No, no estoy en Nueva York: sigo en Sant Cugat. Aquí, el Parc Central se extiende casi desde la estación de ferrocarril hasta el turó de Can Matas, una colina artificial, hecha con la tierra extraída de las obras de urbanización de la zona: un buen ejemplo de aprovechamiento ecológico y de coexistencia del campo y la ciudad. Son siete hectáreas de vegetación, entre cuyos 1360 árboles predominan los chopos y los plátanos, aunque no faltan algunas especies de frutales, que recuerdan el origen campesino del lugar (una higuera, en el extremo sur del parque, despliega su dosel de hojas polilobuladas y esparce un olor melar; sus frutos, no obstante, no alcanzan nunca el tamaño adecuado: en cuanto asoman, desaparecen, arrancados por los paseantes). El sitio, empero, no es enteramente bucólico: también es destructivo. Los plátanos asfixian con el polen y los chopos cuartean el asfalto de los caminos. Hace poco el ayuntamiento ha parcheado las grietas, pero volverán a abrirse: las raíces del chopo son devastadoras. Por uno de esos caminos subterráneamente martirizados paseé ayer, al atardecer. No es la ruta que solemos seguir Ángeles y yo cuando queremos estirar las piernas -preferimos los placeres urbanos de la horchata y el bullicio callejero, que nos permite cotillear-, pero la hemos hecho en alguna ocasión. Y ayer sentía alguna misantropía: no quería ver a otras parejas en feliz compañía, cuando yo me había quedado solo. Salí, pues, por el camino central, en dirección a Can Matas, el parque que es la continuación del Parc Central, y que preside la elevación del mismo nombre. Pese a su naturaleza despejada, el parque no carece de rincones, de revueltas escondidas. En una de ellas -un túnel por encima del cual discurre una calle-, un joven estaba orinando contra una pared. Cuando pasé a su lado, no intentó disimular: siguió evacuando muy pausadamente y, al acabar, se la sacudió con decisión. Mejor así: si hubiera acelerado la micción, con el aturullamiento, quizá él, o yo, nos habríamos salpicado. Una vez resguardada, el orinador se juntó con un colega que lo esperaba en un poyete cercano, liándose un porro. Me fijé en su pinta: llevaba una de esas melenitas estrechas y repelentes en la franja central de la parte posterior de la cabeza. No sé describirlas de otro modo: un cepillo alargado en la nuca, un colgajo asnal, un mechón con guasa, que rebotaba a cada paso, como diciendo: "aquí estoy, soy una melenita asquerosa, pero vas a tener que aguantarme". Algo más lejos, la escena era más higiénica, aunque también suponía una notable efusión de líquidos corporales: dos adolescentes se magreaban exhaustivamente en un banco. Se estaban dando lo que en mi adolescencia se llamaba un buen filete. Uno pasa al lado de estas escenas de cama sin cama como quien no ve nada: qué más normal, qué más natural, que dos jóvenes se quieran. Pero a mí lo que me apetece es mirar: observar el ansia de las manos, la crispación de las piernas, los labios voraces, las lenguas que se abrazan, el jadeo contenido. No lo hice, claro: pasé de largo, con la desenvoltura de quien no atribuye a tal comportamiento ningún matiz pecaminoso, con la naturalidad de quien está habituado al amor. Pero qué ansia por ver, por sentir; qué curiosidad y qué envidia. Por lo demás, el parque es, a esta hora, el reino de los perros. Los hay de todas las razas, con correas y sin ellas, en grupos o solos. Sus dueños hablan en parejas o en comandita, intercambiando sus felices experiencias con los chuchos. Y los chuchos se magrean, a su vez, aunque no metiendo la lengua en la boca del otro (para lo que haría falta mucha boca), sino el hocico en el ano. Otros dan brincos, se persiguen, corren, ladran. Alguno, tumbado, exhausto, contempla las evoluciones de los demás con la lengua en la hierba, o bien bebe de la fuente, a grandes lametazos. Distingo a dos afganos a los que suelen sacar a pasear a esta hora. Su dueño los mantiene siempre sujetos, como quien exhibiera dos obras de arte. Y, en buena medida, lo son: uno gris, el otro blanco, ambos altos y estilizados, el pelo los cubre como una gualdrapa de seda: son una melena cuadrúpeda. Cuando se mueven, el pelo ondula como las olas del mar, y las guedejas se les apartan momentáneamente de la cara, en la que reina un morro negro y adelantado. Me imagino los cuidados que requerirán estos lebreles, y no les arriendo la ganancia a sus propietarios. Estos, no obstante, parecen muy orgullosos, y no desmiente su orgullo que los afganos sean los perros más tontos de todos: en la clasificación de Stanley Coren, que mide la inteligencia de las razas, ocupan sistemáticamente el puesto 79, el último de la lista. Por casualidad, pasa cerca de los afganos un bulldog, otro perro subnormal: aparece en el puesto 77 de esa misma clasificación. El bulldog tampoco se caracteriza por su gracilidad, como los afganos: parece un jamón con patas. Pero, contra lo que indica su origen -era una raza de pelea, notablemente feroz- y lo que los dibujos animados nos hayan hecho creer, hoy resulta un animal afable y muy familiar. Tanto, que no le importa echarse pedos en el comedor del hogar: yo conocí a uno, en casa de un amigo, que expelía unos cuescos descomunales, sobrehumanos. Dejo atrás, poco a poco, a los canes, y empiezo a subir el montículo de Can Matas, que parece un túmulo sioux, solo que mayor. El repecho es fuerte: llego siempre sin aliento a la cima. Bastante gente ha tenido la misma idea que yo, aunque a alguno, que hace flexiones en el suelo, con grande alboroto de ayes y bufidos, le importa poco el entorno. El paisaje es espléndido, si uno no repara, desde luego, en las instalaciones de la empresa farmacéutica que manchan de gris la inmensa mancha verde del parque. Desde La Floresta hasta Rubí se suceden las urbanizaciones, que componen un mosaico humano superpuesto a la heterogénea vastedad de la vegetación. Y, en el horizonte, Montserrat, que parece un barco de piedra varado en el horizonte, o el rostro de un hombre enterrado: los mallos dibujan las facciones con sutil rotundidad; hay que saber verlos: Montserrat, como las nubes, es el test de Rorschach que nos ofrece la naturaleza. Cuando llego, el sol se está poniendo. Se apoya, exactamente, en la línea del horizonte, a la izquierda de la montaña sagrada. El amanecer y el ocaso son los únicos momentos del día en que puede mirarse al sol cara a cara. Yo lo hago, fascinado de que un espectáculo tantas veces contemplado me fascine todavía. La bola amarilla -de un amarillo que estalla- se hunde en la lejanía como un cuerpo en el agua; y lo hace lentamente, pero con una lentitud que se ve. Al final, solo queda un punto de luz, el ápice superior del disco, que brilla unos instantes con la fuerza de un faro potentísimo, pero que acaba engullido por la tierra. Y luego ya solo hay noche, primero diurna, indecisa, y, poco a poco, creciente, pegajosa, abrumadora. El cielo es una paleta de colores. Hay muchas nubes, y el resplandor del crepúsculo se pinta en ellas con matices diversos: blancos, negros, azules, rosas, púrpuras, amarillos. Algunas nubes están ensangrentadas. Otras se abren para que el cielo muestre todavía un añil radiante, pero ya herido de muerte. Los rayos del sol huido rebotan en los algodones del firmamento y se diseminan, huérfanos, por una bóveda cada vez más sombría, más ininteligible. El cielo se diría más habitado que la tierra.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 21 de julio de 2014
domingo, 20 de julio de 2014
Bruno Marcos y Raros de tiempo
Sergio Gaspar fue el primero en hablarme de Bruno Marcos (que, por entonces, firmaba como Bruno Marcos Carcedo). No recuerdo muy bien a cuenta de qué, pero no es difícil imaginar que sería por un manuscrito que le habría hecho llegar. También le mandó un libro, que luego me enviaría a mí: Libro de las enumeraciones, publicado en 1996, cuando su autor tenía solo 26 años, en la legendaria colección "Provincia", del Instituto Leonés de Cultura. Sergio me dijo: "Léete esto", y yo lo hice. Cuando gente cuyo criterio respeto me dice "léete esto", yo lo hago. También Antonio Gamoneda me mandó, hace algunos años, un poemario de un tal Basilio Fernández, con la recomendación/orden de que me lo leyera, y de esa lectura nació una tesis doctoral. El libro de las enumeraciones me pareció portentoso, y, sobre su calidad, me pareció que revelaba a un poeta, a un escritor verdadero. El libro, compuesto de fragmentos en prosa y versículos sueltos, empieza así:
Ha hecho falta el odio para llegar a este relato
el odio ante la blanca terquedad del dolor
el odio de las aguas lisérgicas
Me ha dado miedo mucho tiempo este relato
pero el relato me ha perseguido y me ha llegado
su brisa helada bajo el sol.
Esto no es ninguna historia porque no te va a llevar a ningún punto, porque no va a haber ninguna génesis, ni ninguna hecatombe, esto son las descomposiciones de los grandes excrementos, un instante en el proceso, un libro de enumeraciones que va a ayudar a bailar a quien está llorando y a llorar al que está bailando sobre los médanos en el sopor simpático de la sedación. Pero tú y yo y él podremos superar este relato, porque a ti, a mí y a él nos gustaría saber de qué ha estado tratando todo esto y tú y yo y él también tenemos, por supuesto, nuestras preguntas personales.
El libro en DVD no salió, por alguna de las múltiples circunstancias que, a veces abiertamente, a veces misteriosamente, cercenaban las posibilidades de publicación, pero sí surgió una admiración por mi parte y una relación personal -que, no por la distancia geográfica que nos separa, ha sido menos cordial- que nos han llevado al intercambio de libros y a la participación de ambos en proyectos literarios comunes. Yo incluí a Bruno en mi antología de jóvenes poetas españoles Poesía pasión, y él no ha dejado de darme cuenta de una obra literaria que se ha decantado por el diario (con un espléndido Suite Voltaire, por ejemplo), la narrativa y las artes plásticas (Bruno es licenciado en Bellas Artes y dibujante y pintor), aunque siempre permeados por un intenso sentido poético. Hace algunos meses, Bruno me invitó a participar en una breve antología de poetas en cuya obra el tiempo -su paso, su opresión, su significado- tuviese una presencia destacada, y anteayer aterrizó en mi buzón el resultado de su iniciativa: Raros de tiempo, publicado por Manual de UltramarinoS, uno de esos sellos no comerciales, catacúmbicos ("secretos" los llama el prologuista del volumen, Mario Paz González), pero exquisitos (e imprescindibles para la supervivencia de la literatura), que encuentran un placer casi malsano en el cultivo de una poesía lateral, desdeñosa de los prescindibles (y microscópicos) fastos de la obra acomodada. La plaquette, subtitulada "Antología de poetas raros heridos por el tiempo", lleva un frontispicio de los editores, el prólogo de Mario y los poemas de seis autores, a tres de los cuales me enorgullezco de tener por amigos: al propio Bruno, a José Luis Puerto (el autor del prodigioso Señales) y a mi hermano Tomás Sánchez Santiago. La nómina se completa con Jorge Carbalho Branco y Eloy Rubio Carro. Yo contribuyo con dos poemas de Las horas y los labios: "El tiempo crece, rizoma de instantes..." y "El tiempo pasa con lentitud incandescente...". Se han tirado 50 ejemplares numerados y fuera del comercio, en papel cuya pulpa proviene de viejos ejemplares de San Juan de la Cruz, Rubén Darío y Gustavo Adolfo Bécquer, entre otros. Esta transmutación me enorgullece, y no porque crea, ni mucho menos, que mis versos son digna o suficiente continuación de los suyos, sino por lo que supone de persistencia del espíritu poético, de compromiso con la palabra, de lucha contra el olvido. Y un último detalle: Raros de tiempo viene con un punto de libro, regordete, que reproduce la portada del volumen, un ángel con las alas alzadas, que sopla.
Bruno ha tenido, además, la gentileza de añadir al envío un ejemplar de su novela corta Dakovika, publicada por entregas en Internet a lo largo del invierno de 2013, y que ahora ve la luz en el papel transustanciado de Manual de UltramarinoS; los librastófilos 1, 2 y 3, hojas volanderas que hablan de los vendedores de libros en el Rastro y su tipología psicobiológica, de escritores secretos, como Alejandro Sawa, y de las palabras de la tribu, respectivamente; y una reedición del célebre cuento "El dinosaurio", de Augusto Monterroso, que tiene la indudable ventaja de que no requiere mucho papel, y que cuenta en la cubierta con una ilustración del hijo de Bruno, Darío Marcos: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" (pero el dinosaurio no era, en realidad, un animal prehistórico, sino un compañero de piso de Monterroso, enamoradizo y facundo, al que, por su tamaño y su parsimonia, llamaban "el dinosaurio": una noche se sentó en la cama del guatemalteco y empezó a contarle, muy compungido, sus desdichas amorosas; cuando Monterroso se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí). Todo el conjunto, pues, ha sido una fantástica sorpresa y un regalo, uno de esos que hacen que creas que las cosas buenas todavía llegan por correo, gratuitamente.
sábado, 19 de julio de 2014
Canet d'Adri
Canet d'Adri es un pueblecito de Girona, en el que viven Christian Tubau, su mujer, Natalia, y sus hijos, Naim y Kai. Christian y su familia tienen una larga historia de retiro y apartamiento, aunque ambos provengan (o quizá por provenir) de lugares muy populosos: él nació en Badalona, una población aledaña a Barcelona, de más de doscientos mil habitantes, y ella, nada menos que en Nueva York. Primero moraron en Greixa, otro pueblo catalán, "a dieciséis leguas de Barcelona, con buena ventilación y clima saludable", que tiene "tres casas reunidas y cinco diseminadas", según el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz -la descripción no ha cambiado mucho desde la publicación de este, a mediados del s. XIX-. Luego se fueron tres años a Vermont, en los Estados Unidos, donde habitaron una casa en el bosque y el clima era tan recio que los carámbanos que se formaban en invierno no pendían del tejado, sino que llegaban hasta el suelo y la enrejaban: para salir había, pues, que romper aquellos barrotes descomunales y abrirse paso por una nieve que llegaba al colodrillo. Por fin, volvieron a España, con un hijo y otro en camino, y se establecieron en Canet d'Adri, de poco más de 600 habitantes, en una llanura elevada, presidida por la mole del Rocacorba, de casi 1.000 m. de altura. Para llegar a su casa, atravesamos las llanuras cerealísticas de la región y arboledas mediterráneas, en las que predomina la encina. Es una zona de tradición agropecuaria, pero en la que se advierte la afluencia del dinero: chalés acomodados salpican el boscaje; las carreteras están en un estado excelente; en los pueblos abundan los restaurantes y los alojamientos rurales; la gente desfila con sosiego y confianza, a pie, en bicicleta o en un buen coche. Delante de la casa de Christian y Natalia, se alza un restaurante enorme, Cal Toscà, que promete ágapes fabulosos. Todo luce un esplendor burgués, discreto, satisfecho. Aunque esta es también la tierra del independentismo: no hay pueblo que no despliegue una estelada institucional, valga la paradoja, a la entrada o en la elevación mayor, ni apenas casas que no la exhiban en los balcones o en la puerta del garaje. En las pintadas ya no se reivindica la acracia o se denuesta al capitalismo o al gobierno del PP, como en los viejos tiempos, sino que se jalea la separación, con diferentes matices de virulencia, desde el mero insulto ("¡Puta Espanya!") al grafiti esmerado ("Control civil de la policia. Vil.la Independència"). Llegar a casa de Christian y Natalia supone un alivio: allí no hay banderas ni eslóganes, sino un lugar grande y fresco, sembrado de juguetes y libros. Lo primero que hago, después de darles un abrazo a ambos, es ir al baño. Mientras micciono, observo, a mi alrededor, volúmenes desperdigados: Política y literatura, de Azorín; una biografía de Louis-Ferdinand Céline; una antología de poetas españoles del siglo XVIII; un número de James Joyce Quarterly; e, increíblemente, Muntaner, 38, la excelente novela de José Antonio Garriga Vela, y domicilio situado al lado del que fue el mío durante diez años. Es un gusto mear ante semejante despliegue de buena literatura. En otras partes no hay letra impresa, o, si la hay, es el Lecturas o alguna revista guarra. Aquí se siente uno como en la Biblioteca Británica. Como la mañana se nos ha echado encima, no tardamos en comer. Cuando los visitamos en Greixa, Christian y Natalia nos prepararon un formidable perol de lentejas; un perol que adquirió, con el tiempo, un aura mítica, y que yo llevé a uno de mis poemas, en Bajo la piel, los días. Esta vez nos espera una marmita de arroz con verduras, conejo y pollo, que me recuerda a la de poción mágica en la que se cayó Obélix de niño, tanto por sus hechuras como por su sustancia. A la marmita precede un queso de cabra fastuoso, unas aceitunas de Mercadona que no parecen de Mercadona, y unos mejillones hervidos, desnudos, exquisitos. Nosotros aportamos el vino -un Scala Dei del Priorato- y el postre, una tarta Sacher que parece recién traída de un obrador vienés. Después de comer, Christian me enseña el huerto de la casa, donde cría gallinas -que ahora, con el calor, ponen menos huevos- y cultiva todo tipo de hortalizas, y hasta fresas. El jabalí es aquí, me cuenta, un peligro constante, porque destroza los cultivos (de hecho, en uno de los pueblos que hemos cruzado para llegar hemos visto, en una rotonda, un grupo escultórico de una familia de jabalíes: lo que a algunos perjudica, otros lo exaltan, como en todos los órdenes de la vida), pero a él, de momento, no le ha dado todavía ningún disgusto. Mientras hablamos, nos salta entre los pies un cachorro de gato, muy ágil y gris, que se pierde de inmediato entre las matas. Se llama Nico, y sustituye al gatito anterior de la familia, al que se llevó un búho. Está claro que aquí la naturaleza impone su ley. Desde el huerto, vemos un paisaje abrupto, de perfiles irregulares y riscos colonizados por la vegetación. Por ahí se pone el sol, me explica Christian, y azules incendiados inundan este mar verde. Salimos a continuación a pasear por los alrededores. Christian me lleva por un bosquecillo que está justo detrás de su casa y al pie de un volcán, por fortuna extinguido. Esto está cerca de La Garrotxa, la comarca volcánica de Cataluña. Lo volcánico se revela, para un ojo experto (que no es, obviamente, el mío), en los estratos de rocas negras, dispuestas como hojas de papel pétreo, y cubiertas de musgo; en las fracturas del suelo, grandes hendiduras que progresan en línea recta o en zigzag, como si ese papel se hubiera rasgado súbitamente, llenas de vegetación; y en las rocas plutónicas, rugosas y livianas, como la piedra pómez. Mientras paseamos por los caminos del bosquecillo, de nuevo pienso en Obélix: parece que fuera a aparecer detrás de cualquier árbol, con un menhir a la espalda. Christian y yo hablamos de literatura. Él está escribiendo una novela, o lo que siente que es una novela, que yo sitúo más bien en el ámbito de lo poético. No pasa nada: puede ser las dos cosas a la vez; incluso puede ser también una autobiografía. De hecho, lo es. Christian tiene una habilidad especial para mezclar géneros: parece incómodo cuando se ha de mover en uno solo; o es incapaz de hacerlo. Su percepción dilatada de las realidades del mundo, y el funcionamiento sin descanso de sus sinapsis, hace que todo se entrelace, que todo se vincule con todo, como si el pensamiento fuera hiedra y, antes que el pensamiento, la mirada. La prosa de Christian se me antoja excelente, aunque a veces se aquiete demasiado: su tendencia a la representación pictórica infunde a los textos un estatismo que debería ser compensado, en mi opinión, con alguna aceleración de la trama. El paseo no dura demasiado: la digestión nos pesa en las piernas, y el vino todavía no se ha disipado en la sangre. Pero volvemos contentos: hablar de lo que a uno le gusta es el segundo mejor remedio contra la pesadumbre de los días; el primero es hacerlo. Pocos después, nos marchamos ya. El sol ha dejado de pegar, pero nos espera una hora y media de carretera. Naim se ha vuelto a meter en una piscinita de plástico que sus padres han instalado en el jardín de la entrada, y Kai, que aún no tiene un año de edad, está con su madre en alguna fiesta del pueblo. Christian no puede resistirse a enseñarnos uno de sus hallazgos bibliográficos recientes: un volumen de la obra selecta de Ramón Gómez de la Serna, autografiada por él: se lo dedica a una mujer desconocida, "devotamente". Luego, nos despedimos de él como de un Robinsón tenaz, catalán y universal, y enfilamos la autopista de regreso a casa. De peaje, desde luego.
viernes, 18 de julio de 2014
Horrores y sorpresas
La mañana de ayer fue de espanto, aunque, paradójicamente, todo fuera bien. Pero a veces que las cosas vayan bien no quiere decir que no sean un horror. Mi madre y yo nos la pasamos entera en el hospital donde la operaron: radiografías, médicos, citas, colas. Sobre todo, colas. Había un millón de personas en la clínica, casi todas mayores. Las multitudes, aliadas con la frialdad del lugar, con el dolor y la angustia en todas las caras, hizo de nuestra visita una experiencia agotadora. Aunque la rodilla de mi madre evoluciona bien, y la próxima visita, alabado sea el Hacedor, no será ya hasta finales de agosto. Lo mejor de todo fue concertarla. Primero hay que hacer cola para que te reserven hora para el médico y luego, para la radiografía. Pero la radiografía, como es lógico, ha de hacerse antes de la visita, para que el médico pueda verla. De modo que puede suceder, como me sucedió, que, una vez que ya tienes día y hora de visita con el médico (tras esperar media hora hasta que te la asignan), no haya, en ese día o antes de esa hora, hora para la radiografía. Así que has de reservar otro día y otra hora para la radiografía, y volver a la cola de las citas para el médico, con la esperanza de que te anulen la que te han dado y tengan hueco para el día de la radiografía y para alguna hora después de esta. (Sí, ya sé que todo esto es un galimatías, pero es el galimatías lingüístico que traduce el galimatías organizativo del hospital). Así lo hice ayer, para descubrir, con desaliento infinito, que el día de la radiografía no había ninguna posibilidad de asignar visita con el médico. Me dieron, pues, otra fecha, y hube de volver a bajar a radiografías, que está en un sótano, para anular la que me había dado y rogar al cielo que hubiera algún hueco antes de la nueva visita del médico. La hubo, y cuando la enfermera me la dio, casi le estampé un beso en la cofia. Debo precisar que cada uno de estos movimientos suponía subir o bajar un tramo no desdeñable de escaleras y guardar la cola correspondiente, que algunas veces adquiría dimensiones de cola soviética. Una hora larga me llevó resolver el asunto de las citas, algo que podría haberse abreviado si el hospital unificase en un solo centro distribuidor las diferentes horas de visita y de realización de pruebas diagnósticas. Pero esto, al parecer, escapa al poder organizativo del Hospital del Sagrado Corazón. No obstante, tiene sus compensaciones: el corazón no sé si será sagrado, pero sano lo es, sin duda, muchísimo, a la vista de los sobresaltos emocionales de los pacientes y de las muchas escaleras que les obligan a recorrer. Por la tarde llegaron las sorpresas. En la bandeja de correo basura del ordenador había un mensaje remitido por alguien de nombre centroeuropeo y el asunto, escuetamente, "festival". Supuse que sería un correo publicitario de algún sarao poético -me inundan tantos de esta índole como de compañías de telefonía o de seguros-, pero era una invitación a uno de ellos: un encuentro llamado CAPALEST, en Eslovaquia. Las fechas coincidían con las de mis vacaciones con la familia en Lanzarote, por lo que no podré asistir. Pero siempre me han intrigado las vías por las que circula nuestro nombre en la tupida red de acontecimientos literarios nacionales e internacionales. ¿Por qué, de repente, se descuelga alguien con una invitación para que asista a un festival en Banska Stiavnica, que no es el nombre de un caja de ahorros, sino de una ciudad medieval en el centro de Eslovaquia? ¿Cómo ha sabido de mí? Más específicamente, ¿quién le ha facilitado mis señas? No se me escapa que, en la inmensa mayoría de los casos, los responsables de estas celebraciones no son fervientes lectores nuestros, sino administradores preocupados por nutrir las nóminas de los asistentes, para justificar su cargo y su existencia, y que su conocimiento de nosotros proviene de alguna recomendación o constituye la devolución de algún favor. Pero no deja de intrigarme el origen concreto de cada invitación. He dicho otras veces que la poesía sirve para bien poca cosa, pero sí para hacer turismo. Si uno entra en la rueda de las lecturas y festivales, puede labrarse una rica experiencia viajera. Y que lo haga dependerá no tanto de su obra, como de su capacidad para establecer lazos personales, y, más aún, de las posibilidades que tenga de retribuir esas invitaciones al organizador o a sus protegidos. Yo conozco a profesionales del viaje: poetas de obra exigua o mediocre que se pasan el año brincando de país en país, y hasta de continente en continente. Forman parte de una cofradía de poetas conocidos en el ámbito internacional, que se retroalimenta permanentemente, o que favorece a sus favorecedores con una hospitalidad su tasa, incluso en su propio domicilio, la redacción de obsequiosas antologías, o cualquier otro beneficio literariamente relevante. Reconozco que me gustaría conocer Banska Stiavnica: la ciudad tiene, en Internet, una pinta estupenda. Pero creo que voy a quedarme en los paisajes volcánicos de las Canarias, que son también muy poéticos, y en los que trotarán mis hijos. Ya tiene delito: este año no había recibido todavía ninguna invitación para ir al extranjero y, cuando la recibo, coincide con los únicos quince días en que no voy a estar ni en Londres ni en Barcelona. Murphy, el de la ley, era un genio. Pero ayer por la tarde aún hubo más, como en los dibujos animados. Poco después de responder a mi amable corresponsal eslovaca, recibí una llamada en mi móvil inglés de la Argentina. Se trataba de un programa de radio, presentado por Alicia Barrios, que quería entrevistarme con ocasión del aniversario del inicio de la Guerra Civil española (el 18 de julio, una fecha que hoy, por fortuna, casi nadie recuerda ya, aunque ayer era 17 de julio: no se lo precisé, para no dejarla mal). Hace varios años, alguien debió de dar mi nombre y mi número de teléfono a la periodista, y hubo una llamada. La atendí lo mejor que supe, sin confiar en que aquello fuera a más. Pero fue a más. Siguieron llegando llamadas, en las que Alicia me hacía preguntas sobre los temas más diversos, y yo respondía como un contertulio avezado. Nunca hubo un acuerdo expreso, ni una relación paralela, ni nada: cada cierto tiempo, Alicia llamaba y yo respondía. Cuando me fui a Inglaterra, el contacto pareció perderse, hasta que, sorprendentemente, me localizaron también en Londres. Y ayer, en Sant Cugat. La fidelidad -la tenacidad- de Alicia es de agradecer, pero confieso que me siento un poco raro cuando un buen día me llaman de Buenos Aires, como me podrían llamar de Yakarta, y me preguntan por el estado actual de la literatura española, o por el asesinato de García Lorca, o por el próximo eclipse lunar, y yo peroro con confianza y autoridad, y le hablo a Alicia como si fuéramos amigos de toda la vida, y me sé radiado en La Pampa. Qué extraño es el mundo. Qué curioso es esto de la poesía.
jueves, 17 de julio de 2014
Con Ernesto Hernández Busto
Hoy he quedado a comer con Ernesto Hernández Busto, escritor cubano a quien conocí en la presentación de El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) en Madrid, pero que vive en Barcelona. Me ilusiona charlar con él: me pareció un hombre sensato y elegante, y exento de la grandilocuencia que aqueja a tantos escritores y, sobre todo, a tantos aspirantes a escritor. Cuando voy a coger el tren en Sant Cugat, me encuentro por la calle a otro escritor (o aspirante a escritor), que es vecino mío, y que en su momento también fue amigo (o eso creía yo), pero con el que ahora mantengo una relación que se limita a intercambiar algunas frases de cortesía, con la esperanza de que se acaben cuanto antes, para no tener que padecer esa simulación de cercanía, cuando lo único que hay es lejanía y una chispa de detestación. En esta ocasión, no puedo quejarme: el encuentro es muy breve, aunque dura lo suficiente como para que mi vecino: a) se excuse por no haber podido asistir a la presentación de mi último libro, Dices, en Barcelona; b) me informe de que lo han invitado a un festival de poesía en Francia; y c) añada que allí coincidirá con una poeta horrenda (y que a mí no me parece tan mala). En esos pocos minutos de reunión, pues, mi examigo cumple con tres de los requisitos obligados en todo aquel que se pretenda poeta: fingir que lo que escribe la persona con la que estemos hablando nos interesa, procurar la envidia de esa persona (y, en general, de los demás poetas) y hablar mal de los colegas. Viajo, por fin, a Barcelona. Con Ernesto hemos quedado en "Segons Mercat", un buen restaurante, cerca de la Plaza Universidad, que descubrí hace poco, en un almuerzo con Esther Ramón y mi querida Virginia Trueba. Ernesto llega con puntualidad germánica, y empezamos enseguida a hablar. Ve que estoy leyendo El tiempo de los regalos. Entre los bosques y el agua, de Patrick Leigh Fermor, y me pregunta por él. Le respondo que, hasta hoy, me está aburriendo. No es un mal libro, pero se me hace cansino. Es otro ejemplo, añado, de algo que, extrañamente, suele pasarme: los libros que entusiasman a escritores que me entusiasman, no me entusiasman. Este ha sido alabado hasta el empalago por Jacinto Antón, un periodista cultural y escritor que me divierte indeciblemente, y que ha firmado asimismo el prólogo del volumen, pero yo lo encuentro tedioso, irrelevante, repetitivo, aunque no puede decirse que esté mal escrito (ni mal traducido) y, de vez en cuando, se produzca alguna escena briosa. Ernesto me sugiere que pruebe con Un tiempo para guardar silencio, acaso el mejor libro de escritor inglés, mucho más breve e incitante, sobre una estancia suya en los monasterios griegos. Le haré caso. Después de Fermor, hablamos de Cosas vistas, un poemario inédito que Ernesto me ha pedido que lea y del que le gustaría conocer mi opinión. Se la doy: es un buen libro, pero muy connotado estilísticamente, es decir, su carácter narrativo y culturalista, su perfil intelectual, avaramente metafórico, fascinará a quienes participen de esa forma de decir (y de leer), pero puede generar un desinterés manifiesto, y aun el rechazo, de quienes se decanten por una poesía más sensorial, más plástica. A Ernesto le preocupa su propia diversidad formal: ¿es un libro coherente? ¿No resulta desperdigado? Lo ha escrito a lo largo de varios años, en circunstancias muy distintas, y no sabe si eso puede perjudicar al conjunto, hacerle perder lógica o fisonomía propia. Yo le digo que no: a mí, como lector, no me importan las obras, digamos, de aluvión. Como poeta, siempre abrazo proyectos, y no escribo poemas, sino libros, pero, como lector, me resulta indiferente el eclecticismo interno de las propuestas, o su disparidad formal. Además, en el caso de Cosas vistas, la coherencia estilística es tanta, que anuda cualquier heterogeneidad. Ernesto se interesa por los poemas que más y que menos me han gustado. Ciertas "Tres odas y media de Horacio" se me han hecho fatigosas, y un brevísimo poema de amor, "Amor", no me parece acertado. En cambio, composiciones como "Aprendo/ a capturar...", "Hancock", "Striptease", "Soneto a la máquina de escribir" -el primero y único, hasta el momento, en la historia de la literatura, según me informa el propio Ernesto-, "Sátira V, 158-160, de Aulio Persio Flaco" y "Supersticiones" -el más cubano del conjunto, y quizá por eso el más exuberante- me parecen excelentes. Transcribo este último:
Toqué madera: conjuré lo imprevisto. Como quien toca a la puerta de la desgracia confiado en que nunca se abrirá.
Volqué un salero: me salé, me salvé.
Crucé bajo una escalera, y sentí cómo el alma subía los escalones de dos en dos.
Acuchillé la tierra para que no lloviera.
Escapé del relámpago en un árbol para rodear el otro; le regalé un deseo que cumplieron mis pasos.
Talé luego ese árbol.
Magnético ámbar negro u ojito de la Santa colgron de mi pecho: oscuridad naufragando en lo oscuro, pupilas de una ciega contra miradas torvas.
Me bañé en aquel talco que destruye lo lóbrego.
Y tuve un chino atrás, estuve condenado. Y tuve novia china, prueba de buena suerte.
Lo aquieté, congelado: un nombre en el papel, vuelto imagen borrosa parpadeando en el centro de aquella piedra blanca.
La tenté, la seduje: ahogada en aquel tarro de oro líquido.
Rompí un espejo: años de desventura, la ola destructiva de la imagen.
Con los trozos de azogue me envenené la sangre.
Renací en el mercurio, como alguien razonable. Y morí al día siguiente, de muerte natural.
La conversación suscita muchos puntos de interés, que es lo que pasa cuando se aborda con naturalidad, sin prejuicios ni intereses. Ernesto me dice que, aunque él es consciente de escribir una poesía en la que la emoción se manifiesta con dificultad, la poesía ideal para él es aquella que la suscita con plenitud mediante una palabra inventiva, descubridora. Lezama, por ejemplo, es un referente ineludible, aunque la literatura de Ernesto circule por derroteros muy distintos. Todos escribimos, no lo que queremos, sino lo que podemos. En todos nace la palabra de una pulsión íntima, de lo más acendrado de nuestra sensibilidad, que, a veces, poco o nada tiene que ver con aquello que nos complace intelectualmente. Lo importante, opino yo, es que esa palabra sea veraz, genuina, que se adecue, como el guante a la mano, a esa inclinación raigal. Ya tendremos tiempo de resolver las discrepancias entre cabeza y corazón, o entre ideal y realidad; o quizá no: da igual. Lo que hacemos, no lo que nos gustaría hacer, es lo verdadero. Tras una extensa dedicación a Cosas vistas, la conversación vira hacia estas Corónicas de Ingalaterra, de las que a Ernesto, que las sigue con razonable periodicidad, y que es un experto en literatura diarística -ha invertido siete años en un libro sobre el género que se publicará, salvo catástrofe, el año que viene-, le apetece hablarme. Y lo hace para formular una observación interesante: hasta qué punto mi diario lo es en realidad, es decir, hasta qué punto me muevo en el territorio resbaladizo del yo, que los lectores convienen en identificar con el propio del diario, y no en el de la ficción. Ernesto ha notado algunos gestos explicativos, de cara a la galería, que no condicen con el soliloquio que supone la bitácora. Especificar, por ejemplo, el argumento de "La autopista del Sur", de Cortázar, cuando estoy contando un embotellamiento que he sufrido, es algo que no haría nunca nadie que escribiera realmente un diario. Le respondo que el diario actual ya no es casi nunca el diario que se escribía en un cuaderno de anillas, y que, durante años, solo leía el propio autor. Ahora es un diario inmediato, que se arroja al mundo por la ventana de internet, y que, en este mismo instante, ya es conocido por una multiplicidad de lectores: eso obliga, creo, a algunas concesiones narrativas que no desmienten la naturaleza personal de la empresa, y que, en cualquier caso, espero que no incurran en el salgarismo denunciado por Umberto Eco, es decir, en la explicación enciclopédica de los elementos del relato. En esta misma línea crítica, Ernesto dice echar en falta la intimidad en mis corónicas: la presencia de mis seres más cercanos, incluso mi vida sexual, como reflejo o exposición de ese yo biográfico, verdadero, acaso desvalido, lleno de incertidumbre, que es lo que, en verdad, ilumina, y hasta incendia, el género. Yo le respondo que un diario no tiene por qué ser la exposición absoluta de la intimidad de su autor. Con un diario no se le abren las puertas del yo al público: solo se le muestra aquello que se le quiera mostrar. Cada diarista ha de trazar la línea de lo que quiera narrar: la franja de lo íntimo, como la de cualquier otro aspecto de la personalidad, será más o menos estrecha, y los lectores habrán de decidir si les satisface esa estrechez o querrían más; en este caso, lo único que tienen que hacer es dejar de leerlo. Curiosamente, la poesía erótica me interesa mucho, y la he practicado con asiduidad. En ella me desnudo -y nunca mejor dicho- con un impudor del que nunca sería capaz en el diario: quizá porque en la poesía, pese a ser radicalmente mía, y radicalmente sincera, adopto la máscara de poeta, un revestimiento que me autoriza -o así lo siento yo- a las mayores audacias, sin que mi yo, digamos, ciudadano sufra por ello. En el diario está otro Eduardo, uno que no desea confesar -al menos, de momento- deshonestidad alguna. Tras el churrasco que se propina Ernesto y la blanquita de ternera -decepcionante- que me tomo yo, la conversación se ramifica en múltiples direcciones, y se enreda en amigos comunes, en encuentros futuros, en libros que aún hemos de leer. Es la segunda vez que veo a Ernesto, y que hablo con él, pero me siento amigo suyo desde hace mucho. También hace mucho calor en la Granvía. Nos despedimos a la entrada de Altaïr, donde quiero comprar una guía de Lanzarote. Como buenos ingleses, Ángeles, los niños y yo pasaremos en agosto doce días en la isla.
miércoles, 16 de julio de 2014
Mormones
Hace algunos días, en el tren en el que volvía a casa, vi a cuatro mormones. En realidad, dos más dos, porque estos fieles imprescriptibles siempre van en pareja, como si fueran la Guardia Civil del Altísimo. Parecían cansados. No hablaban: miraban absortos el paisaje o un punto indeterminado del interior del vagón. En los pechos lucían esas chapas rectangulares de plástico con los nombres grabados en letras doradas: todos se llamaban Elmer. Me sorprendió su aspecto alicaído: los americanos, en general, y los mormones, en particular, exhiben siempre una alegría que parece provenir de una confianza absoluta en su ser, en su religión y en su país. Es una alegría innata, existencial. Los ves pasear por la calle, rubicundos, rozagantes, con una sonrisa permanentemente abrochada a los labios y el pecho, envuelto en una inevitable camisa blanca, henchido como el de una gaviota encorbatada, y te preguntas si saben lo que es la tristeza. Te dan rabia, en parte: tú, sometido a las sórdidas humillaciones de lo cotidiano, y ellos, en cambio, inmunizados ante lo oscuro de los días, fortalecidos por una certidumbre sobrenatural. Estos estaban más bien chafados, como gaviotas embreadas. La historia de los mormones es muy curiosa. En realidad, se llaman la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, con prolongación prepositiva que pide más: de los Últimos Días del Mundo Occidental de la Fe en Dios del Cielo y de la Tierra de los Hombres y de los Animales que habitan el Universo de la Creación Eterna, y así hasta el infinito, y más allá. La creó un tal Joseph Smith -un nombre que podría traducirse por Pepe Pérez- en 1820, cuando tenía 14 años. El joven, confundido por la proliferación de sectas, decidió preguntarle al jefe cuál era la verdadera, y, en un bosque de Palmyra, en el estado de Nueva York, rezó y rezó, hasta que Dios Padre y su Único Hijo se le aparecieron, con un fulgor y una gloria que no admitía descripción, según el propio Pepe hizo constar en La Perla del Gran Precio, que no es el nombre de unos grandes almacenes, sino las escrituras oficiales de la confesión. Padre e Hijo (confirmando, de paso, el misterio de la Trinidad: por allí debía de revolotear también, en forma de paloma o de águila americana, el Espíritu Santo) le dieron instrucciones a Pepe: ninguno de los credos establecidos era la fiel manifestación de su palabra, y él había de reinstaurarla en el mundo, en toda su pureza, de acuerdo con la Biblia y los dictados divinos. La aparición de Palmyra se suma a una larga tradición de epifanías en las confesiones cristianas, como las de Lourdes o Fátima, aunque uno se pregunta por qué las apariciones siempre se producen en el mundo cristiano, y no en el musulmán o el hinduista: en aquel, Dios convence a los ya convencidos; debería ser, pues, en los pueblos reacios a reconocerlo donde se esforzase más. Ratificar a un pastor, un adolescente o una monja en una fe que ya comparten, no parece gran cosa; convertir a un sarraceno con turbante, barba de dos palmos y una cimitarra o un kalashnikov ya exige más dedicación, y tendría más mérito. Por lo demás, si Dios es capaz de hacerse visible e imponer su majestad en cuevas o bosques, ¿por qué no lo hace en un frente de batalla, para poner fin a la carnicería, o en el escenario de un atentado terrorista, para impedir que mueran docenas o centenares de inocentes, o en un hospital del tercer mundo, para multiplicar las vacunas como en su día multiplicó los panes y los peces? Dios es muy comodón, y se esfuerza poco. De hecho, eso ya se vio con la creación del mundo: solo seis días invirtió en ello, y menuda chapuza que nos dejó. Con Joseph Smith, no obstante, hizo horas extras, porque se le siguió apareciendo en los años siguientes, para supervisar su desempeño como restaurador de la fe. Y no solo Dios: también se sumaron a la fiesta de las apariciones San Juan Bautista y los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que le confirieron el sacerdocio aarónico y el sacerdocio de Melquisedec, respectivamente, sean estos lo que sean. Las reuniones de trabajo entre Pepe y el jefe y su gabinete continuaron tras la constitución oficial, en 1830, de la Iglesia de Cristo, rebautizada en 1834 con el nombre con que ahora se la conoce: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En una de estas muchas visiones, un tal Moroni -que no es el nombre de un payaso, sino otra curiosidad onomástica: moron significa en inglés "retrasado mental", "gilipollas"- le reveló a Pepe dónde podía encontrar unas planchas de oro que contenían la historia de la América antigua. En esas planchas se contaba cómo un profeta llamado Mormón -el padre de Moroni- había compendiado, en el siglo IV d. C., los relatos de los descendientes de una tribu de Israel que había emigrado a América en el siglo VI a. C., y que era el origen de las poblaciones nativas de los futuros Estados Unidos. También daba cuenta de la visita de Jesucristo al continente americano, tras su resurrección. Se conoce que todo el mundo estaba ansioso por pisar América, incluso después de muerto. Todas estas fascinantes historias se publicaron por fin el El libro del Mormón, que es el manual de instrucciones de la secta. Por desgracia, sus admirables esfuerzos en pro de la fe verdadera no le rindieron a Joseph Smith la recompensa debida, porque otros mormones lo acusaron, inverosímilmente, de ser un falso profeta, y dieron paso, así, a la inevitable escalada de sucesiones y secesiones común a todos los credos (y es que las bofetadas entre hermanos no se reparten solo para trincar el patrimonio familiar, sino también, y con más violencia todavía, para ser el heredero fetén, el único depositario de la verdad). Tras década y media de proselitismo, riñas, escisiones y espectáculo, Dios decidió, por fin, ahorrar a su devoto Joseph Smith tanto trabajo y toda aquella barahúnda diabólica, y llamarlo a su lado, cosa que hizo el 27 de junio de 1844 por el poco cristiano procedimiento de que una turba enfurecida irrumpiera en la cárcel en la que estaba detenido por sedición y lo cosiera a balazos. Pepe, pues, subió a los cielos en loor de multitud, aunque fuese un loor asesino. En todo esto pensaba yo al mirar a los mormones del tren, que hicieron todo el viaje en silencio, con la atención extraviada en el paisaje. Y en cómo un galimatías tal podía persuadir a gente supuestamente dotada de inteligencia, que en otros órdenes de la vida se comportan como ciudadanos sensatos. Cuando me bajé en Sant Cugat, ellos siguieron su camino, manchas blancas, cansadas, tras los cristales mojados por el gotear del aire acondicionado.
martes, 15 de julio de 2014
Literatura y vida, valga la redundancia
Si la literatura nos ha de acercar a la
vida, mucho más que la propia existencia, tan dada a extraviarse en las trochas del
tedio y la inadvertencia, uno de los momentos de mayor intensidad que me ha proporcionado
fue la lectura de un pasaje en apariencia insignificante del Diario de Samuel Pepys, aquel
funcionario rijoso –pese a sufrir de cálculos en el tracto urinario– y
moderadamente corrupto que creó, entre 1660 y 1669, uno de los mejores frescos
jamás escritos sobre la vida en Londres y, por extensión, en cualquier
metrópoli. En una entrada de su minuciosa relación –compuesta en una jerga de
su invención, para ocultar sus escarceos con mujeres ilegítimas y las prácticas
venales del Almirantazgo–, Pepys se describe escribiendo, solo, de madrugada.
Por la ventana aún no asoma la primera luz del día, y entra un aire fresco,
insólitamente benigno. Y, de pronto, mientras él sigue componiendo su relato
–que es, en realidad, un metarrelato–, por esa misma ventana oye un grito: el
del lechero que ofrece por las calles su producto; un lechero solitario, como
él, que arrastra el carro con las cántaras, y que saluda, con su trabajo tan tempranero, la inminencia del día. Nada más contiene la descripción: es el
daguerrotipo diáfano de un hecho minúsculo, pero candente de vida, desbordante
de inmediatez, tan audible al ser leído como lo fue al ser escrito. Yo lo oí,
y, al oírlo, viví con pasmosa exactitud lo que Pepys había vivido: los postigos
desembarazados, la oscuridad ya gelatinosa, la voz del lechero que interrumpe el
pensamiento que quiere constituirse en frase, la soledad de quien, con el frío
de la mañana, se siente respirar, latir, la soledad de quien percibe el mundo;
la vida, en fin, imponiéndose, con la fuerza inverosímil de su materialidad. Algo
parecido me acaba de suceder con otro escritor, mucho menos conocido que Pepys,
pero íntimamente vinculado asimismo con Inglaterra: Giuseppe Baretti, un
turinés establecido en Londres en 1751, donde moriría –de un ataque de gota– en
1789. Baretti se pasó la vida huyendo de su inteligencia, esto es, escapando de
quienes querían castigarlo por que hubiese utilizado su inteligencia para
ridiculizarlos. Aficionado al escarnio y a la crítica literaria, que en él se
convirtieron en actividades indisociables –fundó una revista de crítica con el prometedor
título de El Zurriago Literario–, y
con el aplastante pragmatismo de la cultura anglosajona que lo había acogido, zahirió
a poetas, eruditos, libreros, traductores, políticos y hasta reyes, y mucha de
su deambulación por Europa no tuvo otro fin que sustraerse a la inquina de los
zaheridos. Pero Baretti también fue un traductor y lexicógrafo sobresaliente –autor
de un diccionario inglés-español, en 1778, que ha sido base de todos los posteriores–,
un escritor meritorio y un viajero irreductible, que en 1770 publicó Viaje de Londres a Génova, a través de
Inglaterra, Portugal, España y Francia, en el que daba cuenta,
epistolarmente, de los dos viajes que había hecho a su país natal en 1760 y
entre 1768 y 1769. Su relato se publica ahora, por primera vez en castellano,
en Reino de Redonda, con pulcritud británica y la inmaculada traducción de
Soledad Martínez de Pinillos Ruiz. En la carta XLVII, Baretti se acerca ya,
desde Estremadura, a Talavera de la
Reina: le regocija el paisaje, porque abundan las piaras de cerdos, todo
negros; de pronto, advierte una elevación: Oropeza
es la «villa que da nombre a esa cuesta o
colina», y en el castillo que la preside vive la condesa del lugar, «con gran
esplendor [de] dueñas, criadas, capellanes, secretarios, pajes y por lo menos
cien criados de librea». Quiere visitarla, para «ser testigo del fausto
guardado por una condesa española cuando está en su mansión campestre», pero
sus caleseros lo disuaden, porque no conviene perturbar el retiro de una dama
tan provecta y principal. Baretti anota entonces: «Desde las ventanas del
castillo se domina una vasta perspectiva». Y así es: desde el parador que hoy ocupa
la residencia de aquella remota condesa, se contempla la extensa planicie por
la que discurre el Tiétar, y que agoniza a los pies de la Sierra de Gredos,
salpicada de campos de labor, embalses, dehesas y bosquecillos, y sobrevolada
por los gavilanes. Siempre que me detengo a comer en Oropesa, camino de Estremadura, admiro esa dilatada plenitud, recorrida por las venas azules del
agua y la urdimbre esmeralda de los árboles. A partir de ahora, lo haré con los
ojos de Giuseppe Baretti, aquel escritor inclemente que vio ese mismo paisaje,
con igual admiración que yo, hace 253 años.
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