domingo, 17 de noviembre de 2013

Las fatales consecuencias de un sueño demasiado profundo

Ayer Álvaro se durmió a eso de las diez de la noche. Puede parecer extraño en un joven de dieciocho años, supuestamente rebosante de energía y de hormonas, pero en su caso no lo es: la capacidad para el sueño de Álvaro es colosal; además, una vez dormido, duerme con denuedo titánico: sacarlo de ese estado es como reflotar la Atlántida. A veces, en Sant Cugat, me despertaba yo -a varias habitaciones de distancia- por el estrépito de sus cuatro despertadores simultáneos, que sonaban como la alarma de un submarino, pero él seguía en letargo, con un hilillo de baba colgándole de los labios, como un cordón umbilical que lo uniera a la placenta de la almohada, y el aspecto de un oso cavernario que acabara de entrar en hibernación. Todo esto solo tendría un interés científico, si anoche Ángeles y yo, fatalmente, no nos hubiéramos dejado las llaves y los móviles en casa, antes de ir al gimnasio, confiados en que nuestro hijo nos abriría después. Sin embargo, cuando volvimos, hacia las diez y media, y llamamos al interfono, nadie nos abrió. Despreocupadamente, insistimos unas cuantas veces: quizá no nos oía con la televisión, o estaba en el lavabo. Hasta que, a través del ominoso silencio, lentamente, se abrió paso la escalofriante certeza: Álvaro se había dormido, y, si se había dormido, nada de lo que hiciéramos, ningún suceso del mundo, ningún cataclismo interplanetario que se abatiera sobre la Tierra, podría despertarlo. Estábamos perdidos. Pero el camino de la desesperación es sutil y, como nadie desea nunca que lo tengan por un sujeto espantadizo o descontrolado, empezamos a buscar soluciones. Éramos constructivos, claro que sí. Llamamos a los vecinos -una familia francesa que nos había dicho que, siempre que necesitáramos algo, podíamos recurrir a ellos- y les explicamos someramente la situación. Nos abrieron, para que pudiéramos seguir llamando a la puerta, no desde la calle, donde iba haciendo frío, sino desde la puerta misma del piso. Subimos, pues, con la engañosa esperanza de que cambiar de timbre cambiaría la situación, pero yo, en mi fuero interno, sabía que aquella situación no la cambiaría ni el Espíritu Santo. Nos machacamos, pues, las falangetas -por turnos: primero apretaba yo y luego Ángeles me daba el relevo-, intentando, incluso, crear ritmos animados, es decir, no hacer ring, ring, sino ri-ri-ri-riiiiiinnnnngggg, o bien ring-gi ring-gi, ring-gi, giriiiiiinnnnngggg, o cualquier otra combinación que se nos ocurriera, con la esperanza de que la síncopa espabilara la percepción de Álvaro, sumida, en aquel momento, en las tinieblas insondables de Morfeo. Constatado el fracaso de la operación tímbrica, empecé a aporrear la puerta. Así, sin ningún miramiento, como un subinspector de los municipales. Pero tampoco hubo ninguna respuesta: del interior solo nos llegaba un silencio descorazonador. Los vecinos franceses, por cierto, oyeron aquello, porque aquello era audible para todo ser humano en varios cientos de metros a la redonda, salvo para Álvaro, pero no se asomaron a ver qué pasaba. Pensamos en volver a llamarlos, para que nos dejaran pasar de su galería a la nuestra, y desde allí golpear el vidrio del comedor, a ver si Álvaro se despertaba, pero desestimamos la posibilidad: saltar de un balcón a otro podía acabar con nosotros ensartados en los pinchos que remataban las verjas que protegían la finca en la planta baja, o, aun teniendo suerte, en las limosas e hipócritas aguas del Támesis; hipócritas porque, como los ingleses, bajo su tranquila apariencia se ocultaba un maremágnum de fuerzas encontradas, y quizá de carpas hambrientas. Por fin, arrojamos la toalla: no nos quedaba más solución que buscar algún sitio donde pasar la noche. Al salir a la calle otra vez, donde hacía un frío que, si antes encontrábamos llevadero, ahora se nos antojaba polar, aún lo intentamos una vez más: reprimiendo las ganas de ponernos a gritar, volvimos a llamar al timbre, a ver si la providencia se apiadaba de nosotros y el timbrazo penetraba por algún resquicio de la amodorrada conciencia de Álvaro. Pero no. Humillados y abatidos, saltamos al asfalto, como Oates saltara al hielo en la malhadada expedición de Scott: para morir, aunque Oates llevaba calcetines, y yo no: también me los había olvidado en casa. Si algo en aquella ridícula desgracia nos había salido bien, es que teníamos dinero. Aprovechando la visita al gimnasio, habíamos cogido la tarjeta del banco para sacar dinero de un cajero. Con esas libras y la tarjeta, probamos a llamar a casa: quizá Álvaro sí oiría los timbrazos del teléfono. Nuestro pensamiento desiderativo desvariaba, pero teníamos que intentarlo. Solo cuando estás muy hundido, descubres el hundimiento universal que te rodea, y que queda habitualmente oculto por las rutinas emborronadoras de la realidad. Al buscar cabinas desde las que telefonear, advertimos los cubos de basura saqueados: los pobres vacían los contenedores en busca de algo aprovechable, y la inmundicia inunda las calles. Las cabinas no presentan un aspecto mejor. Como nadie, salvo los idiotas como nosotros, las utiliza ya, se han convertido en unos iconos vacíos: todas tenían telarañas, y en una había un murciélago.  Y los teléfonos, por supuesto, no funcionaban. Tras la imagen pintoresca de esas cabinas rojas, de techito abombado, tan representativas de lo británico como el fish & chips, las orejas del príncipe Carlos o alguien que se descalabra haciendo balconing en Lloret de Mar, no hay sino putrefacción e inutilidad. Solo en una, milagrosamente, y superando diversas grabaciones robóticas cuyo inglés era tan comprensible como el de José María Aznar, conseguimos llamar. Tampoco sirvió de nada. Al quinto timbrazo, saltaba el buzón de voz, y ahí se quedaba todo. Definitivamente derrotados, solo nos quedaba encontrar un lugar donde pasar la noche. Las libras que llevábamos en el bolsillo nos aseguraban que no dormiríamos debajo de un puente (en el de Chelsea hay una colonia de mendigos que organiza fuegos de campo y que charla con mucha afición, entre océanos de mugre), pero se trataba de gastar poco y de no alejarnos demasiado de casa: era ya más de medianoche. Fuimos a la cercana Belgravia Road, donde sabíamos que hay varios hotelitos que aprovechan los antiguos edificios victorianos y los subdividen, como apicultores, en celdillas para los turistas. Entramos en el primero que vimos, el Corbigoe Hotel. Desde luego, no lo habríamos hecho si hubiéramos conocido las opiniones de la gente en Google: en tripadvisor, de 315, 51 lo consideran malo y 195, pésimo. Pero en aquel momento lo único que nos importaba era dejar de ser unos sin techo cuanto antes. Así que nos metimos en la boca del lobo. Nos atendió, en algo que solo con mucha generosidad podía llamarse recepción -más bien recordaba a un ataúd vertical-, un indio (de la India, no americano) con aspecto de haberse acabado de despertar de una cogorza. Nos cobró 80 libras, en efectivo, por la habitación número dos, a la que se llegaba bajando por unas escaleras: aquel descenso era como el descenso a los infiernos. Junto a la puerta se acumulaban las bolsas de basuras, pero el cuarto no constituía ningún refugio, sino un remedo de la mazmorra de Montecristo en If, una reproducción de la celda en la que murió Miguel Hernández, un símil de la caverna del dragón. Solo había una ventana, que daba a un patio interior, ocupado por una maraña de cañerías y escaleras de incendio. Para mi horror, también había allí una máquina que producía un ruido constante. En cambio, no había teléfono (con el que habíamos pensado en seguir insistiendo en llamar a casa), ni, en el baño, toallas, y por la moqueta parecía haber pasado una manada de ñus. El radiador estaba pegado al cabecero de la cama, y, como no podía regularse, el calor te achicharraba los sesos: me recordaba a la calefacción de los antiguos vagones de la RENFE, que te asaba los pies en invierno. Lo que más me aterrorizaba era haber de dormir sin melatonina, ni tapones para los oídos: es decir, no dormir. Y, en efecto, cuando uno está tumbado en una cama extraña, en el silencio absoluto de la noche, todo ruido, cualquier ruido, que al principio nos ha parecido suave, se convierte en un estruendo demoníaco: el zumbido de la máquina se volvió una espina lacerante que me taladraba el cerebro; un zumbido al que se sumaba el ruido de mis tripas, porque no habíamos cenado. Y aquella vigilia invencible me hizo, a su vez, dolorosamente consciente de la fragilidad de nuestros mecanismos corporales -yo, siempre amenazado por el insomnio- y también de la espesura del tiempo: ocho horas de inmovilidad, sometido al imperio de aquella máquina inmisericorde, sin poder percibir, ni concebir, otra cosa que su pitido cruel, que tenía la calidad de un mordisco o un maleficio, relativizan mucho el peso de la mortalidad. Milagrosamente, a una hora indeterminada de la madrugada, la máquina dejó de sonar, y yo caí en un duermevela mucilaginoso, que me evitó hundirme en la locura. Milagrosamente, a la mañana siguiente, nuestro hijo ya se había despertado, y hasta nos abrió la puerta. Milagrosamente, sobrevivió a nuestra ira. Ángeles se ha jurado que antes se dejará arrancar la lengua con un garfio al rojo que volver a salir de casa sin móvil ni llaves. Y yo creo que no he dicho que el indio del Corbigoe nos despertó a las siete de la mañana, cuando yo le había pedido que lo hiciera a los ocho. I'm so sorry, me dijo, cuando se lo reproché. Pero no había en su rostro finamente ario ni un atisbo de compunción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario