domingo, 11 de enero de 2015

Más sobre Venezuela

Un interlocutor anónimo ha enviado un comentario a mi entrada "¿Podemos?", que he publicado en el blog. Como la respuesta que quiero darle es demasiado larga para el espacio de que dispone la ventana de comentarios, recurro a una nueva entrada para hacerlo.

Desde que llevo este blog, he procurado que tuviese humor. Por eso me ha encantado tu correo, querido Anónimo, que parece una tira cómica. Donde más me he reído ha sido en eso de que “parece una tragedia que no tengas ocho marcas de papel higiénico para elegir, que ya se sabe que es el logro de un buen sistema”. Magnífica ironía, amigo, que ridiculiza una cuestión tan esencial como que los ciudadanos dispongan de los productos de consumo necesarios para alimentarse -y vivir- con dignidad. En Venezuela no es que falten “ocho marcas de papel higiénico para elegir”: es que, a rachas, y además de papel higiénico (que, convendrás conmigo, es un producto imprescindible), falta leche, arroz, pan, aceite, carne y, últimamente, ¡hasta petróleo!, porque el país está perdiendo la capacidad necesaria para refinar todo el que precisa. Y también falta autocrítica del gobierno para reconocerlo, y medidas para subsanarlo: el abastecimiento irregular continúa, después de casi quince años de chavismo. Veamos el resto de tus humoradas: quienes están consternados no son “las familias con privilegios anteriores al chavismo”, sino casi la mitad de la población de Venezuela, que ha visto empeorar sus condiciones de vida, reducirse sus libertades civiles y sufrir una inseguridad ciudadana rampante –la segunda peor del mundo, recuerdo-, a la que no dedicas ni una mención. Tildar a toda la gente que está preocupada por la situación en su país de “familias con privilegios anteriores al chavismo”, como si todas fueran adláteres de un régimen dictatorial, es característico de las mentalidades totalitarias. ¿Por qué no puedes reconocer que, en su gran mayoría, son, simplemente, ciudadanos honrados que no han gozado de ningún privilegio, que sufren, y a los que disgustan, las restricciones actuales –fruto de la incompetencia económica de su gobierno-, y que desearían disfrutar de unas mejores condiciones de vida? Tu repaso de la situación de España daría para unas buenas carcajadas más, si no reflejara una actitud tan sectaria, tan ciega. “Justicia imparcial”, empiezas diciendo. Bueno, eso está bien: la justicia en España no es parcial, como en Venezuela, sino imparcial. Hace poco hemos leído todos un estudio –hecho por venezolanos- que revela que el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela no ha fallado, en las 45.474 sentencias de los últimos nueve años, ni una sola vez contra el gobierno bolivariano. Repito: en 45.474 casos, ni una sola vez. Eso sí que es imparcialidad, chico: se resuelve siempre, imparcialmente, a favor de los que mandan. A continuación, “persecución policial”. No dices por qué ni de quién, pero debes de tener razón, porque de “persecución policial” los chavistas sabéis mucho: en http://www.venezuelaawareness.com/lista-de-prisioneros-politicos/ encontrarás una lista, en permanente actualización, de los centenares de presos políticos que ha habido, y sigue habiendo, en Venezuela. “Corrupción” es tu siguiente acusación. Y la verdad es que no tiene demasiado mérito hacerla, porque corrupción en España hay para parar un tren. Pero, aun así, España, con 60 puntos, ocupa el puesto 37º de 175 países en el Índice de Percepción de la Corrupción, de Transparencia Internacional; Venezuela, con 19 puntitos, es el 161º, rodeado de estados de limpieza tan impoluta como Haití o Yemen. Y la corrupción hay que combatirla: en España se combate, a marchas forzadas: el desfile de antiguos capitostes que ingresan en prisión es continuo y gratificante, aunque todavía debería serlo más. ¿Podrías decirme tú cuántos líderes o funcionarios chavistas han sido condenados por la justicia venezolana a penas de prisión por delitos vinculados con la corrupción? “Tasa de pobreza por encima del 20%”, en España, dices. Y tienes razón: es el 21,1% (en 2012). Venezuela, por su parte, tiene un 18,3 (en 2014), que tampoco está nada mal, con el añadido de que el 40% de esa pobreza es extrema (con ingresos inferiores a 2$ al día), un porcentaje que es casi insignificante en España. Hay que tener en cuenta, no obstante, que el umbral de la pobreza lo define cada país de acuerdo con sus propios parámetros, y los de los países menos desarrollados suelen ser más estrictos que los de los más ricos. Dicho de otro modo: lo que para España es un pobre, para Venezuela es un miembro de la clase media baja. Yo recuerdo, la primera vez que visité Venezuela, el sobrecogimiento que experimenté al ver el inmenso barrio que se extiende a la entrada de Caracas, desde el aeropuerto de Maiquetía. Y el que también sentí al ver niños descalzos, y casi desnudos, en lugares de Mérida, y Maracaibo, y Valera. Tiene mérito que un país como Venezuela, que ha recibido de la naturaleza el maná del petróleo, no haya sido capaz de erradicar, con los fabulosos ingresos que lleva décadas reportándole, la pobreza que aqueja a buena parte de su población. Quizá sea porque el chavismo prefiera regalarlo: a su propia población, que lo adquiere prácticamente gratis, y a países “hermanos”, como Cuba y Argentina, a cambio de fantasmales ventajas políticas y sociales. “Desempleo en torno al 25%”: otro dato cierto, y terrible, como publican periódicamente los organismos del Estado. ¿Y los venezolanos? ¿Difunden los datos de su sociedad y de su economía? ¿Los de la violencia (casi 25.000 muertos en 2013)? ¿Los de fallecidos en accidentes de tráfico? (7.714 en 2014, el segundo país más peligroso de Hispanoamérica, con 37.2 muertos por 100.000 habitantes; en España han sido 2.478, con 5.4) ¿Los de la inflación? ¿Los del negocio del petróleo y del gas? ¿Los de los negocios de los líderes chavistas que se benefician del sistema? ¿Los de la corrupción? “Protección de las élites”, prosigues, y, de nuevo, no sé muy bien a qué te refieres, aunque, también de nuevo, eso de “protección de las élites” suena muy bolivariano: las élites del chavismo se protegen entre sí con admirable fidelidad. “Alfombra roja a empresas multinacionales que buscan mano de obra barata y obtienen exención de impuestos” es una afirmación tan general como demagógica: las empresas, sean nacionales o multinacionales, españolas o venezolanas, siempre buscan mano de obra barata y exenciones fiscales. De lo que se trata es de que el ordenamiento jurídico de cada país garantice que ese interés sea compatible con el interés de los trabajadores, igualmente legítimo, a no ser explotados, y de que las exenciones fiscales se otorguen de acuerdo con lo que establece la ley. Yo no he visto negocios con la mano de obra más barata, y más desprotegida socialmente, que en Venezuela. Y la economía sumergida del país era, en 2006, del 36,3% (en España, del 23,4%). “Toda la prensa que obedece a intereses privados”, dices luego. Por supuesto: la prensa obedece a intereses privados, como cualquier empresa; y bien está que sea así. Porque es la libre convivencia de los intereses privados lo que configura una sociedad equilibrada y diversa; y porque son los medios de comunicación independientes los que garantizan el control del poder y la denuncia de sus abusos. A los chavistas esto no os gusta, porque debatir ideas no es lo vuestro. Por eso el chavismo ha agredido, perseguido, encarcelado y hasta asesinado a periodistas; ha clausurado periódicos, emisoras de radio y canales de televisión; ha implantado la censura y el pensamiento único en los medios a su disposición; y ha hostigado, de todas las formas posibles, a las empresas de comunicación. En los informes de Human RightsWatch (http://www.hrw.org/sites/default/files/reports/wr2014_web.pdf), el Comité para la Protección de los Periodistas o la Sociedad Interamericana de Prensa tienes un certero recuento de cuánto respeta el gobierno venezolano la libertad de expresión. Y Reporteros sin Fronteras emite cada año un Índice de Libertad de Prensa en el Mundo, en cuya edición de 2013 España ocupaba el puesto 35, de 183 países, y Venezuela, el 116, otra vez entre vecinos estupendos: Tayikistán y Brunéi. Pero no desfallezcas, querido anónimo: ya vamos llegando al final. “Manipulación de los servicios publicos de televisión”. Este es otro tema sobre el que los chavistas podéis enseñarnos muchísimo a todos. Solo de pensar en aquellos programas, que todos los medios debían retransmitir, en los que el Comandante se pasaba hablando ocho horas sin parar, ante una audiencia de paniaguados babeantes, rendidos ante su oratoria entre cantinflesca y cheguevariana, me estremezco de admiración. Eso sí que era no manipular: eso sí que era objetividad y limpieza. Por fin, dices: “organismos como el Cervantes sobre los que existe censura para proteger intereses...”. Qué pintoresca es esta observación: a ver si me la puedes aclarar. Como el Cervantes es un organismo público, hay que pensar que lo que regula su actuación son directrices y controles, no “censura”: censura es lo que hace el gobierno venezolano con los medios de comunicación que no le son afines. Si esas directrices y controles han sido inapropiados, deben corregirse y sancionarse al responsable, como en cualquier otra entidad pública de un país en el que impere la ley. ¿Sucede así en Venezuela? ¿El gobierno corrige lo que no funciona y sanciona a los culpables de que no funcione? ¿Se ha corregido la inseguridad y castigado a los mandos políticos y policiales que no han sido capaces de erradicarla (es más, que contribuyen activamente, con su corrupción, a ella)? ¿Y la inflación interanual, del 63,4% en 2014? ¿Y la deuda pública, de más de 115.000 millones de dólares en 2013? Venezuela es un gran país, y sus gentes, cálidas y maravillosas. Pero el gobierno chavista es una desgracia para la nación. Aunque no hay ninguna posibilidad de que deje de gobernar mientras haya gente que considere que el motivo de la crítica que se le hace es que no haya ocho marcas de papel higiénico para elegir.

sábado, 10 de enero de 2015

Alá no es grande

Alá no es grande, ni mediano, ni pequeño; no es bueno ni malo; no es justiciero ni misericordioso, clemente ni compasivo: Alá no es nada, porque Alá no existe. Como todos los dioses, es una creación de los hombres para hacer más soportable su vida y, sobre todo, su muerte. Dos musulmanes, sin cerebro ni alma, han asesinado en París, al grito de Allahu Akbar, a doce personas: dibujantes, periodistas, administrativos y policías. Vengaban así, al parecer, las reiteradas ofensas de la publicación en la que trabajaban a su Dios y a Mahoma, su profeta. Islam significa sumisión, y estos energúmenos estaban ciertamente sometidos: a la ceguera de la creencia, a la irracionalidad de lo descabellado, a la violencia de la jerarquía y el credo. Yo creo, por el contrario, en la insumisión, y así he titulado uno de mis últimos poemarios: una insumisión luciferina contra la sinrazón, contra la mentira, contra la ebriedad de los consuelos sobrenaturales, contra las verdades reveladas, contra las verdades únicas. Contra todos estos lastres de lo humano, de su debilidad y su ignorancia, no hay ofensas: hay un deber indeclinable de crítica. La ofensa es el nombre que los fanáticos dan a lo que cuestiona su fanatismo. Todo sistema de creencias -y, sobre todo, aquellos que articulan sociedades, como sucede en la mayoría de los países musulmanes, en muchos de los cuales rige la sharia; otros son teocracias- ha de poderse discutir; toda idea ha de ser susceptible de crítica; en último extremo, de todo hemos de poder reírnos, hasta de la idea de reírnos de todo. A mí me ofenden las prácticas religiosas, tanto del Islam como del Cristianismo, como de cualquier otra doctrina: me ofende su machismo, su homofobia, su subordinación a lo invisible y lo inverificable, su alianza con los corruptos y los autócratas; me ofende su hipocresía, su pederastia, su certeza de tener razón, su convicción en lo inmutable; me ofende que sus practicantes sigan fieles a dogmas, preceptos y ritos que se inventaron pastores palestinos hace 2 000 años o camelleros árabes hace 1 400; me ofende que se crea en un Dios -que se haya creado un Dios- que permite que sus creyentes asesinen, en su nombre, a otros seres humanos. Me ofende casi todo de las religiones, pero he de aguantarme, porque ellas también forman parte de lo humano y porque no puedo negar el derecho de nadie a pensar -es un decir- como quiera. Lo que no estoy dispuesto a hacer es a callarme. Ni un paso atrás en la libertad de expresión. Por eso, ¡viva la blasfemia! Dan ganas de salir a la calle y gritar: "¡No hay Dios! ¡Dios no existe! Abandonad, de una vez por todas, esa creencia perniciosa y estúpida, y asumid la incertidumbre, la fragilidad, la caducidad de nuestra naturaleza: lo que nos hace, de verdad, seres humanos". En la prensa española de los días siguientes al atentado de París, los intelectuales de guardia se han apresurado a restar importancia al factor religioso para explicar el crimen: no ha sido la religión, sino el fanatismo (Francesc de Carreras); no ha sido la religión, sino la política (José Ignacio Torreblanca); no ha sido la religión, sino todo lo demás (Luz Gómez). Pero los asesinos no salieron de la sede del Charlie Hebdo al grito de "¡Abajo el capitalismo!", "¡Muera el judaísmo!" (aunque esto se da por supuesto) o "¡Viva yo!"; salieron gritando: "¡Alá es grande!". Nadie se ha atrevido a decir que, si estos salvajes han sido capaces de liquidar a sangre fría a doce de sus semejantes (como en su momento otros, más bárbaros aún, mataron a 3 000 en las Torres Gemelas), ha sido, en buena parte, porque estaban imbuidos del odio al que conduce la convicción de poseer la verdad eterna, una verdad que solo transmiten las religiones, expertas en dar respuesta a todo cuanto puede conturbar nuestra existencia y, lo que es aún mejor, en garantizar supervivencias extraterrenas, bien sea rodeados de beatitudes angélicas o de huríes con poca ropa. Hay otros factores, sin duda, que contribuyen a la gestación y ejecución de un acto tan sanguinario; y hay muchos creyentes, musulmanes y católicos, que en su vida matarán a una mosca. Pero la religión es un fulminante siempre dispuesto a estallar, porque no atiende a la razón, sino a las tripas, y las tripas sirven para alimentarnos, pero también para expulsar el vómito y la defecación. La religión es, y seguirá siendo siempre, un combustible muy destructivo que puede transformar cualquier conflicto político o social en un debate sobre lo más íntimo de las personas: su razón de estar en el mundo y su esperanza de estar en el siguiente. No: Alá no es grande. Alá no existe.

jueves, 8 de enero de 2015

¿Podemos?

Hace algunos años, cuando Podemos no existía ni siquiera como proyecto, y cuando sus actuales líderes no eran aún políticos, sino solo profesores en una universidad madrileña, vi en televisión una entrevista a Juan Carlos Monedero, en la que, preguntado por la preocupante situación en Venezuela, respondía que allí no pasaba nada por lo que hubiera que preocuparse: que se trataba solamente de un país cuyos gobernantes, elegidos democráticamente, estaban aplicando unas nuevas políticas sociales, y en la que todo se desarrollaba con normalidad. Cuando les trasladé esa opinión a mis amigos venezolanos, se echaron a reír, y luego, cuando ya se habían secado las lágrimas de tantas carcajadas, me dijeron que no les sorprendía: Monedero llevaba varios años trabajando como asesor para el gobierno de Venezuela. En tiempos más recientes, cuando ya se vivía el ascenso irresistible de Podemos, he oído también a Pablo Iglesias, en La tuerka, calificar a la venezolana de "una de las democracias más saludables del mundo", y asegurar, en otra entrevista en la televisión pública de ese país -donde ya se sabe que solo se entrevista a los afectos al Régimen-, que le emocionaba escuchar al Comandante, y que se le echaba de menos. La capacidad de emoción de Iglesias debe de ser oceánica, porque, si dura todo lo que duraban los discursos de su amado líder, el hombre tenía que vivir en el enardecimiento perpetuo. Esta adhesión virginal -e incondicional, aunque últimamente parece camuflarse algo, dada la necesidad de seducir a los votantes menos radicales- constituye una losa en mi apreciación del fenómeno Podemos, y un dato muy revelador de su verdadera naturaleza. No soy un gran conocedor de Venezuela, pero he visitado el país varias veces, tengo muchos amigos venezolanos y he leído todo lo que he podido sobre su realidad política y social. En cualquier caso, no hace falta ser un experto bolivariano para saber lo que dicen del país, no solo la oposición venezolana, sino las organizaciones internacionales (ya que el gobierno chavista ha prohibido la difusión de estos datos): que se reprime y se encarcela a los opositores al chavismo; que la población está desabastecida de productos básicos de consumo; que se hostiga a los medios de comunicación privados hasta que cierran, o se los clausura; que no hay una justicia independiente; que las favelas subsisten; y que Venezuela es el segundo país más peligroso del mundo, después de Honduras, con tasas de homicidios -y de muertes por accidente de automóvil- astronómicas. Se puede defender el propósito liberador del movimiento chavista; se puede subrayar que Chávez fue siempre elegido democráticamente, mediante elecciones cuya limpieza acreditaron los observadores internacionales; se pueden confirmar algunos avances en las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas; se pueden alegar mejoras en la educación y la salud; y se puede constatar una hostilidad general de las democracias occidentales por una figura, y un Régimen, que agita los espantajos del castrismo, del antiamericanismo y del inveterado caudillismo hispanoamericano. Pero no condenar el totalitarismo subyacente en el gobierno bolivariano, su laminación de los derechos civiles, la violencia de su represión, la corrupción de sus élites, su demagogia y su populismo, y su atroz gestión económica (que está dilapidando la única riqueza del país, el petróleo), es inaceptable. Para que los logros sociales conseguidos por el chavismo puedan valorarse en su justa medida, hay, precisamente, que reconocer que se han producido en un país en el que se violan los derechos políticos y sociales de los ciudadanos, y donde no se permite la pacífica manifestación de la diversidad ideológica y de intereses que constituye todo grupo humano, y que lo enriquece. Que los líderes de Podemos sigan expresando esta adhesión al Régimen venezolano no dice gran cosa del Régimen Venezolano, pero sí mucho de ellos, y no bueno: significa que los impulsos que los mueven son muy parecidos, si no los mismos, a los que inspiraban a Chávez, y que los principios con los que desean estructurar la sociedad comparten sus prédicas y sus ideales. Dicho lo cual, hay que añadir que el movimiento -ahora ya partido político- Podemos está siendo un muy saludable revulsivo para la sociedad española, y para su anquilosado sistema político. Heredero institucional de la indignación del 11-M, valga la paradoja, Podemos está zarandeando las estructuras, tan herrumbrosas como corroídas por la corrupción, del bipartidismo nacional y de unas instituciones que han envejecido demasiado, y demasiado deprisa, desde la Transición. No se me escapa que, en su constitución como partido político, y con las formas de funcionamiento a que ello le obliga, Podemos se somete a los mismos peligros que denuncia. Además, la naturaleza humana es una, y se ha resistido con denuedo, a lo largo de la historia, a que las revoluciones de cualquier signo la alteraran: es muy probable, yo diría que inevitable, que, con el tiempo y la acomodación, sus gentes incurran en los mismas desidias y las mismas prácticas -delictivas, incluso- que aquellos a los que hoy, con razón, denuncian. No pienso en Íñigo Errejón, ese joven al que han pillado en una falta administrativa (y con el que se han cebado, como hienas hambrientas, prohombres y palanganeros de la derecha. Pero hay que ser muy sinvergüenza para linchar a un universitario por un desliz irrelevante, cuando se pertenece, se simpatiza o se vota al partido de Bárcenas, Matas, Granados, Mato, Aguirre, Camps, Fabra, Baltar, Blesa, Rato y tutti quanti), sino en la deriva a la que se entregan los engranajes del sistema: una deriva de acomodación y ordeño, de sumisión a las directrices de la superioridad y ausencia de espíritu crítico, de engreimiento y desatención a la ciudadanía. No obstante, merece la pena darles una oportunidad. Y no me refiero solo al voto, sino a que se debatan públicamente sus propuestas, a que sirvan para que la sociedad considere alternativas a las políticas neoliberales, escleróticas, que defiende la mayoría de partidos estatales, y que practican sus gobiernos. Aunque Podemos no tiene todavía, propiamente, un programa electoral -es deseable que lo tenga cuanto antes, para que podamos saber, con exactitud, qué plantea; y también que, si recibe la confianza de los ciudadanos, se diferencie de esa trágica broma que ha sido el programa electoral del PP, y lo cumpla-, algunas cosas se pueden extraer de su concurso a las elecciones europeas de 2014 y de las manifestaciones de sus líderes, y bastantes de ellas no me parecen mal, o, por lo menos, se me antojan dignas de consideración: la auditoria ciudadana de la deuda, la creación de una banca pública, la lucha inmisericorde contra el fraude fiscal y los paraísos fiscales, las limitaciones a la "puerta giratoria" de los cargos públicos, la limitación de las tasas universitarias, la promoción del comercio justo, la denuncia del Concordato con la Santa Sede, la justicia, educación y sanidad universales y gratuitas (esas que ya lo eran, hasta que el gobierno del PP decidió que dejaran de serlo), entre muchas otras. También hay algunas, de regusto bolivariano, que me preocupan, y hasta me asustan, como impedir la formación de monopolios u oligopolios en el ámbito de la comunicación, lo que viene a significar atacar a los medios de comunicación independientes -y, en consecuencia, la libertad de expresión-, pero su conveniencia o inconveniencia también deberían ser debatidas en el ágora. Sin embargo, lo mejor de Podemos no es nada de todo esto, sino su impacto en el resto de formaciones políticas del país. Aun sin programa electoral, y con estructuras apenas establecidas -como el Cid, pero al revés: Rodrigo ganaba batallas después de muerto; Podemos lo hace antes de nacer-, el partido de Pablo Iglesias ha logrado acojonar al personal: a los de siempre. A nadie le llega la camisa al cuerpo por la previsión de los próximos resultados electorales, en un año, 2015, plagado de citas con las urnas. Podemos está en condiciones de arrasar y, en el caso de algunos partidos, de reducirlos a la insignificancia, o a la nada. Todos, en consecuencia, se apresuran a democratizarse, a modernizarse, a transparentarse, a aprobar nuevas estructuras, a hacer más de izquierdas el discurso, a promover cambios institucionales que le devuelvan el protagonismo al pueblo español, a todas esas cosas que puedan seducir al votante, para que no los abandone, como el desodorante, y así puedan sobrevivir. Bien está. Ha hecho falta un terremoto como el de Podemos para persuadir a los políticos de que están a nuestro servicio, y no nosotros al suyo. Veremos ahora si el seísmo resulta en un nuevo paisaje, o simplemente en la destrucción más absoluta.

lunes, 5 de enero de 2015

... y la Wallace Collection

A Hertford House, el espléndido edificio de finales del siglo XVIII que alberga la colección Wallace, se llega por la no menos atractiva Manchester Square, una de las muchas plazas georgianas que esponjan los barrios nobles de Londres. Pero los contradicciones de una gran ciudad están por todas partes: poco antes de entrar en la casa, un mendigo me pide dinero para una taza de té. En España lo habría hecho para un bocadillo de chopped. No parece un mendigo: solo una turbiedad imprecisa, un desorden que no sabría si atribuir a las ropas ajadas o al gesto sin afeitar, denota su condición. Se lo niego, para disgusto de Ángeles. El nombre de una de las calles que flanquea Hertford House nos llama la atención: Spanish place. No tardamos en averiguar su origen: la mansión acogió la embajada española entre 1777 y 1778, y en la calle así denominada vivió el capitán Frederick Marryat, marino y novelista, muy activo, a bordo de la fragata Imperieuse, en nuestra Guerra de Independencia, durante la cual participó en la toma del castillo de Montgat. La Wallace Collection ha sido uno de los más importantes legados artísticos a la nación. La amasaron, en los siglos XVIII y XIX, los sucesivos marqueses de Hertford, que solo se dedicaban, como aristócratas acaudalados que eran, a coleccionar arte y hacer hijos, ya fuese con las legítimas o, más frecuentemente, con la servidumbre. Todos, de hecho, se significaron por su rijo extraconyugal. Richard Wallace, primer baronete de la casa y penúltimo propietario de la colección, del que esta toma el nombre, era hijo natural -entonces llamado "ilegítimo"- del cuarto marqués, Richard Seymour-Conway, y Agnes Jackson, una descendiente lejana de William Wallace, el célebre patriota escocés, que ya acumulaba varios exmaridos y una dilatada prole cuando condescendió a abrirse de piernas con el noble. La madre de este cuarto marqués, la condesa de Yarmouth, era hija, también ilegítima, del duque de Queensberry y una bailarina italiana. Y Richard Wallace, a su vez, se casó con una perfumista parisina -más fea que picio, por cierto, por las fotos que pueden verse en Hertford House-, a la que había dejado también embarazada de quien luego recibiría el nombre de Edmond Richard. Este lío de coitos y nacimientos abruptos concluyó en la viuda francesa de Richard, lady Wallace, que donó la colección de su marido, y de sus ancestros, al Estado en 1897. Hoy es una de las más importantes de Inglaterra. Sus características principales son la predominancia del arte francés de los siglos XVIII y XIX, y su magnitud. En la colección Wallace no hay una muestra, por ejemplo, de esmaltes y miniaturas: hay miles de esmaltes y miniaturas; no hay una pinacoteca: hay una pinacoteca bestial; no hay algunas armaduras: hay un ejército entero. De hecho, la armería es uno de sus  principales atractivos: el número y la variedad de las espadas, alabardas, culebrinas, yelmos, espingardas, mazas, hachas y todo tipo de instrumentos para la carnicería medieval, no dista de la infinitud. Destacan las armaduras, completas, de dos caballos, uno de los cuales perteneció a Otto Heinrich, conde del Palatinado alemán de principios del siglo XVI. Hay poquísimos ejemplos en el mundo de armaduras ecuestres como estas, y dos están aquí. Pienso en lo que debería sentir cualquiera, por muy aguerrido que fuese, al ver echársele encima un bicho así, sobre el que cabalgaba otro bicho no menos lleno de pinchos y voluntad de triturar: sería el equivalente a ser enfilado por un tanque en los tiempos modernos. En la planta baja contemplamos una habitación recubierta de cerámica de Iznik, otras en las que se alinean una multitud de juegos de porcelana de Sèvres de soberbios colores, y otras repletas de muebles y relojes diseñados por André-Charles Boulle, el cabinet maker -algo así como el decorador- de Luis XIV, el Rey Sol. También reparo en un mueble-biblioteca de 1775, en el que luce, no la Enciclopedia francesa -hecha, a fin de cuentas, por revolucionarios y libertinos-, sino la Británica, más conforme con las preferencias de unos aristocrátas ingleses, por francófilos que fuesen. Empezamos a sentirnos aquejados por el síndrome del museo -ese dolor de rodillas para abajo que transmite un profundo malestar y que acaba siendo paralizante-, y decidimos hacer un alto para comer. Con mucha suerte, encontramos mesa en el restaurante del museo, que ocupa el patio central de la mansión. La cocina, como casi todo en este lugar, es francesa, y disfrutamos de lo lindo con las ensaladas de queso de cabra, la pechuga de pollo a las finas hierbas, el bacalao sobre un lecho de espárragos y puerros, y sendas tartas tatin que resucitarían a un muerto. (No disfrutamos tanto con la cuenta, pero esto, paradójicamente, lo dábamos por descontado). Entretenemos las transiciones entre platos observando a la concurrencia más próxima. En la mesa de atrás se sientan tres hombres, uno de los cuales luce un mostacho que, describiendo volutas inverosímiles, le llega hasta las orejas; y no para de hablar: sabe que el movimiento de los labios hace que su bigotazo luzca mucho más. Ah, cuánto me apetecería cortárselo con unas tijeras de podar. En otra mesa come una familia, con dos niños pequeños. Nos admira cómo uno de ellos coge el tenedor -como si fuera una pala- y los chupetazos que le pega al cuchillo. Ángeles ahorcaría a los padres que consienten que sus hijos demuestran tan pésimos modales en la mesa, que hoy son, por desgracia, casi todos. Según ella, las formas se demuestran en la mesa y en el estado de los zapatos. Quien come mal, no está bien educado; y quien no se cuida los pies, tampoco. Yo intento que sea un poco más tolerante con los deslices de la urbanidad -por la cuenta que me trae: a veces se me escapa coger el tenedor con las puntas para arriba-, pero ella se muestra inflexible: la boca solo se abre para introducir la comida, el cuchillo no se chupa jamás y las puntas del tenedor siempre han de ir hacia abajo, hasta para comer guisantes. A veces me ha dicho que, si volviera a estar soltera (o fuese, ay, viuda), no se liaría con nadie que no superase la prueba de una comida juntos: le daría los cubiertos y la pitanza, y observaría su comportamiento. Pienso en que no debí de hacerlo mal cuando nos conocimos: recuerdo que fuimos a un chino. Aunque quizá el uso de los palillos me evitase la vergüenza de fracasar a sus ojos. Pero no: yo soy mucho peor con los palillos orientales que con el cuchillo y el tenedor. Tras el ágape, subimos al primer piso, que alberga el grueso de la colección de pintura, en la que reconocemos obras de Rembrandt, Rubens, Ticiano, Canaletto, los mejores del rococó y el romanticismo francés -Fragonard, Watteau, Gericault, Delacroix y Corot-, y una buena muestra de la escuela inglesa, con Turner, Gainsborough y Reynolds, entre muchos otros. La pintura española está representada por ocho cuadros de Murillo y tres de Velázquez: dos del príncipe Baltasar Carlos y uno excepcional: "La dama del abanico", en la que una señora  -que podría ser Marie Aimée de Rohan, duquesa de Chevreuse- nos mira con un ojo y el escote muy caídos, mientras con una mano parece acercarse la mantilla para cubrirse el pecho tan descubierto, y con la otra sostiene un abanico semidesplegado. Sorprende un cuadro tan sensual en la obra de Velázquez y, sobre todo, en la severa sociedad española de la primera mitad del siglo XVII, aunque ya se sabe que las francesas han sido siempre un poco ligeras. Pero no sorprende tanto que esté en esta colección, en la que hay no pocas muestras del gusto por el busto de los marqueses de Hertford, tan animosos en esto como en todo lo concerniente a la coyunda. En la planta inferior hay una magnífica "Alegoría del Amor Verdadero", de Pieter Poubus, en la que varias figuras mitológicas muestran los senos, cubiertos solo por vagas transparencias; otras se llevan a ellos las manos; y un anciano, que representa a la Sabiduría, pone sin más la suya -con notable placer, cabe añadir- en uno de los pechos de la Fidelidad. En el "Retrato de una joven", de Willem Drost, la señorita aparece aún más escotada que la dama del abanico: tanto que por el borde de la repujada abertura le asoman las areolas. Y, en fin, "La celebración del nacimiento", de Jan Steen, muestra, en primer plano, las rotundas formas de una de las mujeres que festejan la llegada de un nuevo hijo. Pero, si soy sincero, no sé si eran los Hertford los obsesionados por estas cosas, o lo soy yo. La colección es tan vasta que seguramente estas piezas no representan más que un porcentaje ínfimo. Y que yo me haya fijado en ellas no dice necesariamente nada de las inclinaciones de sus dueños, pero sí dice mucho, sospecho, de las mías. A fin de cuentas, el crítico siempre elige de lo que quiere hablar, y esa elección está determinada por lo que ya conoce (y reconoce): por lo que ya está dentro de sí. Seguimos viendo cuadros destacados, y no dejamos de admirar "El caballero sonriente", de Frans Hals, quizá el más famoso de la colección (aunque, significativamente, el que se expone a la entrada del edificio, en un gran cartel colgante,  es "La dama del abanico", lo que nos hace sentir un cierto orgullo patrio), y cuyo bigote (el del caballero, no el de Hals) nos recuerda al de nuestro vecino de la comida. El marqués de Hertford compró la acuarela en 1865 en una subasta parisina, tras una encarnizada puja con el barón James de Rotschild: pagó por él 1000 francos, una cantidad fabulosa en aquella época. Salimos, en fin, de Hertford House a la tarde gris y ya declinante de Londres. Al pasar por Duke Street, vemos la casa en la que vivió Simón Bolívar, Padre, Hijo y Espíritu Santo de la Revolución Bolivariana en Venezuela, en 1810. Hoy es una clínica.

domingo, 4 de enero de 2015

Un atropello en Oxford Street...

Caminamos por la siempre atestada Oxford Street, aunque caminar no sea el verbo adecuado: más bien somos arrastrados por la torrentera de gente que nos envuelve. Yo odio este lugar, un infierno de muchedumbres y tiendas, pero Ángeles tiene el don de llevarme a sitios que siempre requieren que pasemos por aquí. Yo creo que lo hace para darse la oportunidad de mirar escaparates. Hoy vamos a la Wallace Collection, uno de los mejores -y menos tumultuosos- museos de Londres. Pero, de repente, oímos un estruendo blando en la calzada, a nuestra izquierda. El ruido atrae nuestra mirada, y alcanzamos a ver cómo un hombre ha sido golpeado por un taxi: cae, desmadejado, en la acera. Ángeles, que es, de los millones de personas que pasan en ese momento por aquí, la más cercana a la víctima, corre a ayudarlo. Yo, como siempre en estos casos, titubeo. Y no por falta de compasión, sino por ignorancia, es decir, por no saber si voy a causar más daño del que pueda aliviar: ¿moveré al herido de forma inadecuada, tirándole de los hombros, por ejemplo, cuando tiene una fractura en el cuello? ¿Y si necesita ayuda médica inmediata: sabré prestársela? ¿Sabré ser útil en unos momentos en los que quizá esté en juego la vida de una persona? Ni siquiera conozco el número de la policía o del servicio de urgencias. Pero Ángeles ya está allí, de un brinco, ayudando al hombre a levantarse. Me tranquilizo algo: si puede ponerse de pie, es que no hay nada roto, ni, en apariencia, irreparable. Pero el trompazo ha sido de impresión: uno nunca se imagina la violencia de estos accidentes -la ceguera de la máquina, la fragilidad del cuerpo- hasta que presencia uno. A los pies del atropellado rueda todavía el retrovisor del taxi, arrancado de cuajo por el golpe. Es un hombre mayor, suavemente pelirrojo, vestido con modestia -un tres cuartos azul-, y que lleva en la mano una bolsa con las compras del día, que no ha soltado: unos pañuelos y unos calcetines, me parece. Se sienta en un banco de piedra cercano y enseguida lo rodea un corro de transeúntes preocupados. El grupo que se reúne allí es un apto microcosmos de la diversidad humana. Una mujer empuja hacia los pies del herido los restos del retrovisor partido, supongo que como prueba de los hechos, y otra sugiere que no se deje de apuntar la matrícula del taxi, aunque una tercera observa que el vehículo se ha detenido y que el taxista ya se está acercando. Por su parte, un hombre, vestido de rojo, se concentra en telefonear a la policía. Cuando ha concluido la llamada, informa al accidentado, y a todos los presentes, de que dentro de cinco minutos la fuerza pública estará allí. Y así será: al cabo de cinco minutos de reloj, dos bobbies mujeres, con chalecos reflectantes y bombín, aparecen en la escena. Me pregunto cómo habrán podido abrirse paso tan deprisa entre la masa compacta de los viandantes de Oxford Street, y recuerdo muchos casos en España en que la policía ha llegado al lugar de los hechos cuando los delincuentes, o los atropellados, o los que fuera que necesitasen su ayuda, ya estaban en su casa, tomándose la merienda. Pero hasta la aparición de los agentes, sigue desarrollándose la tragicomedia. El taxista responsable del atropello, que ha aparcado unos metros más allá, irrumpe en el corrillo. Es un tipo joven pero ya calvo, que va muy poco abrigado para el frío que hace. No obstante, dudo de que, con la descarga de adrenalina que una situación así debe de producir, sienta las punzadas de la temperatura. Su intervención nos pasma: no le pregunta al anciano cómo se encuentra, ni se ofrece a ayudarlo, ni se muestra compungido por la situación, sino que lo increpa airadamente, por cruzar por donde no debía, y lo conmina a pagarle el retrovisor roto. Así son, muy a menudo, las cosas en este país, aun las más dolorosas: una cuestión de dinero. En el silencio que genera la colérica perorata del taxista, el atropellado parece más desvalido que nunca. Es cierto que se encontraba en la calzada, donde no tenía que estar, y es muy probable que haya sido el culpable, jurídicamente, de la situación. Pero ahora es solo un pobre hombre abatido y magullado. Empiezan a surgir intervenciones en su defensa. Una mujer le pide al conductor que se calme y que no grite a la víctima: He is an old man, subraya varias veces. Otra dice no sé qué de que los peatones tienen prioridad en todos los casos, y, cuando el taxista empieza a discutírselo -con razón, creo-, Ángeles lo interrumpe: es increíble, le dice, que se preocupe Ud. por el retrovisor roto y no por el estado de este señor. El taxista se encara entonces con ella: you see, darling...; de darling, nada: para Ud., madam, le corta mi costilla. La cosa empieza a calentarse, y yo pienso: ah, ya está: ahora tendré que meterme yo. ¿Por qué no se limitará Ángeles a ser una observadora desapasionada? Por solidaridad conyugal, secundo su objeción y le repito al taxista, a quien tengo justo al lado: "Debería Ud. preocuparse más por la persona y menos por el coche". El anciano, no obstante, que lo mira todo con ojos entre ausentes y apesadumbrados, nos pide que no hagamos caso al taxista, que no lo escuchemos: él no lo está haciendo. Y a continuación añade algo muy inglés: le dice a Ángeles que siga disfrutando de sus vacaciones y que no se preocupe por esto. Obviamente, ha captado su acento extranjero y cree que es una visitante de la ciudad, aunque ella lo desmiente: nosotros vivimos aquí. Me conmueve que alguien que acaba de ser atropellado por un coche, y quizá tenga alguna grave herida interna, se preocupe por el bienestar de una desconocida: que le angustie ser el centro de una atención indeseada, y que prefiera sufrir solo a perturbar la vida de los demás. Mientras rumio esta actitud que en España sería extraordinaria, pero que aquí forma parte, para bien y para mal, de la educación de mucha gente, un hombre, también mayor, desenfunda una placa que no alcanzo a ver bien, pero que creo que dice algo sobre el tráfico o el transporte. Quizá sea un inspector municipal, que enseguida empieza a organizar las cosas: habla brevemente con el atropellado y se lleva aparte al taxista. Eso relaja mucho las cosas, aunque, durante algunos minutos, el joven todavía sigue dando voces y gesticulando con una violencia impropia de un inglés. Eso me subraya, precisamente, otra señora del grupo, debajo del paraguas que acaba de abrir para protegerse de la lluvia que ha empezado a caer: "He seems English, right?", me pregunta. Y sin duda lo es: su acento cockney es característico del proletariado londinense, y nada fácil de entender, por cierto. Lo que espanta a la señora es que un inglés no se comporte como un inglés: que vocifere, que manotee, que se lamente: que no guarde la compostura, aun en la peor de las situaciones. He should come down, añade, entre la tristeza y el escándalo. Luego me cuenta que Londres se está convirtiendo en una ciudad imposible. Ella ya solo viene lo justo para ver a su hija, porque las calles y el tráfico la han vuelto un infierno. Luego, negando con la cabeza, como si desaprobara el estado deplorable del universo mundo, se aleja por Oxford Street y se pierde entre la multitud. Por fin, llega la policía, y todos nos sentimos aliviados. Las dos bobbies se sientan con el viejo, y muy pronto se reúne con ellas el otro viejo, el de la placa. El taxista, a un lado, lo mira todo en silencio: por fin ha recuperado sus extraviados modales ingleses. Dejamos el lugar, pues, no sin despedirnos del anciano y desearle lo mejor. El hombre nos recompensa con una sonrisa débil. Mientras nos alejamos, reflexiono sobre las actitudes que he observado y los valores que subyacen en ellas, tan representativas de este pueblo singular: la preocupación por la aplicación de la ley, pero también por la determinación exacta de la culpa y, en consecuencia, de la responsabilidad; la solidaridad con el doliente y la defensa del indefenso; la reivindicación del dinero por encima de la humanidad; la educación que impulsa a alguien a negar su yo, aun en las más trágicas circunstancias, para que otros no se vean obligados a negar el suyo; la reclamación de sosiego y de englishness; y, por último, pero no por ello menos importante, la confianza en la fuerza pública. Es lógico que, con tantas cosas en la cabeza, y con el mal cuerpo que nos ha dejado el accidente, cuando lleguemos a la Wallace Collection, lo hagamos en el más absoluto silencio.

viernes, 2 de enero de 2015

Paseando por el Soho

Hoy queremos visitar este pequeño barrio de Londres, tradicionalmente famoso por su concupiscencia y su bohemia, y por sus actividades relacionadas con el mundo del espectáculo. Ambas perduran, pero como los pecios de un naufragio: apenas quedan aquí teatros y night clubs -no han sufrido mudanza, sin embargo, las oficinas de las principales productoras cinematográficas: lo primero que vemos al salir del metro son las oficinas de la Warner Brothers-: han sido sustituidos por bares y restaurantes, que nos recuerdan, en su amontonamiento y colorido, al barrio de Gracia en Barcelona. No se lo he confesado a Ángeles, pero me interesa comprobar el estado de este barrio libertino que, en los años setenta, resonaba en mis oídos de adolescente virgen y posfranquista como un lugar de perdición, es decir, libérrimo y maravilloso. (A Ángeles, en cambio, la mueve una curiosidad ingenua. Al pasar por delante de un "club para hombres", me pregunta si solo pueden entrar los hombres. Yo le respondo que no: también pueden entrar las mujeres, pero solo encontrarán mujeres en el escenario). Frente a los sórdidos puteríos del Barrio Chino barcelonés -ah, aquella Pensión Lolita de la Rambla de Santa Mónica, qué tristes fabulaciones nos había deparado...-, el lenocinio en el Soho incorporaba la legendaria sutileza británica: en muchos portales se leían anuncios como "se imparten lecciones de francés" o "large chest for sale", que juega con el doble significado de chest: cofre y pecho, y que sugería que aquello enorme que se ponía a disposición del público no era precisamente un arcón. De todo eso no queda hoy nada, no sé si por desgracia o por fortuna. Vemos todavía algunos locales de "entretenimiento para adultos", algunos peep shows y hasta algunas librerías sexuales -donde se mezclan los libros taschen de falos y tetas con inocentes novelitas pornográficas y consoladores espeluznantes-, pero son islotes desconchados en un mar de calles sin depravación. Algunos restos de la transformación -no quiero llamarlo desmoronamiento- del barrio son meros cadáveres, como el mítico Raymond Revue Bar, que, en sus años de esplendor, que fueron muchos, se anunciaba como "el centro mundial del entretenimiento erótico". Pero el Raymond cerró en 2009, y hoy solo pueden verse sus restos despintados en el arco de Walkers Court (muy apropiadamente, streetwalker es sinónimo de prostituta). Por supuesto, nada queda de otros locales importantes, muy anteriores en el tiempo. El Soho ha sido el lugar de esparcimiento inguinal desde la segunda mitad del siglo XVIII, y eso da para una larga historia. En la plaza homónima, Soho Square, hoy un elegante cuadrado, presidido por una estatua del rey Carlos II, se levanta la iglesia de San Patricio, y lo hace en los terrenos en los que antes se encontraba la residencia de una actriz fracasada, Theresa Cornelys, que en los años sesenta de aquella centuria mantenía una casa célebre por su acoger a gente "disoluta, holgazana y desordenada, tanto hombres como mujeres, que acudían al lugar y pasaban toda la noche causando alboroto y acreditando una conducta deplorable...", como señaló una autoridad de la época. Qué lugar tan maravilloso debía de ser. Pero la autoridad, naturalmente, lo clausuró. En la misma Soho Square se encontraba un -este sí- famoso burdel, The White House, que desarrolló sus actividades entre 1778 y 1801, y cuyo nombre era, probablemente, una alusión despectiva a las colonias americanas que habían tenido la indelicadeza de rebelarse, y luego independizarse, de la Gran Bretaña. (El nombre sería calcado después por un no menos reputado, y nunca mejor dicho, meublé barcelonés, la casita blanca, aunque en este caso no provenía del color de las paredes, como en el del lupanar londinense, sino del hecho de que las trabajadoras, que eran muy limpias, ponían las sábanas utilizadas a secar en la azotea del edificio). Pero el Soho no ha sido solo un lugar de perdición, sino también un barrio artístico y, en la medida en que el concepto, tan latino, es aplicable a los anglosajones, bohemio. A veces, esas dos almas confluían: Thomas de Quincey, por ejemplo, fue rescatado de la inanición, y acaso de la muerte, por Ann, su queridísima puta quinceañera, que, cuando se desmayó de hambre y debilidad en Soho Square, fue corriendo a la cercana Oxford Street a por "oporto y especias", aunque sorprende que no pidiera un bocadillo de jamón. A la prostitución le debemos, pues, las Confesiones de un opiómano inglés y el resto de la obra del gran romántico mancuniano. En el Soho ha vivido también Giacomo Casanova -en Greek Street, y aun hoy se dice que su fantasma deambula por el Raymond Revue Bar-, otro autor en el que el sexo y la literatura están profundamente interpenetrados, y, de nuevo, nunca mejor dicho. Karl Marx, en cambio, que residió en el edificio que hoy ocupa el restaurante Quo Vadis, llevó una vida austera. Tanto, que pasó años con su mujer, tres hijos y la sirvienta (porque, pese a fundar el marxismo, Marx tenía sirvienta) en un piso de dos habitaciones. De allí iba andando cada día al Museo Británico a escribir El capital, y en un pub de la zona, muy pertinentemente llamado León Rojo, esbozó con Engels los principios del Manifiesto comunista. En los pubs y restaurantes del Soho, por cierto, han pasado otras cosas fundamentales para la historia de la literatura (está por escribir un libro así: Pubs y literatura). En The French House -base del exilio francés en Londres en la Segunda Guerra Mundial, en cuyo piso superior se reunía el general De Gaulle con sus colegas de la Resistencia-, Dylan Thomas extravió su manuscrito del extraordinario Bajo el bosque lácteo (que publicamos en DVD ediciones hace muchos años ya, con la no menos extraordinaria traducción de Ramón Andrés), pero el dueño del local, Gaston Berlement, lo encontró en un asiento, antes de que las señoras de la limpieza lo tiraran a la basura, con los restos de los fishes and chips. En otro pub, el Coach and Horses, escribía -cuando escribía, es decir, cuando no estaba borracho- el genial Jeffrey Bernard, cuyos artículos para el Spectator, plenos de ingenio e ingenuidad, han sido descritos como "una nota de suicidio escrita a plazos". En las muchas ocasiones en que la curda no le permitía redactarlas, el periódico rellenaba el vacío de su artículo con un mayestático Jeffrey Bernard is unwell, "Jeffrey Bernard se encuentra indispuesto". El restaurante Kettner, en fin, en la esquina de Romilly Street, era el favorito de Oscar Wilde en Londres, y aquí venía a cenar con lord Alfred Douglas, el amante que precipitó su ruina: su padre -el marqués de Queensberry, el inventor de las reglas del boxeo moderno: un tipo, obviamente, con el que era peligroso pegarse- llamó maricón a Wilde, este lo denunció por libelo y la justicia falló en favor del aristócrata. Y de ahí a la cárcel de Reading, el tristísimo exilio francés y la muerte en la miseria. Wilde no ponderó adecuadamente las posibilidades de que un tribunal victoriano condenase a un marqués por llamar maricón a un maricón. Otros personajes de la literatura han vivido o pululado en el Soho. Aquí nació, por ejemplo, William Blake (y quizá estas calles atrabiliarias inspiraran una visión tan apartada de la común en su época como la que revela su obra). Aquí vivió también el poeta sudafricano y fascista Roy Campbell, el único que militó en el bando franquista en la Guerra Civil Española, cuya elegante residencia, pintada en delicados tonos verdes y con hermosos frisos en las ventanas, admiramos en Great Pulteney Street. En esta misma calle residió (y así lo recuerda una placa azul, que no consta en la casa de Campbell: el fascismo da para estos olvidos) John William Polidori, médico personal de Lord Byron y autor de El vampiro en aquella célebre reunión en Villa Diodati, una tormentosa noche del verano de 1816, en la que Mary Shelley alumbró también su Frankenstein: la palidez que Polidori atribuye a su vampiro, y que se ha hecho característica de estos seres de ultratumba, está inspirada en la palidez del propio Byron. Pero no solo de sexo y letras vive el Soho. Abundan aquí también las iglesias y las instituciones de caridad, promovidas, en parte, por la inveterada necesidad que han sentido las buenas gentes de Londres de regenerar un barrio tan depravado. Vemos, además de la iglesia de San Patricio, la Casa de San Bernabé, dedicada a la ayuda de los indigentes, y la Escuela Parroquial del Soho, que proporciona educación a los niños más necesitados, y cuya iglesia fue, como tantas otras, bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. Las víctimas del ataque se enterraron en el jardín, y fueron tantas que lo elevaron un metro y pico por encima del suelo. Vemos también otros lugares interesantes, como el Gay Hussar, un restaurante que creemos forma parte del Soho homosexual, muy visible y activo, pero que solo alude a la alegría de la comida húngara que sirve; el bar Italia, en cuya planta superior John Logie Bird hizo la primera demostración pública de la televisión; y el Groucho Club, sin carteles que lo identifiquen, pero con una enorme bandera con la cara de Groucho Marx. Pienso, pensamos, que no estaría mal que todas las banderas del mundo fueran sustituidas por enseñas con el rostro del otro gran Marx del barrio. Y también que tiene gracia que se haya creado -en 1984- un club con el nombre de la persona que dijo que no pertenecería nunca a un club que lo admitiera a él como socio.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Hace frío

Antes, al levantarnos, descorríamos las cortinillas de las claraboyas de nuestro dormitorio y veíamos el cielo: gris, casi siempre; a veces, despejado. Hoy no vemos nada: una pátina de hielo cubre los cristales. Ha llegado el frío y, con él, estos días tórpidos, en los que el aire parece crujir, y el sol, cuando asoma, luce tan helado como nuestras ventanas. Salgo a comprar el periódico y cruzo, como siempre, el parque de Battersea. En el macadán de los caminos se ha depositado otra lámina de escarcha, traicionera. Hay que pisar con cuidado, si no se ha tenido la precaución de calzar botas. Muchos de los perros a los que sus dueños pasean por el parque llevan jerséis. Siempre me ha parecido ridículo humanizar hasta ese punto a los animales (como hacerles trenzas o raparlos artísticamente). Los perros, como los gatos, como los pájaros, como cualquier criatura, están naturalmente preparados para adaptarse a los cambios de temperatura, y ponerles un suéter -con estampaciones navideñas, para más inri- es volverlos grotescos. En realidad, sus amos los infantilizan, porque eso son para la mayoría, sobre todo para quienes están solos: un sucedáneo de hijos. Junto a chuchos abrigados, pasan runners y ciclistas desabrigados. Algunos corren o pedalean en camisetas de manga corta; otros, como única concesión a los rigores del día, llevan dos. Pasan a mi lado en una nube de vahos: los que genera la respiración agitada, el resoplar desembarazado o agónico, el sudor velozmente enfriado. Los deportistas en este país no temen a los elementos: si lo hicieran, nadie haría deporte. Si alguien ha decidido salir a correr, sale a correr, así caigan chuzos de punta o se declare una emergencia nuclear. Me desentiendo de los émulos de Shackleton y reparo en el lago helado. Aunque no totalmente: en la superficie cristalizada se abren todavía pequeños islotes de agua, en los que sobrenadan algunas pollas de agua. Son las únicas aves que veo: no hay cisnes, que se habrán cobijado en algún rincón herboso, ni garzas, que estarán huidas. Los setos lucen un copete blanco. La hierba ha empalidecido. Todo está envuelto en una fina gasa traslúcida que, pese a su delgadez, el sol no rasga: solo resbala por ella. El sol es tímido y, aunque en un día sin nubes, como hoy, invade todos los rincones del aire, se escurre por las cosas sin arañarlas: la realidad es inmune al calor. Aunque oigo las conversaciones de los paseantes, el rumor lejano del tráfico y el inevitable zumbido de los aviones, un fondo de silencio, como un edredón que cubriera el escenario del mundo, resulta hoy más perceptible que otros días. Los cristales del hielo son la mejor insonorización natural: descomponen las ondas de aire que transportan el sonido y difunden una quietud casi dolorosa. El invierno no solo ha llegado a las calles y los parques, sino también al interior de las casas. En los pubs con chimenea, se enciende la chimenea. Nosotros carecemos de ella, pero hemos comprado un calefactor que imita el fulgor de las ascuas de un fuego. Lo mantenemos encendido todo el día, pero cuando más destaca es por la noche, es decir, a partir de las cuatro: entonces brilla con un rojo excesivo, que nos hace sudar. Tengo suerte: hoy encuentro El País en el primer kiosko al que me asomo. El dependiente me lo entrega con una mano enfundada en mitones. De vuelta, leyendo, siento menos el frío.