lunes, 5 de mayo de 2014

Bailando salsa

Hace un par de noches fuimos a un local de salsa, que se llamaba, con poca imaginación, pero con indudable precisión, Salsa. No es que a mí me guste la salsa, pero Tina, una compañera de trabajo de Ángeles, celebraba su cumpleaños y había organizado un encuentro bailón en un antro de Leicester Square. Nos costó llegar: Charing Cross era antes conocido por sus librerías de viejo; ahora lo es por sus locales de copas y sus discotecas, y los sábados por la tarde se parece a un termitero. Las multitudes humanas no fueron el único obstáculo que tuvimos que superar: también al gorila de la entrada, que parecía capaz de derribar a un percherón de un guantazo. El proceso me supuso un viaje en el tiempo: obtener la aprobación del segurata (por suerte, ninguno llevábamos calcetines blancos), pagar dos libras por entrar, que te estamparan en el dorso de la mano el nombre del local con un sellador de oficina, y dejar luego la ropa y los paraguas en el guardarropía, para entrar, por fin y apoteósicamente, en la sala de baile, fue como volver a mi adolescencia, cuando fatigábamos Le Consulat o el Bikini, y cumplíamos estoicamente con el protocolo discotequero. Sin embargo, cuando llegamos a donde se desarrollaban las evoluciones salseras, el espectáculo era dantesco: unas doscientas inglesas, en parejas, atendían a las instrucciones de la monitora de baile con gran aplicación, pero con un sentido del ritmo parecido al de mi abuelo, que sufría de artrosis y, además, era de Huesca. Optamos, claro, por no bailar: tampoco quedaba espacio para hacerlo. Nos sentamos en una mesa, pero deprisa: el camarero nos dijo que tendríamos que desalojarla al cabo de una hora u hora y media, porque entonces se retiraban todas para ampliar la pista de baile. Aunque el local pretendía pasar por brasileño, este camarero y casi todos los demás eran españoles. Ello no nos sirvió, empero, para obtener un trato preferente: nos obligaron a hacer lo mismo, y con el mismo atropello, que a todos. Pedimos, pues, mientras esperábamos a Tina, una cena de nachos y hamburguesas, que devoramos a paso ligero. Nos dio tiempo a tomar unos mojitos, que estaban insípidos. Seguía llegando gente, y yo empezaba a dudar de que pudiéramos salir de allí. Ir al lavabo era impensable, como cruzar a nado el Amazonas, aunque necesitaba hacerlo. Me sentí viejo al pensar, no solo en mi próstata, que cada día requiere más atenciones, sino en el placer que podía obtener la gente que se había reunido allí. Yo no encontraba ninguno: el volumen de la música vedaba la conversación y ensombrecía los sentidos, y la falta de espacio imposibilitaba que se pudiera hacer lo que se suponía que se iba a hacer allí: bailar; de hecho, apenas se podía caminar. Pero el tiempo pasaba, y Tina no venía. Agotada la comida, la bebida, la paciencia y la capacidad de mi vejiga, decidimos marcharnos. Sin embargo, había de evacuar. Aventurándome con esfuerzo, casi con temeridad, abriéndome paso a machetazos de excuse me o sorry, y dando muchísimas veces las gracias, aunque estoy seguro de que nadie las oía, conseguí llegar a los servicios. Allí había un negro vestido de almirante que sostenía un bote de jabón líquido en una mano y un rollo de papel higiénico en la otra. Antes de que pudiera mirar a mi alrededor (habría visto entonces uno de esos espantosos urinarios únicos, un conducto de metal por el que pasan ante tus ojos, mientras te estás aliviando, las espumosas efusiones de tus compañeros de micción), el almirante ya me había llenado las manos de jabón. Debía de ser como Torrente, que cree que hay que lavárselas antes. Me froté y me enjuagué, y procedí a mear, mientras el tipo de gorra blanca y americana de botones con anclas le explicaba a otro parroquiano que la vida no tiene sentido si no eres capaz de vivirla con una sonrisa en los labios. Sentí que la filosofía del marino me ayudaba a orinar, que volvía la evacuación más fácil, más fluida, y pensé si no sería una buena terapia instalar grabaciones con dichos sapienciales en los retretes, para favorecer a los duros de uretra o de esfínter, igual que se recitan poemas a las plantas para que crezcan más lozanas, o se pone música de Mozart a los gallinas para que den más huevos (el rock duro, en cambio, no funciona: las gallinas se deprimen y no aovan). Cuando acabé y me giré apenas, allí estaba de nuevo el hombre, con más jabón, más papel higiénico y más frases memorables: "Todo con humor, tío, ¿eh?, todo con humor, y con limpieza". Era un profesional de los aseos, sin duda, aunque no acabé de entender por qué iba vestido como Nelson. Me lavé y me sequé otra vez, y me volví a arrojar, resignado, a la jungla humana, de la que conseguí salir tras otro pródigo reparto de empujones, pisotones y peticiones de paso. Ya en la calle, emprendimos el camino de vuelta a casa. Pero seguía siendo sábado, y la gente seguía necesitando abrazar un frenesí terapéutico. Unos jóvenes bien vestidos invadieron una plaza aledaña a la de Trafalgar, montados en bicicletas del ayuntamiento, aullando y casi atropellándonos a todos. Otros estaban dentro de una tienda de chucherías dando gritos y bailando como apaches: quizá no había podido hacerlo en Salsa y se desfogaban allí. Cuando nos apartamos por Saint James Park, camino del palacio de Buckingham y de la estación Victoria, desde la que volveríamos a casa, nos invadió la paz de la noche, y nos pareció especialmente benéfica. Volvíamos a notar frío, el rumor del tráfico, el brillo de la luna, y no solo ruido; volvíamos a reconocer el perfil de los seres humanos, y no solo su imperiosa pastosidad: los sentidos renacían, y lo hacían, paradójicamente, allí donde todo parecía sosegado, casi muerto. Pero olía a hierba, a mundo, y, afortunadamente, estábamos vivos.

1 comentario:

  1. Si he aprendido yo a bailarla, puedes aprenderla tú, Eduardo, no te acobardes.
    Cuando nos veamos otra vez, te enseño unos pasos.
    Bueno, me voy; mi próstata me reclama.

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