jueves, 14 de noviembre de 2013

Manga por hombro

Los blogs son literatura. No todos, desde luego, como no lo son todos los libros, pero sí aquellos que practican el arte de la palabra, que es la definición más simple que se me ocurre de la literatura. Sucede, empero, que, como tantas otras modalidades actuales de esa palabra que persigue la emoción estética, no se plasma en papel, sino en el evanescente silicio del ordenador, en los férreos pero inaprehensibles bits de los programas informáticos, o, en el colmo de la nada, en la nube. Que la literatura esté en la nube -y no en las nubes- se me antoja un prodigio de etereidad y, acaso, de eternidad. Pero los escribidores seguimos siendo materialistas, sobre todo los que nos hemos formado con la materia: la tinta, la celulosa, la encuadernación. Pronto habrá otros -ya están surgiendo- que no conciban la palabra escrita si no es en las superficies inmateriales de lo digital, o incluso que no conciban la palabra escrita, sino solo susurrada, y desaparecida, en ese espacio de intercambio irreal. Hoy se observan todavía algunas resistencias: las derivadas de la costumbre, de las inercias individuales. Y, así, advertimos que lo que antes se escribía en papel, como los diarios personales, ahora se escribe en blogs, pero que de estos, en muchos casos, pasan al papel, como un agente doble, o como un salmón que remontara la corriente hasta llegar al lugar donde naciera. El papel, asediado por negaciones poderosísimas -que acabarán venciendo-, subsiste todavía. Y de ello es buena prueba este Manga por hombro [Entradas del blog El Juego de la Taba], publicado por La Isla de Siltolá, que me envía Elías Moro, el escritor de Mérida. Subrayo lo de "escritor de Mérida", porque tiene mérito (¿"mérido"?) serlo: apartado, fronterizo, no sé si solo, aplastado por calores asfixiantes en verano y fríos heladores en invierno, Elías mantiene encendida allí la llama de la escritura pura, de la literatura jubilosamente entregada a sí misma, de la palabra alegre y viva y cordial. No quiero que se me malinterprete: Mérida es una ciudad muy hermosa, de gente amable y entusiasta, que siempre es un placer visitar, pero sus circunstancias no son, digamos, las de Bloomsbury. Sin embargo, Elías le ha dado la vuelta a las circunstancias: las ha puesto a trabajar para él. En Mérida, Elías Moro es vigilante de seguridad; sí, segurata. Alguna vez, con algunos amigos, hemos ideado antologías poéticas bizarras: una de poetas feos (¿quién querría aparecer en ella?), o de poetas tartamudos (cuyos versos suelen ser igualmente sincopados), o de poetas seguratas. En ella figurarían, gloriosamente, Elías Moro, Roberto Bolaño, que lo fue en un cámping barcelonés, Pere Gimferrer, policía militar en Palma de Mallorca (¿alguien se lo imagina con casco y porra blancos?), y yo mismo, que serví a la patria en el Servicio de Vigilancia del Centro de Instrucción de Reclutas de Rabassa, en Alicante, también con casco y porra blancos. Salvo por mí, no es una mala nómina. Ser vigilante de seguridad es, según me confiesa Elías, un trabajo muy tranquilo: sus muchas horas de inactividad dan para mucho, sobre todo si se tiene un espíritu creador. Me gusta pensar que la excelente poesía de Elías, y ahora este conjunto de crónicas, reflexiones, relatos y aforismos contenidos en Manga por hombro, han surgido en este tiempo silente, a menudo insomne, que con otra dedicación resultaría insoportable, en el que Elías ha velado, con su altura baloncestística y una sonrisa no menos majestuosa, por la seguridad de unas instalaciones. La última vez que nos vimos fue poco antes de que yo viniera a Londres, en Mérida, donde Ángeles y yo íbamos a asistir a la representación de El asno de oro, de Apuleyo, interpretada por el gran Rafael Álvarez, "el Brujo". Por la tarde nos habíamos citado con él. Elías se mostró entonces como es, como es su literatura: dinámico, dilatado, coloquial y culto a la vez, risueño y un punto travieso, pero atrav(i)esado por la hondura discreta de quien ha experimentado todos los dolores y pensado en todas las muertes. Admiramos -él por milésima vez- las ruinas romanas y paseamos por el magnífico puente de la ciudad, nos tomamos unas cervezas y después, con Ángeles, unas morcillas sobrenaturales, y hablamos, sin discursos, pero con mucha risa, como quien evoca las anécdotas de unos amigos muy queridos, de Camba y Monterroso, de Cunqueiro y Pla, esos escritores que son epítome de la palabra exacta y jovial, de la literatura irónica y quintaesencial, a la que tanto Elías como yo aspiramos. Luego nos despedimos, y nosotros asistimos al espectáculo de "El Brujo" en el teatro romano, en unas gradas de piedra homicidas, pero bajo una luna inconmensurable. Las entradas de Manga por hombro revelan el ingenio, el lirismo y la pasión por la palabra que caracterizan al Elías Moro hombre, y su reunión es una prueba feliz de su existencia en el mundo, que nos hace mejores a todos, y de la supervivencia de la palabra espesa, material, pero aérea, como lo es también el libro en el que está escrita.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

En busca del tiempo perdido

En busca del tiempo perdido no solo es la razón por la que me vine a Inglaterra, sino el título de, probablemente, la mejor novela del s. XX y una de las mejores de la historia de la literatura universal. Marcel Proust, aquel aristócrata que había nacido en un cuerpo de burgués, publicó la primera entrega de la heptalogía, Por el camino de Swann, en noviembre de 1913, hace ahora exactamente un siglo. Y lo hizo a su costa, pagando enteramente la edición -es decir, pagándola sus padres: Proust no desempeñó un trabajo remunerado en su vida-, después de que André Gide, en una de las pifias más monumentales de la historia de la edición -solo equiparable a la de Carlos Barral con Cien años de soledad, que reputó "pintoresco"-, rechazara publicarla en la Nouvelle Revue Française, porque "había demasiadas duquesas". Que Proust autoeditara ese primer volumen (y solo ese) suele invocarse como justificación de la autoedición. Aunque hay muchos más ejemplos, e igualmente sensacionales: Rimbaud se pagó su temporada en el infierno, y César Vallejo, el asimismo fundacional Trilce. Sin embargo, por muchas excepciones que se logren recopilar, no desvirtuarán el hecho de que pagar por publicar es ignominioso, y que la inmensa mayoría de los libros que ven la luz gracias a esa expresión del masoquismo -y de la vanidad más desaforada- son deplorables. En busca del tiempo perdido ha sido la mayor experiencia literaria de mi vida. No, quizá, el mejor libro, o el más impactante, o el más oportuno: la mayor experiencia literaria, un proceso dilatado -no queda otra: los siete libros suman más de 3.000 páginas-, en el que la lectura moldea la sensibilidad y crea el lenguaje, esto es, el pensamiento. Recuerdo haberlo empezado a leer por la recomendación de un compañero de clase, Federico Moncunill Gallo, uno de aquellos colegas con los que uno no tenía demasiado relación, pero si percibía alguna afinidad, y que, en un momento dado, eran capaces de penetrar en tu intimidad con un comentario o con una conducta. Me hice con la edición de Alianza, en cuya traducción se habían sucedido Pedro Salinas y Consuelo Berges, y me abandoné a una lectura que me acompañó en Barcelona y en los Estados Unidos, donde pasé, por aquel entonces, a principios de los 80 del siglo pasado, algunos meses. Digo bien: me abandoné, porque en la corriente de Proust uno ha de dejarse llevar, como en un río caudaloso, sin aspirar a otro esfuerzo analítico que el acomodo, en tu propia y deslumbrada alma, del inmenso conocimiento del alma humana que despliega el libro. Ni siquiera esas frases interminables de su escritura, que se engarzan en subordinadas, y en subordinadas de las subordinadas, y en subordinadas de las subordinadas de las subordinadas, hasta una subordinación infinitesimal o cósmica, como se prefiera, del mismo modo en que los convólvulos de un cerebro gigantesco se sucederían en pliegues interminables, hasta aovillarse en una madeja turbulenta, pero insólitamente elegante, e interminable, ni siquiera esas frases, decía (y me acaba de salir una ahora mismo, influido, sin duda, por el espíritu subordinante de Proust), empujaban al análisis, por mucho que lo requirieran, sino al trance: al trance de observar cómo el lenguaje se posesiona del ser y del mundo, de todos los rincones del pasado y del presente; del trance de saberse lenguaje, de existir gracias al lenguaje, amasado por la voluntad de negarse a morir, de negarse a que todo lo vivido desaparezca en la nada afásica de la muerte. Es fascinante apreciar esa lentitud con la que el escritor francés desenmaraña la realidad, esa tarecea lingüística de una realidad que se desvanece: cada palabra es un clavo microscópico, algo que pretende fijar lo volátil, sin impedir que vuele. Hace falta mucho pulso para narrar, en cincuenta páginas, cómo nuestra abuela se va a dormir, eso, justamente, que desespera a tantos lectores -y escritores- apresurados, y que atrapa a los más pacientes, a los que se deleitan con cada sílaba, pero que son, también, los más pueden sufrir su influencia: Proust, como Borges, como Neruda, devora el estilo, y hay que huir de su irradiación; el estilo proustiano acaba siendo prusiano. Hace falta una delicadeza y un nervio formidables para aguantar esa acción, sin que la vibración de la frase decaiga, sin que perdamos el hilo, sin que nuestro ojo trastabille. Frente a la imagen de un Proust feble, delicuescente, su vigor narrativo es extraordinario, y yo siempre he creído que el talante literario es transunto del talante personal. Proust era, en realidad, un sujeto berroqueño, capaz de lidiar con una familia insuficientemente amante, con una sociedad homófoba e insensible, con los colmillos retorcidos de los salones de la época, y hasta con una guerra mundial, pero para hacerlo necesitaba del lenguaje, de eso que le otorgaba materia y perdurabilidad. Si algo es indudable para mí en En busca del tiempo perdido es su carácter poético: solo la poesía tiene esa capacidad para transmitirnos una emoción tan vívida, fundida con el pensamiento. Sin embargo, la grandeza de la novela radica en sus múltiples capas de lenguaje, en el inextricable entrelazamiento de sus discursos: es una novela lírica, sí, pero también es un fresco, un colosal diorama, del fin de las sociedades decimonónicas (mayor, y más exacto, por cierto, que el de tantos novelones realistas: la mejor descripción es una buena metáfora), y un diario personal, una crónica desangrada de alguien que ama y no es correspondido, de alguien que quiere amar de otro modo y no le es permitido. Y también es un experimento vanguardista: una forma de acometer la palabra, y su articulación global, como no se había intentando antes en la prosa francesa, ni en la universal. No me acuerdo de cuántos meses dediqué a la lectura de En busca del tiempo perdido, pero fueron muchos. Me recuerdo en mi habitación, jubilosamente sofocado por aquella sintaxis serpenteante, por aquel lenguaje que no acababa, por aquella inverosímil capacidad para sumergirse en el análisis de la interioridad y emerger de esa apnea casi mortal con un mapa, perfectamente topografiado, de causas y efectos, de cimientos y matices, de sentimientos y sinrazones; y, viéndome en ese cuarto, sudoroso, abrumado y feliz, veía también a Proust en el suyo, al final de su no muy larga vida, asmático, insomne y agonizante, echado en la cama con un abrigo por los hombros, con sahumerios con los que pretendía evitar que lo apuñalara la tos, atendido por su criada Céleste, que era ahora como aquella madre que no iba a darle el beso de buenas noches cuando niño, y que se paseaba con infusiones por la habitación, cuyas ventanas estaban tapiadas, y cuyas paredes, recubiertas con planchas de corcho, para amortiguar los ruidos exteriores y favorecer el sueño imposible del escritor. Un sueño que le llegaría, definitivamente, el 18 de noviembre de 1922, cuando él aún se afanaba por corregir sus libros, por añadir pedazos de papel con correcciones a los volúmenes ya publicados, por seguir apilando, con su letra microscópica, los minutos de una vida que se extinguía, por seguir respirando con palabras. 

martes, 12 de noviembre de 2013

Un paseo literario por Kensington

Kensington es uno de los barrios más honorables de Londres, y uno de los de mayor tradición literaria, aunque afirmar algo así siempre sea osado, puesto que, en esta ciudad, cualquier barrio, por marginal que sea, esconde algún rincón en el que ha vivido, trabajado o se ha emborrachado algún escritor. Nuestra paseata dominical empieza por el parque homónimo. Entramos por la puerta que da a los jardines italianos, tras echar un vistazo a una exposición de pintura callejera, que se extiende a lo largo de la verja del parque, en la que nos hemos interesado solamente por unos paisajes también italianos, pintados con gracia y delicadeza; la pintora, a su vez, se ha interesado por la razón por la que llevo sandalias (sin calcetines) en un día frío como este. Al poco de entrar en el parque, se topa uno con la estatua de Peter Pan, con la que no creo que ningún niño de Londres no se haya fotografiado. Es trágico saber, sin embargo, que los niños reales -los Llewellyn Davies- que James Barrie conoció en este lugar, y que adoptó tras la muerte de sus padres, no se beneficiaron de la infancia, ni de la vida, eterna que inventó para ellos el escritor; por el contrario, se mostraron resuelta y precozmente mortales: de los cinco, Michael se ahogó en el Támesis a los 20 años; George murió en la Primera Guerra Mundial, a los 21; y en 1960, Peter -que había inspirado el personaje de Peter Pan- se suicidó arrojándose a las vías del tren, en Sloane Square. Peter era editor, pero no se ha demostrado que los sinsabores del oficio lo condujeran a tan fatal resultado. Atravesamos los Kensington Gardens disfrutando de las vistas: no hay mucha gente por los senderos y, aunque la haya, nunca parece mucha: este lugar es tan grande, que todo se difumina en una aparentemente interminable extensión verde, ahora -una luminosa mañana de noviembre- cincelada por un aire lavado, que no parece filtrar el sol, sino magnificarlo: los perfiles adquieren una nitidez tajante; los colores, hiperbólicos, pierden su condición superficial y, de tan intensos, parecen sustituir a la materia; los árboles, los estanques, todas las formas, por nimias que sean, golpean, restallantes, las pupilas. A la salida del parque, que hacemos un poco más allá del Albert Memorial, esa aguja dorada que resguarda la figurada adorada del príncipe Alberto, de cuyas prendas personales ya he hablado en otras entradas de este diario, empezamos el callejeo por el barrio. En De Vere Gardens, dejamos atrás una grúa ciclópea que está depositando en el suelo, desde una altura enorme, la cabina de un vehículo, y observamos la cercanía de las casas de Henry James, que vivió en el número 34, y Robert Browning, que lo hizo en el 29. Fueron vecinos entre 1887 y 1889, cuando murió el autor de Sordello, que es, por cierto, uno de los poemarios más abstrusos de la literatura occidental contemporánea -y mira que ha habido-, aunque fuese, años después de su publicación, vigorosamente reivindicado por Algernon Swinburne y Ezra Pound. Browing, sin embargo, que acaso no fuera el mejor crítico de su propia obra, creía que Sordello era diáfano: antes de publicarlo, se lo envió a un amigo, John W. Martson, para que lo leyera, diciéndole: "Ahora ya no podrán acusarme de escribir cosas ininteligibles". El público, empero, se sintió más confuso que nunca. Thomas Carlyle, por ejemplo, escribió: "Mi mujer ha leído Sordello, sin haber podido dilucidar si Sordello es un hombre, una ciudad o un libro"; y Douglas Jerrold, que convalecía de una grave enfermedad, creyó al leerlo que, a resultas de su trastorno, había perdido el juicio: "¡Oh -exclamó-, me he vuelto idiota!". De esa terrible conclusión lo sacaron su mujer y su hermana, que tampoco entendieron una palabra del libro. "Gracias a Dios -dijo entonces Jerrold-: no me he vuelto idiota". Siguiendo las calles que se dirigen a Kensington High Street, nos encontramos con el lugar en el que vivió -y murió- T. S. Eliot, en Kensington Court Place: una casa austera, casi sombría, aunque de ladrillo formidablemente rojo, cuya única concesión ornamental es el breve friso blanco de la entrada en el que se distinguen, en un tumulto de follaje, dos granadas semiabiertas. No lejos de allí, por encima de Kensington High Street, vivió, en dos pisos distintos, el gran Ezra Pound, coautor de La tierra baldía; y lo es, porque, como es sabido, Eliot sometió el manuscrito de uno de los libros fundacionales de la poesía contemporánea a la consideración de Pound, y este, con un lápiz casi tan rojo como el color de la fachada de la casa de Eliot, tachó la mitad de lo escrito. En un muy insólito gesto de humildad, pero que revela, en realidad, su inteligencia crítica, Eliot aceptó las eliminaciones, y publicó el poemario tal como lo había dejado Pound. Creo, pues, que no es irrazonable considerarlos coautores a los dos. (Por cierto, hace poco leí una traducción del título mucho mejor que la que siempre se le ha dado, propuesta por un escritor argentino: El yermo; otra, en esta línea de pensamiento, podría ser El erial). Antes de llegar a las casas de Pound, visitamos los Kensington Roof Gardens, unos inverosímiles jardines instalados en el tejado de un edificio de oficinas. El acceso es libre, salvo que alguien los haya reservado para una fiesta privada. Los jardines, en realidad, son tres: uno español, de estilo morisco, inspirado en la Alhambra, con fuentes, enredaderas, palmeras enanas y hasta un conventillo con su espadaña; otro, tudor, con arcadas y recovecos, lleno de rosas y lilas; y un bosquecillo inglés, con más de treinta clases de árboles diferentes, un arroyo y un estanque en el que ramonean cuatro flamencos: Bill, Ben, Splosh y Pecks. Que todo esto quepa en un tejado da que pensar. La próxima vez que vaya a ordenar el cuarto de la plancha intentaré tener presente su ordenación. Al salir de los jardines y del edificio que los alberga, hacemos una pausa para comer en una crepería. Es indudablemente francesa, pero también minúscula. Muchos locales lo son en Londres: para quien empieza un negocio, es prácticamente imposible pagar los alquileres monstruosos de lugares más espaciosos. Pese a ello, el comedor es agradable y la comida, decente, aunque ir al baño constituye una experiencia devastadora: la puerta del cubículo se abre directamente a la cocina, lo que perfuma los croque messieurs que el cocinero está manipulando en ese momento de un modo indescriptible; y el suelo tampoco parece muy limpio, francamente. Ah, si supiéramos todo lo que sucede en las cocinas que nos preparan esos platos de los que tanto disfrutamos. Llegamos por fin a las residencias de Pound en el barrio, aunque una de ellas, la situada en el 5 de Holland Place Chambers, no está marcada por la omnipresente placa azul: aquí fue, precisamente, donde Eliot y Pound se conocieron. En la otra, en el número 10 de Kensington Church Walk, Pound sufría la indeseada compañía de la campana de la iglesia de St. Mary Abbots, que pende de la aguja más alta de Londres. "Hacer sonar la campana -escribió Pound- simboliza el proselitismo religioso, y supone una intromisión sin sentido en el sosiego de los demás". No sé cómo este hombre soportó la vida en las ciudades italianas, ni cómo la habría soportado en muchos pueblos españoles; en Medinaceli, por ejemplo, donde estuvo. Y tampoco creo que el repicar de las campanas fuera tanto una expresión de proselitismo, como, más bien, una característica singular de la vida colectiva en Londres. Un duque alemán que visitó la ciudad, ya en en 1602, dejó escrito: "Al llegar a Londres, oímos un estruendoso repicar de campanas hasta muy entrada la tarde en casi todas las iglesias, y también los días siguientes hasta las siete o las ocho de la tarde. Nos comentaron que los jóvenes de la ciudad las tocan para divertirse y hacer ejercicio, y a veces apuestan grandes sumas de dinero a ver quién puede tocar una campana más rato o quién lo hace con mayor aceptación popular. Las parroquias invierten mucho dinero en comprar campanas que suenen armoniosamente, ya que ello supone convertirse en la preferida por tener las mejores campanas". La tarde declina ya -ahora empieza a oscurecer poco después de las cuatro- y ya solo tenemos tiempo de echar un vistazo a una pequeña librería de viejo que hay cerca, y en la que da gusto estar solo por la música barroca que suena todo el rato. Al volver al metro, dejamos atrás la casa en la que vivió James Joyce en 1931, en Campden Grove -y que no le gustó: la gente que pasaba por la calle le parecían "momias" y la calle, decía, debería llamarse "Campden Grave": la tumba de Campden-; la casa natal de Chesterton, aquel gordo genial; y la residencia del poeta Siegfried Sassoon, en la distinguida Campden Hill Square, aunque nada indica que también fue la casa en la que vivieron los niños Llewellyn Davies entre 1907 y 1918, y que Barrie ayudó a comprar.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Remembrance Day

Hoy es, en Gran Bretaña y el resto de los países de la Commonweath, Remembrance Day: el día en que se recuerda a todos los soldados británicos caídos en combate. Y, teniendo en cuenta las innumerables guerras que ha librado este país, son muchos. El memorial se celebra el 11 de noviembre, porque en esta fecha -a la undécima hora del día undécimo del mes undécimo- se firmó el armisticio de la Primera Guerra Mundial. Curiosa y trágicamente, también el 11 de noviembre murió mi padre, aunque no en el cumplimiento del deber, sino de una estenosis de aorta. En aquella guerra horripilante -que la gente, en su ingenuidad, llamó "Grande", porque aún no había conocido, ni podía imaginar, las dimensiones de la que iba a causar Adolf Hitler unos años más tarde- perecieron 1.200.000 súbditos del imperio británico, entre combatientes y civiles, y otros tres millones y medio quedaron heridos o mutilados. Los muertos en aquella carnicería, como en tantas otras que la precedieron o siguieron, se recuerdan ahora, además de con una multitud de actos oficiales, con una amapola en la solapa. Suele ser una amapolita de papel, que yo creía, al principio, una guitarra (caramba, pensaba, qué amor por la música tienen estos ingleses...), pero que luego identifiqué con la flor. A veces, las mujeres sustituyen la frágil insignia por una joya, también en forma de amapola, de rubíes y piedras preciosas. El motivo de la amapola proviene de un hermoso, por poético, gesto. En 1915, el teniente coronel canadiense John McCrae, físico y poeta en la vida civil, que estaba combatiendo en Francia contra el káiser, asistió al funeral de un compañero, muerto en la segunda batalla de Ypres, y observó que, entre las cruces del cementerio, crecían las amapolas. Aquella simple metáfora del renacimiento de los muertos, o de la pervivencia de su memoria en el mundo (y, ciertamente, la mucha materia orgánica depositada en el suelo de los campos de Francia y Bélgica hacía que estos reventasen de flores), le impulsó a escribir un poema, "En los campos de Flandes", que dio origen a la tradición. Según dicen, McCrae no quedó satisfecho con el poema, y decidió descartarlo, pero otros soldados lo salvaron de la destrucción. Se publicó, tras el rechazo de The Spectator (nadie se libra de los rechazos de los editores, ni siquiera los héroes), en la revista satírica londinense Punch, que llevaba siglos mofándose de todo, pero que, cuando se trataba de arrimar el hombro con la nación frente a un enemigo común, no dudaba en hacerlo. El poema, un rondó, dice así, en traducción apresurada y mía: "En los campos de Flandes ondulan las amapolas/ entre las hileras de cruces/ que señalan nuestra sepultura; y en el cielo/ las alondras, que cantan con vigor, vuelan/ sin que se las oiga apenas, enmudecidas por los cañonazos.// Somos los Muertos. Hasta hace pocos días,/ vivíamos, sentíamos el amanecer, veíamos el crepúsculo,/ amábamos y éramos amados, y ahora yacemos/ en los campos de Flandes.// Proseguid nuestra batalla con el enemigo;/ a vosotros os ceden nuestras manos inertes/ la antorcha: hacedla vuestra y sostenedla alto./ Si perdéis la fe en nosotros, los que hemos muerto,/ no descansaremos, aunque las amapolas crezcan/ en los campos de Flandes". Aunque hay debate -siempre lo hay en una sociedad saludablemente democrática- sobre la pertinencia del despliegue simbólico de las amapolas, promovido por la escalofriantemente llamada Legión Británica, y criticado por muchos, que lo consideran una suerte de imposición moral y una forma indirecta de apoyar la participación de Gran Bretaña en los conflictos actuales, muy alejados de las circunstancias que justificaron la lucha en las guerras mundiales, a mí no me disgusta esta manifestación patriótica, como no me disgustan, en general, las formas civilizadas de afirmar la pertenencia a una comunidad, o, dicho con más exactitud, de compartir unos valores de justicia y entrega, de solidaridad e independencia. Paradójicamente, yo no llevaría nunca una amapola, o un clavel, si así se hiciera en España: detesto la subordinación a la muchedumbre, y el concepto de "causa", salvo en muy raras ocasiones, me irrita el colon, pero esta forma pacífica y discreta de recordar a los muertos me resulta atendible. En una nueva paradoja, los ingleses no tienen día de la patria, ni de la Constitución; de hecho, no tienen constitución: solo Día del Recuerdo. Los españoles, en cambio, sembramos el calendario de festividades patriótico-militares, sin que ello haya servido jamás para estimular el sentimiento de pertenencia a la nación, salvo para aquellos que ya lo tenían, y muy acendrado, hasta el punto de que, si uno no lo compartía, le sacudían con el asta de la bandera -con gallina, desde luego- en la cabeza. Que se lo digan, si no, a Zapatero, que recibió violentas pitadas en varios de esos actos, por socialista, antiespañol y maricón. Aquí es impensable que David Cameron, o el primer ministro laborista de turno, sean criticados cuando depositan una corona de flores -de amapolas- en el cenotafio nacional. Los muertos murieron por todos, y los vivos, todos, respetan y prolongan su legado. Hasta los escoceses, que quizá dentro de un año sean un país independiente, pero que este 11 de noviembre participan en las ceremonias y desfiles militares como siempre lo han hecho, con devoción; y son aplaudidos por ello.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Dulwich y Whistler

Durante mucho tiempo, lo único que he sabido de Whistler era lo que se contaba en aquella descacharrante película de Rowan Atkinson, en la que su personaje, Mr Bean (el señor judía, no hay que olvidarlo), pasaba accidental e incomprensiblemente por un sapiente crítico de arte, y se empeñaba en destruir, torpeza tras torpeza, la obra maestra del pintor americano, La Madre , un icono del arte y la cultura modernos de los Estados Unidos. Por fin, y tras los infatigables esfuerzos de Mr Bean, el retrato de la dama puritana quedaba convertido en un monigote infame, que reproducía vagamente los rasgos cubistas de su destructor. Hace algunas semanas, mientras las escaleras mecánicas del metro me devolvían a la superficie torturada de la ciudad, vi anunciada una exposición de James Whistler en la Dulwich Picture Gallery: "An American in London: James Whistler and the Thames". A mi interés por la figura del pintor se sumó entonces el que siento por un río con el que llevo conviviendo íntimamente casi tres meses -ayer mismo, por la mañana, pasó por delante de mi balcón un cortejo de barcas engalanadas, muchos de cuyos remeros vestían trajes de época, en celebración de alguna de las innumerables ocasiones históricas que los ingleses se complacen en rememorar-, y decidí visitarla. Para ello nos desplazamos en tren desde Victoria hasta Dulwich, una localidad residencial del sur de Londres, a solo un cuarto de hora de distancia. Para llegar desde la estación hasta la galería hay que atravesar un parque, el Belair, presidido por la mansión homónima, una casona lacerantemente blanca de 1785. A ambos lados de camino se extienden praderas verdes y campos de tenis, y una vegetación en la que abundan los arces, sauces, robles y castaños. La entrada principal a la Dulwich Picture Gallery es por una calle paralela; el acceso por detrás es, como suele suceder, per angostam viam, pero no por estrecha menos hermosa: un caminito que discurre por una superficie intensamente verde, flanqueado de arces incendiados de rojos otoñales y de plátanos cuyos amarillos prenden al paisaje un fuego aún más devorador, conduce hasta la cafetería de la galería, a cuyo lado se levanta el edificio principal. Como llegamos tarde, y Ángeles está bostezando mucho -bostezar no es en ella señal de aburrimiento, salvo cuando le hablo de poesía, sino de hipoglucemia-, decidimos comer antes de visitar el lugar. Nos sirve el almuerzo una camarera costarricense cuya expresividad latina contrasta vivamente con la astenia jiráfida de sus compañeras británicas, y que, en los pocos minutos que tarda en servirnos la comida, tiene tiempo de informarnos de que: a) Costa Rica está llena de ladrones; b) los ticos son hipócritas y racistas; c) el país debería desprenderse de su tradición católica y hacerse laico; y d) la panacota está riquísima. Y lo está, a fe mía: coronada de frutas del bosque, densa pero suavísima, me cuesta no rebañarla con la lengua. (Secundo también, entusiásticamente, el punto c, que debería extenderse al mundo entero). La entrada a la galería, incluyendo la exposición de Whistler, cuesta 11 libras, pero solo 6 para los que buscan trabajo. Así lo indica un cartel: no dice "parados", como diría, brutalmente, en España, sino jobs-seekers: buscadores de trabajo. Me reivindico como tal, y se me hace extraño: tras 26 años de curro garantizado, afirmarse como "buscador de trabajo" me resulta tan raro como a Cristiano Ronaldo considerarse feo: una incongruencia existencial, una contradicción que se me atasca en la boca. Pero lo hago por fin, y la recepcionista, aunque no puedo mostrarle ningún documento que lo acredite, como exigen las normas, se aviene a cobrarme la tarifa reducida. No es frecuente -en este país las normas se cumplen implacablemente-, y se lo agradezco mucho, aun más sabiendo que sabe, por mi acento, que soy extranjero. Dentro, vemos primero la exposición de Whistler, una interesante colección de esbozos, grabados y pinturas de sus visiones del Támesis y los barrios aledaños, Chelsea y Battersea, a finales del s. XIX. Los dibujos reproducen con caótica fidelidad en entramado de cordajes, embarcaciones y muelles que saturaban las riberas del río en aquellos años de crecimiento humeante; los óleos, por su parte, reproducen las imágenes de oscuridad y niebla que proyectaba el Támesis, hasta el punto de desdibujar también, como en la realidad, toda figura y reflejar únicamente una pátina turbia de azules y negros, pero blanquecinos, aguados por la bruma o agujereados por las luces de las antorchas o las farolas de gas. Los Nocturna de Whistler reflejan fielmente el misterio de un Londres oscuro, cuya oscuridad, no obstante, ha sido descrita por algunos como la esencia de la ciudad, como su identidad verdadera. Dickens hablaba de "una ciudad desesperada, sin ningún tragaluz en la bóveda plomiza de su cielo", y Peter Ackroyd, el gran biógrafo de Londres, ha escrito que "Londres está poseída por la oscuridad". Whister fue un personaje muy curioso: viajero, cosmopolita, arruinado en más de una ocasión, amigo de Oscar Wilde -con quien se dijo que mantuvo un idilio, al igual que con Walter Richard Sickert, uno de los sospechosos de ser Jack el Destripador- y amante de Joanna Hiffernan -de la que se ofrece un hermoso retrato en la exposición: la mujer se mira en un espejo, mientras sostiene lánguidamente un abanico que reproduce un cuadro de Hokusai-, que también lo fue de Gustave Courbet, el autor de El origen del mundo, y con el que Whistler rompió la amistad al reconocer, acaso, a Joanna en la modelo del cuadro. Si se trata de ella, hay que convenir que el retrato de Courbet no tiene ninguna de las languideces del de Whistler. El americano pleiteó también con John Ruskin, el pope de la crítica de arte de su tiempo. En el juicio se produjo aquel diálogo memorable, que habla del valor de la formación artística, frente a las pretensiones de los que carecen de alma artística de que pintar como lo hacía Whistler (o Miró, o Mondrian, o Bacon) puede hacerlo cualquiera, y de que es inmoral, encima, querer cobrar por ello. "¿Cuánto tardó Ud. en pintar el cuadro?", le pregunta la otra parte contratante, refiriéndose a Nocturno en negro y azul. El cohete que cae: "Oh, un par de días", responde Whistler, displicente; y especifica: "uno para pintarlo, y otro para rematarlo". "¿Y por el trabajo de dos días quiere Ud. cobrar 200 guineas?". A lo que el pintor da la inmortal respuesta: "No, quiero cobrarlas por toda la vida de estudio y esfuerzo que me ha permitido pintarlo en dos días". La exposición permanente de la Dulwich, por otro lado, acoge sobre todo obras del Barroco y del periodo neoclásico, y a Ángeles y a mí nos complace observar un nutrido grupo de Murillos, pero menos de vírgenes blanquiazules que de escenas de la vida cotidiana de la España de su tiempo. Así como el arte holandés, con Vermeer a la cabeza, es burgués y doméstico, el español de esa época es proletario y callejero: los Murillos que vemos representan a una niña, quizá su propia hija, con flores, pero también a muchachos en la calle, limosneando, jugando o robando, tirados en el suelo, andrajosos pero alegres. Nos sentimos orgullosos de esos rostros luminosos, de esas escenas pedigüeñas, de esa realidad brutal y feliz de un país casi siempre en bancarrota., pero nos molesta que lo mezclen con la escuela italiana. ¿Por qué los franceses tienen una sala para ellos solos y nosotros hemos de compartirla con Tiépolo? Sucede lo mismo en los supermercados: ¿por qué nuestro jamón ha de ser vecino del abominable prosciutto? Cuando abandonamos la galería, ha empezado a llover. Los colores de los árboles emiten ahora fulgores transparentes, pero su fuego pálido sigue alimentando nuestros ojos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El G. P.

El G. P. es el general practitioner, o sea, el médico de familia. Hace unos días tuve que visitarlo. En Gran Bretaña, la Seguridad Social lo arropa a uno como una bendición, como en España. Con solo estar casado con alguien que cotice, como es mi caso, ya tiene uno sanidad pública. La forma de darse de alta es sencilla: va uno a la consulta que le corresponde por residencia, afirma que es cónyuge del cotizante, aporta una prueba de domicilio -normalmente, alguna carta que haya recibido con su nombre y dirección, que debe coincidir con la de su costilla-, y ya está. Aquí no hay ningún documento oficial de identidad, como nuestro entrañable D. N. I., así que hay que ingeniárselas para demostrar que uno es quien dice ser y no el vecino del quinto. Más aún: muchos británicos consideran que tener el equivalente a un D. N. I. sería un atentado intolerable contra su intimidad. No tener documento de identidad constituye para algunos una seña de identidad, una cuestión de honor, una orgullosa afirmación de su irrenunciable condición de británicos. Luego, esos mismos británicos orgullosos e irrenunciables desenfundan el carnet de conducir, o el número de la Seguridad Social, o el carnet de la biblioteca (si lleva foto), para acreditar su personalidad y ahorrarse trámites, pero ese es otro tema: una demostración del espíritu pragmático de los anglosajones. Lo importante es que, específicamente, ningún documento diga quiénes somos. Pero a lo que iba, que últimamente me estoy dispersando mucho: necesitaba que el G. P. me recetara unos medicamentos que se me estaban acabando. Acudí, pues, a la consulta, para concertar la visita; la secretaria, con esa arisquez tan propia de los que hacen siempre exactamente el mismo trabajo, me la dio para dos días más tarde; y, al cabo de ese tiempo, allí estaba yo de nuevo, listo para el encuentro. Hay que decir que las consultas de los médicos de familia en Gran Bretaña no son como los ambulatorios de nuestro país. Los ambulatorios españoles parecen estaciones de la NASA comparados con las consultas británicas. Aquí, modestamente, nos encontramos con un piso estrecho, cuya recepción debía de ser antaño el salón-comedor de la casa, y una secretaria que hace de recepcionista, administrativa y enfermera sin que le tiemblen las pestañas. Las paredes están empapeladas de anuncios, consejos, recomendaciones y avisos, desde la conveniencia de ponerse condón en las ocasiones adecuadas hasta los pasos necesarios para cambiar de sexo. Uno se sienta allí y espera a que lo llamen, y, cuando eso sucede, sube las escaleras hasta el cuarto donde lo aguarda el médico. El mío se llama Munday, aunque, pronunciado, suena exactamente igual que monday, lunes, lo que me hizo pensar, en un primer momento, en un personaje de Robinson Crusoe. La secretaria especificó luego: "con u", pero yo seguía mentalmente con Defoe. De mi evocación isleña me sacó conocer al galeno: su apostura, ciertamente, no era la de un atlético indígena, sino la de un tenaz consumidor de cerveza. Tenía la mirada azul y turbia de un borracho boreal, como si a un aguamarina se le hubiera inyectado suero, y una circunferencia ventral que reducía la mía, que hasta entonces había tenido por gloriosa, a un michelín insignificante. Mientras él tecleaba mis datos en el ordenador, me fijé bien en su indumentaria: llevaba un anillo de sello que más bien parecía de tampón y unos ignominiosos pantalones de pana rosas. Munday, sin embargo, se movió bien por el castellano del informe médico que yo me había traído de España: preguntó qué significaba "sobrepeso", sin ser consciente de lo doloroso que me resultaba responderle, y "acúfeno"; todo lo demás lo entendió bien. Luego me tomó la presión. Su monstruoso anillo revoloteó entonces alrededor de mi cara como un colibrí hexagonal: se me hacía amenazador. Mientras bombeaba la sangre, me fijé en la decoración de las paredes. Allí, a diferencia del vestíbulo de la planta baja, no había nada que indicara que se trataba de una consulta médica: solo cuadros de caballos purasangres y apacibles marinas, estucos en los rincones del techo y visillos debidamente barrocos en las ventanas; y moqueta, desde luego. Aquella habitación igual habría podido ser el dormitorio de la tía Geraldine. Comprobada la presión sanguínea -óptima: 12/8, gracias a mi querido Diován, justamente uno de los medicamentos que se me estaban acabando-, me prescribió un análisis de sangre, me recetó los fármacos necesarios y me despidió con un enérgico Good evening, mientras me miraba con aquellos ojos suyos, de un azul blanquecino; unos ojos como un estanque sosegado en el que se reflejaran las sangrientas irisaciones de sus pantalones rosas.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Un paseo

Muchas tardes Ángeles y yo salimos a pasear. Ella se ha pasado todo el día mirando por el microscopio en el hospital, y yo, mirando la pantalla de mi ordenador en casa, así que nos apetece estirar las piernas. Ya lo hacíamos en Sant Cugat, también por las tardes. Ella se había pasado todo el día mirando por el microscopio en el hospital (y soportando el horror del servicio en el que trabajaba), y yo, mirando la pantalla de mi ordenador en la oficina siniestra, así que nos apetecía volver a sentirnos seres humanos. Entonces cruzábamos el pueblo, disfrutando de las banderas esteladas que lucían en los balcones (y también de alguna española, que se colgaba para fastidiar, algo parecido a lo que sucedía en los partidos de fútbol: siempre que marcaba el Barça, se oía en el pueblo un rugido general y sociológico; si lo hacía el contrario, alguien, que todo el mundo quiere localizar, con no muy tranquilizadores propósitos, pero que aún no ha podido ser identificado, lanzaba un petardo que se oía de uno a otro confín. Y no digamos si el contrario era el Madrid, en cuyo caso lanzaba una salva atronadora de buscapiés) y de los muchos espacios verdes cuyo mantenimiento hace que el IBI de la localidad ronde los 1.200 euros anuales. Pero a lo que iba: aquí también salimos a pasear. Lo hacemos desde nuestra casa hasta el Parlamento. Seguimos por Grosvenor Road, que es una vía despejada, aunque no especialmente memorable, salvo por sus magníficas vistas de río, cruzamos los puentes de Vauxhall y de Lambeth, y vamos a dar, por fin, al conjunto integrado por la abadía de Westminster y las Casas del Parlamento, de noche fantásticamente iluminadas. Es una caminata de unos 40 minutos, que se doblan, lógicamente, al volver. Un paseo así se disfruta mucho, sobre todo cuando se ha superado el deslumbramiento de la primera vez y se atiende a los detalles. Ayer nos cruzamos con una belleza india, enfundada en un sari que velaba y, a la vez, revelaba su cuerpo. Luego vimos a un joven con sombrero, paraguas y uno de esos mostachos acaracolados que antes solo lucían los espadachines, Hércules Poirot o los montañeses turingios, pero que hoy parecen haberse vuelto a poner de moda entre cierto mocerío modernísimo. Por Grosvenor Road no dejan de pasar coches de lujo y descapotables. Los ingleses aman los coches, y los descapotables, no veas. En un correo reciente, el gran Agustín Fernández Mallo me decía que Londres, una ciudad donde llueve mucho, es también una de las ciudades del planeta donde hay más coches descapotables. Y añadía, certeramente: "Como decía un personaje de Nocilla Dream, 'la supervivencia es redefinir el absurdo en tu beneficio'". Al llegar a la plaza del Parlamento, vemos a varios bobbies apostados en sus diferentes entradas. Algunos están charlando, sonrientes, con grupos de gente, que no sabemos si son turistas o autóctonos. Todos llevan el casco ovalado que los ha hecho célebres, en lugar de los insulsos gorritos ajedrezados o de las gorras de plato, más anodinas todavía, con que la modernidad ha querido sustituirlos. Donde esté un buen casco ovalado -como, en España, donde esté un buen tricornio-, que se quiten las demás prendas de cabeza. Siempre que veo a un bobby, sobre todo si lleva casco, pienso en Julio Camba y sus artículos ingleses, reunidos en un libro delicioso titulado Londres, que leí no hace mucho en una de las viejas ediciones de Austral. En uno de los primeros de esos artículos, que escribió con ocasión de su corresponsalía para El Mundo en la capital, a principios de los años 10 del siglo pasado, el genial aunque algo fascista Camba hace uno de los mejores retratos del guardia que se han esbozado nunca. Y escribe: "A mí el guardia inglés me parece algo sobrehumano, que está por encima de nuestras pasiones y de nuestra sensibilidad. Alguna vez he tenido precisión de preguntarle a un guardia por una calle; me he acercado a él y he mirado hacia arriba. El guardia tenía la cabeza levantada y no me veía. Le he llamado y he formulado mi pregunta. Entonces el guardia, sin mover la cabeza para mirarme, me ha contestado minuciosamente, y, cuando yo me he ido, se ha quedado en la misma actitud, inmóvil e impasible. Y es que, cuando uno le pregunta a un guardia inglés, el guardia inglés no le contesta a uno: le contesta a la sociedad. No hay cuidado de que uno influya en su espíritu según vaya mejor o peor vestido y según sea más o menos simpático. Ya he dicho que el guardia inglés es sobrehumano. Su espíritu es el espíritu del deber. Usted, yo, cualquiera, al acercarnos a él, somos la sociedad que le llama. El guardia responde, y nada más". Ayer nuestro paseo siguió por el south bank: cruzamos el puente de Westminster, bajo la estricta aunque algo torcida vigilancia del viejo Ben (el reloj se está inclinando, como la torre de Pisa, pero más moderadamente: al fin y al cabo, es inglés), dimos la espalda al gigantesco círculo añil del London Eye y a la mole del antiguo ayuntamiento, cuya fachada es iluminada alternativamente de blanco, rojo y azul, los colores de la Union Jack, y volvimos a casa contemplando el magnífico paisaje ribereño, con las agujas góticas del Parlamento, cuya pátina terrosa las luces nocturnas transforman en un oro restallante, y la sucesión de edificios rotundos, de austera, a veces draconiana, elegancia, que se diluyen, gradualmente, en las estribaciones de Pimlico y Chelsea, con sus conjuntos residenciales, y los espacios abiertos de sus parques, y sus masas de bosque. Se nos hace extraño salir a pasear por lo que ha sido durante muchos siglos el centro del mundo, y hacerlo, además, con la misma naturalidad con la que antes recorríamos las calles de Sant Cugat, tan pintorescamente engalanadas de banderas rojigualdas.