jueves, 10 de octubre de 2013

Rendicción

Cuthbert, nuestro portero zambiano -que debe de estar sorprendido por los sobres tan gordos que me llegan-, me entrega el correo de hoy. Entre facturas y otros asuntos despreciables, un envío contiene Rendicción, el segundo poemario de Mario Martín Gijón. Mario es un joven poeta y profesor de la Universidad de Extremadura, cuya juventud no le ha impedido distinguirse ya como uno de nuestros principales ensayistas literarios: ha ganado todos los premios posibles, en este género, en España, como el "Gerardo Diego", con su estudio sobre Máximo José Kahn, y el "Amado Alonso", con otro excelente trabajo sobre José Herrera Petere, ambas figuras del exilio republicano español, en el que Mario -miembro del Grupo de Estudios del Exilio Literario de la Universidad Autónoma de Barcelona- está especializado, aunque es muy reseñable también otro ensayo suyo: Los (anti)intelectuales de la derecha en España. De Giménez Caballero a Jiménez Losantos, publicado por RBA en 2011, en el cual, con una perspectiva no solo filológica, sino también sociológica y política, aborda el espíritu destructivo de los paladines de la reacción en nuestro país, y analiza sus causas. En su opinión, por ejemplo, Jiménez Losantos se ha convertido en el energúmeno de la caverna que es por despecho ante el rechazo de la intelectualidad catalana de izquierda, en la que luchó muchos años por integrarse, desde sus orígenes comunistas. (Alguien debería estudiar, por cierto, estos viajes ideológicos extremos: Jiménez Losantos, desde Lenin hasta la COPE; Pío Moa, desde el maoísmo y el GRAPO hasta Intereconomía; Jon Juaristi, desde ETA hasta el PP; y tantos otros. Para mí que una necesidad de absoluto, en personalidades inmunes a la incertidumbre, o acaso aterrorizadas por ella, determina tránsitos tan inverosímiles. Aunque, en realidad, no se mueven: están siempre en el hoyo de la verdad, una verdad llameante y clorhídrica, con independencia del color del que sean sus paredes). Pero decía que Mario, ensayista notable, ha publicado su segundo libro de poemas, tras Latidos y desplantes. Rendicción aparece en Amargord, un sello muy activo y prometedor, con un perspicaz prólogo de Benito del Pliego. Lo más llamativo de la poesía de Mario Martín Gijón es su intensa sentimentalidad, vertida en el molde de un lenguaje fracturado, de un lenguaje, a veces, imposible. El conocimiento cabal de la vanguardia se pone, en sus versos, al servicio del cultivo de los sentimientos esenciales, como el amor, o, más exactamente, como la lucha inacabable de los amantes por vencer a la separación y el desencuentro, y reunirse, fundirse, consumarse. En los poemas de Mario, el lenguaje se abandona a una promiscuidad morfológica, y las palabras se quiebran, se desatornillan, se desmenuzan. Muchas palabras ven crecer, de pronto, en su interior letras, sílabas ajenas, como extrañas criaturas simbióticas, que las transforman en otras cosas, o incluso contrarias, al mismo tiempo. Las barras, los guiones, los paréntesis alumbran términos anómalos, cuya anomalía consiste en proponer otros significados, sin abandonar los anteriores. O bien sílabas, sufijos o prefijos saltan de un verso a otro, haciéndose ellos mismos, mutilados, crecientes, palabras. Lo previsible, lo consolidado del lenguaje tiene poco sentido en Rendicción. Todo puede ser aquí otra cosa, y todo se multiplica. Y es fascinante observar esa feracidad genésica, ese trascender los límites, definitorio del espíritu de vanguardia, que campea en el libro. Frente a las estéticas acomodaticias, frente a cierto tradicionalismo que es solo un pretexto para la inacción ("muchas ranas perezosas croan en el estanque de la tradición", escribió el gran Cristóbal Serra), la poesía de Mario Martín Gijón supone un zarandeo combativo, una ebullición regeneradora. Dejo aquí uno de sus poemas.

sI go ciego

Zur Blindheit über-
redete Augen
                    éramos
luz y si me di
                    ce
                        nit
en tu piel red(e/u)cido
per(ex)sistiré aunque cie
                                     go
zaremos [y] seremos
contra la ce(gu/rt)e(r/z)a

miércoles, 9 de octubre de 2013

El diario

Yo solo he llevado dos diarios en mi vida: uno, adolescente, a finales de los 70, en el que apuntaba minuciosamente los desengaños amorosos y las veces que me había masturbado, y este, con el que intento vencer a la soledad. Cuando uno escribe un diario, habla solo, con la secreta esperanza de que alguien le escuche o, mejor aún, le conteste. Por eso resulta tan descorazonador que no haya comentarios. Así ironizaba mi buen amigo Sergio Gaspar, en sus horas de tenebrosa lucidez, sobre la eficacia de los blogs: no hay comentarios. Pero sabemos que los diarios tienen un público oculto, al que arrojamos el cabo de nuestras palabras. Y conviene hacerlo cada día, o con una regularidad suficiente: un diario intermitente o apenas activo es un diario muerto. El buen diario es como una esposa: siempre está ahí. También ha de ser veraz, como quería Hemingway que fuese toda literatura. No estimo demasiado a Ernest -salvo El viejo y el mar, un relato perfecto-, pero su creencia en una escritura que fuera trasunto o emanación de la vida, de la sangre y el miedo y el amor que constituyen la vida, me parece compartible, aunque ello contradiga el principio estético, convertido ya en tópico, de que el poeta es un fingidor, etcétera. De hecho, esa proximidad a la realidad única y supurante de cada individuo es lo que más me atrae de las literaturas biográficas: diarios, memorias, crónicas de viajes. El diario ofrece más realidad que la novela. El diario está más arraigado en las entrañas de quien lo escribe. El diario permite acceder, con más viveza, al hecho incomprensible del ser, que se manifiesta en cada uno con perfiles intransferibles, pero comunicables. La novela acaso aporte más fantasía, pero no alcanza la intensidad del hecho puro, del hecho simple y sudoroso, no contaminado por la ficción. Y eso, incluso en los diarios menos literarios: aquellos que se limitan a constatar el mero devenir de alguien como nosotros, de alguien que quizá seamos nosotros. Esos, finalmente, resultan los más impactantes estéticamente: desnudos, limpios (aun con sus suciedades), verdaderos. Sigo leyendo, todavía, el Diario íntimo, de César González-Ruano, un ejemplo perfecto de esto que digo: repetitivo, calderillesco, a menudo insustancial, y partícipe de una vida social, en el franquismo, cuyos oropeles escondían la vaciedad y la mierda, pero pleno de realidad vital, de voz auténtica, con sus oquedades de terror y tedio, con su miseria cotidiana, entre cuyos pliegues anodinos se alza, paradójicamente, la mejor literatura. A mediados de 1965, pocos meses antes de morir, Ruano visitó Inglaterra por primera vez. El 6 de junio, en un día "gris y anglicano", él y sus acompañantes vieron en Tite Street "la casa donde vivió mucho tiempo, hasta el escándalo, Oscar Wilde", la misma casa de la que hablé yo en mi entrada de ayer. Luego, el 12 de junio, Ruano cuenta que se había citado con Jesús Pardo, su anfitrión en Londres, "cerca de Carolina Terrace, en un bar de Sloane Square". Y Sloane Square es una elegante plaza en Chelsea, aunque ahora notablemente castigada por el tráfico, a la que acudo con frecuencia, entre otras cosas, para husmear en los anaqueles inacabables de John Sandoe Books, una de las mejores librerías de viejo de la ciudad. Esas coincidencias con Ruano -con su diario: con su vida- me emocionan y me exaltan, porque yo siempre he querido ser otros, ser más, en este tránsito lineal y herméticamente subjetivo que es existir. Y eso, aunque no coincida con las opiniones, a veces brutales, que expone: Neruda "tenía un rencor cerril hacia lo español. Un rencor de judío que juega al indio indigenista"; "los ingleses viven muy mal y comen peor"; "la famosa cortesía británica es un mito, desde luego. En cambio, la hipocresía, no"; "todo el mundo está muy serio y bebiendo concienzudamente, como si fuera un problema de conciencia"; "'Los Beatles', esos imbéciles de los pelos largos"; "llueve desesperadamente" (bueno, aquí no se equivoca). También expone su opinión sobre algo que he dicho yo en este diario la poeta de Tarragona Teresa Domingo Catalá, aunque no se atreve a hacerlo en los comentarios a la entrada. Subsano yo su prudencia reproduciendo aquí lo que me escribe: "Hoy no puedo evitar escribirte con tu entrada sobre Óscar Wilde. Pienso que eres manifiestamente injusto con él como escritor, poeta y dramaturgo. El retrato de Dorian Gray es uno de los libros más ingeniosos, divertidos e interesantes que he leído nunca. De hecho lo he leído tres veces y creo que algún día repetiré. Lord Henry Wotton es un personaje inolvidable. Entre los poemas de Wilde, La balada de la cárcel de Reading sobresale por su intensidad, por su profundidad, y la Epístola De Carcere et Vinculis, dirigida a Lord Alfred Douglas, es un libro maravilloso, profundo, sabio y bello, de lectura imprescindible. Los cuentos de Óscar Wilde son bellísimos, tanto formalmente como de contenido, y contienen una preocupación social ajena al esteticismo. Y sin el teatro de Wilde el teatro contemporáneo no sería lo que es. Creo que ayudas al tópico de que el genio de Óscar Wilde fue superior en su vida que en su obra y eso es muy injusto para con el gran escritor irlandés". Teresa tiene razón. Pero eso es lo que tienen los diarios: que nos muestran como somos, con torpezas y errores, víctimas de los prejuicios y de los juicios apresurados, y, lo que es peor, haciendo víctimas de ellos a los demás. Pero si eso, en mi caso, sirve para abrir el diálogo con Teresa, y con todos, lo doy por bien empleado.

martes, 8 de octubre de 2013

Oscar Wilde en Tite Street

Oscar Wilde vivió en Tite Street, una elegante, aunque algo escondida, calle de Chelsea. Primero en el número 1 y luego en el 16, que hoy es el 34. En esta casa de ladrillo rojo, estructura sobria y tres pisos, rematados por una breve terraza blanca, cuyas ventanas ostentan airosos dinteles de madera tallada, consta una placa azul que lo recuerda: Wilde, wit and dramatist -esto es, no escritor, sino "ingenio y dramaturgo"-, residió ahí. Muy cerca, por cierto, de donde han vivido muchos otros artistas, como el compositor Peter Warlock, que se suicidó en el número 12, el pintor americano James Whistler, autor de la celebérrima La Madre -ese cuadro que míster Bean se empeña en borrar en una de sus disparatadas películas, y que finalmente convierte en un monigote atroz-, o Radclyffe Hall, la escritora lesbiana y feminista, autora de El pozo de la soledad, cuya título resulta elocuente sobre la situación en la que debía de encontrarse una lesbiana y feminista en la sociedad inglesa de finales del siglo XIX y principios del XX. No es extraño que algunos lugares de la ciudad atraigan permanentemente a intelectuales y artistas, o que estos vivan incluso en una misma casa: así sucede con el 29 de la luminosa Fitzroy Square, donde residieron Virginia Woolf y George Bernard Shaw. Pasear ante este lugar por el que también paseó Wilde me remite a otros lugares de su vida que también he conocido. En Dublín hay una estatua del escritor en la plaza Merrion, frente a su casa natal. Pero no presenta ninguna de las características que solemos asociar con las estatuas: ni está de pie –Wilde aparece tumbado sobre una roca–, ni ocupa un lugar central, sino un rincón del parque, ni es opaca, sino multicolor. La sinuosidad de las formas y los gestos delicuescentes del representado condicen con el personaje. Así era Wilde, en realidad: glúcido, ondulante, floral; y así es la literatura decadentista que practicaba: recorrida por meandros e inflorescencias, oleosa como un letanía, chispeantemente barroca. Es una pena que el esteticismo haya arruinado una obra que, librada exclusivamente a la inteligencia de su autor -a su wit-, habría podido ser diamantina, cortante como un escalpelo. De Wilde nos atrae su figura, rendida al absoluto de la belleza, adoradora del arte, pero no su arte, pastoso, parsimonioso. Oliverio Girondo escribió que uno de los recuerdos más maravillosos de su infancia era haber visto a Wilde paseándose por París con una flor enorme en la solapa, pero nunca cita nada escrito por él. Y así, me temo, nos sucede a todos hoy. A los que aún sabemos quién es Wilde, claro.

lunes, 7 de octubre de 2013

Art déco en el Savoy

Supimos de la exposición por unos grandes tarjetones publicitarios sujetos a los limpiaparabrisas de los coches. En ellos se veía, a todo color, una hermosa criselefantina sobre un fondo granate. El lujo de la impresión anunciaba el de la muestra: una exposición de art déco en el Hotel Savoy, el más opulento de la ciudad. Lo visitamos ayer. A la puerta del Savoy, en el Strand, nos atendió uno de los porteros, con chistera; nos atendió o nos interceptó, no lo sé bien: "¿Tienen Uds. invitación?", nos preguntó, con una solicitud que enmascaraba educadamente su desconfianza. "¿Cómo vamos a tener invitación si la exposición se anuncia por la calle?", le respondimos, mediterráneamente. Aplacado o confuso, el mucamo nos indicó entonces que debíamos dirigirnos al salón Gondolfiers, para lo que tuvimos que atravesar los suntuosos vestíbulos del hotel, inaugurado en 1889 en el emplazamiento del antiguo palacio de Saboya, la mayor residencia caballeresca del Londres medieval. Juan de Gante -que, casado con una hija de Pedro I, pretendió incluso el trono de Castilla- residía allí, un refugio de ensueño en el que se reunían nobles, artistas y cortesanos. Geoffrey Chaucer empezó sus Cuentos de Canterbury en el palacio, aunque no era un invitado, sino un empleado de Juan. Los Cuentos son lejanos en el tiempo, pero, como toda obra clásica, actuales, incluso inmediatos, en su vigencia: contienen cuanto nos sigue aquejando hoy: el fuego de la carne, que abrasa hasta el adulterio; la codicia, que derrota a los espíritus; la mentira, que es fruto de la inteligencia, pero también de la debilidad moral, y que no crea claridades, sino equívocos; la iglesia corrupta y lujuriosa; la picardía, tan cercana a la picaresca española, y tan necesaria para sobrevivir en aquellos tiempos de tribulación. Sin embargo, Juan de  Gante cometió el mismo error de tantos aristócratas a lo largo de la historia: subir intolerablemente los impuestos. El de capitación que estableció en 1381 provocó una revuelta campesina, que destruyó Londres y se cebó en el signo más visible de su poder, el palacio, cuyas joyas fueron deshechas a martillazos, y del que no quedaron ni los cimientos. La exposición del salón Gondolfiers nos sorprende por su pequeñez: contiene apenas una veintena de criselefantinas, expuestas en muebles de estilo art déco. Más aún: nos asombra que algo tan exiguo haya sido anunciado tan lejos y con tal despliegue de medios. La calidad de las piezas, no obstante, compensa su escaso número. Las criselefantinas son estatuas hechas con oro y marfil, una técnica desarrollada en la Grecia arcaica, de la que apenas se conservan hoy muestras -su composición las hacía muy codiciadas por todo tipo de saqueadores-, pero con la que sabemos que se erigieron la Atenea del Partenón y el Zeus sedente del templo de Olimpia, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Las vanguardias artísticas de finales del siglo XIX -el art nouveau y el art déco- recuperaron la técnica y la aplicaron a la representación, sobre todo, de figuras femeninas, siempre estilizadas y extraordinariamente gráciles, a menudo bailarinas. Reconocemos algunas de las que están aquí como pertenecientes a la colección de la Casa Lis en Salamanca, que alberga una de las, probablemente, mayores colecciones del mundo, y que visitamos el año pasado de la mano de María Ángeles Pérez López, de poesía y personalidad criselefantinas. Las estatuas -que combinan ahora el marfil no solo con oro, sino también con bronce, plata u ónice- son de una delicadeza infinita: parecen otra porción de aire, un aire enterizo y blanco, cuya blancura, irisada, impregna la pupila. Pese a ello, el ojo es atraído también por la belleza de los muebles que las sostienen: hechos de roble pulido hasta la extenuación, de ébanos oscurísimos y caobas doradas, cuyos reflejos se proyectan en el marfil de las criselefantinas, presentan marqueterías florales y volúmenes que conjugan lo informe y lo geométrico. El vigilante de la sala está abstraído en su tableta Samsung, y juguetea con el teclado. En un rincón humea una tetera, de la que nos servimos. Suena Frank Sinatra, y, mientras me tomo el té, celebro íntimamente esta mezcla tan posmoderna de helenismo, medievo, vanguardia, tecnología y cultura pop.

domingo, 6 de octubre de 2013

El pisito

A F. S., poeta inglesa, la conocí en Albania, y eso es algo que no sucede con frecuencia: conocer a alguien en Albania, digo. Ambos habíamos sido invitados al Festival Internacional de Poesía de Durrës, cuando ya había caído el régimen autárquico de Enver Hoxha y los albaneses demostraban una pasión irrefrenable por conocer y participar de lo que estaba sucediendo fuera de sus fronteras. F. se medio enamoriscó de mi compañero de habitación -porque los medios de la organización eran escasos y la mayoría de los poetas teníamos que compartir cuarto-, Esad Babaçic, un poeta de la experiencia esloveno que, no obstante tan deplorable propensión estilística, era amable y divertido; además, ni siquiera le importaba que yo roncase. F. y Esad mantuvieron un contacto intenso, aunque velado por la legendaria discreción inglesa, que se desarrollaba mayormente en mi habitación, y eso me permitió conocer de cerca a F., aunque no tanto como Esad. Ayer volví a verla, invitado a una fiesta en su piso de Londres: celebraba su cumpleaños, y aprovechaba la ocasión para calentar el apartamento, una costumbre consistente en reunir a un grupo de amigos para celebrar que uno se ha establecido bajo un nuevo techo. El calentamiento fue un éxito: en el salón sudábamos todos como pollos. De hecho, pocas veces he tenido ocasión de asistir a un acontecimiento con tanto calor humano: unas veinticinco personas nos embutíamos en un espacio no mayor de quince metros cuadrados. El camarote de los hermanos Marx es la estepa rusa comparado con el piso de F. Además del saloncito-cocina, solo cuenta con una baño, que parece una cápsula espacial, y un escuetísimo dormitorio, donde había un perro. En el comedor, pues, dos docenas de personas teníamos que presentarnos, charlar, alcanzar los platos, servirnos la comida que estaba preparada en un rincón, servirnos la bebida que estaba preparada en otro, salir al baño, volver a entrar, abrir las ventanas -para no asfixiarnos-, dejar los platos sucios y los jerseys que nos sobraban e intercambiar direcciones, y todo ello con una sonrisa muy grande y muy británica, porque nos estábamos divirtiendo una barbaridad. Pero, sí, fue divertido: sobrevivir a una experiencia semejante lo es; y también departir con un compositor griego, con una violinista mexicana, con una profesora de poesía rusa, septuagenaria y pelirroja, que hablaba como aquel personaje de Qué bello es vivir que había nacido en Minsk, con un tratante londinense de antigüedades de vidrio, y con la Sra. Feinstein, madre de Adam Feinstein, a quien había conocido el día anterior. F. estuvo muy en su papel de anfitriona, presentando a unos y a otros. Por fortuna, es muy delgada, y podía hacer algo que a los demás nos estaba vedado: colarse entre los troncos de los invitados y circular por la habitación. F. es una excelente poeta, pero a mí me agrada haberla conocido en dormitorios con las sábanas revueltas y comedores con los invitados revueltos, un poco despeinada, con las gafas algo torcidas, siempre sonriendo.

sábado, 5 de octubre de 2013

Carlos, César, Adam y Pablo

Ayer tomé  un café con Carlos Fernández López y Adam Feinstein en Tottenham Court Road. Nos acompañaban César Vallejo y Pablo Neruda. Carlos, poeta y profesor, es el autor de Vitral de voz, el último libro de la colección de poesía de la malograda DVD ediciones: un texto asombroso, de audacia delicada, de finura atravesada por nervios y músculos y ambición. Carlos forma parte -aunque las adscripciones generacionales siempre susciten en mí un gesto de escepticismo- de un conjunto de jóvenes autores cuya apuesta por la renovación de la poesía se asienta en una nueva inquisitividad, en una ruptura entrañada, y al que pertenecen también Óscar Curieses, Ernesto García López, José Luis Gómez Toré o Benito del Pliego, entre otros. Carlos, como investigador riguroso que asimismo es, lleva años indagando en la vanguardia hispanoamericana y, en particular, en la figura esencial de César Vallejo, sobre el que acaba de publicar, junto con el peruano Valentino Gianuzzi, Imagen de César Vallejo. Iconografía completa (1892-1938), en la exquisita Del Centro Ediciones, cuyos volúmenes nos recuerdan la composición artesanal y la época dorada de la tipografía. Adam Feinstein, por su parte, estudioso asimismo de las literaturas de Hispanoamérica, autor de una de las mejores biografías de Pablo Neruda, Neruda: pasión por la vida, publicada en 2004, y reputado investigador del autismo -los intereses de Adam son múltiples-, nos acompañaba con una sonrisa amplia y una genuina atención. En un momento dado de la conversación, poco después de que una anciana nos pidiera que le ayudáramos a convertir un montón de calderilla que tenía en la mano en una moneda de una libra, para, en el último momento, entregarnos solo 80 peniques y rogarnos que le ahorráramos los 20 restantes en el trueque, Adam nos entregó a Carlos y a mí el anuncio de una lectura pública de poemas de Neruda, a cargo de la bellísima Julie Christie, la protagonista del inolvidable Doctor Zhivago. Me emocioné pensando en la conjunción de ambos, Pablo y Julie, casi tanto como me han emocionado siempre las escenas en que Yuri Zhivago -Omar Sharif-, encerrado en una isba, rodeado de nieve, escribe aquellos poemas de amor a la inalcanzable Lara -Julie Christie-. El próximo 28 de octubre, en King's Place, Julie será alcanzable, o, por lo menos, audible, y, con ella, Pablo Neruda y la revolución rusa, con cuyas esperanzas, igualmente malogradas, el poeta chileno tanto tuvo que ver.

viernes, 4 de octubre de 2013

Thomas Cubitt y la señora de la plaza

En la intersección de las calles Denbigh, Claverton y Saint George Drive, en Pimlico, hay una plaza recoleta. Es muy pequeña y triangular, y un puñado de tilos tiende sobre ella un dosel verde, que espejea cuando sopla la brisa. Hay muchas plazas como esta en Londres: se abren de improviso, en la confluencia de calles transitadas, como plazas de pueblo, como islas minúsculas de verdor y quietud. En el centro de esta se levanta una estatua: un señor con levita se apoya en una suerte de mesa, sobre la que se desparrama un toldo o una sábana, con un metro en una mano y un ladrillo en la otra. La evidencia de ese metro, que más bien parece un cetro, me hizo creer durante algún tiempo -a lo que contribuyó mi gran ignorancia- que el caballero en efigie era el inventor de la unidad universal de medida, pero me perturbaba que el hallazgo hubiese sido hecho por alguien en cuyo país dicha unidad no se emplea, y, sobre todo, me desconcertaba el ladrillo. Luego, rebuscando en las enciclopedias, he descubierto la verdad: Thomas Cubitt fue un constructor, uno de los más importantes de Londres en la primera mitad del siglo XIX. A él se deben proyectos tan relevantes como la urbanización de amplias zonas de los barrios de Belgravia y Pimlico -y, en particular, de Eaton Square, donde hoy se encuentra, por ejemplo, el Instituto Cervantes, muy cerca de la Embajada española- y la ampliación del palacio de Buckingham. Cubitt fue una especie de marqués de Salamanca londinense, aunque, con el habitual sentido de los negocios de los ingleses, no se arruinó con sus construcciones, como el aristócrata, sino todo lo contrario: amasó una gran fortuna. Cubitt también mantuvo buenas relaciones con los escritores de su tiempo: amplió Tavistock House, donde vivió Dickens, y le construyó un estudio insonorizado a Thomas Carlyle, que debía de sufrir tanto por los ruidos como Juan Ramón Jiménez. Ambos quedaron muy satisfechos con las obras. Y Carlyle describió a Cubitt como un "hombre modesto, canoso, de aspecto sensato". En la plaza desde la qual el constructor desafía a la posteridad, hay un banco, justo al lado de la estatua. Suele estar sucio, porque los pájaros, apostados en los tilos, lo cagan generosamente. Pero eso no es óbice para que luzca una plaquita en memoria de un difunto. Aquí eso se hace mucho; no tanto -o casi nada- en España: alguien quiere recordar a un ser querido y, a cambio de un modesto óbolo -que se destina al mantenimiento del mobiliario urbano-, puede hacerlo en un banco, o al pie de un árbol, o en cualquier otro rincón de la ciudad. Ayer, al pasar por la plaza, vi a una señora enjuta, enfundada en un abrigo negro -aunque no hacía demasiado frío-, de pelo corto y claro, acercarse al banco y enderezar una flor mustia que colgaba junto a la placa. Luego, retiró un papel sucio que había en el suelo y el polvo y las hojas caídas de la superficie de madera. También tiró a la basura una botella vacía de plástico que alguien había dejado a los pies de Cubitt. Cuando todo estuvo limpio, se situó delante de la plaquita y se persignó. Por fin, tras unos segundos de pie, se sentó en el banco y se quedó mirando a la calle Denbigh, que se abría ante ella, con sus portales con columnas y sus ventanas con enredaderas, aunque yo creo que, en realidad, miraba hacia su interior.