viernes, 7 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero

Sigue la racha infausta: ayer murió Leopoldo María Panero. 2014 está resultando un año terrible para los poetas. Mi primer recuerdo de los Panero se remonta a los años escolares, cuando, en las clases de literatura -entonces todavía se enseñaba literatura en los colegios, aunque fuese torpemente-, aprendíamos las vidas de los escritores famosos. Recuerdo el manual que utilizábamos, un libro gordo, de tapas marrones, en el que sus biografías se enmarcaban en unos recuadros ocres, que ocupaban una media página. En uno de ellos figuraba Leopoldo Panero, el padre de la saga. No se me ha olvidado ese nombre: su sonoridad, su elegancia, me gustaban. Como su propia poesía, de hecho, que entonces no conocía -tan lejos no llegaban las clases de letras en el Padre Mañanet-, pero de la que luego disfruté: Escrito a cada instante, publicado en 1949, es un libro luminoso, de una sobriedad restallante, cuya lectura sosiega y exalta. Es verdad que Panero publicó también algunas tonterías, como aquel Canto personal, como respuesta al Canto general, de Neruda, que le parecía demasiado comunista, y cuya comparación no le deja en buen lugar. Pero es que Panero, falangista, era un hombre muy significado de la cultura del Régimen: de algún modo había de notársele. No obstante, como director del Instituto Español en Londres en los años 40, hizo un papel sorprendentemente airoso: su casi inverosímil amistad con el arisco y republicano Cernuda, exiliado en Inglaterra en aquellos años, da fe de su espíritu aperturista y, en la medida en que lo permitían las circunstancias, integrador. Tras un salto de lustros, volví a reparar en los Panero, como la inmensa mayoría de los españoles, supongo, gracias a El desencanto, la mítica película de Jaime Chávarri. El protagonista de aquella película -y un protagonista omnímodo, feroz- era justamente el padre, Leopoldo, aunque no apareciera en un solo fotograma: había muerto en 1962, el año de mi nacimiento. De los otros cuatro personajes de la película, el que más me llamó la atención fue la madre, Felicidad Blanc, una mujer de aspecto elegante y expresión pausada, que hablaba de su matrimonio y de la relación con sus hijos con refinamiento intelectual y un cierto estoicismo, con esa serenidad que proporciona la cultura adquirida desde la infancia, aunque ni su marido -bebedor, mujeriego- ni sus hijos -un diletante, un drogadicto y enfermo, y un potencial suicida- fuesen unas joyas. Mucho tiempo después, leí que Felicidad Blanc había estado enamorada, o, mejor, enamoriscada, de Cernuda -imposiblemente, por razones obvias- en aquel Londres de posguerra, lo que aún me la hizo más simpática. Leopoldo María Panero me pareció en la película de Chávarri un joven deshecho por la lucidez y el disgusto vital, al que había contribuido decisivamente una familia hipócrita y, en general, una existencia hipócrita en un país hipócrita. En persona solo lo vi una vez. Dio una conferencia en el aula magna de la facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, en la que yo estudiaba, a principios de los ochenta. Lo de "dar una conferencia" es un decir, porque lo que se limitó a hacer fue proferir unos balbuceos deslavazados, en los que se mezclaban versos descompuestos, un existencialismo sin ilación y ya, de forma muy visible, el trastorno mental. Lo que más recuerdo de aquella conferencia desquiciada fue algo que sucedió en el turno de ruegos y preguntas, como se le llamaba entonces. Un estudiante levantó la mano e inició, no una pregunta, sino una larguísima intervención, en la que, con acelerado vocerío, aludió a los filósofos más inverosímiles y a los libros más inencontrables, si es que habían llegado a ser escritos, y que remató con una cuestión en unos términos que me invento (mi memoria no es tan notarial), pero que no debían diferir demasiado de estos: "¿Cree usted, pues, que el yo es la manifestación indivisible del ser o bien que las categorías ontológicas de la conciencia se proyectan en una multiplicidad de posibilidades existenciales?". Leopoldo María Panero solo respondió: "Tengo que mear". Y, en efecto, se levantó y se fue a mear. A su poesía yo llegué relativamente tarde, pero, cuando llegué, lo hice para quedarme. Era desordenada, imperfecta, tambaleante, pero estaba animada, desde la raíz, por una fuerza y, de nuevo, por una lucidez extraordinarias; una lucidez que acaso le proporcionara su propia perturbación, versión nueva de la ceguera sofóclea, de la oscuridad vidente, o, más probablemente, supresora de las restricciones que nos impiden llegar al extremo de lo que pensamos, de lo que sentimos, y manifestarlo. Esa inteligencia le alcanzaba no solo en su poesía, sino también en su obra ensayística, integrada por libros tan perturbadores como Papá, dame la mano que tengo miedo, donde expone una concepción audaz, y radicalmente contemporánea, de la creación poética, desligada de cauces preestablecidos, indagadora de lo que se resiste a encarnarse en lenguaje, buceadora en lo oscuro para arrancarle claridad. A Leopoldo María Panero se le han colgado dos sambenitos: uno tranquilizaba a la parroquia, evitándole pensar, que es siempre muy cansado, y el otro suponía, en realidad, una crítica, cuando no una insidia. De él se decía que era un poeta maldito y que escribía demasiado. El malditismo en poesía hace mucho tiempo que acabó: él, simplemente, loqueaba. No hay maldición alguna en una poesía torturada: muchos versos atormentados de la modernidad provienen de personalidades acomodadas; y tampoco la hay en una vida, por penosa que haya sido, que ha discurrido al amparo de la protección social y las libertades personales de las que gozó, como cualquier otro ciudadano, Leopoldo María Panero. Sobre su exceso creador, se me ocurre decir que quizá esa fuera su mejor, su única medicina, y que una obra abundante nunca ha significado una obra peor. La calidad de la escritura no la da su frecuencia, sino su contenido. Hay gente que practica, como decía Lezama Lima, una abundancia natural: lo mucho es en ellos lo espontáneo. Y otros cuyo ritmo creador es, con la misma naturalidad, lento o parco. Pero también hay quienes no participan de la abundancia, aunque a lo mejor les gustaría hacerlo, y publicitan su estreñimiento como si se tratara de una admirable contención, como si, exigentes hasta el límite, necesitaran años, y hasta décadas, para destilar el fruto purísimo de su estro. Suele ser más sencillo que todo eso: no dan para más, pero no quieren que se les note. Leopoldo María Panero dio muestras, a lo largo de toda su vida, de una envidiable libertad creadora, que compartía, además, con otros autores -son varios los libros que escribió a cuatro manos: un hecho insólito, teniendo en cuenta lo importante que es lo individual para nuestro ego-, y también de una no menos preciosa libertad editorial. Yo tengo libros suyos en prácticamente todos los sellos del país, incluyendo uno, Apocalipsis de los dos asesinos, en La Garúa, la pequeña editorial de mi querido Joan de la Vega. A él pertenecen estos versos, que dejo aquí en homenaje a su memoria:

Oh, tú, dulzura de la nada
Mano febril que atraviesa el poema
Fiebre a la que se llama poema
Amor de la nada
Dulzura de las cosas invisibles.

2 comentarios:

  1. Tú le viste levantarse una vez a mear, yo le ví cinco, en poco más de una hora; claro que fue después de atizarse cuatro coca-colas, de eso, hace casi tres años en León, junto a Antonio Gamoneda.
    Una de las cosas que dijo fue: La literatura es ahora mismo lo único que me separa del suicidio. Nunca olvidaré ese día, fue algo especial.
    Me gustan mucho los versos que has elegido, no los conocía.

    Yo escribo unos, con tu permiso, de su poemario "Locos de altar"


    y del sol en vano para que caigan los hombres
    al pie de la vida
    cuando los hombres recen en vano
    y solo la muerte les responda
    John Donne lo dijo:
    Uno miente y el otro desespera.

    Un Abrazo

    y

    Un Abrazo

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    Respuestas
    1. Son también hermosos estos versos, Amelia.

      Un beso.

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