lunes, 4 de agosto de 2014

Memorias eróticas

Quien crea que, bajo el título de la entrada de hoy, va a encontrar el relato de mis andanzas carnales, se ha equivocado de blog. Las memorias eróticas son de Francisco Umbral, que tituló así un libro, de 1992, en el que recogía, en capítulos -es decir, en mujeres-, su propia historia sexual. Lo encontré, hace algunos días, en una tienda de golosinas de Sant Cugat; y, ciertamente, este libro es una golosina. El local, que se encuentra de camino a la horchatería donde casi todas las tardes me propino un granizado o una horchata extralarge, lucía unos recipientes de plástico a la entrada en los que normalmente se colocan piruletas o gusanitos, pero que ahora contienen libros. La razón la explicaba un gran cartel manuscrito en el escaparate: se cambian golosinas por libros viejos, esos libros con los que no sepan qué hacer los clientes del establecimiento, es decir, niños y adolescentes (¿aún tienen libros los niños y adolescentes? Sí: regalados en cumpleaños, de obligada lectura en el colegio, best-sellers sentimentales...). Y lo cierto es que había muchos, todos a dos euros. Había pasado ya por allí con Ángeles, pero su mirada de reproche, inquisitiva como la de un censor eclesiástico, me impidió entretenerme mucho tiempo, y menos aún comprar alguno. Esta vez iba solo, y me demoré a mi sabor. Seleccioné siete volúmenes: una edición de Emilio García Gómez de El collar de la paloma; los Lais de María de Francia, en versión catalana, en Quaderns Crema, de mi antiguo profesor, y editor de Acantilado, Jaume Vallcorba; unos cuentos de Dorothy Parker, también en catalán y en Quaderns Crema, con traducción de mi amigo, y vecino en el Reino Unido, el poeta Jordi Larios; una edición antigua de La luna de las lluvias, de Ueda Akinari, con ilustraciones; el Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa (cuya radicalización neoliberal, que le ha llevado a proferir loas indecentes a Esperanza Aguirre, esa fugitiva de la Guardia Urbana, me lo hace cada vez más antipático, pero que sigue siendo un buen escritor); una fantástica Guía de viaje a la Europa de 1492. Diez itinerarios por el Viejo Mundo, de Lorenzo Camusso, con textos interesantísimos e infinidad de fotografías y reproducciones de obras de arte; y estas Memorias eróticas umbralianas, en aquella "Biblioteca erótica", de Ediciones Temas de Hoy, en la que vieron la luz títulos tan sugerentes como Casanova: La pasión de fornicar, de Marina Pino, o El falo -así, a palo seco-, de Ángel Antonio Herrera. El libro de Umbral me llamó poderosamente la atención desde el principio. Yo he leído poco al autor madrileño, sobre todo si lo comparamos con su producción, que es abrumadora, con casi 120 libros de narrativa, dos compendios de poesía, numerosos ensayos y biografías, y miles de artículos. Pero creo haber leído algunos de sus mejores títulos, como Travesía de Madrid y, sobre todo, Mortal y rosa, una de las más hermosas elegías de la literatura española de todos los tiempos, dedicado a su hijo Francisco, muerto a los seis años de leucemia. Al escritor solo lo vi, en persona, una vez: cuando gané un premiecillo de literatura universitaria, allá por 1981, que se entregaba en los jardines de Gasparini del Retiro, en Madrid. Su presencia -lo recuerdo con su distintiva melena lacia, ya entrecana, un whisky en la mano, y casi ahorcado por una bufanda roja; era pleno verano: Umbral pertenecía a la incomprensible especie de los que se abrigan en la canícula, como Gimferrer- aseguraba el postín y, a la vez, el desenfado del encuentro. Luego confiaba en volver a encontrarlo en la recepción en el Palacio Real para celebrar que hubiera ganado el Premio Cervantes, en 2000, pero no compareció. En su lugar, vi a José María Aznar, que no tenía melena, esa cosa de rojos, pero sí un bigote descomunal, metáfora de la hombría: salí perdiendo. A Umbral se le recuerda por sus exabruptos y sus francachelas. El mítico "Yo he venido aquí a hablar de mi libro" ha colonizado, por desgracia, su imagen, aunque creo que él no lo consideraba una desgracia: Umbral, como tantos otros, supo construir un personaje -extravagante, payasesco- para vender más libros, aunque los vendiera a la gente equivocada. Tenía derecho a ganarse la pitanza, y supo utilizar para ello las armas que la naturaleza le había dado. Y eran muchas: Memorias eróticas me lo ha recordado. Llevaba yo tiempo empantanado en lecturas inglesas, que son, a veces, angustiosamente irreprochables -la Vida de Samuel Johnson, de Boswell; Decadencia y caída del imperio romano, de Gibbon; Relatos londinenses, de Dickens (con una traducción, sin embargo, titubeante); y Londres. Una biografía, de Peter Ackroyd-, y necesitaba algo más racial, más visigodo: Umbral me lo ha proporcionado. Umbral es un gran poeta que apenas se dio a conocer como tal -porque, inteligente como era, supo que la poesía nunca le iba a dar de comer, como Cela, su primer maestro, otro poeta subterráneo-, y también un enorme creador de atmósferas. Sus relatos siempre dibujan un mundo, por insignificante o marginal que sea, en el que abunda lo sensorial, lo carnal: imágenes de olores, de sonidos, de visiones, de bares y cuerpos, de calles embarulladas y borracheras latentes, de coloquialismos y lenguaje popular, incluso populachero, de mujeres e ideas que se dejan caer y desaparecen a continuación, sin desarrollo, pero germinativas: fecundan el pensamiento; progresan autónomamente a la sombra de la sensibilidad. Umbral me seduce por la intensidad de sus crónicas: todo lo que hace tiene vigor, color, aroma; su escritura, de una redondez abollada, siempre brilla: parece que escriba cada artículo, un poema diluido, como si fuese lo último que hubiera de escribir en su vida. Y me imagino, pese a sus más que notables facultades, el esfuerzo que le suponía hacerlo: un arreón diario de percepción sutil y verbo fuerte, de imaginación que abrasa, para el que se fortalecía con tabaco y espirituosos, y, sobre todo, con la convicción de que aquella era su sola tarea, la única justificación de su estar aquí. Umbral pertenece a la estirpe de los columnistas infatigables, de ojos como punzones, en la que también militan sus antecesores Camba, Alcántara y González-Ruano: esos seres cuya literatura es diaria, anhídrica, sólida en su fugacidad. En Memorias eróticas hay que excusar, supongo, algunos delirios de grandeza, aunque disimulados en los labios de otros personajes: "-Echarte a ti un polvo, Lola, es como ganarle la batalla a un cartaginés. Eres agotadora y tienes cuerpo africano. -Y tú una polla de oro que les voy a dar tu teléfono a todas mis amigas, que estos tesoros ya se van acabando. Ahora todos son unisex, o son maricones...", dice en el primer capítulo de libro. Más adelante afirma: "Cuando saqué la picha, del coño rubio le salían rosas y whisky", y luego insiste en la condición "valiente y cumplidora" de su picha. Pero la fortaleza del relato resiste los ramalazos de soberbia o misoginia, que, por otra parte, se integran con naturalidad -con la naturalidad de su exceso, de su reconocimiento- en el discurso. Umbral cita en estas memorias copulatorias a muchos poetas -José Hierro, Luis López Anglada, el gran Manuel Álvarez Ortega, del que era un ferviente admirador- y escribe cosas como esta, que tanto necesitaba yo para distanciarme de las distancias inglesas:

Mis libros, claro, no los había leído, aunque en la Menéndez le dediqué alguno, después de haber hecho el amor toda la noche en la playa extensa y fría, junto a un mar negro, rizado de luna, por donde cruzaba, lejana, alguna vela de pescador, amarilla a la luz de no sé qué astro.  Siempre he estado seguro de que otros astros, y no las consabidas estrellas (...), iluminan algunas noches una flor que se abre, un pescador que se ahoga, el cuerpo desnudo de una mujer que fornica con delicadeza, sumisión y entrega casi gimnástica. Porque Kitty K. se entregaba al sexo como otras al tenis o la natación: de una manera enérgica, pero ordenada, como cumpliendo un reglamento. Y el reglamento funcionaba y nuestras cópulas eran satisfactorias e higiénicas, un poco como de manual. Yo hubiera preferido un algo más de ludibrio y promiscuidad, pero a lo mejor eso iba contra el derecho internacional. En cualquier caso, el cuerpo de Kitty K., iluminado, ya digo, por un astro desconocido, brillaba en los puntos más agudos de hueso, como el hombro o la cadera, hacía más rubio el vello de sus muslos y sus antebrazos, más encendida en blanco su sonrisa, más secretamente fucsia su sexo, que por la noche cambiaba de color, como el de toda mujer hermosa.

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