Paso el día en el hospital. Sobrevivo a la tristeza fijándome en los detalles. Fijarse en los detalles -y transcribirlos después en un relato- es una de las mejores formas de insuflar vida a lo que está muerto. Hoy reparo especialmente en el trato de las enfermeras. Casi todas hablan a los pacientes como si fueran niños: los tutean, les riñen, despliegan esa familiaridad empalagosa de las guarderías o las tías solteronas. Y yo me pregunto si no deberían guardar, en sus relaciones con los ingresados, la misma respetuosa eficacia que exhiben con las cosas. Que alguien sea viejo o no pueda moverse sin ayuda no autoriza a nadie a tratarlo como a un primo del pueblo, o como a un minusválido mental. En estas circunstancias, siempre recuerdo un pasaje de Rayuela -creo que era Rayuela, aunque, ahora que lo pienso, quizá fuera algún relato de Julio Ramón Ribeyro- en el que un anciano es atropellado en una calle de París, y los enfermeros que lo recogen le hablan como a un niño, y lo tratan de pepé, algo así como abuelo o yayo. El narrador reflexiona entonces: a lo mejor ese viejo es la mayor autoridad mundial en la poesía de la dinastía Ming, y aquí está, siendo manoseado por dos enfermeros que lo ven, y que le hablan, como a un guiñapo. Por la tarde he quedado en Laie con Christian Tubau, un viejo amigo, aunque él es mucho más joven que yo. Como llega con algún retraso, aprovecho para curiosear en los estantes de novedades, y no puedo resistir la tentación de comprar La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, en Acantilado: el título se me antoja admirable, y muy prometedor; y, además, es barato: solo 9,5 euros. Christian es un hombre del arte, un perfecto caballero renacentista que ha tenido la desgracia de nacer, no en el Renacimiento, sino en nuestra época desalmada. Lo conocí en una tertulia que manteníamos, hace muchos años, algunos letraheridos: apareció un día, de la mano de uno de sus miembros, al que había conocido en la Facultad de Filosofía, donde ambos estudiaban. Desde el principio se me antojó una persona inteligente y entusiasta, ávida por crear. Aunque se licenció en Filosofía, hizo su tesis doctoral en literatura española, sobre el quietista Miguel de Molinos, y no me envanezco si digo que le influyó mi recomendación: yo le descubrí a Molinos, a quien considero uno de los mejores escritores de los siglos de Oro españoles. Su Guía espiritual -que conoció una primera y excelente edición de José Ángel Valente, en Seix Barral, en los años 70- es un prodigio de tersura y penetración, un derroche de prosa cristalina, impregnada de poesía. La actividad de Christian en todos los terrenos artísticos ha sido incansable: ha escrito poesía en castellano y, recientemente, en catalán; ha pintado y esculpido; ha hecho fotografía; ha traducido del inglés y del catalán; y estos últimos meses anda, según me cuenta, enfrascado en su primera novela. Yo lo incluí en Poesía pasión, mi antología de poetas jóvenes españoles, publicada por Libros del Innombrable en 2004: era el más joven de los antologados. Allí escribí sobre él: "El poeta busca formas en que se materialicen sus principios creadores. Por eso sus composiciones tienen un cierto carácter residual: como si solo fueran lo que sobrevive al hecho de escribirlas. Christian parece buscar un retroceder de la palabra: una desnudez que vuelva a vivificarla, a dejarla, trémula y transparente, en los labios de quien la dice, o en los ojos de quien la lee. El concepto de inversión es importante en su obra: devolver la palabra a su origen, a su envés, despojarla de sus adherencias y de su progresión, de la vacuidad que supone, simplemente, utilizarla. Se trata, pues, de decir callando, de nacer diciendo: de anular la palabra para que crezca la palabra". Y este era uno de sus poemas: "Como adentrándose en un guante/ así tu mano de agua clara/ me recoge y me da vuelta,/ me desenvaina.// Como una nuez abierta/ rota/ entre las losas lentamente/ brotas.// Blanco nogal hendido en el silencio./ Nacido inverso transparente./ Hueco que te haces mínimo verso,/ poema cóncavo bajorrelieve". El problema de un ser renacentista como Christian es que hay que comer. Su pasión artística ha tenido que conciliarse con las exigencias de la supervivencia, y eso le ha llevado a desempeñar los trabajos más inverosímiles: por ejemplo, vigilante nocturno de vallas en la filmación de exteriores de una película. Eso hizo en Montjuic, hace años: asegurarse de que nadie invadiera el espacio en el que se desarrollaba la filmación. No estoy seguro de que lo consiguiera: según me dijo, se pasó casi todo el tiempo sentado en una de aquellas vallas, leyendo a la luz de un farol. Las dificultades, con ser muchas, no le han hecho abjurar de su pasión, y sus actividades siguen siendo múltiples. Vivió varios años en una masía de Gerona, a donde Ángeles y yo fuimos a visitarlo en una ocasión: recuerdo el perol de lentejas que preparó Natalia, su mujer, y que nos proporcionó la energía suficiente como para dar un larguísimo paseo por aquellos parajes agrestes, de donde salió luego un poema de Las horas y los labios. Ha vivido varios años en el estado de Vermont, en los Estados Unidos, en medio del bosque, rodeado de nieve. Pero la dificultad del clima y algunos rasgos de aquella cultura, junto con los permanentes apremios materiales, han hecho que volviese a Gerona: ahora está viviendo en otra masía, con gallinas, y un huerto, y dos hijos, dando clases de inglés y haciendo traducciones (también tuvo un gato, pero se lo llevó un búho). Y, sobre todo, escribiendo: él no ceja en su empeño, aunque las facturas aprieten. A Christian le apetece pasear, y salimos de Laie: justo cuando lo hacemos, empieza a llover. Christian siempre ha sido un visionario. Antes de que el agua caiga con fuerza, nos da tiempo a hablar de entusiasmo -que él suscribe, y hace bien- y estoicismo -que suscribo yo, sin estar muy seguro de que no sea una coartada para la inacción o la cobardía-. Luego el sirimiri se convierte en el diluvio universal, y nos refugiamos en la entrada de El Corte Inglés del Portal de l'Àngel. Desde allí vemos pasar a algunos transeúntes que han dejado de preocuparse por la lluvia: ya están empapados. No sé si los mueve el entusiasmo o el estoicismo. Algunos, guiris, se toman fotos bajo la tormenta, como si fuera otra obra de Gaudí. Nos despedimos en la estación de Cataluña, junto a Canaletas. Yo me llevo en la mochila parte del manuscrito de la novela que está escribiendo: Christian quiere que le dé mi opinión. Él desaparece entre la gente y el aire gris de la tormenta, deshilachado aún por el agua: quiere llegar a casa para seguir escribiéndola.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
miércoles, 18 de junio de 2014
martes, 17 de junio de 2014
Tratado de entrañeza
Me envía mi buen amigo Mario Martín Gijón su último poemario, Tratado de entrañeza, que acaba de publicar en la editorial Polibea, y que aparece no mucho después de Rendicción, publicado por Amargord en 2013, que he reseñado en el último número de la revista Turia, y del que también di cuenta en este blog. En la crítica de Rendicción en Turia, escribo lo siguiente: "Las palabras son, en manos del poeta, barro léxico, esto es, materia plástica, entidades articulables, de cuyo interior pueden surgir, telescópicamente, otras palabras, o su negación. Las palabras se quiebran, se desatornillan, se desmenuzan: caen como arena en la superficie de la página, o como mosaicos desmontados, con cuyas piezas se arma un nuevo rompecabezas. (...) Esta constante manipulación lingüística exige del lector una atención no menos encarnizada. Recorremos los versos con las pupilas como ganchos, para aferrarnos a todas las posibilidades de interpretación que nos ofrecen, o que nos reclaman. Casi cada palabra es un depósito o matriz de otras palabras y, por lo tanto, de otras realidades, de otras ramificaciones de lo existente. Nos detenemos en ellas para extraerlas, y con lo que hallamos dentro componemos un nuevo mensaje, una nueva emoción. La lectura es trompicada, porque Martín Gijón quiere que lo sea. El poeta aspira a que nos enzarcemos en su discurso de un modo opuesto a como nos sumergiríamos en un río: siendo conscientes, incluso dolorosamente conscientes, de lo que cada palabra sugiere, de lo que cada palabra es, y, más importante todavía, de cómo esa pluralidad de opciones corresponde a una diversidad existencial. Martín Gijón nos comunica la inacabable extrañeza de ser y sus vívidos claroscuros: la complejidad sin fin de la conciencia. Hace con ello un gran servicio a una comprensión civilizada del mundo: si nos paramos a pensar, porque él nos los pone –nos lo grita– delante de los ojos, que hay en las cosas mucho más de lo inmediatamente perceptible, y que lo perceptible, y lo pensado, solo existen gracias al lenguaje, esto es, gracias a los infinitos meandros y combinaciones de la palabra, acaso aceptaremos mejor, como otra posibilidad de la existencia, cuanto nos lacera, o nos aísla, o no comprendemos. Lo previsible, lo consolidado del lenguaje tiene poco sentido en Rendicción". Tratado de entrañeza prosigue en esta línea, acaso más radicalmente todavía, porque en este poemario no hay composiciones exentas de las arduas -y feraces- manipulaciones del poeta: todas presentan las fracturas, inserciones y desdoblamientos característicos, hasta hoy, de su literatura. Reproduzco, por ejemplo, el poema "La voz e(n/x)trañada", cuyo título explicita la paronomasia del título del libro:
le désir / el decir
realisable
que corta
se(a)
hasta la e(n/x)traña
de la(s) lengua(s)
como un ósculo oscuro
grabado sobre p(ap/i)el.
Mario me ha contado que algún editor insigne ha considerado estas formas anómalas artificios vanos. A mí otro editor, no menos insigne, me dijo de los poemas en prosa de Bajo la piel, los días que era un atrevimiento llamarlos poemas, supongo que porque contenían demasiada prosa. Quizá fuera divertido reunir en un libro los rechazos -y, sobre todo, los motivos de esos rechazos- que hemos recibido los escritores de los editores. Daría, creo, para unas buenas carcajadas, aunque, cuando el rechazo se recibe, no suscita la menor sonrisa. El primer relato publicado de Charles Bukowski se inspiró, precisamente, en una de las muchas notas de rechazo que había recibido, la primera que explicitaba los motivos de su decisión. Polibea ha tenido el buen gusto de entender que los artificios de Mario no son vanos, sino sustanciales, y muy perturbadores. Tratado de entrañeza está precedido por un excelente prólogo de Rafael-José Díaz, que subraya "el nacimiento de un lenguaje nuevo", esto es, "la invención de un código surgido a raíz de una necesidad profunda", y que aún va más allá: hasta "una nueva fundación del acto de la lectura" (el título del prólogo, "Agri(e/a)tada palabra", reproduce los mecanismos lingüísticos del libro; lo mismo hice yo en mi reseña de Rendicción, que titulé "Poe(a)mario": Mario nos impregna de sus hallazgos). Tratado de entrañeza incluye seis fotografías de Monika Dumanska, entre las que reconozco dos: la de la fachada semiderruida del antiguo monasterio franciscano del Espíritu Santo, en Hoyos, bajo cuyo escudo de armas se acumulan las zarzas, y sobre el cual se despliega un cielo muy azul, cuajado de nubes muy blancas; y uno de los dormitorios de nuestra casa en Hoyos, donde Mario y Monika se alojaron hace un par de años, en una de sus visitas. La fotografía es deliberadamente borrosa, pero reconozco la cama, con su cabecero y su pie de forja (que trajimos esforzadamente de Cañaveral, otro pueblo cacereño, donde languidecían en un altillo polvoriento), y la mosquitera extendida, que preservó a nuestros huéspedes de la ferocidad de los culícidos. A un lado, una figura humana -es Mario- se inclina para coger o recoger alguna cosa. Este es el poema que sigue a la foto de nuestra habitación, "En s(o/u)ciedad":
abdi
can(d/t)o
de lo que fui
vener
ando [por
caminos
errados
borrados [from borrow]
encogiéndome
de hombre
gan(an)do aún
(por)
el (des)precio
del a-s(e/i)ntimiento
me
a mi sangre
lunes, 16 de junio de 2014
Un encuentro con el pasado
Hace un par de días, cuando iba a visitar a mi madre en el hospital, reconocí a una persona sentada en la terraza de un bar. Estaba solo, resolviendo un crucigrama, con la comodidad de las personas acostumbradas a la soledad. Era Juan Ramón Capella, un antiguo profesor mío de la facultad de Derecho, aunque debería decir el único profesor del que guardo un recuerdo entrañable. No nos hicimos amigos, aunque llegué, en una ocasión, a visitarlo en su casa -en la calle Aribau, muy cerca de aquel bar-, pero sí fue, en los dos cursos que nos impartió a lo largo de la carrera, el mayor estímulo intelectual y el mejor ejemplo personal de aquellos estudios polvorientos. La gran mayoría del claustro oscilaba entre la mediocridad, el facherío -la cátedra de Derecho Procesal, por ejemplo, era un nido de franquistas- y el izquierdismo de toda laya, singularmente el marxismo: Político y Mercantil destacaban en eso. De hecho, también Capella era marxista: había militado en el PSUC, y sido dirigente del Partido algunos años. Pero eso, naturalmente, no nos importaba; más aún: nos gustaba, incluso a los estudiantes del Opus, que en aquellos años también eran muchos, y que no estaban precisamente a favor de la dictadura del proletariado. Capella nos dio, en primer curso, Derecho Natural (especificando, el primer día de clase, que el derecho natural no existía: la ley no es nunca una resultado de la naturaleza, sino de la acción del hombre) y, en quinto, Filosofía del Derecho. Él sustentaba, pues, con ideas el principio y el final de una carrera eminentemente técnica, en una suerte de paréntesis conceptual. Su aproximación a las nociones del Derecho no pasaba por las normas, sino por las razones de las normas: por su sentido último, que era siempre la regulación de las relaciones de poder. El Derecho no sirve para ordenar la convivencia sino en la medida en que sirve para preservar el poder establecido. Descubrir algo tan sencillo, y a la vez tan oculto -como la carta robada de Poe, es tan evidente que no se ve-, suponía una revolución para nosotros en aquellos días en que los demás profesores solo expresaban certidumbres codificadas, procedimientos y automatismos. Capella revelaba, en cambio, la realidad subyacente, la verdadera realidad, y eso abría el melón del Derecho como una navaja barbera. Nuestro profesor, además, acreditaba una formación humanística de la que carecían -o no demostraban poseer- los demás. Sus referencias a la literatura y a la historia, su prosa hablada -recuerdo una expresión suya que todavía paladeo, y que he hecho mía: "es una temeridad rayana en el suicidio"-, su sensibilidad por las formas (él, que destripaba el fondo), me cautivaban tanto como si lucidez intelectual. En la primera clase de quinto, nos dijo: "Están Uds. a punto de acabar sus estudios de Derecho, y creen conocer sus contenidos, sus mecanismos. Pero, en realidad, lo único que han aprendido Uds. es un lenguaje. El Derecho solo es un lenguaje". Yo aún no había leído a Wittgenstein, pero, si lo hubiera hecho, aquello me habría parecido wittgensteiniano, es decir, poético. A Capella casi siempre lo interrumpía el bedel, que, en una reminiscencia de la universidad decimonónica, una de tantas en aquellos años heroicos, abría el gran portalón del aula magna, donde nos daba clase en primero, y gritaba: "Doctor, la hora". Como en una sesión de psicoanálisis. Capella cesaba en su peroración, y todos, con gran barahúnda, recogíamos los bártulos y buscábamos la clase siguiente. Éramos estudiantes, al fin y al cabo: que Capella nos gustase no quería decir que no estuviéramos deseando marcharnos. Una vez, sin embargo, nuestra salida fue demasiado precipitada, y él debía de encontrarse en un punto muy importante de su exposición. Antes de que hubiéramos podido irnos, se cortó, nos pidió disculpas por haber seguido hablando después de que el bedel hubiera dado la hora y, saltando del estrado -que no era bajo-, se marchó del aula antes que cualquiera de nosotros. Nos quedamos de una pieza, avergonzados de nuestra urgencia. Al día siguiente, como delegado de la clase que era, le pedí perdón en nombre de todos. Él aceptó nuestras disculpas y, a su vez, agradeció el gesto que había tenido la clase, por medio de su delegado. Cuando acabé la carrera, yo aún no escribía poesía. Empecé a hacerlo algunos años después. Pero no me olvidé de mandarle algunos ejemplares a mi admirado profesor, incluyendo uno de La luz oída, con el que había ganado el Premio Adonáis. Él acusó recibo y me invitó a su casa. Acudí, con algún nerviosismo: recuerdo que me ofreció una tónica. Charlamos, no de Derecho, sino de literatura, y él evocó una relación similar que había desarrollado con un profesor suyo, don Alejandro. Don Alejandro lo tuteaba, pero él solo podía tratarlo de usted: "Es Ud. un reaccionario, don Alejandro", me dijo que le decía. Y a mí me pasaba lo mismo entonces: no que fuera un reaccionario, sino que solo podía tratarlo de usted. La relación no continuó, porque con la gente solemos coincidir algún trecho en el camino de la vida, pero rara vez todo el trayecto. Pero yo siempre guardé un recuerdo cordial de aquel profesor singular. A lo largo de los años he leído con admiración alguno de los muchos libros que ha publicado, todos en Trotta: por ejemplo, Los ciudadanos siervos, en el que sigue despellejando una realidad subordinada a los intereses de los poderosos, y Sin Ítaca, el primer volumen de sus memorias, mucho más personal y mucho menos filosófico, en el que demuestra, una vez más, una prosa con nervio y un notable pulso narrativo. No solo leí Sin Ítaca, sino que me ofrecí para reseñarlo en Letras Libres, pero mi propuesta no fue aceptada, por razones que ignoro. Ayer dudé si interrumpir o no su crucigrama. En general, no me gusta molestar a nadie, aunque sea un personaje admirado o próximo, pero esta vez me atreví. Lo saludé y le dije precisamente eso: que no me gusta interrumpir a nadie cuando está haciendo algo tan importante como resolver un sudoku o un cruci, pero que iba a hacer una excepción. "Yo fui alumno suyo...", añadí, como quien dice: "Yo tenía una granja en África..."; "me llamo Eduardo Moga". Entonces se recostó en los tubos metálicos de su asiento de terraza de bar, abrió mucho los ojos azulísimos, y exclamó: "¿Eduardo Moga? ¿El poeta?". "Lo intento, don Juan Ramón, solo lo intento", le respondí con aparente modestia, pero exultante en mi interior. Estuvimos charlando un rato: yo elogié sus clases y sus libros, y él recordó con cariño la promoción del 85, a la que yo pertenecía. Pero la primera obligación del huésped o del visitante es saber cuándo tiene que irse, así que no quise entretenerlo demasiado: "Voy a ver a mi madre, a la que han operado de una rodilla". "Yo tengo 74 años y 110 kilos de peso", puntualizó; "también las tengo fastidiadas". Y, cuando ya me iba, se me quedó mirando y concluyó: "Me ha alegrado Ud. la mañana". Seguí caminando, en dirección al hospital, como si hubiera recuperado un trozo perdido de mí.
domingo, 15 de junio de 2014
Un paso al frente
Así se titula la novela de un teniente de infantería, Luis Gonzalo Segura de Oro-Pulido, que ha despertado las ansias punitivas del ejército. En ella, según informa la prensa (es decir, El País; no creo que El Mundo, ABC y La Razón den cuenta del hecho, y, si lo hacen, será para fustigar al teniente y ensalzar a sus mandos), pinta un retrato sombrío de la vida en los cuarteles, plagada de corruptelas, chanchullos, ilegalidades y favoritismos. Para cualquiera que haya hecho la mili, esto no supone ninguna sorpresa; más aún, lo sorprendente sería lo contrario. Aunque el ejército se haya profesionalizado, el cosmos jerárquico y cerrado de la institución genera unas relaciones miasmáticas entre sus miembros, y favorece el abuso y la depravación. Cuando yo le regalé un año de mi vida a la patria, la galería de personajes trastornados por la disciplina cuartelera, o que en ella encontraban el ambiente adecuado para verter sin disimulo todas las inmundicias de su carácter, era fabulosa: el oficial que tenía el comedor lleno de símbolos fascistas y retratos de Franco, que criaba dóbermans y mataba gatos a tiros en el campamento; el coronel que nos marcaba el paso en los ensayos para los desfiles, y que nos retribuía, si lo hacíamos bien, con un bocadillo de jamón; el comandante amante de la cultura que había instaurado unos premios literarios (que abarcaban todos los géneros, ¡hasta la novela!), consistentes en un dinerillo y unos codiciados días de permiso (yo escribía para los compañeros: ellos se iban a casa, felices como unas pascuas, y yo me hacía con las pesetas, que buena falta me hacían); el comandante médico que comprobaba que no padeciésemos enfermedades venéreas paseándose por el pasillo central de la compañía y mirándonos escuetamente, mientras nosotros formábamos desnudos, y con el prepucio retirado, a ambos lados de ese pasillo; los enfermeros que nos clavaban las agujas de la vacunación y los que, en otra mesa, a metros de distancia, nos las retiraban (hubo quien, con aquellas banderillas colgando de los brazos, se desmayó entre uno y otro sanitario); los cabos primeros -uno de los homínidos más primitivos en la escala antropológica, solo superado por el australopiteco- que nos hacían recoger, en oleadas, como si estuviéramos desminando, las colillas y los desperdicios del campo de fútbol del campamento, que era también el campo de juras, o que toleraban las novatadas, en una de las cuales los veteranos oficiaron una misa bufa, con nosotros de feligreses, en calzoncillos y con los correajes reglamentarios. Se conoce que el teniente Segura ha reflejado este mundo tenebroso -y, lo que es peor, delictivo- en Un paso al frente, y que eso no le ha gustado nada al ejército. Para más inri, el libro incluye también una carta muy crítica que un personaje de la novela, el teniente Guillermo Fernández, dirige al ministro de Defensa, como responsable último de la corrupción y el despilfarro de las fuerzas armadas. Por todo ello, sus superiores le han incoado a Segura un expediente disciplinario, que puede acarrearle la pérdida del empleo y cuatro meses de cárcel, y que ya le ha supuesto la suspensión cautelar de sus funciones durante tres meses. El ejército no piensa consentir que sus oficiales se insubordinen de esta manera; y decir lo que está mal es insubordinación. El ejército, sin embargo, no tiene en cuenta algunas cosas. Por ejemplo, que la libertad de creación, esencial en el ser humano, no conoce límite alguno: la fabulación -aunque sea para denunciar hechos muy reales- no puede ser cercenada. También desdeña el hecho de que lo manifestado en el libro no lo es por el teniente Segura, sino por sus personajes: Guillermo Fernández, el autor de la carta al ministro, no es el teniente Segura, sino una criatura de ficción. Entenderlo de otra manera supondría que todos los novelistas que crearan asesinos en sus novelas deberían ser acusados de asesinato, o de incitación al asesinato; o que todos los que ideasen etarras habrían de ser imputados por apología del terrorismo. Por último, el ejército olvida lo fundamental: lo reprensible no es quien denuncia, sino lo denunciado. Lo que supone una mancha para la institución no es que uno de sus miembros, con espíritu crítico y entereza moral, vele por su buen nombre y la limpieza de su actuación, sino que el nombre de esa institución esté por los suelos y sus procedimientos sean tan sucios como expone Un paso al frente (y como sabemos todos los que conocemos sus interioridades). Y no solo eso: también es una mancha que el ejército denuncie, y castigue, a quien denuncia. Que el teniente Segura sea sancionado se me antoja mucho más escandaloso que el hecho de que haya escrito una novela y denunciado algunos comportamientos. La tradición de la denuncia contra escritores ante los tribunales es milenaria, aunque, al menos en los últimos siglos, las razones para la denuncia han sido casi siempre de índole sexual. La Sociedad de Nueva Inglaterra para la Prevención del Vicio instó al fiscal de Boston, en 1881, a que retirara de la circulación la edición de ese año de Hojas de hierba, de Walt Whitman, por incluir poemas indecorosos, que los oídos educados de las personas decentes -sobre todo, de las señoritas decentes- no podían escuchar sin turbación. Por fortuna, no lo consiguió. En 1857, Flaubert había sido acusado de un delito de ultraje a las buenas costumbres y a la religión por Madame Bovary: tras la rimbombante acusación se ocultaba el escándalo de la sociedad bienpensante por lo que consideraba una apología del adulterio. Ese mismo año, 1857, conoció otro juicio contra una obra literaria: Las flores del mal, de Baudelaire, seis de cuyos poemas se reputaron obscenos y contrarios a la moral. Curiosamente, el fiscal de ambos procesos fue el mismo, Ernest Pinard, escritor clandestino de poemas eróticos y aficionado a la pornografía: quizá eso lo habilitaba especialmente para enjuiciar la obscenidad ajena. En el siglo XX, la persecución judicial se ha anticipado, en muchas ocasiones, en forma de censura, y la lista de obras perjudicadas por esta castración preventiva es larga, desde el Ulises, de Joyce -por incluir una escena de masturbación- hasta Lolita, de Nabokov, ejemplo de lascivia pedófila; desde Caperucita -prohibida en dos distritos de California, porque una de las cosas que lleva la niña en la cesta a su abuelita es una botella de vino; y eso que California es un estado vinícola- hasta Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl, que en Colorado se considera expresión de "una pobre filosofía de vida". Claro que no todos los casos son tan pintorescos como estos: alguno hay terrible, como la siniestra fatwa del ayatolá Jomeini contra Los versos satánicos, de Salman Rushdie, que no solo clamaba por liquidar el libro, sino también a quien lo había escrito. El ejército español se suma ahora a esta lista oprobiosa con su actuación contra el teniente Segura. En lugar de verificar sus denuncias y preocuparse, si son ciertas, por limpiarse y corregirse, cumpliendo así sus obligaciones para con los ciudadanos españoles que lo sostienen y financian, prefiere emular a tantos inquisidores y matar al mensajero. El patriotismo no consiste en castigar a quien te critica, sino en no dar motivo para que te critiquen.
sábado, 14 de junio de 2014
Manuel Álvarez Ortega
Estaba intentando decidir sobre qué escribir la entrada de hoy del diario, cuando me llega un correo electrónico de Marta Agudo para informarme de que ha fallecido el poeta Manuel Álvarez Ortega, y también la perrita de Marta, Bimba, a la que rescató hace muchos años de un refugio de animales, a donde había llegado maltratada hasta casi la muerte. Marta me cuenta ambas cosas porque sabe de la importancia que Álvarez Ortega ha tenido en mi formación como poeta, y porque quiere compartir conmigo el dolor que siente por la pérdida de su mascota. Sobre esto último, solo puedo abrazarla, hacerle presente mi cariño y recordarle que el dolor pasará, aunque ahora parezca que no ha de pasar nunca. Sobre Álvarez Ortega, puedo decir algo más. Por ejemplo, que ha sido el mejor poeta español del último medio siglo, junto con José Ángel Valente y Antonio Gamoneda. Leerlo fue para mí una revelación. Lo descubrí, supongo, en el momento oportuno, cuando, recientemente iniciado en la poesía, buscaba con afán, y disfrutaba de cuanto hallaba (o lo rechazaba con vehemencia), y leía con una pasión que podría calificarse, sin ningún rubor, de adolescente. En aquellos tiempos inquietos, me suscribí a la colección Devenir, entre cuyos volúmenes -azules, delicados- encontré mucha moralla, pero también tres libros, de un tal Manuel Álvarez Ortega, que me hipnotizaron: Gesta, publicado en 1988, Código, en 1990, y Liturgia, en 1993. En ellos di con la poesía que, sin saberlo, estaba persiguiendo: de una fuerza verbal abrumadora, pero empapada de sutileza y misterio. En aquellos versos se reunían, aun a mis torpes ojos de neófito, todas las tradiciones literarias reconocibles desde el Romanticismo -sobre todo, el simbolismo, el surrealismo y el expresionismo-, pero lo hacían con un impulso nuevo y, desde luego, con un resultado personalísimo. Recuerdo que leí aquellos libros en la falda de la montaña del Tibidabo, donde una amiga tenía un piso del que salía los fines de semana, y que quería que le cuidásemos. Aquel trabajo de guardés era un privilegio, porque el piso se encontraba en un antiguo hotel de lujo de Barcelona, aislado entre pinares, desde el que se divisaba toda la ciudad, y el mar. El negocio había cerrado, pero el edificio se había convertido, años después, en apartamentos para la gente. Yo me sentía allí un poco como Jack Nicholson en el hotel de El resplandor, pero, que se sepa, nunca nadie había sido asesinado entre sus paredes, ni yo mecanografiaba miles de veces el mismo refrán. Por la noche, dormíamos con el balcón abierto, viendo una sucesión de mares negros: el de la ciudad, surcado por infinidad de luces; el Mediterráneo, hendido apenas por el filamento incandescente de algún carguero; y el cielo, tachonado de estrellas. Y, durante el día, paseábamos por las arboledas o leíamos. Yo solía hacerlo junto a la antigua pista de tenis del hotel, de arcilla, entonces semiabandonada. Y fue allí, envuelto por aquel olor a resina y a tierra, donde leí, por ejemplo, esto: "Aquí, hoja a hoja, con doliente calma, el rostro espera la luz de tu anunciación.// No nace el día junto a esa flor de humo, larva que respira en el légamo de tu seno, quieto universo.// Habitas un lugar donde el amor descansa de su lealtad, hora vacía, reino de nadie". La admiración que despertó en mí la poesía de Álvarez Ortega me llevó a conocerlo: entonces -yo era joven e inexperto- aún no distinguía bien entre obra y autor, o, más bien, pensaba que el autor había de atesorar parecidas cualidades a las que demostraban sus versos. Entré en contacto con el poeta gracias al editor de Devenir, Juan Pastor, que me proporcionó sus datos, y le escribí sin tardanza. Su respuesta fue inmediata y cordial, aunque desde el principio revelara una actitud profundamente desengañada para con la sociedad literaria española y, sobre todo, "con el circo de la poesía", por utilizar sus propias palabras. En uno de mis viajes a Madrid, quise conocerlo, y él se avino a ello. Concertamos el encuentro en el Café Gijón -en cuyas tertulias él había participado durante años-, y allí estuvimos charlando algunas horas. Me impresionó su aspecto: era ya un hombre mayor, pero sus ojos azules brillaban con una potencia auroral, y todo su rostro guardaba una gravedad tribunicia. Le hice dedicarme muchos de sus poemarios, que había ido comprando en librerías de nuevo y, sobre todo, de viejo, a lo que él también accedió, demostrando una enorme capacidad para suscribir variaciones sobre un mismo tema: "A Eduardo Moga, con el mayor afecto"; "A Eduardo Moga, con un gran abrazo"; "A Eduardo Moga, como homenaje a su poesía"; etcétera. Luego me hizo una confesión: "Yo solo he querido ganar un premio en mi vida: el que has ganado tú". Se refería al premio Adonáis, del que había sido accesit en dos ocasiones. (Una de ellas, supe luego, había motivado el fin de toda relación con su gran amigo de infancia, Luis Jiménez Martos. Se conoce que Jiménez Martos, que estaba en el jurado, había retirado su apoyo a Invención de la muerte, el libro, extraordinario, con el que Álvarez Ortega había concurrido al premio en 1963, para dárselo a otro, Las piedras, de un joven que, en su opinión, lo necesitaba más, Félix Grande. Razonaba que Álvarez Ortega ya tenía cinco libros publicados, entre ellos otro que también había sido accésit del Adonáis, Exilio, y que el premio estaba para promover a los más jóvenes, a los noveles. Pero su criterio, que le honra a él y al Adonáis, hizo que Álvarez Ortega no volviera a dirigirle la palabra). En aquel primer -y último- encuentro con el poeta supe también que no había querido que la primera edición de su poesía completa, publicada en 1993, fuese venal: él decidía a quién se la hacía llegar, porque había que ser digno de leerla. A mí me regaló un ejemplar, también cordialmente dedicado. Álvarez Ortega era soberbio, sí, y lo reconocía: cuando le pedimos algunos poemas inéditos para Perenquén, una hermosísima revista literaria que alumbró y enterró Juan Luis Calbarro en Fuerteventura, accedió a dárnoslos, pero con la condición de que se publicaran exactamente como él nos los entregaba: "Mi soberbia", nos dijo, "no me permite otra cosa". Seguramente fue esa soberbia la que hizo, algún tiempo después, que Álvarez Ortega cortase el contacto conmigo, pero para entonces yo ya había aprendido que obra y autor no tienen por qué ir juntos, ni compartir unos mismos valores. Por eso he seguido difundiendo y alabando incansablemente su obra, aunque Álvarez Ortega haya dejado de escribirme y de regalarme sus libros. De hecho, escribí mi tesina sobre Despedida en el Tiempo, uno de sus mejores poemarios, y he participado en todos los homenajes que se le han rendido y a los que se me ha invitado. Más aún: en 2001, firmé una petición colectiva para que se le otorgara el Premio Nóbel de Literatura. Conjeturo que el motivo de su abrupto y definitivo silencio fue una reseña que hice de una antología de poesía española del siglo XX, publicada por Devenir, que firmaba Juan Pastor, pero que me malicio fue dictada, o supervisada, por el propio Álvarez Ortega. La antología, Veinte poetas del siglo XX, presentaba graves deficiencias -entre las que no era la menor que los poetas antologados fueran veintiuno-, y no me abstuve de señalarlo. El resultado fue, como digo, que nunca más volviese a saber personalmente de Álvarez Ortega, aunque he seguido con atención sus publicaciones, que culminaron con la aparición de su Obra poética (1941-2005) en Visor, y que han continuado hasta Cenizas son los días, en 2011. Álvarez Ortega se metió a poeta como quien se mete a monje, en palabras de su examigo Luis Jiménez Martos, y, coherentemente, ha dotado a su obra de un espíritu monástico: austero, constante, grave, indeclinable. Su poesía es una verdadera fiesta de la palabra, pero también la reunión de los más acerados conflictos existenciales del ser contemporáneo. Si los monjes oran et laboran, Álvarez Ortega amaba et laboraba: abordaba un proyecto, lo escribía con devoción y sistema, metía luego las cuartillas manuscritas en un sobre, guardaba el sobre en un armario bajo llave, y empezaba otro proyecto, es decir, otro libro. Al cabo de años, sacaba el primero del sobre, lo corregía y lo daba a publicar; y no le importaba que no fuese en grandes editoriales, cuyo espíritu comercial detestaba, sino en sellos que le prestasen a sus versos la atención y el cuidado que merecían. Álvarez Ortega -traductor de todos los poetas francófonos importantes de los dos últimos siglos, buen conocedor del psiconálisis y autor de una poética fascinante, Intratexto, asimismo en Devenir- se ha mantenido apartado de los focos poéticos durante décadas, para vergüenza de los focos poéticos, gestando una obra incomparable, en la que se entrelazan, con violencia sutilísima, el sentimiento del amor y el sentimiento de la muerte, la constancia de la pérdida y el imperio de la vida, la palabra arrebatada y el arrebato del silencio. Su partida acaso no sea divulgada en exceso por esa misma farándula lírica que él siempre aborreció, pero será significativa, y muy sentida, por los verdaderos amantes de la poesía. Este es su poema "Diaria presencia", de Invención de la muerte ("A Eduardo Moga, cordialmente"), que dejo aquí en homenaje a su memoria:
¿De dónde vienes, ángel en penumbra, agua
de un río convocado por la gracia,
si en esa hora trite, aves y flores,
humo y mediodía unidos se entregaban
a la alegría total de la existencia?
Llegaba paso a paso por un camino
donde el aire temporal abría su ala,
proclamando una verdad de sombras,
solo atento a la caliente pulsación
de la casa. Sonaba el día, los árboles
derramaban sus hojas sobre el tiempo,
las manos se unían en la esperanza.
Era un soplo de amor, el sueño de una edad
enterrada en nuestra carne sola, era
como una luz purificada amaneciendo
en el desorden fatal de nuestra vida.
Pero, ¿de dónde vino, de qué patria
olvidada en el tiempo, en qué suelo
se alimentó su tronco oscuro y su raíz
si el mundo en su sonora boca se hizo
azul y adorable y sencillo y era un dios
sembrando la levadura de su muerte
en nuestro corazón nunca dormido?
viernes, 13 de junio de 2014
Los mundiales de furmbo
Ayer empezó otro campeonato mundial de fútbol. Los mundiales se repiten como las estaciones, y muchos habrá que regulen su vida por su llegada: "Oh, sí, yo me casé cuando el Mundial de Alemania"; o bien: "Pues yo hice la mili cuando el de México". De hecho, eso es lo que me pasó a mí, que hice la mili cuando el de México. Recuerdo a Carlos L. E., el mejor tirador de la compañía, pese a estar aquejado de un síndrome de La Tourette capaz de desnucar a un elefante, saliendo muy alegre del acuartelamiento. Cuando le pregunté cuánto había quedado España con Dinamarca en octavos de final, respondió: "¡Cinco a uno, tío! ¡Cinco a uno, ho..., ho..., hostia!". Su alegría decayó en la siguiente ronda, los fatídicos cuartos de final, en la que España fue ignominiosamente eliminada por la diminuta Bélgica. El primer Mundial que recuerdo es el del 74, disputado en Alemania y ganado por Alemania, y en el que España no participó. Nuestros héroes eran los holandeses. En el colegio todos andábamos locos por aquella banda de melenudos oranjes, a los que nos imaginábamos fumando petas en el vestuario y metiéndole después, en el campo, una tunda a cualquiera. La mejor prueba de la adoración popular de un equipo de fútbol son las camisetas: en aquel entonces, todos los niños queríamos la camiseta naranja. De la selección holandesa recuerdo con nitidez al portero, Jan Jongbloed, que llegó a ella de rebote, por lesión del portero titular, y que culminó un campeonato fantástico, a pesar de caracterizarse por utilizar muy poco las manos: "Las para hasta con el culo", decía Sagarra, uno de los expertos en fútbol de nuestra clase, que abundaba en ellos. El hombre, vestido de amarillo chillón y con un insólito 8 a la espalda, parecía tener alergia a la portería y a las funciones del portero, y se paseaba por medio campo, achicando espacios, cortando avances contrarios y despejando con los pies. Pese a aquella imagen desenfadada, Jongbloed recibiría un golpe trágico en 1984; en realidad, fue su hijo, Erik, también portero, el que recibió la descarga mortal: en 1984, en un partido de exhibición, lo fulminó un rayo, ante los ojos de su padre. Pero la selección holandesa no ganó aquel Mundial: lo hizo Alemania, con la eficacia de una factoría metalúrgica, y porque jugaba en casa. Aunque lo de jugar en casa nunca ha sido una garantía: véase, si no, la actuación de España en el Mundial del 82, en el que, todavía sobrecogidos por la mascota "Naranjito", vimos cómo la selección nacional, en la fase de grupos, empataba con una potencia balompédica como Honduras y perdía contra otro equipo asimismo temible, Irlanda del Norte. Yo, que por aquel entonces estudiaba Derecho y me reunía con otros compañeros fútboladictos para ver los partidos de la selección, no podía salir más deprimido. Todos salíamos deprimidos, pese a las altas dosis de ganchitos y cubalibres que nos propinábamos. Luego he seguido los Mundiales cada vez con menos afición. Recuerdo el de México por los goles de El Buitre y por "la mano de Dios", aquel prodigioso remate con los metacarpianos de Maradona contra Inglaterra, que hizo más por la recuperación del orgullo patrio que la reconquista de las Malvinas y que todavía escuece en las Islas Británicas, y que se sumó, en el mismo partido, increíblemente, al que está considerado como el mejor gol de la historia del fútbol, aquel eslálom del mismo Maradona que supuso la eliminación de la Pérfida Albión en cuartos de final. Creo que ese fue el último Mundial que seguí con alguna atención, pese a estar en Alicante, cumpliendo con los deberes con la patria. Luego mi interés se ha ido diluyendo, a la par que el que sentía por el fútbol en general. Naturalmente, el Mundial de Sudáfrica, en 2010, fue un revulsivo, pero más por el empuje del entorno y por la feliz actuación de la selección española que por su atractivo en sí. Recuerdo que estábamos en Extremadura en los partidos finales. En Coria vimos el gol de Puyol contra Alemania en el bar de un hotel. No había nadie, pero porque todos estaban en las plazas del pueblo siguiendo el partido. Aullar en la calle sosiega mucho, más que hacerlo bajo techo. Y a Puyol, por cierto, habría que estudiarlo en algún laboratorio: la melena, los abdominales y la nariz deberían ser objeto de un cuidadoso estudio, sobre todo la nariz, con la que ha impedido goles cantados. De hecho, cualquier órgano del cuerpo le ha servido al defensa para interponerse entre el atacante y su portero: Puyol es el único jugador del mundo que deliberadamente pararía con los testículos un remate del rival, si eso evitaba un gol. También habría que analizar su cerebro, porque alguien capaz de hacer lo que acabo de describir y, a la vez, incapaz de construir una frase subordinada, puede ofrecer informaciones maravillosas a la ciencia. La final de ese Mundial, contra los eternamente perdedores holandeses, la vimos en casa de unos cuñados, en Madrid: ya volvíamos a Barcelona, y esa noche, justamente, pernoctábamos en la capital. Llegamos a la casa de nuestros familiares, en una urbanización de las afueras, cuando el partido ya había empezado. No había nadie por las calles. Lo que sí había, y muchas, eran banderas españolas: en infinidad de balcones colgaba la enseña nacional. De hecho, había muchas más entonces que las cuatribarradas, con estrella o sin ella, que ahora penden en las ciudades y pueblos catalanes. Pero aquello, claro, no era una demostración de nacionalismo, sino una sana exhibición de patriotismo y hasta de constitucionalismo, mientras que esto es un ejercicio de diabólico separatismo y casi un delito de sedición. Seguimos el partido en multitud, con nuestros suegros y otros cuñados y un montón de niños. Repetíamos, sin saberlo, aquella tendencia de mis años de estudiante, cuando nos juntábamos para admirar el espectáculo: la unión hace la fuerza y mitiga la derrota. Cuando Iniesta marcó, me pasó algo muy extraño: vi el gol, vi cómo el balón superaba milagrosamente a Stekelenburg y se alojaba en la red, y, antes de ponerme a gritar, me giré hacia los demás para compartir su reacción. Pero aún no habían reaccionado: seguían mirando la pantalla, como si el balón no hubiese entrado todavía. Durante un periodo de tiempo que me pareció infinitamente largo, aunque lo más probable es que no durara más de un segundo, vi sus rostros expectantes, tensos por la emoción, inmóviles; y yo pensaba: "¿A qué esperan? ¿Es que no ven que acabamos de marcar?". Es como si hubiera un agujero en el tiempo, y yo lo hubiese atravesado una fracción antes que ellos. Por fin rompieron -rompimos- a bramar, como una horda de neanderthales que hubiesen cazado a un uro; un bramido que se sumó al de las casas vecinas, al de las urbanizaciones vecinas, al de todo Madrid y toda España, hasta alcanzar las dimensiones de un ululato cósmico, de un clamor metafísico, que nos transportó, durante algunos minutos, a una irracionalidad felicísima y a una bienaventuranza sin sentido ni fin. Antonio, el cuñado en cuya casa sucedía todo esto, sacó la cabeza por la ventana, como poseído por el demonio Asmodeo, y siguió aullando al cielo, a la luna, como la bocina de un transatlántico; luego, no sin esfuerzo, telefoneó a sus hermanos, uno de los cuales explicitó así sus sentimientos: "¡Hostia, tío, hos... hostia, uuuuh, aaaaah, oé, oé, oé... joder, coño, tío, uuuuuuaaaahhh!". Y luego precisó: "Rediós, rediós, esto es la po...., arf, argh, ooooooéééé´". No obstante, sigo creyendo que este interés ocasional ha sido solo una anécdota, coincidente con la anécdota del buen resultado de España. Mi pasión por el fútbol ha casi desaparecido: me sigue gustando que el Barça gane sus partidos, sobre todo si son contra el Real Madrid, pero ni siquiera los veo por televisión. Mi desinterés, no obstante, no ha crecido parejo al de la gran mayoría de la gente, que sigue enganchada, en España y en todas partes, al estímulo -o al narcótico: no lo sé bien- del balón. Veo a miles, a millones de personas, devotas del fútbol, hinchas o aficionados, socios o practicantes, que consumen sus horas, su vida entera, pendientes de fichajes, estrategias, declaraciones y eliminatorias, que se repiten, siempre iguales a sí mismas, y siempre igual de vacías, año tras año, partido del siglo tras partido del siglo, y me pregunto por qué consumen en algo tan fútil, tan idiota, su energía. Cuando aún no sabemos si existe Dios; cuando la guerra, el hambre y la injusticia azotan el mundo; cuando estamos atravesando una grave crisis económica y social que puede alterar la correlación internacional de fuerzas y las instituciones políticas del planeta; cuando todavía estamos sometidos a la enfermedad y la muerte; cuando el hombre no ha resuelto aún ninguno de los graves problemas existenciales que lo aquejan desde el amanecer de los tiempos y la caverna de Platón; cuando todo esto sucede, los seres humanos se ocupan del fútbol. Muchos responderán de inmediato: pues precisamente por eso: para distraerse con él y no pensar en las cosas terribles que pasan; es el clásico pan y circo. Y tienen razón: el deporte, en general, y el fútbol, en particular, son los principales sustitutivos simbólicos de la violencia, pero, aun así, no entiendo tamaño despilfarro: solo tenemos una vida, ¿y la vamos a desperdiciar viendo a veintidós millonarios persiguiendo una pelota, y que siempre gane Alemania?
jueves, 12 de junio de 2014
En el hospital
Ayer operaron a mi madre. Nada grave, aunque sí pesado: le implantaron una prótesis de rodilla, para sustituir la suya, muy afectada por la artrosis. Pero los días en los hospitales, aunque todo vaya bien, son espantosos: los olores, la frialdad de los objetos, los protocolos de actuación, el derrumbe de los cuerpos. Esta clínica, además, me traía malos recuerdos: aquí murió mi padre; aquí murió mi abuela. No son precedentes tranquilizadores. Hace seis años, operaron a Álvaro de un dedo de la mano (que se había pillado con una puerta sin dar un quejido, sin derramar una lágrima) en el hospital Vall d'Hebron, donde trabajaba Ángeles. El día que pasamos con él me inspiró un poema, persiano (de Perse, no de persiana), que incluí en Bajo la piel, los días: hace el número XIV del libro. Y, como no creo que pueda decir en este diario nada mejor de lo que dije en el poema, o, por lo menos, nada nuevo, reproduzco ahora algunos fragmentos:
"(...) el celador que empuja, con desgana, la camilla de una anciana a la que nadie visita; el hipertenso [como yo] que ha sufrido un derrame cerebral; el físico nuclear y el visitador médico; el otorrinolaringólogo y el tuberculoso; el erotómano y el impotente; el skin al que le han abierto la cabeza de un botellazo y el que ha rajado un vientre con una navaja; el que transporta un bote con orines y el que no puede mear; el enfermo de cáncer que aún no sabe que tiene cáncer; el fontanero que desatasca una cañería por la que desaguan los restos fecales de los grandes quemados; la anatomopatóloga que acaba de diagnosticar un linfoma infantil [«proliferación homogénea de células linfoides pequeñas, con núcleos no hendidos, varios nucleolos evidentes y citoplasmas amplios, anfofílicos y vacuolados…»]; el gitano que aúlla a la puerta de la habitación donde acaba de morir su madre; el médico de guardia que se está limpiando las manos de la sangre de un politraumatizado, arrollado por una moto de gran cubicaje, en la que cabalgaba un borracho; el que ha recibido un mordisco en el pene que estaba siendo chupado; el comatoso y el cianótico; la bulímico y el anestesiado; el que suda anticipando el dolor que le infligirá quien haya de reducir su fractura, y el que suda anticipando el dolor que infligirá a quien haya de reducir la fractura; la enfermera que se aburre programando horas de visita y el ginecólogo que se aburre inspeccionando vaginas; el que piensa, en la sala de espera, qué le contará a su mujer para que no sospeche, y el que lamenta no poder cenar, porque su padre no se muere; el que extrae la sangre donada y el que confía en recibirla; el que, vestido con un camisón desabrochado, por el que se entrevén las nalgas, mira con ojos bovinos y un hilo de baba en los labios; el que pincha un ganglio, y sabe que es maligno, y el portador del ganglio, que lo mira con espanto; el hiperventilado y el que respira con una mascarilla de oxígeno; el que espera el nacimiento de un hijo y la que expulsa a ese hijo como si recibiera un bayonetazo; el cirujano que sabe que se ha equivocado y la enfermera que también lo sabe; el obeso que entra en el quirófano para reducirse el estómago y la anoréxica entubada para que se alimente; el director económico-financiero que paga la reparación de una fotocopiadora, una reposición urgente de papel higiénico, una corona de flores; el que mata el tiempo jugando a las damas y el suicida que no ha logrado quitarse la vida; el fisioterapeuta y la cocinera; el chófer y la psiquiatra; la violada y el mongólico; el cura que atiende de cinco a siete; el parapléjico; el tetrapléjico; el que ha perdido el habla y el que ha perdido la memoria; el electricista y el yonqui; el sidoso y la bibliotecaria; la limpiadora que se come el bocadillo junto a un cadáver del depósito; el muerto cerebral al que un cirujano católico se niega a desentubar; la mujer a la que le han extirpado un pecho largamente acariciado; el que sale a fumar a la calle en pijama y escruta con avidez a las mozas; el que lleva tres años sin dormir y el atormentado por los acúfenos; el que no recuerda el nombre de sus hijos, ni su nombre, ni si ha tenido hijos; el payaso que entretiene a los niños calvos; la que reza a Dios para que cure a su primogénito y la que no entiende que Dios consienta la enfermedad del suyo; el policía que acompaña a urgencias a un preso con una crisis psicótica; el que aprovecha la visita de la novia para hacerle el amor en el lavabo; la auxiliar de laboratorio que calienta etanol en el matraz; el fumador que ha sufrido una angina de pecho y está resuelto a abandonar el tabaco [aunque posiblemente no lo consiga: el poder adictivo de la nicotina, incrementado adrede por las tabacaleras, es parecido al de la heroína, y sólo el 3% de los que intentan la deshabituación sin ayuda logra su propósito]; el que detesta el olor a formol y a orina, a desinfectante y a suero; el que viste un delantal de plomo para que la radioactividad no le fría los cojones; la fotógrafa que padece glaucoma; el que, en la mesa de operaciones, llama a su madre, que lleva años muerta; el militar con el ano desgarrado; el obrero sin dedos, porque su empresa no tenía presupuesto para guantes; el que fallece por una estenosis de aorta, cuando todo hacía pensar que se recuperaría; el que oye voces y el sordo; el anestesista cocainómano; el enfermo que lee a Saint-John Perse y el que lee a Lucía Etxebarría; el paciente en estado vegetativo al que hace diez años que su mujer le cuenta cosas, mientras le acaricia la frente; el hipocondríaco y el ciego; el huérfano y la alérgica; la lobulectomizada y el insolado.
(...)
Cuando salimos del hospital, aún no es de noche, pero una tibia turbiedad emborrona ya las casas que emborronan los cerros. El día se disloca: se perfecciona. Los pinos, envueltos en un sudario de polvo, dibujan poliedros verdes y despiden una fragancia lacerante. Los edificios de Montbau exhalan una tristeza hecha de zapaterías y escarpes, de cal macilenta, cuyo mortero es el tedio; sus sombras se destiñen; sus luces se desbaratan en gris. El barrio no se altera: es un lugar de tascas con manteles de papel, donde vecinos en pantuflas beben vino con gaseosa y juegan a la petanca. Los paseantes parecen metalúrgicos jubilados o sargentos del Ejército. Las mujeres son gordas.
(...)
Anochece también dentro. Se cierra el paréntesis de las horas, como si hubiera permanecido en un batiscafo: emerger es percibir la reclusión, la geometría del tiempo. Pero renace: es díscolo, se atiranta como un escualo, se enquista en el vacío. Los chillidos de las ambulancias embadurnan las paredes. Pero oigo también el silencio de la morgue y el amor.
He rozado el dolor. No: lo he vivido en el cuerpo de otro. El dolor alimenta ferozmente. Y, como el agua, da sed. El dolor es una mano ciega".
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