viernes, 7 de febrero de 2014

Sloane Square y King's Road

Sloane Square es una plaza muy agradable de Chelsea, aunque lo sería más sin el tráfico infernal que la rodea. Se llama así por sir Hans Sloane, un médico, botánico y coleccionista irlandés que perdura en la memoria de los ingleses por haber donado a la nación su fabulosa colección de objetos y plantas, que constituyó la base para la creación del Museo Británico, y por haber introducido el chocolate en el Reino Unido. En efecto, durante su estancia en Jamaica -que se prolongó quince años: era el médico personal del gobernador de la isla- observó que los nativos bebían un brebaje derivado del cacao como remedio natural para muchas enfermedades. Cuando lo probó, lo encontró nauseabundo, pero descubrió que, si se mezclaba con leche, sabía mucho mejor. Importó entonces la fórmula a Inglaterra y popularizó el consumo de chocolate hasta hoy mismo. De hecho, la célebre marca de chocolates Cadbury, que adquirió los derechos de la patente de Sloane en el s. XIX, es la continuadora de su obra. (Es curioso que otro producto de consumo universal, la Coca-Cola, fuera también, al principio, un medicamento: la inventó un farmacéutico de Atlanta, John Pemberton, como tonificante para señoritas; hoy se expide sin receta y tonifica a todo el mundo). Sloane Square constituye la frontera entre dos de los mayores patrimonios inmobiliarios de Londres: el Cadogan y el Grosvenor Estate. El de Cadogan agrupa una larga serie de magníficos edificios que cuentan, a menudo, con sus propias plazas privadas. En esos pequeños edenes ciudadanos, circundados por rejas muy disuasorias, solo se puede entrar si se es vecino, y a uno le sorprende que perduren estos privilegios señoriales en el centro de Londres y en pleno siglo XXI. No obstante, es muy agradable pasear por estas zonas tan exclusivas -y, claro, carísimas- y disfrutar de las tiendas que crecen a su calor. Cerca de Cadogan Square, por ejemplo, hay una tetería muy mona -atendida, para variar, por una española- donde es un gusto tomarse un roibos o alguno de las docenas de tés que figuran en la carta. Sloane Square está presidida por una delicada estatua de Venus, del escultor Gilbert Ledward, erigida en 1953 -Piccadilly Circus no está solo, pues, en su exhibición de motivos eróticos- y rodeada por una espesa hilera de árboles, que aíslan no poco de la voracidad de los automóviles: en un día de escaso ajetreo, un domingo, sentarse en la plaza, junto a la estatua de Venus, y leer el periódico, o, aunque parezca increíble, comerse un sándwich de mermelada y pepino, bajo el dosel azulísimo del cielo, es uno de los grandes placeres que ofrece la ciudad. Hay, también, dos edificios muy significativos: el Royal Court Theatre, uno de los muchos donde no se representan musicales o comedias, sino obras clásicas y de vanguardia (que aquí vienen a reunirse, como los extremos de un ouróboros, por su oposición al entretenimiento y la frivolidad); y los grandes almacenes Peter Jones, el mejor equivalente de nuestro inefable Corte Inglés: allí hemos comprado Ángeles y yo casi todos nuestros aperos de cocina. En Sloane Square se encuentra uno de los extremos de King's Road -el rey al que se refiere la calle es Carlos II, que no sé si fue un buen monarca, pero sí un gran copulador: reconoció a 14 hijos ilegítimos de ocho amantes distintas, aunque su prole real, y nunca mejor dicho, fue mucho más numerosa-, uno de los centros neurálgicos de la eclosión punk y mod de los ochenta, pero que ahora se ha convertido en una calle ferozmente comercial, con tiendas de lujo, bares y restaurantes. Ello no obstante, la zona conserva todavía algunos testimonios de su pasado literario. Al poco de salir de Sloane Square, por King's Road, se encuentra John Sandoe, una de las librerías de viejo de mayor solera de la ciudad, fundada en 1958, y de la que era un habitual el actor Dirk Bogarde, que la consideraba "inspiradora de un amor absoluto por los libros". Hoy ha perdido, quizá, parte de su antiguo encanto, porque ha tenido que reducir sus instalaciones, pero conserva un fondo amplísimo, y muy bien catalogado, que sigue siendo una delicia recorrer. Un poco más allá, al otro lado de King's Road, en Walpole Street, vivió brevemente P. G. Wodehouse, otro de los modeladores del arquetipo del inglés, gracias a su personaje del criado Jeeves. Desde aquí caminaba Wodehouse hasta su deprimente trabajo en el Banco de Hong Kong y Shangai (hay ensayos sobre los muchos poetas que se han dedicado a oficios burocráticos, como el excelente El funcionario poeta, de Carlos Eymar, pero sería interesante componer alguno sobre aquellos que han sufrido en sus trabajos, aquellos para los que esa ocupación ha sido una losa insoportable y quizá, paradójicamente, una fuente de inspiración), y es de suponer que aprovechaba aquellos apesadumbrados trayectos para componer mentalmente las descacharrantes aventuras de Jeeves y de Bertram Wilberforce Wooster, su señor. Si seguimos por King's Road, no tardaremos en llegar a Sydney Street, que la cruza, y en la que se encuentra la iglesia de San Lucas, memorable porque aquí se casó Charles Dickens con Catherine Hogarth en 1836, por su espléndida agua neogótica frontal y por el grato barecito que se monta, cuando hace bueno, en su pórtico -llamado, con poca imaginación, "Pórtico"-, y en el que es un placer tomarse un café, con los rayos del sol enhebrando las columnas, mientras se oye el rumor de los juegos de los niños de un colegio cercano. Aproximándonos ya al otro extremo de King's Road, cerca de la Escuela de Artes de Chelsea, cruzaremos la sorprendentemente llamada Manresa Street, muy cerca de donde vivieron Dylan Thomas y el también poeta sir Osbert Sitwell, hermano de la excéntrica Edith Sitwell, nada sorprendente autora de Excéntricos ingleses, un delicioso compendio de las rarezas de este pueblo raro. 

jueves, 6 de febrero de 2014

Los entrevistadores británicos

Durante mucho tiempo he oído alabar en España la profesionalidad y la incisividad de los periodistas británicos, en general, y de sus entrevistadores, en particular, frente a la condescendencia con el poder, la laxitud y la inepcia de los gacetilleros españoles. De vez en cuando, en algún informativo o programa de zapeo, aparecía alguna muestra de su trabajo, sobre todo en la BBC, pero también en otros canales, públicos y privados, de la televisión británica. Y, realmente, era sorprendente: para los acostumbrados a la bazofia hispana -que solo conocía, en este terreno, raras excepciones, como Iñaki Gabilondo o, en el terreno social y literario, el legendario Joaquín Soler Serrano-, el comportamiento de los ingleses era tan insólito como desconcertante. Al venir a Inglaterra y tener ocasión de seguir los programas de actualidad política o de entrevistas, he constatado que aquellas muestras no eran casuales. El entrevistador británico parte de una base sólida: se documenta bien. No hay en su labor improvisación ninguna. Eso que tanto se elogia de nuestra cultura mediterránea, la capacidad para salirse del guión, está proscrito en la anglosajona, y, en este caso, me parece bien. De mis tiempos como profesional del Derecho (muy cercanos todavía cronológicamente, pero lejanísimos espiritualmente) conservo la certeza de que no hay nada mejor para enfrentarse a un asunto, por abstruso que sea, que prepararse bien, lo cual pasa con leer con detenimiento todo lo que tenga que ver con él. Es una obviedad, pero, por desgracia, vivimos en una época en la que es menester reivindicar lo evidente. Eso hacen los periodista británicos: detrás de sus preguntas hay siempre una cantidad ingente de información, bien asimilada. Además, saben que por la boca muere el pez, y que no hay nada mejor, para que afloren las contradicciones, ambigüedades y estupideces de alguien, sobre todo si se trata de un político, que averiguar lo que ha dicho en el pasado: las hemerotecas (y, hoy, Internet) son los mejores amigos del  buen periodista. Otra característica de los entrevistadores británicos es que no se alteran: formulan sus preguntas sin torcer el gesto ni alzar la voz, con la suavidad de un licenciado en Filología Semítica por la Universidad de Oxford. Cuando uno ha comprobado aquí con cuánta delicadeza un inglés puede comunicarte la peor objeción, ese sosiego glacial no extraña. Tampoco se ponen nerviosos si el entrevistado se pone nervioso: pueden encajar cualquier réplica, cualquier exabrupto -aunque no suelen darse, porque el público castiga a quien los profiere, sobre todo si es un responsable político, del que se espera que responda con racionalidad en la situación más angustiosa-, con el mismo hieratismo. Y mucho menos incurren en la discusión: el entrevistador no es el antagonista del entrevistado, sino solo su examinador. La voz del entrevistador es la voz de la audiencia: pregunta lo que cree que la gente quiere saber. Hace poco vi una entrevista de Ana Pastor -cuyo currículum se ha visto notablemente engrosado por la que le hizo a Mahmud Ahmadineyad, el sátrapa iraní, en la que demostró saber anudar con muy poca fuerza los pañuelos que se pone en la cabeza- al ministro de Educación, José Ignacio Wert. Con la poca simpatía que me inspira este personaje, la actuación de la Pastor me pareció atolondrada y gárrula: interrumpía las respuestas, chinchaba, discrepaba. Los entrevistadores británicos se limitan a entrevistar, es decir, preguntan, y, si no les contestan, vuelven a preguntar. Y eso basta. Así han desenmascarado, por ejemplo, a un personaje tan popular como Boris Johnson, el alcalde de Londres, que no es conocido solamente por el rubio gallináceo de su cabellera, sino por su sarcasmo y su habilidad dialéctica. En España se confunde la pregunta, como tantas otras cosas, con el garrotazo. También recuerdo una entrevista de otra mujer, Isabel San Sebastián, una de las activistas más nauseabundas del periodismo patrio (y, en su caso, nunca mejor dicho), a Alfonso Guerra, hace muchos años. La empezó como lo que supuestamente era, periodista, pero la acabó como una contertulia (no tertuliana: Tertuliano era un emperador romano) más de la mesa, regalándole a Guerra su rictus avinagrado, sus gritos nacionalcatólicos y sus opiniones de portera de inmueble del barrio de Salamanca. En Inglaterra, Jeremy Paxman, por ejemplo -autor de varios libros sobre la historia del Reino Unido, tan rigurosos como divertidos-, entrevista a todo el mundo suaviter in modo, fortiter in re: con un temple exquisito, pero asfixiantemente inquisitivo. Es admirable observar cómo un conservador como él se atreve con cualquiera y encaja sin pestañear las respuestas más desairadas, aunque casi siempre formuladas con tanta impasibilidad como la que él demuestra. Hace poco, entrevistaba a dos sindicalistas galeses, descendientes de los trabajadores de los astilleros que habían protagonizado una huelga muy sonada en la Primera Guerra Mundial. Paxman les dijo que mucha gente creía que aquellos huelguistas eran unos traidores a la patria, porque saboteaban el esfuerzo bélico contra el enemigo común. Los sindicalistas le respondieron que sus antepasados no consideraban aquella guerra suya; la que sí era suya era la que libraban con sus empleadores, que eran los auténticos traidores, para que no se enriqueciesen, gracias a la guerra, a su costa. Y añadieron que los que se habían presentado como voluntarios para combatir en aquel conflicto eran tan tontos como los que lo habían hecho para luchar en la guerra de Iraq. Paxman los miraba con gelidez y con un levísimo alzamiento de ceja, pero sin apartar la vista de ellos y, sobre todo, sin interrumpirlos. En España uno suele advertir cómo el interlocutor (que, en realidad, no desea aprender nada de su contrario, y, por lo tanto, no está allí para escuchar, sino solo para aplastarlo con sus razones) se muestra ansioso por que el otro deje de hablar para asestarle el contraargumento, aunque, la mayoría de las veces, no puede esperar hasta entonces y decide hacerlo, con gran vociferación y despliegue de gestos despectivos, cuando todavía está en el uso de la palabra. Paxman, en cambio, que discrepaba radicalmente de ellos, los dejó acabar, dejó pasar también algunos segundos e hizo, con mucha calma, la siguiente pregunta. La profesionalidad de los entrevistadores británicos se manifiesta asimismo en los ámbitos no políticos. Hace poco vi las interviús que los presentadores de un programa matutino de televisión -que, como en España, se dirige a un público mayoritariamente compuesto por amas de casa y jubilados- les hacían a dos de sus invitados, friquis descomunales, y nunca mejor dicho: ella, Chelsea Charms, la mujer con los pechos más grandes del mundo, y él, Jonah tres piernas Falcon, el hombre con el pene más largo del planeta, según el libro Guiness de los récords. Ambos, Holly Willoughby y su partenaire, Phillip, se interesaban por las anatomías de sus invitados -que, en el caso de Charms, ocupaba casi la mitad del estudio de grabación- con una asepsia admirable: igual podían estar hablando de caniches o de la floración del crisantemo en Cornualles. "Tu pene mide veintitrés centímetros en reposo y treinta y cinco en erección, Jonah -le preguntaba Holly, con expresión impenetrable, aunque este adjetivo no sea seguramente el más adecuado en estas circunstancias-; ¿no te plantea eso problemas en tus relaciones sexuales?". O bien, otra pregunta, no por obvia menos necesaria, a Chelsea Charms: "¿No te dan esos pechos dolor de espalda?" Sorprendentemente, ambos contestaban que no: Falcon, porque había sustituido el coito, a todas luces imposible (salvo que se enrrollara una toalla en la base, como le había prescrito a Fernando VII, otro prodigio de la naturaleza, aunque no intelectual, su médico de cámara), por una sofisticada labor lingüística; y Charms, sin dar más explicaciones, aunque la verosimilitud de su respuesta se tambaleaba cuando añadía que dentro de unos años pensaba sacarse algunas toneladas de silicona del pecho, porque no podía seguir así mucho tiempo. En todo caso, no eran las respuestas de los dos freaks lo que me interesaba, sino el comportamiento de los entrevistadores: cristalino, respetuoso, impávido, lo que no era poco, teniendo en cuenta de lo que se hablaba. Ojalá fuera así siempre en España, ya tenga el invitado el pene o la lengua largos, o la vergüenza o la inteligencia cortas.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Un día como otro cualquiera

Me levanto a eso de las ocho (a menudo, un poco antes: desde que estoy en Inglaterra, me acuesto más temprano y duermo más; el cuerpo busca la satisfacción de las ocho horas y, una vez conseguidas, rechaza más descanso), me doy una ducha rápida y desayuno. Por lo general, tostadas con miel (que es excelente, aun la más barata; es lógico: en un país de mucha lluvia, hay mucha vegetación y, por ende, muchas abejas) y mermelada de naranja amarga, y un café con leche. Una curiosidad: esta extendidísima bitter orange marmalade, tan consumida por los ingleses como el té o el fish and chips, se confecciona con una variedad del citrus aurantium, la naranja de Sevilla, cultivada especialmente en Andalucía, pero que allí apenas se consume. Una vez al año, se envía prácticamente toda la cosecha al Reino Unido para que se transforme en las preciadas mermeladas y compotas. Tras desayunar, me siento al ordenador. Lo primero que hago es comprobar el correo, aunque todavía no lo contesto. Luego hago la entrada diaria del blog. Me he propuesto colgar una entrada al día: ni más, ni menos. De momento, desde hace cinco meses, lo he conseguido, y no es fácil, a veces, encontrar un tema del que hablar. Sigo recordando el diario de César González Ruano, tan inspirador en muchos sentidos, y las numerosas entradas en las que no hablaba de nada en particular, sino solamente de su deambular diario, hecho de artículos apresuradamente pergeñados en el café, tertulias, también en el café, y nimiedades domésticas. Ruano documentaba el vacío y, pese a ello, sus páginas eran una delicia. Cuando acabo la entrada, cuya redacción suele llevarme una hora o una hora y media, consulto los blogs de los amigos: Álvaro Valverde, Elías Moro, Jordi Doce, Juan Luis Calbarro, entre otros. Por fin, ataco la traducción de Whitman, en la que llevo enfrescado casi dos años. Voy ya por el final. He acabado la poesía y ahora intento rematar la parte de prosa que también incluirá la edición. Estos días estoy con los prólogos de Hojas de hierba, que son seis, nada menos, correspondientes a sendas ediciones de las nueve que publicó en vida. Uno de esos prólogos es la carta de elogio que le envió Ralph Waldo Emerson, después de que Whitman le regalara un ejemplar dedicado de la primera edición del poemario, y una larga carta de respuesta, que es, en realidad, un sesudo ensayo del propio Whitman. Curiosamente, el poeta no le pidió permiso a Emerson para publicar su carta en la segunda edición del libro, ni en los periódicos a los que también la remitió, y a Emerson ese atrevimiento no le complació. Pero Whitman estaba ansioso, con ansia viva, por que el universo mundo supiera que el mayor pensador de los Estados Unidos opinaba que Hojas de hierba era un gran libro. A eso de las doce, suelo hacer un descanso: pico algo, me tomo una cerveza y hasta salgo un rato a la calle, para hacer alguna compra o, simplemente, para estirar las piernas. Ayer mismo fui a la oficina de correos, a enviar una carta. (La oficina de correos está dentro de una tiendita regentada por indios, al lado de una casa de apuestas; uno espera su turno rodeado de gominolas, botes de mermelada de naranja amarga y paraguas baratos. La señora y la joven que atienden las dos ventanillas son la mujer y la hija, respectivamente, del tendero). Prosigo luego la tarea hasta eso de las dos o dos y media, en que me dispongo a comer. Mis horarios siguen siendo españoles, y la siesta que hago después del almuerzo, también. A la cabezada contribuyen decisivamente los programas de la televisión británica, cuyo interés es, a esa hora, más que discreto. En varios canales, dan deportes, pero no deportes activos, de esos en los que hay la posibilidad de que los jugadores se rompan una pierna o reciban un pelotazo en los genitales, sino asombrosamente somníferos, como ya he contado en alguna entrada anterior: críquet, dardos o, como descubrí hace poco, una extraña modalidad de petanca, cuyo nombre aún no he averiguado, en la que los jugadores están muy lejos de las bolas, y las lanzan con parsimonia zen, como si compitieran a ver quién les consigue imprimir mayor lentitud. Para mi pasmo, las gradas están llenas de público, que se emociona y aplaude extáticamente el lentísimo aproximarse de unas bolas a otras. También hay muchos programas de subastas, y de compraventa de objetos antiguos, y no faltan los de marujeo (tampoco he conseguido saber cuál sería el nombre inglés correspondiente a Maruja, con este sentido), en los que la hez de la sociedad chilla, y se insulta, y airea sus intimidades más vergonzantes. En esto se distinguen poco de España. Por último, las películas que se proyectan a esta hora suelen tener un mínimo de sesenta años: no he visto nunca ninguna en color. Son westerns de cuando se hacían westerns, films hagiográficos de ingleses y americanos en la Segunda Guerra Mundial, comedias de consumo local o piezas de cine negro de segunda división. Mi siesta suele ser breve, pero suficiente para tener la sensación de que todo vuelve a empezar. Esa es una de las grandes virtudes del sueño: no solo descansarnos, sino persuadirnos de que hoy es un nuevo día: de que, microscópicamente, hemos vuelto a nacer. Hago entonces las tareas domésticas: recojo la mesa, pongo (o vacío) el lavavajillas si es menester, hago la cama, cuelgo (o descuelgo) la colada, ordeno la casa. Y me vuelvo a sentar al ordenador. Es el momento de atender el correo: de contestar algunos mensajes, de dejar otros sin contestar, de enviar recordatorios a quienes han dejado de contestar los míos de que lo hagan. (El correo electrónico es uno de los grandes inventos de la humanidad, aunque, según dicen los que saben de esto, parece que está cediendo su preeminencia a otras formas más sintéticas e inmediatas de comunicación, vinculadas a las redes sociales. Puede que sea cierto, y no me extrañaría: yo siempre he tenido la sensación de llegar tarde a los avances tecnológicos y, cuando he creído que empezaba a dominar alguno, me lo han cambiado por otro más abstruoso y completamente desconocido: lo digital progresa a una velocidad creciente que no soy capaz de mantener). Después de resolver la correspondencia, se abre normalmente una disyuntiva: o bien voy a buscar a Ángeles a su hospital, o bien sigo trabajando en mis traducciones. Depende de sus horarios y del estado de ánimo de los dos. Si salgo, cruzo el parque de Battersea, el puente Alberto y Oakley Street y la espero a la salida del trabajo, para luego hacer alguna compra, merendar en un local de Chelsea y regresar a casa por el mismo camino; y, si no, mi compañía sigue siendo Whitman, hasta que llega la hora del spinning, hacia las siete o siete y media de la tarde, según los días. Preparo la bolsa de deporte, me voy al gimnasio, que está a un cuarto de hora de distancia caminando, y pedaleo como un hámster, en una sala gélida, durante cuarenta y cinco minutos. La locuacidad no es una de las características descollantes de los ingleses, pero ayer un compañera de la clase no solo me habló, sino que me sonrió y todo. Después, me ducho, me visto y vuelvo a casa, ya de noche, con un frío mayor incluso que el que hace en la sala de spinning. Como apenas hay nadie por la calle, y el tráfico también ha disminuido, el paseo de vuelta resulta muy relajante. Suelo aprovecharlo para decidir el tema de mi entrada del día siguiente, y casi siempre doy con él. A veces, es fácil, porque me ha pasado algo, o he sido testigo de algo, de lo que creo que vale la pena hablar; otras, en cambio, he de rebuscar en la memoria o en los pliegues de la cotidianidad para descubrir algún asunto interesante, o que a mí me lo parezca, con la esperanza de que los lectores compartan ese parecer. Ayer se me ocurrió que la pura exposición de la anodinia de un día cualquiera podía tener, paradójicamente, su aquel; que la representación estéticamente persuasiva del esqueleto de una jornada irrelevante, como tantas otras, constituía un desafío que valía la pena acometer. Cuando llego a casa, saludo al portero de noche, que también es indio o paquistaní, y ceno. Luego leo un rato -El País, si Álvaro o yo hemos podido conseguirlo en la ciudad, o el libro con el que esté en esos momentos, que ahora es El lugar de los deseos, de Rafael Courtoisie-, juego al ajedrez en el teléfono (ya he conseguido hacer tablas y hasta derrotar alguna vez a la máquina, aunque el diabólico artefacto sigue teniendo la mala costumbre de apalizarme) y veo la tele, si algún programa de la BBC o alguna película capta mi atención. Ayer, por ejemplo, me entretuve con un documental que exponía los escalofriantes casos de señoras muy mayores con maridos jovencísimos: ella de 80 y él, de 38 años, por ejemplo. Luego ya solo queda lavarse los dientes y acostarse. Mañana será otro día.

martes, 4 de febrero de 2014

Sobre el doblaje

Uno no comprende hasta qué punto es absurdo el doblaje hasta que oye a John Wayne hablando en francés. Nuestra realidad es nuestra, y nos encontramos cómodos en ella. Por eso nos parece normal que un vaquero del Oeste, que seguramente tendría problemas para vocalizar en su propio idioma, se dirija a otros vaqueros, o a indios arapahoes, en la lengua de Cervantes; asombrosamente, también los indios hablan castellano. Así me sucedió en Francia, en casa de unos parientes, hace muchos años: el viejo John se echaba unos whiskies al coleto en el saloon de un pueblo de las praderas y hablaba como Voltaire. Ahora que vivo en un país donde las películas no se doblan, y en cuyo idioma se filman la inmensa mayoría de las producciones de Hollywood, comprendo cabalmente las dimensiones del problema. Hay una discusión antigua sobre las ventajas y los inconvenientes del doblaje, pero quizá convenga recordar que su origen no es inocente: en España, fue introducido por la Segunda República en 1932, con la encomiable finalidad de que amplias capas de población analfabeta, o con dificultades de lectura, pudieran disfrutar también del nuevo arte cinematográfico, pero su aplicación se vio reforzada y aumentada por las leyes de Franco, que lo impuso, con carácter general, en 1941, inspirándose en la Ley de Defensa del Idioma de Mussolini; y lo mismo sucedió en la Alemania nazi. El doblaje tenía, pues, en sus principios, una doble pretensión: robustecer el nacionalismo patrio, promoviendo la identidad lingüística, y controlar ideológicamente a la población. Esta censura derivó pronto, en el caso español, de lo político a lo moral, y, con rigor bufo, se desentendió de muchos mensajes disolventes que nos llegaban de más allá de las fronteras, para concentrar su cejijunta vigilancia en los diálogos obscenos y las picardías precoitales. Eso generaba situaciones descacharrantes, de las que Buñuel se habría sentido orgulloso, como en aquella película, cuyo título no recuerdo, en la que se había eliminado la tensión sexual de los diálogos convirtiendo a los interlocutores en hermanos, pero sin suprimir todas las escenas originales. El resultado es que los hermanos se atizaban unos morreos la mar de incestuosos, lo que resultaba aún más excitante que un petting sin consanguinidad. La censura que permite el doblaje sigue vigente hoy en muchos países, como en China, donde toda forma de censura tiene su casa, y donde a nadie parece importarle que los actores de la película sigan moviendo los labios cuando el parlamento en chino ya se ha terminado hace rato (o al revés). Pero en la historia del doblaje no solo se han producido errores memorables por la ineptitud de los dobladores: también por su exagerada creatividad. En Hungría, por ejemplo, las comedias se doblan en verso, y artistas famosos prestan su voz para leerlas. Así, en Los Picapiedra, todo lo que dicen los personajes rima. En algún momento, es fácil, verbigracia, cuando Pedro grita: "¡Wilma! ¡Abreme la puerta, Wilma!", un eneasílabo cuya epanadiplosis garantiza la consonancia. En otros, en cambio, la labor de los dobladores se antoja titánica, como cuando expresa su deseo de zamparse un filete de brontosaurio justo antes de ejecutar, caminando de puntillas, uno de sus afiligranados strikes. Lo cierto es que reivindicar el doblaje es como reivindicar la amputación de un brazo y su sustitución por otro ortopédico. Por bueno que sea el brazo artificial, nunca igualará al de verdad. He visto muchas veces Braveheart (y últimamente la pasan cada dos por tres por la televisión, quizá por contaminación con el inacabable debate sobre la independencia de Escocia), pero nunca había apreciado como ahora el acento local de los rebeldes -y el esfuerzo que hace Mel Gibson, no siempre fructuoso, por adoptarlo-, las crueles inflexiones del inglés aristocrático de Eduardo Longshanks, la suavísima tonalidad del francés y el inglés que habla la nuera del rey, y los giros sincopados de los irlandeses. También he disfrutado con el inglés oxoniense -y durísimo- que es capaz de entonar Meryl Streep, una americana, en La dama de hierro. No hay ni siquiera que reivindicar la utilidad del cine en versión original para aprender idiomas -aunque sea un beneficio cierto: los países más políglotas son aquellos en los que no hay doblaje-, sino solo disfrutar de la película tan como ha sido concebida y ejecutada. A nadie le parecería adecuado retocar al Bosco porque sus personajes sean demasiado siniestros, o a Picasso, porque los suyos no se entiendan, o a Gustave Courbet, porque El origen del mundo pueda ofender al contemplador. Por qué nos sigue pareciendo normal manipular la banda sonora de las películas es algo que solo se explica por pereza, un sentimiento muy humano y muy poderoso. 

lunes, 3 de febrero de 2014

El autobús de dos pisos

El double decker, o autobús de dos pisos (literalmente, de dos puentes o cubiertas, como si fuera un barco), es una institución británica. Existe en muchos otros países, pero solo en el Reino Unido se ha popularizado hasta convertirse en un icono ciudadano. En Madrid, sin ir más lejos, hubo autobuses de dos pisos hasta los años 70, aunque su historial no era tranquilizador: al estallar la Guerra Civil, habían servido para pasear a los presos. Al transportar a más condenados, permitían matar a más: así se le sacaba más partido a las madrugadas. Su trayectoria en Londres ha sido más pacífica. El autobús de dos pisos podría definir a la democracia, como ya hizo Winston Churchill con los lecheros: "Que llamen a la puerta a las cinco de la mañana, y sea el lechero": "Que pase un autobús lleno de gente a las cinco de la mañana, y sea el double decker". Aunque su uso se remonta a los tiempos de los ómnibus tirados por caballos, el modelo clásico, el Routemaster, con el que lo identificamos todos, entró en servicio en 1956 y ha operado hasta anteayer, en que ha sido sustituido por otro, con la misma estructura, pero de diseño actual. Contra lo que se pueda creer, un autobús así no se construyó para satisfacer a los turistas, sino por razones estrictamente volumétricas: los autobuses, que habían de prestar servicio a un número creciente de usuarios, no podían alargarse, porque, si se alargaban, no podían circular por las estrechas calles de Londres. Así pues, tuvieron que crecer. El piso de arriba de un double decker ofrece unas vistas privilegiadas de la ciudad, como todo visitante ha podido comprobar, aunque tiene algunos inconvenientes: hay que superar un primer estadio de pánico, cuando se tiene la sensación de que se va a chocar contra todas las esquinas de los edificios (y de que todos los coches que circulan en dirección contraria se van a incrustar en él), y hay que superar la trampa mortal de las escaleras de bajada: las sacudidas que sufre una estructura tan elevada (los double deckers no son dos piezas ensambladas, sino una sola: el chasis es único), y que se transmiten violentamente a los viajeros, han hecho que más de uno se dejara los dientes en las mamparas. Y no basta con agarrarse bien: hay que aferrarse a las barandillas como si nuestra vida dependiera de ello; de hecho, depende de ello. El autobús de dos pisos parece un vehículo amable, pero, en realidad, encierra peligros sin cuento. Los conductores son uno. Es verdad que están sometidos a mucha presión. La pecera en la que pasan varias horas al día, conviviendo con un tráfico infernal, no los aísla de tarugos, borrachos, delincuentes y un amplísimo abanico de gente desagradable, pero su temple deja, a veces, mucho que desear. En una de mis primeras visitas a Londres, vi cómo un grupo de turistas alemanes subía a un autobús turístico de dos pisos y se quejaba al conductor, educadamente, del retraso con el que había pasado. Y tenían razón: debería haberlo hecho hacía mucho rato. El conductor reaccionó como si le hubieran mentado a la madre: empezó a gritar como un hotentote y no dejó de hacerlo hasta que todos los alemanes se hubieron apeado del autobús. Si no lo hacían, amenazaba con llamar a la policía. Se conoce que el conductor es como el piloto de un avión: si él cree que la seguridad del aparato está amenazada, ninguna autoridad, así baje Jesucrito de los cielos, puede oponerse a sus dictados. Aquel día hacía mucho calor, y quizá eso explicaba una reacción tan desmesurada; o acaso los alemanes habían matado a su abuelo en la Segunda Guerra Mundial, y el hombre les guardaba todavía un poquillo de resquemor. No lo sé. El caso es que aquel incidente me dejó convencido de que la impavidez de los británicos oculta, a menudo, una agresividad que no encuentra otro cauce para manifestarse que el vituperio y la explosión. En cualquier caso, la red de autobuses londinense, con los double deckers a la cabeza, es una reproducción fiel de la sociedad londinense, y la fauna humana que la habita es tan inabarcable como la que vive en la ciudad. En otro autobús de dos pisos al que subí, un grupo de jóvenes se colgaba por la puerta trasera, sujetándose solo con una mano a una barra interior: era suicida. No eran jóvenes depauperados, sino con pinta de estudiantes: llevaban ropa de marca. El conductor, esta vez sensato, paró el coche y les ordenó que dejaran de hacerlo. Los carteristas, por su parte, hacen su agosto en los autobuses: son uno de sus medios naturales. Suelen trabajar en parejas, y, aunque prefieren las aglomeraciones, no desdeñan los vehículos con pocos viajeros, si entre ellos hay alguna presa fácil: por lo general, ancianos que se valen poco por sí mismos. En algunas grabaciones de su modus operandi -porque todo queda registrado siempre en de los double deckers: son el gran hermano automovilístico de nuestra era-, se observa cómo los cacos emplean todavía una técnica medieval. En aquellos siglos, no hurgaban en la faltriquera de los varones, donde llevaban las monedas, sino que, sencillamente, se hacían con ella cortándola; luego ya la revisarían con toda tranquilidad. Hoy hacen lo mismo: no meten la mano en el bolso de la señora que se ha sentado a su lado, sino que, con una hoja afiladísima, lo rasgan, y le roban el móvil o el monedero. Ojalá, no obstante, todo fueran solo robos. Hace poco se conoció que alguien había tirado a otra persona por la ventana del piso superior de un double decker, en marcha. La caída ha dejado paralítica a la víctima. Las imágenes -captadas desde otro autobús- sobrecogen: el cuerpo atraviesa los cristales e impacta de cabeza contra la calzada, donde se salva de milagro de ser atropellado por otros vehículos. Los viajes nocturnos, como en todas las ciudades, son los peores: docenas de colgados se refugian en los autobuses. Muchos se limitan a arrastrar su cuelgue, como peleles alucinados, por las calles de la ciudad, y uno los ve, hieráticos, ausentes, mientras asimilan las sustancias con las que se han zumbado. Otros, en cambio, vomitan, insultan, agreden. Los autobuses de dos pisos son estupendos: acogen a la vasta humanidad con espíritu igualitario y paciencia a prueba de bombas. Y ofrecen, sin duda, una perspectiva magnífica de la ciudad.

domingo, 2 de febrero de 2014

Inglaterra real e Inglaterra literaria

Todos los lugares tienen sus iconos. Los iconos son los tópicos de la imagen. En Inglaterra -o, mejor, en Londres- esos iconos son la cabina de teléfono roja, el autobús de dos pisos, el caballero con paraguas y bombín -que ya no utiliza nadie, salvo los porteros de los colleges de Oxbridge y los unionistas norirlandeses-, la moqueta en los baños y los cucuruchos de fish and chips. Hay más, pero estos son los que se me ocurren inmediatamente, y que casi todo el mundo compartirá. La imagen de un país se urde con esos mimbres y con muchos otros, derivados de la experiencia personal, de los sitios que se visiten y, sobre todo, de la gente que se conozca. En mi caso, no obstante, la imagen de Inglaterra -esa imagen arquetípica de la que los iconos son bandera- no ha provenido solo del conocimiento físico, sino de un conocimiento que podríamos llamar espiritual, y que me ha proporcionado la literatura. Yo estuve en Inglaterra mucho antes de estar en Inglaterra. La recorrí, mentalmente, pero con la misma viveza con que lo hubiera hecho de haber pisado su suelo, de la mano de una mujer, una escritora mediocre, pero una persona muy inteligente: Agatha Christie. No me avergüenza decirlo: Agatha Christie fue una de mis lecturas favoritas en la adolescencia. Heredé el gusto por sus historias de mi padre, que las devoraba. Los volúmenes -populares, de la editorial Molino, con ilustraciones casi de tebeo en la cubierta- se apilaban en mi casa: amarilleaban enseguida; llamaban fervorosamente al polvo, para desesperación de mi madre. Y uno no parecía capaz de adquirirlos todos: siempre encontraba algún título desconocido. Aunque la escritora ya había muerto, se diría que seguía escribiéndolos. He dicho antes que era una escritora mediocre, pero es una observación injusta: desde luego, no me lo parecía cuando la leía, y, aunque hoy haya cambiado de opinión, debería atribuir a esa opinión genuina y admirativa una porción irredimible de verdad. Además, pienso que, a pesar de la elementalidad de sus enigmas y la repetición de sus tramas, Christie tiene el gran mérito de haber sabido crear una atmósfera, unos personajes memorables: un mundo. Ese mundo era -y, en buen medida, sigue siendo-, para mí, Inglaterra. Aún no soy capaz de contemplar la campiña inglesa sin recordar sus descripciones de los manors, ni de pasar por delante de una vicaría sin evocar al párroco, un señor muy anglosajón y, pese a su condición sacerdotal, muy casado. Tampoco he olvidado a aquellos caballeros de la burguesía rural, entre cuyos miembros solían desarrollarse los casos que resolvía Miss Marple, amantes de los caballos y vestidos de tweed. Todavía me parece reconocer su estampa en algunos hombres que pasean por los parques de Londres, o por los pueblos del interior, con gorra plana, chaqueta gruesa color de arcilla y unas wellingtons eficacísimas. El té, los perros, la lluvia, el césped que rodea a las casas, la hiedra que las cubre, las chimeneas encendidas, los ríos con patos, las conversaciones llenas de understatements e ironías corteses y circunspectas observaciones sobre el clima, la cerveza, los bobbies, más lluvia: todo eso es Agatha Christie -lo de menos son las tramas-, y todo eso es Inglaterra. Incluso en sus relatos más internacionales -Asesinato en el Orient Express o Muerte en el Nilo-, a los que solía atender el belga Hércules Poirot, la figura del caballero inglés destaca por encima de todos: alguien que fuma tabaco rubio en cigarrillos delgados, bebe whisky, viste traje para cenar y se muestra tan consternado por la visión de un cadáver con el pescuezo rebanado en el salón de su casa como por la de un grifo que gotease, pese a lo cual dice cosas como: "¡Oh, qué horror!", "¿Quién ha podido cometer semejante atrocidad?" o "¿Cree Ud. que se podrán limpiar las manchas de sangre de la moqueta?". Pero no solo la escritora de Torquay ha labrado en mi mente esa imagen icónica de lo inglés: también lo ha hecho un francés, Julio Verne, que supo definir en Phileas Phogg, el protagonista de La vuelta al mundo en ochenta días, el prototipo del britón flemático, así pereciera el mundo; del anglosajón imperturbablemente resistente al infortunio y a la adversidad; del londinense que solo se permite, en todo el libro, es decir, en toda una aventura planetaria, un arranque de ira, y eso, porque el propio Verne debía de estar furioso aquel día: no creo que alguien como Phogg se enfadara jamás. Me fascinaba aquella templanza inasequible a la perturbación, por contraste con la vehemencia desjarretada de los hispanos; aquel estoicismo que revelaba un control férreo de los sentimientos, frente a nuestra desmandada garrulería, frente a nuestro exhibicionismo vociferante. Como en aquella escena de los Monty Pyton -el mejor grupo cómico que ha dado el cine desde los hermanos Marx-, en la que un tigre de Bengala se le ha comido una pierna a un aristócrata de Gloucestershire, o de algún lugar parecido. Él no se ha dado cuenta, porque estaba durmiendo, pero, al despertarse, ha notado que le faltaba la extremidad. Cuando sus amigos van a visitarlo por la mañana, él deja el libro que está leyendo y les da cuenta del incidente. "¿Volverá a crecer?", les pregunta. "Oh, me temo que no, Larry, viejo amigo; pero te ahorrarás mucho en zapatos", le responden, sin pestañear. Él, aliviado, vuelve entonces a su lectura, musitando: "Oh, bien, muy bien". Por último, otro grupo de personajes ha contribuido decisivamente, en mi caso, a la representación de lo inglés: la familia Durrell, en ese prodigioso libro que es Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell, el hermano zoólogo de Lawrence Durrell, célebre por su extraordinario El cuarteto de Alejandría. Yo, francamente, no sé cuál de las dos obras elegiría, si tuviera que elegir. En Mi familia y otros animales -una de las lecturas más deliciosas que he hecho nunca-, la acción (si es que a lo que allí sucede se le puede llamar acción) se desarrolla en Corfú, y el paisaje descrito es luminosamente mediterráneo: cabras, cereal, higueras, aceite, sol; y pueblos azules y blancos, en los que vive gente que tiene tanto que ver con los protagonistas ingleses como un bantú con un lapón. Pero el centro de la atención es esa familia transterrada, sin padre, en la que una madre, dos hermanos, una hermana y un perro se esfuerzan por sobrevivir al desarraigo y a la incomprensión del entorno. Pero es una supervivencia bienhumorada, exquisita, civilizada; tan civilizada como la vida de los propios isleños, aunque de naturaleza diferente: aquellos son bisnietos de la reina Victoria; estos, Homeros venidos a menos. En ese grupo inverosímil -pero que recoge rasgos reales de las personas que lo constituían-, la hermana no acierta con ninguna frase hecha; Lawrence está permanente, obsesivamente preocupado por demostrar su genialidad como escritor; Gerald causa constantes desaguisados investigando la fauna local y metiendo en casa a muchos de los maravillosos bichos que la integran (escorpiones, culebras, pájaros ruidosísimos, insectos peludos); y la madre intenta mantener el orden en aquellas circunstancias tan desfavorables: un orden inglés, hecho de bollos con mermelada, y pastas de té, y visitas a los vecinos. Christie, Phogg, Durrell: epítomes de lo británico, iconos de este país admirable y extraño.

sábado, 1 de febrero de 2014

Sheffield

Visitamos Sheffield, donde vive y trabaja una amiga de Ángeles, Silvia. El día, luminoso, rompe una racha espantosa de jornadas de viento y lluvia. No obstante, hace frío. El paisaje que atraviesa el tren es monótonamente verde, monótonamente llano. A veces lo interrumpen algunos charcos gigantescos, que rozan la categoría de estanques, consecuencia de las últimas tormentas, que han dejado embarrada buena parte del centro de Inglaterra. Cuando llegamos a Sheffield, Silvia nos recoge en la estación y nos conduce hasta su piso, que se encuentra en la planta 18 del edificio más alto de la ciudad. Desde el comedor hay unas vistas espléndidas de una urbe que se me antoja derramada, con urbanizaciones aisladas en las colinas y una maraña de calles grises y casas bajas alrededor. El panorama es magnífico, sí, pero tiene la contrapartida de que, a la altura a la que estamos, el viento ulula con fuerza, y su silbido mordedor penetra en todos los rincones del apartamento. Hacía tiempo que quería venir a Sheffield: es la ciudad de Full Monty, una de las mejores tragicomedias, como todo lo picaresco, de las últimas décadas, filmada cuando esta ciudad del acero veía cerrar las fábricas y fundiciones que habían dado trabajo a la población durante casi dos siglos, y sus gentes quedaban abocadas al paro y el malvivir. Además, Sheffield, con más de medio millón de habitantes, es la cuarta ciudad del Estado, aunque nadie lo diría. Antes de empezar nuestro paseo, comemos en un hotel cercano, donde nos atiende una camarera de Huesca. Luego, vemos los Peace Gardens, una suerte de invernadero ciudadano, donde la gente se reúne para charlar. Muchos pasan allí el rato, en un microclima, si no tropical, sí, al menos, mediterráneo. En muchos lugares de España, la gente pasa los domingos de calor en los centros comerciales, porque están refrigerados. Aquí pasan los domingos de frío en los centro comerciales, porque tienen calefacción. Los centros comerciales igual sirven para un roto que para un descosido. Observo después que, en la pared lateral del edificio principal de la Universidad de Hallam, una de las muchas que hay en la ciudad -que ha sabido reconvertirse de centro metalúrgico en centro educativo, algo que podríamos imitar en España-, se despliega, en grandes letras de metal, un poema de Andrew Motion, "What if". El poema, al que se le han caído algunas letras, no me parece espectacular, pero sí lo es su ubicación y su preeminencia. Siento una punzada de envidia por un país que sabe airear todavía la poesía -y nunca mejor dicho: la ciudad está sometida al viento, y el poema de Motion habla de los "laberintos de aire"- con esta grandeza, con este protagonismo. Cruzamos poco después Saint Paul's Square, la plaza mayor de Sheffield, donde se encuentra su iglesia principal y algunos monumentales edificios victorianos. Me llama la atención una placa que recuerda a los ciudadanos de South Yorkshire, la región en la que se encuentra Sheffield, que murieron en la Guerra Civil española, luchando por la democracia. No son muchos, pero, para mí, son suficientes. Dos versos de Lord Byron rematan el homenaje: Yet, Freedom! Yet thy flag, torn, but flying, streams like the thunderstorm against the wind ("Todavía, Libertad, tu bandera, desgarrada, pero ondeando, se agita como una tormenta contra el viento"): otro ejemplo más de la presencia de la poesía en este mundo eólico. Silvia nos lleva hasta el hospital pediátrico donde trabaja, inaugurado en 1876, y que todavía conserva su edificio histórico, puntiagudo, enladrillado y rojo. Sheffield se nos muestra, en el plano corto, como tantas otras ciudades inglesas: un caótico amontonamiento de construcciones divergentes, fruto de un crecimiento dictado por la actividad económica. No parece haber ordenación urbanística, salvo en las comunidades residenciales: solo estratos disímiles, y superpuestos, de barrios fabriles, zonas de ocio, council houses, instituciones educativas y núcleos comerciales. Delante del hospital de Silvia se encuentra el parque Weston, pequeño, pero con todo lo que ha de tener un parque inglés: césped, estatuas -la mayor es aquí la de Eliot, pero no T. S., sino Ebenezer, el bardo del libre comercio- y estanques con patos. A estos les está dando de comer, generosamente, un anciano, pero parece que los patos, arremolinados a su alrededor, se lo vayan a comer a él. La luz declina y, con su marchitarse, llega el frío y, por primera vez hoy, la lluvia. Me sorprende la ligereza con la que visten muchos jóvenes, y no tan jóvenes, en este clima inclemente: las chicas se enfrentan al viento siberiano con una blusa que resultaría excesiva en Benidorm y unas minis tan cortas que parecen que vayan hacia arriba. De regreso a casa, me entretengo un rato en una librería de viejo, donde hay una amplia sección de poesía y, para mi sorpresa, un estante relativamente nutrido de literatura española. Me quedo con un curioso estudio de las flores y las plantas mencionadas por Gabriel Miró -uno de nuestro mejores prosistas de siempre, absurdamente olvidado-, que incluye algunas felices fotografías, y una primera edición de Germinal, un libro de relatos de Alfonso Grosso, otro buen narrador preterido, en Seix Barral. Por fin, hacemos una compra de emergencia: hoy cenaremos a la catalana -Silvia también lo es-: pan con tomate. Y estamos seguros de que nos sabrá a gloria.