jueves, 16 de enero de 2014

Juan Gelman

El martes murió en México, donde vivía, Juan Gelman. A Gelman empecé a leerlo en un remoto libro de Edicions del Mall (aquella colección en catalán que publicaba a los mejores en castellano, algo impensable hoy), Com/posiciones, de 1986. Me llamó la atención esa barra que seccionaba el título. Inmediatamente comprobé que esa técnica cercenante, de palabras y versos, se extendía por todo el poemario, y luego supe que era característica de un amplio trecho de su producción. Las barras apuñalaban la tipografía como una lluvia torcida, y recordaban la naturaleza interrupta, y doliente, de todo lo que decimos, de todo lo que construimos. Es curioso, porque algunos poetas jóvenes de hoy, como el extremeño Mario Martín Gijón, excelente amigo, no solo practican con fe esa técnica, sino que incluso la han radicalizado. Será que es buena para multiplicar los sentidos de lo dicho, o para intensificarlos, que es uno de los propósitos cardinales de la poesía. En cualquier caso, aunque Gelman haya relajado o prescindido de ese rayado abrupto en otros libros suyos -como es lógico: los recursos invariables acaban convirtiéndose en tics-, toda su obra aparece impregnada por una tristeza acuchillada o lluviosa, por una cesura que semeja una lágrima, o una sucesión de lágrimas. Eso subrayaba ayer Juan Cruz en el artículo que acompañaba la noticia de su muerte: "El poeta de los ojos tristes". Esa tristeza provenía de una circunstancia personal, tan trágica como conocida: el secuestro y asesinato de su hijo y de su nuera embarazada por los esbirros de la junta militar argentina en 1975. Durante mucho tiempo, el poeta se dedicó a batallar contra aquellos crímenes y a averiguar el paradero de su nieto o nieta, si es que vivía. Y no hace muchos años conoció por fin a la niña que su nuera llevaba en el vientre cuando la mataron, y que había sido entregada a otra familia. Su busca, apoyada por una gran campaña internacional, y su reencuentro se difundieron por todo el globo, como símbolo de la lucha contra el olvido y la sinrazón de la dictadura. Sin embargo, yo he tenido la sensación, no sé si equivocada, de que, por mucho que simpatizáramos todos con esa lucha, la causa personal de Gelman difuminaba la percepción de su poesía, o quizá la subordinaba a una lectura política y funcional, escamoteando su estricto tuétano poético. No era eso lo que Gelman pretendía, desde luego. Él mismo dijo en muchas ocasiones que no había querido que lo consumiera el odio, ni incurrir en una poesía acerba, contraria a lo que tanto daño le había hecho. Es obvio también que su compromiso cívico no había alterado su concepción de la literatura ni su forma de escribir: Gelman eludió la tentación de convertir una reinvindicación singular en una proclama unidimensional, y siguió fiel a un temperamento lírico, deudor de la vanguardia, proclive a la incertidumbre y la desarticulación. Por eso, cuando se le acusaba de "hermético" (porque el hermetismo funciona muy a menudo como una acusación), él respondía: "¿Hermético? No, lo que hago es respetar al lector, obligarlo a que lea por dentro". Y de eso se trata, en efecto, no solo en el caso de Gelman, sino en el de todas las poesías: de leer por dentro, y no únicamente en la superficie: de hurgar en las tripas, y los huesos, y las vísceras del poema, y en los pensamientos diluidos aún, en proceso de cuajo, y en las trepidaciones de la conciencia, derramadas en una pulpa de versos interrumpidos, retorcidos, abismados en su propia indefensión. Sin embargo, el mundo suele encontrar más cómodas las identificaciones sin fisuras: Gelman se había convertido en una símbolo de la lucha contra la barbarie, y eso explicaba -y amortajaba, acaso- todo lo que escribía. Sea como fuere, yo he seguido lo que ha hecho desde aquellos años 80 en que lo descubrí, intrigado y, a menudo, deslumbrado, en Com/posiciones. En 2005 ganó el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, y mi amiga María Ángeles Pérez López se encargó de la edición de Oficio ardiente, la espléndida antología que celebraba ese galardón, publicada por la Universidad de Salamanca y el Patrimonio Nacional. De Mundar, publicado en 2007, tomé yo unos versos como primer epígrafe de mi poemario Bajo la piel, los días: "ustedes tan/ solos frente a ustedes/ en un papel lleno de/ imposibilidad". Y de su penúltimo libro, El emperrado corazón amora, aparecido en Tusquets en 2011, transcribo ahora el hermoso poema inaugural en homenaje y memoria suyos:

En la intemperie de dos cuerpos
se sabe haber lo que no
se puede haber y el tiempo y la memoria
tejen una belleza diferente. Lento
es el abismo donde se hunden
las asambleas del odio y todo
es un pedazo, menos
el aire absuelto por vos.
La cosa obrada es imperfecta y el vacío
entre las dos verdades parece
un manantial de aguas henchidas
que produce todas las cosas, menos
un ojo más perfecto que el sol
cuando te dora. Es
la libertad que hacés y no cesa,
la palabra que no se esconde en
el banquete de la razón donde
alimañas, sierpes, otras bestias
comen reflejos de la lengua.

2 comentarios:

  1. Tuve la gran suerte de verlo y oírlo hace escasamente dos años, en León, recibiendo el Premio Leteo, acto presentado por Rafael Saravia (poeta y finalista también en los premios de la revista Quimera); pero además, estaba acompañado de su amigo Antonio Gamoneda, un gustazo verlos y oírlos, ambos tan irónicos, manteniendo un diálogo de amigos amigos, leyendo poemas; Antonio leyó el que le dedica en su libro "Canción errónea" (un libro que leo y releo tanto, como el Libro del frío).
    Gelman (al que apenas había leído) estuvo lacónico e irónico; cuando me acerqué a él con su Poesía Reunida para que me lo firmara le miré a sus ojos azules; ví una mirada triste y profunda; hombre elegante y sencillo, con su americana de pana negra.
    A su vez, Antonio me firmó su Canción Errónea. a ambos les di la enhorabuena y les hice una pregunta -sobre la muerte- (!!!) ellos me dedicaron unas palabras y unas sonrisas. Hay hombres que esperan la muerte con elegancia y paciencia (eso es lo percibí en ellos, qué cosas!)

    Un abrazo

    Un Abrazo

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  2. Envidio ese encuentro con los dos poetas que tuviste, Amelia. Cuando uno conoce a los realmente grandes, se da cuenta de que son humildes, discretos y elegantes. La elegancia es un valor moral. Solo los mediocres se pavonean o vociferan.

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