en el espacio natural en que se produce. Las intervenciones de Manrique tienen siempre un reducido impacto visual, que a veces roza lo inapreciable. Donde mejor se observa este respetuoso comercio con la naturaleza es en la Cueva de los Verdes, en la que los únicos rastros humanos discernibles son un sendero que se acomoda a las ondulaciones del subsuelo lávico y una discretísima iluminación, suficiente, no obstante, para disfrutar, en toda su riqueza, de las multifacetadas irisaciones de las paredes basálticas. En el Jardín de Cactus, en Guatiza, Manrique aprovechó una antigua cantera para instalar una espléndida colección de cactáceas canarias y del resto del mundo, cuya exuberancia no contradice la discreción esencial del artista. En los Jameos del Agua, su actuación, sin ser inadecuada, se nos antojó más agresiva, una agresividad que la exigüidad del lugar hace más evidente. Las escaleras que bajan y suben de los Jameos son demasiado visibles, y la sensación de manipulación humana se ve incrementada por la imperiosa presencia de bares y restaurantes en los propios túneles volcánicos. La piscina del Jameo superior constituye también un bofetón para la vista: el blanco y el azul rechinantes de la piscina condicen con los de las piscinas de cualquier alojamiento turístico, pero disuenan en este espacio subterráneo y umbrío. En los puntos elevados también se aprecia la mano, la personalidad de César Manrique: allí se trata de que no resalten, de que no constituyan una cima superpuesta a la cima en la que se encuentran. Así sucede en el Mirador del Diablo, en Timanfaya -donde no nos detuvimos por la enormidad de los precios y el gentío-, y en el Mirador del Río, en el Risco de Famara, que ocupa el emplazamiento de una antigua batería costera, y cuyas dos cúpulas se han enterrado en la roca para evitar su avistamiento exterior. Pero Manrique no solo era pintor, muralista y arquitecto, sino también escultor, y sus esculturas salpican igualmente el paisaje lanzaroteño. De hecho, en casi cualquier rincón aparece alguna creación suya. Muchas juegan con el motivo del viento: son esculturas móviles, que subrayan el papel de los alisios en la conformación del paisaje de la isla y de la personalidad de sus habitantes. Todas mantienen un aire racionalista dentro de la abstracción: líneas rectas, articulación geométrica pero subversiva, funcionalidad. Aunque la principal obra de Manrique quizá sea una fija: el monumento al Campesino, también llamado monumento a la Fecundidad, construido con tanques de agua de antiguos barcos pesqueros, y elevado sobre una plataforma rocosa, en San Bartolomé, por cierto, una de las localidades más feas de todo Lanzarote. La pieza -cerca de la cual se alza el Museo del Campesino, también diseñado por Manrique- puede visitarse, y no es raro ver a turistas, como hormigas despistadas, recorriendo la base de la enorme figura blanca. El ascendiente de César Manrique en la vida artística de la isla se confirma en la sede de la fundación y en su casa-museo en Haría. La primera es un espléndido edificio, donde Manrique vivió más de dos décadas, pero acondicionado hoy como museo, que alberga piezas tan curiosas -y valiosas- como "Vieja modelo-joven odalisca, mujer andrógina, pastor de la Arcadia y pescador con boina caída (suite 156)", de Picasso, además de la propia obra pictórica de Manrique, terrosa, matérica, volcánica, antifigurativa. Cuando la visitamos, pregunté por su director, Fernando Gómez Aguilera, hombre cordial y también poeta, al que había conocido en un encuentro literario hace ya algunos años, pero estaba de vacaciones. También me interesé por las publicaciones de la fundación, entre las que se cuenta la magnífica colección "Péñola Blanca", donde han publicado autores tan relevantes como José Ángel Valente, José Miguel Ullán, Claudio Rodríguez, Andrés Sánchez Robayna y Antonio Gamoneda -este, la primera edición de Cecilia, el exquisito poemario dedicado a su nieta-, y que se hacía con un papel de calidad textil, pero en los estantes del bar-librería solo había un puñado de libros desparejados, y muy pocos de la propia fundación. Para mi desaliento, la camarera-librera me informó de que allí solo podían comprarse los títulos que estaban expuestos, y que, para adquirir cualesquiera otros, había que hacerlo a través de la página web de la fundación. Encontré alguna compensación en la exposición sobre Leandro Perdomo organizada en una dependencia anexa: una muestra, amplia y bien hecha, de la vida y la obra de un autor local, relator de la vida isleña, cronista de las quietudes e infrecuentes sobresaltos de la ciudad de Arrecife, cuyo localismo lo aupaba, paradójicamente, a una desconocida universalidad. Compré, por fin, una recopilación de los artículos de Perdomo publicados en la prensa de Lanzarote, de cuya edición es responsable el propio Gómez Aguilera, y salimos para la casa-museo de Manrique, en Haría, un pueblo de casas blancas y tranquilas, y calles salpicadas de palmeras; de hecho, aquí se concentra el mayor palmeral de las Canarias, aunque esté hoy muy disminuido en relación a lo que fue. En esta casa Manrique vivió solo cuatro años, desde 1988 hasta 1992, cuando su coche fue arrollado por un jeep cerca de Teguise: hubo que extraer su cuerpo, aún con vida, del Jaguar que conducía con gatos hidráulicos y pinzas cortadoras, pero no se pudo hacer nada por salvarlo. El taller en el que trabajaba en Haría permanece todavía como él lo dejó, con varios cuadros recién empezados y las pinturas por el suelo. Salvo que fuesen obras de pequeño formato, en cuyo caso utilizaba caballetes, Manrique siempre pintaba en el suelo, agachado sobre el lienzo o la tabla, y yo, la verdad, me pregunto cómo un hombre ya de avanzada edad podía resistir tantas horas doblado, dando vigorosos brochazos. Quizá le ayudase no fumar ni beber, aunque en el comedor de su casa en Haría reparé en un mueble-bar bien surtido de ricos licores (y tapado con metacrilato, para que los visitantes no pudieran echar un lingotazo furtivo ni llevarse el Jack Daniels a casa). Por cierto, que en el bar de noche del Meliá Salinas se servía un cóctel llamado César Manrique, sin alcohol, y en la carta, en la que se detallaba su composición a base de zumos de frutas, se justificaba por el puritanismo del artista, que no solo no fumaba ni bebía, sino que no consentía que nadie lo hiciera cerca de él. La casa es espléndida, trufada de obras de arte y libros, entre los que distingo muchos de poesía. Paseamos, con muchos otros visitantes, por entre los muebles lujosamente trabajados, los espacios amplios y la interminable decoración, decantada con el gusto de un creador experto. No estaría mal vivir aquí. No estaría mal vivir en una isla en la que se pudiera obrar con libertad.
viernes, 22 de agosto de 2014
Lanzarote (1)
Lanzarote es un lugar hermoso y desolado. No hay dos árboles juntos en toda la isla. La única vegetación que se aprecia son el mato, la uva de mar y la tabaiba dulce, que puntean el desierto con tenacidad de náufragos verdes; los helechos, que se aferran con fiereza aún mayor al malpaís y las formaciones lávicas; las palmeras, higueras y chumberas, dadoras de buenos frutos; los cactos, de los que hay espléndido un jardín en Guatiza; y los arbustos frutales introducidos por el hombre, singularmente la vid. Lanzarote da buenos vinos blancos: recomiendo El grifo y La grieta; son excelentes, aunque no baratos. Toda la isla es una sucesión de volcanes y del producto de esos volcanes: cada elevación es un cráter; cada superficie, una eclosión del subsuelo. Las playas, rocosas y negras, son incómodas, pero, por eso mismo, por una incomodidad que repele al turista, resultan atractivas: uno casi siempre está solo entre piedras y vientos, casi tan duros como las piedras. Los enclaves turísticos que se han construido para alojar a las hordas de ingleses, alemanes y también españoles que sostienen la economía de la isla -Costa Teguise, Puerto del Carmen, Puerto Calero, Playa Honda, Playa Blanca- rodean, precisamente, las pocas playas de arena blanca que pueden encontrarse. Algunas quedan fuera del abrazo asfixiante de esos territorios abominables, como las cinco que rodean la punta del Papagayo, la más meridional de la isla, pero no se libran de la masificación: en una hay hasta un cámping, que es preciso atravesar para llegar al agua, y en el que se amontonan avancés de plástico, bragas y calzoncillos puestos a secar, barbacoas con toda la familia, abuelos en camiseta imperio, olores a crema solar y pieles quemadas, lolailos con slips de licra y jóvenes con tatuajes hasta en las pestañas. Lamenté comprobar que en una roulotte ondeaba una bandera republicana y en otra, una del Barça: son dos causas que yo también abrazo, y que me disgustó ver mezcladas en aquel lugar. Ah, qué placer, el cámping. La capital es Arrecife, que tiene dos castillos, una iglesia y el Puente de las Bolas. Al oír este nombre por primera vez, uno piensa en algo abundoso y memorable, billárico y espectacular: pero solo son dos bolas, y, además, pequeñas. Representan, según parece, a oriente y a occidente, esos puntos fundamentales en la historia de la navegación, de la que Canarias forma parte indisociable. Arrecife también tiene El Charco, un entrante de mar junto al puerto, en cuyo azul purísimo cabecean algunos botes y otros, naufragados, lucen las quillas al sol, como huesos escondidos que hubieran roto la envoltura que las protegía y ahora se mostrasen mondos y desnudos a los ojos del mundo. Junto con los castillos de San Gabriel y San José -que aloja un museo de arte contemporáneo muy decepcionante-, a lo largo de la isla hay otras fortificaciones que dan cuenta de la lucha contra la tortura histórica de la piratería. Lanzarote es la isla afortunada más cercana a la costa africana, y eso ha facilitado, a lo largo de los siglos -desde que la descubriera, a principios del XIV, el navegante genovés Lanceloto Malocello, que bautizó a la isla con su nombre, como otro italiano, Américo Vespucci, hizo con América-, que la visitaran, con innobles intenciones, franceses, holandeses, portugueses y los peores: ingleses y berberiscos, parejos en granujería y ferocidad. En el volcán de Guanapay, que proyecta su sombra sobre la antigua capital de la isla, Teguise, se alza el castillo de Santa Bárbara y San Hermenegildo, sede de un museo de la piratería con abundante información histórica, pero con escaso contenido museístico. Es interesante, no obstante, la noticia que da de la derrota nada menos que del almirante Horacio Nelson en su intento de ocupar Santa Cruz de Tenerife, en 1797. Allí el futuro vencedor de Trafalgar perdió a 226 hombres y el brazo derecho, que le estropeó un cañonazo de los canarios. Aunque, para disimular la derrota, Nelson alegó, muy cucamente, que había luchado contra 8.000 defensores, en realidad sus fuerzas eran muy superiores a las comandadas por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero: 4.000 ingleses contra 1.700 españoles, que, además, en su mayoría no eran soldados regulares, sino milicias isleñas. Pero estos combatientes no profesionales consiguieron repeler casi todos los intentos de desembarco, aislar en el convento de Santo Domingo a los pocos británicos que habían conseguido hacerlo, y hundir la balandra HMS Fox, cuyos restos reposan todavía en el fondo del océano. Es sorprendente comprobar qué pocos españoles saben de estos hechos y, a la vez, cuánta difusión y cuántos honores reciben los ingleses por ellos, aunque hayan salido derrotados: el respeto por la historia de un país suele corresponderse con el respeto con su presente, con la sociedad surgida de ese pasado, y en España ese desinterés por lo que somos, y por lo que podríamos ser, es omnívoro y descorazonador. Pero estábamos en Lanzarote, y no quiero dejar de señalar algunas de las visitas más memorables. El parque nacional de Timanfaya, desde luego, es obligatorio, aunque haya que superar colas soviéticas, de coches y de personas, para acceder a él: el paisaje que se despliega ante los ojos, una mezcla de territorio lunar y de escenario concebido por la mente de algún surrealista ebrio, tiene difícil descripción. La Cueva de los Verdes, una galería volcánica de seis kilómetros de extensión, de los que solo se puede recorrer uno, constituye otro lugar fascinante, en el que uno camina por un sendero estrechísimo, entre paredes de irisaciones casi incandescentes, tapizadas de goterones de lava, y ríos, también de lava, detenidos, como si aquel fuego sólido de hace millones de años se acabara de solidificar, como si su sobrecogedora ebullición se hubiera congelado de repente. En la Cueva de los Verdes uno se siente en las tripas de un volcán. Por el contrario, los celebrados Jameos de Agua no estuvieron a la altura de nuestras expectativas: que un bar tras otro jalonase el breve recorrido por las cuevas le restó mucho a la autenticidad del lugar. Solo los jameítos, esos cangrejos blancos y prehistóricos que se han quedado ciegos de vivir en estos agujeros sin luz, nos alegraban el paseo con sus movimientos tórpidos, aunque chocasen contra las monedas que los turistas se empeñan en tirar al agua, a pesar de estar estrictamente prohibido: la corrosión del metal la contamina y puede acabar con esta especie delicadísima. Pese a ello, algunos imbéciles siguen tirando céntimos a los estanques. Ningún cuerpo de agua se salva en el mundo de esta costumbre idiota: laguna que se ve, laguna que se amoneda. Yo grabaría a quienes la practican, recogería la calderilla que hubiesen tirado y se la haría tragar con un buen vaso de agua. Los Riscos de Famara, una especie de espinazo que recorre la costa noroccidental de la isla, concentran algunas de las principales elevaciones de Lanzarote, y a sus pies se extiende la larguísima playa de Famara, a la que los amantes del surf y el kitesurf acuden, con devoción de iniciados, para darse revolcones en el aire y en el agua. El volcán de la Corona, de algo más de 600 metros de altura, se alza en esos Riscos, y se puede ascender por un sendero flanqueado por vides e higueras. Y no solo subir, sino también bajar al cráter, en el que se acumulan las rocas desprendidas de las paredes del volcán. La excursión merece la pena: la sensación de soledad es reconstituyente, las vistas rivalizan con las de otros miradores afamados de Lanzarote, y los higos que se pueden coger de los árboles del camino están ya en sazón en agosto. Otro lugar que hay que conocer es el archipiélago chinijo -pequeño, en lenguaje conejero-, cuya isla principal es La Graciosa, que se reivindica, en un nuevo ejemplo de soberanismo -local esta vez: la ansias de separación alcanzan, ay, a casi todos-, como la octava isla canaria, aunque solo tiene dos poblaciones y 700 habitantes estables. El ferry que dobla la punta de Fariones y bordea la playa de Burros y los acantilados del Mirador del Río, hasta atracar en Caleta de Sebo, parece llevarte por un paisaje antediluviano, por cuyos rincones podría aparecer, en cualquier momento, un pterodáctilo. El transbordador se balancea gravemente, y uno no sabe si divertirse o preocuparse. En una pared del precipicio se observa una gran mancha verde de vegetación, que desciende hasta el mar: es una fuente de agua dulce, a la que han venido a aprovisionarse barcos fenicios, griegos, romanos y quizá vikingos. Uno se imagina, allí detenida, una galera de Roma o una frágil goleta cartaginesa cargando toneles de agua, y se le eriza el pelo, casi tanto como con las olas que baten, en ese momento de ensimismada contemplación, los costados del ferry. En La Graciosa alquilamos unas bicicletas en las que solo funcionaba lo imprescindible, las ruedas, y llegamos, por caminos que las cabras considerarían impracticables, a una de sus playas orientales, en cuyas olas moderadamente violentas nos atrevimos a bañarnos. Fue divertido, hasta que, ya de regreso, comprobé que aquellas olas traicioneras me habían arrancado la alianza de casado. En algún lugar de la costa graciosera, pues, yace ahora el anillo que he llevado durante veintiséis años, y, aunque me gustaría pensar que, como en los cuentos, un pez podría tragárselo, y luego ser pescado y abierto, y el aro, reencontrado, prefiero imaginármelo, aun con dolor, enterrado en las aguas azules y rodando, incorruptible y eterno, por los lechos atlánticos.
jueves, 21 de agosto de 2014
No estaba muerto; estaba tomando cañas
En Lanzarote, concretamente, donde las cañas son como en todas partes, pero uno se las toma con el acento salobre del mar en la piel. La verdad es que mi intención no era abandonar la escritura de las Corónicas de Ingalaterra cuando me fui de viaje con mi familia a la isla canaria. Como creo haber dicho alguna vez, y se desprende de su desarrollo, la idea de este diario era que hiciese honor a su nombre y tuviese una entrada al día, y así lo había mantenido -con no pocos esfuerzos, a veces, debo añadir- desde su creación. En esta ocasión, pensaba seguir haciéndolo, y suponía que no me sería difícil encontrar algún locutorio o cibercafé, entre los volcanes lanzaroteños, desde donde escribirlo. Renuncié a llevar un ordenador portátil, porque yo creo que los viajes han de hacerse siempre ligeros de equipaje: si uno puede ahorrarse un bulto en cualquier desplazamiento de más de un día, debe hacerlo. Mi mujer opina lo contrario, y cree que, cuantos más bultos lleve uno, más disfrutará del viaje, porque más cabalmente podrá atender a todas sus circunstancias. Con los años hemos llegado a una especie de entente cordiale, en virtud de la cual cada uno renuncia a una parte de sus convicciones: el matrimonio es una negociación, y una renuncia, constantes. En esta ocasión, sin embargo, ambos estábamos de acuerdo en que no había que llevar el Sony: demasiado peso, demasiado cuidado, demasiada arena. Esa cautela ha resultado fatal para el desenvolvimiento del diario. Al llegar al hotel que habíamos reservado, el Meliá Salinas -un lujoso pero algo añejo ya establecimiento, en el que, no obstante, brillan todavía los murales y diseños de César Manrique, como en toda la isla-, comprobé que los precios por usar el ordenador del centro de negocios eran acordes con la suntuosidad del lugar: tres euros por quince minutos, cinco por media hora y nueve por la hora entera. Por qué costaba tanto utilizar aquellos ordenadores, cuando en todo el hotel se ofrecía wi-fi gratis, era un misterio semejante al de la Santísima Trinidad y, como este, desistí de entenderlo. Lo importante era que, dado que a mí me suele llevar alrededor de una hora y media escribir una entrada, el precio de hacerlo sería de 14 euros al día y, al cabo de nuestra estancia, de 154 euros. Uno quiere ser desprendido con el dinero, pero 154 pavos era un desprendimiento excesivo: más bien un despeñamiento. Bien está no cobrar por publicar, que es lo que suele pasar en tantos medios culturales, y en los blogs que uno desea mantener, como estas Corónicas, pero pagar por hacerlo, como en la infamante autoedición, me parece una idiotez, que solo explica una vanidad hipertrofiada. Busqué, pues, una solución alternativa, y pregunté en la recepción si había en los alrededores algún locutorio o cibercafé. Me dijeron que sí, que en un centro comercial vecino, de los muchos que saturan Costa Teguise, había uno. Feliz como una perdiz, me dirigí al lugar, para encontrarme solo con un amontonamiento de hamburgueserías que olían a fritanga, tiendas de artículos de playa y joyerías de chichinabo. Le pregunté a un dependiente a la puerta de un comercio de aparatos electrónicos, y me respondió, con acento moro, que no allí no había ningún sitio de internet, porque no se necesitan: todo el mundo utiliza ya sus propios dispositivos, tabletas, móviles inteligentes, ingenios sofisticadísimos y transportables. Aquel tipo me estaba llamando imbécil. "Por cierto, jefe, ¿no desea pasar y ver alguno? Están baratos", añadió, con un gesto ostentoso de invitación a entrar y una sonrisa ofídica. Salí muy desanimado, y entreviendo que, por primera vez en casi un año, no iba a poder mantener mi compromiso de colgar una entrada al día. Renuncié a seguir buscando locutorios en la zona. Era una tarea ímproba y seguramente abocada al fracaso: no había visto ninguno anunciado en ningún sitio. La única solución era localizarlo en Arrecife, donde quizá algún chino se apiadase todavía de los que viajan sin portátil, pero Arrecife estaba a unos veinte kilómetros de nuestro alojamiento, y subordinar nuestros días de vacaciones al desplazamiento a la capital, para componer estos relatos gratuitos y consoladores, se me antojaba otro sacrificio excesivo, sobre todo para Ángeles, Pablo y Álvaro. Así que, definitivamente, renuncié a escribirlos durante los once días de estancia en Lanzarote. Ello me generó sentimientos encontrados: por una parte, un malestar difuso, como si no me hubiera tomado las pastillas que necesitaba, o vulnerado algún inexorable deber íntimo, un malestar acrecentado por lo inopinado de la interrupción, de la que no había tenido la delicadeza de avisar a los lectores; pero también, por otra, una extraña liberación: como si olvidarme del blog me permitiera olvidarme de mí mismo, que es lo que todos buscamos en vacaciones: dejar de ser quienes somos, pringosos de cotidianidad, en los días indistintos del año. He vivido, pues, estos once días como en un paréntesis autobiográfico, en una incómoda suspensión: aunque nuestras actividades en la isla hayan sido más que placenteras, he sentido, en el fondo, que se había roto un hilo -ese hilo que yo he querido disponer durante, al menos, 365 días-, y que estaba inquieto por recomponerlo. Lo hago hoy, ya regresado a Londres. Agradezco a los amigos -Luis, Teresa, José Luis-, alarmados por que mi súbito silencio obedeciese a algún percance, acaso irreparable, que se hayan interesado por mi suerte. Sigo vivo, hasta nueva orden, y listo para continuar dando la matraca. Y pienso hacerlo a partir de la entrada de mañana. Lanzarote bien vale un relato.
sábado, 9 de agosto de 2014
Un día por Londres
Hoy volvemos a disfrutar de algunos de los grandes placeres de Londres, como el tráfico urbano -tardamos tres cuartos de hora en llegar desde el puente de Chelsea hasta Oxford Circus- y las multitudes de Oxford Street, reforzadas en estas fechas por millones de turistas, que se suman a los millones de lugareños que ya la recorren habitualmente. Pero Pablo quiere comprarse unos tejanos de pitillo y las tiendas de la zona ofrecen posibilidades infinitas, aunque todas se parezcan al Zara. Damos algunas vueltas, pero Pablo no encuentra los pantalones que le corten lo suficiente la circulación de las piernas. Por fin, se me ocurre que una oferta de leggins podría ser lo que estuviera buscando, y él se prueba algunos con entusiasmo. Sale enseguida de los probadores, triunfante, con unos pantalones en la mano. "¡Estos, estos!", profiere, como si hubiera encontrado un billete de cincuenta libras por la calle. Está feliz: por fin se le notarán los latidos en las piernas al caminar. Buscamos luego algún lugar para comer. La zona es cara y nos cuesta encontrarlo. De hecho, no lo encontramos. Al llegar a Regent's Street, recuerdo un restaurante marroquí en el que almorcé con Silvia Terrón, hace casi un año, y nos dirigimos a él, con la preocupación de que no haya ninguna mesa libre: no reservar en Londres es siempre una temeridad. Pero la hay: todas están reservadas, pero el camarero no tiene ningún inconveniente en retirar el cartel de una y acomodarnos en ella. El local se llama Momo, y la terraza resulta muy agradable. Entre los camareros, hay de todo: una inglesita muy risueña, con todo el pelo para un lado, que nos da las cartas como si repartiera piruletas; una negra espigada pero contundente que se parece a Grace Jones (y que, a los postres, recogerá las migas de la mesa con una tarjeta de crédito); y un moro sin músculo risorio que atiende mirando al tendido. El primero que he pedido, un surtido de brouats (que no tengo ni idea de qué son, pero algo había que pedir), consiste en tres empanadillas minúsculas, que hay que untar en un platillo de salsa no menos microscópico. Cuando me lo ponen delante, veo a mis hijos contener la risa, y, cuando Grace Jones se ha marchado, los veo estallar en carcajadas: servirme eso es como alimentar a un luchador de sumo con gominolas. Pero, qué remedio, me echo los brouats al coleto, me acabo la cerveza -una marroquí, Casablanca, excelente, por la que, como descubriré luego, me cobrarán cinco libras, más el servicio- y espero con resignación al segundo plato. Entretenemos la espera, y luego el resto de la comida, con sinopsis de cine, que Pablo y Álvaro leen en el móvil. Las sinopsis de cine son unos resúmenes humorísticos de películas que hace Ángel Sanchidrián, un madrileño treintañero, con una gracia casi andaluza para la deformación y la hipérbole, y con los que ha conseguido publicar un libro, titulado así, Sinopsis de cine, y tener 116.000 "me gusta" en facebook. A título de ejemplo, esta es la sinopsis que ha hecho de El diario de Noa: "Bueno, pues hoy he visto El diario de Noa, y os voy a contar un poco. La película va de un chiquín que amenaza con suicidarse para conseguir una cita (¡maestro, torero!). Él va con su boina como un pastor de Cabezón de Pisuerga y ella riéndose a carcajadas, gritando y dando saltos como una perturbada. Entonces los dos se enamoran como cualquier adolescente, todo el día pegados que parece que no tienen casa, estrellándose los helados en la cara, jugando al 'aquí te pillo, aquí te mancillo', discutiendo como camareros chinos… A la mínima él la empotra y ella se enrosca, que es lo que le da la calidad a la película. Él debería lavar un poquito la boina y ella dejar la cafeína, pero por lo demás no hacen mala pareja. Y luego está el padre ahí de risas, que se ha dejado el bigote como el flequillo de un pony, fumándose hasta el mimbre de la mecedora, y la madre que le dice que deje al Noa, que es un piojoso y un mileurista. Y ya se acaba el verano y cada uno a su casa, pero sin darse el whatsapp ni el spotify ni nada. Después ella se lía con otro que es rico y él se pone a presentar Bricomanía, pero al final les pica la pepitilla y vuelven a quedar en un lago que es muy romántico lleno de patos tirados a puñaos. Y ahí están una semana él a serrucho y ella boca arriba como un nenuco. Un cuento de hadas. La banda sonora es de piano con patos volando, que es la pena más grande que existe, y el guión es muy romántico, porque hay muchos morreos a baba chorro y muchos patos. Te la recomiendo si te gusta llevar boina o las montañas de patos". La deliberada cutrez de la expresión esconde una disposición retórica sofisticada y unos mecanismos de exageración -sobre todo, las comparaciones- muy eficaces. Pablo, Álvaro y yo nos reímos durante toda la comida, lo cual causa algún estupor -y, probablemente, incomodidad- en los estirados comensales circundantes, entre los que contabilizo a un rubio con americana y camisa fucsia que hace girar una copa de rosé, tres negras imponentes que se dirigen a Grace Jones en francés (y Grace responde en francés), pero que entre ellas hablan en algún idioma africano, y un chino que pide té. Pero nos da igual la incomodidad de los vecinos. A Álvaro, que es el que lee los textos, como el monje que leía los Evangelios en el refectorio de los conventos, se le enfría el cuscús y se atraganta en alguna ocasión hasta casi el ahogo, pero vale la pena. Cuando hemos agotado prácticamente nuestra capacidad de carcajearnos, llamamos al moro que nos ha recibido y que no ha esbozado ni una sonrisa en las dos horas que llevamos en el restaurante (ni creo que en toda su vida), para pagar. Serán 85 libras del ala por una comida simplemente correcta, aunque hay que reconocer que el pastel de queso estaba extraordinario. A las cuatro he quedado con María Salvador en la National Portrait Gallery, que no queda lejos de Regent's. Pablo y Álvaro me acompañan hasta el lugar de la cita. Salimos por Piccadilly, cruzamos por Leicester Square y enseguida llegamos a Trafalgar. Las multitudes siguen en la calle, arremolinadas con frecuencia en el exterior de los pubs. Uno, Sherlock Holmes, está especialmente concurrido: hay gente apoyada -ella y sus cervezas- hasta en el buzón rojo de correos. María llega puntualmente. Hemos querido vernos una última vez antes de que ella se marche cinco años a Columbus, en Ohio, a hacer su doctorado en arte japonés: es un ejemplo más de gente joven y con talento que no encuentra su sitio en España (es decir, para la que España no tiene sitio) y que ha de practicar la movilidad exterior, por utilizar la esclarecida expresión de nuestra perspicaz ministra de Trabajo. Nos vamos a un café Nero cercano -el mismo en el que estuvimos la otra vez que nos vimos- y hablamos de sus planes y expectativas. También de su actividad literaria: está trabajando en un poemario, Los que no duermen, que me ha enviado para que lo lea. Le doy mi opinión sobre el libro -que trata, entre otras cosas, de la soledad y el vacío, con reflexiones sobre la experiencia del viaje, o del exilio, que suscribo enteramente, y que es bueno, aunque se me antoje un punto demasiado abstracto, con una frialdad que, en ocasiones, le perjudica-, mientras chupamos un moka con leche frapé. En estas, una señora con necesidad de usar el lavabo, tras un rato de espera, aporrea la puerta con el bastón. Luego, insta a un camarero que pasaba por allí a que ejerza su autoridad camareril para desalojar el tan ansiado retrete, pero el joven poco más puede hacer que llamar a la puerta y recordar a quien sea que hay gente esperando. El sulfuramiento de la señora -y, supongo, también sus retortijones gástricos- se acrecienta hasta casi la furia. Pero es una furia inglesa: cuando, por fin, sale una chica del váter, la dama, de pelos cortos y alámbricos, le espeta que ha sido muy desconsiderada, que hay una larga cola de gente esperando. En realidad, la cola de gente la componemos ella y yo, pero se entiende que, después de tanto rato de sufrimiento, la considere una enormidad. La chica no responde nada y desaparece con una velocidad de la que no ha hecho gala en el excusado. Al salir, la señora nos informará a María y a mí de que el lugar está hecho una pena, y que parece que la chica se ha haya dado una ducha dentro. Cuando entro, compruebo que no es para tanto: la señora tendría que haber utilizado algún servicio tunecino o turco, como he hecho yo, para saber lo que es bueno. Cuando me despido de María, delante de la iglesia de Saint-Martin-in-the-Fields, siento una punzada de melancolía: seguramente, no volveré a verla hasta dentro de mucho tiempo, cuando tanto ella como yo hayamos cambiado mucho. O quizá no vuelva a verla nunca más. A veces he pensado en las muchas cosas que hacemos hoy, ahora, por última vez, o en las muchas personas de las que nos despedimos sin saber que no las volveremos a ver. Son muertes diarias: la del otro y también la nuestra, porque nunca más seremos como somos con esa persona. Son las pequeñas muertes de las que se compone la vida, y que anticipan esa muerte grande que, en algún momento, quizá muy pronto, ocupe todo el espacio de nuestra vida.
viernes, 8 de agosto de 2014
Un regreso fugaz
Ayer volví a Londres. Será un regreso fugaz, porque mañana nos volvemos a marchar: como buenos ingleses, pasaremos doce días en Lanzarote. La colonia británica en busca de sol y playa es tan nutrida, que las ofertas de viajes a las Canarias son mejores aquí que en España. Me dejé en Sant Cugat el ejemplar del número 5 de la revista Caravansari que me había llegado un par de días antes, y que me gustaría haber comentado con detalle en el blog. Costó que aterrizara en mi buzón: Mateo Rello, su director, nos la había enviado a los colaboradores el 17 de julio, pero a mí no me llegó hasta el cinco de agosto: 19 días para cubrir una distancia de apenas un puñado de kilómetros. En realidad, no me extraña: si antes el servicio de correos se ralentizaba en verano, ahora, con los recortes de personal y la falta de sustituciones, cualquier entrega estival se convierte en una odisea, si no en un milagro. Me admira la supervivencia de Caravansari, que se subtitula "revista de periodicidad incierta", pero que ahí sigue, incierta o no, desafiando el vértigo de lo digital, en papel, multilingüe, gráficamente generosa, ideológicamente plural, aunque tendencial, no tendenciosamente, inclinada a la izquierda, algo comprensible en una publicación nacida en Santa Coloma de Gramenet, uno de los núcleos proletarios -de inmigración y lucha vecinal- del cinturón industrial de Barcelona. Y con calidad: cada número es mejor que el anterior. En esta quinta entrega se recoge una multitud de asuntos, desde la transcripción de la mesa redonda de las I Jornadas de Poesía en Lenguas Peninsulares en Santa Coloma, en la que tuve el placer de participar, hasta extensas muestras de la poesía africana en portugués, traducida por José Ángel Cilleruelo, y de la poesía de El Salvador, pasando, entre otras cosas, por un dossier sobre las antologías poéticas aparecidas en España desde los Nueve novísimos de Castellet -en el que se incluye una reseña de mi Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles, firmada por Juan Camblor, y otra, hecha por mí, sobre la infausta Poesía ante la incertidumbre-, una interesante poética de Agustín Fernández Mallo, poemas de Antonio Gamoneda y Pablo García Baena, una amplísima sección de crítica literaria, en la que, de nuevo -no puedo quejarme-, se presta atención a lo que he escrito: a Décimas de fiebre, gracias a Agustín Calvo Galán, y a Insumisión, que, casi dos años después de su publicación, sigue dándome alegrías, como que Andreu Navarra firme una nota sobre el libro tan entusiasta como esta. En el avión que nos trajo hasta Gatwick, estuve leyendo la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, publicada por Acantilado. Si el libro relata una vida -la del doctor Johnson, el mayor lexicógrafo de la lengua inglesa, tan admirado por Borges-, parece lógico que haga falta casi otra para leerlo: el volumen de Acantilado tiene 1989 páginas, y yo voy por la 814. La prosa de Johnson -que se transcribe en forma de cartas, notas, fragmentos de libros- es extraordinaria, y la de Boswell no desmerece de la de su biografiado. En general, la prosa de los mejores dieciochescos es mejor que la de cualquier otro siglo, aunque su poesía, salvo en el caso de los románticos, a finales ya de la centuria, sea anodina, cuando no paupérrima. Voltaire, por ejemplo, es otro genio del verbo, cuya lectura habría que apurar hasta las heces. Para escribir bien, solo hay que leer bien. Transcribo, a título de ejemplo, la carta que Johnson dirigió a Macpherson, el supuesto descubridor y traductor del bardo Osián, de la autenticidad de cuyos hallazgos el autor de Vida de los poetas ingleses no se fiaba ni un pelo: "Señor James Macpherson, recibí su estúpida e impúdica nota. Haré cuanto pueda por repeler todo insulto que se me haga, y lo que no pueda yo hacer será la ley quien por mí lo haga. No pienso desistir en mi detección de lo que estimo que es una trampa y un intento de ganar por miedo lo que no se gana con las amenazas de un rufián. Pretende usted que me retracte, ¿y de qué me he de retractar? Su libro me pareció una impostura de cabo a rabo. Me lo sigue pareciendo, por motivos de más peso. De mi opinión he dado en público razones que usted no osa refutar. Pero, por más que a usted lo desprecie, tengo verdadera reverencia por la verdad, y, si puede usted demostrar cabalmente que la obra es genuina, lo he de reconocer. Es su rabia lo que desafío; su destreza, desde su Homero, no es ni de lejos formidable, y lo que tengo entendido de su moralidad me predispone a prestar respeto, no a lo que usted diga, sino solo a lo que acierte a demostrar. Dé esta a la imprenta si le pace. Samuel Johnson". Es de justicia añadir que la traducción de Miguel Martínez-Lage, fallecido en 2011, es casi tan buena como la prosa de sus traducidos, es decir, excepcional, y no es casualidad, sino, por una vez, muy pertinente, que recibiera el Premio Nacional de Traducción por su trabajo. En Inglaterra, me esperaba una temperatura agradable, pero un cielo inevitablemente gris. La frontera de Londres es, para mí, el Támesis, o, más bien, los puentes del Támesis, que de noche se iluminan con cientos de bombillas y brillan como espléndidas geometrías. Cuando el Gatwick Express cruza el río y vemos esos rectos gusanos fosforescentes, en el aire y en el agua, entrelazando su imagen con la de los rascacielos del South Bank y los pináculos nobiliarios de Westminster, sé que hemos llegado. En la estación de Victoria, el techo sigue sembrado de banderas británicas: creo que se colgaron para los Juegos Olímpicos, o el Jubileo de la Reina, o algún otro magno acontecimiento, y ahí se quedaron. Salimos a la calle cuando ya ha anochecido, y reparo otra vez en las muchas musulmanas que se tapan con pañuelos y lo que mi abuela llamaba capisayos, no sé si con mucha propiedad semántica, pero sí con apropiada contundencia fonética: es algo a lo que sigue haciéndoseme difícil acostumbrarme. Hoy he desayunado otra vez fresas y tostadas con miel y naranja amarga. Por la ventana entraba una luz desmayada, cosida por el volar de las urracas y el zumbido de las abejas. Los vecinos de delante siguen haciendo lo que hacían la última vez que los vi, pero ahora en mangas de camisa. Esta tarde veré a María Salvador. Mañana volamos a Canarias.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)