jueves, 7 de noviembre de 2013

En Brighton con Juan Luis Calbarro

Juan Luis Calbarro es un especialista en islas: ha vivido en Fuerteventura y Mallorca, y ahora lo hace en Gran Bretaña. Quizá el hecho de que sea de Zamora explique su pasión por el mar. También es poeta -su último libro es el excelente Museos naturales-, escritor, portavoz de UPD en las Islas Baleares -bueno, nadie es perfecto- y, sobre todo, excelente amigo desde hace casi veinte años. Ayer nos encontramos en Brighton, donde ahora reside por razones familiares. Mi noción de las distancias en Inglaterra aún no es muy precisa, así que me sorprendió la cercanía de la ciudad con Londres: desde la estación de Victoria, el viaje dura apenas cincuenta minutos. Alguien que ha vivido allí me había dicho que Brighton es la ciudad británica con más horas de sol al año. Pues nadie lo habría dicho ayer: el cielo estaba enladrillado, y no parecía que se pudiera desenladrillar aquella masa compacta y gris, proclive al negro. Chispeaba, y soplaba un viento atlántico con la peor de las intenciones. Aún no hacía un frío extremo, pero solo de imaginarme las temperaturas que podrían alcanzarse allí, por ejemplo, una noche de febrero, me entraba una tiritona terrible. Juan me acompañó a ver lo más interesante de la ciudad. El destino natural de cualquiera que visita por primera vez Brighton es la playa, no de arena, como las delicuescentes mediterráneas, sino de guijarros, reciamente anglosajona. Uno no se explica cómo una parte de esa misma playa pedregosa puede ser, un poco más allá, nudista: tumbarse, sin sujeción ninguna, en esa masa de cantos hostiles es una invitación a la circuncisión traumática. Desde allí se observan los dos piers -muelles- de la ciudad: el del oeste, reducido ahora a un esqueleto de metal herrumbroso, como consecuencia de los dos incendios que lo devastaron en 2003, y el Brighton Pier -antes llamado Palace Pier, para distinguirlo del del oeste, aunque ahora, con la destrucción de este, ya no hace falta diferenciarlos, y el superviviente se ha quedado con el monopolio del topónimo-, uno de los más antiguos del mundo: se abrió al público en 1899, y sigue siendo uno de los más visitados. No es extraño: en su más de medio quilómetro de longitud, hay instalada una feria permanente, con norias, montañas rusas, puestos de perritos calientes, trenes de la bruja, balancines que garantizan la cefalea y el vómito, y una sucesión de arcades, esto es, de salones recreativos, en los que abundan aquellas máquinas tan sofisticadas en las que uno echa una moneda en una plataforma y espera, ávida e infructuosamente, a recoger las que caigan de otra, como consecuencia del empujón que nuestra moneda haya dado a las que ya hubiera. Estos muelles británicos, no obstante, tienen un raro encanto. Cuando Juan y yo lo recorremos, apenas hay nadie todavía: es pronto. El viento demuestra una fuerza pavorosa, y uno no se imagina cómo sobrevivir a su embate si está montado en cualquiera de sus atracciones. Al asomarnos al mar, advertimos la gradación de colores del agua: marrón cerca de la playa, rodeando al pier, y verde, casi turquesa, más allá, donde el fondo es demasiado profundo como para que las corrientes lo enturbien. También en el cielo se apunta un escalón muy lejano: el de las nubes que nos martirizan con su grisura, y el de un firmamento limpio, desnudamente azul, donde se derraman los rayos del sol, a lo lejos, constituyendo un horizonte celeste, paralelo al del mar. Cuando salimos del muelle, vemos a una de las gaviotas que permanentemente lo sobrevuelan lanzarse en picado contra una paseante e intentar arrebatarle el hot dog que se está comiendo. Casi se lo saca de la boca. Tener una ganzúa como es el pico de las gaviotas tan cerca de los labios no debe de ser una experiencia agradable. Nunca me han gustado estos bichos, a pesar de lo que disfruté, en mi adolescencia, con Juan Salvador Gaviota. Le pregunto a Juan si se sabe de alguna gaviota que, como los dingos en Australia, se haya llevado alguna vez a un niño, y me dice que lo ignora, pero que no le extrañaría. También las ardillas de los parques, me cuenta, son muy osadas: pueden llegar a morderte las pantorrillas, si te descuidas. Que esos simpáticos animalitos, con sus colas como vilanos, casi transparentes, se hayan vuelto antropófagos por nuestra funesta manía de ofrecerles cacahuetes, debería hacernos reflexionar. Al dejar el muelle de Brighton, volvemos al centro de la ciudad atravesando el Royal Pavillion y el barrio de Kemp. El primero es un delirante palacio, de apariencia hindú, mandado construir por Jorge IV, cuando todavía era regente, para acoger sus escarceos con una dama de la ciudad. Los ciudadanos de Brighton lo consideran una atracción magnífica, pero a uno le parece una gigantesca tarta de cumpleaños, llena de barquillos y oscuridades. En todo caso, la presencia y la intervención de Jorge IV en Brighton marcó el giro que ha dado la ciudad hasta nuestros días: de humilde población de pescadores a centro balneario y turístico internacional. Kemp, por su parte, es uno de los mayores centros homosexuales del mundo, como San Francisco o el gaixample barcelonés. Menudean las banderas arcoirisadas, en algún caso casi tan grandes como la que ondea en la plaza del zócalo de Ciudad de México, y las tiendas de ropas para gays. En una vemos expuestos esos calzoncillos que son como guantes, pero de un solo dedo; el pulgar, generalmente. Lo más irónico es que este barrio, antes pueblo, Kemp Town, fue construido, a principios del s. XIX, por Thomas Kemp, un prohombre notoriamente conservador. Nos alegra pensar que todavía estará retorciéndose en su tumba por que su creación se haya convertido en la versión anglomeridional de Sodoma y Gomorra. Ya en el centro, callejeamos por el núcleo histórico de la ciudad, que es pequeño pero encantador. Hay muchas joyerías, no sabemos por qué, y una plaza con la Torre del Reloj, en la que están esculpidos la reina Victoria y su marido, el príncipe Alberto, lo que no constituye novedad alguna en Inglaterra. Le explico a Juan que hay un piercing llamado "príncipe Alberto" en su honor: al parecer, el adorado cónyuge de la reina tenía un pene tan grande que la forma de disimularlo bajo las ropas ajustadas de su tiempo, para que no escandalizara a las damas ni suscitara la envidia de los varones, era sujetarlo al muslo, para lo cual se le insertó un aro en el glande, por el que se pasaba una correa que lo ataba a la pierna. Muchos sostienen que se trata de una leyenda urbana, pero a mí me divierte pensar que algo así sea cierto, y, además, explicaría aquella irracional pasión de la victoriana Victoria por su consorte. Le regalo a Juan, que es monárquico, la idea de investigar en las proporciones genitales de la realeza europea, que, además de Alberto, incluye a otro monarca proboscídeo, nuestro ínclito Fernando VII, cuyo médico personal le prescribió enrollarse una toalla en la base de su augusto miembro cuando quisiera ejercer el matrimonio con su majestad la reina, para que no fuera como la coyunda de un caballo y una coneja. Parece claro que lo que la naturaleza le había regalado al de las caenas entre las piernas se lo había sustraído del cerebro -la naturaleza busca siempre el equilibrio-, pero un tema así da mucho juego. La visita concluye con un té inacabable y un trozo de pastel de chocolate, naranja y almendras en un local diminuto y deliciosamente inglés. Cuando vuelvo a la estación para regresar a Londres, el cielo sigue estando cubierto, pero yo, dentro, siento luz.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Transporte de animales vivos

Así se titula otra novedad literaria que me llega desde España, el último poemario de José Antonio Llera, publicado en la colección "Libros del caos", de Aristas Martínez Ediciones, con ilustraciones de Paco Nadie. Caos, aristas, nadie: una afortunada síntesis nominal del contenido del libro. No recuerdo muy bien cómo conocí a José Antonio, pero sí sé que somos amigos desde hace años. Yo lo admiro como poeta y como ensayista: reúne ambas facetas con brillantez, y eso es raro en un país en el que solo destacamos, si es que llegamos a hacerlo, por una cosa: si se es buen editor, por ejemplo, no se puede escribir bien; si se hace crítica con solvencia, el verso ha de ser menor; si, en cambio, se compone buena poesía, las demás labores serán ancilares o secundarias y, por lo tanto, prescindibles. José Antonio me contaba hace poco que siempre le ha resultado más fácil publicar sus libros de ensayo que sus poemarios. Y eso solo se explica por el encasillamiento, consciente o inconsciente, que todos practicamos: tabular a las personas, y a las cosas, nos facilita la vida: nos evita seguir pensando, que es muy cansado. José Antonio es un magnífico investigador de la literatura española: ha publicado monografías críticas sobre Julio Camba, Cernuda, Cervantes y Lorca, entre otros autores y materias. Basta esa lista de nombres para saber de su excelencia: la entidad del crítico se define, entre otras cosas, por la de sus criticados. Y cualquiera que lea sus páginas se dará cuenta sin tardanza de la densidad que las sostiene, de la precisión y el rigor con los que se formulan las ideas, de la amplitud de su intuición estética, de su espíritu de poeta, filtrado por el cedazo de la ciencia. No en vano José Antonio es profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad Complutense de Madrid. Su figura, la de un investigador joven que aúna la creación y el pensamiento, y que se aplica al análisis de las obras literarias con los instrumentos de la filología moderna y la paciencia de un humanista del Renacimiento, debería ser objeto de apoyo, y hasta de veneración, en España, donde no abundan, es más, donde escasean clamorosamente, y en cuyo lugar prosperan los charlistas groseros, los críticos mucilaginosos, los ensayistas que nunca han ensayado una idea propia y los profesores que ahuyentan a aquellos a quienes deberían enseñar. Me interesa subrayar un nombre de la lista antes mencionada: el de Julio Camba, uno de los mejores prosistas del siglo XX español. A José Antonio, como a mí, le fascina el verbo exacto y desnudo, acerado en su desnudez, flexible y sin engreimiento, del gastrónomo y satirista gallego; un verbo que muchos reputan golpeante por su propia claridad, y que lo es, gozosamente. Incluso me atrevería a decir que Camba representa, de algún modo, el ideal de literatura que José Antonio pretende alcanzar, y también yo, aunque desprovisto de sus servidumbres ideológicas, tan conservadoras siempre. Su interés por el humor se extiende a la mítica revista La Codorniz o al epistolario de Miguel Mihura, que también ha estudiado: el humor no es sino una forma extrema de apurar el lenguaje, un modo, al alcance de muy pocos, de afilarlo como a un lápiz: de extraerle todo el partido, toda la hiel. Pero, como he dicho ya, José Antonio Llera es también, o sobre todo, poeta. Cuenta, hasta el momento, con cuatro poemarios publicados: Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009) y este Transporte de animales vivos, recién aparecido, sostenido por un versículo muy extenso, que se aovilla en párrafos, y estos, a su vez, en una suerte de poema en prosa. Son composiciones de una intensidad inusual, fundamentadas en una palabra que nunca dice otra cosa que la que dice, aunque ello no impida la polisemia; es más: la promueve casi sangrantemente. El lenguaje de José Antonio Llera es firme, plástico, matemático, multilateral; granado de alusiones científicas y culturales, que se despiertan en la superficie de las cosas inmediatas y los recodos del fluir cotidiano, es a veces gamonediano y a veces isabelino; con dúctil sobriedad, conjuga lo tangible y lo irracional, lo visionario y lo técnico: ningún onirismo, aunque los hay, y muy hermosos, empañará la necesidad de llamar a las cosas por su nombre, por el nombre que las define con dolorosa exactitud. Transcribo uno de los poemas de este novísimo Transporte: 


ESCRIBIMOS

Escribimos, pero alguien nos robó la grasa azul de los ungüentos, el aroma de esos perseguidos que se nos cruzan en la avenida, clandestinos como el papiro manchado por los demonios.

Sea de ese modo nuestra suerte.

¿Llegamos tarde con la tinta o todo se ha convertido en espejismo, antílope que despereza su cuello y su ardor entre las adelfas?

El cursor nos separa la boca de la pila bautismal. Un loco aplasta su cigarrillo a deshora, en el umbral del alba.

Recojo las lágrimas de la campesina que no vende sus limones, las de aquella mujer que ve pudrirse su amor como las fresas golpeadas por el pedrisco.

Escribimos. Contra falsas deliberaciones, tomo cada día una metadona, mi fruta sin pelar. Aguanto de pie sobre el hormiguero.

martes, 5 de noviembre de 2013

Buscamos piso

Buscar piso es una de las tareas más penosas de la civilización moderna, y uno de los motivos por los que, en España al menos, comprar una casa prevalece, con diferencia, sobre alquilarla: la gente no quiere pasar por esas horcas caudinas (aunque luego le esperen, en tanto que propietario, las no menos sórdidas de asistir a las reuniones de la comunidad de vecinos). Y, si buscar piso constituye una experiencia pavorosa, hacerlo en Londres triplica sus dimensiones siniestras. Gran Bretaña es el país europeo en el que la profesión de agente inmobiliario está menos regulada; de hecho, no está regulada en absoluto: los agentes son, pues, una mezcla de vendedor de biblias y de Jack el Destripador, aunque hay que precisar que, si se trata de mujeres, es muy probable que revistan unas hechuras espectaculares. Los folletos con las fotos de las vendedoras de algunas agencias parecen más bien el book profesional de una agencia de modelos. Por ejemplo, la recepcionista de Garton & Jones, en el Chelsea Wharf Development, al otro lado del puente de Chelsea, tendría, en mi modesta opinión, posibilidades reales de ganar el concurso de Miss Mundo. Esta es, lo admito, una a veces no magra compensación por la ingratísima tarea de buscar techo. Pero todo lo demás asociado con esa labor depara un gran sufrimiento. Para empezar, buscar piso supone avisar de que no se va a renovar el contrato que se tenga actualmente, y eso, a su vez, desencadena un alud de visitas de posibles arrendatarios futuros a la que todavía es tu vivienda. Algunas agencias, como Foxtons, la más próxima a un club de luchadores de lucha libre que he conocido, garantizan que tu piso siempre esté disponible para las visitas: una cláusula de su contrato de alquiler así lo especifica. En consecuencia, uno puede estar desayunando en pijama, o haciendo el amor con su mujer, o enfrascado en arduas cogitaciones filosóficas, o cagando, que alguien aparecerá a la puerta, con uno o varios desconocidos a su vera, para inspeccionar el piso, aunque, en cualquiera de esas circunstancias, uno crea más bien que lo están allanando. Hay que rezar para que le guste pronto a alguien: solo así acabará esa tortura. Encontrar un nuevo alojamiento en Londres supone, de entrada, planificar la estrategia como en una operación militar: determinar cuáles son las zonas que se quieren ocupar, cuáles, las necesidades logísticas y de transporte (cuyo coste se ha de añadir al de la renta mensual: vivir en la zona 6 puede implicar varios miles de libras más en desplazamiento al año), y qué franja de precios se está dispuesto a asumir (teniendo en cuenta, por ejemplo, que un piso de 50 m2 y una habitación, en un barrio de clase media, puede costar 2.000 libras mensuales, es decir, alrededor de 2.400 euros). Diseñado el plan, arduamente matemático y, por lo tanto, íntimamente vinculado con la realidad, se entra a continuación en una fase de negación de la realidad, aunque esto me consta que también sucede en otras partes del mundo. Habría que estudiar esta condición filosófica de negadores de la evidencia de los agentes inmobiliarios, que los acerca, interesantemente, a la de los escépticos radicales o los nihilistas. Los agentes también serían un fascinante objeto de estudio para los lingüistas y, en particular, para los fonetistas: como no suelen ser gente educada en Oxford, su acento es radicalmente inglés y radicalmente incomprensible. La palabra "square", por ejemplo, que cualquiera de nosotros, que hemos estudiado el idioma de Shakespeare en el colegio y que hasta lo hemos practicado con soltura en algún país anglófono, pronunciaríamos scuer, ellos las pronuncian scuaaahhh, como si no quisieran pronunciarla entera, o como si no quisieran terminar de pronunciarla nunca. Pues eso, multiplicado por cada uno de los términos que emplean, entre los que, por cierto, abundan los de carácter técnico (alternador, fusible, mantenimiento, calefactor), configura una discurso semejante al siseo de los áspides o a la parla de los bosquimanos. Pero decía que los agentes británicos, con licencia para matar arrendatarios, niegan la realidad, y es completamente cierto: gracias a sus poderes de transmutación, un cuchitril inmundo es un lugar con muchas posibilidades, que te permite ahorrar mucho dinero; una casa cuyo dormitorio principal da a la calle, de forma que los transeúntes tienen una vista privilegiada de tus evoluciones nocturnas, ya sean oníricas o sexuales, es un sitio cómodo y desenfadado; un apartamento cuyo comedor da a las vías del tren, cuyo estruendo no te permite oír al vendedor (que en ese momento está diciendo que se trata de un oasis de paz), es un oasis de paz; y, en fin, un ground floor, en el que, cuando entra un rayo de sol, se le da la bienvenida con alfombra roja y banda de música, es un rincón coqueto y luminoso. Junto con sus poderes alquímicos, algunos descuellan también por su falta de profesionalidad: ayer vi un piso a oscuras, es decir, toqué un piso, intentando reconocer sus características físicas igual que los ciegos palpan la cara de sus interlocutores, porque la llave de la luz estaba cerrada, y encerrada bajo llave, de la que la agente carecía. Luego visité otro apartamento, que era el equivocado: en lugar de un precioso y amplio dúplex, como rezaba el anuncio de la agencia, me encontré en un sótano tenebroso, lleno de trastos y con las camas sin hacer. Claro que esa falta de diligencia suya también juega a veces a nuestro favor: en una visita, abrí un armario (yo abro siempre todos los armarios y todos los grifos: es una forma a escala de comprobar la calidad de la construcción), y me quedé con el tirador en la mano. Mi primera reacción, como la del niño al que se le ha caído una cucharada de helado en la alfombra, fue mirar a mi alrededor, por si alguien me había visto. Pero no: el vendedor, lejos, estaba muy ocupado cantándole a Ángeles la palinodia del cuarto de baño. Luego, intenté, como Mr Bean, recolocar el adminículo, pero no encajaba: no solo se había separado el ganchito, sino también la placa que lo encastraba en la madera. Dejé, pues, de nuevo como Mr Bean, a la víctima de mi curiosidad (y de mis dedos de morcilla) en una mesa apartada de la vista, y me reincorporé, como si tal cosa, a la visita que seguía desarrollándose, ahora en un dormitorio que parecía la mazmorra del dragón. Y si uno, después de muchas vueltas y revueltas, tiene la suerte de encontrar un lugar que le guste y que pueda pagar, aún queda el asunto de la economía: habrá de abonar el primer mes de alquiler y un depósito que más bien parece la fianza de un proceso penal, la comisión de la agencia, la limpieza profesional del alojamiento que deja y la mudanza, y muy pronto recibirá una carta del council tax, esto es, de la hacienda municipal, en la que se le indicará, amablemente, el impuesto local que ha de pagar por residir donde haya decidido hacerlo. Satisfechos todos los peajes, y culminada una empresa que empequeñece a la de Leónidas en las Termópilas, o la carga de la Brigada Ligera en Balaclava, tendremos por fin el placer de instalarnos en un pisito con moqueta y sin persianas. Y, con un poco de suerte, hasta seremos felices en él. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Libro libre

En Tarragona hay un grupo de poetas, escritores en castellano, que llevan décadas componiendo versos, buenos versos, pese a lo cual han recibido mucha menos atención, en Cataluña y en España, de la que su obra merece. Si muchos autores catalanes sufrimos el síndrome de la doble insularidad, es decir, nos sentimos aislados en Cataluña por escribir en castellano y aislados en España por ser catalanes, ellos lo padecen triple: también se sienten aislados en Cataluña por no ser de Barcelona. No son, empero, unos desconocidos: Ramón García Mateos ha ganado premios prestigiosos, tanto en España -Tiflos, Ciudad de Salamanca, entre otros- como en Hispanoamérica; Juan López-Carrillo ha publicado dos títulos memorables en sendas colecciones de las editoriales DVD y Candaya: 69, modelo para armar y Los muertos no van al cine; y Alfredo Gavín ha desarrollado una abundante y singular obra poética, tanto en castellano como en catalán, se ha acreditado como "maestro mágico" del dibujo -así lo ha calificado Juan Carlos Mestre, que algo sabe de magias y magisterios- y dirige en la actualidad la colección "Los Soles Cuadrados" de Arola Editors. Con todos ellos me une una buena amistad, que en algún caso se remonta a hace casi veinte años. Los cuatro, más el alicantino Vicente Llorente, nos juntamos para defender un proyecto ideado por Alfredo: un libro de burlas, pero de burlas serias; un libro satírico y quizá satánico; un libro en el que se pudiera decir de todo, sin vergüenza ni freno; en definitiva, un libro libre. Los tiempos parecían demandar algo así: un grito que fuera también un poemario; una devastación constituida por páginas. Y los cinco nos aplicamos a la tarea con poemas inéditos: decidimos que no queríamos refritos, ni antologías, ni desaguaderos de poemas arrinconados u olvidados, sino una afirmación candente de lo que sentíamos hoy, ahora, aquí. El fruto de ese trabajo es Libro libre, recientemente publicado por Arola, y presentado hace pocos días en un bar de Cambrils, porque la biblioteca municipal había denegado el permiso para acoger tamaño compendio de iniquidades. Nos sentimos ciertamente orgullosos de haber merecido la expulsión de los templos del saber y encontrado refugio en las tabernas de la verdad. En Libro libre se reúnen la poesía popular de García Mateos, con las "seguidillas obscenas" y las "jotas procaces" del viejo Argimiro, el último coplero, dirigidas a menudo, en la mejor tradición hispánica, a curas mastuerzos y clérigos rijosos; los sonetos "de escarnio y maldecir", de Alfredo Gavín, también de noble arraigo secular, pero renovados por un espíritu cáustico y debelador, por una saña desaforada, casi místicos, de tan corrosivos; los poemas desengañados y suavemente turbulentos de Juan López-Carrillo, cuyos miedos y obsesiones constituyen un largo hilván de pesadumbres; la pesquisa lingüística y moral de Vicente Llorente, y su capacidad para la sorpresa y el rapto; y mi poema "Dices", en el que defiendo el lenguaje genuino, limpio, veraz, frente a la maledicencia y la estupidez del lenguaje subordinado, del que el lenguaje político, o infectado por la política, es el mejor ejemplo en nuestros días. Un lenguaje individual y verdadero, por cierto, que ha de aplicarse, no solo a la denuncia de los lenguajes falsos -y, por lo tanto, los pensamientos repudiables-, sino a la de un yo igualmente falaz. Por eso "Dices" es también una autosátira, un ejercicio de legítima voladura personal, en un contexto en el que todo está saltando por los aires. Todas estas opciones se resumen en la poética contenida en el prólogo de Libro libre, "O todas o ninguna", suscrito por los cinco poetas, y cuyo final transcribo aquí: "En el lenguaje, o todas las palabras son sagradas, o ninguna lo es. «Puta» es una palabra sagrada, «follar» también lo es, y «mierda» también: sagradas y hermosas. «Belleza», o «amor», o «luciérnaga», o «lapislázuli», en cambio, pueden ser grotescas, manipuladoras: pueden servir a los poderosos; pueden ser una mierda de palabras. La sacralidad de los términos, que ha de servir para volver laica la realidad que designan –es decir, que construyen–, depende de la veracidad que los anime; de su voluntad genuina de comunicación; del rigor de su uso, que no debe atemperarse aunque recaiga en uno mismo, aunque dañe a quien los pronuncie; de su reconocimiento del otro: de tenerlo presente en su formulación, de sacrificar el yo al él, de estar, por lo tanto, siempre al borde del diálogo. O todas o ninguna: eso creemos los que suscribimos este libro, cuyo único propósito es ser libre: libre de los códigos que nos constriñen, libre de la hipocresía que devalúa el lenguaje que nos constituye, libre de la urbanidad que hace tiempo que se ha convertido en gazmoñería, libre de la sátira que el sistema es capaz de deglutir, libre de la estulticia y la pasividad y la indiferencia. Corren tiempos propicios para la indignación, y la poesía también se indigna. Pero quizá esto sea una tautología: si el lenguaje es verdadero, siempre está indignado; no es colérico, pero grita".

domingo, 3 de noviembre de 2013

Translation slam

Ayer participé en el translation slam organizado por Spain (Now!), con los poetas Julio Mas Alcaraz y Sara Torres. Se realizaba en un local alejado del centro, en el East End, a pesar de que la calle en que se encuentra ostentara el muy central y aristocrático nombre de Prince Edward Road. Llegar allí fue en ejercicio de paciencia. Hay una estación de overground -el metro de superficie- cerca, pero estaba cerrada, "por obras de ingeniería", según anunciaba la compañía. Esto sucede cada fin de semana: tramos de la red del metro se cierran por obras o mejoras. Es imprescindible enterarse, antes de salir, de cuáles son intransitables, no sea que nos pillen en medio de un desplazamiento y tengamos que buscar alternativas improvisadas, lo cual puede no ser muy agradable cuando llueve, hay muchos miles de personas en la misma situación que nosotros (y buscando las mismas soluciones) y ya llegamos tarde a dondequiera que vayamos. Ayer la alternativa fueron los autobuses, dos, con los que cruzamos toda la ciudad. Era muy interesante observar cómo el paisaje urbano iba cambiando, desde los rutilantes rascacielos de la City hasta los barrios remendados del East End, con fachadas llenas de pintadas, pieles oscurísimas por las calles y paisajes que, en general, siguen recordando bastante a los del Londres futurista de la pretérita La naranja mecánica. En realidad, nos dirigimos a Hackney, el barrio en el que, hace un par de años, hubo alborotos, y manifestaciones, y pillajes: los más pobres de los pobres se hartaron de la marginación y el olvido, y se dieron a dos entretenidas ocupaciones: pegarse con la policía y saquear supermercados. A lo largo de aquellas calles suburbiales, leía nombres curiosos: un local de tatuajes y piercings llamado Metal Morphosis; un restaurante turco llamado Erciyes -como el volcán de Anatolia que escalamos en nuestra visita a Turquía: el personal del hotel de montaña en el que nos alojamos salió a despedirnos, vistiendo guantes blancos, cuando nos marchamos-; un pub perturbadoramente llamado Dirty Dicks. También veo varias sedes del Ejército de Salvación, que aquí parece más necesario que en, digamos, Trafalgar Square. El local en el que se ha de desarrollar el translation slam es una galería de arte, muy pequeña: poco más que un cubículo. No hay sillas -el público se sentará en el suelo- y las paredes están recubiertas de dibujos de personajes admirables: Muamar el Gadafi, George W. Bush, Kim Jong-Un, el gordezuelo e intelectualmente egregio presidente de Corea del Norte, el emperador del Japón, aunque son dibujos paródicos, en los que aparecen flores, pájaros revoloteando y trozos de arcoíris. En esta zona de Londres se acumulan los estudios y las galerías de arte -los alquileres son mucho más bajos que en el resto de la ciudad-, y hay muchos creadores españoles desarrollando su labor. El ambiente del local, pese a las influencias maléficas de sus representados, es relajado y agradable. El acto consiste en una lectura de poemas de los tres poetas invitados, a la que sigue la de su traducción al inglés, hecha por Terence Dooley y Sarah Kelly, asimismo poetas. Los poemas y sus versiones se proyectan simultáneamente en una de las paredes de la galería. Julio me ha dicho que las lecturas de poesía al uso le parecen eucarísticas y, en consecuencia, insoportables, así que, en su turno, hace una pequeña performance: se levanta, lee paseando, se sienta, cambia el tono de voz, se mueve de un lado a otro, golpea una puerta; y, al final, culmina la acción tirando sus papeles al aire, para que lluevan sobre la audiencia. Luego nos tranquiliza: Don't worry: I'll clean up this mess. Yo, menos osado, me limito a leer desde el asiento, con la confianza de que el lenguaje haga su trabajo. Es una confianza excesiva, quizá, teniendo en cuenta que soy el último en intervenir, y que la gente lleva ya una hora larga oyendo versos en el duro y frío suelo, con la espalda gimiente. Me agrada especialmente la sonoridad de nuestros poemas en inglés: el ritmo monosilábico, golpeante, de ese idioma les da una crudeza musical que no tienen en castellano, más analítico, más articulado. El aspecto más sobresaliente del acto es el debate sobre la traducción: Dooley ha hecho versiones rigurosas, impecables, ejemplos de traducción literaria. En cambio, Kelly, maliciosamente azuzada por Silvia Terrón, la organizadora del acto, ha ideado versiones divergentes, muy radicales en algún caso, como en el de los poemas de Sara Torres, que convierte, de hecho, en artefactos visuales, sin nada, o con muy poco, del texto original. Con un poema de Julio ha aplicado muchas veces el traductor de Google, del castellano al inglés, y al revés, hasta decantar una forma extrañamente fija, repetitiva: como si hubiera pasado el líquido poético de un matraz a otro, para quedarse por fin la esencia. Un poema en prosa mío, en fin, lo ha vuelto del revés como un calcetín: lo ha subvertido léxicamente: donde decía algo positivo, ella dice algo negativo; donde ponía "hombre", ahora pone "mujer"; donde brillaba la luna, en su invención brilla el sol. Y no resulta inadecuado. Se evidencia, así, la condición de organismo vivo, de sustancia infinitamente maleable, de objeto que extiende los brazos en todas direcciones, como la diosa hindú, que ostenta el poema. En general, a los poetas nos gusta que nuestras creaciones se preserven tal como han sido concebidas y ejecutadas, porque tendemos a pensar que nuestras opciones, y el resultado en que se han materializado, son las mejores posibles: que ese poema no puede ser dicho de ninguna otra manera, aunque pueda ser interpretado de muchas. Pero Sarah Kelly demostró ayer que esos poemas intachables, e inmodificables, pueden ser también el germen de poemas igualmente inmejorables. Sus versiones re-crearon nuestras creaciones: se habían multiplicado; eran otras, sin dejar de ser las nuestras. Tras la lectura, nos tomamos en la sala un vino, aunque, incomprensiblemente, no español, sino sudafricano, y luego fuimos a comer a una pizzería encajonada entre antiguos almacenes, calles mugrientas, casas de ladrillo rojo y un canal de aguas sospechosamente negras. Al llegar, tuvimos que pedirle a una pareja que ocupaba toda una mesa que se apretara contra la pared, para que pudiéramos sentarnos también nosotros, que éramos nueve. Luego vinieron otros que nos pidieron a nosotros que nos apretáramos: así funciona todo en Londres: de apretura en apretura. Pero ayer, al menos, era un estrechamiento de amistad, un acercarnos, no solo en las palabras, sino también en el gesto, en el cuerpo, en la mirada. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

Mi primera visita a Londres

Visité Londres, por primera vez, en 1979, con quince años. Vine solo, y aún hoy me asombra que mis padres me dejaran a la aventura, aunque fuese en un país civilizado como este, a tan corta edad. Me alojé en casa de los Baker, unos viejecitos muy simpáticos, en Maidenhead, un pueblo feo -pero de nombre curioso: "Cabeza de doncella", y, muy antiguamente, "himen"; a saber la de historias medievales que oculta- al este de la capital. Estaba cerca, eso sí, de Windsor, con su castillo regio, y Runnymede, donde se firmó la Carta Magna: aquellos paisajes todavía me huelen hoy, en la memoria, a lluvia, a hierba y a sándwich de pepino y mermelada. Pese a la proximidad de estos sitios históricos, mi principal visita era, por supuesto, Londres. Recuerdo, en especial, dos de las atracciones en las que me adentré: el museo de cera de Madame Tussaud, que me pareció espantoso, pero no porque las figuras me dieran miedo, sino porque las encontré abominables; y un sex-shop -en Londres radicaban, en aquel entonces, los mejores del mundo-, donde, a aquella tierna edad mía, los látigos, los suspensorios de cuero, los penes elefantiásicos y las muñecas hinchables constituían un mundo de fascinaciones inacabables, a la vez que de sobrecogimientos igualmente monstruosos. De hecho, el sex-shop me pareció un espectáculo mucho más seductor, aunque esta sea una palabra quizá demasiado sutil para lo que se veía allí, que los muñecos de cera de la Tussaud. También recuerdo que me crucé por la calle con una señora llorando. Estaba parada, sola, derramando unas lágrimas enormes. Me detuve yo también y le pregunté, en inglés, si podía ayudarla. Me contestó en español, entre hipidos: "¡He de coger un taxi, porque me esperan en el hotel, y no para ninguno! ¡Llevo aquí mucho rato, los llamo, pero no paran!". La señora volvía entonces a levantar el brazo, con desesperación, pero infructuosamente: los taxis, en efecto, no le hacían caso. Pero era lógico: estaban ocupados. La señora no sabía que los libres se anuncian con una discreta luz frontal y se empeñaba en llamar a los vehículos equivocados. Esperé a que pasara uno libre, le hice la señal y se detuvo de inmediato. La mujer, tan aliviada que se olvidó incluso de darme las gracias, se metió en el coche y desapareció, camino de su hotel. En aquella visita adolescente mía, me llamaba la atención la nula presencia de lo español en la ciudad: además de la señora fracasada en su busca de taxis, solo encontré alguna compatriota de camarera -bueno, como ahora- y, en rarísimos quioscos, un ejemplar de La Vanguardia, que yo compraba ávidamente. Por lo demás, nada: ni noticias en la televisión, ni carteles en las calles, ni anuncios de ningún tipo, ni gente: nada. La señora Baker, movida por una hospitalidad inadvertidamente errónea, había puesto en mi mesita de noche una postal en relieve de una bailarina de flamenco, con su traje de faralaes y unos claveles muy vistosos, pero a mí me parecía casi tan horrible como los monigotes tussaudianos, así que le di la vuelta, para que no me impidiera dormir. Pero, a la mañana siguiente, me olvidé de volverla a poner en su posición original, y la señora Baker, al limpiar la habitación, dedujo correctamente que la bailarina no me gustaba. Al volver al cuarto, la postal ya no estaba, y me sentí mal conmigo mismo por haber despreciado su gentileza, y por la decepción que ello le había causado. Pese a eso, muy británicamente, mi anfitriona nunca me dijo nada. Hoy, en Londres, 34 años después de mi primera visita a la ciudad, la presencia de lo español ha aumentado, aunque sigo pensando que poco en relación con lo mucho que el país ha crecido en consideración internacional: es más fácil encontrar prensa española en sus calles -pero ya no La Vanguardia, sino El País-, aunque sigue habiendo pocas noticias en los medios de comunicación sobre nosotros; los restaurantes españoles y, sobre todo, los bares de tapas abundan; el banco de Santander lo mancha todo de rojo; hordas de compatriotas atestan las calles, y muchos -ya no turistas, sino trabajadores devorados por la crisis- atienden las barras y las mesas de pubs y restaurantes; y miles de británicos, cuando averiguan que uno es español, sonríen y se lanzan a una evocación ensoñada de las playas del Postiguet, o del Arenal, o de Malgrat de Mar, donde tanta sangría han ingerido. Otra cosa ha cambiado: la institución española de referencia ya no son las corridas de toros, sino el Fútbol Club Barcelona: Messi, Xavi, Puyol e Iniesta han hecho más por la internacionalización de nuestra cultura que todos los tablaos flamencos e institutos Cervantes del mundo. No me gusta que algo tan banal, y tan atávico, como el fútbol nos represente culturalmente, pero no puedo dejar de sentir un estremecimiento de placer al comprobar que el Real Madrid se ha convertido, a los ojos de los británicos, en un club de segunda división, cuyo interés es muy inferior al que suscita un buen partido de cricket.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Julio, Federico y Halloween

Ayer comí con Julio Mas Alcaraz, poeta, traductor y cineasta. Julio es una de esas personas cuyo espíritu me rondaba desde que llegué a Londres: alguien me había dicho -o había leído en algún sitio- que vivía aquí, pero luego supe que estaba en Madrid. No obstante, ambos participaremos mañana en un translation slam, organizado por Spain (Now!), en el que leeremos algunos poemas nuestros y sendos traductores al inglés harán lo propio con sus versiones de los textos, así que no podía estar muy lejos. Y, en efecto, hace poco me escribió desde Londres, a donde viene con frecuencia, y concertamos una cita. En la comida descubrí a un hombre alto -casi tanto como yo, y, por lo tanto, casi tan raro: los autores espigados escaseamos; solo se me ocurren el gran Elías Moro, y ahora Julio, como compañeros de altitudes-, de mirada sonriente, noble cabeza desnuda y trato cordialísimo. Hablamos, mientras observábamos de soslayo los vagarosos movimientos de una camarera aún más juncal que el propio Julio, de nuestros pasados respectivos, que presentan sorprendentes similitudes: él se ha dedicado, durante 17 años, a la banca de inversión y a la empresa; yo he penado 26 en tareas económico-administrativas en la Generalidad de Cataluña. Pero ambos nos aburríamos mortalmente y, cuando ha surgido la oportunidad, nos hemos arrancado el gotero de la nómina -que nos inyectaba, ay, heroína muy pura en las venas- y nos hemos dedicado a cultivar la pobreza, al menos yo. Julio está próximo a acabar un Master of Arts en cinematografía en la London Film School, aunque no abandona la escritura: la poesía es la esposa legítima, aunque incurra en el devaneo de rodar películas. Julio y yo somos también compañeros de catálogo: su poemario El niño que bebió agua de brújula, excelente, apareció en Calambur, donde yo también he publicado Bajo la piel, los días. Pero las coincidencias no terminan ahí: él ha traducido a Anne Sexton -sin duda, mucho mejor que José María Reina Palazón, cuya versión de la obra completa de la americana para Linteo es más que chapucera: es googliana; así lo he consignado en una reseña del libro en Letras Libres- y a John Ashbery, un autor fundamental, al que publicamos en DVD. Al salir del restaurante, caminamos hacia Oxford Street, una calle antipatiquísima, en la que parece que solo haya cortes ingleses. Cuando estamos a punto de desembocar en ella, nos cruzamos con Federico Trillo, el embajador español, acompañado por el inevitable séquito de funcionarios circunspectos y trajeados. Solo él habla. Es chaparro y luce un pelo en perfecto estado de revista: ni un solo cabello pierde su apostura marcial. Cuando pasamos a su lado, estamos a punto de gritar "¡Viva Honduras!", pero nos contenemos, no sea que los británicos quieran someternos a una "realidad hostil", como pretenden hacer con los inmigrantes sospechosos -esa es la versión anglicana de nuestra memorable ley de vagos y maleantes: más sutil, pero no menos dañina; no hemos avanzado nada-, y tengamos que recurrir al amparo diplomático. No creo que nuestro grito nos hubiera favorecido a los ojos del que era el ministro de Defensa cuando la tragedia del Yak 42. Por fin nos despedimos y yo enfilo el camino a casa: un paseo largo, en el que me alejo progresivamente de las zonas comerciales e ingreso en los barrios tranquilos, de puertas georgianas y columnas blancas flanqueándolas. Veo, aquí, calabazas destazadas, con ojos rasgados y dientes de sierra -reminiscencias domésticas de los fuegos fatuos: la señal de pervivencia de los espíritus- en los alféizares de las ventanas y dibujos de brujas pirulas en las guarderías: es Halloween. Y me imagino a Federico Trillo vestido de demonio y rodeado de brujas de nariz ganchuda. Eso sí: sin que uno solo de sus pelos se le haya desmandado.