Nos dicen que ha llovido mucho este invierno, y es verdad: el campo está crecido, con un verde suntuoso, desgarrado por el amarillo de las jaras, que se levantan, como pináculos despeinados, en las cunetas y los eriales. El paisaje es de montaña: elevaciones duras, pero tapizadas de vegetación, bajo un azul de topacio. Apenas hemos llegado a Hoyos, vamos a ver a nuestros amigos Toña y José Antonio, dos urbanitas que viven en el pueblo desde hace casi tres décadas. Cenamos con ellos. En el baúl que hace de mesa de comedor, veo una edición de Eutimio Martín de Poeta en Nueva York. Sin que ello desdiga la calidad de su trabajo filológico, pienso en la frustración que le habrá supuesto al estudioso la publicación de la edición definitiva del poemario de Lorca, basada en el manuscrito original, finalmente hallado en poder de una actriz mexicana (a la que llegó por uno de esos inverosímiles azares de obsequios y de herencias, aunque no resulte del todo ilógico que sea una actriz la que reciba el legado de un dramaturgo), y que echa por tierra su teoría de que Poeta en Nueva York era una parte o complemento de un libro mayor, titulado Tierra y Luna. José Antonio me cuenta que se va a la biblioteca del pueblo y, casi a ciegas, saca libros de poesía contemporánea, para recordar lo que había leído de joven. Me parece extraordinario que eso suceda todavía: que alguien vaya a una biblioteca pública, pida poemarios en préstamo y encima los lea. Toña, por su parte, nos habla de un trabajo de clasificación botánica que ha iniciado para un proyecto de parque cultural en la Sierra de Gata, y menciona los narcisos, que también son abundantes aquí, como en Inglaterra. Quizá se llamen así, aventura, porque las flores se comban hacia el tallo, como mirándose a sí mismas, igual que el Narciso mitológico. Cuando volvemos a casa, hay una luna casi llena, que esplende en la pizarra del cielo, emborronada por la tiza de las nubes. En toda la extensión del cielo se deshilachan los cirros, a los que el satélite, encendido, regala su plata. En unas escaleras de la plaza mayor hay un grupo de adolescentes. Todos miran el móvil, y teclean en él. Los comentarios que se hacen se refieren a lo que ven en las pantallas, pero, fuera de la glosa internética, no hablan entre sí. Muy cerca, por una rejilla del alcantarillado, oímos el estruendo del agua. Fluye un caudal alimentado por la lluvia caída, que llega con ímpetu de las montañas. Los arroyos que otras Semanas Santas están casi secos, o que se han reducido a hilillos turbios, andan recios, casi turbulentos. Este verano será un placer bañarse en las piscinas naturales, aunque justamente este verano preveamos pasar una temporada bien corta en Hoyos. Los olores me siguen acosando: la casa huele a madera; el pueblo, a realidades inodoras: agua, piedra, aire; la luz, a pino y almazara. También el silencio huele: es negro, y palpita. Hemos pasado la noche oyéndonos remover en la cama, distinguiendo el cariz de los ladridos lejanos de los perros, sintiendo la caricia de la nada. Por la mañana, salgo a comprar el periódico y algo para desayunar. En la plaza mayor, hay mercadillo: fruta, ropa, zapatos. Como es temprano, hay poca gente todavía. Casi todos los puestos están atendidos por gitanos. Oigo sus acentos graves, algo rasposos, y el chirriar de los churumbeles; veo los pelos gomosos, y las manzanas que brillan como el corindón, y los pechos indefectiblemente enormes de las gitanas. Una se ha tatuado en una teta algo que no alcanzo a distinguir: parece un perro, o un lobo, asomado al balcón del escote. Cuando llego a casa, saludo a las avispas, que insisten en anidar en los alares, y a un sol cauteloso, que no se atreve a desbandar la niebla.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 14 de abril de 2014
domingo, 13 de abril de 2014
Un país vacío
Cuando salgo temprano por la mañana a comprar el periódico y algo de desayuno en Sant Cugat, el pueblo (porque, a pesar de sus casi 80.000 habitantes, sigue siendo un pueblo) está vacío. Casi se me había olvidado esta sensación: de silencio, de ausencia, de sol primerizo y blando. Algunos inauguran la mañana con un café con leche en una terraza, pero son pocos. Las tiendas están cerradas. En la estafeta de Correos, a donde me acerco para recoger un envío certificado, hay dos o tres personas: nada que ver con las cosas soviéticas que se organizaban antes. Por las calles, la actividad diaria aún no engulle los pasos que damos, y los oímos resonar: como de noche, pero con luz. Vuelvo a casa, apañamos las maletas y los últimos detalles de la casa, y emprendemos camino. Pronto advertimos que hay muy pocos coches en las carreteras. Circulamos con fluidez, sin apenas compañía. Hacemos una primera parada en un área de descanso de la autopista. Estos lugares suelen estar abarrotados: hoy no hay nadie. Cuando apenas hemos entrado, la única camarera del local nos pregunta qué deseamos. Le respondo que orinar. Parece un poco decepcionada. Cuando salimos de los servicios, ahí sigue la mujer, mirándonos con fijeza, con una sonrisa de melamina, ansiosa por que le pidamos algo. Lo hacemos: dos zumos de naranja. Nos los exprime con diligencia de prestidigitador, y nos los tomamos en una mesa del comedor. En todo el rato que estamos allí, no entra nadie. La camarera continúa petrificada en la barra, mirando al exterior como un náufrago al horizonte. Proseguimos camino. Yo ocupo las horas leyendo El marqués y la esvástica, el libro que investiga en la desconcertante detención y encarcelamiento de César González-Ruano por parte de la Gestapo, en París, en 1942: un hecho insólito cuyos motivos nunca han sido desvelados, ni por el propio Ruano, ni por, me temo, esta investigación, que, pese a los muchos esfuerzos de sus autores, Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, no ha conseguido dar con los documentos de los nazis que expliquen el caso, ni con pruebas o testimonios definitivos. Hay suficientes indicios, más que razonables (y el pertinaz silencio del propio Ruano es uno de los más reveladores), para pensar que el escritor se dedicaba a engañar a judíos deseosos de huir de los alemanes, haciéndoles creer que era un funcionario de la embajada española en París y proporcionándoles supuestos documentos que les permitirían huir a España, a cambio de dinero, joyas y obras de arte. Los desvalijaba, en realidad, con el macabro agravante de que muchos de esos judíos, si no todos, acababan siendo detenidos por los alemanes, o asesinados en la frontera pirenaica. Hacemos un segundo alto en el camino. Nos paramos, ahora, en un mesón de carretera, uno de esos lugares que parecen salidos de una película de Almodóvar, mezcla fascinante de modernidad y cutrez. Curiosamente, también paramos aquí en nuestro último viaje. Lo recuerdo al ver la cara del camarero, un hombre con perilla y aspecto de mosquetero muerto de hambre. En este local tampoco hay nadie. Y es enorme: el comedor se extiende, en penumbra, a nuestra izquierda; alguien lo está fregando. A la derecha queda la tienda, con revistas guarras, vídeos baratos, chocolatinas de todos los colores, mapas de carreteras y esas indescriptibles cestas de fuyola con frutas escarchadas. En el centro, el bar, con una barra sinuosa y dos camareros: el mosquetero triste y una joven con buen castellano, pero acento extranjero: rumana, quizá. La mujer, como la del área de descanso, me abruma a preguntas: ¿Qué desea? ¿Qué puedo ofrecerle? ¿Le apetece algo de comer? Pedimos un pincho de tortilla y dos aguas. Ambos camareros nos dan conversación; en realidad, se la dan a sí mismos, pero lo toleramos. El lugar es de una soledad infinita. Ella se lamenta de la crisis: en Calatayud -una ciudad grande, especifica- ha cerrado casi todo; ella misma tuvo un bar, y no llegaba a cubrir los gastos. Él practica una monodia metafísica: esto es un horror, aquí te sientes impotente, nunca sabes qué va a ser de ti; no da datos, pero abunda en lamentaciones existenciales. Tiene una mirada redonda, que atraviesa, con negrura, unas gafas de pasta impropias de un trabajador manual, y se queda clavada en la tuya, chirriante, desvalida. Su melancolía, que lo ha estragado, se derrama en los gestos, en los silencios. Ambos abominan del euro, que lo ha encarecido todo. Le asignan un valor de cien pesetas. Él remata la conversación -que, por nuestra parte, consiste en un intermitente asentir de cabeza, mientras masticamos resignadamente la tortilla- diciendo que quizá mañana se quede sin trabajo. Tragamos con dificultad el último pedazo del pincho y nos despedimos deseándoles buena suerte. Somos conscientes de que, cuando uno se siente en la obligación de desearle buena suerte al prójimo, es porque prevé que van a tenerla mala. De nuevo, en todo el rato que hemos pasado en el mesón, ni un solo cliente se ha unido a nosotros. Un par de horas después, ya estamos llegando a Madrid. Tomamos una radial, que nos conducirá en un suspiro a Avenida de América, una de esas autovías superferolíticas por las que nunca ha pasado un coche, excepto el nuestro, y que acaban de ser rescatadas, con el dinero de todos, para que las empresas concesionarias y los bancos que las financiaron no se queden sin el suyo. La peajera nos saluda alborozada cuando llegamos a la taquilla: nos da las buenas noches, nos cobra con una sonrisa, nos indica qué desvío debemos coger y nos desea buen viaje. Mientras lo hace, su único compañero en el peaje sale de su box, se apoya, negligente, en una mampara, y le da un generoso mordisco al bocadillo que tiene en las manos, mientras contempla el cielo estrellado. Nunca hemos tenido tan buena entrada en la ciudad: apenas hay coches por la Avenida de América, ni, de hecho, por el barrio: las calles están vacías. Vemos pasar, eso sí, hasta tres limusinas monstruosas, que, con tan poco tráfico, parecen transatlánticos enfilando una bocana, o haciéndose a la mar. Será que todos los conductores que no están en sus vehículos, están en ellas. Madrid sabe raro tan desierto. La noche está despoblada. Todo el país parece estarlo.
sábado, 12 de abril de 2014
Volvemos a España
Sí, volvemos a España, pero solo de vacaciones. Decidimos esta vez prescindir del Gatwick Express (que es rápido pero caro, y que exige desplazarse hasta la estación Victoria, lo que no es poca cosa con una maleta, dos trolleys, un bolso y una mochila) e ir al aeropuerto con un medio de transporte alternativo: el coche de alquiler con chófer. Suena suntuoso, pero es solo un taxi algo más refinado. Contratamos el servicio para la tarde, y el conductor se presenta un cuarto antes de lo concertado. Siempre es así: los ingleses son demasiado puntuales. Es un hombre mayor, de cabeza cuadrada y vientre redondo, unidos ambos por unos tirantes azules. Ya en marcha, al saber que somos españoles, nos hace notar que estamos viajando en un coche español, un Seat. Objeto que Seat ya no es española, sino alemana, y él apostilla que, desde que es alemana, Seat solo ha tenido pérdidas. Revela luego, con un siseo de inteligencia, que, en realidad, lo que quería Volkswagen al quedarse con la empresa española, era extender su poder por el mundo, aunque no acabo de entender cómo se puede extender el poder por el mundo cuando solo se tienen pérdidas. Seguramente, el abuelo de este hombre combatió en la Primera Guerra Mundial, y el padre, en la Segunda; y quizá los mataron allí. (Los alemanes lo tienen difícil en Inglaterra: son la única nación del planeta que ha bombardeado el país, y, además, en dos guerras distintas). La carrera hasta Gatwick, en condiciones normales, dura entre tres cuartos de hora y una hora, pero hoy es viernes, y el tráfico es espeso: aquí, como en todas partes, la gente está deseando irse; a dónde, no importa: solo irse. Durante los primeros cuarenta y cinco minutos de trayecto circulamos por terreno urbanizado: no vemos ni una solo espacio vacío, ni un solo lugar, solar o prado, en el que no haya una construcción humana; es la ciudad constante. Primero son barrios del propio Londres -Wandsworth, Richmond, Putney-; luego, municipios independientes, pero adheridos a la conurbación. Y no son bonitos, sino una sucesión de tiendas de barrio, almacenes con ofertas, casas baratas, zonas de aparcamiento, restaurantes de todas las nacionalidades imaginables, iglesias sin espectacularidad y, conforme nos alejamos, grandes superficies y entrecruzamientos de calles, carreteras y, por fin, autopistas. Como en cualquier otra metrópolis, pero más extenso. Mientras atravesamos este amontonamiento de lateralidades urbanas, escuchamos la radio. Nuestro conductor no ha puesto música, sino las noticias del canal internacional de la BBC. Nos pregunta si preferimos música, pero nos parece bien oír el noticiario. Si estuviéramos en España, probablemente el conductor habría sintonizado alguna emisora filofascista, como la COPE, y entonces no dudaríamos en pedir el cambio, aunque ello nos obligara a escuchar a Manolo Escobar o al más ignominioso todavía Raphael. Pero el ambiente es amable aquí, y lo dejamos como está. Como en ese momento están informando sobre las últimas incidencias del juicio a Oscar Pistorius, el atleta minusválido, pero más válido que casi todos, que apioló a su novia, el chófer también nos pregunta si el caso recibe atención en España. Le respondo que sí; y es cierto: casi cada día, en El País, hay alguna información sobre el desarrollo del juicio. A mí no me importa demasiado, la verdad, y, si Pistorius no tuviera las piernas de fibra de carbono, no creo que le importase a nadie. Pero a la condición de hombre semibiónico se ha sumado la de posible asesino, y eso excita el morbo popular. Me sigue maravillando que la locutora de la BBC llame al encausado, en todo momento, "el señor Pistorius". Este sustrato de respeto, aun con quien pueda ser un homicida, se me antoja admirable. En España no oigo a nadie llamar a Bárcenas "el señor Bárcenas", ni al violador del Ensanche, "el señor Pérez Abellán": allí preferimos tratar a todos, y sobre todo a los peores, con familiaridad mediterránea, sin fórmulas distanciadoras, como gente cuya ausencia de títulos nos autoriza a decir lo que nos plazca sobre ellos; y eso cuando no los mencionamos con expresiones más directas todavía, como "el Lute" o "el Bigotes". (Recuerdo a Fernando Rodríguez de la Flor leer una ponencia en un curso de verano sobre Antonio Gamoneda, en la que siempre se refería al poeta como "el señor Gamoneda": qué insólito, que bien). El coche, por fin, abandona el casi infinito Gran Londres y, desde Epsom -el lugar donde se corre el famoso Derby-, nos adentramos en Sussex, con su campiña casi tan infinita como las edificaciones de la capital, sus arboledas amarillas, su salpicadura de casas, y sus rebaños de ovejas de cabeza y patas negras manchando de blanco el verde interminable. Brilla un sol sin titubeos, y una laca de oro fija todo cuanto vemos. Poco después, llegamos al Gatwick, y, tras poco más dos horas de vuelo, a España. Los países son sus olores. El aeropuerto de Barcelona huele a caramelo de fresa, aunque Álvaro lo identifica más con un caramelo de miel. Y Barcelona huele a humedad, hoy más que nunca: está lloviendo.
viernes, 11 de abril de 2014
Con Julio Mas Alcaraz, sobre gastronomía italiana, tesis doctorales y urbanismo moderno
Comí ayer con Julio en un restaurante italiano, especializado en gastronomía véneta, cerca de Oxford Circus, casi adyacente a la plaza Cavendish, una de las más nobles de Londres -lo que no es poca cosa, considerando el número de plazas nobilísimas con que cuenta la ciudad-, cuya construcción se remonta a principios del siglo XVIII. Entre sus palacios principales, observo el de la princesa Amelia, segunda hija de Jorge II. El restaurante en el que hemos quedado es muy italiano. El maître me saluda con afectuosa grandilocuencia y me lleva, arrebujado en una sonrisa enorme, a una mesa para dos. Una camarera oscura, regordeta, me pregunta si me puede guardar la chaqueta, pero me cuesta entenderla: su acento es tan fieramente meridional que deforma el inglés que habla. Tampoco importa mucho, porque, mientras espera a que me quite la cazadora, otros comensales le preguntan algo y se desentiende para siempre de mí y de mi ropa. Un tercer empleado, joven, melenudo, me trae una bandejita con aceitunas: habla con la rasposa gutualidad de Vito Corleone. Me pregunto por qué los italianos se sienten en la obligación de demostrar tan teatralmente que lo son. He llegado con diez minutos de adelanto, así que entretengo la espera zascandileando por internet. El Barça perdió ayer contra el Atlético de Madrid en la Liga de Campeones, y Juan Luis Calbarro, deplorablemente madridista, no ha perdido la oportunidad de restregármelo por la cara con un mensajito que incluye la imagen de unos aficionados del Barcelona cariacontecidos en el Calderón. Le devuelvo la maldad con un email en el que copio una foto de Messi marcando uno de los dos penaltis (muy justos) que le endosó a los blancos (de uniforme; de espíritu, muy negros) en el reciente 3 a 4 del Bernabeu. Llega por fin Julio, y empezamos a hablar. Madridista irredento también, lo primero que hace es refocilarse con la victoria de los colchoneros: se conoce que los merengues están muy necesitados de las satisfacciones que ellos mismos no pueden procurarse. Pero pronto pasamos a temas menos irrelevantes. Julio ha vuelto a Londres, como lleva haciendo periódicamente estos últimos años, para rematar su máster en cinematografía. Esta será su última estancia, si la Providencia no lo impide. (Para comer, pide unas sardinas, que le sirven frías, cuando las imaginaba calientes, y yo, pasta veneciana, con anchoas, que está rica, pero que es poco más que una tapa de fideos). Julio está en ese último sprint, enloquecedor, agotador, que caracteriza el final de los grandes (o, por lo menos, largos) proyectos de estudio o investigación, como algunos másteres y las tesis doctorales. Sé, en estos momentos, de varios amigos enfrascados en la conclusión de sus tesis -Julio César Galán, Juan Soros- y del comprensible agobio que sienten, y recuerdo con claridad el que yo mismo sufrí, hace tres años, cuando me acercaba al final de la mía. También sé de casos espeluznantes: licenciados que han tardado lustros, o décadas, en completar las suyas, o que ni siquiera han llegado a hacerlo; gente, incluso, que ha salido trastornada del esfuerzo. Las tesis doctorales son un rito de paso, casi tan sangriento, en España, como los toros o las oposiciones, e ideales para que uno deteste, hasta el fin de los tiempos, el tema que haya elegido. Son también un genero literario propio, con normas, exigencias y prohibiciones específicas, que de ningún modo cabe desatender. Lo más trágico del asunto es que la inmensa mayoría de las tesis no sirven para nada: muchas están pobremente escritas, y no pocas son, sin más, ilegibles; y casi ninguna se publica, porque ningún editor considera que puedan interesar a nadie, salvo a una exigua, y cada vez más menguante intelectualmente, comunidad académica. En realidad, las tesis son actos burocráticos: mastodónticos, pero burocráticos, y su única utilidad es conferir a su autor la condición administrativa necesaria para concurrir a determinados puestos de trabajo, normalmente en la propia universidad. Julio se muestra crítico también con el prestigio universitario inglés, y yo estoy de acuerdo con él, aunque con matices. Es verdad que el bagaje teórico que aportan las universidades británicas es muy limitado, pero también lo es que cultivan algo que las españolas desdeñan contumaz y lamentablemente: la escritura de ensayos -esto es, la ordenación del pensamiento- y su exposición pública. Acabada la comida, y abonada la astronómica cuenta, que nos ha traído el maître con una sonrisa que excedía a la de José Vélez, nos echamos a Oxford Street como dos aventureros polares que arrostraran una ventisca. Nos enfrentamos a riadas de gente en un estado casi simiesco de excitación, motivado por la sucesión de escaparates de lujo, que surten un efecto euforizante superior al del pentotal. Pero hay que intentar no oponerse a ellas, sino aprovechar su caudal desmesurado: dejarse llevar, como una barquita indefensa en una corriente ecuatorial. Acompaño a Julio hasta la parada de metro de Bond Street. Vemos a muchas árabes, tapadas hasta casi la invisibilidad, pero hablando por móviles con fundas de Chanel. Nos despedimos con un abrazo, y regreso a Oxford Circus, donde se cruzan Oxford y Regent Street. Es una de las encrucijadas más populosas de la ciudad, parecida a esa otra, de Tokio, la más transitada del mundo, en la que confluyen millones de personas a diario, aunque a mí tanto una como otra me recuerdan, más bien, a esos puntos en los que se reúnen dos corrientes monstruosas de agua: el río Negro con el Amazonas, por ejemplo. Para facilitar la circulación, los preclaros munícipes de Londres pensaron en ampliar los pasos de peatones habilitando, además de los laterales, uno en diagonal. Construirlo costó 20 millones de libras. Yo lo utilizo, porque me hace ilusión conocer esa nueva perspectiva callejera, pero conmigo solo van diez o doce personas. Las otras quinientas mil que hay en este momento aquí utilizan los pasos de siempre. La ganancia no es despreciable: llego al otro lado cinco segundos antes que ellas. Ya en el metro, un operario anuncia, en el andén, las últimas incidencias de la circulación. En Londres siempre hay incidencias en la circulación del metro. El hombre luce el uniforme del London Transport, el chaleco amarillo reglamentario y una cresta punk, fucsia, de medio metro de altura.
jueves, 10 de abril de 2014
Una de viquingos
Mi primer contacto directo con los viquingos fue hace algunos años, en las islas Orcadas, un pequeño archipiélago al norte de Escocia. Visitamos allí unas cuevas en las que se refugiaban -de la lluvia, de las alimañas, de otros viquingos con malas intenciones-, y vimos las inscripciones que habían dejado en la piedra. Una decía: "Qué buena está Sigrid. Cómo me gustaría follármela", o algo así. Fue decepcionante. Sí, ya sé que el impulso del rijo es universal, y que los viquingos se caracterizaban, según Hollywood, por dar rienda suelta, en orgías desenfrenadas, a sus más atávicos instintos, pero uno esperaba de los bravos guerreros del norte algo más poético, más parecido a las sagas de Egil Skallagrimsson o a alguna edda de Islandia. Mi decepción no se atemperó cuando viajamos a las islas Lofoten, y recorrimos uno de sus asentamientos, en Borg, reconstruidos por los hoy pacíficos noruegos. Allí se explicaba que las comunidades viquingas, aunque muy diversas entre sí, se caracterizaban por sus estrechos lazos familiares y su solidaridad intergeneracional, por el importante papel que desempeñaban las mujeres en el entramado social, y por su dedicación al comercio antes que a la guerra. Todo estupendo y muy civilizado, pero todavía muy alejado de la imagen de belicosidad y horror que han proyectado las leyendas y el cine. Estos meses, en el Museo Británico, hay una magnífica exposición sobre los viquingos. Un primer acierto es que, gracias a las muchedumbres ingentes que la visitan, uno puede representarse de primera mano a la mítica horda viquinga. Poco a poco, y con mucha paciencia, llegan a admirarse los finos trabajos de plata de los escandinavos, y aquellos enormes broches que les sujetaban la ropa a la altura del hombro, tan grandes que podían servir también como pinchos mortíferos, aunque se quedaran desnudos al utilizarlos. En punto a broches, como a algunas otras longitudes, el que lo tenía más largo era el rey de la fiesta. También se expone un amplio arsenal de guerra, entre cuyas armas defensivas se cuentan cascos, pero sin cuernos: los viquingos no llevaban cuernos, como nos han hecho creer Astérix y el sueco Gustav Malstrom, que los pintó con ellos en 1820 para representarlos como seres demoníacos, salvo los que sus esposas decidieran ponerles. La verdad es que no los necesitaban para ser espeluznantes. En unas urnas centrales se exponen asimismo varios esqueletos recuperados de una fosa común en Inglaterra: tienen una altura media de 1,70 m, lo que no es mucho hoy, pero que los hacía imponentes a finales del primer milenio, cuando la altura media de los europeos apenas superaba el metro y medio. Quizá por una cuestión de tamaño, nuevamente, un inglés que curiosea por allí me señala y le dice a otro que lo acompaña que soy un verdadero viquingo. Corrijo al gracioso: yo soy del sur; pero es la segunda vez que me toman por escandinavo en este país. Otra pieza asombrosa es el ajedrez de la isla de Lewis, un conjunto de figuras de ajedrez de uno o varios tableros, talladas en diente de morsa o de ballena, seguramente en Trondheim (Noruega) en el siglo XII, es decir, a finales de la era viquinga. Se encontró en la bahía de Uig, en la costa occidental de esa pequeña isla de las Hébridas escocesas. Las figuras humanas, todas con expresión de espanto o de asombro, son de una delicadeza sorprendente, parecida a la finura con que están labradas las joyas viquingas. No obstante, la pièce de resistence de la exposición son los restos del mayor barco de guerra viquingo del que se tenga noticia, de unos cuarenta metros de eslora. Recuperados a finales del siglo pasado en Dinamarca, son solo unos pecios carcomidos por el agua y los crustáceos, pero, dispuestos en un esqueleto metálico construido ad hoc, dan una idea muy precisa del tamaño y las terribles hechuras del navío. No es extraño que en Inglaterra se preste atención a los viquingos. Con barcos como este aterrorizaron al país entre 793, cuando saquearon el monasterio de Lindisfarne, y 1066, cuando Harald III, que ostentaba el muy revelador sobrenombre de El despiadado, fue derrotado por los sajones de Harold Godwinson en la batalla de Stamford Bridge, cuya tradición sangrienta prolonga hoy Jose Mourinho. No es difícil imaginar el pánico que debían de sentir los monjes y los pobladores de estas tierras, en general, cuando veían aparecer en el horizonte las velas listadas de los drakkars viquingos y sus mascarones de proa, que representaban a dragones o, cuando se sentían más benévolos, a caballos. De ellos iban a desembarcar tropeles de guerreros hambrientos de botín y de mujeres, y, como de estas había pocas en los cenobios, los religiosos sabían que les correspondería un penoso papel en la satisfacción de la lujuria norteña, reprimida por tantos días de navegación. En las comunidades cristianas inglesas, y sobre todo en las de Northumbria, la región más azotada por las incursiones viquingas, nunca dejaba de elevarse al Señor el ruego de que a furore normannorum libera nos, Domine. Con el tiempo, los viquingos fueron adentrándose en territorio britón. En 850, invernaron en suelo inglés. En 865, un gran ejército danés, al mando de Ivar el Deshuesado -aunque era él, en realidad, el que deshuesaba a los demás- atravesó Escocia y ocupó York. Alfredo el Grande recuperó la ciudad algún tiempo después, pero, en 947, Eric Hacha Sangrienta, otro sobrenombre que resultaba poco tranquilizador, volvió a ocuparla. La presencia vikinga en las islas Británicas se prolongó, como he dicho, hasta 1066, aunque no deja de ser irónico que el normando que se hizo ese mismo año con el trono de Inglaterra, Guillermo el Conquistador, descendiera de las comunidades viquingas asentadas en la Bretaña francesa. Los viquingos, naturalmente, no se limitaron, durante sus siglos de esplendor, a merodear por las costas irlandesas y británicas: recorrieron Escandinavia, llegaron a Islandia, cruzaron el Atlántico hasta los territorios del Nuevo Mundo, saquearon Sevilla, bordearon la costa africana y penetraron en el Mediterráneo hasta Constantinopla, donde constituyeron la guardia varega, la guardia personal del emperador de Bizancio. En Inglaterra dejaron enterramientos, inscripciones rúnicas, barcos naufragados, topónimos y antropónimos, canciones y leyendas, el ajedrez de la isla de Lewis y un importante patrimonio genético: el 25% del ADN de los habitantes del extremo nororiental de Escocia y de las islas Orcadas y Shetland es de origen noruego. Yo contemplo todo lo reunido hoy, en el Museo Británico, con una mezcla de fascinación y terror. Pienso en Vickie el Viquingo, y en Olaf el Viquingo, y en Kirk Douglas y Tony Curtis en Los viquingos, y no consigo recuperar la sonrisa que me inspiraban: desde un expositor iluminado por una luz blanca y helada me mira, ceñudo, sobrecogedor, un guerrero escandinavo, con su cota de malla, su escudo redondo de madera, su casco, su hacha, su espada, su cuchillo y su lanza. Puede que fuera muy amable en su casa, como nos aleccionaron en las Lofoten, pero uno se imagina a aquel ser corriendo hacia uno, para descargarle aquellas armas en el cráneo, como Tor descargaba sus martillazos en el mundo, y lo último en lo que puede pensar en en sonreír.
miércoles, 9 de abril de 2014
Salgo a comprar el periódico
Francisco Umbral salía a comprar el pan y el periódico. En su caso, el binomio se explicaba con facilidad: con el segundo se ganaba el primero. De aquellas excursiones matutinas suyas, salieron artículos y relatos, y, sobre todo, la constancia, por si no la hubiera todavía, de una forma de mirar, que, cuando es original, conduce necesariamente a un atmósfera singular. Hay un Madrid que solo es de Umbral, como hay una Barcelona que solo es de Vázquez Montalbán. Yo no soy Umbral, ni esto es Madrid, pero también salgo a comprar casi todas las mañanas. No es lo primero que hago: lo primero es siempre escribir la entrada del diario, como ahora mismo. Luego, muchos días, abordo en lo que esté trabajando, y solo al cabo de un par de horas, cuando me empieza a chirriar la espalda por tanta silla de oficina y tanto ordenador, salgo a la calle. Tampoco compro el pan, porque aquí no hay panaderías. Parece increíble, pero es así. Hay supermercados, tiendas de ultramarinos (que, etimológicamente, lo son en sentido estricto: sus dueños provienen casi todos de allende el mar: Somalia, la India o Paquistán) y cafés que se hacen pasar por franceses, con baguettes, brioches y toda esa repostería continental que a los ingleses les encanta consumir los domingos por la mañana. Pero panaderías como las de nuestras madres, aquellas tahonas seculares en las que uno entraba y simplemente decía: "Una de medio, por favor", o "una de cuarto" (o, si estaba en Cataluña, como era mi caso, "una de payés"), y recibía una barra acorazada, áurea, crujiente, olorosa a tierra y a cereal, por unas pocas monedas, de esas no hay. Me limito, pues, a comprar el periódico, que se vende en el supermercado de una urbanización lo suficientemente cercana como para que la salida no resulte onerosa, pero lo bastante alejada como para que paseo sea reparador. Hoy, como tantos otros días de primavera en Londres, hace frío, pero luce el sol. Pese a los altos niveles de contaminación que ha sufrido la ciudad las últimas semanas, el aire parece extrañamente puro, casi quebradizo de tan cristalino. Observo que hay muchas casas en obras en la zona. El mercado inmobiliario sigue pujante. En un balcón, un operario lija el suelo con un aparato que hace el mismo ruido que el torno de los dentistas, pero a lo bestia. Mirar a lo alto casi ha hecho que pisara un estruendoso zurullo de perro: parece la bosta de una vaca. Es piramidal, salomónico: se despliega como una ensaimada (de Mallorca) que describiera bucles hacia el cielo; es una boñiga suntuosa y fractal. Para mi pasmo, más allá encuentro otra, de la misma textura y disposición. Pero es imposible que ambas cagarrutas hayan sido evacuadas por el mismo chucho: tanta mierda no cabe en un solo intestino. Aún me sorprende este incivismo en un país que, en la mitología de los pueblos latinos, por lo menos en la que circulaba en mi juventud, se ha tenido siempre por civilizado. Pero existe, sin duda. Justo cuando estoy pensando que existe, pasa por la calle un coche, inevitablemente conducido por un joven, con la música al volumen al que se ponen los discos de Nina Hagen con los que se tortura a los prisioneros de Guantánamo. Yo creía que este mongolismo decibélico solo ocurría en lugares desvergonzados y estrepitosos, como España, pero constato, una vez más, que stultorum infinitus est numerus: la estupidez es universal. Detrás del automóvil-amplificador, pasa un Bentley, y luego, una calle más allá, otro. Los Bentleys no tienen la prestancia augusta de los Rolls-Royce, pero no son poca cosa: circulan con magnificencia, como góndolas con ruedas, sabedores de su grandeza, algo añeja, sí, pero no hay grandeza sin alguna ancianidad. Los ingleses adoran los coches lujosos, los coches antiguos, los deportivos, los descapotables. Y quizá sean los coches a lo que demuestran más apego, e incluso más amor. Una nube, gordísima, engulle ahora al sol. Sin su caricia atemperadora, el frío araña la piel. A Inglaterra se le llama el país de las brumas, pero es, en realidad, el país de las nubes, como sabían bien sus pintores paisajistas. Hay siempre un desfile de algodones, montuosos y monstruosos, en lo alto. Pero pasan deprisa, impulsadas por los vientos del Atlántico. Esta también lo hace, arrastrando sus grises casi negros consigo. Brilla el sol, es cierto, pero en cualquier momento podría caer un chaparrón aterrador. Contra la nube devoradora pero fugaz se imprime ahora la silueta de un avión, que vuela a lo que me parece una altura sorprendentemente baja. También el avión hace ruido, casi tanto como el del coche del joven subnormal. Lo hacen todos los que se dirigen a alguno de los cinco aeropuertos de Londres (que son, no obstante, insuficientes para atender el tráfico aéreo de la capital), y me asombra este estampido constante, este chirriar como de batidora gigantesca que se derrama, dolorosamente, por las calles y las casas, sobre todo en algunos barrios de la ciudad, como, ay, el mío. Cuando ya estoy llegando al supermercado en el que compro El País, veo un buzón, uno de esos buzones rojos y minuciosamente roñosos, tan típicos de Londres como sus cabinas de teléfono o sus autobuses de dos pisos, también rojos. Tiro la carta que me ha dejado preparada Ángeles, y que contiene sus respuesta a una encuesta que nos han enviado los conservadores de Wandsworth. Siendo conservadores, la encuesta solo podía ser sobre seguridad. ¿Ha sido Ud. victima de algún delito en los dos últimos años?, preguntan; en ese caso, ¿está Ud. contento con los servicios prestados por la policía?; y también, como ineludible corolario: ¿Cree Ud. que debería haber más policía en el barrio? Me han dado ganas de responder que el único atraco del que hemos sido, y seguimos siendo, víctimas es el alquiler que tenemos que pagar, pero he preferido dejarlo correr. Ángeles, más entusiasta (y más conservadora) que yo, sí ha contestado. Pero soy injusto: los conservadores también nos han preguntado si estamos a favor de que el metro llegue a Battersea. Por supuesto, hemos respondido: con los impuestos que pagamos, no esperamos menos. A todo esto, de los laboristas no hemos sabido nada. Como en España. Compro, por fin, el periódico, que esta vez no me ha pispado alguno de los compatriotas que deben de vivir en la urbanización: si llego demasiado tarde, los pocos ejemplares que hay ya han desaparecido. Vuelvo a casa leyendo. Ya no siento el frío, ni los ruidos, y hasta puede que pise alguna mierda de perro, pero no me importa: leo.
martes, 8 de abril de 2014
Orlando González Esteva, el animal que escribe
En los encuentros multitudinarios hay mucha soledad, sobre todo en los literarios, donde el ego de cada autor genera una especie de vacío de su alrededor, una órbita de arisquez e impenetrabilidad, como un cinturón de meteoritos que ciñera un planeta inhóspito, que solo puede atravesar la admiración. Uno creería que la dedicación común a la literatura nos haría fraternos, miembros de una misma cofradía de la inteligencia y la sensibilidad, pero pronto descubre que lo único que nos une es la voluntad de ser distintos. En este entorno indiferente y, con más frecuencia aún, hostil, encontrar a una buena persona, que además sea un buen escritor, es una bendición tan improbable como preciada. A mí me pasó en un encuentro poético en Villahermosa, México: conocí a Orlando González Esteva, un escritor cubano afincado en Miami. De él solo tenía, antes de que nos reuniéramos cerca del Yucatán, alguna vaga referencia, porque había publicado algunos libros en España, pero yo no los había leído. Sin embargo, cuando me senté con él a la mesa del desayuno, el primer día del encuentro, por casualidad (igual habría podido sentarme con alguno de los siesos que me rodeaban aquella mañana, ávidos de que se les rindiera pleitesía), tuve la sensación -esa, milagrosa, que todos hemos tenido alguna vez- de que nos conocíamos de toda la vida. Orlando es un hombre amable, ingenioso, educado, ayudador, culto, sensible, de trato natural -lo que es dificilísimo entre escritores- y un gran conversador. Así que no me hizo falta buscar más: allí estaba mi compañero ideal, al que, para mayor satisfacción mía, se unieron otros compañeros excelentes: los mexicanos Ernesto Lumbreras y Claudina Domingo, y la dominicana Ariadna Vásquez. He dado cuenta de todo ello en el relato del viaje a México contenido en La pasión de escribil. Del trato personal con Orlando pasé al trato literario (una evolución que suele rendir frutos mucho mejores que el inverso: del literario al personal, que aboca casi siempre a la decepción, si no al aborrecimiento) y descubrí, en Los ojos de Adán -que he reseñado en el último número de la revista Guaraguao-, en la antología ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?, publicada por el Fondo de Cultura Económica, a un autor feliz. Borges decía que había pocos escritores felices, y citaba a Mark Twain. Hay otros que, si no lo son, lo parecen, como Chesterton u Oliverio Girondo. Yo tengo a Orlando por uno de ellos, aunque su vida no esté exenta de pesadumbres: de niño tuvo que abandonar la isla en que había nacido, con un desgarro familiar grande, y asentarse, como tantos otros cubanos, en una tierra extraña. Por eso, creo también, su literatura es una constante reivindicación de la pureza de las cosas, del renacimiento de las cosas, de la voluntad de hacer que las cosas sean por primera vez -para lo que hay que saber mirarlas por primera vez-, como si todo buscase su reinicio, su cicatrización. En el núcleo de ese deseo, de esa lujuria de la natividad, está Cuba. Orlando, que lleva casi medio siglo viviendo en Anglosajonia, es Cuba con forma de hombre: la transporta a donde quiera que vaya; la transfunde donde quiera que esté. No es una Cuba impositiva, sino atmosférica y nutricia; una Cuba de acentos y rememoraciones, de costumbres y ausencias. Pero, sin que haya paradoja en ello, Orlando es también un hombre del idioma, un autor opuesto a lo local, que conoce todo lo que hay que conocer de la literatura en español de los dos últimos siglos, y que ha incorporado lo mejor de ese patrimonio a una escritura deliciosamente obsesiva. Publica ahora, en una nueva colección de ensayo de Vaso Roto, "Cardinales", Animal que escribe, un conjunto de artículos, o ensayos breves, sobre un aspecto generalmente desatendido de la obra de su compatriota José Martí: su preocupación por las menudencias de la naturaleza, por la minúscula exuberancia de la vida, llevada a la luz por una sensibilidad potente como una lupa y una prosa arrebatadora, de la que Rubén Darío (¡Rubén Darío!) dijo que le gustaría decir en verso lo que Martí decía en prosa. De Martí aún recuerdo aquel poemita, de Versos sencillos, que nos hacían memorizar en clase de literatura en el colegio, cuando todavía se enseñaba literatura en los colegios: "Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca.// Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo la rosa blanca". Me admira la luminosa sencillez de estos octosílabos, y me admira, al mismo tiempo, la plenitud y espesura de su obra mayor, en la que no solo hierve el ideológo de la independencia, el ensayista que es casi filósofo, sino también el periodista omnívoro, el poeta complejo y el prosista descomunal. Recientemente, he vuelto a encontrar a Martí en Whitman: el cubano fue el primero en dar a conocer al autor de Hojas de hierba en el mundo hispánico. En 1887, Martí, exiliado en Nueva York, asistió a una conferencia de Whitman sobre Abraham Lincoln en el teatro Madison de la ciudad. Quedó tan impresionado por las palabras de barbudo genial, que publicó una crónica entusiasta, "El poeta Walt Whitman", en sendos periódicos de México y Argentina, en abril y junio de ese mismo año. Rubén Darío, cómo no, la leyó y se interesó tanto por Whitman, que le dedicó uno de sus "medallones" en la segunda edición de Azul, un soneto admirativo. Y de Darío pasó a todos: Unamuno, Juan Ramón y, más tarde, Neruda, Lorca y León Felipe. Pero el origen de aquella cadena de admiración era Martí, la perspicacia, la fibra poética de Martí. Orlando González Esteva recrea y glosa otra suerte de hallazgos del autor de Versos sencillos: lo que Martí escribió sobre una araña, sobre una hormiga, sobre unos zapatos, sobre una mula, todo eso que constituye el microcosmos, concreto, polícromo, en el que descansa el pensamiento más catedralicio, la elucubración más ascensional. Y lo hace con el estilo alegre, plagado de entusiasmo y erudición, que lo caracteriza. Orlando escribe como quien canta en la ducha, como un niño -pero un niño muy sabio- que jugara con las palabras, como alguien que descree de que la literatura haya de ser pétrea, sombría o adoctrinadora. La suya es todo lo contrario: ingrávida, irónica, celebratoria, abismal. Su prosa -y su poesía- se disfrazan de liviandad, que es, en realidad, densidad aérea, pensamiento en vuelo, elevación musical. Leer Animal que escribe es un placer inacabable: tanto José Martí como Orlando González Esteva son animales que escriben, a menudo sobre animales. No es inexplicable que el segundo se haya fijado en este aspecto de la escritura del primero. También Orlando se ha dedicado, en libros anteriores, a reivindicar lo pequeño, lo raro, lo sustraído por la cotidianidad a nuestra percepción, lo que nadie osaría reinvindicar. Cita Orlando a Martí:
Se sabe que es el micrófono un instrumento que permite oír con claridad perfecta sonidos tan débiles que pudiera aparentemente haber derecho para negar su existencia. Merced al micrófono, un químico inglés ha llegado a demostrar que esas moscas infelices que miramos sin compasión, y que tan a menudo perecen a manos de niños traviesos, sufren tan vivamente como el más sensible de los mortales, y expresan su dolor en gemidos prolongados y angustiosos, que el micrófono transmite distintamente al oído, y que tienen la naturaleza del relincho del caballo.
Y escribe Orlando:
No hay muchas moscas en la obra de Martí, pero es obvio que el sonido amplificado de estas, hostigadas o moribundas, lo conmovió. El vocabulario que utiliza para denunciar su infortunio y la alusión al caballo, animal de su predilección, dan fe de la empatía que sintió hacia ellas. La sola idea de que un relincho angustioso no fuera más que una variación a gran escala de los gritos de una mosca maltrecha tiene que haberlo abismado. Si la capacidad de sufrimiento del insecto no era inferior a la de ninguna criatura mayor que él ni a la nuestra, nadie que pretendiera matarlo o lo matara le parecería merecedor de disculpa, ni él mismo: Y si mato una mosca, me pongo a discutir con mi conciencia si he tenido el derecho de matarla.
Todo el libro es así.
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