lunes, 14 de julio de 2014

Un embotellamiento

Ayer, al volver de Cal Jep, sufrimos un embotellamiento: miles de barceloneses, ansiosos por no estar en Barcelona, rebañaban hasta el último minuto el fin de semana y volvían a casa a las nueve de la noche, como nosotros. Tardamos una hora y media larga en hacer un recorrido que, con circulación fluida, se cubre en treinta o, como mucho, cuarenta minutos. Las acumulaciones de tráfico se llamaban antes embotellamientos, como si los coches se introdujeran en un espacio finito y cerrado. Ahora se denominan más bien atascos, tapones o, si lo hace la administración pública, con ese matiz científico-tecnológico que pretende darle a todo, retenciones. (En Venezuela son trancones, y la fealdad del término -que supongo proviene de "atrancar"- transcribe fielmente el horror de la realidad a la que se aplica; un buen amigo de Caracas, Willy McKey, dice que llegará un día en el que se sume un coche más al trancón de la ciudad y este se haga ya inamovible, eterno). El embotellamiento es una tradición urbana, como los rascacielos o la carestía del transporte público, y todos la cultivamos con ahínco. Yo recuerdo haber vivido algunos colosales. A finales de los ochenta, estuve cuatro horas encerrado en un autobús mugriento para ir de Castelldefels a Barcelona: 18 kilómetros. Habría llegado antes andando. Era la noche de San Juan y, por algún motivo vinculado a los festejos equinocciales, media ciudad decidió hacer el mismo trayecto a la misma hora. Fui, además, de pie: estaba sentado, porque había subido al cacharro en la primera parada, pero una anciana con osteoporosis subió temblando las escaleras del vehículo y no me quedó más remedio que cederle el asiento. Años después, me pasé casi dos horas parado en la autopista por culpa de un accidente: de la una a las tres de la madrugada. Yo conducía, y en el coche llevaba a Daniel Riu y a Felipe Aranguren: el primero, gran amigo y excelente aunque desconocido poeta, ya fallecido; y el segundo, amigo entonces y buen poeta también. Allí estuvimos, bajo la masa negra de la noche, fumando activamente uno (Felipe Aranguren) y pasivamente los otros dos (Daniel y yo), y contemplando el pasar de los horas, prisioneros de coche (y del tabaco), agotados por la conjunción de alcohol y vigilia, y agotados también los temas de conversación. Luego, una vez superado el punto en el que se había producido el accidente y, por lo tanto, disuelto el embotellamiento, aún me quedó llevarlos a los dos a casa, y, para redondear, al hacerlo, me gané una multa por exceso de velocidad en la Ronda de Dalt. Estaba tan cansado que solo deseaba llegar, y por eso alcancé unos vertiginosos 109 km por hora donde solo se podía circular (a las tres y media de la madrugada, y sin que hubiera ningún otro coche en el asfalto) a 80. Fue una velada maravillosa. Pese a los placeres que los atascos nos deparan a todos en la vida, el mejor tapón del que tengo noticia es literario: se describe en La autopista del sur, el extraordinario relato de Julio Cortázar. Decenas de miles de parisinos quedan atrapados en la autopista entre Fontainebleau y París, al regreso, creo, de un fin de semana o de un periodo de vacaciones. Durante días, están inmóviles, y deben sobrevivir sin comida, durmiendo en el coche, atendiendo improvisadamente a los enfermos y solucionando como puedan los problemas que surjan. En esa convivencia terrible, también surge el amor, y el protagonista del relato se prenda de una vecina de embotellamiento. La atracción es mutua y la relación progresa, pero, por fin, paulatinamente, el atasco se deshace, y ambos regresan, jubilosos, a sus coches, y se ponen en marcha, para volver a casa. Pero no contaré más, para que aquellos afortunados que no hayan leído el cuento todavía puedan hacerlo sin conocer el final. Aún recuerdo cosas más extraordinarias relacionadas con los embotellamientos: en un programa de televisión, hace muchos años, un invitado proponía este origen para el fin del mundo: un gran embotellamiento en una carretera principal, gente atrapada durante días, quizá durante semanas (como en La autopista del sur), que abandona su encierro, colérica y necesitada, para buscar comida, para encontrar soluciones a aquella situación inverosímil, y que saquea las granjas o poblaciones de alrededor, y que, al hacerlo, despierta la cólera de los saqueados, que se enzarzan con los intrusos y con otros saqueados en un conflicto de proporciones crecientes, que se extiende al resto de la comarca, y luego al país entero, y luego al mundo, hasta acabar con la civilización humana y, en última instancia, con la vida en el planeta: al holocausto, pues, por el embotellamiento. Lo estúpido de la fantasía no le resta pavor. ¿Es concebible semejante espanto? Para aquel lejano contertulio -que se debió de presentar en el programa, estoy seguro, como un sociólogo prestigioso, o quizá como un reputado investigador de fenómenos paranormales-, lo era, y yo todavía lo recuerdo. Pero ayer no llegó la sangre al río. El tiempo que pasamos en el coche nos dio para soltar no pocos juramentos y deplorar el turismo de masas -del que también nosotros formamos parte, aunque nunca nos incluyamos en la crítica-, pero también para admirar las masas no menos compactas de las piedras de Montserrat y las estribaciones del formidable puerto del Bruc, donde somatenes catalanes detuvieron al francés en junio de 1808 y se alumbró la leyenda del tamborilero del Bruc, un niño pastor que hizo redoblar el tambor durante la batalla, y cuyos ecos, multiplicados en las paredes de Montserrat, persuadieron a las columnas napoleónicas de que las fuerzas a las que se enfrentaban eran muy superiores. Ayer por la tarde el único sonido que nos devolvían los mallos montserratinos era el de los motores al ralentí de los cientos de coches aprisionados. Pero recordar estas heroicidades legendarias, o contemplar el vuelo eléctrico de los vencejos, o admirar la habilidad con la que algunos impacientes irreductibles sorteaban a otros vehículos en cuanto se abría algún hueco entre ellos, lo que les hacía avanzar la barbaridad de un puñado de metros, o recordar los chapuzones en la piscina y las costillas de cordero que nos habíamos asestado en Cal Jep, nos entretenía del tedio y de una oscuridad cada vez mayor, que adquiría inexorablemente el rictus espeso de la noche.

domingo, 13 de julio de 2014

En Cal Jep, otra vez.

Cal Jep se llama, en realidad, Cal Jep Llarguet, y es, de entrada, un misterio onomástico: "Jep" no significa nada, que yo sepa. El término que más se le parece es gep, "giba" o "joroba". Podría ser, pues, una deformación de la palabra, referida a alguna protuberancia del terreno -que las hay, y muchas- o a alguna protuberancia de alguno de sus dueños anteriores, porque puedo atestiguar que ni José Antonio ni Agustín, sus propietarios actuales, padecen deformación ósea alguna. Aunque puede que solo sea el hipocorístico de algún habitante de la zona, como Josep. Que este hipotético Pep se apellidase Llarguet ("Larguito") o reuniese alguna característica de largura o dimensiones excepcionales, es algo que no podemos elucidar, y que habrá de quedar ya para siempre, salvo que se emprendan minuciosas investigaciones históricas que nos rescaten de nuestra ignorancia, en el ámbito de lo conjetural. En Cal Jep viven y trabajan José Antonio y Agustín: aquí disfrutan de un paisaje extraordinario, aquí cultivan caracoles -la helicicultura es su medio de vida- y aquí compone Agustín sus poemas visuales y sus poemas versales. Hemos venido muchas veces a este rincón de la Cataluña interior, donde todo es silencio. En verano, las reuniones son multitudinarias: a la llamada de ambos, un grupo de poetas y escritores de Barcelona asaltamos sin ningún escrúpulo este pequeño paraíso, donde siempre hay mesa, hospitalidad y risas. La piscina es uno de nuestros lugares preferidos: contemplar, en un día de sol, el paisaje del Bages y las serranías que dividen las cuencas del Llobregat y del Anoia, con sus pinedas y sus encadenamientos de robles y encinas, salpicados de árboles frutales y campos de labor, mientras sentimos deshacerse a ese sol en el agua, es un privilegio tan elemental como abrumador, y un placer sin fin. Claro que a menudo se ve perturbado por las bombas inclementes, entre cerveza y cerveza, que hace Jesús Aguado, pero ese accidente, aunque desordena la paz de la alberca, nunca perturba la del espíritu, que se complace en la amistad, la conversación o, simplemente, el goce callado del cielo y del agua. Ángeles y yo vinimos ayer por la tarde, y hemos pasado aquí la noche. Mañana se sumarán a la fiesta Álex Chico y otros amigos. Por desgracia, esta vez no serán demasiados, porque varios de ellos están de vacaciones o han tenido que atender asuntos familiares urgentes, pero sí los suficientes para que reeditemos uno de esos encuentros colectivos que tanto bien me hacen, porque son prueba de una relación auténtica, que va más allá de las reglamentadas efusiones del gremio y de sus estragantes vanidades. Ayer por la tarde estuvimos charlando junto la piscina. Agustín ha montado una tumbona con unos palés de los que utilizan en su negocio. Agustín igual hace un poema visual con letras recortadas de un periódico que una tumbona con palés. Mientras charlábamos, nos visitaban las abejas, que husmeaban, inofensivas, en la piel, y a las que procurábamos no molestar: su población ha descendido alarmantemente en toda Europa; sin ellas, no habrá polinización, ni, por lo tanto, vegetación: su ausencia desertizará el continente. Al parecer, la causa de su muerte es la desorientación: no saben volver a la colmena, y se quedan en el camino. El mismo fenómeno aqueja a algunos mamíferos marinos, que perecen a mansalva en costas que no consiguen identificar, y de las que no logran salir. Pero, si con las abejas éramos amables, con las avispas éramos inmisericordes: acabé con varias de ellas con sendos zapatazos. Las avispas son dañinas, feroces y parasitarias: no sentí ningún remordimiento al hacerlo; y que me perdonen los ecologistas y los budistas. Hablamos, pues, al lado del agua, y, después de un rato, me metí en ella: estaba fría, pero, al cabo de unos minutos, ya me parecía templada. Luego fuimos a recoger fruta. Aprovechando la extensión de la finca, Agustín y José Antonio han plantado hortalizas y frutales, y recogen lechugas, tomates, calabazas, melocotones, peras, manzanas, nísperos, albaricoques, ciruelas e higos. La higuera, en particular, apunta a una cosecha generosa, pero que no se recogerá hasta septiembre. Qué pena no estar aquí para entonces. Bajamos a los bancales de los huertos sorteando gatos, que merodean por la casa con apacibilidad rural, sucios pero no desconfiandos; uno de ellos se llama Manolo. En los cultivos recogemos, sobre todo, melocotones, que ya empiezan a estar maduros, aunque tenemos que cubrir los árboles con unas redes negras, que evitan que los pájaros picoteen los frutos, y que se han caído, acaso por el viento. Los pájaros son muy bonitos y muy canoros, pero también una pesadilla para la horticultura; y su voracidad no conoce límites. Los nísperos son de carne anaranjada, como los que se encuentran en los supermercados, pero también de carne blanca, mucho más dulce. Esta blancura es un descubrimiento. Pese a la abundante merienda frutívora, no tardamos en cenar. Agustín y José Antonio son buenos cocineros, y han preparado una cena a base de setas, humus con pimentón de la Vera, empanada de atún y pasta rellena de bacalao y calabaza, regado con un ribeiro frío: es un festín. Hablamos con ellos y con Felicitas, la madre de Agustín, que nos cuenta historias de su Galicia natal: en su pueblo, por ejemplo, había un verdugo, aunque, por fortuna, ya no ejerciente, sino retirado. Y no era Pepe Isbert. El hijo del verdugo, no obstante, había heredado algunas de las costumbres de su padre, y martirizaba a las jóvenes del pueblo quemándoles el pelo, cosiéndolas a pedradas, rociándolas con orines de cerdo o haciéndoles ahogadillas criminales. Pero las susodichas no se amilaban y le devolvían las gentilezas empujándolo del puente al río, echándole caldo hirviente del puchero para los gorrinos o devolviéndole las pedradas, con puntería superior. El hijo del verdugo, en cualquier caso, nunca intentó darles garrote, lo que sin duda suponía un alivio y un cierto progreso generacional. En la sobremesa de la cena, Agustín y yo dedicamos un rato a repasar nuestras recientes anécdotas literarias, y no puede resistir la tentación de enseñarme un antología de poetas brasileños, traducida por una amiga suya, que tiene el mérito de que no solo los poemas -"Aldravias": una especie de haikús de seis palabras, cada una de las cuales forma un solo verso- sean delirantes, sino también, o quizá más, las biografías de los poetas. Esto dice la de una poeta llamada Célia: "Nacida en Itapecerica MG, el día 19-07-43. Abogada, divorciada, aposentada TCE/MG. Presidenta Acad. de Letras de Ipatinga y Acad. Itapecericana de Letras y Cultura; UBT; Socia 1980 Acad. Municipalista de Letras de MG; correspondiente del IHGMG el 27-05-2000; Socia de AJEB/RJ 2001; Acad. Internacional de Lexicografía el 20-10-2001; Portal CEN; REBRA, en 2002; Club de Escritores de Piracicaba y varios otros. Editora de los PERIÓDICOS: Janelao71/72, Itapecerica73/77, Quatro Bicas88/89; colaboradora de otros. Varios trofeos y premios en concursos, inclusive en el II Conc. Nac. de Poesías Brasilia/81, con 1º lugar entre 6218 participantes, recibiendo la Medalla dr Oro, poema "Enquantohá Vida". Participación en más de 90 antologías". Y así todo. Cansados de reír, nos vamos a acostar, por fin. Por las ventanas abiertas no se oye nada. Solo el zumbido delicioso de un monte áspero y acariciante, bajo la luna llena.

sábado, 12 de julio de 2014

Quisicosas de la tipografía

O de la ortografía, no lo sé bien. ¿Poner un signo ortográfico antes o después de otro es un problema ortográfico o tipográfico? ¿Y sangrar, o no, el principio de un párrafo? Lo que sí sé que este arte (o ciencia) es tan pejiguero y abismal como cualquier otro, o incluso más. Dudo de que los astrofísicos de la NASA se enzarcen en discusiones o cálculos más acendrados que los que embargan a los tipógrafos. Hace tres o cuatro años, en la Feria del Libro de Madrid, coincidieron en la caseta en la que yo estaba firmando dos eminencias en la materia: Emilio Torné, editor de Calambur y profesor de la cosa en Alcalá de Henares, y Juan Manuel Macías, poeta, filólogo, helenista y maquetador. Les faltó tiempo, después de que los presentara, para iniciar una discusión sobre programas y diseños, formatos y páginas, márgenes y tabulaciones. Y lo hicieron con la ferocidad de quien se juega, no ya el prestigio profesional, sino casi el alma en el debate. Como aquellos monjes de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que polemizaron sobre el vocativo de ergo y casi llegaron a las manos, cuando ergo no tiene vocativo. Salvando las (enormes) distancias, otro amante de las letras, y de su puntillismo casi infinito, también poeta, filólogo y editor, Juan Luis Calbarro, y un servidor hemos pasado algunos ratos apasionantes debatiendo si los guiones en un texto -las Décimas de fiebre que se publicaron en Los Papeles de Brighton- debían ser largos (así lo creía yo) o cortos (en su opinión). Juan me convenció, por fin, de que era mejor que fuesen cortos, y así aparecieron en el libro. Cuando su mujer, Malene, supo de nuestra discusión, concluyó, con mucha razón, que éramos unos freaks. Haciendo honor a esta condición, Juan y yo ya nos las habíamos tenido tiesas con otro asunto importantísimo: dónde se coloca el punto y seguido o el punto final, si antes o después de las comillas de cierre. Allí nadie dio su brazo a torcer: él opinaba (y supongo que sigue opinando) que antes; yo sostengo que después. A mi favor, desde luego, juega el hecho de que la Real Academia también lo cree así. Transcribo el Diccionario panhispánico de dudas, edición de 2005 ("Punto. Combinación con otros signos", p. 537): "El punto se escribirá siempre detrás de las comillas, los paréntesis y las rayas de cierre: Dijo: 'Tú y yo hemos terminado'. Tras estas palabras se marchó, dando un portazo. (Creo que estaba muy enfadada). En la calle esperaba Emilio -un buen amigo-. Este, al verla llegar, sonrió"). Pese a la taxatividad y sensatez de la norma, aún encuentro muchos textos, publicados por buenos medios y editoriales, en que los puntos anteceden a los demás signos. Y es absurdo, ciertamente: si los preceden, ¿qué pasa con estos? ¿Pertenecen a la frase siguiente? ¿Quedan en un limbo sin principio ni final, como cuando concluyen un párrafo o hasta el texto entero? El punto posterior abraza todo lo anterior -también las citas e incisos-, incluyéndolo en su sentido, en su unidad sintagmática y significativa. Parecida a esta, he advertido otra cuestión: cuando el texto contenido en un paréntesis está en cursiva, ¿deben ir también en cursiva los signos del paréntesis? Para mí, es claro que no: el paréntesis pertenece al texto, no a la información encerrada en él. Igual que no ponemos en cursiva las comas que siguen a palabras en cursiva, tampoco debemos hacerlo con los signos parentéticos. ¿Y cómo resolveríamos hacerlo en el caso de que la información del paréntesis estuviera en parte en redonda y en parte en cursiva? ¿Por mayoría de palabras? ¿Por cercanía a los signos de abertura o cierre? Son opciones absurdas. Para mí, estas cuestiones no plantean dudas, pero para el universo mundo aún siguen siendo problemáticas. Otra que suscita también una inacabable controversia es cómo han de escribirse los títulos en los lomos de los libros: de arriba a abajo, o de abajo a arriba. Yo reconozco no tener aquí una opinión definida. Comparto una tendencia intuitiva, natural, a escribirlos (o esperar verlos escritos) de abajo a arriba, pero, cuando el libro descansa en horizontal, esta disposición hace que queden boca abajo, y que se lean de derecha a izquierda, lo que resulta anómalo e incómodo. Escribirlos de arriba a abajo resulta, en principio, más extraño, pero, con el libro tumbado, se leen con total naturalidad, como cualquier otro texto. Otro asunto, del que hemos hablado los que hemos participado en la confección de El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014), ha sido la pertinencia de sangrar el primer párrafo de los textos. A mi parecer, y al de Jordi Doce, prologuista del libro, ese sangrado es innecesario, porque se explica por la conveniencia de señalar que empieza un nuevo párrafo, cuando el anterior acaba justamente al final de la caja y podría creerse que el siguiente es mera continuación de este. A principio de texto, o de capítulo, o de epígrafe, no hay confusión posible, porque no hay párrafos que lo antecedan. Juan Manuel, que creía que la tradición española autorizaba a mantener el sangrado, lo corrigió en la versión final, y así ha quedado, para satisfacción de Jordi y mí (y, espero, de los lectores). Las cosas de la tipografía (que es una disciplina universal, pero sujeta a las particularidades culturales de cada país o dominio lingüístico: en inglés, todas las palabras que integran el título de un libro o una película han de escribirse en mayúscula; en francés, se introduce un espacio entre la palabra y el punto y coma, o entre el guión (me aparto, en este caso, de las recientes disposiciones de la Real Academia, y acentúo la palabra, porque yo pronuncio dos sílabas en la palabra, gui-ón, como la inmensa mayoría de los hablantes, y no solo una, guion, y me parece que las tildes han de compadecerse con la separación prosódica) y la palabra que lo sigue) pueden parecer microscópicas, pero tienen, para los letraheridos (o para los más conscientes de los letraheridos), una trascendencia capital, y no solo estética, sino también ética: hacer las cosas bien significa que las cosas están bien, que las cosas son buenas. Karl Kraus, el extraordinario satírico vienés de principios del siglo XX (que llevó, el solo, la mítica revista Die Fackel, "La Antorcha", durante treinta y siete años), escribió que quien no le perdona nada a la palabra, no le perdona nada a la cosa. En otra ocasión, se quejó a un editor de que tres comas estaban mal puestas en un libro. Cuando el editor replicó que tres comas no tenían importancia y que nadie repararía en ellas, Kraus contestó que él escribía para aquellos para los que aquellas comas eran importantes. Mi experiencia de lector me dice que un texto que no está bien puntuado, o bien compuesto, no suele ser bueno. Dicho de otra manera: la calidad de la literatura empieza por su presencia, por ese vestido de signos que no disimula, sino que realza el cuerpo que deseamos abrazar. La tipografía (¿u ortografía?) es, pues, un abrazo, y hay que darlo bien.

viernes, 11 de julio de 2014

Destrucciones

Teresa Domingo Català vive en Tarragona, una de esas provincias que no parece existir para la poesía, pero que, en cambio, alberga una nutrida comunidad de autores, tanto en castellano -lo que tiene un mérito singular, dadas la condiciones socioculturales del lugar- como en catalán. Entre los primeros, por ahí andan, sin dejar de dar guerra, a pesar del silencio, o incluso del desdén, en que los mantienen las diferentes capitalidades que hay que sufrir en este país, Ramón García Mateos, Alfredo Gavín, Juan López-Carrillo, Ramón Oteo, Juan Carlos Elijas, Manuel Rivera, Enrique Villagrasa o la propia Teresa Domingo, entre otros. Yo la había conocido hacía algún tiempo ya, en recitales o encuentros poéticos, pero había sido un conocimiento fugaz, de esos que se hacen, a trompicones, en los actos literarios. Sin embargo, no fue hasta hace cuatro años, a finales de 2010, cuando tuve la posibilidad de detenerme un poco más en su obra y en su persona. Teresa me pidió que presentara en Barcelona Luzbel de penumbra, un excelente poemario que había publicado en El Gaviero, la editorial de la llorada Ana Santos. Yo no hacía mucho que había publicado en la misma editorial Los haikús del tren, y aquella coincidencia reforzó nuestra aproximación. Presentamos Luzbel de penumbra en la sala gótica de la librería Catalonia, hoy desaparecida: otra realidad que añoramos. Desde entonces, he seguido con interés la trayectoria de Teresa, que se desarrolla en tres ámbitos fundamentales: la poesía, la poesía erótica y el teatro. Publica ahora un nuevo poemario, Destrucciones, en Los Papeles de Brighton, el benemérito sello de Juan Luis Calbarro, en el que yo también he dado a conocer mis Décimas de fiebre: una nueva confluencia editorial. Sorprende de Teresa, en primer lugar, la versatilidad, y no solo por su dedicación a la literatura dramática: en su faceta estrictamente lírica, encontramos coplas, sonetos, poemas experimentales, piezas satíricas, proclamas eróticas y ahora, en Destrucciones, poemas en prosa. Son treinta y siete, sin título -solo identificados por números romanos-, que componen una obra compacta, de extraordinaria coherencia. El poema en prosa constituye una piedra de toque para todo escritor, porque obliga a repensar las estrategias poéticas: porque exige nuevos asedios de la palabra y una adecuación singular del pensamiento al flujo de la escritura. Los mecanismos constructivos, las apoyaturas de los ritmos y de los pies clásicos, las convenciones de la retórica, a las que todos estamos hechos, no sirven -al menos, no de forma inmediata- para la composición de poemas en prosa. Escribirlos supone un desafío, y Teresa Domingo se lo ha impuesto con la deliberación del creador que busca caminos, no sé si nuevos, pero sí otros, vías intransitadas, territorios desconocidos: ese atrevimiento la acredita como poeta, aunque tantee, incluso aunque fracase. Pero en Destrucciones no fracasa: resuelve el reto de esta forma distinta de hacer poesía, menos evidente, más sembrada de trampas y oquedades, con la brillantez que ya había acreditado en sus libros anteriores. Su autora ha escrito del poemario que "traduce el intenso sufrimiento de la destrucción de la identidad (...). El dolor de la muerte del yo, el intenso terror de sentir cómo se fragmenta el interior de un ser humano y se destruye… Las únicas salidas a la desesperación son el estoicismo y la literatura: resistir es la única opción". Teresa Domingo afirma este propósito y esta salvación con lúcida intensidad: su forma de relatar el desmoronamiento de la conciencia, la anulación del ser, no se aparta de su estilo, sino que lo acentúa, lo radicaliza. En toda su obra, la poeta se ha expresado con violenta energía, con espíritu sangrante. Su palabra ama lo material, o, mejor dicho, lo matérico. La metáfora constituye un instrumento esencial para la expresión de ese afán torturado, de esa voluntad de hincar en el verbo todo el peso del cuerpo y del sentimiento, de arrancar de las entrañas del lenguaje un sentido nuevo y un sonido desnudo. Teresa no se anda con levedades ni con dulzonerías. Su decir es desagarrado, hiriente (porque ella está herida), anatómico, femenino, turbulentamente musical; y también chirriante, porque la poesía ha de chirriar a veces, como chirrían los grillos, o los pájaros, o los motores de las máquinas, o el pensamiento, o la vida. Uno se mete en sus versos como quien mete las manos en una masa muy espesa, aromática, pero también acre; una masa que, además, cambia de color: a veces es negra, a veces arcoirisada, pero siempre del color de la sangre. Los poemas de Destrucciones son bofetones armoniosamente dados, con equilibrio y dolor. Este es uno de ellos:

XXI

Se alían el cieno y la penumbra. Germina la desolación como un edificio abandonado. Se abisma el amor, sus garfios retroceden. El verano aumenta el terror con su fluidez. Los niños fluyen, el miedo se acrecienta. Viajo con calzador, describo la muleta. La vida se superpone en su vasto vergel y se transforma, el corazón se aterra. Crece en mí la hierba de la destrucción, la siento crecer en mi cuerpo mutilado, la siento crecen en la cruz, en el hoyo, con la brutalidad del asesinato de César. Se alza en mí la crueldad y los viejos visten mi coraza, ahora solo espero el alivio, el consuelo de la noche. Nocturna, soy como una estrella muerta en el regazo de su madre. Mi sangre estalla entre las venas y parpadea unos segundos antes de morir. Me reflejo en el origen, en la consunción. Soy pura lava que desciende hasta el barranco que tiembla en su intensidad y después se apaga, suicida. Soy la Mesías del Anticristo, la consejera del Apocalipsis. En mí, sucede. Vivo en la fragua. Allí me despedazan. Soy materia ígnea, sebo. Sobrevivo entre metales, entre terrores y me siento calcinar por la hoz incandescente de la vibración selvática. 

jueves, 10 de julio de 2014

Multitudes

Hace tres días fue San Fermín, y desde entonces todos los noticiarios, de todas las televisiones, nos informan del desarrollo de los encierros. Viene siendo así desde tiempo inmemorial. Una de las novedades de este año es que son retransmitidos en directo por una cadena de televisión estadounidense: el legado de Hemingway sigue vivo y activo. Las carreras sobrecogen: una multitud de jóvenes, más algunos maduritos ágiles, corren delante, detrás, al lado o, en el peor de los casos, debajo de los toros, con la esperanza de tocarlos, o de sentirlos cerca, sin ser atravesados por unos pitones que parecen cimitarras, ni arrollados por sus moles de 600 kilos de peso, ni atrapados en alguna montonera a la entrada de la plaza que haga que, a esos 600 kilos del morlaco, se sumen otros tantos de otros corredores, y que uno se convierta en un ladrillo más en un muro que los cornúpetas derriben a golpe de testuz. La gracia está, supongo, en el torrente de adrenalina que desata correr semejante peligro y sobrevivir. Siempre me ha llamado la atención también el aire de experiencia mística que imprimen muchos corredores a la carrera. Dejando aparte a los extranjeros, los borrachos y los espontáneos, que esos tienen poco de místicos, un núcleo duro de autóctonos, organizados a menudo en peñas, viven los encierros como San Juan de la Cruz vivía la noche oscura del alma: ponen cara de explorador polar a punto de iniciar la aventura ártica, o de kamikaze en el trance de subir al avión, o de superviviente en las trincheras a un ataque de los gurkas nepalíes. Pero si solo es un sprint entre bóvidos asustados, pienso siempre que veo su rictus de elevación espiritual, su darse mutuamente ánimos, como si fuesen a vivir un momento metafísico. ¿No sería mejor que dedicaran la energía que derrochan en esta actividad gratuita y peligrosísima a cultivarse y a trabajar más, a ser más conscientes del hecho irrepetible de la existencia, a ser mejores personas? En realidad, lo fascinante -y, a la vez, lo repugnante- de las fiestas de San Fermín no son los encierros, pese a su espectacularidad y a su creciente dimensión planetaria, sino las multitudes: cuando se lanza el chupinazo, un gentío inacabable, como las olas del mar, se amontona ante el ayuntamiento, y ese mismo gentío, acrecido, ocupa las calles de la ciudad todos los días de la fiesta, entre vómitos, aullidos y cuerpos tirados por el suelo. La gente disfruta del apiñamiento; a la gente le gusta ser multitud: el entrechocar de los vientres embriagados y sudorosos, los olores y las palabras desordenadamente vertidos, los tropiezos y apreturas. Ninguna de estas incomodidades empaña la gran satisfacción que proporciona la muchedumbre: sentirse parte de algo superior a uno, alcanzar la inmortalidad del grupo, renunciar a los pesares de la existencia individual para sumirse en la placentera anulación de la masa. Las obligaciones y exigencias del yo desaparecen entonces, reemplazadas por las normas, infinitamente más laxas, y, sobre todo, por los privilegios, físicos y hasta morales, de la aglomeración. Este mismo principio regía otras aglomeraciones que se produjeron también el 7 de julio, y de las que informaron asimismo los medios de comunicación. En Barcelona, se habían reunido 12.000 moteros de Harley Davidsons para celebrar conjuntamente su pasión. Que 12.000 tipos vestidos de cuero y plagados de tatuajes celebren conjuntamente su pasión quiere decir que ocuparán físicamente las calles, para quebranto de paseantes y vecinos, y que llenarán la ciudad de ruido. Porque así sucede siempre en España: divertirse significa hacer ruido; si no hay ruido, no hay diversión, cuando a mí siempre me ha parecido que lo más divertido se hace siempre en voz baja, o incluso en silencio: conversar, leer, caminar, ver cine, ver teatro, escribir, hacer el amor. Yo, alabada sea la Providencia, no sufrí el lunes pasado la concentración de harleydavidsonianos en Barcelona, pero sí recuerdo haber visto una igual en Nueva York, hace bastantes años: las harleys desfilaban por la Pequeña Italia, por la que estábamos paseando aquel día, como las huestes de Mordor: eran corceles de metal, que soltaban bostas de humo, cabalgados por jinetes negros; y cualquiera le decía a alguno de ellos que no habían respetado un paso de peatones. El estruendo era abrumador: tuvimos que refugiarnos en un portal y taparnos los oídos. Pero las hordas de la motocicleta se mantenían imperturbables: desfilaban, entre pizzerias y tiendas de comestibles, a cuyo frente se acumulaban las cajas de tomates, berenjenas y melocotones, con el orgullo del poseedor de algo mágico, con el exhibicionismo de un actor porno. También ellos disfrutaban del mogollón. El mogollón es reparador: restaña la, a menudo, insoportable levedad del ser, sustituyéndola por la deliciosa gravidez del ser muchos, y reafirma nuestras carencias, nuestras necesidades, o, mejor, nuestra forma de satisfacerlas o subsanarlas. Por último, el 7 de julio los telediarios informaban asimismo de la reedición del Canet Rock, en Canet de Mar, en el Maresme barcelonés. El festival era la reviviscencia de aquel otro, semimítico, palidísima imitación del Woodstock americano, pero muy conocido en los estertores del franquismo, que se celebró en este pueblo costero en los años 70. Los reporteros hablaban de la actuación diligente de los grupos musicales, pero de una organización defectuosa, que había hecho que se tuviese que guardar cola para todo, desde comprar una cerveza a ir a mear. Las imágenes eran de espanto: las consabidas multitudes, espachurradas por el calor, atendían a los retortijones del rock con fervor de neófitos y la excitación de engranajes de una maquinaria superior. Otra multitud: otro ensañamiento colectivo, que tan agradable resulta para tantos. El grupo, siempre el grupo: la persona, uno mismo, es inaguantable; muchas, demasiadas personas, es, por el contrario, una sublimación: un placer. El festival de Canet original, el de los setenta, me pilló demasiado joven: nunca asistí a ninguna edición, aunque ya entonces estos desafueros multitudinarios me atraían poco, pero sí fui al pueblo, con otros amigos, para aspirar el aroma del encuentro, para conocer el escenario en el que se producía. Recuerdo que caminamos por entre cañaverales y que pasamos mucho calor. Canet me pareció feo y, además, no ligué. Íbamos con algunas amigas, que aspirábamos fueran algo más, pero que decidieron ser algo menos. Volvimos cansados y decepcionados, sin entender cómo podía arraigar en aquellos secarrales el espíritu exuberante del festival. Yo perdí el poco interés que podía tener por escuchar algún día aquella música. De hecho, solo he ido una vez en mi vida a un concierto en directo: el de Simon & Garfunkel, reunidos para la ocasión, en Niza, en 1983, y lo recuerdo, a pesar de las enternecedoras canciones del dúo, como una agonía minuciosa, sin fisuras, desde unas colas larguísimas a la entrada, en las que se dieron de tortas un grupo de italianos y los franceses del equipo de seguridad, hasta unas colas larguísimas a la salida, que agotaron, no solo la paciencia de todos, sino también el transporte público, e hicieron que tuviera que volver andando al albergue de juventud en el que me alojaba, a varios kilómetros de distancia. El grupo, en fin, identifica y ampara, pero también aniquila y aplasta; el grupo anestesia, pero también desquicia; el grupo libera de las leyes, pero establece otras, más primitivas, más oscuras. A mí los únicos grupos que me gustan son los de lectura.

miércoles, 9 de julio de 2014

Apostasía

El domingo pasado, Ángeles y yo salimos a pasear por Barcelona. Justo al inicio de nuestra caminata, muy cerca de casa de mi madre, nos cruzamos con un grupo de curas, en cuyo centro reconocí al cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona (luego nos encontraríamos también con Carlos Latre, otra estrella del espectáculo; ha perdido mucho peso, y sonreía infinitamente a una mujer que se hacía un selfie con él). Iba de riguroso negro, una negrura que solo rompía una enorme cruz plateada en el pecho. Al lado del príncipe de la Iglesia iba una anciana, también de luto, aunque, en su caso, lo que rompía la uniformidad era un pelo muy blanco, casi plateado también. La mujer le hablaba con mucho aspaviento, y el clérigo escuchaba -o fingía escuchar- con atención pastoral. Martínez Sistach es la persona que, a petición mía, me dio de baja de la Iglesia Católica. En una carta de 3 de marzo de 2005, me dice: Amb data d'avui i atenent la vostra petició, hem procedit a registrar la seva baixa com a fidel de l'Esglèsia Catòlica. Atentament. Eso me bastaba. Pertenecer a la Iglesia Católica se me hizo tan penoso, con los años, como ser socio del Real Madrid, siendo del Barça, o no gustándome el fútbol, solo porque mis padres me hubieran dado de alta en el club al nacer. Por otra parte, borrarse de la Iglesia no solo es importante para el individuo, para ser coherente con lo que realmente siente y quiere, sino que también tiene trascendencia colectiva: la Iglesia suele utilizar el argumento del número para defender sus privilegios: el 85% de los españoles se declara católico, y eso justifica, en su opinión, los beneficios fiscales de que disfruta, la educación religiosa que imparte, la consideración social que merece; un trato beneficioso, en suma. Si esa realidad demográfica disminuye -como ya está disminuyendo-, su argumento también se debilitará, y será más fácil que las cosas sean como deberían ser: que la Iglesia actúe, si quiere hacerlo, como cualquier otro agente social, en condiciones de igualdad, y sometida a las mismas leyes y obligaciones que todos, y que enseñe su credo solo en el ámbito privado: nada, pues, de catecismos en las escuelas, ni de financiación pública, ni de exenciones tributarias, ni de prebendas jurídicas: en España, como todo el mundo; y a practicar la palabra de Jesucristo como lo hizo Jesucristo: contra el poder, no con él; con pobreza, no con bienestar; con los necesitados, no con los satisfechos. Recuerdo cuando fui al arzobispado a presentar mi declaración de apostasía. El edificio, medieval, de piedra, sombrío, junto a la Catedral, sobrecogía. No había nadie en los pasillos, y yo no sabía a dónde dirigirme. Le pregunté a un subalterno (¿subdiácono? ¿monaguillo? ¿bedel?) de la entrada, que me dijo que tenía que ir al registro, en las profundidades del lugar. Atravesé salas enormes y desiertas, cuyas paredes embellecían -o, a mis ojos, ensombrecían- los retratos y fotografías de papas, santos, monjas y beatos, que parecían mirarme con expresión de reproche, más aún, con expresión de inquisidor. Desde luego, si yo hubiera hecho lo que estaba haciendo entonces cincuenta años antes, la muerte civil habría caído sobre mí; y doscientos años atrás, la muerte física. Aun hoy, en no pocos países musulmanes, declararse apóstata, o abjurar del Islam y abrazar otra fe, lo condena a uno a morir. Pero los países musulmanes no han pasado por un Siglo de las Luces, y así les luce el pelo (y, de rebote, ay, a nosotros). Las iglesias cristianas sí han sufrido el baño detergente de la Ilustración, y, aunque a regañadientes, no les queda más remedio que aceptar que los ciudadanos decidan abandonar las supersticiones con las que sus padres los vincularon cuando eran niños. Presenté, por fin, mi declaración en el registro del arzobispado, una dependencia no menos tenebrosa que el resto del edificio, donde el gris es el color predominante, y casi único. Me atendió un joven que ni me miró a la cara: se limitó a sellar el documento y devolverme la copia. Salí de aquellas catacumbas -carentes, no obstante, de la rebeldía que mostraban los cristianos de las catacumbas romanas, cuando ellos eran los perseguidos y no los perseguidores- lleno de una súbita alegría, en primer lugar, por volver otra vez a la luz del sol, y, en segundo, por haber hecho algo que me dignificaba ante mí mismo, que me recordaba que, a veces, podemos hacer que nuestro deseo y nuestro destino coincidan. Transcribo aquí mi declaración de apostasía, por si le es útil a alguien que se encuentre en el mismo trance en el que me encontré yo:

DECLARACIÓN DE APOSTASÍA

Al arzobispo D. Lluís Martínez Sistach, titular de la diócesis de Barcelona.

Yo, Eduardo Moga Bayona, (...) bautizado, según me consta, el 21 o 22 de septiembre de 1962 en la parroquia de la Virgen de Gracia y San José, sita en la Plaza de Lesseps, 25, de Barcelona, y perteneciente a la diócesis indicada, actuando en nombre e interés propios, y hallándome en pleno uso de mi libre voluntad,

MANIFIESTO:

Primero

Que, no habiendo encontrado en el Derecho Canónico procedimiento alguno establecido para la tramitación del presente escrito, lo dirijo al obispo diocesano por las consideraciones siguientes:

a) Que el canon 393 del Código de Derecho Canónico dispone que "el obispo diocesano representa a la diócesis en todos los negocios jurídicos de la misma".

b) Que el canon 383.1 establece que "al ejercer su función pastoral, el obispo diocesano debe mostrarse solícito con todos los fieles que se le confían (...), así como [con] quienes se hayan apartado de la práctica de la religión".

c) Que el canon 369 define la diócesis como "una porción del pueblo de Dios cuyo cuidado pastoral se encomienda al obispo con la cooperación del presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica".

Segundo

- Que en su día fui bautizado en la fe cristiana como consecuencia de una decisión tomada por otras personas, sin que en ese momento, por razón de mi edad, pudiese yo aquiescer a mi incorporación a dicha fe, y sin que dispusiera de libertad ni conciencia suficientes para determinar cuáles habían de ser mis convicciones personales.

- Que no creo en Dios ni en ninguna forma de ente sobrenatural que determine nuestra existencia o rija nuestros destinos de ultratumba.

- Que no alcanzo a comprender por qué un ente tal, omnisciente, omnipresente, omnipotente y eterno, necesita crear el mundo, y mucho menos a una criatura infinitesimal como yo.

- Que tampoco comprendo por qué ese ente, que todo lo puede, consiente la existencial del mal.

- Que tampoco entiendo por qué ese ente, que es todo amor, me trae a la vida sin consultarme, me somete a una existencia atravesada por el dolor, la enfermedad y el sufrimiento, y me condena a la senectud y la muerte, contra mi voluntad.

- Que menos entiendo aún que, habiéndome creado a su imagen y semejanza, y sin intervención alguna de mi voluntad, me pida cuentas por mis actos en vida, y establezca, en caso de que los juzgue reprobables, el terrorífico e infinitamente desproporcionado castigo de la condenación eterna.

- Que no hay ninguna evidencia empírica de que los muertos resuciten, las vírgenes den a luz, un pez se vuelva mil peces, o alguien sea uno y trino a la vez, entre muchos otros arcanos de la fe cristiana, y que repugna a mi razón y a mi voluntad participar o convenir en ellos.

- Que todas las formas de religión -incluyendo, obviamente, la católica- me parecen residuos del pensamiento primitivo del hombre, desconocedor de los fenómenos de la naturaleza y aterrorizado por la muerte, y que su pervivencia en el mundo actual solo causa desdicha y padecimiento.

- Que la Iglesia Católica ha promovido o protagonizado directamente algunos de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad, como las cruzadas, la Inquisición o las guerras de religión, causantes de millones de muertos, y que, aun hoy, se muestra favorable a la pena capital y sostiene políticas, como la oposición al uso del preservativo, que conllevan la muerte de miles de personas en todo el mundo a causa del SIDA.

- Que la Iglesia Católica se ha significado inveteradamente, y se sigue significando en España, como uno de los centros difusores del pensamiento más reaccionario, en connivencia con las fuerzas sociales más retrógradas y, en algunos casos, declaradamente fascistas.

- Que, por todo lo anterior, y tras haber meditado durante el tiempo suficiente sobre el significado de mi pertenencia a la fe cristiana, no hallo ninguna razón para seguir siendo miembro de la Iglesia Católica.

- Que la fidelidad a la propia conciencia es un derecho inalienable reconocido en el artículo 16 de la Constitución española, a la cual ninguna entidad pública o privada puede oponerse.

- Que, en fin, rechazo totalmente la fe cristiana y me considero incurso en apostasía, tal como la define el canon 751 del Código de Derecho Canónico, por lo que

SOLICITO:

Que la Iglesia Católica me reconozca la condición de apóstata, se abstenga de contarme entre sus fieles y de considerarme católico a todos los efectos -incluso los estadísticos-, y practique la oportuna anotación de apostasía en el libro de bautismos y cualesquiera otros registros eclesiásticos procedentes.

Otrosí solicito que me sea comunicada por escrito la resolución tomada respecto a mi petición.

En Barcelona, a 28 de enero de 2005.

martes, 8 de julio de 2014

La presentación de Dices (el desenlace)

Nos costó llegar, o, más bien, nos costó aparcar. La zona en la que se encuentra la librería -el barrio de la Guineueta- es una mezcolanza de grandes avenidas y calles muy estrechas en la que hace años que nadie ha tenido noticia de un lugar donde dejar el coche. Dimos, por fin, con un aparcamiento municipal, y allí pudimos desembarazarnos de él, a razón de 3,05 euros a la hora. Con ese precio, yo esperaba que las líneas que delimitaban las plazas fueran de Barceló, o los grifos de los baños, de oro, pero no: todo era asfáltico y gris, como siempre. De todos modos, ya habíamos satisfecho nuestras necesidades de color: camino de Barcelona, alumbrados por chaparrones intermitentes, que descargaban entre enormes agujeros de sol, nos habían saludado varios arcos iris, a veces superpuestos unos a otros. Hilvanábamos, pues, túneles de luz, igual que ensartábamos los túneles de sombra de Vallvidrera. En Su Tinta es una librería más grande de lo que aparenta desde la entrada: al fondo, un gran espacio permite, con holgura, lecturas, presentaciones y actividades -y juegos: en una balda se amontonan tableros ajedrezados y cajas de Risk. Hasta llegar a ese extremo, los estantes acogen las novedades que pueden encontrarse en cualquier librería literaria, pero también, y señaladamente, esa literatura alternativa, y hasta de combate, que en las librerías literarias solo ocupa un lugar sombrío, si es que llega a ocupar alguno. Títulos, por ejemplo, como El derecho a la ebriedad o La represión del Estado -mucho más prometedor el primero que el segundo, en mi opinión-, lucen en los plúteos con el protagonismo que no le conceden las librerías acomodadas o biempensantes. El lugar, de hecho, tiene algo de casa del pueblo y de refugio de indignados, aunque enaltecido por los libros, que se esparcen por doquier, y entre los cuales Dices tiene hoy una presencia señera. El dueño es Arthur, un brasileño joven, que exhibe una barba merlinesca, flanqueada por otras dos tiras de pelo que no estoy muy seguro de que encajen en el concepto "barba". Pero el trípode que forman esos tres apéndices pilosos no es la única obra de ingeniería de la cabeza de Arthur: una cola, más que de caballo, de guepardo, le cae, enrollada, hasta las corvas. Arthur es del tipo brasileño rubio: en Brasil hay negros más negros que un bantú, y gente como Gisele Bündchen. El librero tiene la piel blanca y los ojos muy claros. Su sonrisa es inamovible, y su castellano, casi nativo: no se equivoca con el subjuntivo, y hasta pronuncia las zetas. Al acto han venido, por fin, un puñado de amigos. Jesús Aguado me recrimina que no pare de escribir, que lo tengo aburrido. Aboga por que vuelva a la Generalitat, para que no tenga tanto tiempo libre. Es partidario incluso de que se me prohíba acceder a ordenadores, y hasta usar lápiz y papel. Agustín Calvo y José Antonio han venido de Cal Jep para escucharme. Los veremos, con más calma, el próximo fin de semana, en el que están maquinado un encuentro en su masía. No faltan Álex Chico, Juan Vico -una novela suya será el segundo título de la colección de Libros En Su Tinta- y su compañera, Susana Pozo, cuya sonrisa es extraordinaria. También están José Antonio Arcediano, un poeta muy interesante y un creador asimismo tenaz, que, según me cuenta, proviene de estos barrios, y Efi Cubero, poeta y amiga. Me alegra encontrar entre el público a Jaume Pont y a su hija, Iris, infectada asimismo por el virus de la poesía: no sé si felicitarla o compadecerla. Jaume es profesor en un instituto que se encuentra delante de En Su Tinta, y un excelente filólogo y ensayista -suyos son varios magníficos trabajos sobre el surrealismo y el postismo-, que me dice algo que comparto absolutamente: que ha dejado el ensayo y las tareas de investigación, en parte porque ya se han muerto los autores que más le interesaban -Cirlot, Pino, Fernández Molina, Panero-, pero también porque esa tarea ha ahogado la que en verdad le seduce, y a la que quiere entregarse: escribir poesía. Yo estoy deseando también acabar la traducción de Hojas de hierba, con cuya ultimísima revisión todavía ando a vueltas, y algunas tareas ensayísticas que me han encargado, para emprender nuevos proyectos de poesía y quizá también de prosa, para horror de Jesús Aguado. Hay entre el público gente que no conozco, del barrio, que ha encontrado en la librería de Arthur un lugar donde reunirse y hablar de lo que les gusta. He aquí uno de los mayores méritos de lugares como este: ser un polo aglutinador, y también agitador, de esa rareza que son los lectores, sobre todo en un barrio periférico. Una de esas personas, de acento argentino, me da un ejemplar de Dices para que se lo firme, pero, cuando le pregunto a quién se lo dedico, no me dice su nombre, porque no quiere que conste en el papel: así se ahorraría problemas si hubiera de deshacerse a toda prisa de ellos, como ya le ha pasado en la Argentina. La presentación del poemario corre a cargo de Rafael Mammos, un poeta greco-balear, que ha vivido en los Estados Unidos y que ahora reside en Barcelona. Antes, Andreu Navarra nos ha presentado a ambos, con su bonhomía de siempre. Sin él, desde luego, ni hoy estaríamos aquí, ni existiría esta nueva colección. Rafa hace una presentación solvente. Sus gustos son amplios, y su poesía, estricta. Hace un par de años, para agradecerme que, a mi vez, hubiera presentado un libro suyo, me regaló un libro del mallorquín Andreu Vidal, entonces un completo desconocido para mí. Fue un descubrimiento, que luego reflejé en mi antología de poetas contemporáneos en catalán. Tras su intervención y mi lectura -que ha de enfrentarse a la incomodidad de ser , como casi siempre, de un poema unitario y extenso, que soporta mal la fragmentación, aunque sea fragmentario, para lo que recurro al procedimiento habitual de leer el principio y el final- se abre un animado coloquio, con preguntas y comentarios que giran mayoritariamente en torno a la podredumbre del discurso actual del poder, a su vaciedad, a su corrupción y a su violencia. La charla continúa después, cuando el acto, formalmente, ya se ha acabado. Algo que me fascina de En Su Tinta es la provisión aparentemente inagotable de cerveza: nada más llegar, Arthur me ha ofrecido una, y ahora trasiego otras dos, cortesía nuevamente de Arthur. El hombre entra en un cuarto mágico y sale, sin parar, cargado de botellines, que reparte entre la concurrencia: es maravilloso. Volvemos a casa sin lluvia ni arcos iris. En el cielo se apiñan cúmulos abarrotados de negrura. Pese a ello, todo sigue siendo, para mí, extrañamente luminoso.