Hace varios años, al ayuntamiento de Barcelona cambió las ordenanzas municipales para que algo hasta entonces prohibido, circular en bicicleta por la acera, estuviese permitido. El ayuntamiento de Barcelona quería ser, así, ecológico y moderno: facilitaba el uso de un medio de transporte limpio, y, como todo el mundo dice ahora, sostenible, y se proclamaba adalid de lo mediterráneo y lo guay. Además, favorecía la salud de la población: pedalear -mi instructor de spinning y yo lo sabemos bien- es bueno para el corazón. El ayuntamiento de Barcelona olvidó, sin embargo, que semejante práctica también sería perjudicial para la salud de muchos: los huesos rotos de los peatones por los impactos con las ciclistas y el estado de alarma general, sobre todo entre los ciudadanos más provectos, que generan los vehículos que nos esquivan de continuo por la calle a centímetros de distancia. En realidad, el consistorio municipal ya se había significado como una entidad audaz: hace algún tiempo, promovió una campaña publicitaria en la que presentaba a Barcelona como "la mejor ciudad del mundo". Así, a palo seco. Y uno pensaba: ¿La mejor? ¿La mejor en qué? ¿La que tiene más bibliotecas o más zonas verdes? ¿La que goza de las mejores escuelas y universidades? ¿La que ofrece más seguridad y limpieza? ¿O será la ciudad con menos pobres, con menos barrios deprimidos? Pero con lo de las bicicletas el ayuntamiento se superó a sí mismo: ahora los peatones ya no disponen de un espacio propio y exclusivo. Si antes se veían apremiados por los coches, que lo invaden todo, pero disponían de este territorio llamado acera del que eran los únicos beneficiarios, ahora ya ni eso: lo han de compartir con los vehículos, aunque sean sin motor; y, en la acera, los vehículos constituyen el peligro. Se acabó la despreocupación mental de que antes disfrutábamos: ahora hay que mantenerse alerta para no ser arrollado por las bicis. Si, además, quien las conduce es un energúmeno, habrá que estar más vigilante todavía. Aunque, bien pensado, quizá eso sea incluso mejor para nuestra salud, que es lo que, sin duda, desean promover nuestros munícipes: tendremos que estar en una forma mental excelente, para soportar las discusiones que susciten los encontronazos, y hasta en plenitud de condiciones físicas, porque quién sabe si no acabaremos a tortas con el contador de turno. Hace un año y pico, fui testigo de un incidente épico a la salida de mi trabajo, en la plaza Cataluña: un cenutrio, que circulaba, o pretendía hacerlo, por entre la muchedumbre que siempre ocupa la plaza, y que ya había estado a punto de atropellar a varios peatones, chocó finalmente con uno, al que dejó tendido en el suelo. Pero no tuvo bastante con eso: irritado por que su gincana hubiese sufrido aquella abrupta interrupción, vituperó al arrollado con una violencia de la que era difícil creer que alguien fuese capaz, y se alejó dando grandes voces, mientras el pobre viandante, todavía aturdido, luchaba por ponerse en pie. En Londres no se puede circular en bicicleta por la acera, pero las calzadas están llenas de velocípedos. Ahí la situación se invierte: la parte débil es el ciclista, y no es infrecuente que mueran en las calles, arrollados por coches o aplastados por camiones. También sufren, a veces, los golpes de los conductores irritados, lo que no deja de ser otro peligro (y, a la vista de la complexión y la agresividad de muchos de estos, un peligro grave). Muchos ciclistas han adoptado la medida de instalar una cámara en el casco, para tener pruebas de lo sucedido en caso de sufrir algún accidente. Y hasta hay un tipo, un ciclista negro, que recorre las calles de la capital grabando a los infractores e instruyéndoles sobre los peligros de no respetar las normas de circulación: ha hecho de ello su actividad diaria, y no deben de faltarle buenos -y trágicos- motivos: en un programa de televisión, lo he visto llorar -a él, un tipo cuadrado, alto como una farola- cuando le han preguntado por qué se dedicaba a eso. Sin embargo, la generalización del uso de la bicicleta en las vías urbanas también causa problemas, y no solo porque el amontonamiento aumenta siempre las dificultades, sino, sobre todo, porque algunos criminales en potencia las utilizan como pistas de carreras. Hay grupos de ciclistas que compiten en las calles de Londres, y en las de las demás ciudades británicas, a plena luz del día, y en medio de un tráfico agobiante: circulan a toda velocidad, se saltan los semáforos, invaden las aceras, no respetan los pasos de peatones; y muchos van sin casco. A estos el ángel negro también los denuncia, aunque su labor benemérita no puede prevenir todo lo que sucede en una urbe tan grande y laberíntica. Yo he hecho el camino de Santiago en bicicleta, salgo regularmente a pedalear por la ciudad y hago spinning en un gimnasio, pero añoro aquellos tiempos en los que se podía pasear por la calle sin riesgo de ser pasto de las tubulares.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
martes, 14 de enero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
José María Castellet
José María Castellet murió hace cuatro días en Barcelona. Escribo así su nombre, y no en catalán, que es como se ha identificado en casi toda la obra publicada desde 1965, porque fue en castellano como firmó su celebérrima antología Nueve novísimos poetas españoles. Ello no obstante, el presidente Mas se ha apresurado a decir, en su funeral, que es por hombres como Castellet por los que vale la pena construir un país, o algo parecido. Es decir, ha acercado el ascua de la muerte de alguien ilustre a la sardina de sus pretensiones, o más bien necesidades, políticas: un ejemplo más de la manipulación identitaria que practica desde que se le apareció el Jesucristo del independentismo; una indecencia más, y nunca mejor dicho. Pero no era del president de quien quería hablar, que para eso ya se bastan él y sus palmeros, sino de Castellet, aunque lo primero que he de decir es que se trata de una figura que a mí me pilló tarde, esto es, que yo siempre asocié con un pasado del que no formaba parte, salvo por Nueve novísimos, que constituyó una referencia, positiva y, a veces, negativa, pero siempre presente, en el sinuoso proceso de convertirme en poeta (en el que todavía estoy, y si no resulta pretencioso decirlo). En efecto, Castellet se dedicó a muchas cosas: fue director literario de importantes editoriales, articulista notable, antólogo reputado -antes de Nueve novísimos compiló otra selección, de menor fortuna que esta, pero no menos perspicaz, Veinte años de poesía española, en 1960-, estudioso de la literatura catalana contemporánea -con destacados ensayos sobre Espriu i Pla- y, en los últimos años de su vida, memorialista tenaz. Pero, al menos en el ámbito de la literatura española, su principal aportación fue la antología novísima, que supuso una sonora perturbación en las aguas estancadas de la poesía española de su tiempo, un embalse de realismo opositor y crítica social. O, al menos, así lo percibo yo. En 2001, la editorial Península tuvo el acierto de reeditar Nueve novísimos, con una separata impagable, en la que se recogen varios de los artículos e incluso documentos privados que saludaron la aparición del libro en 1970. Sorprende -o quizá no- que la mayoría de las reacciones fuesen contrarias al libro. Un poeta tan lúcido como Aníbal Núñez (aunque acaso molesto por no haber sido ungido también novísimo) denunciaba que, tras la aparente actitud renovadora del volumen, no existía "más que una poesía metropolitana de evasión y de divertimentos formalistas", y calificaba la poesía de Ana María Moix, la más joven de los antologados, de "mieditis, imaginación de paralítico, libertad de colegial fumando a escondidas en el retrete del internado"; Rafael Conte lo consideraba una equivocación; a Emilio Alarcos, los poetas antologados "lo dejaban frío"; para un tal Meliá, que escribía en Nuevo Diario, Castellet "dogmatiza con suavidad, esnobiza con convicción, importa ideas y tendencias sin detenerse a pagar derechos de aduana, está perpetuamente in, como los hombres maduros que no se resignan a dejar de ser jóvenes"; C. F., del alicantino Primera Página, titulaba su reseña "¡Oh, no!", y se quejaba de que los poetas antologados fueran solo "un grupo de amigos muy concretos de Centralia -Madrid y Barcelona-"; Franco Fortini expresaba incluso su miedo "ante la prisa de la mayoría de estos autores por exhibir lo que acaban de comprar, según parece, en una de las innumerables librerías parisinas que desde hace un cuarto de siglo siguen proponiéndonos Breton Péret Artaud, Artaud Péret Bataille, etc., etc."; y José Miguel Ullán, otro marginado, era especialmente cáustico en una entrevista aparecida en la revista Triunfo: "Castellet, docto ignorante del reino, confundió esta vez la coqueluche con la menstruación", decía, y también: "algún poeta potable y otros varios muy mediocres han servido de coristas para que resaltase la figura egregia, bilingüe y emplumada de la Celia Gámez de la novísima poesía en castellano, alias Pedro Gimferrer". Solo Cristina Peri Rossi y, sobre todo, Félix Grande acogieron Nueve novísimos con generosidad y un aplauso clarividente. Hoy, vista con 34 años de distancia, aquella antología no parece un error. Más allá de las polémicas que suscitara su aparición, y del despliegue publicitario del que se benefició -debido, en buena parte, a la perspicacia con que Castellet escogió el momento para darla a conocer-, su nómina incluye a algunos de los mejores poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, como Pere Gimferrer y Leopoldo María Panero; y también Manuel Vázquez Montalbán -un espléndido poeta, al que su dedicación al periodismo y la novela ha restado presencia entre los lectores de poesía-, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azua y Guillermo Carnero han contribuido a nuestra lírica con aportaciones sobresalientes. En todo caso, el mérito fue de José María Castellet, que supo hacer eso a lo que deberían dedicarse antólogos y editores: promover iniciativas, articular propuestas, vislumbrar posibilidades, suscitar sinergias, abrir caminos, agitar las aguas: establecer lo que los autores por sí solos no pueden (bastante tienen ya con escribir, los pobres): vías inexploradas y caminos nuevos por los que transitar. Antólogos y editores han de disfrutar de una percepción aguda, de una intuición privilegiada para labrar nuevas arquitecturas. Y José María Castellet, sin duda, la tenía.
domingo, 12 de enero de 2014
Ingleses por el mundo
Esta semana pasada hemos sabido por la prensa que Mónica Spears, miss Venezuela en 2004 y finalista en el certamen de miss Universo en 2005, ha sido asesinada en una carretera de su país, cuando estaba de viaje, junto a su exmarido. El crimen ha tenido repercusión mundial, por la dimensión pública de la víctima, que había protagonizado numerosas telenovelas desde sus éxitos en los concursos de belleza, y por la violencia -y nunca mejor dicho- con que un suceso como este denuncia la inutilidad de las medidas del gobierno venezolano contra la delincuencia; aunque, claro, no puede ser útil lo que no existe. Yo he estado dos veces en Venezuela: la primera, invitado a la bienal literaria Mariano Picón Salas, en Mérida, y la segunda, de turismo con mi familia. En esta ocasión, recorrimos Caracas, Trujillo, Valencia y Maracaibo. Doy fe de la situación opresiva, si no angustiosa, en la que vive la gente, o, al menos, la gente con algo de dinero, con algún bien material. Nuestras visitas en Caracas, por ejemplo, cuando salíamos del centro (aunque es difícil determinar el centro en una urbe tan caótica) o de los barrios seguros, como Chacao, se limitaban a un paseo en coche, con las ventanillas cerradas y los seguros echados, y a ocasionales paradas para admirar una vista, en las que nos apeábamos, mirábamos -sin alejarnos apenas del carro- y nos volvíamos a meter enseguida en el vehículo. En Trujillo, donde pasamos quince días con unos amigos, no podíamos meternos por algunas carreteras, y observamos, en alguna inquietante ocasión, cómo nuestro anfitrión sufría por haberse equivocado de ruta y no saber cómo salir de aquella amenazante maraña de curvas y selva. En el mercado de Maracaibo, un desconocido avisó a nuestro amigo de que escondiera la cadena de oro que llevaba al cuello, porque aquella no era una zona segura. Por las autopistas del país esquivábamos baches sin cuento, que estaban, no obstante, señalizados por los vecinos de las poblaciones adyacentes. Por la prensa he sabido estos días que esos baches los utilizan -o los hacen- también los delincuentes para obligar a pararse a los coches y asaltar a sus ocupantes. Recuerdo también que, nada más llegar al país por primera vez, en 2007, vi a alguien correr por la calle, perseguido por otro alguien que esgrimía un cuchillo de cocina. Y todo estaba enrejado, asegurado, vigilado, aunque eso, naturalmente, no impedía los crímenes. Todo el mundo con el que hablábamos había sufrido un asalto, un robo en casa, una amenaza a punta de pistola, la sustracción del coche. Hace dos días recibí un correo electrónico de una buena amiga venezolana, que nos alojó a Ángeles, a Álvaro y a mí en la capital en 2010, en el que me contaba que, al volver el año pasado de Barcelona, donde había estudiado, la desvalijaron en la calle: la dejaron prácticamente desnuda, sin llaves de casa, temblando de miedo. En el caso terrible de Mónica Spears (que, insisto, se ha difundido por la popularidad de que gozaba la víctima, pero que no difiere de otros muchos miles de asesinatos que se producen al año en Venezuela: 79 por cada 100.000 habitantes), se ha asesinado también a su exmarido, el inglés Thomas H. Berry, y se ha herido de bala a la hija de ambos, de cinco años. Y de esto quería hablar hoy, aunque me haya ocupado hasta el momento de la violencia en el país andino: de la presencia de ingleses en los rincones más inverosímiles del mundo. Quizá sea una herencia de su pasado colonial y navegante, o una consecuencia de su condición isleña, que los impulsa a liberarse de una geografía tan estrecha, o un rasgo de su carácter, inquisitivo y permeable: no lo sé, pero me llama la atención su predisposición a establecerse en los lugares más extraños del planeta. En España, son conocidos los casos de Gerald Brenan, don Gerardo, que vivió en Yegen y en Churriana, y que escribió uno de los mejores análisis de las causas de la guerra civil española, El laberinto español, así como una excelente biografía de San Juan de la Cruz, entre muchos otros libros; y de Robert Graves, el autor de Los mitos griegos y Adiós a todo eso, que se instaló en Deià, en Mallorca, pero que, como Brenan, hubo de abandonar España al estrellar la guerra fratricida. Pero los ejemplos perduran: muchos décadas después del conflicto, los británicos siguen estableciéndose en España, en muchos casos en la costa mediterránea, para beneficiarse de su clima y sus servicios públicos, pero también en otras partes, menos multitudinarias, como las que eligieron Brenan y Graves. Así lo ha hecho Paul Richardson, un periodista y crítico gastronómico londinense, que, tras residir en la desaforada Ibiza de los 90, se ha asentado en Hoyos -el mismo pueblo en el que pasamos las vacaciones-, donde ahora posee viñedos y olivares, y donde escribe libros muy divertidos, con ese ingenio viajero y esa ligereza típicamente británicos, como Cenar a las tantas. No muy lejos de allí, en Plasenzuela, vive otro inglés, Malcolm Jones, a quien los lugareños adecuadamente llaman el inglés, dedicado a explicar a los compatriotas que visitan la región los escenarios de la peninsular war, nuestra guerra de la Independencia, y que, cuando se le pregunta qué es lo que teme más, responde ipso facto: "Que tenga que volver a Inglaterra". Pero hay muchos más casos. En ese primer viaje mío a Venezuela, uno de los actos de la bienal en los que participé fue una lectura colectiva. Pues bien, entre los poetas invitados había una inglesa, Rowena Hill, que no solo se había establecido en Venezuela, sino que había adoptado el español como lengua literaria. Su aspecto seguía siendo formidablemente anglosajón: pálida, delgada, agathachristiana; leía con un hilo de voz algo que me pareció demasiado lleno de flores y plantas, y se manifestaba con una discreción que contrastaba vivamente con la ruidosa extroversión caribeña. No sé, quizá haya noruegos, o húngaros, o canadienses, en Hoyos y en Mérida, Venezuela, pero yo no los he visto. Si están, sin duda lucen menos que estos ingleses irreductibles pero adaptativos, blanquecinos pero resistentes a todos los soles.
sábado, 11 de enero de 2014
El maravilloso mundo del spinning
Hacer spinning es una forma como cualquier otra de torturarse. Hay gente que escala montañas; otros corren maratones; algunos más leen novela histórica o libros de Paulo Coelho. Yo pedaleo en una bicicleta estática. El impulso masoquista del ser humano aspira siempre a alguna redención: en mi caso, me fundo a dar vueltas a los pedales, con la tenacidad de un hámster, para que mi organismo me recompense con un baño de endorfinas. Ciertamente, cuando estoy en lo más arduo de la sesión, siempre dudo de que la retribución opiácea valga el esfuerzo. La frase me ha quedado demasiado fina. Lo que pienso es más bien esto: "¿Pero qué coño hago yo aquí? ¿Por qué cojones estoy pedaleando como un capullo?". Sin embargo, al acabar, el hipotálamo ha liberado ya un chorro de péptidos neurotransmisores que me acerca -aunque solo me acerca- a la sensación de bienestar posterior al orgasmo. La ducha y la cerveza después de la clase redondean ese momento de felicidad. Pero una sesión de spinning es también una magnífica ocasión para observar la diversidad humana y su igualmente vario comportamiento. De entrada, me sorprende cómo viste la gente, tanto hombres como mujeres: con mallas estrictas, parecidas a los trajes de neopreno de los submarinistas; con camisetas de materiales de última generación, como los que usan los astronautas para absorber el sudor y mantener la temperatura corporal; con aparatos en las muñecas y el pecho, que miden las constantes vitales y proporcionan información que permita regular el esfuerzo; con cintas en el pelo, muñequeras fosforescentes, zapatillas de la NASA y guantes de adherencia máxima. Yo voy más estilo señor Barragán. Mi razonamiento es: si aquí se trata solo de liberar toxinas, ¿por qué voy a gastarme una fortuna en esta indumentaria intergaláctica, para luego ponerla perdida de sudor? ¿Por qué no utilizar, mejor, la camiseta más grunge que uno tenga (aquella, por ejemplo, con la que iba a la playa cuando tenía diecisiete años) y un pantalón igualmente menesteroso? Los monitores de spinning son también una especie singular. En España tuve una que parecía Jean Claude van Damme de cintura para arriba y Sharon Stone de cintura para abajo: si alguna vez he creído reconocer a un animal mitológico, ha sido a esa centaura. Por otra parte, la primera vez que vi al que ahora nos da las sesiones en Londres pensé que se había equivocado de clase: parecía que acabase de llegar de un congreso de reposteros. Y era digno de verse cómo aquella anatomía crecida al calor de un número inimaginable de pintas de cerveza y de cottage pies se retorcía en el sillón a una velocidad, no obstante, muy superior a la nuestra, entre efusiones de sudor, rebufos de padecimiento y gruñidos agónicos. Después de la clase, a la que sobrevivimos ambos, conocí su historia: había sido jugador profesional de rugby -para los Rochdale Hornets- y ahora lo era de lacrosse: por eso lucía un tatuaje con dos palos de ese deporte cruzados en la pantorrilla y un montón de cardenales por el resto del cuerpo: en el lacrosse se trata de apalear al contrario, aprovechando la circunstancia de que uno ha de meter la bola en la red. Pero tenía que complementar sus ingresos, y eso le había llevado a hacerse monitor de ciclismo en los gimnasios londinenses. Entre mis compañeros actuales de spinning hay uno que tiene cara de peso wélter, y que siempre entra en clase como si acabase de hacer trescientas flexiones con un solo brazo; otro cuya piel es una perfecta maraña de tatuajes verdirrojos, en los que se mezclan el gótico, el manga, la mitología celta, los mensajes de amor, los gritos de guerra y algunos motivos más, de imposible identificación; y varios cuya obesidad rivaliza con la de Eric, el monitor, pero que no pueden competir con sus piernas, y cuyos gestos, en la cúspide del esfuerzo, me recuerdan a los de Leónidas en el desfiladero de las Termópilas o, más frecuentemente, a alguien que se acaba de pillar el glande con la cremallera. También hay una señorita muy pálida, muy inglesa, de nariz respingona y moño en forma de ensaimada en lo alto de cráneo, que suele ocupar la bicicleta que está delante de mí (entre los practicantes de este deporte hay fototropismos: aunque todas las demás bicis estén vacías, solemos sentarnos en la que nos hemos sentado siempre) y que despliega ante mis ojos unas hechuras admirables. Esas hechuras me distraen, y hasta me consuelan, de las penalidades del ejercicio, pero solo hasta cierto punto. A menudo, el sacrificio al que nos obligan los monitores es tal que todo se nos vuelve borroso, todo se oscurece: la conciencia parece a punto de diluirse, sumida en la amplitud del dolor. Sobreponiéndose a la música infernal que lleva atronando desde el principio y que ha convertido la sala en algo parecido a las mazmorras de Guantánamo, algunos profes gritan: "¡Aquí se viene a sufrir! ¡Aquí se viene a morir! ¡No quiero ver caras que no sean de dolor!". Lo hacen para motivarnos, los pobres, pero a mí, en lugar de animarme a perecer en mi bicicleta, me dan ganas de asesinarlos en la suya. En ese momento de tribulación máxima, cuando me siento al borde del colapso, recurro a un expediente inusitado: yo, un ateo confeso, cierro los ojos, me recojo en mi cuerpo atormentado y recito himnos bíblicos; en concreto, el hermoso salmo de David número 23: "El Señor es mi pastor:/ nada me falta./ En lugares de verdes pastos me hace descansar;/ junto a aguas tranquilas me conduce./ Él restaura mi alma;/ me guía por senderos de justicia,/ por amor de su nombre./ Aunque camine por el valle de la muerte,/ no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo;/ tu vara y tu cayado me infunden aliento...". Todo me agrada de este salmo: los verdes pastos en los que descansar, las aguas tranquilas, la restauración del alma (y del cuerpo), el infundir aliento, que casi no tengo ya; y, sobre todo, eso del caminar por el valle de la muerte, que en mi caso es pedalear por el valle de la muerte, y no temer mal alguno. Fortalecido por el poema, resisto, sobrevivo, no sé cómo, a la calamidad que se ha abatido sobre nosotros, y llego al final de la sesión. También lo hacen mis compañeros gordos, la señorita en absoluto gorda de delante de mí, el peso wélter: todos sobrevivimos, milagrosamente, aunque tengamos el aspecto de haber combatido con una panzerdivision del Afrika Korps en las arenas de Libia. Ahora ya solo queda disfrutar de las maravillosas descargas de endorfinas que el hipotálamo, alabadas sean nuestras glándulas, pone generosamente a nuestra disposición.
viernes, 10 de enero de 2014
¿Insignificancia o literatura?
Esta es la duda que planteaba un lector de este blog, que hace un par de días dejó un comentario en la entrada "Programas hacedores de siestas" que, para quien no haya reparado en él, reproduzco aquí: "Curioso leer estos monólogos de intimidades o cotidianeidades (sic), descritas con buena prosa, pero por otra parte tan alejadas del poeta que conocíamos. ¿Es esto literatura? Lee uno en Bataille: 'La literatura es esencial, o no es nada'". Poco después de que colgara este comentario en el blog, llegó otro que le daba respuesta, y que también copio: "No veo por ningún lado, compañero de arriba, que aquí ponga que se escriba poesía, o, si me apuras, literatura alguna. Más bien es un diario". Muchas cosas me llaman la atención de este singular intercambio. En primer lugar, el anonimato. Sigo sin entender por qué la gente rehúye identificarse cuando se enzarza en un debate. En este caso, ni Lector -así se llamaba el remitente del primer comentario- ni Anónimo, como se identificaba el segundo, han sido maleducados. Ambos han expresado su opinión: la de Lector, crítica con mi blog, y la de Anónimo, crítica con la de Lector. Pero no ha habido en sus palabras groserías ni desplantes: solo la emisión de un parecer personal, que atañe a algo tan inmaterial como la literatura. ¿Por qué, pues, el anonimato? ¿Qué daño podría seguirse de que yo -y todos- supiéramos que alguien a quien podemos reconocer considera que estas corónicas son una menudencia, y que otra persona, en cambio, que también sabemos quién es, las reputa un diario? ¿Qué perjuicio habría para nadie por sostener, con su nombre y apellidos, un diálogo civilizado sobre un asunto estético, en el que caben infinitas sensibilidades e infinitos puntos de vista? Lo segundo que me sorprende es que alguien a quien mis entradas le parecen inesenciales y aliterarias siga leyéndolas. Este es un misterio aún mayor. Me permito, pues, sugerirle a Lector que no las lea, porque, si la lectura no es un placer, antes que cualquier otra cosa, no es nada. Pero voy ya al fondo del asunto, que es lo que me interesa. Y aquí debo volver a Anónimo, cuya intervención agradezco cordialmente, y que ofrece la respuesta más sintética y cabal al problema: Corónicas de Ingalaterra es un diario. Eso eran los blogs en su origen: cuadernos de bitácora en los que los navegantes consignaban las "intimidades y cotidianidades" de sus periplos: desde la discusión en la sentina por una botella de ron hasta el avistamiento de una isla desconocida. Yo no me he planteado otra cosa, en el convencimiento de que las "intimidades y cotidianidades" de algunas personas, si estás relatadas "con buena prosa", como concede Lector en mi caso, me acercan más al corazón del mundo, al latido irrepetible de la existencia, que cualquier novelón de quinientas páginas e incluso que los cejijuntos poemarios de los estructuralistas franceses. En mi opinión, ese es el fin más alto de la literatura: hacernos sentir más, vivir más, ser más: intensificar la vida, hasta que nos duela esa plenitud mostrenca e incomprensible. Y eso -hablo ahora por mi experiencia como lector- me lo proporcionan más, al menos últimamente, los géneros más personalistas, más próximos a la biografía -diarios, memorias, epistolarios, crónicas, autobiografías-, que los considerados estrictamente de ficción. Por ese motivo he abierto un diario yo mismo, aprovechando una circunstancia personal como es mi establecimiento en Londres. Pero la crítica de Lector va más allá, porque cuestiona implícitamente la naturaleza literaria de los diarios, o, al menos, de este diario. Para ello se vale de un argumento de autoridad: esa frase de Bataille que tanto me recuerda a lo que decían los curas de mi infancia: "Cataluña será cristiana, o no será". La formulación es maniquea y reduccionista: la literatura ha de ser esencial y solo puede ser esencial. Pero ¿en qué consiste ser esencial? ¿Qué es una literatura esencial? ¿Es esencial solo lo grave, lo lírico, lo elevado? ¿No es esencial el humor? ¿No son esenciales las "intimidades y cotidianidades" que nos cuenta Marcel Proust en En busca del tiempo perdido? ¿No lo son las que nos da a conocer Kafka en la Carta al padre? Y el Libro del desasosiego, ¿no está lleno de minucias, y hasta de habladurías de escalera de vecinos? Lo esencial, a veces, es lo mínimo, lo que anida más cerca de la gota de sangre o de sudor, lo en apariencia insignificante, pero grávido de sentido humano, de realidad tangible, de calor o desesperación. Lo esencial es una sonrisa al pasar, una observación frívola, un juego de palabras, una nadería: eso, dicho, escrito, vivido, quizá nos haga sentir más vivos, y entender mejor nuestra propia condición de seres vivientes, y disfrutar de ese hecho ineludible y fatal con un desgarro y una inocencia que acaso una escultura de Fidias o un soneto de Góngora no nos proporcionen. Lo esencial, tal como yo lo entiendo, a veces tiene que despojarse de la forma, luchar por desembarazarse de tanto artificio literario, de tanta ropa de palabras -sabiendo, no obstante, que es imposible-, para alcanzar una desnudez en la que renacer. Fidias y Góngora siguen teniendo sentido, pero también lo tienen César González-Ruano y Miguel Sánchez Ostiz. Los diarios son literatura; desde luego que lo son. Más aún: son un verdadero tesoro literario. Vuelvo a las preguntas: ¿el diario de Amiel no es una obra cúspide de la literatura del yo? ¿Y el de Jules Renard, lleno de ingenio, de maledicencia, de sabiduría, y tan humanamente consciente de su contradicción: dependiente del mundo para existir, pero acerbo con ese mismo mundo que lo sostiene; feroz con casi todos, pero radicalmente necesitado del prójimo? ¿Y el diario de Samuel Pepys, otra narración plagada de "intimidades y cotidianidades" (entre ellas, algunas que nos revelan que era un funcionario razonablemente venal, además de un adúltero contumaz), que nos ha legado el mejor fresco de la Inglaterra del siglo XVII, mucho mejor, desde luego, que muchas otras obras que sus autores reputaban "esenciales", pero que hoy descansan en el más esencial de los olvidos? ¿Y La vida de Samuel Johnson, de James Boswell, esa biografía que no es sino una consignación diaria de los actos del Dr. Johnson, aun de los más nimios, y sus opiniones? ¿O Borges, ese otro diario del escritor argentino, compuesto por su amigo Adolfo Bioy Casares, que nos lo muestra con toda la descarnadura de alguien que se pasea por su casa y se pronuncia sobre cualquier asunto con la libertad que eso le concede? No pretendo comparar mis humildes Corónicas con ninguno de estos libros ni con ninguno de estos escritores. Simplemente, quiero recordar que todos estos "monólogos de intimidades y cotidianidades" constituyen un capítulo esencial de la historia de la literatura, y uno, además, para mí, especialmente placentero, más aún, especialmente literario, porque, como he dicho al principio, se ahínca en el instante palpitante y fugaz que somos, en la vivencia estricta de lo que nos rodea, en el hecho, tantas veces ajeno al educado decir de la literatura que nace con la voluntad de ser esencial, de estar vivos, y de saber que tenemos que morir.
jueves, 9 de enero de 2014
1914
Ayer El País recordaba, en sus páginas de cultura, que 1914 es el centenario del nacimiento de cuatro grandes de la literatura en español del siglo XX, y, al menos tres de ellos, seguramente de todos los siglos: Octavio Paz, Julio Cortázar, Nicanor Parra y Adolfo Bioy Casares. También estos días Javier Sánchez Menéndez ha recordado en su blog que 1914 es el año en el que se publicó la primera edición de Platero y yo, aunque, hay que precisar, la edición completa no vio la luz hasta 1917. No es mala cosecha para un año del que se hablará inagotablemente hasta el próximo 31 de diciembre solo por motivos bélicos: como centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial y como tricentenario del fin de la Guerra de Sucesión española, con su corolario de represiones -para unos-, modernizaciones -para otros- y agobios identitarios -para casi todos-. Y reconforta que sea así: que el recuerdo de las circunstancias infaustas y las carnicerías horrendas se vea atemperado, siquiera levemente, por la constancia de una gran, de una enorme contribución a la literatura universal. Octavio Paz es, acaso, el mejor ensayista en castellano de la última centuria. El arco y la lira y Los hijos del limo son dos obras imprescindibles: lo son para quien sienta un interés particular por la literatura, por su estatuto y su desarrollo, pero también para el simple lector: para aquel que experimente el placer del pensamiento riguroso e incisivo, plasmado en un lenguaje igualmente pulcro, pero intensísimo de forma y color. Pero la poesía del mexicano es también sobresaliente: Libertad bajo palabra debe formar parte de toda biblioteca que se precie, como ejemplo de la más fértil asimilación de las vanguardias (porque hubo muchas a lo largo del siglo, no solo las del periodo de entreguerras) y, a la vez, de un exquisito maridaje con las mejores tradiciones literarias de Occidente, y también de Oriente: Paz fue embajador de su país en la India desde 1962 hasta 1968, cuando dimitió de sus cargos en protesta por la matanza de Tlatelolco; antes había estado destinado también en la embajada de Japón. A este orientalismo perfectamente equilibrado obedece un libro como El mono gramático, extraordinario desde todos los puntos de vista: sus poemas en prosa -eso son para mí- constituyen un prodigio de fluidez y de hondura, una reflexión inagotable sobre la naturaleza de la poesía (y del poeta) y un homenaje a la India, ese país lleno de templos, de miseria y de fascinaciones. Julio Cortázar también es un escritor plural: se le recuerda, principalmente, por Rayuela, otro milagro de la expresión, pero sus cuentos no son inferiores a esa gran novela. Esos relatos son, con los de Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Juan Marsé e Ignacio Aldecoa, los mejores escritos, en español, en el siglo XX. De Rayuela recuerdo -lo leí hace más de treinta años, para sobreponerme a un fracaso amoroso, en las riberas del Guadalaviar, por donde había querido perderme, solo, en las pausas del camino o los vivacs de la noche- la creación de una atmósfera: aquel París de los cincuenta y sesenta, donde los personajes deambulaban por calles umbrosas y tabernas esquinadas, bebiendo pastis y escuchando jazz; donde amaban con desesperación; donde reían y escribían y discutían y amanecían con desesperación, pero nunca sin placer, aun en la adversidad y hasta en el dolor. De los cuentos de Cortázar recuerdo muchos, pero quiero destacar "Casa tomada", "Continuidad de los parques" y "La autopista del sur". Uno los lee y se pregunta: ¿Pero cómo se puede escribir esto? ¿Como se llega a este estado de gracia? ¿Cómo se concibe y se ejecuta algo así? También acude a mi recuerdo la vez en que conocí a Cortázar. Bueno, decir "conocer" es excesivo: me limité a saludarlo. Yo andaba visitando el Museo de Arte Románico de Barcelona un domingo por la mañana (a veces he pensado que algo tan inverosímil como que un chico de dieciséis años estuviera pasando una mañana de domingo en un museo de arte románico solo se explica porque el destino le tenía reservado el privilegio inolvidable de conocer allí a alguien como el escritor argentino), cuando lo divisé en una de las salas. Estaba en Barcelona porque había sido entrevistado en aquel asimismo inolvidable programa de televisión, dirigido y presentado por Joaquín Soler Serrano, A fondo, y lo acompañaba una hermosa mujer. Sin pensar, me acerqué a saludarlo. Farfullé algunas vaciedades y le tendí la mano. Él, altísimo, leñoso como un tuareg, sonrió y me la estrechó. No dijo nada: se limitó a observarme desde la altura, divertido, y me despidió con la mirada. Con Nicanor Parra no tengo una relación tan antigua. De hecho, lo descubrí hace relativamente poco, cuando Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores publicó su obra completa, pero, por tardío que fuese su hallazgo, me resultó fascinante. De Parra me asombran su inteligencia poética y su combatividad: su modo de poner sus versos al servicio de una revolución constante, sin que pierdan enjundia estética ni persuasión musical. Sus versos revelan un latir vigoroso, una inmediatez rezumante de verdad, aunque a menudo resulte brutal. Pero esta brutalidad los hace aún más verdaderos: cuando escribe, por ejemplo, que detesta que los nietos se le echen en brazos, como si fuera "un viejito pascuero/ ¡puta que los parió!", o que "mear es hacer poesía/ tan poesía como tañer el laúd/ o cagar o poetizar o tirarse peos», o presenta fotografías de todos los presidentes del país colgando de una soga en «El pago de Chile», una instalación de «Obras públicas». Uno simpatiza, en particular, con su permanente impugnación de Dios y su incisivo anticlericalismo, una actitud muy corajuda en un país tan católico como Chile. En una de las composiciones de «Cartas del poeta que duerme en una silla», plantea una duda elemental, que la Iglesia no ha sabido despejar en dos mil años de fatigosas teologías: "Cuesta bastante trabajo creer/ En un dios que deja a sus creaturas/ Abandonadas a su propia suerte/ A merced de las olas de la vejez/ Y de las enfermedades/ Para no decir nada de la muerte"; otras veces es divertidamente sacrílego: "Cordero de dios que lavas los pecados del mundo/ Déjanos fornicar tranquilamente". De Adolfo Bioy Casares quiero consignar una discrepancia y un elogio. Nunca me ha interesado en exceso su obra de ficción: La invención de Morel, tan elogiado por Borges, o Diario de la guerra del cerdo, me dejaron moderadamente frío. También sé que la lectura es un acto dinámico y voluble, tanto como la persona que la realiza, y que, por tanto, si hoy me enfrentara a estas obras, quizá mi valoración cambiaría, y puede que hasta radicalmente. Pero, en este momento, no puedo decir otra cosa. Lo que sí puedo añadir, y con un entusiasmo difícil de igualar, es que sus obras misceláneas, construidas mediante la reunión de textos de otros o de fragmentos biográficos que no aspiran a ser, en su origen, una obra literaria, son extraordinarios. Me refiero, en particular, a De jardines ajenos, publicado en 1997, donde acumula anécdotas, cuentos, chascarrillos, versos captados al azar, letras de tangos y una multitud de pecios lingüísticos y literarios absolutamente deliciosos, como aquella carta con que respondió un productor teatral inglés del siglo XIX a un dramaturgo infame que le había enviado una obra para que la representara: "Mi querido señor: He leído su obra. ¡Oh, mi querido señor! Atentamente". Obviamente, la autoría de Bioy radica en su labor de poda y selección, en la viveza con la que junta los pedazos, en la agilidad y el equilibrio, entre funambulista y balletiano, con que ensambla cosas tan dispares y tan dispersas. También se me antoja extraordinario su diario Borges, que se publicó póstumamente, hace pocos años, en el que recoge las conversaciones que mantuvo con el autor de El Aleph a lo largo de su vida. De ese retrato emergen un Borges poco agraciado -sigue siendo genial, pero ahora sabemos que era también misógino, racista y hasta contemporizador con el fascismo- y un Bioy épico: el diario, que se extiende a lo largo de casi cincuenta años, es perseverante y minucioso, y uno se pasma de que pueda mantenerse esa tenacidad en la consignación de lo nimio y lo brutal, ese impulso creador -porque, de nuevo, el autor de ese libro no es Borges, sino Bioy-, durante tantísimo tiempo y con tantísima fidelidad. Por fin, Platero y yo, que a mí siempre me ha parecido, además de un monumento lírico -uno de los mejores poemarios en prosa de la literatura española-, un libro acerbo y hasta doloroso, por lo que critica y, a la vez, por lo que evoca. Durante mucho tiempo el retrato de las condiciones sociales del país que se ocultaba en sus páginas no fue evidente para los lectores, lo cual constituye un resumen, a pequeña escala, de la forma en que se ha leído, con frecuencia, la poesía de Juan Ramón Jiménez: como un ejercicio estetizante y exquisito, pero poco arraigado en el mundo. Pues ya quisiera yo arraigarme en el mundo como hizo él con Espacio, por ejemplo. Y ya quisiéramos todos tener su coherencia ética, que se refleja por igual en su valoración de la literatura de su tiempo como en el hecho de que él, a quien muchos tildaban de señorito andaluz y de contertulio de casino provinciano, se exiliara con la guerra y nunca quisiera volver a España. Por otra parte, Platero y yo me recuerda a la España que llegué a conocer en mi infancia, y ya desaparecida, no sé si para bien o para mal: una España de eras y animales de labor, de polvo y adobe, de cántaros con agua y caminos serpenteantes; una España que, cuando leo la narración del burro, aún me da punzadas de nostalgia. Otro hecho biográfico liga ese volumen a mi sensibilidad: cuando, con diecisiete años, pasé mi primer año de vida en los Estados Unidos, en el estante correspondiente a la literatura en español de la biblioteca del colegio no había prácticamente otro libro que Platero y yo. Así pasaba muchas tardes, pues: leyendo sus estampas líricas, paladeando un idioma que ya no me rodeaba, pero que sobrevivía con virulencia dentro de mí, y que Platero ampliaba y ahincaba. Ahora tengo varias ediciones del poemario en casa, alguna ilustrada por las delicadas imágenes a plumilla de Rafael Álvarez Ortega, el hermano de otro gran poeta, Manuel Álvarez Ortega, pero sigo recordando aquella, bilingüe y funcional, que acabó destartalada entre mis dedos, con la que combatía la soledad en Ridgeview High School, Atlanta, Georgia.
miércoles, 8 de enero de 2014
Programas hacedores de siestas
Será porque llevo todavía poco tiempo aquí, pero aún mantengo algunas tradiciones españolas. La siesta, por ejemplo. Y la hora de la comida, que hago hacia las dos o dos y media de la tarde. Pero yo no he sabido nunca practicar el yoga ibérico, como lo llamaba Camilo José Cela -un buen escritor, a veces un magnífico escritor, que se extravió en los vericuetos de su propia personalidad-, sin un inductor del sueño. Así pues, tras la colación, me tumbo en el sofá y enciendo la tele. La televisión proporciona una información sociológica apabullante. Es fascinante comprobar la programación a esa hora, hacia las tres de la tarde. En España suele haber reality shows o programas de marujeo, contraindicados para conciliar el sueño, por el volumen de los gritos de los contertulios, y programas de animales. En realidad, no hay mucha diferencia entre ambos: en los primeros aparecen Jorge Javier Vázquez y Kiko Matamoros, por ejemplo, y en los segundos un orangután rascándose los testículos o una hiena hambrienta. Sin embargo, prefiero los documentales: me entrego al arrullo de la narración, hecha siempre con aterciopelada voz -que cuenta, pongo por caso, cómo el bonobo, también llamado mono kamasutra, solventa una discrepancia sobre la propiedad de un plátano copulando con su adversario-, y no tardo en dormirme. En Inglaterra, en cambio, hasta en tres cadenas distintas hay programas de subastas. Los ingleses sienten una verdadera pasión por la compraventa de antigüedades. Será un efecto más de su acrisolado espíritu mercantil. En casi todos esos programas hay un presentador que parece una mezcla de un personaje de Los papeles póstumos del club Pickwick y de Luis Antonio de Villena: el color de su americana chilla más que Mónica Naranjo y, aunque el interfecto sea ya un probo sexagenario, su pelambrera suele acataratarse en ondas, como las del príncipe Encantador de Shrek, o bien encresparse en tupés edificados por el peluquero que le cardaba el pelo a Margaret Thatcher. Además, si en España los personajes televisivos suelen caracterizarse por su amor a las corbatas, en Gran Bretaña prefieren las pajaritas. Aquí lucen el equivalente en lacitos a las corbatas de José María Carrascal, y, en algún caso abrumador, a las de Luis Aguilé. Durante un rato, sigo las evoluciones de Flog it!, el menos circense de los tres, que proporciona alguna información histórica y una tasación profesional de los artículos de los que quiere desprenderse la gente. Y me fascina observar el interés que despiertan, por ejemplo, un casco agujereado de la guerra franco-prusiana, o un perro, que parece un dinosaurio, en porcelana irlandesa, o un jarrón con motivos florales que es, diría yo, el objeto más feo del mundo, por los cuales se pagan centenares de libras. A ese interés corresponde la felicidad del propietario, que da brincos de alegría cuando la cosa es adjudicada (aunque no: saltos daría si fuera español; como es inglés, esboza una pálida sonrisa y musita que el resultado obtenido es wonderful). Pero hay que entenderlo: yo también estaría contento si me hubiera librado de semejantes adefesios. Cuando me canso de las subastas, paso a los canales deportivos, que también abundan. El deporte es otra de las pasiones de este país; es lógico: lo inventaron ellos. Hace algunos días, me dormí viendo críquet, y que me perdone mi amigo y criquetólogo Johannes A. von Horrach. Ayer descubrí un juego aún más soporífero: los dardos. Sucesivas parejas desfilaban por la pista (¿es una pista donde se tiran los dardos?) y lanzaban las flechitas con mecánica precisión. Me reconfortó comprobar que, para disputar este noble deporte, no hace falta tener el cuerpo de Usain Bolt: todos los que jugaban eran gordos. Quizá ser gordo sea un requisito para jugar a dardos. Los competidores lucían, además, gafas, pendientes y tatuajes, como si fueran figurantes de una película de piratas. Solo les faltaba sujetar una pinta espumosa de cerveza en una mano, mientras tiraban con la otra, para componer la verdadera estampa del lanzador de dardos. En esto, como en todo, el entorno hace al héroe. En España tenemos (o hemos tenido) solares pedregosos: por eso han salido jugadores de fútbol como Iniesta; en Inglaterra tienen pubs, y por eso juegan a dardos. Reparé en que los competidores no pretendían dar en el centro de la diana -el bull's eye: el ojo del toro, como le llaman aquí, por razones que ignoro-, sino en un punto de la franja interior, alternativamente roja y verde, que recorre el blanco. ¿Por qué, si la gracia de los dardos está en dar en el agujero pequeñito? Yo siempre he apuntado ahí, aunque nunca haya acertado. Bueno, una vez sí, pero fue porque no estaba mirando: me distraía la minifalda de una joven de la barra y su forma de beber la cerveza, lamiendo con la punta de la lengua la espumilla que quedaba en el borde. En cualquier caso, cuando los lanzadores daban donde querían, no solo ellos saltaban: también lo hacía el público, arrebatado de júbilo por que el dardo se hubiera alojado en aquel minúsculo espacio. Entre el respetable gritaban los incondicionales de los jugadores (las esposas, también gordas; los hijos, rubicundos, que seguían con orgullo los pasos del padre en la moqueta del pub), pero también simples aficionados, que alcanzaban el éxtasis con su puntería. Luego de algunas rondas de lanzamientos, mi conciencia, masajeada por aquel tedio sin igual, estaba a punto de apagarse. Y lo hizo, por fin, después de que alguien parecido al capitán Garfio, pero con los kilos de King Africa, clavara sus tres pinchos en una franjita verde de la diana.
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