martes, 28 de enero de 2014

Dos buenas noticias

Soy alérgico a las causas: las muchedumbres vociferantes, las manifestaciones unánimes, las luchas colectivas, me repelen. Un individualismo feroz, que crece conforme me voy haciendo mayor, me empuja a la introspección y el aislamiento. Descontando alguna asonada universitaria, a las que me sumaba más por espíritu festivo que por otra cosa, creo que solo he participado en cuatro o cinco manifestaciones en mi vida: recuerdo la del 11 de de septiembre de 1977, en reivindicación del estatuto de autonomía de Cataluña; la organizada contra el atentado de Hipercor, en 1986; la de la huelga general contra el gobierno de Felipe González, también a finales de los 80; y una de las muchas que se convocaron en 2011 o 2012 para protestar contra los enésimos recortes del gobierno de Artur Mas, y que a este le afectaron tanto como el vuelo de una mariposa. Las protestas callejeras ofrecen las mismas ventajas que un partido de fútbol: la individualidad se diluye, para sumirte reconfortantemente en la masa; todas las aristas del yo, sus incertidumbres y contradicciones, su indefensión y su infinitesimalidad, desaparecen en las tibias entrañas del nosotros. Es tranquilizador compartir con tanta gente un propósito, una aspiración: que las banderas sean las mismas, y también los afanes. Sin embargo, eso mismo es lo que me repugna: la identificación con gente con la que no quiero ser necesariamente identificado, solo porque coincidimos en una reivindicación. ¿Por qué debo emparejarme con alguien a quien me parezco tanto como un huevo a una castaña? ¿Por qué he de sumarme a un grupo en el que milita gente con la que no se me ocurriría nunca tomarme un café, es más, de cuya compañía huiría activamente en cualquier otra circunstancia de la vida? El aborregamiento de los gritos al unísono, de las consignas coreadas, de las bufandas y el lenguaje del mismo color, me espanta y me entristece. También hay, en este rechazo mío a las causas, he de admitirlo, una razón más vinculada a la psicología personal que a las consideraciones éticas o estéticas: me duele que el yo se desvanezca en esa acumulación brutal de yos; no tolero, esto es, mi narcisismo no tolera, que se me deje de percibir como un ser distinto, irreductible, singular. A las manifestaciones colectivas, sobre todo a las que han adquirido un carácter institucional, como la religión, la política o el deporte, se las ha llamado "máquinas de inmortalidad", porque nos vinculan a una razón supraindividual que nos proyecta hacia el pasado -su historia- y hacia el futuro -sus esperanzas y expectativas-. En mi caso, paradójicamente, esas manifestaciones colectivas no son la inmortalidad, sino la muerte: la muerte de Eduardo, la muerte de el ser separado y único que constituyo, la muerte de una voz que me esfuerzo en todo momento por que tenga inflexiones propias. Sin embargo, y a pesar de esta incapacidad mía para abrazar cuanto exceda de los límites estrictos de la persona, o, a lo sumo, de los límites de su círculo de confianza, comparto muchas de las reivindicaciones que se airean en la sociedad, sobre todo en estos tiempos de involución, y celebro sus éxitos. Nunca participaría en su reclamo, pero me alegro de que alcancen sus objetivos. Hace unos días, conocía por televisión el triunfo de los vecinos del barrio burgalés de Gamonal en su lucha contra un proyecto urbanístico que no resultaba acorde con la realidad social de la ciudad y que, además, apestaba a pelotazo inmobiliario. Que aquella protesta tuviera lugar, y que además culminara con éxito, en una ciudad tan católica y conservadora como Burgos -que no hay que olvidar que fue capital de la España del Alzamiento-, me llenó de júbilo. Y ver cómo el alcalde, otro lobezno de las huestes de Aznar, disimulaba su contrariedad con una retórica babeante, que apelaba a aquello en lo que no cree -la razón y el diálogo-, y un rictus de neoliberal angustiado, aún me complació más. Hoy, viniendo de una entrevista en la Organización Marítima Internacional, mientras cruzaba el parque de Battersea, cuyo aire helado crujía bajo la presión de un sol imperativo, y a mi lado pasaban los joggers, y los ciclistas, y una colección de perros que más bien parecían ser los modelos de una pasarela canina, he leído en el periódico que el presidente de la Comunidad de Madrid, ese subordinado de la lideresa más superferolítica del mundo desde Margaret Thatcher, al que nadie ha votado, y cuyos méritos para ocupar el puesto que ocupa se reducen a haber sido el más diestro lamedor de esfínteres de su ama, ha retirado el proyecto de privatización de la sanidad madrileña, y que ha dimitido el principal sustentador del desaguisado, un tal Javier Fernández-Lasquetty, consejero de Sanidad, que se conoce que no ha hecho otra cosa en su vida que vivir en el barrio de Salamanca y prestar sus inestimables servicios al Partido Popular. Noticias como esta me llenan de felicidad. Demuestran, sobre todo, que la rebelión de la gente sí sirve, y que los enormes sacrificios de los médicos y trabajadores sanitarios de la Comunidad de Madrid -que han perdido nóminas enteras, que han sufrido la difamación y el desprestigio vertidos por la propia administración sanitaria y los medios de comunicación afines al gobierno, y que se han visto envueltos en los inevitables expedientes sancionadores incoados por los patronos- no han sido en vano. Todos tenemos que estar contentos. Y en Cataluña y Valencia, donde llevan años privatizándonos, deberíamos aprender de los compañeros madrileños. A veces, las cosas no son irremediables: que sucedan o no depende de nuestra capacidad para oponernos, de lo que estemos dispuestos a empeñar en el envite. Yo, acaso lamentablemente, no empeñaría otra cosa que el voto y la opinión. Pero comparto esa lucha con el mismo ahínco con la que abrazo mi soledad.

lunes, 27 de enero de 2014

Una mala tarde, junto con algunas consideraciones sobre la crítica literaria

La tarde de ayer iba para fracaso; de hecho, fue, durante un buen rato, un fracaso. Quisimos ver The Wolf of Wall Street en un cine de King's Road, el que más cerca nos quedaba de casa, pero ya se habían agotado las entradas (parece mentira que siga pecando de ingenuo: en Londres hay que reservarlo todo). Al salir del cine, quise comprar El País en una papelería a la que suele llegar, pero también se había agotado. Buscamos entonces un lugar donde merendar: todo estaba cerrado. Hacía un frío helador, y era urgente que encontráramos algún refugio donde calentarnos y asimilar el reiterado disgusto. Nos metimos por fin en un Starbucks. Esta cadena me gusta poco: su envoltorio desenfadado y juvenil oculta una calidad escasa y, sobre todo, una agresividad comercial que aborrezco: por donde pasa un Starbucks no vuelve a crecer la hierba, es decir, desaparece todo el comercio local, los cafetines de barrio, los establecimientos singulares que no pueden competir con su grano barato, sus salarios bajos y su expansiva homogeneidad. No me gusta, pues, pero no había otra cosa. Nos sentamos en una mesa minúscula, que además bailaba, a sorber nuestros capuccinos, y yo aproveché para hojear The Independent, que allí está a disposición de los clientes. The Independent es uno de los pocos periódicos británicos que todavía conservan un suplemento literario digno de ese nombre. En la mayoría han declinado hasta, en algunos casos, desaparecer, como en España. (Recuerdo que, en uno de mis viajes a Venezuela, encontré en el retrete de un bar un montón de esos suplementos, del diario El Nacional, dispuestos como papel higiénico; dada la escasez en ese país de tan imprescindible artículo, es comprensible, aunque seguramente los dueños del local eran chavistas: habían elegido para aquel sombrío menester las páginas de una publicación opositora). Entre los artículos de ayer, una columna me llamó la atención: trataba de Jerome K. Jerome, un autor por el que siento un gran aprecio, y del que ya he hablado en alguna otra entrada de este blog. La idea del columnista, Christopher Fowler, era la siguiente: algunos autores obtienen tal éxito con alguna de sus obras, que ya quedan para siempre identificados con ella, y esa identificación proyecta una sombra insuperable sobre el resto de su producción, de forma que ningún otro libro, con méritos acaso semejantes, alcanza casi nunca la misma consideración pública. En el caso de Jerome, su obra capital había sido la deliciosa Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro), publicado en 1889. Pero, después de él, vieron la luz otras once novelas, numerosos volúmenes de relatos y una autobiografía. Antes, Jerome había escrito también varias obras de teatro, una de las cuales fue llevada al cine. Entre esa obra posterior, señalaba Fowler, destacaba una secuela de Tres hombres en una barca, titulada Tres hombres sobre ruedas, aparecida en 1900, que narraba el viaje de los tres protagonistas, en bicicleta, por la Selva Negra alemana, y que, en opinión del articulista, resulta tan agradable como la primera entrega. El relato del caso de Jerome era interesante, pero más me interesó el tono del artículo: preciso y riguroso, pero fluido, amable, ligero, como la propia literatura que describía. La ligereza, contra lo que suele decirse, es una gran virtud: nos reconcilia con las asperezas del mundo, con la densidad a menudo insoportable de las cosas. La ligereza promueve el buen humor y el buen ánimo, dos espléndidas bondades. Y es muy difícil conseguirla: lo fácil es lo ceñudo, lo pétreo, lo que infunde en el lector la misma oscuridad que anega al escritor. Siempre he creído que la crítica literaria, incluso esa tan volandera que se ejerce en los periódicos, ha de estar inspirada por esa voluntad acariciadora y risueña, aunque sin privarla del peso de sus argumentos ni de la exactitud de su juicio. Recuerdo con enorme placer las reseñas que Jorge Luis Borges publicaba en la revista bonaerense El Hogar en los años treinta, y que fueron recogidas en los ochenta por Tusquets Editores. El Hogar era una revista femenina, en la que abundaban las recetas de cocina y los anuncios de lencería. Entre pasteles y sujetadores, pues, aparecían las brevísimas críticas de Borges, que eran una delicia de prosa y de valoración, aunque también reflejaran, como no podía ser de otro modo, los prejuicios del argentino, que eran muchos. Pero hasta esos prejuicios se exponían con una argumentación persuasiva y un ingenio verbal sobresaliente. El primer y principal requisito de la crítica literaria ha de ser que constituya una pieza literaria tan plausible como la obra criticada, o más aún; la crítica es tan literatura como la literatura, y debe poder leerse con la misma fluidez, y proporcionar el mismo placer, que un cuento, un poema o una novela. Fowler lo consiguió en su artículo sobre Jerome, que me redimió de una tarde de perros. Ahora solo me queda animarme y traducir Tres hombres sobre ruedas, del que, por lo que veo en la página web del ISBN, solo se ha hecho una versión, en una antigua colección juvenil de Bruguera, con el desafortunado título de Tres ingleses en Alemania.

domingo, 26 de enero de 2014

El Vesubio

El Vesubio es un volcán, pero también un restaurante italiano de Battersea. Conocemos todavía poco el barrio, y ayer decidimos explorarlo algo más, aprovechando que era el cumpleaños de Álvaro: la comida de celebración nos serviría para descubrir algún local nuevo y hablar con la gente. Los lugares son su gente. Por grandiosos que sean los edificios o los monumentos, solo son piedras. El calor de un sitio, o su frialdad, lo dan las personas. La razón por la que elegimos un restaurante desconocido como El Vesubio fue simplemente económica: forma parte de un conjunto de locales de restauración que ofrece descuentos importantes. En Londres, donde un plátano vale lo que una esmeralda, estas cosas son importantes, sobre todo cuando somos tres a comer. Vamos por Battersea Park Road, admirando el paisaje urbano. En un punto de la calle, nos cruzamos con una señora con un gorro naranja, unas zapatillas deportivas color verde pistacho y dos perros, asimismo anaranjados, que parecen leones. Un poco más allá, pasamos por delante de un conjunto restaurado de casas de los setenta, Dovehouse, con fachadas de piedra y puertas pintadas de azul. En lo alto de la fachada central hay un medallón blanco con el relieve de una paloma. Son casitas adosadas, muy pequeñas, pero, cuando una puerta se entreabre y lo que uno cree que va a salir es un hobbit muy abrigado, porque hoy hace un frío de mear a cubitos, aparece una octogenaria con un abrigo rojo, un paraguas como una pértiga y una expresión que podríamos traducir por: "¿Qué estás mirando? Yo aquí quepo muy bien". Dovehouse, y la iglesia que la flanquea, son islotes de piedra. A su alrededor se despliegan el plástico, el hierro y el cemento. Su rusticidad convive con el espíritu fabril de la zona, y esto se me antoja muy londinense: el amontonamiento de estilos arquitectónicos diferentes, o de la falta de estilos arquitectónicos. A una casa tudor o una construcción victoriana sigue un almacén de ladrillo ennegrecido, y a este, un bloque de viviendas de protección oficial, y más allá, una escuela moderna, y más acá, un centro comercial. El conjunto, inarmónico, sugiere una extraña armonía. El Vesubio se encuentra en un tramo anodino de Battersea Park Road, rodeado por tiendas y otros bares. Es un cubículo breve, como tantos otros en una ciudad en la que el metro cuadrado se cotiza a precio de oro. Nos sorprenden los modales deliciosamente anticuados de los dueños, un matrimonio de mediana edad: nos abren la puerta, nos reciben ambos en persona, nos indican la mesa en la que podemos sentarnos, se encargan de los abrigos. Claro que no hay más clientes que nosotros. Si los hubiera, la atención tendría que repartirse. Pero nos gusta esta obsequiosidad ceremoniosa que ya casi nadie observa en ningún sitio. El hombre, calvo, habla un inglés dificultoso; de hecho, le cuesta encontrar la palabra para "carne". La mujer no se expresa con mayor fluidez, aunque pasaría por inglesa: es de un rubio intenso, y muy clara de piel. No tienen carta: cantan los platos a viva voz, y remiten a una pizarrita colgada en la pared para que sepamos de qué vinos disponen: todo es enternecedoramente pedestre. Pedimos una bruschetta de entrante, tres ragús, una ensalada y una pizza diavola, y parten enseguida a preparárnoslo todo sin haberse acordado de preguntarnos qué queremos beber. Reclamamos cerveza y vino. Luego vemos cómo el señor apresta, delante de nosotros, la bruschetta y la pizza, y renuevo mi fe en la simplicidad. Todo es, además de pedestre, exquisitamente elemental: el tomate y la albahaca en el pan, y el tomate, el queso y el chorizo en la masa. El cocinero se mueve con una insólita dignidad, con una sabiduría antigua, sin prisa, colocando con esmero cada ingrediente en su lugar. Paradójicamente, su lentitud hace que el plato esté cocinado enseguida. Apenas hemos dado cuenta del ragú -abundante, con una pasta fresca que resucita a un muerto-, cuando la pizza ya humea ante nosotros. Aunque nos queda poca hambre, nos la zampamos como si viniéramos de una hambruna. Al hacerlo, recuerdo la mejor pizza que he comido en mi vida: una margarita en Nápoles. Me habían invitado a leer poemas en el Instituto Cervantes de la ciudad, y el director del centro, el amabilísimo José Vicente Quirante, había dispuesto una cena de honor en un restaurante adyacente. El honor, desde luego, era de la pizza, un prodigio de sencillez y de sabor. También los dueños de El Vesubio son napolitanos, y se nota: en el nombre del restaurante y en la calidad de la cocina. La señora, por fin, nos regala unos dulces de la casa y nos sirve el café, al que yo añado licor de huevo. Hemos comido como pelícanos, pero el ágape nos sale por 43 libras: un regalo. Por si fuera poco, no nos han contado la bruschetta; cuando se lo hago notar al dueño, también nos la regala. La dicharachería que suscita una buena comida me lleva a preguntarle a la pareja si hace mucho tiempo que viven en Londres. Sé que no, por su acento, pero me apetece conversar. Nos cuentan que se establecieron hace solo seis meses. No es difícil tampoco imaginar por qué. Observo en ambos un cierto recato, como si ocultaran algún sufrimiento, alguna ilusión frustrada, y como si hicieran un esfuerzo consciente por disimular el que les procura también esta nueva situación, este nuevo -y difícil, con cincuenta años- inicio. Cuando me intereso por la marcha del negocio, el señor me responde: slow. Va despacio. Y añade: hay mucha competencia. Lo cierto es que hemos estados solos toda la comida, excepto por una chica que ha entrado a tomarse un café. Nos estrechamos las manos, en las que aún noto la humedad de la harina, y les prometemos volver. Lo haremos, sin duda. Al regresar a casa cae una chaparrón bestial, como si todas las furias del cielo se hubieran desatado. El viento convierte las gotas en balas. El frío se radicaliza. La tormenta dura poco, pero lo suficiente como para arrancar ramas y sembrarlo todo de charcos. Es un volcán, pero de agua.

sábado, 25 de enero de 2014

El placer de fracasar

A mí siempre me ha inspirado mucho el consejo de Samuel Beckett: "Inténtalo otra vez. Fracasa más. Fracasa mejor". No cuando era joven, desde luego. Cuando era joven, todo eran éxitos: sacaba buenas notas; aprobé el examen de conducir a la primera; aprobé las oposiciones a la primera; en la mili me hicieron furriel. Claro que también sufría contratiempos: todos mis amigos ligaban, por ejemplo, y yo no. Pero aquello -me decía- era un problema de maduración: todos tenemos nuestros propios ritmos existenciales, y los míos, de carácter sentimental -y, ay, sexual-, aún estaban por llegar. No era, pues, un fracaso. Los fracasos, paradójicamente, han llegado con la madurez, y, en estos últimos años, se han acumulado con estruendo. Todos tendemos a proclamar nuestros éxitos y a silenciar nuestros fracasos -yo, sin ir más lejos, lo hago en este blog, aunque intento que sea con discreción-, pero sería mucho más interesante lo contrario: airear las pifias y frustraciones, narrarlas, publicitarlas. "Iría al cielo por el clima y al infierno por la compañía", dijo Mark Twain. Pues bien, los fracasos son nuestro infierno y nuestra compañía. Su acumulación, sin embargo, produce un singular efecto balsámico, o tonificante. Cuando se suceden sin interrupción, uno acaba cogiéndoles cariño: su frecuencia hace que se perciban de otra manera. Hay quien no soporta la pulverización del amor propio que suponen, y se deprime. Otros, entre los que creo contarme, superan esa fase deletérea y se dicen: el mundo entero se alía contra mí, pero yo soy mejor que el mundo: lo demostraré sobreponiéndome a esta negación. La consecuencia de semejante autoterapia es que, cuanto más se fracasa, más se cree uno triunfador: su triunfo es sobrevivir sin desmoronarse, imbuirse del orgullo resistente de quien sabe que hace algunas cosas bien, aunque el mundo se empeñe en restringirle dolorosamente las posibilidades de demostrarlo. Quizá este no sea ese fracaso de calidad por el que abogaba Beckett -y que supone, me imagino, asumir cabalmente la condición de fracasado-, pero es el que he abrazado yo. Y me gusta. Además, me proporciona una perspectiva diferente desde la que observar la naturaleza humana. Pondré algunos ejemplos, aunque serán fracasos pequeños. A pesar de mis muchos progresos, todavía no estoy preparado para exhibir los grandes, aunque todo se andará. Desde que estoy en Inglaterra, me he puesto en contacto con mucha gente, vinculada al mundo de la lengua y la literatura españolas, con el propósito de encontrar trabajo en este ámbito o, por lo menos, de establecer algún tipo de colaboración profesional con las instituciones educativas británicas. No creo ser inmodesto si digo que mi currículum me avala. Pues bien, he fracasado siempre. Resulta hasta bonito decirlo: he fracasado siempre. Muchas de esas personas sencillamente no contestan. Otros se limitan a dar algunos consejos o hacer algunas indicaciones generales, sin facilitar información útil ni adquirir compromiso alguno. Pero, en algún caso, la respuesta ha sido memorable. Las universidades han sido aquí protagonistas. Hace meses, opté a una plaza de lector de español en la de Oxford. Las bases de la convocatoria especificaban que había que tener experiencia docente, pero que podrían valorarse "otros conocimientos transferibles" o "experiencia adquirida en trabajos no remunerados o fuera del contexto educativo". Así pues, como yo creía encontrarme precisamente en este caso, me dirigí a la persona de contacto del Departamento convocante -un español al que llamaremos José Carlos- para preguntarle si consideraban que mi experiencia en la comunicación pública, en la docencia jurídica y en el conocimiento de la literatura era transferible a la plaza ofrecida y, en consecuencia, si valía la pena, o no, que concurriese a ella. El amigo José Carlos me contestó que "en principio está usted en lo cierto cuando piensa que no cumple con ese requisito. Siempre puede argüir en su solicitud que considera que otras habilidades transferibles pueden suplir esa carencia". Es decir, me respondió exactamente lo mismo que yo le había preguntado. Ah, ser licenciado en Oxford para esto. Pero serlo en Cambridge tampoco garantiza una inteligencia señera. Una buena amiga que trabaja allí propuso a los doctorandos que coordinan un ciclo de conferencias y lecturas en la universidad que me invitaran para presentar mi poesía y también la obra de Walt Whitman, que llevo traduciendo casi dos años. Los estudiantes se pusieron enseguida en contacto conmigo para preguntarme, muy interesados, cuándo podía impartir esas charlas. Yo les respondí, a vuelta de correo, que cuando ellos quisieran, dado que mi agenda estaba libre (desierta, de hecho). Y ellos me contestaron, poco después, que, lamentándolo mucho, no sería posible hacerlo, porque todo su programa para este curso estaba completo. La pregunta que me asaltó inmediatamente fue: si todo estaba completo, ¿por qué me han preguntado cuándo podría ir? Quizá mi error fue no hacerme el interesante y decirles que tenía infinidad de compromisos en casi todas las universidades británicas, pero, a estas alturas de mi vida, mentir me resulta cansado. Lo que me resulta divertido es seguir fracasando. Pienso seguir haciéndolo con aplicación. Y hasta puede que escriba un libro que se titule Relación de mis fracasos, hundimientos y otros descalabros. Tendría gracia que fuera un éxito.

viernes, 24 de enero de 2014

Una cena con escritores

Vamos a cenar a casa de Fiona y Peter, en Hammersmith. Siempre que hemos venido aquí ha sido de noche, así que no hemos podido apreciar el barrio. Parece, no obstante, una zona de clase media. Pasamos por delante de un inmenso caserón blanco, que hoy, sin luna, es solo gris, y damos con la casa de nuestros anfitriones, después de algunas dudas en los giros: como en el Ensanche barcelonés, aquí todas las calles se parecen. El piso de Fiona es diminuto y no tiene portero automático. Londres es pródigo en estas construcciones modestas, incrustadas en calles prestantes: las council houses, que son, en rigor, casas para pobres, salpican todos los barrios, y los inmuebles, estrechos y viejos, de los años 50 o 60, perduran, aprisionados en cualquier rincón. Fiona nos baja a abrir y nos conduce al salón. No hay mucho más a donde ir, en realidad: si no es el salón, solo puede ser un baño o un dormitorio con una sola cama, cuya cabecera y pies son las paredes de la habitación. La realidad es incontestable: los precios de la vivienda en Londres son tan altos, que una profesora universitaria como Fiona, con un sueldo razonable, solo puede permitirse unos pocos metros cuadrados en una finca antigua en un barrio alejado del centro. En la mesa nos aguardan Peter, novelista australiano, y Elaine Feinstein, poeta y escritora, amiga de Fiona. También, una gran provisión de tallos de apio, que mojamos en el humus y en una salsa picante que no soy capaz de identificar, mientras se acaba de cocinar el pollo que bulle en el fuego. Fiona y Peter se interesan por las tensiones separatistas en España; yo, por las tensiones separatistas en el Reino Unido. Percibo una diferencia abismal entre su aproximación al problema y la que observo entre la mayoría de españoles: ellos aborrecen el nacionalismo, pero no se sienten tan afectados como nosotros, por su condición de británicos: la britanicidad del estado es lo que ponen en jaque los independentistas escoceses, no la identidad colectiva, ni su sentimiento de nación. En cualquier caso, piensen como piensen, o sientan como sientan, su exposición del conflicto es tan sosegada como el apio que nos estamos comiendo: no hay un solo chispazo de disgusto, ni una brizna de tensión. Hablamos luego, claro, de nuestras respectivas actividades literarias. Me entero entonces de que Fiona escribe de pie, y me pregunto si su poesía sería diferente si lo hiciera sentada. Le digo a Peter que el mayor mérito de un novelista me parece su capacidad para hacer avanzar un proyecto normalmente tan dilatado como una novela: esa tenacidad en el esfuerzo, esa continuidad, día tras día, de una escritura que no ve su final, ese empujar página tras página, se me antoja admirable. Peter me responde que lo peor del trabajo de novelista no es tener que escribir cada día, durante muchos días, sino no estar nunca seguro de que lo que llevas escrito no sea una mierda. Puedes haber juntado ya 20.000 palabras, tras meses de ímprobo esfuerzo, y descubrir -o que te descubran- que no valen un pimiento. Sí, tiene que ser terrible. Todos estamos de acuerdo, no obstante, en que no hay nada más eficaz para descubrir los errores de lo escrito que dejarlo dormir y recuperarlo al cabo de un tiempo, cuanto más, mejor: entonces saltan a la vista. Álvarez Ortega, les cuento, lo ha hecho así toda la vida, pero el periodo de reposo de sus manuscritos no era de semanas ni de meses, sino de años. Por eso la mayoría de sus poemarios tienen una extraña atemporalidad, o una condición, más extraña todavía, contraria al tiempo. Elaine es una persona interesante: judía, viajera, escritora polifacética y madre de escritores, como el hispanista Adam Feinstein, habla con precisión cantabrigense y flema antológica. Versada especialmente en literatura rusa -de Rusia proviene su familia, que sufrió la diáspora-, es amiga de Yevgueni Yevtushenko, ha traducido a Marina Tsvetáieva, y escrito biografías de Pushkin, Ajmátova y la propia Tsvetáieva, así como de otros poetas destacados, como Ted Hughes. En un momento dado de la conversación, Elaine se disculpa por ser tan vieja y recordar con demasiada insistencia los setenta. En otro, abomina de la vida en California, donde residió a mediados de los noventa: la gente que se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar y se acuesta a las siete de la tarde no puede ser buena. Tiene razón, le digo: el mundo sería más divertido si todos nos levantáramos a las siete de la tarde y nos acostáramos a las seis de la mañana. En un aparte, me cuenta que uno de sus hijos ha estado casado con una española, pero que la vida familiar en España le resultaba difícil, porque tenía un cuñado fascista. Oh, hay muchos, le respondo yo, y casi todos votan al Partido Popular. A mi vez, le pregunto por el auge del fascismo en Gran Bretaña, al calor -o la gelidez- de la crisis, aunque se disfrace de parlamentarismo y civilización. El fascismo se ha dorado en nuestros tiempos, se ha edulcorado, pero sigue siendo en todas partes un bicho peludo, una oscura ninfa del cólera, bajo su disfraz ocasionalmente democrático. Elaine atiende a todo con expresión inmóvil, puntea las opiniones de los demás con observaciones tan típicamente británicas como most extraordinary! (pronúnciese "meust ecstróóóórdinari") o did you really? ("did yu rííííííli"), al saber, por ejemplo, que Fiona había incurrido en la abominación de votar a un partido nacionalista cuando vivió en Gales, y expresa su deseo de mojar otro tallo de apio en el humus, ante cuya imposibilidad -porque el apio ya se ha acabado- expresa una desolación insondable, pero con tanto gesto de malestar como el que adoptaría ante un vaso de agua. Nos despedimos hacia las once y media, en una calle solitaria, en una noche sin luna.

jueves, 23 de enero de 2014

Alba Londres

Así se titula la que creo es la única revista literaria en castellano publicada en Londres. En realidad, es algo parecido a una franquicia -una franquicia sin beneficios, se entiende-, porque también hay un Alba París, hecha con iguales herramientas y con la misma ilusión. Alba Londres, como indica su subtítulo, Culture in translation, pretende difundir la literatura en español en las Islas Británicas por medio de su traducción al inglés. A ello se aplica un grupo entusiasta de profesores residentes en la capital, con las ayudas singulares que les ofrecen algunas instituciones, como la Universidad de Oxford, u otras especialmente interesadas en promover algún aspecto de la literatura en español. El último número publicado, el cinco, es un monográfico sobre la poesía contemporánea argentina. Asisto a su presentación en la Universidad d Birkbeck, cerca de la estación de Euston, en una zona de intensa concentración universitaria. De camino a mi destino, ya de noche, veo a un hombre de unos doscientos kilos de peso, que acaba de bajar de un autobús, pegar una bronca tremenda a un grupo de tres mujeres por cerrarle el paso en la calle. Es obvio que el abroncador necesita mucho espacio para pasar, pero también que las abroncadas no lo han hecho adrede. Espantadas, y repitiendo I am sorry como un mantra exculpatorio, las mujeres se separan lo suficiente como para que el gordo pueda circular y ceje en su increpación. Algunos metros más allá, en unos arriates, veo a otro caballero -sombrero calado, pipa en la boca, perro a los pies- echando migas a los cuervos. Los pájaros picotean el pan con decisión, pero sin entusiasmo: parecen escasamente satisfechos con una pitanza tan modesta; donde esté una buena carroña, o una nutrida nube de insectos, parecen pensar, que se quiten estas menudencias. Se mueven despacio y, de vez en cuando, despliegan unas alas casi tan anchas como las del sombrero de su alimentador, que desmenuzan la luz de las farolas, como espejos de obsidiana, en haces de destellos plateados. Pese a todo, me cuesta considerarlo una escena idílica. La presentación de la revista de hace en un aula de la universidad. Mi amiga Jèssica Pujol y un joven profesor argentino de la Universidad de Oxford leen los poemas originales en castellano y su traducción al inglés. Los autores seleccionados son Florencia Abadi, Alejandro Crotto, Martín Rodríguez, Victoria Schcolnik, Dante Sepúlveda, Marina Yuszczuk, Romina E. Freschi y Paula Jiménez. Me llaman la atención las ilustraciones del número, ingeniosas y provocativas, entre las que se cuentan algunos ejemplos de poesía visual a cargo de Sarah Kelly, uno de los miembros del equipo de redacción, y que había traducido algunos poemas míos, con ocasión del translation slam organizado en noviembre por Spain, ¡now! Sara me cuenta, en el entreacto de la presentación, que trabaja la poesía y el papel, pero no porque utilice este para escribirla, sino porque la esculpe con él: su obra está a medio camino entre la papiroflexia y el papier mâché. También me dice que ha recibido una beca para una estancia de tres semanas en la Fundación Banff, en Canadá, donde disfrutará de un inmejorable ambiente creativo: con 35 grados bajo cero fuera, pocas cosas más se pueden hacer que quedarse en la habitación, escribiendo. Charlo un rato también con Noèlia Díaz Vicedo, una profesora valenciana de la Universidad Queen Mary, redactora asimismo de la revista, y con William Rowe, un destacado hispanista recientemente jubilado, que me mira con interés desde la redondez de sus gafas, colgadas en una nariz perteneciente a una cabeza de pelo blanco, en la cumbre de un cuerpo anglosajón, alto y delgado. Cuando me puse en contacto con él, William me dijo que ya conocía mi trabajo: tenía la traducción de la poesía completa de Rimbaud que habíamos publicado en DVD, hecha al alimón entre Miguel Casado y yo. Mientras todos charlamos en varios corrillos, entra una dama que pide que bajemos el tono de voz. "Pasáoslo bien", nos amonesta, "pero no hagáis tanto ruido". Juro que, comparado con el pandemonio que se organiza en actos similares en España, el alboroto del aula apenas se diferenciaba del silencio. Sin embargo, resultaba excesivo para los vecinos. La presentación concluye con la proyección de varios vídeos en los que algunos de los poetas antologados -como Paula Jiménez, que se presenta como "astro-psicóloga"- leen sus poemas. Tomo una copa de vino más, pico algunas patatas y me marcho.

miércoles, 22 de enero de 2014

Algunas noticias literarias

Hace dos días, Juan Vico me comunicó que mi poemario Insumisión había ganado el premio de la revista Quimera al mejor libro de poesía en español de 2013. Fue una alegría, aunque resulte una obviedad decirlo. Y lo fue, sobre todo, por dos motivos: primero, porque no está acostumbrado uno a esto de los premios; y segundo, por el prestigio de quien me lo concede: la revista Quimera, que ha tenido un papel protagonista en el análisis y la difusión de la mejor literatura escrita en español en los últimos 35 años, y con la que han estado vinculados autores de la talla de Octavio Paz o Juan Goytisolo, entre muchos otros. No me parece irrelevante tampoco que entre los finalistas hubiera algunos libros sobresalientes, cuyos autores, además, son excelentes amigos, como Álvaro Valverde -que fue el primero en felicitarme- y Basilio Sánchez, y que los demás seleccionados ofrecieran igualmente poemarios sugerentes, renovadores. Esto de los premios, como me dijo alguien alguna vez, es como las medallas: uno no trabaja para obtenerlas, pero, si se las dan, las coge. Como es natural, uno habría cogido también, con sumo placer, la dotación económica del premio, si la hubiere. Pero, por desgracia, no es el caso. El galardón de Quimera es simbólico, una especie de premio nacional de la crítica, pero privado, ceñido al ámbito crítico de la publicación. Ya es bastante: servirá para darle lustre al libro y, quizá, para prolongar su presencia en los estantes de novedades de las librerías; si así consigue algún lector más, su objetivo estará más que cumplido. Pese a todo, me sigue desconcertando el factor de azar que preside la concesión de los premios literarios. No me tengo por engreído -no más, al menos, que la mayoría de los escritores- si digo que, entre La luz oída, ganador del premio Adonáis en 1995, e Insumisión, de 2013, he publicado algún libro cuyos méritos no me parecen inferiores a los de este. No muchos: solo alguno. Sin embargo, ninguno ha merecido jamás el menor reconocimiento. Por qué un libro impacta en la percepción crítica y otro no, es un misterio que todavía no he sido capaz de desentrañar. Sé que casi todo es acumulativo (aunque César González Ruano dijera que en España los escritores estamos siempre empezando), y que, por lo tanto, que un autor adquiera un perfil reconocible por el público, aun en el ámbito minoritario, más aún, microscópico, de la poesía, depende de una sucesión de estímulos, de una suerte de sirimiri de actuaciones y ecos, que empapen el suelo habitualmente impermeable de la recepción crítica y lectora. Dicho de otro modo: que te distingan exige una paciencia y una perseverancia colosales, un trabajo tenaz y una multiplicación de propuestas. Camilo José Cela decía que el que resistía, triunfaba; y ese es también el mensaje homérico, como hace unos días nos recordaba Rafael Álvarez, el Brujo: Ulises ha de resistir todas las tribulaciones del viaje para hacerse con la recompensa que le aguarda en el hogar. La resistencia es, pues, el secreto, pero una resistencia activa, hecha de propuestas, de investigaciones, de ofrecimientos: de libros. El premio de la revista Quimera a Insumisión es un oasis en el camino áspero y desquiciantemente solitario de la creación, por el que transitamos, no obstante, tantos caravaneros de la literatura. Y yo estoy encantado de refrescarme en él.

Otra noticia, de mucha menor incidencia personal, pero de la que no quería dejar de dar cuenta aquí, es la aparición de Un viejo estanque. Antología de haiku contemporáneo en español, a cargo de Susana Benet y Frutos Soriano, y publicada por Comares. Hace muchos meses, los antólogos se pusieron en contacto conmigo para pedirme algunos haikus, que se incorporarían a su selección. Se los envié con placer, al igual que hicieron otros 135 haikuistas españoles actuales. Mi experiencia con este poema japonés pasaba por la traducción de Poemas japoneses a la muerte, de Yoel Hoffmann, uno de los libros de más éxito del catálogo de DVD ediciones -alcanzó los cinco mil ejemplares vendidos-, y por mi propio Los haikús del tren, publicado por Ana Santos y Pedro Miguel, los beneméritos editores de la almeriense El Gaviero. El haiku es una composición dificilísima, y eso, entre otras razones, porque es muy fácil: su facilidad lo vulgariza. Todo el mundo, en un momento u otro, se ha considerado capaz de escribir uno, y lo ha hecho: yo también. No estoy seguro de que esa celeridad, esa generalización, haya dado frutos perdurables. Aunque, claro, la perdurabilidad no es uno de los propósitos del haiku. Todo lo contrario: el poema solo pretende captar lo fugaz de este instante, la transparencia de este instante, la ligereza inaprehensible de lo que está sucediendo y ya no va a volver a suceder. En todo caso, no he podido comprobar todavía la calidad de los contenidos en Un viejo estanque, porque la editorial no solo no paga derechos de autor a los antologados, sino que ni siquiera les regala el libro: si uno quiere disponer de él, ha de comprarlo, a 19 euros el ejemplar. Esta forma sutil de autoedición -de edición parcialmente sufragada por sus autores- es otra de las consecuencias perversas de la crisis: ya ni siquiera se retribuye con un libro a quienes han hecho posible el libro. Y lo peor es que nos acostumbramos: lo aceptamos como algo inevitable. 

La última noticia que quería dar hoy aquí, y la más breve, es que La pasión de escribil ya existe: en el buzón me esperaban los dos ejemplares que Javier Sánchez Menéndez ha tenido la gentileza de adelantarme por correo, a la espera de que me lleguen los ejemplares de cortesía. Es un libro pequeño, discreto, elegante, como todas las publicaciones de La Isla de Siltolá. El tacto es fino; su contenido, no lo sé. Hace mucho que publiqué mi primer libro, pero sigo sintiendo el mismo mariposeo estomacal, la misma alegría, con cada nuevo volumen. Y este es el primero de prosa, lo que aumenta la desazón. Lo mismo dicen que les pasa a los actores, por muchos años que lleven actuando: antes de salir a escena, sienten nerviosismo, incluso miedo. Quizá cuando ya no sienta nada, será hora de dejar de escribir. Hoy por hoy, y aunque no he dormido con La pasión de escribil en la mesita de noche, como hizo Cernuda cuando vio la luz su primer poemario, Perfil del aire, me siento todavía ilusionado. Sé que esa ilusión no será correspondida por la realidad, poco hospitalaria con nuestras esperanzas, pero esa certeza no la desvirtúa. Me alegra La pasión de escribl. Todavía siento pasión por escribir.