Esta ha sido una semana de bolos y festejos literarios. El lunes participé en Cita de Poetas, el ciclo de lecturas que coordina Rodolfo del Hoyo, desde hace un año, en la Librería de la Calle Mayor de Santa Coloma de Gramenet. Para admiración y hasta pasmo de muchos, que la creían población yerma y marginal, Santaco, como la llaman sus naturales, mantiene una activa vida cultural desde hace muchos años, asentada en la inquietud creativa de la gente y en el apoyo que el ayuntamiento, siempre de izquierdas, lleva prestando, desde siempre, al teatro, el cine, la música y la literatura. Fue un placer ver, después de mucho tiempo, a viejos amigos como el propio Rodolfo, Norberto Delisio y Carlos Vitale, que funge de presentador de las sesiones. Luego, un grupo de irreductibles, en el que brillaban con luz propia Pedro Cano y Carlos García Quesada, prolongamos el encuentro en una bodega especializada en vinos muy cercana a la librería, con notable trasiego de caldos, poesía y caracoles de mar. Esta tarde leeré en la tertulia de El Laberinto de Ariadna, que lleva desarrollando una meritoria actividad literaria en Barcelona desde hace casi dos décadas, y con la que ya colaboré hace muchos años, gracias a la iniciativa de Daniel Riu Maraval y Marie-Alice Korinmann. Ahora, tras un dilatado paréntesis, y gracias al interés de su presidente, Felipe Sérvulo, y de Blanca Ruiz, una de sus principales colaboradoras, vuelvo a sus días de lectura, junto al poeta y amigo Andreu Navarra. Anteayer y ayer estuvieron dedicados a la promoción de Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán, que ha publicado el Fondo de Cultura Económica. El acto del miércoles fue la presentación del libro en La Central del Raval. Me acompañó Jesús Aguado, y entre el público estaban José Ángel Cilleruelo, Jordi Virallonga, Álex Chico, Rafa Mammos y Antonio Beneyto, entre otros amigos, además de varios de los poetas antologados: Ramon Dachs, Vicenç Altaió, Susanna Rafart y Carles Duarte. Introdujo el acto Francisco Arbós, responsable hasta ese mismo día del FCE en Cataluña. Y subrayo lo de "hasta ese mismo día" porque, en efecto, como consecuencia de un cambio brusco y radical del equipo directivo del Fondo, el miércoles Francisco había dejado ya, oficialmente, de ejercer sus funciones. No obstante, quiso acompañarnos, pese a la amargura del momento, y nos presentó a Jesús y a mí. Yo le agradecí mucho el gesto: sé bien lo difícil que es actuar en representación de una entidad que ha decidido prescindir de uno. En un mundo en el que abundan la descortesía y la indignidad, la participación en el acto de Francisco -y de Jesús, que, con varios proyectos literarios en curso en la editorial, también se había visto afectado por el seísmo en la gerencia- era la mejor demostración de que todavía se puede obrar con entereza y lealtad. En el caso de Jesús Aguado, las dificultades se incrementaban por un hecho ominoso: aquella tarde, al salir de casa, le habían robado la mochila de un tirón. En ella llevaba un ejemplar de Medio siglo de oro y las notas que había tomado para el acto. Todo parecía confabularse contra el sosiego de la presentación, pero Jesús supo sobreponerse al disgusto e improvisó unos apuntes a partir de la reseña sobre la antología que acaba de publicar José Ángel Cilleruelo en Quimera. Como el propio Jesús señaló, también José Ángel había sido robado, aunque con tirón de naturaleza muy distinta a la que él había sufrido. Yo, en fin, recordé que mi pasión por la literatura catalana provenía de un versículo del Llibre d'amic e amat, de Ramón Lull, que me había regalado, manuscrito en un trozo de papel, una novia que tuve, mi primer amor, y que había conservado en la cartera, hasta que esa cartera, un mal día, me fue también robada. Todos convinimos en que los latrocinios generan extrañas adhesiones. Y también en que tenía que ser muy frustrante para los cacos que el fruto de su pillaje, en el que ponían tantos esfuerzos y esperanzas, fuese un triste libro de poesía. Jesús, por otra parte, estaba seguro de encontrarlo en una pequeña librería de viejo que hay cerca de su casa: entonces lo recuperaría, aunque no podía asegurar que fuera comprándolo. Ayer, en fin, cuatro de los poetas antologados dieron un recital de algunos de los poemas incluidos en Medio siglo de oro en el Pipa Club, en la plaza Real. Yo llegué con alguna antelación y paseé un rato por la plaza, observando su belleza crepuscular, las actuaciones de los músicos callejeros frente a las sucesivas terrazas que la ciñen y los constantes reclamos de los empleados con traje, corbata y mucha labia para que entrara a consumir parvas raciones de marisco a precios siderales. Luego me tomé una caña en el Glaciar, mi bar de siempre en ese lugar, y subí al Pipa Club, un local dedicado al cultivo y la exaltación del fumar en pipa. A la hora en que nos reunimos, ya no había socios -es más: ni siquiera se permitía fumar- y los salones del piso se dividían entre el bar, la sala de actos y el billar. Es un lugar extraordinario, que, según nos dijeron, va a cerrar el próximo verano, a causa de un desgraciado conflicto con el municipio. Los techos, entrecruzados por vigas de madera, son muy altos, como corresponde a los inmuebles antiguos de Barcelona; los muebles, convenientemente viejos; el ambiente, tenebroso, pero matizado por los islotes de luz de las farolas de la plaza; y por todas partes, la celebración de la pipa: un cajón en el que se muestra, con las piezas de una, cómo se fabrican; minúsculos museos etnográficos, en vitrinas, con ejemplos de pipas del mundo entero; y toda suerte de fotografías y cuadros con personajes famosos que las fuman. (La plaza Real está llena de rincones parecidos: recuerdo una radio alternativa, en cuyo programa sobre literatura me invitó a participar mi amigo Miguel Osset hace muchos años, al fondo de un larguísimo pasillo en uno de estos edificios que solo son iguales por fuera: en las habitaciones que daban a ese corredor podía uno encontrar a uno [o varios] fumándose un peta, a una pareja [o a un grupo] ejecutando interesantes malabarismos sexuales, sin preocupación alguna por quien los viese, o una biblioteca especializada en filosofía tántrica). En el Pipa Club, el escritor colombiano, pero afincado hace mucho tiempo en Barcelona, Juan Pablo Roa -que acaba de inaugurar una editorial muy prometedora, Animal sospechoso, continuación y crecimiento de la revista del mismo nombre- y la filóloga Sandra Pareja, canadiense de Toronto, organizan desde hace algunos mesos unas lecturas, llamadas Encuentros Albor, que pretenden dinámicas y renovadoras. En el recital participaron Xavier Bru de Sala, Vicenç Altaió, Ramon Dachs y Susanna Rafart: ellos leían los poemas originales y yo, mi traducción al castellano. Tuvimos también que sobreponernos a algunos percances, que parecían diseñados por la mala ventura para echar al traste el acto: a Sandra se le cayó el micrófono cuando nos estaba dando la bienvenida (a resultas de lo cual dejó de funcionar; el micrófono, no ella) y luego casi se cae la propia Sandra, al tropezar con el cable de ese mismo micrófono, que cruzaba malévolamente las escaleras que daban acceso al estrado. Pero Sandra, con toda la dulzura que demostró, parece también poseedora de un carácter indestructible: no se dejó afectar por los incidentes, ni por el hecho de que en la plaquette que se publicó con los poemas que iban a leer los participantes no figurase el nombre del traductor (es decir, el mío: me cabe el honor de haber sido el primero con el que les ha pasado eso, y también el de haber vuelto a la invisibilidad secular de los traductores), ni por el malévolo chiste que no pude reprimirme de contar sobre su ciudad: "El primer premio de un concurso televisivo es una semana en Toronto; el segundo, dos semanas en Toronto; el tercero, tres...". Susanna leyó en voz baja, delicada y melódicamente; Ramon, marcando con firmeza las pausas entre los versos de sus poemas mínimos; Vicenç -que cada vez se parece más al personaje de Casanova que ha representado en el cine, y que tenía que irse pronto, porque iban a desconectar a su padre en el hospital-, con firmeza enumerativa y teatral; Xavier, por último, con despojamiento y sobriedad, y yo pensé, mientras lo hacía, en que nunca habría pensado que fuese a compartir un momento como ese cuando asistí dos veces, jovencísimo y deslumbrado, a su versión del Cyrano de Bergerac, interpretada por Josep Maria Flotats, a principios de los 80. Entre el público, Francisco Arbós, Eduardo Arbós -que no tiene nada que ver con el anterior, pero sí un nombre estupendo-, Aurelio Major -que aventuró el cartel que colgaría en la puerta del local en verano, cuando ya lo hubiesen desalojado los fumadores: "Esto no es una Pipa Club"- y el gran Carles Hac Mor, cuya cabellera y barbas blancas forman alrededor de su rostro un halo hirsuto e inmaculado. Luego, al ir al baño, un joven me dijo en inglés, con fuerte acento francés, cuánto le gustaba el Pipa Club, pero ese ya no era asistente a la lectura. Al salir a la plaza, cerca ya de las diez, y pese al fresco de la noche, las terrazas bullían de masticadores de marisco mediocre y caro, que, no obstante, parecían muy felices. También yo lo estaba.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
viernes, 6 de marzo de 2015
lunes, 2 de marzo de 2015
Un domingo en el mercado de San Antonio
Hoy he decidido hacer un viaje en el tiempo y visitar el mercado de San Antonio. Tengo la mañana libre y, como he quedado a comer en casa de mi madre, me pilla cerca. He dicho que es un viaje en el tiempo, porque yo lo asocio -y lo asociaré hasta que me muera- con los domingos de mi infancia en que acompañaba a mi padre a los puestos de libros, y allí observaba su busca incansable y, con el instinto de supervivencia de un hombre que había vivido la guerra civil y la tenebrosa posguerra, su no menos incansable regateo. Creo que, como tantas otras cosas, mi pasión por el libro viejo -y, de hecho, por la literatura- proviene de aquellas mañanas perdidas entre el polvo de los libros y la ceniza de los libreros: la de sus puros y la de sus cuerpos, que parecían tan astrosos y desencuadernados como los del género que vendían. Hacía mucho tiempo que no venía. Antes se montaba en el edificio viejo de San Antonio, inaugurado en 1882, una gran construcción metálica, en cruz griega, que durante la semana funciona como mercado municipal, de ropa y alimentos. Tras la remodelación iniciada en 2009, los libros se han desgajado del cuerpo principal del mercado, trasladado a la Ronda de San Antonio, y se exhiben bajo una cubierta situada en la calle Comte Borrell, entre Tamarit y Manso. Lo primero que me sorprende del lugar es la muchísima gente que hay. Uno está convencido de la decadencia de la literatura y del libro como objeto cultural, pero esta aglomeración parece desmentir esa creencia. Claro que aquí no solo vienen compradores de libros, sino también de vídeos, CDs, grabados, tebeos (es decir, cómics), postales, fotografías y toda clase de revistas. Pero ya en mi niñez se vendían estas cosas en San Antonio, salvo los artículos audiovisuales e informáticos. La gente se amontona por todas partes hasta formar una masa compacta -y, en algunos puntos, casi impenetrable- de seres humanos, a la que se suman los carritos de los niños -que actúan al modo de las máquinas quitanieves: apartando a la gente a ambos lados de su recorrido- y hasta los perrazos con los que algunos tienen la descortesía de lanzarse a la corriente. Atravesarla requiere templanza y mucha educación. Recuerdo el consejo de mi padre: a San Antonio hay que ir temprano, para que no te coja el gentío y para cobrar las piezas más interesantes -así hablaba, como un cazador-, aunque nosotros nunca llegábamos antes del mediodía. Pese a la muchedumbre y la apretura de los puestos, para un rebuscador experto de libros viejos es fácil distinguir cuáles merecen la pena y cuáles son meros muladares de superventas y otras bazofias de la industria editorial. Me concentro, pues, en los que ofrecen un fondo literario, aunque se limite a una caja de libros de poesía, una colección estimable que se salda, o un ala del tablero que utilizan como escaparate. Compro una edición corregida y ampliada del Libro del desasosiego, en Acantilado, con traducción de Perfecto Cuadrado: recuerdo que la que leí hace muchos años era horrible; Pessoa, no obstante, sobrevivió a ella, como siempre hace la buena literatura con sus peores continentes. Me hago también con una curiosa edición, ilustrada, de El derecho de asilo, de Alejo Carpentier, un autor demasiado olvidado para sus méritos, entre los que se cuenta un fabuloso El siglo de las luces, y con otra, asimismo con dibujos -de Gustavo Doré, el ilustrador de tantos clásicos-, de Escenas de Londres, de Virginia Woolf, por razones obvias; ambas, publicadas en la colección "Palabra Menor", de Lumen, una de esas a las que siempre hay que prestar atención. Veo varias novelas de Antonio Rabinad, aquel escritor barcelonés que era también librero de segunda mano y que vendía sus propias obras en San Antonio. Recuerdo sus ojos siempre activos, preocupados por que, aprovechando las charlas que mantenía con los clientes, nadie le mangara el género. Y era carero: sus descuentos eran miserables y su regateo, ninguno. Pero escribía bien. Veo también, de repente, una nuca que me es familiar. En realidad, es una calva desgreñada, uno de esos cráneos mondos que concentran el escaso pelo superviviente en el occipital; pero ese que conservan, lo conservan muy largo. Por suerte, este no se peina a lo Anasagasti, extendiendo las serpentínicas guedejas de un lado a otro de la calva, lo que resulta, no solo repulsivo, sino que acentúa la percepción de la calvicie: lo tapado artificiosamente se hace más evidente que si fuera destapado. Pertenece a un escritor hispanoamericano que vive en Barcelona desde hace muchos años y con el que he tenido amistad. Sin embargo, algún gesto suyo reciente hace que no me apetezca verlo. Algo infantilmente, cambio de pasillo para no coincidir con él, y prosigo mi busca. Mientras voy de un puesto a otro, oigo a una mujer que le pregunta a un librero: "¿Tiene Biblias?". El vendedor le responde que no, pero, un puesto más allá, veo una, y, en el siguiente, otra. Compro El ciego en la ventana, una entrega reciente de Juan Antonio Masoliver Ródenas, en Acantilado (cuya abundante presencia en los puestos no sé si es debida al reciente fallecimiento de su editor, Jaume Vallcorba). Ojeando el libro, reparo en que el prólogo cita a mi amigo Jordi Doce y, junto a él, como lectores de español en Oxford que ambos fueron, a "Javier Manías" (sic). Se me escapa una carcajada: esto no puede ser una errata involuntaria: en los libros de Acantilado nunca hay erratas y, además, es imposible que una errata caiga tan bien y sea tan significativa como esta. Me recuerda a las que introducían algunos amigos malignos en los títulos y versos de Manuel Álvarez Ortega, un poeta cuyo perfeccionismo vanidoso hacía que fuese muy placentero zaherirlo: así, su poemario Oscura marea se convertía en Oscuro mareo. En cuanto a Marías, es un buen articulista, pero su permanente malhumor lo perjudica: aunque sus críticas sean compartibles, su ejercicio como gruñón oficial acaba haciéndose cansino. En puestos sucesivos, compro Las grandes elegías y otros poemas, del cubano Nicolás Guillén, en la benemérita Biblioteca Ayacucho (cuyos ejemplares nunca he comprendido cómo pueden venderse a cinco euros: este, una edición impecable, tiene 455 páginas); un curioso Cancionero doble, de Guadalupe Villarreal y anónimo de Yuste, con edición de Juan Manuel de Rozas, publicado en 1985 en la colección Palinodia, de Cáceres, entre cuyos directores y miembros del consejo editorial reconozco a varios amigos, como Diego Doncel y César Nicolás; y, por fin, una primera edición de El ventrílocuo y la muda, de 1930, de Samuel Ros, escritor ramoniano (por Ramón Gómez de la Serna) y joseantoniano (por José Antonio Primo de Rivera), un curioso caso de falangista judío, exiliado en Chile durante la guerra y muerto a los 41 años. Me sucede con este libro algo infrecuente: tras examinarlo y descartarlo por su precio -25 euros-, el librero lo rebaja a 20. Como le sigo diciendo que no, lo vuelve a rebajar, a 15. A ese precio, me siento obligado a comprarlo. Poco antes de irme -los pies empiezan a torturarme-, veo un presunto poemario (a un euro) de una odiosa escritora mexicana, que solicita colaboraciones para su revista, pero que ni siquiera envía un ejemplar a sus colaboradores, y que considera una grosería que estos se lo reclamen; no contenta con eso, se venga de ellos prohibiendo que se publiquen sus trabajos o malmetiendo a la menor ocasión. Un mercado de libros viejos como San Antonio es, en realidad, un depósito de vida, o de vidas, entrecruzadas infinitamente, cuyos nudos asoman aquí y allá. El de la mexicana despreciable se ha hecho hoy visible, pero muchos otros nunca emergen de las profundidades de celulosa en las que están enterrados. Salgo del mercado y voy a hacer el vermú al café Alegría, en la esquina de Comte de Urgell con la Granvía, uno de los pocos cafés antiguos que quedan en Barcelona. ¿Por qué un vermú? No lo sé: yo nunca tomo vermú, pero hoy es domingo y a mi padre le gustaba tomarse unas aceitunas rellenas o unos boquerones en las tabernas sucias y soleadas del barrio. Me siento, alegre, en el Alegría, y ojeo las nuevas adquisiciones, los nuevos hijos, mientras me sirve un camarero de Bucarest. Las olivas están cojonudas.
sábado, 28 de febrero de 2015
Un día en Barcelona y la presentación de Habitación en W
He vuelto a Barcelona, y hoy es un día de recados, una de esas jornadas en las que despacho diversos y pequeños -o no tan pequeños- asuntos que traigo pendientes de Inglaterra. Pienso que, mientras no resuelva estas cosas domésticas en Londres, no podré decir, con propiedad, que vivo allí. Estoy allí, sí, pero sigo flotando en una burbuja española, que va conmigo a todas partes, que soy yo, en realidad: voy al dentista en Sant Cugat, compro libros en Barcelona, me corto el pelo en Madrid. El día ha de culminar en la presentación del último poemario de Álex Chico, Habitación en W, que se hará por la tarde, con la ayuda de Jesús Aguado, en La Central del Raval. Tras algunas gestiones en Sant Cugat, llego a Barcelona en tren. Están acabando las obras en la Diagonal. El paseo se ha ampliado en beneficio de los viandantes. Antes era una aorta de tráfico: un río de coches -cuatro en cada sentido, más dos carriles laterales- que llenaba la avenida de estruendo, humo y ferocidad. El paseante apenas podía hacer otra cosa que abreviar el paso por la vía -o cruzarla, como quien se lanza, temerario, a vadear el Amazonas, para abandonarla cuanto antes-, si no quería que el ruido y los tubos de escape lo desquiciaran. Tampoco era una calle cómoda para los vehículos: la circulación era lenta y agresiva: en las rotondas de las plazas, en cualquier cruce, aquella sangre de la ciudad que era el tráfico se espesaba hasta el coágulo, y docenas de cláxones enfurecidos se sumaban al rugir devastador de los motores. Solo por la noche, muy tarde, cuando ya no quedaban oficinas de las que salir, ni tiendas que cerrar, ni apenas coches, salvo los de los noctívagos y los despistados, se podía deambular por las exiguas aceras diagonales. La calma oscura de la noche y el aire súbitamente aclarado reconfortaban al paseante, como si una llovizna inesperada remojara un yermo pertinaz. Obreros con casco y chalecos reflectantes están dando los últimos martillazos a las losetas de las aceras, que han devorado a los infaustos carriles laterales y acogen a los peatones con una hospitalidad desconocida. Antes de entrar en el banco al que me dirijo -cerca de la plaza de Francesc Macià, antes de Calvo Sotelo, que es como se llamará siempre en mi memoria, aunque no sienta ninguna simpatía por Calvo Sotelo-, decido hacer una pausa en El Fornet, un local de la cadena homónima. (He visto uno, a poca distancia, de Le Pain Quotidien, la franquicia que también se ha establecido en Londres, y en la que Ángeles y yo solemos merendar, pero desisto de repetir lo que ya hago allí). El Fornet es una cafetería de cartón piedra, de esas que imitan -en las presuntas maderas del mobiliario, en la iluminación dorada e indirecta, en las láminas que cuelgan de las paredes, con anuncios y paisajes de principios del siglo pasado- los antiguos cafés, pero que se quedan en un remedo de escayola: los muebles son de la marca blanca de Ikea y cuadritos muy parecidos a estos los venden a dos euros en los chinos; por si fuera poco, uno se ha de llevar lo que ha pedido en una bandeja de plástico a la mesa. Sin embargo, el servicio me sorprende por su amabilidad: la camarera me pregunta cómo me gusta el azúcar: blanco, moreno, sacarina..., y luego cómo prefiero la leche, con crema o sin crema. Mientras me tomo el café con leche con azúcar moreno y crema, ojeo el periódico. Esa es otra de las virtudes de El Fornet: dispone de diarios para los clientes, una tradición que, por desgracia, casi ha desaparecido en los bares españoles. Leo un titular que habla de Todos han muerto, y me ilusiona -y también me sorprende- que la prensa se refiera al magnífico poemario del venezolano José Barroeta. Pero en la entradilla toda ilusión y toda sorpresa se disipan: no es un libro, sino una película, cuyo título coincide con la obra de Barroeta por pura casualidad. (Recuerdo que en Caracas un joven, asistente a una de mis lecturas, me regaló un ejemplar de la primera edición de Todos han muerto; lo hizo, incluso, habiendo marcado en las páginas, con pequeñas tiras adhesivas, los poemas que le parecían mejores. Fue el gesto de quien ofrenda un secreto y, a la vez, celebra una pasión común; de quien revela algo muy íntimo y, al mismo tiempo, quiere que esa intimidad sea compartida. Me emocionó aquella generosidad y, sobre todo, aquella fe desnuda, primigenia, en la poesía). Realizadas todas las gestiones y despachado un generoso almuerzo en casa de mi madre (mi muerte empezará cuando no pueda ir a comer a casa de mi madre), me entretengo hojeando libros, primero en una librería de viejo de la calle Elisabets y luego en la propia Central. He llegado con mucha antelación y puedo disfrutar de ese rato maravilloso de merodeo y caza. He dicho "librería de viejo", pero me quedo corto: es también una tienda de discos y vídeos viejos: el negocio es múltiple, aunque siempre polvoriento. He comprobado que, aunque la sección dedicada a los libros no es muy grande, siempre se encuentra algún título interesante. Esta vez doy con una edición de Austral -la tercera, de 1961- de Los muertos y las muertas, de Ramón Gómez de la Serna, en la que el inenarrable Ramón demuestra, una vez más, su facundia acumulativa y gregueresca. No obstante, entre la faramalla más o menos diarreica, abundan perlas líricas como esta: "De toda mi reflexión frente a los epitafios y los cementerios", escribe el madrileño, "solo me queda esta presunción del morir, esta altivez perdida, este no ir a estar porque no estuve nunca -se cerró la herida del nunca-, este congraciarse con la noche en una noche definitiva, este estar debajo de un banco público de piedra y que nada trasluzca que se está debajo". Compro el libro que, pese a su amarillez, aún no se ha desencuadernado completamente, por tres euros. En La Central, me hago con una traducción al catalán -la primera a este idioma- de los poemas priapeos -un clásico de la literatura erótica, del s. I d. C.-, del que se pueden alabar muchas cosas, excepto la sutileza: "Tú, para no ver mi célebre virilidad, te vas de aquí, como conviene a una chica decente: qué extraño, a menos que tengas miedo de ver lo que deseas tener dentro de ti" (traduzco del catalán que ha traducido del latín). También compro Días con Walt Whitman, del inglés Edward Carpenter: no es que hierva todavía mi pasión whitmaniana, sino que los proyectos con los que uno ha convivido mucho tiempo perduran en los hábitos y la conciencia también durante mucho tiempo: generan ondas expansivas que lo mantienen atrapado a uno. Por fin, otro título en catalán, aunque de un autor francés, Yves Bonnefoy: Allò que va alarmar Paul Celan, "lo que alarmó a Paul Celan": he de participar en un congreso sobre el autor de Amapola y memoria, y me interesa actualizar mis lecturas sobre él. No obstante, el texto de Bonnefoy -muy breve: lo liquido mientras me tomo otro café poco antes de que empiece la presentación; debe de ser una conferencia o artículo, ahora reencarnado en libro- me decepciona, aunque tenga alguna intuición meritoria. Pienso que libritos así se publican por el empaque de los nombres involucrados, Celan y Bonnefoy, pero no necesariamente por el valor de su contenido. Y que la literatura española actual -como cualquier otra literatura, supongo- está llena de piezas de mucho mayor calado y riqueza intelectual que, sin embargo, sufren un verdadero calvario para ver la luz, si es que llegan a hacerlo y no permanecen, como sucede en muchos casos, en las tinieblas de lo inédito. La presentación no dura mucho. Empieza con retraso, porque Álex llega casi media hora después de lo previsto. Se conoce que ha sido reclamado por sus muchas admiradoras a la entrada de la librería y ha estado de palique con ellas. No se lo tenemos en cuenta. Jesús arranca su intervención con una anécdota en la India: un mono, de los que circulan libremente por las calles, le arrancó de las manos el ejemplar de Habitación en W que estaba leyendo en Benarés. Y no solo eso, sino que, en lugar de devolvérselo a cambio de una manzana, se lo entregó a sus crías, para que ellas también se divirtieran con él. Pero estas aún hicieron más que arrancarle las páginas: se las comieron. No deja de ser una hermosa metáfora: la poesía como alimento; la poesía, freudianamente, como ingestión, que alimenta tanto al cuerpo como al espíritu (aunque el comportamiento de los macacos me recuerda al de algunos críticos). Álex, que, además de buenos poemas, siempre regala observaciones inteligentes, confiesa que el libro le produce una sensación agridulce: está satisfecho de él, pero hasta cierto punto documenta un fracaso, la incapacidad para decir exactamente lo que se proponía decir. Pienso yo entonces en Flaubert, que es sus cartas exclamaba, resignadamente, algo así como: "¡Ah, si la gente supiera lo que yo tenía en la cabeza cuando me puse a escribir este libro!"; y ese libro era Madame Bovary. Y también en António Ramos Rosa, el gran poeta portugués, al que muchos acusaban de escribir demasiado. Él les respondió: "Cada uno de esos libros es solo un intento por escribir el libro que me gustaría escribir, y que aún no he conseguido". El acto no dura mucho: tras la presentación de Jesús y la lectura de Álex, charlamos un rato. Ahí están José Ángel Cilleruelo y Marisol, su mujer, Sergio Gaspar y la suya, María, Agustín Calvo Galán y José Antonio, Juan Vico, Jordi Gol, Pedro Cano, Rafael Mammos y un Sebastián Candado, médico jubilado e inveterado amante de la poesía (con el que mantuve años mantuve una furibunda y no obstante agradable polémica sobre Gil de Biedma: él opinaba que era un gran poeta; yo discrepaba enérgicamente de ese parecer), que hoy, con una poblada cabellera cana y un gran fular rojo al cuello, parece un director de orquesta austrohúngaro.
jueves, 26 de febrero de 2015
La London Library
Visito hoy la London Library con Diego, el oncólogo cordobés amigo de Ángeles que está pasando unos meses en un hospital de la ciudad. Yo ya la he visto, fugazmente, por dentro -si dices que te interesaría hacerte socio, una señorita muy amable te pasea por las instalaciones y te da la información esencial-, pero quiero apreciarla con más calma y detalle, así que he reservado dos entradas para la visita guiada que la Biblioteca organiza mensualmente. Diego y yo nos encontramos en la plaza de Saint James, en cuyo número 14 se alza Beauchamp House, el edificio que ocupa. Pese a su nombre y su prosapia -se construyó en 1676-, todavía a finales del s. XIX se la consideraba "la peor casa de la plaza". Ciertamente, no es un inmueble deslumbrante: encajonado en un rincón, entre fachadas mucho más desahogadas, la entrada resulta estrecha y anodina, y uno se pregunta al verla cómo cabrán tantos libros en un espacio tan escueto. Pero no es escueto en absoluto: Beauchamp House ha ido engordando con los años, como las personas. No solo se ha adecuado la estructura original a las necesidades de la Biblioteca, sino que se han comprado los edificios adyacentes, hasta ocupar hoy, prácticamente, el bloque entero de casas. De otro modo, sería impensable que allí cupiera el millón largo de volúmenes que alberga. Sin embargo, los problemas de espacio no han desaparecido, ni podrán desaparecer nunca. Como la Biblioteca mantiene desde su creación -los ingleses son amantes inquebrantables de las tradiciones- la política de no desprenderse jamás de ningún volumen, y como compra una media de 8.000 libros nuevos al año, el crecimiento es potencialmente infinito y, por lo tanto, el espacio también ha de serlo. Salvando las distancias, me recuerda a mí mismo. Cuando, ahogados por los libros en mi casa de Sant Cugat, rehabilitamos la de Hoyos y construimos una espaciosa biblioteca en las golfas, pensé que aquello pondría punto final a mis problemas con la celulosa: los estantes se alineaban, largos e impolutos, y yo me imaginaba, con una candor que rozaba la necedad, que nunca habría libros suficientes para llenarlos. Hoy están ya casi a rebosar. Con un par de visitas más -en cada una de las que hacemos traslado nuevos volúmenes desde Barcelona- habré agotado todos los huecos y se me volverá a plantear, con más crudeza todavía, el viejo dilema: ¿dónde meto los libros? La London Library fue creada por el escritor escocés, afincado en Londres, Thomas Carlyle, en 1841. Carlyle estaba harto de la Biblioteca Británica: le disgustaba la grosería de los bibliotecarios, le repugnaba el olor de las lámparas y, sobre todo, le indignaba que careciera de un sistema de préstamo y, en consecuencia, que los libros, tras pasar por un proceso de entrega que hacía que la ascensión al Everest pareciese una excursión dominical, no pudieran ser leídos en casa, sino solo en las heladas, polvorientas y sombrías salas de la British Library. Carlyle decidió, pues, crear otra biblioteca, en la que los interesados pudiesen recorrer los estantes, elegir lo que les viniera en gana y llevárselo a casa, si les apetecía. Hoy el sistema de préstamo que Carlyle estableció sigue funcionando a pleno rendimiento y con una virtud adicional: no hay penalizaciones por retraso en la devolución; solo si otro lector solicita el mismo libro que está prestado, se ponen en marcha los mecanismos para recuperarlo. La guía que hoy nos pasea por las instalaciones nos enseña las salas principales y, singularmente, la central de lectura, donde están prohibidos los teléfonos móviles y los ordenadores portátiles. La habitación conserva, así, su aire de sosegado retiro victoriano, donde los caballeros leen en los sillones el Times -que la editorial recibe cada día desde su fundación y que ha encuadernado religiosamente hasta hace muy poco- como si estuvieran en el club, y cualquier usuario ojea libros o revistas, o escribe, a la luz tamizada de las lámparas de pasta de vidrio verde. En otras partes, como es lógico, sí se pueden utilizar los artilugios digitales y, de hecho, mucha gente lo hace. La actividad parece grande -iba a escribir "frenética", pero me he dado cuenta de que es un adjetivo que no resulta adecuado para una biblioteca-, pero la guía subraya que, aunque la London Library cuenta con 7.000 socios, nunca se da el caso de que alguno no encuentre una silla en la que sentarse y un ordenador con el que trabajar. La razón es que la gran mayoría de usuarios se relaciona online con la entidad, que está plenamente informatizada. La Biblioteca se ha especializado en disciplinas humanísticas y cuenta con un importante fondo de literatura en otras lenguas. Yo puedo certificarlo: una busca de Luis Cernuda arrojó una lista muy completa de sus obras. No obstante, dispone de libros sobre todas las materias. Tantas que una sección, miscelánea, reúne las más inverosímiles, en maravillosa confusión: "insectos" puede estar al lado de "inteligencia artificial", y "atenciones prenatales" junto a "adiciones sexuales" (lo cual no deja de tener una cierta relación). La guía subraya el placer de la serendipity -a no confundir con el Serenguetti; la serendipia, en castellano-, esto es, el hallazgo inesperado cuando se está buscando otra cosa. Aunque también se encuentra exactamente lo que se desea encontrar. Arthur Koestler ha contado que, cuando en 1972 le encargaron escribir sobre el campeonato del mundo de ajedrez que Bobby Fischer y Boris Spassky estaban disputando en Reikiavik, acudió a la London Library para informarse, y que allí, en la sección de ajedrez, dio con El ajedrez en Islandia y la literatura islandesa, de William Friske, publicado por la Sociedad Tipográfica Florentina, en Florencia, en 1905. La guía también subraya la singular forma de construir los pisos con los anaqueles en que se alinean los libros. Los suelos no son de cemento, sino rejillas de metal por las que se ven los pisos inferiores y superiores. Es, en realidad, un sistema de refrigeración victoriano: así el aire circula por todo todas las dependencias y no se estanca en una sola planta. Yo lo he visto también en la biblioteca central de la Universidad de Barcelona, y pienso si los arquitectos españoles no importarían el sistema de Londres. Mientras la guía nos da todas las explicaciones, Diego se entretiene mirando los lomos de los libros (algo en lo que está cogiendo mucha práctica: su trabajo en el hospital también consiste en observar) y yo me fijo más bien en los rincones de la Biblioteca, en los cuadros colgados en las paredes -óleos con los sucesivos directores de la entidad, entre los que se cuentan algunos tan destacados como el propio Thomas Carlyle o los poetas Alfred Tennyson y T. S. Eliot, que lo fue desde 1952 hasta 1965, pero también chistes o caricaturas aparecidas en todos los medios de comunicación del mundo sobre la Biblioteca-, en las maderas nobles y desgastadas, en los jarrones viejísimos y en los no menos provectos ejemplares del Times que se han dispuesto para nuestra consulta curiosa en la hemeroteca. Yo busco noticias en los ejemplares del mes de julio de 1979, cuando pasé mi primer verano en Londres, y descubro algunos fascinantes acontecimientos de aquellas semanas, ay, tan remotas: el Skylab cayó en Australia; Kiribati se independizó de Gran Bretaña; Anastasio Somoza, aquel benefactor de la humanidad que había impedido durante décadas que Nicaragua cayese en las pérfidas manos de los sandinistas, huyó del país y se exilió en Miami; el choque de dos superpetroleros en Trinidad y Tobago vertió medio millón de toneladas de crudo al océano; y la venezolana Maritza Sayalero Fernández se proclamó Miss Mundo, inaugurando así una tradición que ha hecho de Venezuela el segundo país en la clasificación de ganadores del concurso, después de los Estados Unidos. De hecho, el país solo tiene dos industrias: el petróleo y las misses, aunque el gobierno bolivariano está trabajando con denuedo por acabar con la primera. Los fondos de la London Library son sensacionales, sí, pero, si uno ha visto la Biblioteca del Congreso en Washington, ningún otro archivo le impresionará demasiado: allí los estantes se prolongan kilómetros y kilómetros por pasillos subterráneos que parecen dirigirse al fondo de la Tierra: la oscuridad es tanta que no se ve el final, y está toda llena de libros. Más aún: tienen hasta los libros de uno. Si las bibliotecas nacionales reciben obligatoriamente un ejemplar de todo lo que se publica en el país, la Biblioteca del Congreso recibe un ejemplar de todo lo que se publica en el mundo. No es de extrañar, pues, que, además de las catacumbas inacabables que se acumulan debajo de su sede en Washington, ocupe otros tres edificios, cada uno de ellos casi tan grande como el Pentágono, para albergar sus 138 millones de documentos. Pero la visita va llegando a su fin. Nos dirigimos a la salida por la escalera principal, cuya pared está presidida por un inmenso óleo de Valerie Eliot, la mujer del escritor, en reconocimiento de su labor y la de su marido por la Biblioteca. Diego, cuyo inglés no es aún demasiado fino, se muestra sorprendido: "Caramba, no sabía que Eliot fuese una mujer". "No", le digo, "Eliot era un norteamericano que se hizo británico y un protestante que se hizo anglicano, pero era un hombre, aunque quizá fuese homosexual". Cuando salimos a la calle, llovizna. No es extraño. Un café nos sentará bien. Nos dirigimos entonces a un Caffè Nero que hay en Piccadilly Street, bajo la severa mirada de Valerie Eliot.
martes, 24 de febrero de 2015
Julián Cañizares Mata y Javier Sánchez Menéndez
Hoy me han llegado dos libros en sobres separados pero iguales. El conserje indio del inmueble me ha entregado los dos paquetitos con una sonrisa educada, en la que, no obstante, se entreveía su sorpresa por su tamaño y su peso coincidentes. Dentro había sendos libros de La Isla de Siltolá: Mediodía en Kensington Park, de su editor, Javier Sánchez Menéndez, y La lealtadmantenimiento, de Julián Cañizares Mata, ambos publicados en la colección Tierra, de cubiertas ajedrezadas y multicolores. Son bonitos estos libros, elegantes en su vistosidad, con la mezcla justa de sobriedad y atrevimiento. El primer placer viene siempre, como en el amor, del tacto: acariciar los libros es nuestro primer acceso a ellos y la promesa de un placer -de una retribución- superior. Me entretengo un rato palpando las cubiertas, ojeando las páginas, sopesándolos. Luego los leo. He escrito ya, en este diario, sobre ambos autores, con ocasión de la publicación de Por complacer a mis superiores, una antología de la poesía de Javier, y de Lugar y esquema, el anterior poemario de Julián, también aparecido en Siltolá. Los dos libros comparten una característica esencial: tienen personalidad; constituyen un proyecto literario definido y singular. Uno lee a veces libros que parecen una ensalada de intenciones o, peor aún, y por seguir con el símil gastronómico, un buñuelo de aire: poemarios o novelas desgalichados, sin norte, de perfiles borrosos, desleídos entre lo anodino y lo previsible. Ni La lealtadmantenimiento ni Mediodía en Kensington Park son así: se trata de libros fuertes, de trazos vigorosos y voces personales, aunque también, como es lógico, muy diferentes entre sí. La lealtadmantenimiento continúa, radicalizándola, una de las aventuras más peculiares de la joven poesía española: a la desarticulación sintáctica de su poesía precedente, Julián Cañizares suma aquí una explosión de quebrantamientos léxicos que delimita un nuevo espacio poemático. Las transformaciones neológicas hacen que el poema se sienta, se viva de otra manera: es otra arena, un recinto desconocido pero no carente de calidez, una esfera que nos interpela y nos perturba, pero también nos acoge con desquiciada amabilidad. Y en ese espacio, por distinto, por intransitado, todo parece brillar con una pureza esencial. El poeta obra con sus versos el prodigio primigenio de la poesía: que el lenguaje renazca, y, con él, el mundo. Las palabras -esas palabras extrañas, incomprensibles, inexistentes de La lealtadmantenimiento- vuelven a significar: vuelven a decir las cosas, o a ser las cosas. Es una gran paradoja: lo roto reconstruye una existencia fracturada por lo acostumbrado. Lo roto, por naciente, edifica. Julián Cañizares se sitúa, con esta concepción del verso, en una órbita que empieza a ser reconocible entre los jóvenes poetas españoles: la de quienes desestructuran el poema para reestructurar lo poético; la de quienes nos enseñan las tripas del artefacto, para que, con esa comprensión interior, podamos experimentarlo de otro modo, sin motetes apaciguadores, ni enjalbegamientos bonitos, ni trampantojos de sentido; la de quienes explosionan el vocabulario o las imágenes que empasta para que vivamos otra vez la maravilla de decir. Ahí militan, además de Julián Cañizares Mata, Bruno Carcedo, Ángel Cerviño, Mario Martín Gijón y Julio César Galán, además de otros, seguramente, a los que todavía no he descubierto. Transcribo el poema "Serte" de La lealtadmantenimiento:
Respeto mucho la no belleza,
así como su dolor de no besar,
su reestructura de amanecer;
porque podría estar en su crono,
en su fleco de biografía curva,
su ridículo inmisterio de no estar.
Transmitir y transomitir,
según el instante verídico,
según la clave intuillorada de sí.
Es clave aquisentir el gesto,
y bosquear sus praderas,
saber los bloques que flojean
por si, derrumbados, pesan
sobre la realidad biográfica.
Puedo serte, y así se respira.
Mediodía en Kensington Park, por su parte, se me hace próximo por la cercanía de sus referentes, empezando por el que aparece en el título. Londres es el escenario donde transcurren estos poemas en prosa, elaborados con el estilo característico de Javier Sánchez Menéndez, lírico y filosófico, aforístico y abrupto, animado por un desgarro que se manifiesta en las frases cortantes, en ese empeño, siempre perceptible, por inyectar un sentido ardiente a lo dicho. Los poemas de Javier tienen una gran virtud: resultar imprevisibles, zigzagueantes, anómalos. Una sensibilidad extrema, atenta siempre al fulgor de la poesía auténtica, impregna los versos, donde se aúnan la delicadeza y el sufrimiento. Las imágenes obedecen a esta intimidad martirizada y exhiben torceduras, disonancias, pero disonancias alumbradoras: lo veraz ilumina siempre. Mediodía en Kensington Park relata el deambular de un hombre enamorado, pero lúcidamente consciente de que al amor se opone la muerte, que contempla el mundo como proyección o interlocución de su angustia, y también de su placer, y que no deja de reflexionar -de preguntarse- por el sentido del arte -de la poesía- en ese tránsito existencial. La percepción se ramifica en una sucesión de apuntes auditivos y visuales, como una cascada de notas siempre a punto de quebrarse o interrumpirse, y, al hilo de ese flujo, se encadenan asimismo las meditaciones, cristalinas y oscuras, agrietadas, nunca concluidas. Copio el poema 24, "El color de este cielo acomplejado":
Londres sí tiene mar, un infinito espacio verde donde se toma el sol. Una pradera de tonos multicolores que refleja el amor y la nostalgia. Es un inmenso mar donde puedo quererte mientras miras los pájaros, las hojas, el color de este cielo acomplejado. Cuando nos falta el orden aparece la vida, pero no me acostumbro. Vivir sin un concierto es una sucesión de cosas principales, el mandato observado para cristalizar nuestra amargura.
El azul de este cielo es diferente, un número complejo y decimal. Aunque es natural lo imaginario determina. Prevalece el azul pero es grisáceo. Hoy se instalan las nubes y el ruido de un operario limpiando los caminos hace que le conceda primacía. Observo al empleado, con rigor y paciencia avanza solo un poco, la exactitud de su triste muestreo. Un jardinero uniformado se confunde en el verde, lo entretiene. Señala con el dedo un árbol que ha caído.
Es difícil escribir tristes canciones, con una inclinación notaba que vivías. Ahora no sé arroparme lo suficiente a ti. Apenas me defiendo con las notas y esa interminable lista de recomendaciones ha salido volando. Hay un rayo de sol que se va haciendo diferente. Intento darte un beso y en mi boca tarareas el estribillo. Es hora de volver, comienzo a comprenderte y a llevarte en volandas. Este color del cielo ha empezado a vivir. Una abeja veloz irrumpe en tu alegría. El color de este cielo no me otorga palabras si no intento escribir.
Respeto mucho la no belleza,
así como su dolor de no besar,
su reestructura de amanecer;
porque podría estar en su crono,
en su fleco de biografía curva,
su ridículo inmisterio de no estar.
Transmitir y transomitir,
según el instante verídico,
según la clave intuillorada de sí.
Es clave aquisentir el gesto,
y bosquear sus praderas,
saber los bloques que flojean
por si, derrumbados, pesan
sobre la realidad biográfica.
Puedo serte, y así se respira.
Mediodía en Kensington Park, por su parte, se me hace próximo por la cercanía de sus referentes, empezando por el que aparece en el título. Londres es el escenario donde transcurren estos poemas en prosa, elaborados con el estilo característico de Javier Sánchez Menéndez, lírico y filosófico, aforístico y abrupto, animado por un desgarro que se manifiesta en las frases cortantes, en ese empeño, siempre perceptible, por inyectar un sentido ardiente a lo dicho. Los poemas de Javier tienen una gran virtud: resultar imprevisibles, zigzagueantes, anómalos. Una sensibilidad extrema, atenta siempre al fulgor de la poesía auténtica, impregna los versos, donde se aúnan la delicadeza y el sufrimiento. Las imágenes obedecen a esta intimidad martirizada y exhiben torceduras, disonancias, pero disonancias alumbradoras: lo veraz ilumina siempre. Mediodía en Kensington Park relata el deambular de un hombre enamorado, pero lúcidamente consciente de que al amor se opone la muerte, que contempla el mundo como proyección o interlocución de su angustia, y también de su placer, y que no deja de reflexionar -de preguntarse- por el sentido del arte -de la poesía- en ese tránsito existencial. La percepción se ramifica en una sucesión de apuntes auditivos y visuales, como una cascada de notas siempre a punto de quebrarse o interrumpirse, y, al hilo de ese flujo, se encadenan asimismo las meditaciones, cristalinas y oscuras, agrietadas, nunca concluidas. Copio el poema 24, "El color de este cielo acomplejado":
Londres sí tiene mar, un infinito espacio verde donde se toma el sol. Una pradera de tonos multicolores que refleja el amor y la nostalgia. Es un inmenso mar donde puedo quererte mientras miras los pájaros, las hojas, el color de este cielo acomplejado. Cuando nos falta el orden aparece la vida, pero no me acostumbro. Vivir sin un concierto es una sucesión de cosas principales, el mandato observado para cristalizar nuestra amargura.
El azul de este cielo es diferente, un número complejo y decimal. Aunque es natural lo imaginario determina. Prevalece el azul pero es grisáceo. Hoy se instalan las nubes y el ruido de un operario limpiando los caminos hace que le conceda primacía. Observo al empleado, con rigor y paciencia avanza solo un poco, la exactitud de su triste muestreo. Un jardinero uniformado se confunde en el verde, lo entretiene. Señala con el dedo un árbol que ha caído.
Es difícil escribir tristes canciones, con una inclinación notaba que vivías. Ahora no sé arroparme lo suficiente a ti. Apenas me defiendo con las notas y esa interminable lista de recomendaciones ha salido volando. Hay un rayo de sol que se va haciendo diferente. Intento darte un beso y en mi boca tarareas el estribillo. Es hora de volver, comienzo a comprenderte y a llevarte en volandas. Este color del cielo ha empezado a vivir. Una abeja veloz irrumpe en tu alegría. El color de este cielo no me otorga palabras si no intento escribir.
viernes, 20 de febrero de 2015
Waterloo
Waterloo no es solo una canción de ABBA, sino también una batalla fundamental en la historia europea. Se libró entre el 15 y el 18 de junio de 1815. Dentro de unos meses, pues, se celebrará el duocentésimo aniversario de aquel acontecimiento espantoso y decisivo, pero en Gran Bretaña los recordatorios ya se han iniciado. Es lógico: los ingleses fueron los vencedores y tienen prisa por rememorarlo. Sin restar méritos a su actuación, hay que puntualizar que la ayuda de los prusianos, con los que estaban aliados en aquellos días, resultó esencial para el desenlace. Al igual que en la derrota de la Armada Invencible, para la que su mejor aliado fueron las tormentas que azotaron el Canal de la Mancha el verano de 1588, en Waterloo también contaron con el favor de la Providencia. En ambos casos, no obstante, los británicos han sabido acaparar la fama. En 1815, Napoleón abandona su exilio en la isla de Elba y decide recuperar su imperio, amenazado por la Séptima Coalición, en la que se agrupan casi todas las naciones europeas entonces constituidas, incluida España. Como la forma de Napoleón de entender las relaciones internacionales consistía en imponer su voluntad y aplastar a cualquiera que se atreviese a desafiarla, no se le ocurrió otra cosa que invadir los Países Bajos, donde se concentraban las fuerzas de la Coalición. El encontronazo definitivo entre estas y el Ejército del Norte napoleónico se produjo en la pequeña localidad belga de Waterloo. Mucho se ha discutido sobre las causas de la derrota de Napoleón, pero parece haber acuerdo entre los historiadores en que algunas circunstancias pesaron decisivamente en el resultado de la batalla. En primer lugar, Bonaparte estaba enfermo, aunque no se sabe con seguridad cuál era su mal. Algunos sugieren una cistitis -una inflamación de la vejiga urinaria-; otros, unas dolorosas almorranas. En cualquier caso, algo poco airoso para el héroe. Imaginarlo orinando con escoceduras atroces o hundido en un baño de asiento para aliviar otros escozores abdominales, mientras sus soldados morían a miles bajo las balas británicas, le resta mucho glamour a quien había sido coronado emperador de los franceses por el Papa y dominador de Europa durante quince años. Y parece lógico que, en aquellas circunstancias, su capacidad para concentrarse en lo que estaba sucediendo hubiese menguado. En segundo lugar, Napoleón se enfrentaba a un ejército que le aventajaba mucho en número: a sus 73 000 franceses se oponían 118 000 aliados, entre británicos, prusianos, holandeses, hanoverianos y fuerzas de los estados de Nassau y Brunswick. La inferioridad numérica nunca había preocupado demasiado a Napoleón, que confiaba en su habilidad como estratega para superarla, como había hecho casi siempre a lo largo de su carrera: en la batalla de Leipzig, por ejemplo, destrozó a un ejército que le doblaba en número. Sin embargo, esta vez a la desproporción de fuerzas en su perjuicio se añadía que el grueso de las tropas enemigas eran británicas, las más aguerridas del continente, y que las comandaba el duque de Wellington, cuyas capacidades como militar eran las que menos convenían a Napoleón. Si este se caracterizaba por su arrojo estratégico y su extraordinario dinamismo en el campo de batalla, Wellington era un soldado sólido, prudente, defensivo, que aseguraba con meticulosidad todas las acciones, y que no se arrugaba ante ninguna maniobra, por audaz o violenta que fuese. Por último, Napoleón no tuvo suerte. Él, que creía en el azar y que siempre preguntaba a sus generales, antes de nombrarlos mariscales, si les acompañaba la suerte, vio cómo la fortuna le fue adversa en casi todos los momentos de la batalla. Para empezar, su indisposición; luego, en el inicio de los combates llovió, lo que dificultó los movimientos de sus tropas y disminuyó el efecto de sus bombardeos -el barro amortiguaba el impacto de las balas de su mortífera artillería-; y, en fin, por una serie de circunstancias desgraciadas, el general Grouchy, al que había mandado perseguir a los prusianos de Blücher, no llegó a tiempo para socorrerlo. La falta de fortuna se adivinó ya en los primeros movimientos de la batalla: para ocupar Charleroi, por un error en el despliegue de las tropas, el propio Napoleón, con su Guardia Imperial, ha de acudir a desalojar a los prusianos del pueblo; y el general que debía hacerse con los puentes de Châelet, Bourmont, deserta, sumiendo a su batallón en una considerable confusión. No obstante, las primeras refriegas de calado entre franceses y aliados se saldan con victorias para aquellos: los británicos se tienen que retirar de la aldea de Quatre Bras por el empuje del mariscal Ney, y los prusianos hacen lo propio tras los enfrentamientos de Ligny. Napoleón da entonces la orden a Grouchy de perseguirlos con 32 000 hombres y casi cien cañones. Grouchy no se da demasiada prisa en cumplirla, pero alcanza, por fin, a las fuerzas de Johannes von Thielman y les inflige una derrota en Wavre. La victoria, sin embargo, les costará muy cara a los franceses, que pierden el concurso de esos 32 000 soldados y artillería vitales en el enfrentamiento decisivo de Waterloo, donde Wellington se ha hecho fuerte. Además, ha sido una victoria táctica, que no ha aniquilado a los prusianos. Grouchy se entretiene persiguiendo a los alemanes huidos, pero el grueso de las fuerzas de Prusia ya se está reagrupando junto a Wellington, al que prestará una ayuda vital. El 18 de junio, Napoleón decide atacar directamente a los ingleses, parapetados alrededor de la granja fortificada de Hougomont. Arenga a los suyos, les da coñac -Wellington repartirá ginebra: diferencias culturales- y los lanza al asalto. Se producen entonces algunos de los choques más violentos de la batalla. La división del teniente general Thomas Picton resiste, a costa de grandes pérdidas, el empuje desmesurado de la infantería del conde de Erlon. Son apenas 3 000 hombres -frente a los 15 000 de Erlon-, pero muy experimentados: han combatido en España y no les han perdido las ganas a los franceses. Picton, por cierto, había extraviado el equipaje militar y combatió vestido de civil; como espada, esgrimía un paraguas. Murió en la refriega. El ataque de Erlon fue finalmente desbaratado por la caballería pesada del conde Uxbridge, cuyos Scots Grey protagonizaron una carga legendaria. No obstante, sufrieron tantas bajas que apenas pudieron combatir en el resto de la batalla. A Uxbridge, por su parte, estando muy cerca de Wellington, una bala de cañón le destrozó una pierna. Exclamó entonces: "Señor, acabo de perder una pierna", a lo que Wellington respondió: "Es muy cierto, señor: la habéis perdido". La pierna de Uxbrige, que hubo que amputar, se quedó en el pueblo de Waterloo, donde se convirtió en una atracción turística. Hoy se exhibe en el Museo Militar Nacional de Londres. Por perderla, se le ofreció una pensión de 1 200 libras anuales, pero Uxbridge la rechazó: no era digno de un caballero cobrar por un percance sucedido en el cumplimiento del deber. La batalla prosiguió con durísimos choques, en los que los franceses eran siempre rechazados, hasta bien entrada la tarde. Entonces, con Napoleón ausente a causa de su enfermedad, su segundo, el mariscal Ney, malinterpretó una maniobra del enemigo: creyó que era una retirada en toda regla, cuando solo se trataba de una reordenación de las tropas. Ordenó un ataque general, pero se encontró con que los cuadros de los ingleses contenían todas sus oleadas y, a continuación, con el contraataque de las caballerías británica y holandesa. Napoleón, por fin, empeñó sus últimas reservas, las más feroces, los regimientos de la invencible Guardia Imperial, contra el centro de Wellington, que seguía soportándolo todo con imperturbabilidad insular. Pero la Garde se encontró, entre las nieblas de la batalla, con los 1 500 guardias del mayor general Peregrine Maitland cuerpo a tierra, para eludir los estragos de la artillería, que se incorporaron de repente, los rociaron de plomo y luego cargaron contra ellos a la bayoneta, entre gritos escalofriantes. Su retirada en desorden, por primera vez en su historia, prefiguró la derrota definitiva de Waterloo. Welllington lo supo y, a lomos de su caballo favorito, Copenhague, ondeó su sombrero para ordenar una ofensiva, que había de ser la última. Y así fue: el coronel Hugh Halkett hizo prisionero al general Pierre Cambronne, pese a la proclama de este: "¡Mierda! La Guardia muere, pero no se rinde" (Cambronne se casaría después con una dama escocesa, y su exclamación se ha convertido en un eufemismo: le mot de Cambronne, "la palabra de Cambronne", sustituye, en las conversaciones educadas, a la que él realmente pronunció). Los prusianos expulsaron a los franceses del pueblo de Plancenoit, y los hanoverianos e ingleses empujaron a sus últimos regimientos hasta La Belle Alliance, la posada en la que Napoleón tenía su cuartel general. Bonaparte tuvo que emplear a su guardia personal en la defensa de las posiciones y participó directamente en los combates contra la brigada del general Frederick Adam, pero, al caer la noche, convencido por su estado mayor de que la batalla se había perdido, se retiró, en relativo buen orden, a Francia. En el campo quedaban 65 000 bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos: 41 000 franceses y 24 000 británicos y aliados. Ante semejante carnicería, Wellington concluyó: "Salvo una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada". Napoleón renunciaría a todo su poder el 10 de julio siguiente y el 26 de julio sería desterrado a la isla de Santa Elena, donde moriría en 1821, probablemente envenenado. Con Waterloo acababan las guerras napoleónicas y un capítulo esencial en la historia del continente.
jueves, 19 de febrero de 2015
Con Claudia (y Juan Carlos) Elijas
Hoy he quedado con Claudia Elijas, hija del poeta de Tarragona Juan Carlos Elijas, que quiere entregarme los libros que su padre le ha dado para mí. Claudia, que está estudiando en el instituto español de Londres, me escribió hace unos días, venciendo la comprensible timidez de sus quince años, para cumplir el encargo de Juan Carlos. Al salir de casa, observo que el agua sigue saliendo a borbotones delante de mi casa. Ayer se rompió una cañería subterránea y toda la esquina de Alexandra Avenue con Battersea Park Road está inundada. El agua mana de las profundidades por las hendiduras de los adoquines y del asfalto, con un burbujeo constante, y vuelve a sumirse en ellas por los sumideros de los bordillos. Y lleva así más de 24 horas: el derroche de agua ha sido brutal, y no tiene visos de remitir. Si algo sobra en este país es agua, pero no me imaginaba que los eficacísimos ingleses pudieran actuar con tanta lenidad en un asunto tan catastrófico. Superado los charcos, que casi alcanzan ya la categoría de estanques (y donde, si nadie lo remedia, vendrán pronto a posarse los cisnes y las garcetas), camino de la parada del autobús que me ha de llevar a la plaza de Trafalgar, lugar de mi encuentro con Claudia, me cruzo con un porsche setentero completamente pintado de grafitis, como si fuera un muro callejero del East End, pero con cuatro ruedas y asientos de piel. En el del conductor, su dueño trastea con el móvil. Es un caballero de pelo blanco y aspecto respetable, pero con ese punto de modernidad -de deportividad: chaqueta informal, guedejas ondulantes- que acaso explique su agrado por la decoración psicodélica. Cuando llego a Trafalgar, tras superar un tráfico impenetrable, reparo también en que el gallo azul -la gigantesca escultura de la alemana Katharina Fritsch que ha ocupado uno de los rincones de la plaza desde julio de 2013- ya no está: ha volado. La enorme peana desde la que el fasiánido oteaba el horizonte luce ahora dolorosamente vacía y toda la plaza transmite una sensación de amputación. El gallo era una figura extraña en Trafalgar, pero, precisamente por eso, su ausencia resulta aún más aparatosa. Encuentro a Claudia y a una amiga suya en las escaleras de Saint Martin-in-the-Fields, donde hemos quedado. Las invito a que conozcan la cripta de Saint Martin y a tomar algo ahí. Por suerte, no hemos de batallar demasiado para encontrar una mesa. Mientras ellas sorben los zumos de naranja que han elegido y yo mi darjeeling, charlamos. O más bien charlo yo, porque ninguna de las dos parece un prodigio de locuacidad. Les pregunto por su experiencia inglesa, y ambas dicen estar contentas. También me intereso por sus aficiones: Claudia dice que le gusta dibujar, el arte, la historia y los idiomas; si es así, Claudia derrocha vocaciones, cuando mucha gente de su edad nunca llega a saber qué le gusta, si es que le gusta algo. De sus dibujos ya he sabido por su padre, que me ha enviado un enlace en el que aparecen algunos de ellos. Claudia lo sabe y, como a cualquier adolescente del mundo, le avergüenza. Pero le digo, con sinceridad, que me parecen trabajos hechos por una persona mayor que ella, relatos muy bien perfilados de una vida interior delicada y pujante. Su mirada, entonces, se hace aún más limpia: todos sus rasgos se redondean y brillan con una pureza de líneas, con una inocencia esencial, que me recuerda a la de sus dibujos. Me entrega entonces los tres volúmenes de su padre: un CD, El todo por los cuernos, con poemas suyos musicados por Santi Palau y Quique Culebras, y dos libros: Sonetos a Simeonova, un sonetario de 2014 publicado por Alacena Roja, y Flors a les parpelles ("flores en los párpados"), en catalán (porque Juan Carlos tiene el privilegio de escribir en ambos idiomas: castellano y catalán), ganador del premio de poesía "Paco Mollá" de 2012, y publicado por la alicantina Aguaclara. A Juan Carlos Elijas, que forma parte de la nutrida grey poética tarraconense, lo conocí hace mucho tiempo en algún recital en su ciudad y, aunque no hemos mantenido una relación constante, sí nos hemos avistado en la distancia, creo, con interés y cordialidad. Volvimos a vernos a finales del año pasado, cuando di un recital en Tarragona por invitación de nuestra común amiga Teresa Domingo y él tuvo la amabilidad de asistir y de acompañarnos en la cena, que es siempre lo mejor de estos encuentros. Aunque la poesía de Juan Carlos y la mía son de textura diferente, y acaso apunten a objetivos asimismo dispares, siempre me ha atraído de ella su polifacetismo, su abundancia y su humor. Elijas escribe como quien canta, o, mejor, como quien gorjea; y no me refiero ahora a twitter. Sus versos brincan en la página, ingrávidos y alegres, o vuelan, como un manojo de hojas llevadas por el viento, críticos con todo pero generosos con todos, atentos a las múltiples maravillas de lo cotidiano y también a las tristezas agazapadas en sus pliegues, joviales aun siendo, a veces, sombríos, ligeros pese a su gravedad, cultos y populares, filosóficos y proletarios, irónicos y fúnebres. Su figura y su obra responden a un perfil de generosidad para con el mundo y la creación: todo cabe en la página; todo es digno de ser dicho; todo puede ser abrazado con ternura, aunque eso no excluya el análisis inquisitivo ni, en muchos casos, la censura. La poesía, pues, como nudo de las cosas y los afectos: como eslabón último del mundo. Me digo que leeré con calma estos últimos poemarios suyos al llegar a casa. Acompaño a Claudia y a su amiga a la parada del autobús con el que volverán a casa. Han de regresar antes de que anochezca: son chicas responsables, que se recogen cuando hay que hacerlo. Cruzamos la plaza y compruebo que la explanada delante de la National Gallery sigue siendo un circo pensado para entretener -y muñir, claro- a los turistas: hoy, junto a los gaiteros presuntamente escoceses y los hombres estatua, menudean los yodas de cuchufleta que parecen levitar: cuento hasta tres, todos verdes, con las orejas puntiagudas y la cara de Jordi Pujol. Esperamos a que llegue el 6 y me despido con besos de las dos. Al volver yo a casa, mucho después de que haya oscurecido, me cruzo otra vez con el porsche grafitero, que ahora circula a toda velocidad y entre rugidos por las calles, y veo que ya han cercado con vallas el epicentro del escape, y que varios operarios de Thames Water -salidos de camionetas que, en lugar de grafitis, están pintadas con inmensas leyendas que proclaman la eficacia y el compromiso social de la compañía- se aprestan a resolver el desaguisado. No está mal, pienso: un día y medio para arreglar una cañería; miles y miles de litros desperdiciados. Me consuelo leyendo, sentado ya en el sillón del comedor, este poema de Juan Carlos:
he visto a los idiotas más célebres de mi generación sucumbir ante los tres mil canales de una vía satélite ante el automóvil más veloz e inteligente los he visto salir a berrear a las calles después de la victoria de un equipo de fútbol y abominar de los libros en líneas generales
he visto en mi sueño maya o malcolmiano cómo les revienta la cara delante de un televisor cómo rescatan sus cuerpos ferrificados y los de sus mártires de los amasijos de una autovía en obras cómo intimidan hienas entre cuatro una noche a quien lleva una bufanda diferente y cómo incendian las aulas de su antiguo colegio volviendo de borrachera
he visto cómo envejecían y los hijos tarados que han sido capaces de malcriar porque hablo ya desde los ojos blancos de la muerte desde la dimensión del cadáver en que me han convertido
(De Nuevo aullido para Allen Ginsberg, incluido en El todo por los cuernos)
he visto a los idiotas más célebres de mi generación sucumbir ante los tres mil canales de una vía satélite ante el automóvil más veloz e inteligente los he visto salir a berrear a las calles después de la victoria de un equipo de fútbol y abominar de los libros en líneas generales
he visto en mi sueño maya o malcolmiano cómo les revienta la cara delante de un televisor cómo rescatan sus cuerpos ferrificados y los de sus mártires de los amasijos de una autovía en obras cómo intimidan hienas entre cuatro una noche a quien lleva una bufanda diferente y cómo incendian las aulas de su antiguo colegio volviendo de borrachera
he visto cómo envejecían y los hijos tarados que han sido capaces de malcriar porque hablo ya desde los ojos blancos de la muerte desde la dimensión del cadáver en que me han convertido
(De Nuevo aullido para Allen Ginsberg, incluido en El todo por los cuernos)
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